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Archive for the ‘SOLEDAD’ Category

SIEMPRE ES BUENO VIVIR

la vidaSi como lo hemos escrito muchas veces, la  naturaleza es bella y la gente, por lo general es buena; si existe Dios y el amor que es el  hecho sobre el cual basamos su existencia; si frente al desastre siempre habrá la sonrisa de un  niño; frente al dolor, el hermoso canto y color del turpial penetrando nuestra alma, llevándole reposo; si frente a  un mundo cambiante y estresante de por sí, vemos la mirada tranquila y bondadosa del anciano; si frente a la cobardía de los malos, siempre se impone el valor de los buenos; si no importa cuán fea pueda considerar la sociedad a una persona, siempre hay alguien para quien es bella; si como escribió un  poeta, “…fueron iguales la madre de Cristo  y la de Judas…”; si aún en este Siglo de las luces, es más importante la sabiduría que el conocimiento; si frente al miserable y despiadado subsiste la bondad, gratitud, generosidad y caridad de las mayorías… entonces sin ninguna duda, vale la pena continuar viviendo.

Es que vivir es recibir la oportunidad de contemplación y disfrute de todas las cosas bellas que tiene esta vida, que son más abundantes que las desagradables y aberrantes, por lo cual con sólo utilizar nuestra diligencia y estado de ánimo, ya tenemos abierta la puerta a una vida edificante. Por cierto, hoy cuando la mayoría comenta que la gente actúa violentamente, porque está “estresada”, yo pienso que no es tan cierto; lo que pasa es que nos hemos despersonalizado y, de alguna manera, recelamos unos de los otros; hemos olvidado saludarnos, dialogar, darnos la mano cariñosamente, abrazarnos con ternura: sentirnos hormigas de la misma cueva, y, es tal la situación psicológica global, que estamos en peligro de convertirnos, por lo menos, en seudoparanoicos. Tenemos que revisar nuestro comportamiento diario con nuestros hermanos humanos, conozcámoslos  o no e independiente de su raza, credo o posición social, debemos ser amables y hacerles sentir que nos preocupa su vida, sus problemas, que estamos prestos a ayudarles. Se requiere edificar a nuestros hermanos, porque todos somos uno con Dios, y eso es lo más importante. Si quiere probarlo, trate de hablar con la gente, demostrarle su interés por ellos y verá que, en su gran mayoría, son buenas personas de quienes mucho podemos aprender y a quienes podemos, de alguna manera ser útiles, pero se sienten solos, y eso no es justo.

 

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steve jobs

En un mundo de casi siete mil millones de habitantes, nos estamos quedando… solos, especialmente la gente más joven. Y…¿Cómo es eso? Pues muy sencillo: Nos sentamos en un computador y hablamos (chateamos), con alguien que casi nunca conocemos personalmente, nos vemos, sonreímos, hacemos chistes, nos contorsionamos, bailamos y algunos hasta…hacen sexo virtual… PERO ESTAMOS SOLOS. Nosotros con nuestras amistades virtuales, fantasías sexuales y de todo género… pero sin tocarnos, sin sentir las hojas del otoño o el frío del invierno; enterarnos de quien pasa; de los niños en el parque, de las palomas sobre los alambrados, las ardillas en los árboles o las flores de los jardines. Simplemente, estamos cambiando un mundo de mentira, de nuevos medios de penetración, de redes sociales, de juegos cibernéticos, por lo hermoso y lleno de vida activa del mundo real. Hemos olvidado la música de la palabra te amo de los labios de una chica, del roce de la mano amorosa o amiga; por la acción estudiada de una modelo, creada para robar el latido de nuestros corazones; lo dulce del beso o el sabor amargo pero reconfortante de una lágrima… real.

En la calle, el joven o la chica, el repartidor o la ejecutiva, en un móvil smart, todos vegetamos la mayor parte de un día hermoso, embebidos en un mundo virtual; sin enterarnos de su belleza real, del aire, del sol de la primavera, con nuestra alienación, sicológicamente diseñada para propender al consumo de sus productos: ESA ES LA ÚNICA INTENCIÓN.

Estamos perdiendo la capacidad de oír y disfrutar del interlocutor; de comunicar nuestros sentimientos de viva voz a otras personas que piensan como nosotros; de sentir la grata sensación de la compañía física de quien nos oye, roza o acaricia con la suya nuestra mano en señal de solidaridad o comprensión, embebidos en un mundo creado a nuestro gusto pero… irreal.

Es horrible ver en las pocas horas de convivencia familiar, el padre con su Smartphone hablando de negocios, la madre con su móvil mirando su programa favorito o cotorreando con las vecinas; y los niños, en sus cuartos frente a su computadora, cortando cabezas, hendiendo espadas, disparando fusiles o cañones en contra de los enemigos virtuales, en competencia de quien más rápido dispara, mina mejor los caminos o MATA MAS Y MAS RAPIDO. Y… lo más doloroso, todas son creaciones virtuales, pero ellos están solos… INMENSAMENTE SOLOS.

 

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mujer frustrada

La nostalgia es uno de los sentimientos más comunes en los seres humanos, en la mayoría de los casos convirtiéndose en algo  cuasi patológico, ya que al recordar eventos pasados, sublimizan eventos y situaciones preteridas, que acumulan tristeza a los males del día, que termina aumentando ese estrés cotidiano, que en muchos casos suele ser fuente de desequilibrios físicos y espirituales.

A mi manera de ver el asunto, el gran mal de la nostalgia es que distorsiona la realidad, ya que, en nuestra inmensa vulnerabilidad espiritual, al no entender que cada día –aún el más aciago- es un regalo inestimable de Dios, tienden a caer en la trampa de aquel viejo pero apotegma de que “Todo tiempo pasado fue mejor”. Mayor equivocación, imposible.

La nostalgia no es más que la  distorsión del recuerdo, en la medida de nuestra situación actual que, como quiera que siempre ambicionamos más felicidad, al no entender la que tenemos a la mano –que sí es real- para compensarnos, recurrimos a la idealización del pasado.

Este sentimiento tan común, ha hecho mucho daño sicológico a personas ilusionistas, especialmente aquellas que viven en unión de nueva pareja, luego de haber fracasado en una relación anterior; porque la comparación de eventos y situaciones pasadas, distorsionadas por el tiempo y el sentimiento de sublimación, hacen desventajosa su vida actual, que es real  y conlleva los normales pero solucionables problemas en común, que son parte de la vida en pareja.

Asimismo, para la persona que vive sola, la nostalgia puede convertirse en su peor enemigo, porque para enfrentar la vida solo con felicidad, se requiere una condición especial, que aunque es inherente a nuestra interioridad y siempre nos acompaña, no todo el mundo sabe utilizarla: el buen estado de ánimo, que nos permite darle color y sabor a cada acto de nuestra cotidianidad.

En mi caso, no recuerdo el pasado porque amo la vida, precisamente esta que vivo todos los días con sus altos y sus bajos, sin preocuparme de un futuro que no sé si llegará  para mí, pero menos aun de un pasado que no volverá; quizás porque siempre he considerado el pasado como un muerto, por lo cual no dejo de recordar a Jesús de Nazaret, cuando en una oportunidad recomendó a  uno de sus discípulos: “…deja que los muertos entierren a sus muertos… mi padre es un Dios de vida, no de muerte.”

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Para quienes como yo no contaminan su presente arrepintiéndose con lo que recuerdan que alguna vez hicieron o dejaron de hacer, nuestro mejor día es… HOY.

Al despertar miré una mañana bellísima mientras escuché diversos ruidos  en la calle y el griterío de los chicos de un Colegio vecino, que me ratificaron el valor de esta vida bella e irreemplazable porque ahora mismo, muchas personas no pueden experimentar ninguna de estas sensaciones, porque están… MUERTOS.

Unicamente poder de abrir los ojos en las mañanas es una nueva vida; porque muchas personas de menor o mayor edad que nosotros, anoche se acostaron para dormir y se quedaron descansando sobre sus camas,  y ya no despertarán… jamás.

Los chicos y los mil ruidos de la calle, me hacen dar gracias a Dios porque puedo OIR o ESCUCHAR, cuando sé que en estas últimas ocho horas de sueño, más de 1000 personas en el mundo nacieron SORDAS, y es posible que jamás escuchen ese reconfortante vocablo: TE AMO.

Cuando abrí mi ventana observé en la calle una bella señora con su niñita uniformada para el Kínder, y al levantar la vista, las hermosas montañas que circundan la Ciudad y di gracias, porque sé que miles de personas jamás podrán regocijarse mirando estas cosas, porque nacieron CIEGOS.

Volví a mi habitación y contemplé mi siempre bella y fiel compañera de viaje largo, quien me regaló mis bellos hijos e hijas y que, con su amor y dedicación personal, me hace sentir todos los días que vale la pena VIVIR, y nuevamente agradecí a mi Padre Celestial, porque diariamente recibo consultas de muchas  personas que acceden a mi página web, buscando consuelo porque están MUY SOLAS.

Estas reflexiones me hacen aconsejar a mis lectores que, mediten sobre el hecho de que  el día más hermoso siempre es HOY; por lo cual sería un desperdicio dejar de de disfrutar su múltiples beneficios de todo género, recordando lo que no hicimos o dejamos de hacer en un pasado sobre el cual nada podemos hacer, o lo que es igualmente inútil: preocuparse por un futuro que es incierto y sobre el cual, tampoco podemos hacer otra cosa que no fuere HACER LAS COSAS BIEN  HOY, en lo cual está incluido vivir intensamente y con fruición nuestro maravilloso presente.

Así que, corresponde contar nuestras bendiciones y VIVIR… VIVIR INTENSAMENTE HOY, porque esa es nuestra parte en esta vida.

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        ALCANZAR LA VEJEZ ES UNA BENDICION DE DIOS

Aunque me considero sin edad, porque no me siento viejo ni enteramente joven, sino más bien de juventud prolongada, sí tengo que sufrir impotente  la exclusión más aberrante de estos últimos años en mi país; ya que, dentro del mundo de las etiquetas actuales -cuales ninguna requiere mi aprobación- estoy clasificado dentro del grupo etario de la “tercera edad”.

Hoy en Venezuela, pertenecer a la tercera edad, que es como decir ser padre o madre de las actuales nuevas generaciones y haber dado más de cincuenta años de dura lucha y trabajo para hacer el país que tenemos, pareciera ser una mácula, que nos condena a una injusta y terrible  exclusión.

Las personas mayores de seseny cinco años en vez de merecer reconocimiento y respeto, tal como si nuestra vida no valiera nada, no tenemos derecho en nuestro país a suscribir ninguna póliza de seguros que proteja nuestra salud.

Ni el Estado ni la sociedad en general –y creo que, algunas veces, ni nuestra propia familia-  se consideran obligados a permitirnos asistencia digna, oportuna y eficiente, en caso de una enfermedad, que pudiera hacer dolorosa nuestra vejez o producir nuestra muerte.

Como consecuencia, o tenemos suficientes Dólares para suscribir una póliza internacional o corremos el riesgo de morir de mengua, por pares en una cama de nuestros hospitales públicos.

Asimismo, si observamos las ofertas de trabajo en la prensa, en el más alto porcentaje, no se aceptan solicitudes de personas mayores de cuarenta y en algunos casos de treinta y cinco años de edad. Esto es como decir: si no tienes una pensión, muérete de hambre ya; y si la tienes, dado lo exiguo de las mismas, desaparece lentamente por inanición o enfermedad.

Estuve en un Banco, donde personas protestaron por la prioridad para las personas de la tercera edad.

¿Habrase visto mayor exclusión, por no hablar de insensibilidad?

 Y todo únicamente por el hecho de haber vivido, cumplido con las normas sociales creando una familia, educando los hijos y servido al país…

 ¿Verdad que es abominable? Pero es una realidad actual indiscutible.

¿Será que los dirigentes políticos, funcionarios públicos y ejecutivos de las Empresas de Seguros no están felices de vivir,  no tienen padres, o esperan que ni ellos ni sus descendientes superen los sesenta años de edad?

En tal circunstancia… ¿Será que las personas de la tercera edad no tenemos patria o debemos irnos del País para vivir con dignidad?

Alguien debería responder esta interrogante con sabor a frustración.

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LA SOLEDAD ES MÁS UN SENTIMIENTO QUE UN HECHO REAL

La soledad no significa que no tengamos compañía, sino que nos sentimos solos, ya que,  podemos sentir soledad aun en compañía de otras personas.

Para quienes han crecido espiritualmente, la soledad es prácticamente inexistente, precisamente porque saben que es más un sentimiento que un hecho real.

En muchos casos, el sentimiento de soledad se produce debido a una especie de auto aislamiento,  que deriva de la ausencia o disminución de sentido de pertenencia, cuando conscientes o no, percibimos o intuimos que no se es parte de ninguna causa o proyecto, y, consecuencialmente, a nadie importamos o preocupamos.

En otras ocasiones, debido a sentimientos de culpa por situaciones que suponemos  se han producido debido a nuestros errores,  sentimos que el mundo se aleja de nosotros, cuando realmente somos nosotros quienes nos excluimos y creamos nuestra propia soledad.

En la mayoría de los casos, la soledad pudiera ser una ficción de nuestra mente, ya que, como sentimiento no se produce por falta de la compañía de otros seres humanos, sino por la introspección de la sensación de que estamos solos en el mundo; igualmente podríamos cambiar esa impresión y combatir el estado de soledad con nuestros recuerdos,  sueños, ambiciones, y especialmente con la compañía de Dios a quien tenemos siempre a  mano y  nunca nos desampara.

Por otra parte, en un mundo tan rico, variado en su paisaje geográfico, naturaleza y actividades, cuando  no tenemos compañía hay tantas cosas en que ocupar la mente y utilizar el tiempo positivamente, que a veces, para muchas labores lo que algunos asumen como soledad, para otros pudiera ser un insumo casi imprescindible para lograr grandes realizaciones.

El sentimiento de soledad corresponde a nuestra óptica de la vida; ya que,  en  nuestra interioridad siempre hemos estado y permaneceremos sin otra compañía que n osotros mismos. De hecho, nadie nació con nosotros, ni vive dentro de nosotros, ni morirá con nosotros. Pero, tenemos la ventaja de ser una individualidad que sabe crear los elementos para acompañarse a sí misma.

Como quiera que la soledad  se vincula al silencio, el no estar acompañados, lo que para  algunos representa soledad,  para quien   gusta de meditar, pudiera resultar conveniente e inclusive constructivo; lo cual  nos demuestra que, como casi todas las circunstancias de nuestra vida, su resultado final depende más de cómo las percibimos,  que de su esencia misma.

 

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“Dame tu mano y seremos dos para vivir, luchar y… vencer.”

En 1969 era muy joven para entender lo importante de la comunicación para los seres humanos, pero en esa oportunidad viví lo doloroso de ese tipo de ignorancia. Estaba en proceso de divorcio, lo cual para quien considera a la familia como base de la sociedad organizada, era lamentable.

 Una tarde asistí a un café con la esperanza de encontrar alguien con quien conversar y hacer menos ingrata mi soledad. Cuando me proponía degustarlo, entró una dama como de mi edad con cara de preocupación, se sentó en la barra a unos tres asientos de donde me encontraba y pidió su café.

Como ambos estábamos solos y se notaba desolada,  intuí que podíamos hablar y de alguna manera, hacer menos dura nuestra carga emocional. Me senté a su lado y la saludé cariñosa, pero respetuosamente. Ella no me contestó sino que me miró con rabia, como ofendida, tomó su café y se retiró unos cuantos asientos.

Mi sorpresa ante esa reacción se convirtió en frustración e incomprensión del hecho, porque yo no estaba sugiriendo nada incorrecto, solamente quería hablar; necesitaba que otro de mis hermanos humanos me oyera, porque siempre he creído que es lo menos que nos debemos como individuos de la misma especie.

De ese incidente aprendí lo importante que, en algunas oportunidades, puede resultar para un ser humano conversar, ser escuchado.

Reflexionado sobre ese incidente deduzco que si la dama, quien como yo tenía graves problemas existenciales, socializaba conmigo, seguramente habríamos comentado nuestros problemas y descargado nuestras almas, con el mínimo resultado de hacernos amigos.

Es que mucha gente desestima lo importante que es para un ser humano ser tomado en cuenta, pero especialmente, ser escuchado.

Hay tanta gente sola, aislada de sus hermanos humanos por barreras físicamente inexistentes, quienes en silencio piden a gritos que alguien, no  importa quien sea, por favor los oiga; grandes dolores, tragedias personales y colectivas se habrían evitado si alguien hubiese oído con mínima atención, respeto y consideración, a personas en estado de desesperación.                                   

Vivimos con aprensiones, sospechas y reservas… injustificadas. Nacemos buenos y en nuestra alma continuamos siéndolo; la sociedad nos crea mecanismos de defensa que nos distancian, pero debemos luchar contra ellos. Fortalecernos recordando a Jesús: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”

 Escuchar a quienes tienen problemas, tristeza, depresión, o simplemente confunsión, es el acto más caritativo; porque regalar bienes físicos sólo lo hacen quienes disponen de ellos, sin requerir de una sensibilidad especial. Pero, para escuchar con respeto e interés los problemas o circunstancias de otras personas, se requiere de ese sentimiento maravilloso que mueve al mundo: Amor, que en estos casos deja de ser una conveniencia para convertirse en una obligación. 

Así que, por favor, preste atención a las personas,  independiente de si son propias o extrañas; a sus problemas, porque pudiera ser que ese momento de atención, que esos minutos de su tiempo, puedan evitar un dolor, aclarar una confusión, sembrar una esperanza  o evitar una desgracia. 

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Todos los días, pero especialmente hoy, bendigo este bellísimo amanecer. El sol, la brisa, las flores, el canto de los pájaros y la risa de los niños, me aseguran que Dios esta aquí, que nos protege, que no se ha olvidado de nosotros y por eso… doy gracias.

Anoche, el incesante ruido de los autos, el chirriar espasmódico de las llantas sobre el pavimento y las sirenas de las ambulancias; el grito desentonado de un vecino que no se resigna a ser violentado en su derecho de dormir en paz y el maullido de un gato en la noche, me hicieron reflexionar sobre el hecho de que si ese animal cayera de un segundo piso, pudiera ser que se produjera alguna rotura o lujación, pero no perecería.

En cambio mi persona, o cualquiera de mis congéneres humanos, únicamente requerimos tropezarnos y dar con nuestro cuerpo en el pavimento, contra una pared o cualquier otro elemento compacto para morir, o por lo menos quedar deshabilitados por mucho tiempo.

Medité sobre los billones de bacterias y microbios que me circundan diariamente e infectan, desde la esponja con la cual lavo los platos, pasando por la más impecable de mis camisas hasta los alimentos y los labios amorosos que beso todos los días.

A cada momento saludo personas que como yo, viven a millonésimas de segundo entre la razón y la locura. Asimismo, basta un microgramo de colesterol en una de sus arterias para obstruirlas; o que disminuya su capacidad visual al atravesar la calle y… allí termina su historia.

Cuando enciendo mi auto recuerdo que miles de chóferes en sentido contrario, sólo requieren haber tomado licor, menos de cuarenta y ocho horas antes, para que sus reflejos debilitados produzcan una colisión donde no sólo yo, sino otras personas resulten heridas, o quizás… pierdan la vida.

Siento mi gran vulnerabilidad física frente a un mundo que satisface todas mis necesidades, pero que es riesgoso, peligroso, desencadenador imprevisto de hecatombes y catástrofes gigantescas, ante las cuales soy absolutamente impotente.

Son esas las razones que me hacen bendecir este día, continuador de miles de días más que Dios me ha posibilitado vivir. Lo bendigo por mí, por mi familia y por mis amigos, pero también por esos millones de hermanos humanos, cuales algunos ni siquiera conozco, pero que como yo tratan de vivir este inestimable regalo que representa… vivir.

Por y para ellos escribo hoy, para recordarles que si queremos vivir felices, no tenemos otra opción que confiar en que Dios está con nosotros y en todo momento pendiente de cubrir nuestras espaldas frente a tanta vulnerabilidad física. Que ese es un recurso del cual disponemos todos y sería inoficioso desperdiciarlo.

Es una invitación a meditar sobre el tema y luego, además de cuidar cada paso, ponerse en manos de Dios. Después de más de sesenta y seis años viviendo, en su mayoría felices, me consta que Él es muy bueno en eso de ayudarnos a vivir con paz, tranquilidad, felicidad y … esperanza.

Nueva Entrega: EL VALOR DE LA VERDAD

 

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En las noches cuando despierto percibo un profundo silencio, como si el mundo se hubiese detenido. Entonces presiento lo que la mayoría de los humanos perciben como la soledad. Esa desprotección inmensa del hombre como especie frente a un mundo amplio y ajeno; frente a una naturaleza con elementos incontenibles, terribles, destructivos, cuales no podemos prever cuando se desencadenarán, pero en el que somos minúsculos y… frágiles.

Ese silencio absoluto produce el sentimiento extraño de indefensión paralizante para quienes creen en la soledad. Una sensación de infinita pequeñez, frente a un mundo gigante, imprevisible y anciano pero muy poderoso, en el cual nuestra conformación física por su dimensión es menor que un grano de arena y, nuestra vida con respecto a su edad, menos importante y pasajera que la del más pequeño de los insectos.

Todo eso me hace reflexionar, más con curiosidad que con temor, sobre la natural soledad del ser humano en este mundo. Salvo excepciones, nacemos solos, por tanto nadie ni nuestros seres más queridos tendrían en sus planes la idea de acompañarnos al más allá. Sobre esa base me pregunto:

-¿Realmente estamos solos en el camino de nuestra vida?

No necesito pensar mucho para responder: DEFINITIVAMENTE NO. No estamos solos ni antes de nacer, ni durante nuestro periplo por este mundo; ni siquiera después de morir lo estaremos. Al menos en mi caso, sé que no estoy aquí por accidente. Desde que mi madre me enseñó de la existencia de Dios y me orientó en como comunicarme con Él nunca me he sentido solo, porque aprendí que desde antes de nacer ya tenía su segura y buena compañía.

No niego que en ocasiones me he sentido desconsolado, frustrado o triste, pero decir que me he sentido inmensamente solo, no es cierto. Estoy persuadido de que Dios es un inmejorable compañero de viaje: nunca nos abandona, siempre está con nosotros y… todo el tiempo a nuestro alcance.

Debo confesar que siento una gran preocupación por los millones de personas quienes por no conocer y mantener a Dios en su corazón, vagan por el mundo tristes, con el sentimiento de sentirse solos. Pienso que ellos ignoran que Dios nos pertenece a todos sin ninguna distinción, sepamos o no de su existencia. Que nunca duerme porque siempre está en vigilia, presto a ayudarnos si lo requerimos. Que es Él quien cuando estamos atribulados nos produce esos sueños maravillosos, que traen paz a nuestra alma y nos hacen despertar con optimismo.

Él quien sin explicación racional, en oportunidades nos hace evitar un camino porque en él medra el peligro. Él nos acerca a las personas que amamos y nos aleja aquellas que podrían hacernos daño. Y es Él quien nos señala el bien y el mal, permitiéndonos libremente tomar las opciones que estimemos conveniente. También es Él quien nos provee de nuestra familia, amor, salud y bienestar. Es el guia que nos lleva de la mano para encontrar la satisfacción de nuestras necesidades materiales y espirituales.

Así como Él nos dejó la promesa, mediante las palabras de su bien amado hijo Jesús, de que podemos ser mejores, y quizás… perfectos, también será quien nos recupere y nos regrese a ese mundo de donde vinimos, en el momento apropiado; ni un minuto antes, ni uno después.

Es que así como nos ha acompañado durante toda nuestra vida, también está esperándonos a la hora del regreso con los brazos abiertos; pero no para pedirnos cuentas sino para acogernos en su regazo porque somos sus hijos amados, porque Él nos conoce muy bien y desde antes de nuestro nacimiento ya sabía de lo que éramos capaces. Desde siempre supo cómo y para donde íbamos: sabía todas y cada una de las cosas que haríamos durante nuestra vida. Por tanto ¿Cómo va a pedirnos cuentas de lo que Él ya conocía que nosotros íbamos a hacer, en un viaje que Él mismo nos diseñó?

Todo eso me lleva a la conclusión de que nuestra soledad en esta vida no es real sino mental, porque Dios a su manera muy particular de hacer las cosas, siempre está con nosotros. Es que su forma de acompañarnos no tenemos porqué conocerla porque no nos aporta nada adicional, no nos afecta en absoluto. Lo que debe afectarnos es el resultado final: que Dios siempre y en todas partes está con nosotros. Si no fuera así: ¿Qué sería de nuestra frágil humanidad?

Somos físicamente tan débiles que para quedar paralíticos por siempre o morir, no necesitamos caer de un quinto piso o mayor altura, basta con resbalarnos mientras caminamos sobre el piso mojado para que nuestra cabeza choque con el suelo, o una piedra, o cualquier objeto contundente y con eso es suficiente: todo termina. Del mismo modo, es suficiente abrir fuera de tiempo una ventana de nuestra casa, para pescar una pulmonía que puede acabar con nuestra vida; un día cualquiera, haciendo lo mismo de todos los días, como bañarnos después de comer, simplemente nos produce una congestión y morimos. Tan vulnerables somos que una microscópica bacteria, sin que siquiera podamos verla, puede acabar con nuestra vida en horas o quizás… en minutos.

Pero… ¡Ah milagro! Permanecemos vivos. Pero ¿Cuántos? Y… ¿Porqué? En verdad no me importa; soy uno de los que sobreviven, y yo si que no tengo duda que sigo vivo porque mi Padre Celestial esta conmigo, me acompaña, me guía dándome lucidez para que tome acertadas decisiones, cual es la mejor forma de cuidar de alguien.

Por eso no temo al futuro ni recuerdo el pasado, porque Él no me trajo a este mundo ni a recordar el pasado ni a preocupareme por el futuro, sino para vivir todos los días disfrutando de los incontables dones que puso en la naturaleza para el disfrute de sus hijos. Y para que mejor aproveche esos recursos y sea más feliz no me permite conocer cuanto tiempo voy a estar aquí. Ese es su secreto, y a mi no tiene porqué interesarme. Estoy seguro que Él no me dejará aquí abandonado.

Tengo presentes las palabras de Jesús, cuando expresaba: “En la casa de mi padre muchas moradas hay.” Yo sé a que se refería, por eso estoy absolutamnente convencido que como mi alma es eterna, cuando esto se ponga muy problemático para mí, como ser espiritual que soy viviendo una experiencia fìsica, Él me llamará, vendrá, me sacará de este mundo y me llevará a otra parte; me asignará una misión nueva que cumpliré con agrado, porque es la voluntad de mi padre amado, que siempre ha estado conmigo desde antes de nacer y lo estará siempre… en donde sea que yo vaya.

Por eso no creo en la soledad de ningún ser humano… pero menos aún en la mía.
Próxima Entrega: UN DIA DE VIDA

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