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Archive for the ‘LOS SUEÑOS DESPIERTAN LA REALIDAD’ Category

Como la vida es elemental, podemos disfrutarla en toda edad

VIDA ELEMENTALEse proceso que denominamos VIVIR, que lo es desde el nacimiento de un óvulo para ser fecundado por uno entre miles de espermatozoides y  concebir un ser humano hasta el día de la muerte, es simple y absolutamente elemental, aunque para muchos pareciere complicado. El libre albedrío y estado de ánimo de que venimos dotados internamente, nos suministra herramientas para una vida simple, que sólo depende de  nosotros mismos para hacérnosla fácil, agradable  y… ELEMENTAL. Por una razón inexplicable, tendemos a complicárnosla  cuando,  como seres gregarios pero individuales, integramos comunidades, donde debemos cumplir determinadas normas para la convivencia pacífica, indispensable para la continuación de la especie sobre esta tierra; para cumplir  este objetivo ético-natural debemos unirnos a otra persona, siendo que  en dicha escogencia pudiéramos acertar o equivocarnos. Si acertamos, ganamos el premio mayor y con esa compañera de viaje largo  haremos nuestra vida más emocionante, fantástica y edificante, que permaneciendo solos. Si nos equivocamos, pues lo tomamos como una enseñanza, atesorando y recordando lo bueno que pudimos vivir y olvidando los sinsabores o desengaños sufridos, con la convicción de que adelante, en el camino de nuestra existencia, alguien espera para darnos lo que nos merecemos, porque  siempre ofrecemos lo mejor de nuestros sentimientos… así de simple.

En cualquiera actividad, como estudiar o trabajar -entre otras-  debemos iniciarlas con el proyecto emocionante que fija la meta, cual también es elemental: UN SUEÑO. No puede concretar  nada importante, quien no es capaz de soñar  y visualizar el  logro futuro; y es que la vida no pasa, sino que somos nosotros quienes pasamos por ella y lo único que nos llevamos es lo que hubiésemos realizado positivamente; y sin soñar, amar y servir, difícilmente podremos disfrutar las muchas bendiciones que existen sobre la tierra para nosotros; especialmente EL AMOR, que también es elemental, pero asimismo, el combustible que mueve al mundo.

En esa vía de vivir pudieran abrírsenos vacíos, pero entonces nos hacemos los locos tomándolos como algo pasajero y le aplicamos la fe, el optimismo y la esperanza; recursos que no requieren otra inversión que nuestra voluntad personal, que al final nos devuelve eso para lo cual fuimos creados: LA FELICIDAD. Entonces, luego de este sencillo análisis podemos preguntarnos: ¿Qué es lo complejo de la vida? Y sin ninguna duda llegaremos a la conclusión acertada: NUESTRA ACTITUD.

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En un mundo de casi siete mil millones de habitantes, nos estamos quedando… solos, especialmente la gente más joven. Y…¿Cómo es eso? Pues muy sencillo: Nos sentamos en un computador y hablamos (chateamos), con alguien que casi nunca conocemos personalmente, nos vemos, sonreímos, hacemos chistes, nos contorsionamos, bailamos y algunos hasta…hacen sexo virtual… PERO ESTAMOS SOLOS. Nosotros con nuestras amistades virtuales, fantasías sexuales y de todo género… pero sin tocarnos, sin sentir las hojas del otoño o el frío del invierno; enterarnos de quien pasa; de los niños en el parque, de las palomas sobre los alambrados, las ardillas en los árboles o las flores de los jardines. Simplemente, estamos cambiando un mundo de mentira, de nuevos medios de penetración, de redes sociales, de juegos cibernéticos, por lo hermoso y lleno de vida activa del mundo real. Hemos olvidado la música de la palabra te amo de los labios de una chica, del roce de la mano amorosa o amiga; por la acción estudiada de una modelo, creada para robar el latido de nuestros corazones; lo dulce del beso o el sabor amargo pero reconfortante de una lágrima… real.

En la calle, el joven o la chica, el repartidor o la ejecutiva, en un móvil smart, todos vegetamos la mayor parte de un día hermoso, embebidos en un mundo virtual; sin enterarnos de su belleza real, del aire, del sol de la primavera, con nuestra alienación, sicológicamente diseñada para propender al consumo de sus productos: ESA ES LA ÚNICA INTENCIÓN.

Estamos perdiendo la capacidad de oír y disfrutar del interlocutor; de comunicar nuestros sentimientos de viva voz a otras personas que piensan como nosotros; de sentir la grata sensación de la compañía física de quien nos oye, roza o acaricia con la suya nuestra mano en señal de solidaridad o comprensión, embebidos en un mundo creado a nuestro gusto pero… irreal.

Es horrible ver en las pocas horas de convivencia familiar, el padre con su Smartphone hablando de negocios, la madre con su móvil mirando su programa favorito o cotorreando con las vecinas; y los niños, en sus cuartos frente a su computadora, cortando cabezas, hendiendo espadas, disparando fusiles o cañones en contra de los enemigos virtuales, en competencia de quien más rápido dispara, mina mejor los caminos o MATA MAS Y MAS RAPIDO. Y… lo más doloroso, todas son creaciones virtuales, pero ellos están solos… INMENSAMENTE SOLOS.

 

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La sinceridad es una de las grandes virtudes del ser humano; entre otras cosas, porque nos permite sentir que decimos la verdad y esa es una forma de tranquilizar el espíritu. Cuando hablamos de sinceridad, en lenguaje coloquial, queremos decir que nos comunicamos y  manifestamos a los demás  lo que realmente sentimos.

Sin embargo, casi nunca nos referimos a la “auto sinceridad”, vale decir, quienes y como somos realmente nosotros mismos, lo cual trae por consecuencia que muchas personas vivan una existencia confusa y complicada, porque no logran encontrarse consigo mismos. Como consecuencia, al no aceptarse  realmente como son, tratan de lograr atajos o justificaciones para  sus decisiones, que  de tal manera suelen ser desacertadas.

Si nos preguntamos y nos respondemos quienes somos, nos vemos obligados a analizarnos sinceramente de adentro hacia afuera, sobre cómo sentimos que somos  en nuestro fuero interno; esto es ¿Nos sentimos internamente nobles, generosos, amables, amigables, considerados, desprendidos, amorosos, solidarios, leales,  auténticos, afortunados, diligentes, espiritualmente elevados y… felices? O si por el contrario ¿Nos sentimos aislados, indiferentes a los problemas de los demás, segregados, excluidos, rabiosos o inconformes con nuestra familia, amigos y fortuna? La respuesta a estas interrogantes íntimas en nuestra conciencia, nos permitirá medir  hasta que punto estamos en capacidad de vivir una vida plena, al tiempo que nos posibilitará determinar cuáles son nuestras deficiencias o capacidades para lograr tal objetivo.

Las personas felices saben perfectamente quienes y como son. No se sienten superiores ni inferiores a nadie, sino que simplemente se valoran como son. Este conocimiento íntimo de su ser y sentir, les permite saber hasta dónde pueden ser vulnerables frente a cualquier evento doloroso, pero también cuan mesurados actuarían en una situación especialmente afortunada. El conocimiento de su ser intrínseco les permite asimismo advertir su capacidad para beneficiar   a su entorno íntimo y a la comunidad en general.

Por eso es tan importante conocernos internamente para saber  QUIENES Y COMO SOMOS REALMENTE, que  es como decir, cual es nuestro peso específico. Tal certeza nos hace ser comedidos y entender hasta donde somos capaces de lograr cualquier empresa; cual cosa está a nuestro alcance y cual no; y como resultado,  nuestro potencial para entender a las personas y sus necesidades,  sin subestimar o sobreestimar nada o a nadie. Tal conocimiento nos ayudará a realizar de la mejor manera, la actuación más trascendente de un ser humano en esta vida: SER UTIL.

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SE COMO LAS FLORES

Para quienes vivimos intensamente cada minuto de nuestra vida, un nuevo día prácticamente es una nueva vida. El amanecer es como el nacimiento y a partir de ese momento,  cuando se abren los ojos y se ve el mundo, esa maravilla que es la obra de Dios, le sonreímos y nos sentimos que renacemos a un mundo diferente al del día anterior.

Fuimos tan bien diseñados que nos renovamos permanentemente; automática e inconscientemente, cada segundo mueren y nacen nuestras células. Conscientemente, si atendemos con ánimo y optimismo el color de las flores, el canto de los pájaros, la sonrisa de los niños y la mirada tierna del ser amado, daremos gracias al Creador por permitirnos experimentar tantas y tan bellas sensaciones en esas maravillosas veinticuatro  horas que emprendemos al nacer el día.

Nuestra vida es tan elemental, fácil y sencilla, que las cosas más bellas, trascendentales e importantes, sin las cuales ésta sería monótona y aburrida, nos son dadas de manera agradable, gratuita y casi sin ningún esfuerzo. Respirar, observar el paisaje, soñar con los ojos abiertos, saludar y abrazar a las personas que amamos, sólo requieren el deseo de hacerlo y el sentimiento de que es un privilegio realizarlo, cuando tantos quedaron en el camino y ya nunca podrán experimentarlo.

Compartir experiencias, ayudar al necesitado, sonreír al que parece triste, son oportunidades que encontramos a cada paso, que no debemos desperdiciar, porque engrandecen el alma y edifican a quienes las obsequiamos. Que mensaje más hermoso es una palabra para quien se encuentra deprimido o un acto de solidaridad al que parece desolado. Un abrazo, un beso o simplemente un toque cariñoso en la espalda al enfermo, suele ser más reconfortante que cualquier medicina.

Todo el día está lleno  de oportunidades  para sentirnos bien: trabajar, estudiar, comer, divertirse, ejercitarse, realizar labores domésticas y de voluntariado, nos ayudan a fortalecernos física y espiritualmente, pero además nos dejan la conciencia de que hemos hecho las cosas bien para nuestro cuerpo y para nuestra alma, lo que nos permite acostarnos en paz y descansar con deleite, una noche que nos hemos ganado sobradamente.

¿Quien dijo que nuestra vida es complicada? Quizás aquellos que en vez de disfrutar  golpea el amanecer sus ojos y sólo observan lo oscuro de la noche sin valorar lo hermoso del firmamento, lo espectacular de  las estrellas, ni la discreta pero maliciosa complicidad de la noche para el amor.

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¿Dónde estará mi oportunidad? Esta es pregunta muy común pero incompleta, porque no inquiere de qué oportunidad se trata.

Nuestra vida, en sí misma es una oportunidad para hacer, rehacer y deshacer todo cuanto creamos que nos conviene o no. Al fin y al cabo, como seres humanos originados en el Gran Hacedor, tomamos un poquito de Él y, de alguna manera extraordinaria, tenemos la posibilidad de hacer cosas que enriquezcan nuestra existencia.

No creo eso de que “La oportunidad la pintan calva”, o que, “Si pierdes la oportunidad nunca regresa”, porque son apotegmas negativos y nuestra vida tiene que ser siempre positiva, como única posibilidad de lograr nuestro mayor fin: SER FELICES.

Si amamos la vida y somos diligentes, cada día será fuente para crecer y hacer de cada momento una oportunidad a nuestro favor; tan cierto que, aún los tropiezos y los problemas, suelen representar oportunidad para aprender cómo hacer las cosas mejor, o evitar aquellas que nos perjudican o  dañan a nuestros semejantes.

Cada nuevo día es una bendición, especialmente porque siempre será diferente a los restantes, y de tal suerte, nos obsequia una gama de situaciones y circunstancia vivenciales irrepetibles, lo que nos indica que debemos disfrutar cada una de ellas con fruición, porque… jamás se repetirán y, por tanto,  si desaprovechamos esa oportunidad, nunca podremos recuperarla.

Que la oportunidad sea buena o mala, mejor o peor no es nada aleatorio; es algo que nosotros decidimos conforme a nuestra forma de ver la vida e interpretar los momentos, los eventos, las circunstancias y situaciones que diariamente enfrentamos.

Como seres racionales, somos el milagro más grande de la naturaleza: podemos convertir cualquier evento en una oportunidad que nos favorezca; somos fabricantes de sueños, que sabemos convertir en realidad; la magia, la pasión y la emoción, nacen y se reproducen en nuestra mente, que sabe proyectarla al exterior para crear situaciones positivas.

La oportunidad vive con nosotros; siempre está ahí, esperando por nuestra voluntad para convertir cualquier evento, pensamiento, sueño o realidad, en deleite para nuestra existencia. Y lo más importante, nadie puede arrebatarnos ese poder, porque es nuestra herencia de Dios que nos diseñó para EL TRIUNFO Y LA FELICIDAD, nunca para el dolor, la tristeza o el fracaso.

¿A qué esperar? Aprovechemos cada instante para hacerlo una nueva oportunidad, y demos gracias por ser únicos con tal poder sobre la faz de la tierra.

 

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Como emigrante, en otro país debe comenzarse de cero y sin protección especial del Estado receptor. En el caso de los profesionales, inicialmente sus títulos no servirán de mucho, por lo cual, como cualquier trabajador iniciarán un camino largo  y doloroso, compitiendo con otros emigrados y los nacionales, quienes conocen mejor las condiciones de trabajo y el medio.

Como es natural, sobrevivirán los mejores; los menos aptos  regresarán golpeados  a comenzar de nuevo. Conozco profesionales,   que emigraron bajo “el sueño americano”, pero luego de uno o dos años regresaron, con el conocimiento  de un nuevo idioma, pero debido a su ausencia, las necesidades de sus clientes habían sido cubiertas por otros colegas, ya que  las relaciones que generan ingresos profesionales, simplemente no pueden esperar.

Surge entonces la interrogante: ¿No habríamos podido conseguir el éxito en nuestro país, colaborando con el desarrollo de ese pedazo de tierra que nos vio nacer?

No es el territorio, idioma o ingresos lo que decide nuestra felicidad. El amor, la familia, la amistad, el reconocimiento y el arraigo, que son intangibles pero fundamentales, no son susceptibles de lograrse con un cambio de  residencia, idioma, nuevo empleo o mayores ingresos.

La capacidad para ser felices vive con nosotros donde nos encontremos, pero en la patria están  las raíces y cultura que conforman nuestra idiosincracia; allí reside  el verdadero sueño, que espera por nuestro trabajo, diligencia, persistencia y dedicación, que se requieren para lograr cualquier empresa.

Respeto la decisión de emigrar de cualquier venezolano, pero luego de más de  tres décadas viajando y viviendo por temporadas fuera de Venezuela en contacto con inmigrantes, cuando regreso mi corazón palpita de emoción;  y al pisar este suelo bendito, siento que nunca, independientemente de cual fuere la situación, lo abandonaré.

Sé que mi país me necesita y aquí voy a estar como los árboles, de pie; siempre dispuesto a enfrentar cualquier eventualidad, porque me siento amarrado a su destino y bajo su cielo quiero exhalar mi último suspiro.

Soy un pedacito de esta tierra, que llevo sembrada en  mi alma; aquí enterrarán mi cuerpo que abonará una tierra buena para la vida de nuevas generaciones, donde podrán abrazarse como  hermanos, sin diferencia de clase, raza, religión o ideología política. Este es mi sueño, que no tengo duda se materializará; lo cual sería imposible si emigro de esta Venezuela que amo entrañablemente.

 

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“Si amas dilo, repítelo, no te canses de hacerlo; porque el amor en silencio es medio amor”

Millones de personas a las puertas de la muerte, darían lo que fuere sólo por unos minutos más de vida; en ese momento, quizás por primera vez, ellos, un poco tarde, logran entender el valor de un minuto de existencia, que en esa especialísima ocasión equivaldría a una vida… más.

Asimismo, si pudiésemos consultar quienes yacen bajo la tierra, seguramente nos manifestarían su frustración por no poder corregir su mayor error mientras vivieron físicamente: haber desperdiciado minutos de felicidad. Quizás fue esto lo que nos quiso recordar Borges, cuando al final de su vida sentenció: “He cometido el mayor pecado de la vida: no he sido feliz”.

Hoy al despertar, cuando abrí mis ojos frente a una mañana radiante y al abrir mi ventana el aire, que no sabe de donde viene ni hacia donde va, en su raudo vuelo con mil sonidos y aromas diversas acarició mi cara, sentí en toda su plenitud el privilegio de poder recibir esas maravillosas sensaciones, que me prueban que aún estoy aquí, en este extraordinario mundo que Dios me dio por heredad.

Entonces sentí la necesidad de orar, de decirle a mi Padre Celestial cuanto le amo; cuanto le agradezco el haberme permitido conocer y disfrutar de la bella e incuantificable naturaleza, y muy especialmente, por haberme regalado mis hermanos humanos, que con sus altos y bajos, me han hecho protagonista de una vida, que es una hermosa aventura, la cual, si pudiera repetir, lo haría exactamente como la he vivido.

Es que sólo respirar ya es una experiencia indefinible; pero amar, tener una familia, amigos, educación, trabajo, sueños, esperanzas, y la posibilidad de ser útil aunque fuere a una sola persona, son experiencias que no se pueden dejar de disfrutar con fruición.

Hay tanta gente sola, enferma física y espiritualmente, pero que tampoco tuvieron acceso a la cultura ni al conocimiento; quienes no disponen de un techo donde guarecerse, alimentación básica ni seguridad de ningún género, que estamos obligados a protegerlos y orar por ellos.

Por eso, no podemos desperdiciar ni un segundo, porque como el agua bajo los puentes pasará y no podremos recuperar ningún instante perdido.

Pero… aun hay tiempo; vaya, ponga contra su pecho a sus seres queridos, béselos, dígales y repita hasta el cansancio cuanto les ama y necesita; póngalos al rescoldo de su ternura, siémbrelos en el fondo de su alma, porque sólo allí lo acompañarán… siempre.

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¿De que sirven los sueños si no los vivimos? ¿No es mediante ellos que vencemos el albur de una vida que no pedimos, dentro de un mundo amplio e infinito que espera ser descubierto?

Creo en mis sueños como único medio para romper la monotonía de la vida y dejo que me guíen. Sé que sólo se concretarán si me conviene.

Vivo con intensidad su desarrollo; su nacimiento, su increíble recorrido por ese mundo ideal que me corresponde. Mientras doy los pasos necesarios, experimento la sensación de que en mi fuero interno se están sucediendo.

Si se concretan, doy el toque final de celebración dando gracias por haberlo logrado. Si no se dan, igualmente agradezco haberlos disfrutado y porque sé que el no materializarse me resguarda.

Como mis sueños tienen vida, los ubico en mi existencia física: mi familia, trabajo y afectos, concretando los que puedo manejar y lograr sin violentar la voluntad de Dios.

Así, vivo mi sueño con el amor sublime de esa bella, tierna y leal mujer que Dios me dio por compañera, con respeto, consideración, aceptación, solidaridad, lealtad, reconocimiento, buena comunicación y apasionada sexualidad, convirtiéndolo en realidad.

Al amar, respetar y aceptar la individualidad de cada uno de mis hijos y entorno íntimo, la generosidad y bondad que, si no tuvieren, mis sueños les asignan, convierten ese pedazo de mis sueños en realidad.

Mi placidez permanente por haber vivido más de sesenta y seis años, superado riesgos, peligros y momentos difíciles; construido una familia feliz; orientando a quienes mejoraron su óptica de la vida; escrito libros y entablado este diálogo virtual con ustedes, representa sueños convertidos en realidad.

Quienes me aman, aman mis sueños, porque son parte integral de mi amor por ellos. Conocen que sueño por ambos. Saben que son y serán siempre parte de mis sueños. No tienen otra dimensión de mi personalidad.

Mis sueños, que hago realidad en lo posible, reflejan mi inagotable amor, mi deseo de transmitírselos y mi agradecimiento a Dios por permitirme embarcarme con ellos en este viaje hermoso, que es nuestra vida.

Para mí hoy y todos los días son maravillosos. El sol, la brisa, la risa de los niños y el canto de los pájaros, me recuerdan que Dios está aquí para velar y ayudarme. Lo disfrutaré intensamente, haciéndolo todo en su nombre con alegría, fe y optimismo, porque esa es la parte de mis sueños que me está dado hacer realidad.

No me imagino mi existencia ni la de mi familia sin sueños. Tampoco quiero imaginar la de ustedes sin los suyos. Sería una lástima no utilizarlos teniéndolos a mano.

Los invito a soñar, cubriendo los pasos que permitan hacerlos realidad, si convienen. Sintiendo la necesidad de soñar, decidiéndose a hacerlo, conformando los sueños, y lo más importante, vivirlos en cada una de sus etapas.

No cuesta nada, pero es muy grato porque son la única posibilidad de convertir la fantasía… en realidad.

Próxima Entrega: LA FELICIDAD EN TIEMPO DE CRISIS.

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A partir de hoy, para satisfacer la solicitud de un estimado creativo de una importante empresa de multimedia en Houston Texas, doy inicio a una serie de entregas sobre un tema apasionante para quienes como yo, los años no han podido robar ese toquecito de locura, que nos ha permitido vivir más allá de nuestra propia realidad: LOS SUEÑOS.

Soñar, es sentir que la vida es más como nosotros quisiéramos que fuera, que como la vemos pasar todos los días, con la firme convicción de que podemos transformarla.

Los sueños representan lo que pensamos que podemos lograr ahora y siempre. Los que sueñan, tienen el valor de enfrentar con una sonrisa de esperanza cada minuto de su existencia.

Soñar, es decirle no a los elementos y circunstancias que intenten disminuir la esencia poderosa y transformadora que recibimos de Dios.

Soñar, es decirle al dolor, la tristeza, la soledad y la falta de amor, que hay algo más poderoso y prometedor que la realidad misma; con suficiente poder para transformarla, porque cuando soñamos, cuando nos convencemos de que somos capaces de entrar en ese mundo nebuloso que precede la inspiración y obligarlo a moverse a nuestro favor, entonces simplemente hemos entrado en una nueva dimensión, sin tiempo ni espacio; adapta las situaciones a nuestro pensamiento; transforma los sonidos y los colores y nos dota de alas para volar sobre nuestra propia mente para convertir la realidad en una fantasía… posible.

Soñar, es un derecho al cual nadie debería renunciar, porque representa no contentarse con las limitaciones que la realidad trata de imponer, a quienes no tienen la capacidad de crear su propia fantasía, su propio mundo.

La creatividad es parte de nuestra herencia divina, pero únicamente puede materializarse mediante los sueños que nos han permitido transformar el mundo, frente al asombro de los que duermen despiertos, precisamente porque perdieron la capacidad de soñar.

Los sueños enfrentan la realidad porque es demasiado común, cómoda, monótona y sin retos. Es resignarse a recibir lo que la vida nos ofrece, sin especular si podríamos obtener algo mejor.

Los sueños son el escape de un espíritu libre e ilimitado que se ahoga en un cuerpo cautivo, rodeado de paredes de tiempo y espacio… que él no reconoce.

Soñar es decirle a Dios que entendemos nuestra supremacía sobre los seres irracionales, que no sueñan porque les falta la esencia divina que nos permite diferenciar la noche del día; lo bueno de lo malo; vivir el perfume de las flores e imaginar su máxima belleza, plasmándola en un lienzo con nuevos colores; oír el canto de los pájaros y convertirlo en celestial sonata; sembrarle magia y transformar con nuestro sentimiento la muerte en vida, cuando hacemos romántica la caída de las hojas, en el otoño; convertir el sexo en algo más que el acto natural procreativo, sublimizándolo, llenándolo de magia, de fantasía y haciéndolo trascender más allá de su propia temporalidad.

Si carecemos o perdemos la capacidad de soñar, que es una habilidad típica y exclusiva del ser humano, nos resignamos a una existencia regida por los elementos naturales y… el destino.

No soñar, es renunciar a nuestra diferencia profunda con esos compañeros de viaje en este mundo, cuyo déficit espiritual les induce únicamente a sobrevivir.

Carecer de sueños, es la renuncia a nuestra propia condición inteligente; engendra fallarnos a nosotros mismos y a nuestro Hacedor.

El soñar nos hace humanos, especulativos, inconformes con una realidad que tiene que ser matizada con colores nuevos, música sublime, aromas y esencias que exciten el alma, para crear lo excelso que ella, por sí sola, en su estado natural no puede ofrecernos.

Soñar es un reto a la normalidad, a la resignación y la pasividad; es avanzar más allá de hoy, fabricando un mañana a nuestra propia medida.

Sin soñadores, el mundo sería lento, atrasado, monótono, aburrido, sin emociones; y seguramente, sin las grandes transformaciones que hacen nuestra vida mejor.

¿Qué le parece si analizamos cómo nacen los sueños, cómo se desarrollan, cómo debemos materializarlos y vivirlos?

Aquí lo espero, para compartir en unas cuantas entregas posteriores un poco de irrealidad de la… realidad.

Próxima Entrega: DECIDIÉNDOSE A SOÑAR.

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