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Seguramente existen variadas definiciones de lo que significa la vocación,  pero generalmente la referimos a la supuesta capacidad especial que uno imagina que alguna persona podría tener en el futuro (especialmente los niños o adolescentes) para realizar alguna actividad artística, artesanal  o profesión.  Esta especie de paradigma, también suele referirse a los anhelos, sueños o gustos de las personas.

En verdad, en mi concepto muy personal la vocación es una tendencia que pareciera aflorar en algunas personas hacia una actividad, física- cultural o espiritual conocida. Pero no es algo fatal que tiene que materializarse, sino que   sólo es eso: Una tendencia, que no obligatoriamente tiene que llevar a una persona a realizar una actividad específica. De hecho, si una persona no conoce que existe alguna actividad, profesión u oficio, nunca tendrá una vocación a ese respecto.

Por otra parte, pienso que toda persona normal (Sin patologías especiales) que se le repute con una vocación especial hacia algo, podría igual o con mayor aptitud realizar otra actividad muy distinta; porque la vocación sin la formación y el conocimiento de ese algo, sin duda no tiene ninguna efectividad benéfica, ni para la persona ni para la sociedad.

De hecho, conozco brillantes profesionales que me comentaron que en su niñez sus relacionados y ellos mismos pensaron que tenían una vocación especial para las ciencias de la salud, pero con el correr de los años terminaron siendo extraordinarios Abogados o Economistas. Sin duda que si hubieran estudiado medicina, odontología o enfermería, hubiesen sido igualmente brillantes.  Me hago estas reflexiones porque creo que la “falta de vocación” para algo no es más que una justificación para la mediocridad.

Creo que fuimos dotados de una inteligencia y un espíritu especialísimos que nos hace aptos para cualquier actividad sobre esta tierra de Dios. Por tanto, creo más en la actitud y aptitud para realizar cualquier actividad en esta vida, que en la vocación que supuestamente traemos en nuestro equipaje cuando llegamos a esta vida.  No tengo  ninguna duda que si nos interesamos por algo, lo estudiamos, le ponemos amor, constancia, diligencia, perseverancia, pasión  y trabajo, es muy difícil que no logremos  materializar un sueño o anhelo de coronar exitosamente alguna actividad que nos haga especialmente útiles a nuestra sociedad.

Mi mensaje es: vale más la actitud positiva y el trabajo duro y constante en busca del éxito en lo que anhelamos, que la predisposición  o tendencia a lograrlo.

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(Koldo 1976)

 

En esa lucha permanente entre nuestro origen y la cultura, pareciera que en algunas personas prevalece lo originario. Desde que nacemos hasta que exhalamos el último suspiro la orden es: sobrevivir. No importa como, pero tenemos que sobrevivir, sin considerar como importante la calidad de la vida.

Aunque pudiera ser comprensible que algunas personas no lleguen a vencer esa carga genética y hasta cierto punto instintiva por originaria, pienso que para la generalidad no debería ser así. Los humanos somos una especie diferente y única en el contexto de la naturaleza, porque somos los únicos dotados de razón e inteligencia, lo que nos obliga a especular sobre asuntos más trascendentes que la subsistencia física diaria. Como consecuencia también nuestra vida deberá ser diferente y única.

La ausencia de esa luz de la razón para los seres irracionales que nos acompañan en este planeta, los lleva de forma instintiva a una sola preocupación: sobrevivir, esto es, no morir; sin importarles qué otras cosas buenas pudiera ofrecerles esta vida, más allá de comer, dormir y reproducirse. Por lo contrario, para el hombre el mejorar su nivel de vida debe ser una constante en su desarrollo. Al fin y al cabo, nuestro destino por haber sido hechos a imagen y semejanza de Dios, no solamente es el de poblar la tierra sino reinar sobre ella.

Esa herencia divina nos hace acreedores de los mayores placeres y más acabadas satisfacciones, las cuales únicamente podremos lograr con un nivel de vida que aumente nuestro caudal de regocijo y bienestar, en el camino de lograr la tan ansiada felicidad. Nuestra exclusiva condición de seres pensantes sobre la tierra nos obliga a preguntarnos porqué y para qué estamos aquí; cuál es el objetivo de este peregrinaje por esta vida y qué nos espera después de la muerte como poseedores de un alma. Pero también qué es lo que más conviene que hagamos por nosotros y… por nuestra especie, durante esta muy corta e incierta estadía en este mundo.

Un sencillo análisis nos llevaría a la deducción de que no es lógico que hayamos sido creados racionales y dotados de un espíritu, únicamente para sobrevivir como los demás animales, porque para sobrevivir no se requiere ni razón ni inteligencia: el instinto se basta solo para operar los mecanismos de supervivencia física. Con los dones intelectuales de que fuimos dotados los humanos, lo importante, lo hermoso, lo sublime y lo trascendente no es sobrevivir o no morir: lo es vivir… intensamente todo el conjunto de extraordinarias experiencias que pueden percibir nuestros sentidos, como único ser viviente que es capaz de vincular sus sensaciones físicas a su alma, a sus sentimientos, y a su… espíritu.

Fue para que sintiéramos y actuáramos diferentes a los demás animales, que se nos dotó de libre albedrío, creándonos con ello el compromiso de superar la meta de la supervivencia física, para avanzar a estadios más elevados que nos permitan observar y evaluar todas esas cosas maravillosas que pueblan nuestra aldea global; y aquellas que con su inteligencia el hombre ha podido desarrollar, como su indescriptible arte, representado en piezas musicales que elevan nuestro espíritu, esculturas y pinturas, también de una magnitud casi insuperable; y las bellezas arquitectónicas de todo género, que a veces compiten con la misma belleza de la naturaleza, mostrándonos horizontes nunca imaginados, con la única intención de señalarnos caminos que finalmente nos lleven a… la felicidad.

Con tales certezas no hay un minuto que perder porque hay tanto por hacer, mucho que conocer y esperar de la vida; pero también bastante que mejorar en el alma y el espíritu, porque la real posibilidad de acceder a todas esas cosas maravillosas y experimentar esas sensaciones inigualables que nos ofrece la vida, estará condicionada proporcionalmente a nuestra capacidad de crecer intelectual y espiritualmente.

Entonces, debemos autoanalizarnos sinceramente a fin de determinar cuanto hemos hecho para ser mejores. Si hemos avanzado nos felicitaremos. Si no lo hemos hecho suficientemente no lo tomaremos a lo trágico, sino como acicate para aceptar que requerimos con urgencia iniciar nuestro programa de ascensión a etapas superiores. Sabemos que el tiempo es corto y la obra extensa. Por tanto, avanzaremos sin tregua, sin descanso; felices y seguros del éxito en alcanzar nuestras metas, porque somos hijos privilegiados de Dios, que nos ha permitido conocer estos secretos que son el único camino para lograr nuestra plenitud. Al fin y al cabo, como nos lo enseñara hace miles de años Tales de Mileto: “La esperanza es el único bien común a todos los hombres. Los que todo lo han perdido la poseen aún.”

Es que la vida que estamos preparando la presentimos demasiado buena. Vale la pena luchar por ella, porque será emocionante, reconfortante, prometedora. Nos hará diferentes y fortalecerá nuestro espíritu. Mientras ascendemos a la cima, paulatinamente nos transformaremos de personas comunes y corrientes en triunfadores. Ya no sobreviviremos, sino que viviremos plena e intensamente todos los días de nuestra vida, en todo el sentido de la palabra, porque para eso fuimos creados por Dios y… no podemos darnos el lujo de defraudarlo.

Próxima Entrega: PODER, RIQUEZA Y FELICIDAD

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