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Archive for the ‘OPTICA POSITIVA’ Category

VALOR Y MÁS VALOR

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El valor siempre ha sido la capacidad de vencer el miedo; porque el miedo, como lo dijeran los filósofos griegos, no es más que el producto de sentir la incertidumbre como tal; vale decir, no saber que pudiere sucedernos ahora o luego. Igualmente nos enseñaron que el miedo es el sentimiento más peligroso que nos puede afectar; entre otras cosas, porque distorsiona la realidad, haciendo las intuiciones negativas aún más desastrosas de lo que nos pudieren atacar. Frente a tal situación, el único remedio es EL VALOR  y tenemos que afincarnos en eso.

Como habitantes de Venezuela, uno de los países más bellos, ricos y bendecidos por Dios en el mundo, en este momento existe casi una pseudoparanoia colectiva; por todas partes y a todas las personas lo único que se les escucha son malos augurios; las quejas por todo están al orden del día; los malos presentimientos de lo que esperan que sucederá, son el común denominador en las conversaciones. Creo que todos estos sentimientos negativos, prospecciones derrotistas y constantes quejaderas, no aportan nada a una posible solución a los problemas que, sin ninguna duda, sufre nuestro País.

Ciertamente, la situación de nuestra amada patria hoy, respecto de lo social, político y económico es casi…  inédita. Al menos, para la gente menor que  yo, porque desde que  tengo uso de razón, en los primeros años sesenta hasta hoy, he vivido en Venezuela, donde hemos pasado difíciles situaciones de todo género, pero que siempre hemos superado.  ¿Qué ha sido difícil? Ciertamente. Pero lo cierto, lo real, lo verdadero, es que lo hemos superado y yo no tengo ninguna duda de que nuevamente lo superaremos.

Es por eso que sigo en Venezuela, no obstante el reclamo de mis cuatro hijos que hace más de 20 años viven en USA  y que no entienden que hacemos mamá y yo aquí todavía. Es que nosotros creemos en nosotros mismos, y por tanto, en nuestros hermanos venezolanos. Nosotros pensamos que esta es una situación coyuntural que estamos viviendo y como tal, puede y será superada más rápido de lo que los negativos y derrotistas esperan.

Creo en el libre tránsito que nos asegura nuestra Constitución y por tanto no critico ni censuro a quienes dejan el  País en busca de un destino mejor: es su derecho y como abogado lo entiendo perfectamente. Sin embargo, como quiera que he estado en más de veinte países y vivido en cuatro, tan diversos como Bolivia y Estados Unidos, estoy convencido de que  en cualquier otro País que no sea Venezuela, independiente de mi posición económica, social, académica, etc., siempre seré “un extranjero” y lo siento injustificado para  quien tiene una patria, que con todos sus males, sigue siendo mejor que la mayoría de los países del mundo. Por otra parte, pienso que es hoy más que nunca, cuando hace falta que los hombres de trabajo y corajudos se queden en esta tierra que nos dio Dios, para sacarla adelante y  hacerla mejor, aunque fuere con uñas y dientes.

 Los venezolanos tenemos historia y tradición de guerreros, pero no locos sino valientes. Es cierto que hay  mucho por hacer, por reconstruir, por enmendar, pero es algo que nos corresponde a todos, no a una parte de los venezolanos, sino a todos sin excepción. No podemos olvidar que esta es la tierra de nuestros padres, la nuestra y la de nuestros hijos, nietos y bisnietos, aunque hoy no vivan en ella. El mundo está cambiando aceleradamente y no podemos echarlo de menos; como consecuencia, esta tierra es el legado que les dejaremos a ellos como su refugio… para el futuro.

 

Yo pertenezco a esa generación que le puso el hombro a este País para hacerlo especial en el mundo. Como ejemplo, les cuento que cuando tenía 19 años, nuestra  moneda era más solicitada que el Dólar Americano;  nuestra inflación estaba por debajo el 1% y quienes viajábamos por las carreteras del País, cuando nos daba sueño nos recostábamos a la vera del camino hasta que descansábamos y continuábamos el viaje,  sin temor a que nadie nos hiciera daño.

Pues bien, esa no era otra Venezuela, sino la misma donde vivimos hoy. ¿Qué falta entonces? Ponernos de acuerdo, reencontrarnos como hermanos, deponer actitudes negativas y/o radicales personales, para pensar en el bien nacional, y yo no tengo duda que en su más alto porcentaje, independientemente de la ideología de cada uno, de una u otra manera, todos estamos dispuestos a hacerlo. Pero tenemos que sentarnos a hablar, reencontrarnos, mirarnos de frente sin rencor, odio ni dolor; corresponde que echemos manos del amor, que es ese sentimiento maravilloso hacedor de milagros. Considero que tampoco es una labor de titanes, sino de gente sencilla, pensante, preocupada y diligente, y los venezolanos, cuando queremos… somos así.

No estamos hundidos como muchos lo predicen. No, no es verdad; si es cierto que tenemos muchos problemas, pero también es cierto que disponemos de todas las herramientas necesarias para realizar las correcciones. De alguna forma, creo que tampoco tenemos otra cosa que hacer; ya no estamos en época de arreglar nuestros problemas por las malas o poniendo en riesgo a un país pacífico para convertirse en un terreno de guerra. Solo hace falta ponernos de acuerdo… todos. Medio mundo está dispuesto a ayudarnos, y la otra parte solo quiere que le ofrezcamos garantía de seguridad  y paz, por eso,  esta es una oportunidad que no debemos desperdiciar.

Yo estoy comprometido con Venezuela, porque me lo ha dado todo. Mi formación académica desde primaria hasta la Universitaria, me la dio gratuita. Mis postgrados los pagué en Universidades Privadas, porque no quise asistir a Universidades Públicas; igualmente a mis hijos, al menos hasta su bachillerato lo hicieron gratuito en establecimientos públicos venezolanos, luego sus carreras universitarias las hicieron en el exterior y por tanto en Universidades Privadas que ellos mismos se pagaron.  ¿Cómo podría yo olvidar todo lo que hizo por mí y mi familia y no restearme con Venezuela ahora, sino tomar la posición cómoda de emigrar y dejarla sola? Cuando es en este momento cuando más necesita de sus mejores hijos. Es  lo que no entienden propios y extraños cuando me dicen que… ¿Qué hago todavía en Venezuela? Pues simplemente, porque amo a este País y porque voy a hacer todo lo que yo pueda para que seamos un país feliz.

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ACTITUD EN TIEMPO DE CRISIS

 

ARAGUANEY: ARBOL NACIONAL DE VENEZUELA

Que en nuestra querida Venezuela  hoy existe una crisis prácticamente global -que es como decir económica, política y social en general- generadora de uno de los factores más perturbadores para cualquier sociedad organizada, como es la incertidumbre,  es algo que no es discutible. Como consecuencia de tal realidad, se hace necesario meditar de la forma más seria –y a ser posible tranquila- sobre cuál debería ser nuestro comportamiento como ciudadanos frente a tal grave situación. En mi humilde concepto, mantengo el principio de que de nada sirve “preocuparnos”, porque esta actitud nada positivo aporta a una solución; sino que, por el contrario, nos altera aún más, haciendo más difícil “ocuparnos” de encontrar una alternativa en pro de localizar caminos, que nos ayuden a campear el temporal que nos azota.

Pienso que cuando el país está boyante y sin problemas no se requiere inteligencia, moderación o armonía para convivir las realidades del momento de la patria. Es en situaciones especiales, y si se quiere inéditas, cuando se requiere la mayor templanza para valorar y/o evaluar nuestro comportamiento personal, que  sin ninguna duda influirá de manera decisiva en el proceder colectivo. Creo que, quienes como yo hemos vivido con total sentido común las diferentes etapas que se han sucedió en los últimos sesenta años en Venezuela, sin haber dejado la vida o la razón en el camino,  estamos obligados a contribuir a la ponderación  cabal de la situación  nacional actual. No somos una isla al margen de los acontecimientos que hoy aquejan al mundo civilizado, ni debemos esquivar nuestras responsabilidades como habitantes de una nación, que al menos en mi caso, me dio todas las oportunidades para mediante la fe, la diligencia, el estudio, el trabajo y la confianza en mí mismo, adelantar mi principal proyecto: mi formación personal integral y el desarrollo de una familia con valores de honestidad, amor, sensibilidad social y solidaridad humana, que hoy se reflejan en la solidez de sus respectivos hogares.

En el mismo sentido de lo antes expuesto, siento que, como venezolanos,  estamos obligados a ser optimistas; porque el país ni se ha hundido ni se hundirá, especialmente porque su mayor capital no son sus múltiples riquezas naturales, sino que su principal recurso para salir adelante en cualquier situación que se presentare, lo somos nosotros, los venezolanos. Si, nosotros los ciudadanos aportando ideas, trabajo, confianza, fe y esperanza de un futuro mejor,  será como aumentaremos las posibilidades de superar los escollos que en estos momentos pudieran parecernos casi insalvables. No es con actitudes pesimistas, derrotistas, o como una vez lo dijera Rómulo Betancourt “…con alaridos de Casandras agoreras”, como podremos superar la situación que nos aqueja.

De cualquier manera, la situación actual de Venezuela, por acción u omisión nos involucra a todos; por tanto, somos nosotros, todos los venezolanos, quienes dentro de nuestras reales posibilidades, tenemos que meterle el pecho al país para sacarlo adelante. Yo, que conozco a Venezuela de Oeste a Este, desde Sichipés en la alta Goajira hasta San Fernando de Atabapo en Amazonas y de Norte a Sur desde Puerto Cabello hasta Puerto Páez, pero que además he recorrido buena parte del mundo fuera de nuestras fronteras, puedo decir con plena certeza, que Venezuela es como territorio,  una tacita de oro; y como nación, la mejor gente del mundo. Por eso, por todo lo dicho es que aún teniendo mucha de mi familia en Canadá, Estados Unidos y Colombia, mi sentido de pertenencia a esta tierra maravillosa, es superior al temor o a cualquier otro sentimiento que pudiere afectar mi sentido de conservación. Yo que viví con pleno conocimiento esta Venezuela, que en los últimos sesenta y seis años ha cambiado varias veces su denominación y signos nacionales; vivido democracias, dictaduras y revoluciones; épocas de extraordinario auge económico y situaciones de grandes carencias; sin cuestionar o juzgar de ninguna manera los compatriotas que emigran, no tengo la menor duda que mi puesto está aquí, en las buenas o en las malas, pero aquí, aferrado a esta tierra, a los setenta y siete años de pié, como los robles, dispuesto a resistir los ventarrones, los inviernos  y los veranos, porque sé y no tengo duda, que todo tiene su tiempo y que lo que algunas veces sentimos como un tropiezo, más adelante puede resultar una buena enseñanza o experiencia, que aporte mayor felicidad a esta tierra que tanto amamos: VIVA VENEZUELA hoy, mañana y siempre.

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GRACIAS A LA VIDA

 

Escuchando la entrañable canción “Gracias a la vida”,  me devolví sesenta y cinco años atrás recordando mi niñez; luego mi primera juventud hasta los treinta años; mi segunda juventud hasta los sesenta;  y mi tercera  o actual juventud a los setenta y seis años, y tengo que decir más que gracias a la vida,  gracias a Dios.  Durante estas más de siete décadas, he amado y me han amado; he trabajado duro y obtenido las mejores recompensas; he tropezado muchas veces y de esos tropiezos he determinado cosas que han hecho menos difícil  pero más grato, ese largo camino en busca de la felicidad. He aprendido que lo más importante para vivir -en el sentido real de la palabra– que es bien diferente a  sobrevivir,   lo cual es absolutamente elemental-  se  requiere sentir a nuestros semejantes con su naturaleza  y sus ambiciones, poniéndonos con toda sinceridad en su lugar y actuar en consecuencia,  como hubiésemos procedido en iguales circunstancias o situaciones que nos toque vivir.

Haber vivido todos estos años disfrutando de las muchas bendiciones que Dios ha puesto sobre la tierra, como son: el ver el brillo del sol en la mañana y un cielo cubierto de estrellas en la noche; las gotas de rocío sobre las rosas en primavera;   el caer de amarillentas hojas, diciendo adiós para siempre en el otoño; escuchar con regocijo el silbido del viento sobre las palmeras; el trinar de los pájaros en los caminos; la risa de los niños y la palabra amor en los labios de quienes amo; todo lo cual me ha enseñado que soy un pedacito de la maravillosa creación, que tengo  siempre a mi disposición, en tanto y en cuanto sea capaz de entender que es mi estado de ánimo y no ningún  evento especial, lo que le da color a mi vida; por lo cual a nadie más que a mí mismo puedo culpar  o felicitar, según fuere el resultado de mi vida.

Sin ninguna duda, hoy estoy convencido  de que es más importante que la riqueza, la fama,  el poder o la belleza,  la tranquilidad espiritual y ser consciente  de que Dios provee  todo lo necesario  en cualquier situación en que nos encontremos; que todo se encuentra a nuestro alcance si entendemos que la diligencia, la disciplina y el trabajo son más importantes que la inteligencia o el nivel social en el cual se nos ubique;  que el mal es la excepción porque la regla es el bien y la bondad; que brinda mayor felicidad el hecho de amar que el ser amado; y finalmente, que el tiempo no es nuestro aliado ni nuestro enemigo, por lo cual la edad no es definitiva para vivir intensamente los eventos esenciales de nuestra existencia física y/o espiritual.

Por todo lo expuesto me siento obligado a ratificar lo que afirma esa bella canción: Gracias a la vida que me ha dado tanto, porque ciertamente y por la gracia de Dios, tenemos más bendiciones que carencias; la voz de mis hermanos es mi voz; la felicidad o el dolor de mis hermanos también son los míos, porque todos somos parte integral de la gran familia humana, por lo cual debemos convivir en paz y armonía, en esta bella tierra que Dios nos dio por heredad.

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FE Y PROACTIVIDAD

Los términos FE y PROACTIVIDAD siempre han caminado juntos al lado de toda persona exitosa, independiente de cual fuere el caso o circunstancia personal de que se trate. Hoy la  Psicología Positiva ha probado que hasta en los procesos de sanación de una enfermedad, la fe y la proactividad  ya  son  no solamente convenientes sino indispensables.  Aquellos apotegmas bíblicos de que “… la fe mueve montañas…”  y “…dame tus palabras y yo te daré mis obras…” son una realidad a favor de cualquier aspiración humana. Cuando digo que caminan juntos es porque únicamente la fe  no es suficiente si no se acompaña de la actividad constante y  entusiasta,  que  permite lograr la meta que nos proponemos. Es por eso que cuando hablamos de alguien que es proactivo, incluimos en dicho vocablo la fe, la disciplina, la constancia, el entusiasmo, la creatividad,  y muy especialmente, la confianza en sí mismo, que adicionamos al duro trabajo para encontrar y administrar debidamente los elementos y/o factores que fueren más convenientes o necesarios, en cada caso.

Considerando -como es cierto-  nuestra vida es elemental, porque fuimos diseñados de tal manera que tenemos  una especial capacidad para adaptarnos a cualquier ambiente o situación que se nos presente, no es fácil entender como algunas personas no terminan de asimilar que es en y dentro de sí mismos, donde se encuentran los elementos necesarios para lograr una vida integralmente dispuesta a la felicidad, cuales como antes hemos comentado, es la fe en nosotros  mismos como principales actores de nuestra propia vida, el elemento decisivo para lograr el éxito propuesto. De nada sirve la formación académica o cultural de cualquier género, si  no nos  convencemos de  nuestra capacidad para superar los escollos que se  presenten y por encima de ellos adelantar y lograr nuestras propuestas.

En tal sentido, igualmente de nada sirve un título o certificado de conocimiento particular, si no lo  utilizamos como canal para regir una conducta proactiva.  Es  que el Universo, del cual formamos parte, es sinérgico,  y como consecuencia, somos… energía; por lo cual, en tanto y en cuanto actuemos con el convencimiento de esa energía que nos hace proactivos, sin duda alguna seremos exitosos. De igual manera, si no ponemos en movimiento esa misma energía, alimentada por la fe, la confianza y el optimismo que nos alimenta para enfrentar cualquier evento o circunstancia, jamás alcanzaremos con suficiencia el logro de nuestras ambiciones. No se trata de un asunto de tiempo sino de persistencia, disciplina, confianza  y  diligencia. Debemos estar permanente y  absolutamente convencidos, que no  fuimos hechos para el fracaso, la mediocridad o la infelicidad,  sino que, por el contrario, como alguien lo escribiera, “Vinimos a este mundo, condenados a ser felices.”; que es como decir:  especialmente dispuestos a lograr el triunfo y la felicidad en una vida buena, que nos merecemos.

Asimismo, en lo social que conlleva el amor, la amistad, la familia y el éxito económico,   son más importantes que el género o la belleza física, la genialidad con que utilicemos nuestras características personales originarias, la cultura adquirida y la aplicación adecuada de las buenas experiencias propias y ajenas que nos dan los años vividos,  en el progresivo desarrollo de nuestras relaciones cotidianas. Somos parte de la gran familia humana, por lo cual, no basta con ser un buen médico, abogado, empresario  o artista para lograr el éxito integral,  si no introspeccionamos la necesidad de nuestros congéneres de ser tratados con respeto, consideración, sensibilidad y solidaridad con sus propias causas e identidad individual, lo cual requiere de empatía para ponernos siempre en el lugar de los demás y de tal forma idear cual sería nuestra propia reacción emocional si estuviésemos en  su caso.  Es considerando  y aplicando apropiadamente todos estos factores como podemos llamarnos con propiedad, agentes de progreso de una sociedad, todos los días más  orientada a la tecnología,  y por tanto necesitada de promotores de  fe y  proactividad, en función del bienestar supremo de todos los integrantes de esa misma sociedad a la cual pertenecemos.

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LA MADUREZ ESPIRITUAL

flores de rumi maestri espiritualista

Como todos mis lectores conocen, desde el año 2005 he dedicado buena parte de mi tiempo a la divulgación del tema de la “felicidad”, labor que inicié ese mismo año con la publicación de mi libro “Una Vida Feliz”; continuando con otros libros,  como columnista de prensa, de algunas Revistas y mi Blog http://www.unavidafeliz.com el cual es visto por más de 2.600.000 cibernautas, por lo cual hoy, al recibir en mi computador de un amigo una anécdota sobre cuando le preguntaron  a Rumi, maestro espiritual Persa del Siglo XIII,  ¿Que es la madurez espiritual?, éste al  analizar dicha pregunta, hizo algunas precisiones muy interesantes, concluyendo con esta sentencia:  “… se gana la madurez espiritual cuando dejamos de anexar la “felicidad” a las cosas materiales…”.  Esta sencilla pero profunda admonición, luego de más de siete décadas de vida feliz,  ratifica mi convicción de que la felicidad como realización físico-espiritual del ser humano, tiene que ver más con nuestra espiritualidad, que es interna, que  con las cosas materiales que siempre son externas. Dentro de mi pequeño gran mundo personal, esa ha sido la norma de mi vida; por lo cual  hoy, independiente de las circunstancias diarias, me mantengo feliz; precisamente por no vincular  o hacer depender de ninguna manera mi felicidad de alguna cosa material, tales como la riqueza, poder o  la fama.

Estoy claro que para sobrevivir físicamente, requerimos cosas elementales como el oxígeno, el agua y los alimentos, las cuales por cierto, para quienes confiamos en Dios,  siempre están a nuestro alcance sin grandes esfuerzos.  Pero respecto de la felicidad, prevalece sin  ninguna duda el aspecto espiritual. En el devenir de mi vida he visto tantos “pobres ricos”, con mucho dinero, pero absolutamente infelices; tantos  “poderosos” odiados, impopulares, quienes al final cuando pierden el poder, terminan traicionados, solos y hasta encarcelados, bajo juicio o huyendo de la justicia; y personajes “famosos”, quienes llenos de vanidad subestiman los valores humanos más elementales, pero al final cuando la fama decae: la tristeza, la infelicidad y algunas veces… el suicidio. Del otro lado,  personas sencillas, humanistas,  que nunca antepusieron la riqueza, poder o fama, al amor, bondad, cuidado y solidaridad con sus congéneres, vivieron y muchos otros aún viven felices, precisamente porque nunca, como lo sentenciara el maestro Rumi, anexaron  la felicidad a las cosas materiales.

No es difícil determinar que los sentimientos trascendentales de nuestra existencia no son materiales, sino que prioritariamente tienen que ver con nuestra espiritualidad. Así, por ejemplo, el valor humano más importante en nuestra vida, que es el amor, jamás dependerá de algo que no sean nuestros sentimientos internos, que nada tienen que ver con las cosas externas. En el mismo  sentido y también ejemplarizando, algunas satisfacciones fisiológicas como el dormir, no dependerá de  la comodidad del lecho de que se disponga, sino de que tengamos el sueño necesario en cada ocasión. De la misma manera, la verdad, la lealtad y otros principios y valores humanos importantes, siempre serán una manifestación de nuestro ser interno, que abonando a nuestra felicidad, no tendrán que ver con ninguna cosa material.

Creo que si meditásemos más sobre el real significado de la palabra felicidad, previo considerar algunos de los pocos ejemplos antes indicados, llegaríamos a la conclusión de que no es otra cosa que nuestra realización físico-espiritual, donde la espiritualidad es lo fundamental y lo físico es absolutamente complementario. De tal modo, comprenderíamos mejor la elementalidad de nuestra existencia y llegaríamos a la conclusión de que, definitivamente, la felicidad dependerá únicamente de nuestros sentimientos internos conectados a nuestro  espíritu y nunca de las cosas materiales que nos rodean; lo cual creo que fue el mensaje que quiso dar el  maestro Rumi en su admonición aquí comentada.

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LA MUSICA COMO PARTE DE LA VIDA

 

Desde las culturas más antiguas del mundo hasta hoy, la música ha sido parte integral de nuestra vida físico-espiritual. En la antigüedad fue muy ritual y religiosa; pero hoy, luego de ese largo recorrido por milenios, es tan importante que se han creado no sólo diversos estilos y medios de transmitirla, sino que en el mundo científico  de la medicina, se considera una importante terapia curativa, tanto para  el cuerpo como para la mente.

En las últimas seis décadas, la música pasó de ser una parte esencial del romanticismo hasta un signo de rebeldía y libertad. Especialmente en la década de los sesenta materializó un grito de insurrección de la juventud por mucho tiempo reprimido,  frente a un mundo  de guerras estúpidas, injusticia  y  desproporción de todo género.  En esta misma década, la música motivó el grito de libertad  en sus derechos, de ese ser maravilloso hasta ese momento mediatizado, casi ignorado y sojuzgado: la mujer.

De las misma manera como la música  de Los Beatles rompía paradigmas vetustos y melancólicos, promotores del dolor y la tristeza, cambiándolos por el pelo largo de los chicos y el tono sensual y a veces estridente, animando  los hot pants y la minifalda de las chicas, que representaron  un “ya basta” por parte de las mujeres, frente a un mundo de “machos”, donde era más importante la mojigatería insulsa e inútil, que su aporte valiosísimo en el contexto social, por su igualdad en inteligencia, diligencia, trabajo y libertad para amar, como ha quedado demostrado sobradamente, en los años posteriores.

Hoy la música es parte de nuestra vida cotidiana en la familia, las escuelas, las iglesias y el trabajo. Al menos en mi caso, la música habiendo sido fundamental como terapia en mi sanación del cáncer que sufrí el año 2011, hoy es no sólo mi compañera de labores, sino mi amiga en esos bellos momentos de reposo y deleite con mi compañera de viaje largo, pero también el fondo de mis plegarias y gracias a Dios por esta hermosa vida que me regaló.

Un piano, un violín, un saxo, una guitarra, un arpa, una flauta o un acordeón, como cualquier otro de los muchos  instrumentos musicales, en solo o como parte de una partitura, tanto en una noche de luna, como en una esplendorosa mañana primaveral, nos llenan el alma de diversos sentimientos, que llenan el espíritu, despejan la tristeza y nos hacen la vida más grata. Hoy sabemos que nuestras células oyen la música y nos ayudan a combatir el tedio, la soledad y la tristeza, que son tres enemigos emboscados que siempre están al acecho de nuestro bienestar. Por eso con sobrada razón aconsejo hacer de la música, sin importar el género o estilo, una parte integral de nuestra vida diaria.

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