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Archive for the ‘AMOR VERDAD Y LIBERTAD ESTAN UNIDOS’ Category

 

Releyendo a mi admirado poeta  Pablo Neruda, encontré unos versos muy cortos, sobre los cuales vale la pena reflexionar; este  nunca olvidado poeta escribió: “De la vida  no quiero mucho. Quiero apenas saber que intenté todo lo que quise, tuve todo lo que pude, amé lo que valía la pena y perdí apenas lo que  nunca fue mío.”, texto que sin necesidad de grandes análisis nos indica que nuestra vida es elemental, por lo cual no requiere de grandes esfuerzos o sacrificios, para lograr una existencia grata.

Independiente de la admiración que durante toda mi vida he profesado por la obra de Pablo Neruda, me identifico plenamente con el contenido  íntegro de este poema, porque como él, de la vida no he querido mucho más allá de lo necesario para ser feliz y hacer felices –o contribuir a ello-  a todas las personas que se crucen en mi vida. Como consecuencia, luego de unas cuantas décadas en las cuales he sido muy feliz, independiente de que he tenido momentos difíciles y enfermedades graves que superar, mi felicidad corresponde a mi diligencia en hacer todo lo que esté a mi alcance para alcanzar las metas, que de cualquier manera pueda contribuir a mi bienestar o el de mis semejantes; lo cual podría equivaler a lo que señala el poeta como “…intenté todo lo que quise”.

En este mismo orden de ideas, he logrado obtener todo lo que he  deseado por mis propios medios y de forma lícita, sin lamentarme nunca de lo que no pude obtener, quizás por mi creencia de que todo lo que sucede –negativo o positivo- siempre tiene una razón, lo cual podría equipararse a lo que el poeta señaló como  “…tuve todo lo que pude …”   Igualmente, yo amo lo que considero conveniente y necesario a mis fines, que como antes lo apunté, siempre estuvo orientado a mi felicidad y mi contribución al bienestar de la personas a mi alcance, lo cual de alguna manera, podría equiparase a las palabras de Neruda cuando dijo, “…amé lo que valía la pena…”

Respecto de la última parte de estos versos: “…y perdí apenas lo que  nunca fue mío.”, debo comentar que  no obstante los altibajos, tropiezos, caídas a las cuales siempre reaccioné  levantándome y comenzando de  nuevo, siento que no perdí ni dejé en el camino nada que fuera muy valioso para mí, sino que, como lo dijo Neruda, si alguna cosa perdí, realmente fue algo que “…nunca fue mío…”, por lo cual nunca me sentí afectado gravemente en mi fe y confianza en que todo en este mundo tiene alguna solución que es mejor o más positiva que el problema mismo.

Es que yo no tengo ninguna duda que nuestra vida es absolutamente elemental. En primer lugar, porque desde que podemos valernos por nosotros mismos, todo lo fundamental que requerimos para nuestra existencia física, siempre está a nuestro alcance, y personalmente estamos dotados de todos los elementos necesarios para acceder a ellos. En segundo lugar, como quiera que somos seres físico-espirituales, lo trascendental en nuestra vida para sentirnos con plenitud no es material, sino que corresponde a elementos intangibles como el amor, la solidaridad, la sensibilidad y la felicidad, cuales no es posible determinar desde el punto de vista físico, sino que corresponden a nuestra vida interior, lo que sentimos y creemos de nosotros mismos, sólo determinable en nuestro ser interno.

En una oportunidad, en un conversatorio donde me correspondió participar, alguien me manifestó su desacuerdo con mi criterio de que lo trascendental para la vida  no era físico, por lo que me vi obligado a efectuarle la siguiente pregunta: ¿Considera usted que es cierto que existe el amor, la verdad y la alegría y que son trascendentales para la vida?  A lo que el interpelado me contestó que sí consideraba que existían,  así como que eran trascendentales para los seres humanos. Entonces le pregunté nuevamente: ¿Podrías señalarme físicamente alguna de estas cosas para verlas o tocarlas?  Al responderme que no podía, simplemente aceptó frente a todos los asistentes, que yo estaba en lo cierto al asegurar que las cosas trascendentales para nuestra vida plena, realmente no eran físicas o materiales.

He vivido en países muy ricos como los Estados Unidos y en países muy pobres como Bolivia para los años Ochenta,  y en todos he conocido gente en estado de miseria, de pobreza, de clase media y otros muy ricos; lo cual no me ha dejado duda de que es nuestra forma de pensar y ver la vida y las cosas, lo que incide en nuestra mentalidad para lograr el nivel de vida que somos capaces de imaginar y producirnos  individualmente, de manera que esto nos prueba que no es tan difícil sobrevivir físicamente.  Pues bien, como lo trascendental para vivir una vida  buena, ya hemos demostrado que no es material o físico, sino que vive dentro de  nosotros y/o corresponde a nuestra intelectualidad, tenemos que aceptar, que como lo aseguraba el filósofo contemporáneo Ortega y Gasset, somos nosotros y nuestra circunstancia, lo que determina nuestro nivel de vida en general.

Si tienes alguna duda o requieres aclaración sobre el tema aquí tratado, el correo del autor está disponible: amauricastillo@gmail.com

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DISFRUTAR DE LA VIDA

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¿Qué y cómo es nuestra vida? Muy sencillo, simplemente un maravilloso recorrer un camino, cual aunque se considera largo realmente es muy corto;   donde de un lado tiene espinos, barrancos y senderos peligrosos, pero en el otro hay flores, bellas mariposas, tiernos pajarillos, sabrosas frutas y diferentes alimentos para satisfacer nuestro apetito; con la milagrosa ventaja de que, en todos los casos,  esos espinos pueden ser útiles, inútiles o nosotros podemos convertirlos en lo que seamos capaces de imaginar y…  realizar, lo que pone en nuestras manos, la calidad de la vida que obtengamos.

Es que la vida nos fue dada y diseñada por El Creador, de tal forma que fuimos especialmente dotados de elementos como los sentidos y la inteligencia, para que fuésemos nosotros mismos y no nadie o nada  externo,  lo que diese calor, sabor y contenido a esta existencia; ya que esencialmente, fuimos diseñados con la intención de que, independiente de cualquier situación, irremediablemente  fuésemos…  felices. Por lo cual, si nos abstraemos de lo negativo y consideramos las muchas virtudes y facultades  que como humanos disponemos, sin duda alguna, desde que somos niños, pasando por la adultez, la vejez y hasta el día que regresamos a nuestro hogar original, todo lo que nos sucede podemos ponerlo a favor del disfrutar  de la mejor manera, nuestra vida.

 Ejemplarizando desde el punto de vista físico, el día tiene veinticuatro horas de las cuales, en promedio, ocho dormimos, ocho trabajamos y ocho dedicamos a diferentes actividades sociales, esparcimiento o descanso adicional. Pues bien, en un  mundo donde millones de personas no tienen empleo ni actividad conocida, tener en qué  y cómo ocupar esas horas trabajando es simplemente un privilegio,  y por tanto un evento para disfrutarlo. Las ocho horas que dormimos, no sólo nos permiten descansar, recuperar las fuerzas gastadas en el trabajo, soñar y disfrutar de la compañía de la persona amada sin interrupciones de ningún género, y por tanto también es otra forma de lograr nuestra plenitud. Las restantes ocho horas que dedicamos a la distracción, el entretenimiento, el deporte, la socialización y/o descansar un poco más, no cabe duda que son también un disfrute.

Respecto del trabajo, independientemente de que para ser más eficientes, deberíamos realizar la actividad que más nos apeteciere, no deberíamos olvidar la enseñanza de Don Luís de Unamuno cuando expresó; “Lo importante no es hacer lo que a uno le gusta, sino gustar de lo que uno hace.” Esto es que, si atesoramos esta sentencia, siempre el trabajo será un placer. Al menos en mi caso, desde los nueve años en Caicara del Orinoco,  ayudando a una amiga de mi mamá a hacer tabletas de coco; posteriormente como Contador, Empresario, Abogado, Conferencista Gratuito para Sociedades y ONG sin fines de Lucro, Escritor y Bloguero; pasando por unos años cuando joven en Caracas, limpiando pisos  fuera de mis horas de trabajo para costear mis estudios en la Universidad Católica Andrés Bello, siempre he sido muy feliz trabajando.

Con relación a las horas para  la diversión y entretenimiento, por mis condiciones económicas y familiares, en su oportunidad no pude dedicarme a los  deportes, pero sí me convertí en un “come-libros“;  en buenas horas de mi tiempo libre y algunas horas cuando debería estar durmiendo, las dedicaba a la lectura que me apasionaba, lo que además de su disfrute,  luego me ayudó mucho en mis actividades académicas, como escritor y bloguero; igualmente socialicé muchísimo tanto en mis estudios de primaria y secundaria, así como en las Universidades donde estudié mi carrera e  hice mis postgrados.

Con referencia a las supuestas ocho horas, que como mínimo deberíamos dedicar  a dormir, quizás por mi naturaleza temperamental hasta cierto punto impaciente, creo que después de que tengo quince años, jamás lo  he logrado. Pero, las horas que duermo, pocas o menos, siempre las he disfrutado increíblemente; especialmente desde  hace más de cuarenta y ocho años que duermo con mi compañera de viaje largo, mi amada Nancy. Creo que a favor de mi satisfactorio sueño, juega el hecho de que como nunca he hecho daño a nadie,  sino que por el contrario he hecho todo lo posible por ser útil a mis semejantes sean cercanos o desconocidos; así como la labor de voluntariado que he realizado por años como conferencista y asesor familiar y de parejas, todo esto me da  una gran tranquilidad espiritual, que a mi manera de ver la vida es fundamental para dormir plácida y profundamente, como yo lo experimento.

En general, pienso que en este camino de la vida, todo lo que nos sucede o experimentamos, nos abre una oportunidad para disfrutar; siempre y cuando entendamos que en todo hay una parte aleatoria, que nosotros no podemos ni manejar ni prever, pero sí acondicionarla a nuestro interés o al beneficio colectivo. Es por lo cual, cualquier tropiezo, traspiés o caída, cual en un momento pareciera ser negativa, con nuestra inteligencia, diligencia, confianza en Dios y en nosotros mismos, podemos convertirla en una enseñanza o experiencia positiva, para en adelante beneficiarnos de ese conocimiento. Siento asimismo, que la mayor bendición de un ser humano, independiente de la condición en que se encuentre, es esa vida que nosotros nos procuramos, ya que como alguien lo escribiera alguna vez: “Aun en la condición más lamentable, es la vida del hombre siempre amable.”

Finalmente, como quiera que no dudo que nuestra existencia no solamente es física, sino que estamos dotados de un alma y un espíritu que nos hace trascender más allá de este mundo físico, detectable por nuestros cinco sentidos conocidos; es por lo cual las cosas más relevantes para nuestra felicidad como el amor,  el respeto, la solidaridad, los valores, las virtudes y los sentimientos, no son ubicables físicamente, precisamente porque son espirituales. Es por lo cual, de nada sirve una hermosa y mullida cama si no hay sueño; tampoco sirve de mucho un buen café o cena en el hotel más lujoso del  mundo, si lo experimentamos solos; de la misma manera, ninguna riqueza o poder, por grandes que fueren, pueden darnos un minuto de vida o un gramo de felicidad; y como consecuencia de lo expuesto en este párrafo, aseguro que la vida nos es dada para disfrutarla, pero su volumen o calidad de disfrute, va a depender del color que nosotros sepamos darle a cada evento o circunstancia que nos acontezca.

Si tienes alguna duda o requieres aclaración sobre el tema aquí tratado, el correo del autor está disponible: amauricastillo@gmail.com

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Mecedes Sosa

Creo que todos los seres humanos, aun en la situación más lamentable e  independiente de cual fuere su circunstancia, estamos obligados a dar GRACIAS A DIOS POR NUESTRA VIDA. Desventuradamente, alabar con una hermosa voz que llegue al alma y estremezca nuestros sentimientos, ciertamente no es fácil. Sin embargo,
Dios nos regala cada cuanto tiempo voces sublimes que enuncian con su voz y apropiada música, eso que nosotros quisiéramos expresar como ellos, pero que solo logramos en nuestros diálogos, que no tienen ni melodía ni música.

Esa hija de San Miguel de Tucumàn (Argentina), Haydee Mercedes Sosa, comúnmente conocida por su público como Mercedes Sosa”; por sus íntimos también como La Negra Sosa y Mecha;  pero que para el mundo es y será siempre La Mamá Grande, La Voz de América,  La Voz de la Tierra, aún hoy después de nueve años de ese infausto mes de octubre de 2009, su muerte, sigue sonando con el mismo ritmo, melodía y sentimiento que anidado en nuestra alma, perdurará por siempre.

Mercedes Sosa es inolvidable porque le cantó a la vida con una voz única. Es que sus melodías acompañaban una letra que uno sentía que ella experimentaba y vivía con su alma; su música despertó un sentimiento universal que sobrepasó  la música y la letra de sus canciones, volando sobre el mundo en alas de sus melodías; pero especialmente sobre el firmamento latinoamericano, en un momento  ensombrecido del Siglo XX, cuando la democracia pedía que además de las armas surgiera algo nuevo que,  en vez de balas llegara a la mente, corazón y sentimiento de nuestra gente, con tal fuerza que superara los sentimientos de odios políticos, sociales y de poder, avalados por los regímenes dictatoriales o personalistas, en pro de los derechos sociales y humanos, tan vapuleados para esos años.

Como era de esperarse, el status quo del momento, precisamente en su país, Argentina, no le iba a perdonar esa poderosa protesta de letra y melodía de sus canciones, por lo cual tuvo que huir y asilarse fuera del Pais; lo cual por cierto, la llevó a recorrer el mundo donde fue acogida en todas partes con amor y solidaridad por esa causa que era de todos, porque como siempre lo hemos asegurado  el respeto por los derechos humanos, la paz y la libertad, son patrimonio común de la humanidad y, en  esta tierra de Dios, siempre ha habido y habrá más gente buena que mala.

 Hoy, yo que he vivido parte de los Siglos XX y XXI, al recordar el noveno aniversario de la muerte de nuestra inolvidable “Mercedes Sosa”,  luego de haber estado activa como cantante desde 1950 hasta 2009, representando el Movimiento del Nuevo Cancionero y siendo una de las exponentes de la Nueva Canción Latinoamericana, representante de quien como lo dijera Facundo Cabral, “Cantante es el que puede y cantor el que debe.”; todos los días me recuerda su voz que tenemos mucho porque dar gracias a la vida,  que a  todos “…nos ha dado tanto.”; porque como ella lo divulgara con respecto a dar gracias a la vida, “el canto de ustedes es mi mismo canto.”

Debo finalizar expresando con la frente erguida y el corazón henchido, que todos quienes aún respiramos y especialmente en mi caso, tenemos que decir a cada momento: GRACIAS A LA VIDA, que nos permite respirar el aire que nos da vida;  mirar la belleza del amanecer, las puestas de sol y las estrellas en la noche;  oler el aroma de la paja mojada y el de las flores; sentir el rose de la mano del niño inocente y del anciano cansado de años, pero ávido de vida; disfrutar de los miles de sabores de esas muchas bendiciones que Dios puso como alimento sobre esta noble tierra; oír la risa de los niños, el ruido del viento, las olas del mar, el trinar de los pájaros;   decir y escuchar la palabra Amor. También doy gracias a la vida, porque tengo un libre albedrío que me  da la posibilidad de hacer lo que me gusta y un estado de ánimo con el cual puedo dar el color  que desee a mi vida. Asimismo debo dar gracias a la vida, por mi bella y amorosa esposa, mis queridos hijos, nietos y bisnietos, así como por mis muchos amigos que hacen mi vida màs placentera; por mis amados padres y algunos de mis hermanos que regresaron al regazo del Padre Celestial, luego de haber estado conmigo muchos años, y que en las noches estrelladas me hacen guiños con los luceros desde el Cielo.

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EL AMOR VS. EL ODIO

ODIO Y AMOR

Hoy, releyendo la vida y pensamientos de ese, por mí admirado  y especial ciudadano del mundo, Nelson Rolihlahla Mandela, recordado por todos como “Madiba”, encontré  uno de sus pensamientos más conocidos respecto del odio y el amor, que produce en quien lo lee una reflexión pocas veces comentada, y es que, en su mayor contexto, tanto el odio como el amor son factores o elementos culturales; más allá de la parte instintiva originaria de los sentimientos que ampararon y/o preservaron la continuación de la especie, el apego o sentido de pertenencia grupal y la expectativa de combatir e incluso agredir,  en su legítima defensa. El pensamiento de Madiba a que haré referencia, expresa: “Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, de su origen o religión. La gente tiene que aprender a odiar;  y si ellos pueden aprender a odiar, también se les puede enseñar a amar. El amor llega más naturalmente al corazón humano que su contrario.”

Aunque Madiba no se refirió expresamente al aspecto ideológico o político, dada la circunstancia actual de incertidumbre sobre el futuro inmediato de nuestro País, me parece oportuno y casi obligatorio, adicionarlo dentro de ese pensamiento sobre la actitud de odiar o amar de los seres humanos. Es que la vida me ha enseñado que nuestra existencia es sinérgica, como lo es la del planeta sobre el cual vivimos, ya que nunca permanece estático en el mismo sitio, sino que permanentemente rota y se traslada en su órbita alrededor del Sol. Asimismo, los países, incluido el nuestro, mantienen un movimiento de altos y bajos, algunos de manera cíclica, que debemos considerar seriamente, al menos quienes hemos decidido de forma definitiva, permanecer en él,  independiente   de su situación en tiempo, período o momento determinado.

Sobre lo antes expuesto, por mi propia experiencia como ciudadano de este País, que he vivido con absoluta conciencia los avatares venezolanos en estos últimos sesenta y cinco años, pienso que aunque no debemos abstraernos o  insensibilizarnos de la actual situación que nos aqueja, sí que es esencial recordar y/o revisar la historia de los últimos cien años de nuestra vida republicana, para concientizarnos de que, en ese período, hemos vivido situaciones muy difíciles, pero que siempre las hemos superado con nuestro empeño, trabajo, confianza en un futuro mejor y amor por Venezuela; especialmente, actuando como hermanos y no como enemigos, precisamente bajo el principio que expresamente como lo enunciara Madiba: El amor llega más naturalmente al corazón humano que su contrario.”, que traído a nuestra situación, es como decir que ES MAS FACIL AMAR QUE ODIAR, fundamentalmente cuando se trata de nuestros conciudadanos.

Esta amada tierra, que es indescriptible por su belleza; invaluable por la riqueza de sus recursos naturales de todo género; e insustituible por esa forma existencial tan amena y adaptable a cualquier circunstancia de los venezolanos, no merece que -al menos quienes aquí fuimos niños, adolescentes y adultos felices- con todas las oportunidades de ser y hacer lo que nos pareciere conveniente, porque siempre dependió nuestro futuro de la confianza en nosotros mismos y la seguridad de que si no existía la oportunidad nosotros la crearíamos hasta llegar a la meta deseada, olvidemos todo lo que hemos recibido y le debemos a Venezuela –que es nuestra madre- en ese espacio de tiempo de nuestra vida, y ahora que está enferma la dejemos sola. ¿Es que, acaso cuando la madre está convaleciente los hijos la abandonan a su suerte? No, de ninguna manera; más allá del nivel o gravedad del mal que sufra, nos corresponde por obligación acompañarla, cuidarla, confiar y hacer todo lo que esté a nuestro alcance, para que sane, como sucedió en anteriores ocasiones, cuando también tuvo graves problemas.

Como quiera que siempre me he considerado un hombre universal, que sería como decir que estimo al mundo como  mi patria grande, no quiero que se interpreten mis palabras, como alguna calificación negativa o coacción sicológica orientada a quienes, dentro del libre albedrío que les dio Dios y el derecho que les concede nuestra Carta  Magna, se van fuera del País en busca de lo que pudieren considerar un futuro mejor para ellos y/o una manera de lograr recursos, de los que aquí carecen, con los cuales ayudar a sus familiares que con dolor dejan aquí. Lo que sucede es que yo conozco bastantes países de otros Continentes y el nuestro,  y he vivido en tres de ellos; donde, como aquí,  he visto personas llegadas de otros países que por sus valores, actitud personal positiva, entusiasmo y duro trabajo, lograron mejorar su vida integralmente. Pero, asimismo, conocí muchos que por no disponer de esos atributos personales, vivían una situación no deseable, con el agravante del mote de “emigrantes”, que por sí mismo les hacía las cosas más difíciles, sin permitirles olvidar su condición de extranjeros que, como comentara alguien que no recuerdo, “…es muy diferente vivir como extranjero turista,  que como extranjero emigrante.”

No obstante el contenido global de los temas ya tratados, la reflexión que me propongo,  es la de hacer notar que es más fácil y beneficioso amar que odiar, como lo sentenciara Madiba; por lo cual, en este tiempo tan duro y a criterio de algunos,  inédito en Venezuela, tenemos que echar mano no sólo del amor y no del odio,  sino también de la solidaridad, sensibilidad, patriotismo, armonía, generosidad, caridad, y si se quiere, del perdón; porque somos y seguiremos siendo millones de compatriotas que convivimos y conviviremos aquí en  nuestro terruño, con diferentes formas de pensar, de ver la vida y las cosas, pero donde no debemos dejar prevalecer el odio a quienes no piensen igual a nosotros o actúen de una manera con la cual  no estemos de acuerdo; porque independiente de la convivencia necesaria, somos Cristianos, lo que es equivalente a decir que, las bases o pilares sobre los cuales  se cimenta nuestra actuación vivencial, lo son el amor y el perdón, condiciones fundamentales, que a mi manera de ver la vida, son esenciales para lograr el valor más importante en la estabilidad de una sociedad organizada: LA ARMONÍA COLECTIVA.

Si tienes alguna duda o requieres aclaración sobre el tema aquí tratado, el correo del autor está disponible: amauricastillo@gmail.com

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ACTITUD EN TIEMPO DE CRISIS

ARAGUANEY: ARBOL NACIONAL DE VENEZUELA

Que en nuestra querida Venezuela  hoy existe una crisis prácticamente global -que es como decir económica, política y social en general- generadora de uno de los factores más perturbadores para cualquier sociedad organizada, como es la incertidumbre,  es algo que no es discutible. Como consecuencia de tal realidad, se hace necesario meditar de la forma más seria –y a ser posible tranquila- sobre cuál debería ser nuestro comportamiento como ciudadanos frente a tal grave situación. En mi humilde concepto, mantengo el principio de que de nada sirve “preocuparnos”, porque esta actitud nada positivo aporta a una solución; sino que, por el contrario, nos altera aún más, haciendo más difícil “ocuparnos” de encontrar una alternativa en pro de localizar caminos, que nos ayuden a campear el temporal que nos azota.

Pienso que cuando el país está boyante y sin problemas no se requiere inteligencia, moderación o armonía para convivir las realidades del momento de la patria. Es en situaciones especiales, y si se quiere inéditas, cuando se requiere la mayor templanza para valorar y/o evaluar nuestro comportamiento personal, que  sin ninguna duda influirá de manera decisiva en el proceder colectivo. Creo que, quienes como yo hemos vivido con total sentido común las diferentes etapas que se han sucedió en los últimos sesenta años en Venezuela, sin haber dejado la vida o la razón en el camino,  estamos obligados a contribuir a la ponderación  cabal de la situación  nacional actual. No somos una isla al margen de los acontecimientos que hoy aquejan al mundo civilizado, ni debemos esquivar nuestras responsabilidades como habitantes de una nación, que al menos en mi caso, me dio todas las oportunidades para mediante la fe, la diligencia, el estudio, el trabajo y la confianza en mí mismo, adelantar mi principal proyecto: mi formación personal integral y el desarrollo de una familia con valores de honestidad, amor, sensibilidad social y solidaridad humana, que hoy se reflejan en la solidez de sus respectivos hogares.

En el mismo sentido de lo antes expuesto, siento que, como venezolanos,  estamos obligados a ser optimistas; porque el país ni se ha hundido ni se hundirá, especialmente porque su mayor capital no son sus múltiples riquezas naturales, sino que su principal recurso para salir adelante en cualquier situación que se presentare, lo somos nosotros, los venezolanos. Si, nosotros los ciudadanos aportando ideas, trabajo, confianza, fe y esperanza de un futuro mejor,  será como aumentaremos las posibilidades de superar los escollos que en estos momentos pudieran parecernos casi insalvables. No es con actitudes pesimistas, derrotistas, o como una vez lo dijera Rómulo Betancourt “…con alaridos de Casandras agoreras”, como podremos superar la situación que nos aqueja.

De cualquier manera, la situación actual de Venezuela, por acción u omisión nos involucra a todos; por tanto, somos nosotros, todos los venezolanos, quienes dentro de nuestras reales posibilidades, tenemos que meterle el pecho al país para sacarlo adelante. Yo, que conozco a Venezuela de Oeste a Este, desde Sichipés en la alta Goajira hasta San Fernando de Atabapo en Amazonas y de Norte a Sur desde Puerto Cabello hasta Puerto Páez, pero que además he recorrido buena parte del mundo fuera de nuestras fronteras, puedo decir con plena certeza, que Venezuela es como territorio,  una tacita de oro; y como nación, la mejor gente del mundo. Por eso, por todo lo dicho es que aún teniendo mucha de mi familia en Canadá, Estados Unidos y Colombia, mi sentido de pertenencia a esta tierra maravillosa, es superior al temor o a cualquier otro sentimiento que pudiere afectar mi sentido de conservación. Yo que viví con pleno conocimiento esta Venezuela, que en los últimos sesenta y seis años ha cambiado varias veces su denominación y signos nacionales; vivido democracias, dictaduras y revoluciones; épocas de extraordinario auge económico y situaciones de grandes carencias; sin cuestionar o juzgar de ninguna manera los compatriotas que emigran, no tengo la menor duda que mi puesto está aquí, en las buenas o en las malas, pero aquí, aferrado a esta tierra, a los setenta y siete años de pié, como los robles, dispuesto a resistir los ventarrones, los inviernos  y los veranos, porque sé y no tengo duda, que todo tiene su tiempo y que lo que algunas veces sentimos como un tropiezo, más adelante puede resultar una buena enseñanza o experiencia, que aporte mayor felicidad a esta tierra que tanto amamos: VIVA VENEZUELA hoy, mañana y siempre.

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GRACIAS A LA VIDA II

Escuchando la entrañable canción “Gracias a la vida”,  me devolví sesenta y cinco años atrás recordando mi niñez; luego mi primera juventud hasta los treinta años; mi segunda juventud hasta los sesenta;  y mi tercera  o actual juventud a los setenta y seis años, y tengo que decir más que gracias a la vida,  gracias a Dios.  Durante estas más de siete décadas, he amado y me han amado; he trabajado duro y obtenido las mejores recompensas; he tropezado muchas veces y de esos tropiezos he determinado cosas que han hecho menos difícil  pero más grato, ese largo camino en busca de la felicidad. He aprendido que lo más importante para vivir -en el sentido real de la palabra– que es bien diferente a  sobrevivir,   lo cual es absolutamente elemental-  se  requiere sentir a nuestros semejantes con su naturaleza  y sus ambiciones, poniéndonos con toda sinceridad en su lugar y actuar en consecuencia,  como hubiésemos procedido en iguales circunstancias o situaciones que nos toque vivir.

Haber vivido todos estos años disfrutando de las muchas bendiciones que Dios ha puesto sobre la tierra, como son: el ver el brillo del sol en la mañana y un cielo cubierto de estrellas en la noche; las gotas de rocío sobre las rosas en primavera;   el caer de amarillentas hojas, diciendo adiós para siempre en el otoño; escuchar con regocijo el silbido del viento sobre las palmeras; el trinar de los pájaros en los caminos; la risa de los niños y la palabra amor en los labios de quienes amo; todo lo cual me ha enseñado que soy un pedacito de la maravillosa creación, que tengo  siempre a mi disposición, en tanto y en cuanto sea capaz de entender que es mi estado de ánimo y no ningún  evento especial, lo que le da color a mi vida; por lo cual a nadie más que a mí mismo puedo culpar  o felicitar, según fuere el resultado de mi vida.

Sin ninguna duda, hoy estoy convencido  de que es más importante que la riqueza, la fama,  el poder o la belleza,  la tranquilidad espiritual y ser consciente  de que Dios provee  todo lo necesario  en cualquier situación en que nos encontremos; que todo se encuentra a nuestro alcance si entendemos que la diligencia, la disciplina y el trabajo son más importantes que la inteligencia o el nivel social en el cual se nos ubique;  que el mal es la excepción porque la regla es el bien y la bondad; que brinda mayor felicidad el hecho de amar que el ser amado; y finalmente, que el tiempo no es nuestro aliado ni nuestro enemigo, por lo cual la edad no es definitiva para vivir intensamente los eventos esenciales de nuestra existencia física y/o espiritual.

Por todo lo expuesto me siento obligado a ratificar lo que afirma esa bella canción: Gracias a la vida que me ha dado tanto, porque ciertamente y por la gracia de Dios, tenemos más bendiciones que carencias; la voz de mis hermanos es mi voz; la felicidad o el dolor de mis hermanos también son los míos, porque todos somos parte integral de la gran familia humana, por lo cual debemos convivir en paz y armonía, en esta bella tierra que Dios nos dio por heredad.

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FE Y PROACTIVIDAD

Los términos FE y PROACTIVIDAD siempre han caminado juntos al lado de toda persona exitosa, independiente de cual fuere el caso o circunstancia personal de que se trate. Hoy la  Psicología Positiva ha probado que hasta en los procesos de sanación de una enfermedad, la fe y la proactividad  ya  son  no solamente convenientes sino indispensables.  Aquellos apotegmas bíblicos de que “… la fe mueve montañas…”  y “…dame tus palabras y yo te daré mis obras…” son una realidad a favor de cualquier aspiración humana. Cuando digo que caminan juntos es porque únicamente la fe  no es suficiente si no se acompaña de la actividad constante y  entusiasta,  que  permite lograr la meta que nos proponemos. Es por eso que cuando hablamos de alguien que es proactivo, incluimos en dicho vocablo la fe, la disciplina, la constancia, el entusiasmo, la creatividad,  y muy especialmente, la confianza en sí mismo, que adicionamos al duro trabajo para encontrar y administrar debidamente los elementos y/o factores que fueren más convenientes o necesarios, en cada caso.

Considerando -como es cierto-  nuestra vida es elemental, porque fuimos diseñados de tal manera que tenemos  una especial capacidad para adaptarnos a cualquier ambiente o situación que se nos presente, no es fácil entender como algunas personas no terminan de asimilar que es en y dentro de sí mismos, donde se encuentran los elementos necesarios para lograr una vida integralmente dispuesta a la felicidad, cuales como antes hemos comentado, es la fe en nosotros  mismos como principales actores de nuestra propia vida, el elemento decisivo para lograr el éxito propuesto. De nada sirve la formación académica o cultural de cualquier género, si  no nos  convencemos de  nuestra capacidad para superar los escollos que se  presenten y por encima de ellos adelantar y lograr nuestras propuestas.

En tal sentido, igualmente de nada sirve un título o certificado de conocimiento particular, si no lo  utilizamos como canal para regir una conducta proactiva.  Es  que el Universo, del cual formamos parte, es sinérgico,  y como consecuencia, somos… energía; por lo cual, en tanto y en cuanto actuemos con el convencimiento de esa energía que nos hace proactivos, sin duda alguna seremos exitosos. De igual manera, si no ponemos en movimiento esa misma energía, alimentada por la fe, la confianza y el optimismo que nos alimenta para enfrentar cualquier evento o circunstancia, jamás alcanzaremos con suficiencia el logro de nuestras ambiciones. No se trata de un asunto de tiempo sino de persistencia, disciplina, confianza  y  diligencia. Debemos estar permanente y  absolutamente convencidos, que no  fuimos hechos para el fracaso, la mediocridad o la infelicidad,  sino que, por el contrario, como alguien lo escribiera, “Vinimos a este mundo, condenados a ser felices.”; que es como decir:  especialmente dispuestos a lograr el triunfo y la felicidad en una vida buena, que nos merecemos.

Asimismo, en lo social que conlleva el amor, la amistad, la familia y el éxito económico,   son más importantes que el género o la belleza física, la genialidad con que utilicemos nuestras características personales originarias, la cultura adquirida y la aplicación adecuada de las buenas experiencias propias y ajenas que nos dan los años vividos,  en el progresivo desarrollo de nuestras relaciones cotidianas. Somos parte de la gran familia humana, por lo cual, no basta con ser un buen médico, abogado, empresario  o artista para lograr el éxito integral,  si no introspeccionamos la necesidad de nuestros congéneres de ser tratados con respeto, consideración, sensibilidad y solidaridad con sus propias causas e identidad individual, lo cual requiere de empatía para ponernos siempre en el lugar de los demás y de tal forma idear cual sería nuestra propia reacción emocional si estuviésemos en  su caso.  Es considerando  y aplicando apropiadamente todos estos factores como podemos llamarnos con propiedad, agentes de progreso de una sociedad, todos los días más  orientada a la tecnología,  y por tanto necesitada de promotores de  fe y  proactividad, en función del bienestar supremo de todos los integrantes de esa misma sociedad a la cual pertenecemos.

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