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Una Vida Feliz

Para quienes como yo no contaminan su presente arrepintiéndose con lo que recuerdan que alguna vez hicieron o dejaron de hacer, nuestro mejor día es… HOY.

Al despertar miré una mañana bellísima mientras escuché diversos ruidos  en la calle y el griterío de los chicos de un Colegio vecino, que me ratificaron el valor de esta vida bella e irreemplazable porque ahora mismo, muchas personas no pueden experimentar ninguna de estas sensaciones, porque están… MUERTOS.

Unicamente poder de abrir los ojos en las mañanas es una nueva vida; porque muchas personas de menor o mayor edad que nosotros, anoche se acostaron para dormir y se quedaron descansando sobre sus camas,  y ya no despertarán… jamás.

Los chicos y los mil ruidos de la calle, me hacen dar gracias a Dios porque puedo OIR o ESCUCHAR, cuando sé que en estas últimas ocho horas de sueño, más de 1000 personas en el mundo nacieron SORDAS, y es posible que jamás escuchen ese reconfortante vocablo: TE AMO.

Cuando abrí mi ventana observé en la calle una bella señora con su niñita uniformada para el Kínder, y al levantar la vista, las hermosas montañas que circundan la Ciudad y di gracias, porque sé que miles de personas jamás podrán regocijarse mirando estas cosas, porque nacieron CIEGOS.

Volví a mi habitación y contemplé mi siempre bella y fiel compañera de viaje largo, quien me regaló mis bellos hijos e hijas y que, con su amor y dedicación personal, me hace sentir todos los días que vale la pena VIVIR, y nuevamente agradecí a mi Padre Celestial, porque diariamente recibo consultas de muchas  personas que acceden a mi página web, buscando consuelo porque están MUY SOLAS.

Estas reflexiones me hacen aconsejar a mis lectores que, mediten sobre el hecho de que  el día más hermoso siempre es HOY; por lo cual sería un desperdicio dejar de de disfrutar su múltiples beneficios de todo género, recordando lo que no hicimos o dejamos de hacer en un pasado sobre el cual nada podemos hacer, o lo que es igualmente inútil: preocuparse por un futuro que es incierto y sobre el cual, tampoco podemos hacer otra cosa que no fuere HACER LAS COSAS BIEN  HOY, en lo cual está incluido vivir intensamente y con fruición nuestro maravilloso presente.

Así que, corresponde contar nuestras bendiciones y VIVIR… VIVIR INTENSAMENTE HOY, porque esa es nuestra parte en esta vida.

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“SI MANTENEMOS ELEVADO EL ESPIRITU, LO COMPLEJO PUEDE HACERSE SIMPLE.”

Algunas realidades que no se pueden obviar porque son parte de nuestra vida diaria en este mundo globalizado, hacen muy difícil, sino imposible, mantener una vida simple, como sí la disfrutaron nuestros ancestros.

En ese mundo mayormente prosumista, no tenía mucho de complejo pastorear los animales, cuyo alimento lo producía la tierra en abundancia y por el cual no se requería erogar ningún recurso económico. Tampoco debía pagarse ningún salario  a los miembros de una  familia troncal que realizaban las labores del campo, siendo que los restantes alimentos eran igualmente producidos  en  el predio o huerto familiar, de cuyo producto participaban conforme a su propia necesidad.

Desde curar un catarro hasta atender un parto, pasando por entablillar una fractura o sobar una falseadura,  eran actividades que alguien de la familia o algún vecino realizaban de la manera más natural, como algo común, corriente y sin más costo que el agradecimiento y la ratificación de reciprocidad solidaria, o consuetudinario respeto reverencial de ahijado.

El hombre conocía,  pero no consideraba indispensables para subsistir, servicios especiales como energía eléctrica, alumbrado o sistemas de tuberías para suplirse del agua potable. La leña, el carbón, kerosene, carburo o las velas le suministraban lo necesario y el agua de la mejor calidad se encontraba en los manantiales y en los pozos artesianos.

De tal modo, las pocas necesidades para la subsistencia cotidiana que no podía cubrir la producción hogareña o suministrar la naturaleza, normalmente eran logradas y compensadas sobre la base del trueque por productos o trabajo, ayuda de la comunidad, o a precios al alcance de todos que cómodamente podían cubrir las familias, tan bajos que hoy parecerían ridículos.

En las escuelas de niños y párvulos, su única solicitud era la asistencia de los alumnos. Los padres no requerían erogar cantidades dinerarias para la educación básica de sus hijos. Entre otras particularidades, porque por aquellos tiempos no se estilaban las múltiples contribuciones para el cumpleaños de la maestra;  el día de la bandera, del deporte, de la  madre, del padre, del árbol,  de la alimentación, del ambiente, de la tierra, del mundo, de la libertad, del niño, de la mujer, de la mascota y… pare de contar, que convierten tales celebraciones en una fuente de estrés para las familias de pocos recursos, que constituyen la mayoría.

En las Ciudades, las personas se trasladaban a su trabajo en medios de transporte muy simples y económicos, cuando no a pie, porque en esos tiempos la gente gustaba y podía caminar por las calles, sin miedo a ser atropellados por bólidos a alta velocidad, motocicletas que ensordecen,  empujados por los buhoneros que invaden las aceras, o asaltados por los delincuentes que han hecho de las calles su predio privado.

Dada esa vida tan simple, no se requerían celulares, faxes, ni computadores. Como la delincuencia no estaba institucionalizada sino que era excepcional, tampoco eran necesarios vigilantes privados, guarda espaldas o vehículos blindados, salvo aquellos obligatorios para los mandatarios, o uno que otro ricachón que gustara y pudiera pagarse tales aspavientos. Como la televisión era muy incipiente, el consumismo, la violencia indiscriminada,  la vanidad exagerada y la promoción a los anti valores no había encontrado, como hoy, un camino tan expedito y provechoso para su aumento exponencial, en contra del exiguo presupuesto, tranquilidad y solidez familiar.

Pero, todo eso quedó en el pasado. En el mundo nuevo que nos toca vivir, asiento de los mismos seres humanos de todas las épocas, ni mejor ni peor que aquel sino diferente, no queda casi nada que se pueda considerar simple, especialmente la actuación personal. La sobre población que aqueja los conglomerados urbanos, especialmente nutridos por la migración recibida de los sectores rurales, la globalización de las comunicaciones y la competencia a muerte por todo, ha globalizado también los problemas, la corrupción, la insensibilidad y la indiferencia afectiva, haciendo la vida del hombre realmente compleja.

Nada puede ser simple hoy porque todos estamos interconectados en todas y cada una de nuestras actuaciones, inclusive en aquellas que parecieran muy personales o elementales, como cantar, estornudar, reír o…toser. El creciente estrés producido por una competencia sin límites en todos los ámbitos de la vida contemporánea, ha hecho a un creciente número de seres humanos irascibles, inquietos, apurados, angustiados, malhumorados, impacientes, desconfiados, negativos y casi… insoportables.

Aquel que saluda afable, sonríe, tararea  una canción, hace un stop en su camino diario  para observar una flor, disfrutar de una fuente, acariciar un niño, o abre la puerta a una dama o un anciano, es mirado como bicho raro, desactualizado, tonto o… anticuado. Pero algo más grave, se expone a una reprimenda o una demanda por ruidos molestos, intervención del orden público, o intromisión en… la privacidad de las personas.

Y es que todo es tan complejo, que no se puede ser integral y actuar conforme se desea, sin correr el riesgo de afectar a alguien en el vecindario, el autobús, el trabajo o la calle,  sin importar si es  el de adelante, detrás o de los lados. La complejidad lo invade todo. Nada es simple ahora, incluido casarse, curarse  una gripe,  comprar un pasaje de autobús, mudarse a otra ciudad o… morirse.

Frente a esta situación cabe preguntarse:

¿Qué podemos hacer para no afectarnos más de la cuenta por tanta complejidad? ¿Es posible aún en un mundo tan  complejo vivir una vida simple?

Frente a la primera pregunta, ciertamente hay mecanismos que podemos utilizar para adaptarnos de la mejor manera posible a un mundo que ya nunca volverá a ser simple. Con respecto a la segunda, claro que siempre, independiente del nivel de complejidad, sí que es posible vivir una vida simple.

Pienso que en ambos casos es un problema de actitud personal. Así, la solución frente a la complejidad es asumirla como una situación normal de estos tiempos que nos corresponde vivir,  y aprender a convivir con ella. Se trata de entender las realidades cotidianas y ponerlas en función de nuestros intereses, buscando hacer esa complejidad lo más sencilla posible para nuestra vida. Al fin y al cabo, está aquí y no podemos desterrarla. Luchar contra ella es hacerlo contra la corriente y eso no es inteligente ni beneficioso de ninguna manera.

El proceso de actuar de forma simple,  o de simplificar las cosas, va a estar en mucho, en nuestra forma de interpretar el tiempo y el espacio en el entorno donde hacemos nuestra vida diaria. Tenemos que jugar con lo que conocemos y tenemos, que por cierto no son más que personas, cuyas actuaciones se derivan, en su gran mayoría, de nuestra propia actuación personal frente a ellos.

Si estamos claros con lo que queremos hacer de nuestra vida, independiente de la complejidad que involucren los tiempos actuales, la satisfacción de nuestras necesidades fundamentales, físicas y espirituales, es realmente limitado y no muy difícil de alcanzar. Fuimos dotados de suficiente intelecto para hacer de lo complejo, simple, al menos con respecto a nuestras necesidades vivenciales.

Dios, el amor, el respeto, la verdad, la solidaridad, la aceptación, la generosidad y la ternura, fundamentales para una vida feliz, sin excepción aunque trascendentes son muy simples. Nacen, se desarrollan y viven dentro de nosotros mismos. En consecuencia, el nivel de complejidad que le otorguemos, es algo que nosotros mismos y nadie más decide. El mundo externo escasamente nos suministra elementos para sobrevivir físicamente, y al  menos hasta  hoy,  los indispensables se encuentran hasta en el último rincón del planeta.

Por tanto, si somos capaces de manejar los recursos internos que alimentan nuestra espiritualidad, en contacto con Dios y fuente de nuestra intelectualidad, lo demás, como lo enseñara Jesús de Nazaret “… vendrá por añadidura.”, e independiente de su complejidad,  no es lo fundamental; y eso, ciertamente, es bastante… simple.

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