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Posts Tagged ‘VALENTIA’

aamistad¿Qué son el tiempo y el espacio más que meras operaciones mentales? Como consecuencia, únicamente pueden incidir en nuestra existencia en la misma medida y como nosotros íntimamente los aceptemos. Siento que los sentimientos más hermosos de nuestra intelectualidad, como el amor y la amistad, trascienden el tiempo y el espacio. El primero, como el más acabado y profundo sentimiento que puede experimentar un ser humano normal, no puede ser afectado por ninguno de estos factores. Uno ama con intensidad por hoy, mañana y… siempre; pero también lo hace en cualquier espacio en que se encuentre, precisamente porque este sentimiento, cuando es verdadero,  permanece o sobrepasa en el tiempo en cualquier circunstancia de nuestra vida. En cuanto al espacio donde se experimenta no existe ningún anclaje especial, porque amamos aquí, allá y… más allá. El otro, la amistad, es simplemente un evento extraordinario que marca nuestra vida por siempre. La amistad, que en muchas ocasiones es el preludio del amor íntimo entre dos personas, es un fenómeno humano extraordinario, casi… milagroso. De  alguna manera, cuando lo consideramos trascendente, podemos decir que se convierte en la única familia que nosotros escogemos; porque la consanguínea nos llega por la sangre, es decir… obligatoriamente. Nuestros padres, hermanos y/o cualquier otro familiar consanguíneo, deviene de lo genético que nos llega sin solicitarlo; simplemente es un hecho natural que lo normal sería que nos produjera un sentimiento de amor y solidaridad. Pero, la amistad es una escogencia absolutamente volitiva; no nos llega por nuestra naturaleza originaria o nuestra condición gregaria que nos orienta a vivir en grupos para prosperar, sino que es una escogencia que hacemos de algunos de nuestros congéneres, a los cuales amarramos a nuestra alma con ese sentimiento puro que no tiene otro intereses que no sean el compartir, ayuda mutua, solidaridad, como parte de nuestro sentir,  y algunas veces hasta de nuestra vida. Con los amigos perdemos uno de los mecanismos originarios de defensa para sobrevivir físicamente, como es el egoísmo. El sentimiento de cercanía, de comunidad de sentimientos en esta relación, al menos cundo es sincera, siempre que la otra persona comparta nuestra filosofía personal sobre la vida y las cosas, se hace similar al amor conyugal: siempre va in crescendo y llega a hacerse tan fuerte que el tiempo, el espacio y la distancia no afectan su solidez sentimental y afectiva.

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En la entrega anterior les hablé sobre los hoy científicamente comprobados efectos del perdón sobre la salud física y mental de quien lo concede. Debo comentarles que investigaciones científicas muy recientes han ratificado, que en las personas enfermas de cáncer, en las cuales se logra una alta producción de endorfinas, las células buenas que se hacen fuertes, ayudan a combatir y destruir las células cancerígenas. 

Ciertamente, para mí no ha sido ninguna sorpresa; yo siempre he estado persuadido de nuestra capacidad de autocuración, a lo cual siempre he atribuido las “curas milagrosas”  de las que tantas veces hemos oído hablar. Pienso que en esos casos, de forma inconsciente logramos excitar algunos centros de nuestro cuerpo que actúan y producen ese resultado.

      Algo relevante de esos nuevos descubrimientos es que las endorfinas se producen proporcionalmente a como se encuentre nuestro estado de ánimo, y por tanto como todas las cosas trascendentes en nuestra vida, Dios nos las ubicó dentro de nosotros mismos para que no requiriésemos ningún tipo de recurso, esfuerzo o ayuda externa para lograrlas.

       La producción de estas hormonas y su consecuente beneficio sobre nuestro cuerpo y espíritu, estarán a nuestro alcance en la medida en que seamos capaces de superar los problemas que se nos presenten en nuestras vivencias diarias. Esto es: cambiar nuestro mal humor por el buen humor; la tristeza por la alegría; el resentimiento por el amor; los pensamientos negativos por los positivos; la frustración por la confianza; el desánimo por la esperanza; la rabia por la risa; el temor por la fe y la oración;  y el deseo de venganza por el perdón.

      Si logramos producir esos cambios en nuestra integralidad corporal-espiritual, las endorfinas aflorarán en abundancia y sin costo o esfuerzo alguno, para reforzar nuestro sistema inmunológico y de tal manera afianzar una buena salud integral. Creo que Jesús conocía muy bien los beneficiosos efectos del perdón sobre el ser humano, cuando aconsejaba a sus discípulos que deberían perdonar “Setenta veces Siete”.

      Por tanto, mi recomendación a mis amigos lectores es que  perdonen siempre, porque esto no sólo nos pone a distancia del ofensor y le hace perder el malsano efecto por él deseado, sino que abona a nuestra salud, bienestar, paz y tranquilidad espiritual, tan necesarias para ser felices. Considero importante recordar que el perdón no exime de culpa al ofensor, sino que libera al ofendido.

       Me corresponde comentarles que existe otro apotegma que aunque muy romántico, poético y de divulgación masiva, es todo lo contrario de lo que indica su enunciado: “Amar es nunca tener que pedir perdón”. Quien escribió esto, ciertamente  nunca amó, nunca mantuvo una relación personal permanente o con vocación de tal. Yo que amo intensamente y que mantengo una relación sentimental,  emocional, activa y mágica con la misma persona por más de treinta y siete años puedo darles testimonio con toda propiedad, de que es todo lo contrario: AMAR ES SIEMPRE TENER QUE PEDIR PERDON.

       Es que cuando se ama, el solicitar perdón es una de las formas más trascendentes de decir: te amo, frente a ti, frente a este sentimiento maravilloso no tengo límites; tú persona, el que tú te sientas bien es lo más importante para mì. Pero además, perdonar es un acto que solo puede ser ejercido por personas valientes, que son capaces de aceptar sus errores y reconocer las virtudes de los demás, aunque éstos los superen largamente. Ya lo decía Mahatma Gandhi:  “Perdonar  es el valor de los valientes. Solamente aquel que es bastante fuerte para perdonar una ofensa, sabe amar.”

       Especialmente en  el mantenimiento de una relación personal tan emocional como es la de pareja, siempre estará expuesta a malas interpretaciones, actuaciones desacertadas, omisiones involuntarias y susceptibilidades a flor de piel. Por tanto, las palabras o frases como discúlpame, perdóname, lo siento, lo lamento, no quise ofenderte, te prometo que tendré más cuidado,  tienen un valor incuestionable.

      ¿Qué recurso de discusión quedaría a la otra parte frente a un error nuestro, luego que sinceramente pidamos disculpa o perdón?

       Si con humildad aceptamos que hemos actuado incorrectamente  y  solicitamos una disculpa ¿Qué mayor demostración de amor e interés por la relación que reconocer el error y solicitar perdón? ¿Quién podría negarse a concederla, máxime en el caso de una persona que convive con nosotros  y que también nos ama? ¿No fue acaso eso lo que quiso significar Jesús cuando enseñó que hay que ir a reconciliarse con el hermano antes de la ofrenda? ¿No es acaso el mejor hermano quien comparte contigo todos los días de tu vida y no es acaso la mejor ofrenda el amor?

       Eso fue lo maravilloso de esa enseñanza de Jesús, la cual selló para siempre cuando, en su último momento de vida, solicitó a su padre el perdón para quienes más daño le hicieron porque terminaron con su vida, e imploró: “PADRE, PERDONALOS PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN.”

             Cuántas veces en nuestra vida diaria  de pareja mal interpretamos acciones o palabras, o  no entendemos reacciones absolutamente justificadas, que luego resulta que aceptamos fueron consecuencia de una omisión o actuación involuntaria, pero errada de nuestra parte. ¿Qué sería de la relación si quien comete el acto erróneo no tuviera el valor y la nobleza de aceptar humildemente su error y solicitar la disculpa o el  perdón? Lo menos que se podría esperar sería una acumulación de sentimientos de frustración y desencanto, que cuando llegaran a su máximo extremo, al explotar,  producirían graves problemas, inclusive poner en riesgo la estabilidad familiar.

      Siendo así, en tales situaciones la actuación inteligente, solidaria y si se quiere de autoprotección, lo es precisamente la palabra salvadora de la disculpa o el perdón, acompañada del sincero propósito de enmienda, que conlleva el compromiso interno de evitar repetirlas.

       Creo muy remota la posibilidad real de mantener algún tipo de relación humana, independiente de cual fuere su rango, sin que medie la permanente disposición de, en caso de actuación errónea o inconveniente, solicitar la disculpa o el perdón. Porque de alguna manera el respeto es su hermano gemelo, y por tanto pudiera ser la forma más gráfica de demostrarlo permanentemente.

      Cuando en mi vida me he visto precisado a pedir disculpa o perdón -que han sido muchas veces- para darme valor siempre recuerdo a Jesús, cuando enseñaba: “Porque lo que hagas a los demás, eso ellos harán por tí.”

Próxima Entrega: EL SEXO DE PAREJA I

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