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Archive for the ‘DAÑO AMBIENTAL’ Category

EL VALOR DE UNA CARICIA

Caricia (2)La caricia es algo más que el roce cariñoso o el toque amoroso a nuestro cuerpo, que independiente de si somos niños, jóvenes, adultos o ancianos,  despierta sentimientos de complacencia,  satisfacción, plenitud y seguridad; especialmente porque como seres humanos racionales somos simbióticos, esto es que estamos dotados no únicamente de nuestro cuerpo –que es físico y por tanto visible y detectable por nuestros sentidos- sino que además disponemos de una supra corporalidad extraordinaria y absolutamente etérea, no detectable por nuestros cinco sentidos conocidos, que definimos como nuestro espíritu. Este hecho hace que la caricia -esa que nos hace tanto bien-  igualmente sea física, como captable únicamente por algunos de nuestros sentidos, o simplemente por nuestro espíritu. Por lo cual, una palabra, una mirada, una sonrisa o cualquier acto solidario o generoso, puede alcanzar igual o  mayor capacidad de recepción, que  una manifestación corporal.

En orden de lo antes expuesto, hoy releyendo a ese poeta, escritor y juglar, que supo vivir el privilegio de ser feliz, luego de haber perdido su familia y  sin disponer de otra riqueza que no fuere su propia convicción personal de la importancia del hoy, el siempre recordado Facundo Cabral, cuando sentenció: “…el bien es mayoría, pero no se nota por que es silencioso; una bomba hace más ruido que una caricia, pero por cada bomba que destruye hay millones de caricias que alimentan a la vida.”. Esta sabia admonición  me ha llevado a reflexionar  sobre su contenido, porque es cierto que el bien, casi siempre es silencioso y a veces difícilmente determinable; en cambio, el mal deja secuelas rápidamente determinables porque hieren al medio ambiente, al individuo y/o a la sociedad.

La caricia oportuna de la mano, la palabra o el gesto amigo, suelen ser realmente reconfortantes; tanto que la psicología positiva –luego de una ardua tarea de convicción con pruebas a los galenos- ha convertido en un hecho su importancia decisiva en los procesos de sanación de las enfermedades. Creo que sería muy positivo para la sociedad organizada la toma de conciencia de que la caricia no lo es solo corporal, sino que podemos acariciar también con nuestras palabras, con nuestros gestos como la sonrisa, con  nuestra actitud frente a cualquier difícil o dolorosa situación física o espiritual, que experimente alguno de  nuestros congéneres. Así, por ejemplarizar, en variadas oportunidades vemos personas que, por cualquier circunstancia, amanecen espiritualmente adoloridos, frustrados o desanimados, pero un caluroso buenos días, un apretón de manos, una mano sobre el hombro o una sonrisa, pueden sacarlos de ese túnel espiritual en el cual, casi siempre sin razón aparente, se encuentran encerrados.

 Jesús no estaba equivocado cuando enseñaba: “Amarás a tu prójimo, como a ti mismo…” porque si seguimos esa máxima, obligante para quienes somos cristianos, nunca olvidaremos que todos a quienes encontramos en nuestro camino son nuestros hermanos, y que no es una caridad sino una obligación preocuparnos de ellos y por ellos; por lo cual también es obligante hacer todo lo que esté a nuestro alcance por contribuir a su felicidad, o por lo menos a que se sientan menos solos.

En estos tiempos especialmente, cuando tenemos a mano los medios idóneos y a bajo costo para conocer al instante cualquier situación  en el  mundo; cuando con dolor tenemos que aceptar que millones de personas no tienen que comer y mueren de hambre; que el terrorismo, la corrupción y la ambición de poder desmedidos, cada día hacen más pobre a los que menos tienen y más ricos a los que de todo disponen; cuando en algunos países las medicinas sobran y en otros, por su carencia mueren niños con cáncer y otras múltiples enfermedades, tenemos que aceptar que la generosidad y solidaridad con los demás seres humanos,  ciertamente es obligatoria. Hoy, no sirve de nada lamentarse, sino que, por el contrario, nos corresponde a cada  uno, según nuestra capacidad y actividad, hacer lo que se encuentre a nuestro alcance, por ayudar a quienes lo necesiten. Quienes hemos vivido con pleno uso de razón los últimos sesenta y cinco años, sabemos que nunca hubo tanto dolor ni desconsuelo sobre esta tierra de Dios  que en este último periodo.

Por todo lo antes mencionado, como normalmente y salvo raras excepciones,  nuestro círculo personal es reducido, al menos en nuestra comunidad, círculo familiar o amistoso, debemos recordar qué significa, para qué sirve y cómo puede manifestarse una caricia, que costándonos muy poco, es algo que podemos otorgar todos los días, y que, al menos en mi experiencia, suele no solamente beneficiar a quien la recibe, si no muy especialmente a quien la da, en su ser interno, precisamente porque somos físico-espirituales y eso  no deberíamos olvidarlo… nunca. Termino refiriendo   un verso del Poema “Limosna” de Iván S. Turquenev, que tiene que ver con el tema, ya que se trata del caso de un hombre que encontró un mendigo y por no tener dinero para ayudarlo le pidió disculpas y le dio un apretón de manos:

“Gracias exclamó el indingente

 suspirando dulcemente;

 gracias por vuestra bondad.

 Darle la mano a un mendigo

 y tratarlo cual amigo,

 es limosna y caridad.”

Si tienes alguna duda o requieres aclaración sobre el tema aquí tratado, el correo del autor está disponible: amauricastillo@gmail.com

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EL REGALO MÁS GRANDE DEL MUNDO

la vida III

Para muchas personas esta frase pareciera trillada, pero por mi formación espiritual, conozco su resultado y me siento obligado a divulgarlo; ya que, si sólo sirviera para la reflexión positiva de una sola persona, me sentiría compensado. Desde que tengo uso de razón, considero mi vida como EL REGALO MAS GRANDE DEL MUNDO, porque gracias a ella puedo percibir la hermosura de la naturaleza y las personas; pero además comunicarme con mis semejantes, así  como con especies animales y vegetales, como las mascotas y las plantas, que no tengo duda distinguen y/o aprecian mis caricias, palabras y sentimientos.

Ese milagro maravilloso que es mi vida, en un mundo donde somos  tan vulnerables, pienso que para mantenerse como tal requiere de formación cultural. Vale decir, que así como para sobrevivir físicamente tenemos que cuidar nuestra salud y nuestros pasos, espiritualmente tenemos que cultivarnos y fortalecernos, lo cual únicamente podemos alcanzar meditando sobre cada uno de nuestros actos, manifestación e introspección de nuestros sentimientos.

En tal sentido, si queremos aumentar la posibilidad de supervivencia física nos conviene una buena alimentación, evitar riesgos innecesarios y no hacer daño a ninguna persona o elemento natural, lo cual nos aseguraría un alto porcentaje de éxito a nuestro favor; más como lo físico y espiritual es biunívoco, uno de los grandes riesgos para nuestro cuerpo son las enfermedades, las cuales en su gran mayoría –independiente de lo que piensen algunos científicos- se producen como consecuencia del estrés, cuando albergamos sentimientos destructivos como la intranquilidad, desamor, remordimientos, odios, envidias, deseos de venganza, vacíos vivenciales; o simplemente,  cuando no tenemos nuestra conciencia tranquila, porque en algo no hemos actuado correctamente.

Por mi experiencia he aprendido, que la tranquilidad y a ser posible la  fortaleza espiritual que nos permiten sentirnos en paz, es la mejor medicina preventiva frente a posibles patologías e invalorables en los procesos de sanación, como ya ha sido aceptado por la Sicología Positiva. Asimismo, que el amor,  la generosidad y la felicidad, son las mejores oraciones a nuestro Padre Celestial; porque demuestran la excelencia de su obra, representada por nosotros.

Aprecio la vida, porque gracias a ella puedo decir “te amo” sin importar el origen, sexo, raza o nacionalidad de mis semejantes; porque me permite percibir a Dios en mi ser interno y esto, además de fortalecer mi fe y esperanza, me elimina cualquier temor o desconfianza.

Finalizo recordando que –más allá de esa parte aleatoria de nuestro destino que no podemos controlar- Dios nos dota de todas las herramientas necesarias para ser felices, pero que a nosotros toca utilizarlas eficientemente, de tal manera que nuestra vida se convierta realmente, en EL REGALO MÁS GRANDE DEL MUNDO.

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ESTO TAMBIÉN PASARÁ…

Terremotos, tsunami, explosión en plantas nucleares con efectos impredecibles, tristeza, dolor, sorpresa, terror e impotencia; todo un coctel horrible que debemos tomar… todos, para  lo cual nunca estaremos preparados.

No son solo cifras o guarismos, son nuestros hermanos humanos;  no importa si su piel es negra, blanca o sus lágrimas brotan por una rendija… japonesa; son mis hermanos y me duelen en lo más profundo de mi ser.

Estos días mis desayunos y cenas frente al televisor,  se han humedecido con mis lágrimas. Lloro por quienes no conozco y quizás nunca conoceré; pero el dolor está aquí, rasgando mi espinazo, lacerando mis entrañas. Me siento tan impotente como el que más, frente a tanto dolor y a una naturaleza espectacular, avasallante e impredecible, que no podemos entender ni enfrentar y que, cuando ataca no da tregua.

Por qué sucede todo esto? La respuesta siempre es la misma: no lo sé. En siete décadas, he visto a la naturaleza destruir en segundos lo que costó decenas de años construir; he visto a mis hermanos humanos, independiente de su nacionalidad, posición social, poder, fama, raza o sexo, huir desesperados como hormigas, para caer más adelante, sin saber… por qué.

De todo esto he aprendido que no debo preguntar por qué; nadie puede responderme, porque esa es una respuesta de Dios y no de ningún ser humano. Es una especie de razón de la sin razón, que escapa a mi lógica racional. Ver morir sin conocer el motivo lo mismo a un niño que a un anciano, no encaja en mi raciocinio, pero sí que afecta profundamente mi sentimiento; por lo cual no puedo hacer más que orar y… llorar.

Creo que mi dolor, mi tristeza y mi impotencia frente a tanta adversidad incomprensible, es el precio que pago por mi racionalidad.

¿Por qué? No lo sé   y… quizás sea mejor así. Por eso tengo que inventar algo que me ayude a sentirme mejor frente a mi propia pequeñez y vulnerabilidad ante los elementos de la naturaleza.

Sólo me queda preguntarme: ¿Para qué suceden estas tragedias? Entonces puedo fabricar respuestas que se ajusten a mi experiencia, fe en la vida  y convicción de que todo lo que acontece  siempre tiene una razón, aunque inmediatamente no la conozcamos; porque existe una fuerza universal que ordena todo lo que existe; que lo ha hecho durante millones de años y no se equivoca: Dios.

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A LAS PUERTAS DE LA MUERTE

Hoy fue una jornada dura para quien, como yo, vive por días y por tanto no puede permitirse ni unsegundo de tristeza, porque en mi corta vida de veinticuatro horas, no podría recuperarlo nunca.

En la TV, mostraron imágenes captadas por una cámara de amplio espectro, de los mineros chilenos que quedaron enterrados, en una mina de explotación de oro, bajo millones de toneladas de tierra, a setecientos metros de profundidad. Estaban barbudos, semidesnudos, con hambre, sed y… lágrimas en sus ojos.

Afuera madres, esposas, hijas y hermanos, cambiaban su amargo llanto hasta de hacía pocas horas, por dulces lágrimas de bendición y agradecimiento a Dios por el milagro de mantenerlos vivos.

Había seguido el proceso anterior con extraordinario dolor, compasión e impotencia, al verlos tan desvalidos, tan vulnerables, tan impotentes, tan… solos, que al conocer la noticia de su hallazgo, sentí tanta alegría como cualquiera de sus familiares.

Me sentí especialmente reconfortado cuando observé, que aún en las peores condiciones y gravemente afectados física y psicológicamente, mantenían su unidad, coraje, esperanza, y esa especial hermandad que genera el peligro común; siendo que, desde los resquicios de la muerte, tenían ánimo para gritar aquí estamos y a sus seres queridos: los amamos.

Quienes tenemos hijos o hermanos que amamos, vimos en el rostro en cada uno de estos desventurados, uno de los nuestros; de alguna manera, nos sentimos parte de ellos y si perecieran, moriría un poco de … nosotros mismos.

Esa tristeza y dolor experimentados como todo en la vida tiene una parte positiva, porque el dolor es un buen maestro al recordarnos la maravilla de no sentirlo. Quienes tenemos avanzadas edad, una labor cómoda y honesta que realizar en equipo con esa bella compañera de viaje largo; que tenemos toda mi familia viva y con riesgos infinitamente más pequeños que ellos; sentimos que todos nuestros supuestos problemas, no son más que nimiedades, comparados con esa gran tragedia de la cual algunos, pudiera ser que nunca lleguen a recuperarse totalmente.

Por eso, pido misericordia a Dios por ellos y por nosotros; para que los rescaten salvos, sanos y así todos mantengamos nuestra fe inquebrantable en su poder universal, cual es lo único capaz de darnos fortaleza espiritual frente a nuestra inmensa vulnerabilidad, en un mundo dinámico, imprevisible y donde los hombres por adquirir bienes materiales valiosos, sin considerar los riesgos, todos los días exponen la vida de sus hermanos.

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Como niño de la frontera, crecí a orillas de los Ríos Meta y Orinoco. Sus majestosas aguas, sus torrentes y remolinos, su coloquio nocturno de olas con sus barrancos y carameros, son parte de mi propia identidad y los llevo sembrados en los más profundo de mi alma; porque en sus orillas–como alguien escribiera, “…mi niñez fue viva y ardiente llamarada…”

Por eso hoy, al mirar las fotografías que me llegan del estado de aridez y sequedad en que se encuentra el cauce del Orinoco, se encoje mi corazón, quiero llorar, gritar de impotencia y de… rabia. De impotencia, porque ahora es muy poco lo que puedo hacer, más allá de advertir que algo de esta tragedia pudimos haberla evitado, si las generaciones anteriores y la mía propia, hubiésemos manejado con racionalidad los recursos naturales; y de rabia, por saber que mis hijos y los hijos de mis hijos, ya no podrán vivir el paisaje de ese romance entre hombre y naturaleza, que yo disfruté por años en las costas de esos, para entonces caudalosos Ríos, donde hombre y naturaleza convivían de forma armónica.

¿De quien fue la culpa? No interesa. Pienso que todos nosotros fuimos culpables, quienes en pro de un desarrollo orientado a la comodidad excesiva, la vida fácil y la riqueza exacerbada, devastamos los bosques, agotamos la tierra, quemamos indiscriminadamente combustibles fósiles como el carbón y la gasolina, con lo cual hemos contaminamos el ambiente, dañamos irreversiblemente las capas de ozono y descontrolando el efecto invernadero; produciendo aumento en la temperatura media de la tierra, lo cual, como en el caso del Río Orinoco significa sequía; en otras zonas oleadas de calor y en otras regiones deshielos e inundaciones. Mientras que, como seres humanos vegetamos, nos hacemos insensibles, gordos, enfermizos y abúlicos, en vez de colaborar con la tarea de contribuir a hacer de nuestro planeta un sitio bello para la vida buena.

Pero… ¿Aun podemos hacer algo? Claro que podemos hacer mucho… muchísimo. Es urgente; se trata de nuestra supervivencia y la de quienes nos continuarán. Podemos ahorrar energía eléctrica y agua, utilizar menos los automóviles, evitar la quema de vegetación, evitar votar desechos a los cauces de agua, reforestar, reciclar la basura. Somos 28 millones de habitantes, si todos hacemos algo a favor del ambiente, sin duda podemos mejorarlo. Eso nos hará mejores, pero además se convertirá en el único obsequio valioso y permanente que podremos legar a nuestros herederos.

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«LA SOLEDAD Y DESAMPARO, SON MITOS QUE ROMPE EL AMOR Y LA CONFIANZA EN DIOS.»

imagesAyer, leí que un hermano venezolano asesinó a sus tres hijos y luego se suicidó; y digo hermano, porque era tan hijo de Dios y como nosotros, nació en esta noble tierra.

¿Por qué lo hizo? ¿Cuál fue su motivación?… Vaya usted a saberlo.

Para muchos, se trata de una noticia de «sucesos» o de la página «roja» de la prensa. Pero en verdad, es una gran tragedia, y estamos obligados a meditar y reflexionar sobre el por qué no solamente venció el mecanismo de defensa más arraigado de sobrevivencia física, sino que destrozó el nexo más hermoso, edificante, y si se quiere sagrado, de protección que nos vincula a nuestros hijos.

¿El nivel de culpabilidad de esos infelices no tendrá que ver con cada uno de nosotros? ¿Todos no somos uno con Dios? ¿Acaso… con la muerte de esos niños inocentes, de alguna manera no murió un pedacito de nosotros mismos?

Es urgente reflexionar sobre el por qué de esa cuasi-tragedia diaria en que hemos convertido este hermoso mundo, que en su máxima expresión se grafica en estos eventos; o al menos, introspeccionar qué nos toca hacer para ayudar a evitarla.

Factor dominante: ¿Soledad, tristeza, temor, rabia, frustración, desesperanza, dolor, insensibilidad e indiferencia afectiva? Quizás un poco de cada uno. Cuál de ellos el imperioso, no lo se; pero presiento el origen real… la fuente del problema: siendo nuestra especie vulnerable e indefensa frente a un medio ambiente determinado por una naturaleza de fuerza descomunal e incontenible, imprevista en sus grandes catástrofes; adicionado al deterioro progresivo de nuestro hábitat, cargado de variados y complejos asuntos que nuestra civilización ha inventado; sin un apoyo extraordinario, supra natural, la mente simplemente no resiste y explota en esa tragedia inconmensurable, y… el hombre mata al hombre.

Ante tan terrible realidad, no solamente lloro por los niños asesinados, sino también por esos desdichados actores, a quienes quizás, nunca, nadie les enseñó que no existe otra manera de hacer la vida buena, aún en sus peores momentos, que no fuere sintiendo amor en nuestro corazón, en su fuente principal: DIOS, que nos da fe y confianza en que somos uno con Él, y por tanto, nunca estamos solos ni desamparados.

Es un problema que nos afecta a todos, sin excepción. Todos estamos obligados a hacer algo, que no es tan difícil. Solo tenemos que amar, amar mucho a nuestros hermanos para que no se sientan solos, relegados, excluidos, ni desamparados. Requerimos hablar, interesarnos por sus problemas; abrir los brazos, el corazón y la mente para que todos nos sintamos hormigas de la misma cueva; pero especialmente, tenemos que ayudarlos a regresar al regazo de Dios, porque esa es la única protección real frente a un mundo, que con intención de hacerlo mejor, lo hemos convertido en muy complejo para lograr una realización personal, distorsionada por una creciente vanidad y antivalores como la riqueza fácil y el consumismo exagerado, que chocan con esos valores tradicionales que hicieron un mundo bueno para nuestros predecesores.

Ayer también se desgarró el corazón de una madre por su hijo que murió, que aún siendo el autor de esta tragedia, para ella sigue siendo… bueno; igual como lo fue Judas para la suya.

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Para finalizar el tema de lo que el tiempo nos dejó, escribo esta última entrega con profunda tristeza, en lucha contra ese enemigo de la realidad que es la nostalgia, para no recordar los bellos parajes selváticos que en mi niñez vi en mi país; sus ríos, sus llanos, sus miles de especies de pájaros, animales, plantas y flores que hoy solo podemos ver en los parques botánicos o zoológicos.

Me acongoja recordar cuando los niños, inocentes y felices, jugaban en los patios de las casas, sin ningún temor a ser contaminados por los colores o pinturas venidas del otro lado del mundo; cuando los padres permanecían confiados en sus casas y sus trabajos, mientras sus hijos iban a las escuelas, sin miedo a que los hombres malos los raptaran o les hicieran cualquier daño; cuando los ancianos paseaban en los parques, seguros del respeto y consideración de los viandantes; cuando el respeto por la persona humana, la solidaridad, la sencillez, la honradez y el trabajo posibilitaron en menos de cien años transformar este mundo.

Es duro rememorar cuando no se requería de tantas Notarías para hacer convenios y celebrar contratos, porque la palabra entre dos o más hombres, tenía más fuerza que cualquier documento, porque el honor era indestructible y su fuerza la daba precisamente la dignidad de los concertantes; cuando la promesa de amor y lealtad no requerían de prueba especial, porque la integridad era parte de nuestra naturaleza; cuando los maestros enseñaban a sus pupilos, convencidos de que formaban ciudadanos buenos para una patria con suficiente espacio para propios y extraños.

Remueve el alma rememorar cuando los pastores y sacerdotes en sus iglesias hablaban de un Dios amoroso, misericordioso y al alcance de todos que solo exigía de nosotros… el amor, representado en solidaridad humana permanente con nuestros semejantes; cuando los Gobernantes trabajaban muy duro para fortalecer la libertad, la igualdad, la paz y la justicia, como un derecho inalienable de todos sin distinción de clase social, posición, prestigio, nacionalidad, raza o sexo.

Apena evocar cuando los vocablos corrupción, drogas, secuestro, pornografía, pedofilia, no tenían un sentido real o ninguna vigencia para la mayoría de las personas, porque simplemente… le eran desconocidos.

Ah… por cierto, cuando todos teníamos libre acceso al agua y por tanto no teníamos que pagarla más cara que… la gasolina.

Porque si me dejo vencer por la nostalgia que produce el recuerdo, tendré absoluta conciencia de todo lo que hemos perdido y que no tendrán mis nietos; que no disfrutarán esos niños que crecen en una sociedad inconsecuente, cortoplacista, simplista, consumista, casi sin integridad personal y sin valores reales; irresponsable y desprejuiciada, que los trajo al mundo sin su permiso y olvidó su sagrado deber de preservarles un mundo de paz y armonía, ecológicamente equilibrado y donde todos tengan un espacio para ser felices, como ellos lo heredaron de sus mayores.

Por eso solo escribo… escribo, escribo con mis manos, pero dejando parte de mi alma en ello, como una oración a Dios y para todo el mundo, con la esperanza de que su fuerza no sólo llegue a Dios, sino a los oídos de todo habitante de este planeta; para que se unan en esta cruzada por salvar la tierra de un futuro que… ya está aquí, porque el mundo se nos está recalentando aceleradamente y casi no hacemos nada por evitarlo; porque los mares se están contaminando a la vista y la indiferencia de todos; porque en una orgía de destrucción, las fábricas y los gigantescos conglomerados humanos irresponsablemente y sin ningún control, inyectan al ambiente y a las aguas toneladas de productos químicos que las contaminan.

Pero aún siendo tan grave la situación, si todos nos disponemos, sí que tiene solución, o al menos podemos retardar la catástrofe. Pero no puede ser un Gobierno o una ONG, o alguna Organización ambiental sola. No, tenemos que luchar juntos, todos unidos: grandes, chicos, jóvenes y viejos, todos sin excepción; cada uno poniendo nuestro granito de arena para cuidar del ambiente y preservar la naturaleza, así como engrandecer el alma de las personas en vez de utilizarlas como mero medio de enriquecimiento. Sé, que si nos empeñamos lo lograremos, porque somos imagen y semejanza de Dios, tenemos parte de su poder y estamos obligados a cuidar esta tierra que Él nos dio por heredad.

No tengo ninguna duda de que somos capaces de hacerlo. Por eso pido por favor, hagámoslo ahora cuando todavía hay tiempo y de paso regalémonos una muerte en paz, al tiempo que obsequiamos a nuestros descendientes un grato recuerdo de quienes hicimos todo lo que estuvo a nuestro alcance, por cancelar esa deuda existencial que adquirimos con nuestros ancestros: procurar a nuestros descendientes un mundo bueno para la vida.

Próxima Entrega: LA COMPETENCIA IMPERFECTA

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  Dique de Guataparo-Valencia, Venezuela

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Considerando el contenido de la entrega anterior requeriremos reinventarnos, que para eso tenemos nuestro intelecto. Debemos encontrar en cual recodo del camino andado se nos quedaron esos valores fundamentales, cuyo déficit produjo este paroxismo hacia un desarrollo en función económica y a costa de la destrucción de nuestros elementales medios de vida.

Pues bien, para lograr el objetivo de recuperar lo perdido, es fundamental la actitud de aceptar con valentía que hemos errado el camino; convenir que estamos a tiempo para corregir lo equivocado e iniciarlo ya, ahora mismo, no mañana ni pasado. Porque la tarea es muy urgente: hay niños en las guarderías y están naciendo nuevos; quedan ancianos en los asilos que se ganaron una vejez feliz; tenemos parejas con urgencia de procrear hijos, quienes merecen vivir en un mundo mejor.

Todavía nos quedan ardillas, algunas variedades de pájaros, y furtivamente podemos ver algunos zorros y mapaches; en los mares aún quedan ballenas y reservorios de variedades de peces, a punto de extinción, pero aun sobreviven; en Aspen, en la primavera y el verano, observamos algunos osos cruzando las calles; y en Boulder, ver dos o tres venaditos en los jardines de las casas es algo normal.

Los caudales del Nilo, Amazonas, Chang Jiang, Mississippi, Yeniséi, Amur y otros cuantos de los más extensos, todavía nos permiten con propiedad llamarlos ríos. Quedan en el mundo también grandes lagos, everglades y gigantescos humedales, como depósitos de agua; y La Amazonía sigue representado la tercera parte de los bosques del mundo. Pero todo eso pudiera cambiar bastante antes de lo que se espera.

Sin embargo, aunque todo nos indica que la situación es muy grave aun estamos a tiempo, sino de estructurar una solución definitiva, por lo menos de demorar y aminorar esa catástrofe ecológica que se nos viene encima. No es algo que podamos dejar de lado o considerar sin importancia. Se trata de nuestra subsistencia física sobre el globo, y nuestra posibilidad de vivir con plenitud los pocos días que conforman nuestras rasantes vidas sobre este planeta.

Pero si somos negligentes, si no vemos lo que se nos muestra en el horizonte, si no hacemos nada por ayudar a la solución, quizás, no nosotros pero sí nuestros hijos y su descendencia vivirán un mundo horrible: casi sin agua y aire puros, sin árboles, pájaros ni peces, con muy pocos alimentos y con todas las carencias imaginables que aumentarán las enfermedades físicas y mentales reduciendo la expectativa de vida.

Advierto que no hablo de milenios y pudiera ser que ni siquiera de siglos. Al ritmo de destrucción del ambiente que llevamos, la deshumanización e insensibilidad que se observa en los grandes conglomerados humanos, enriquecidos poblacionalmente con aquellos que dejaron el campo donde fueron abandonados a su suerte por los Gobiernos, seguramente en solo cincuenta años muchos de esos males pudieran actualizarse y una sociedad herida de muerte, especialmente de jóvenes, no tendrá como solucionarlo, sin que nosotros, los culpables, quienes fuimos incapaces de prever la catástrofe… podamos hacer nada.

Tampoco estaremos en capacidad de responder las angustiosas preguntas de los niños de porqué no hicimos nada por evitarlo cuando aún quedaba tiempo, porque los que sobrevivan ya estarán tan viejos que no podrán oír si se les piden cuentas, y los restantes estaremos unos cuantos metros bajo tierra, integrando aquella que una vez fue una capa vegetal fértil, pero que en esa época solo será el piso estéril de un mundo contaminado e improductivo.

Es por todo esto que estamos obligados a reflexionar, meditar, evaluar y… actuar. Pero, al menos yo, tengo que decirlo… escribirlo. Me siento obligado. Necesito gritar muy duro… pudiera ser que alguien me oiga. Porque soy un habitante de esta anciana tierra que debo considerarme privilegiado. Pertenezco a una generación de transición de este mundo, porque nací en los albores del nacimiento de la máquina de escribir mecánica y hoy manejo un computador de última generación. Pude ver los últimos barcos de vapor sobre el Río Orinoco y presencié los vuelos del Discovery. Todo esto en poco más de sesenta años.

Cuando finalizó el año dos mil experimenté la extraordinaria condición de conocer dos siglos y dos milenos, y eso no podrá repetirlo otro ser humano hasta dentro de novecientos años, y dudo que con lo que le estamos haciendo al ambiente alguien pueda lograr esa edad.

Creo que gritar y escribir es lo único que puedo hacer, porque no tengo más poder que mi palabra y mis letras, ni más alimento que las lágrimas que en este momento ruedan por mis mejillas y salpican las teclas de mi computadora.

Ciertamente no se a donde iremos luego de nuestra muerte, porque no tengo duda que nuestra alma es… eterna y Jesús decía «En la casa de mi Padre muchas moradas hay». Pero no quiero llevarme conmigo la carga de no haber hecho nada para evitar esta catástrofe ambiental, que consciente o inconscientemente le estamos regalando a las futuras generaciones…

Próxima Entrega: LO QUE EL TIEMPO NOS DEJÓ III

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      Son las diez de la mañana de un día de verano en Chicago, en el parque Foster Beach a orillas del Lago Michigan. En la playa conformada por cientos de metros cúbicos de arena que fueron transportados hasta allí por la autoridad de la Ciudad, grupos de familias acceden con sus niños y… sus perros para recrearse en el agua,  para mi muy fría, pero no para quienes están acostumbrados a los bruscos cambios de temperatura, que en los últimos veinte años por efectos del calentamiento global han afectado sus costumbres, convirtiéndola en normal.

      Grupos de gaviotas confundiéndose con las palomas, en búsqueda de algún desperdicio para saciar su hambre paran su vuelo sobre la playa, sin importar la presencia humana, en ese cambio obligado de su hábitat que transformó su dieta de peces por… desperdicios de todo género.

      Sobre el escaso pasto que lucha por sobrevivir,  grupos de latinos alborozados y vocingleros así como algunos blancos  en shorts, disfrutan sus parrilladas al aire libre, lo que ya no pueden hacer en sus apartamentos que son demasiado reducidos y donde escasamente tienen espacio para ubicar los mínimos enseres, necesarios para subsistir con sus numerosas familias.

      Los niños corretean las contadas ardillas que, en la misma situación de las gaviotas y palomas, tratan a riesgo de su propia vida aprovecharse de las sobras de los invasores de su mundo, que acabaron con sus fuentes naturales de alimento, para luego refugiarse en los escasos árboles que forman parte de la  subsistente vegetación, que con gran esfuerzo la Alcaldía de la Ciudad logra mantener aún con vida.

      Al margen de la vía flores multicolores que despiden la primavera, conforman un bello paisaje disfrutado especialmente por los ancianos que descansan su caminata en los bancos de madera al margen de la caminería; quizás rememorando cuando flores tan bellas pero mucho más abundantes que esas, adornaban los jardines de sus propias casas, hoy ya… inexistentes.

       La belleza del escuálido paisaje natural que aún subsiste, es interrumpido por el ruido de las sirenas de las ambulancias y el ruido de los más de quinientos aviones que diariamente, por encima del lago, acceden a los  Aeropuertos Midway y O´Hare, este último uno es de los más congestionado del mundo.

       Al regresar observo los transeúntes, en su mayoría subidos de peso y descuidados en su presencia, quienes caminan apresuradamente… mentalmente perdidos en un mundo que sin duda no tiene que ver con el preciso momento en que viven.  Quizás por eso sus rostros no reflejan alegría, satisfacción o plenitud; ni saludan, sonríen, canturrean o simplemente… disfrutan del paisaje. Pienso que como las gaviotas, palomas y ardillas, su mayor preocupación es como lograr su dieta diaria, en  un mundo que también cambió su hábitat que, por tratarse de entes inteligentes, no solamente afectó su subsistencia física, sino su alma y su vida espiritual.

      Seguramente por eso perdieron la capacidad de disfrutar del aire de la mañana, de las flores,  de los animalitos, de las sonrisas y de la voz de los niños, que nos recuerdan que aun tenemos un mundo bueno en el cual vivir;  de la tranquilidad que genera el paso lento pero digno de los ancianos, que nos indica que en toda época de la vida se puede ser feliz; y el disfrutar de la comunicación fluida y generosa con los demás seres humanos, que nos ratifican como hormigas de la misma cueva, con capacidad inusitada de ofrecer y recibir amor, generosidad, solidaridad  y… caridad.

      Frente a este desolador espectáculo, me pregunto:

      ¿Será posible que no observemos lo que nos sucede?

      ¿Continuaremos permitiendo que los antivalores modernos como el consumismo, la vanidad,  la futilidad, el deseo de riqueza exagerada y sexo indiscriminado roben nuestra tranquilidad, paz, sensibilidad, solidaridad humana, plenitud y hasta… la familia?

        ¿Estaremos condenados a resignarnos a sobrevivir, en vez de vivir intensamente cada uno de nuestros días?

        ¿Qué tenían de diferencia con nosotros nuestros ancestros que reían, silbaban, cantaban, bailaban, saludaban, sonreían, y no requerían de grandes eventos o situaciones extraordinarias para sentirse plenos?

          ¿No sería acaso la diferencia, su capacidad y aptitud para  disfrutar del maravilloso mundo de las cosas…sencillas?

          ¿Acaso… no podemos recuperar lo perdido?

          Claro que sí. Sin duda podemos recuperar esos recursos intangibles que fundamentaron la felicidad de nuestros ascendientes, que de forma  paulatina pero progresiva nos fueron arrebatados por el tiempo,  en gran parte debido a una equivocada concepción del valor integral que para un ser  humano tienen los bienes económicos.  Porque aún Dios no se ha olvidado de nosotros. Sobrevive su mayor legado: la razón, la inteligencia, el libre albedrío y el estado de ánimo, que son absolutamente nuestros porque nadie puede quitárnoslos… nunca.

         Sólo requerimos  una toma de decisión. Es un problema más de actitud que de aptitud. La primera, depende de nuestra voluntad, la segunda podemos desarrollarla nuevamente sobre la base de la primera. Al fin y al cabo, somos el animal más adaptable a los cambios sobre esta madre tierra. Sobre esto tratarè en la próxima entrega:  

LO QUE EL TIEMPO NOS DEJO II

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