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Archive for the ‘LEALTAD Y CONSECUENCIA’ Category

POR QUE NO DEBEMOS TEMER

La sensación de TEMOR,  al cual todos los seres humanos estamos expuestos, deriva del latín timortimōris, que significa miedo o espanto; .pero en nuestro idioma, el español, dentro de otras definiciones se le asigna la de “… el sentimiento de inquietud o angustia que impulsa a huir o evitar aquello que se considera dañoso, arriesgado o peligroso…”, por lo cual es absolutamente indeseable, porque además de esa angustia que nos produce, pudiera llevarnos a cometer los más grandes errores. En principio, pienso que tal indeseable sentimiento puede afectar a cualquier ser pensante, sin discriminación alguna; pero que en el caso de las personas que creemos en Dios y que hacemos nuestra vida sobre la base de los valores y principios que siguen las enseñanzas de Jesús de Nazaret, especialmente el “Amar a nuestro prójimo como a  nosotros mismos”, lo cual involucra el no hacer daño conscientemente a nadie, tenemos un escudo protector para vencerlo, que es precisamente esa creencia de que, si Dios está con nosotros y es el más poderoso, omnipresente y omnipotente, pues…  ¿Quién o qué podría afectarnos?.

En ese mismo sentido, como quiera que nuestro principal y original sentimiento de defensa es el proteger nuestra vida, y nosotros estamos conscientes que ni una hoja se mueve sin la voluntad de Dios, cualquier acontecimiento, bueno o malo que nos afecte, simplemente nuestro Padre Celestial lo conoce,  y como quiera que El nos ama, de ninguna manera permitirá en nuestra contra algo que fuere inconveniente para nuestra vida física, intelectual o espiritual. Por cierto, lo cual es bien diferente a pensar que todo lo que nos suceda tiene que ser, de acuerdo a nuestros parámetros, absolutamente positivo. Esto, porque en nuestra vida existen elementos y eventos totalmente aleatorios, cuales pudieren parecernos temporal o permanentemente negativos, pero que, con el tiempo y las consecuencias de dichas circunstancias,  pudieran resultar positivas en sí mismas, o por lo menos evitarnos males mayores. Como consecuencia de estas apreciaciones, al menos yo, me acostumbré, en tales casos, a no preguntarme… ¿Por qué? Ya que a mi manera de ver la vida y las cosas, la respuesta a esa pregunta que pareciera elemental, en la mayoría de los casos trascendentes para nuestra existencia o las de nuestro entorno más íntimo,  correspondería a Dios, quien todo lo conoce,  sabe por qué, cómo y cuando sucede o sucederá.

Es por lo cual, cuando personalmente o a alguien de mis seres queridos les ha acontecido algo que,  a simple vista pareciera negativo, tengo mucho cuidado de preguntarme ¿Por qué?, ya que, como antes lo anoto, siento que esa es una pregunta que solo puede responderla Dios; a  quien por cierto no tengo medios para preguntarle y esperar una respuesta, al menos con mi raciocinio humano. Como consecuencia de esta aseveración, en tales casos, me he acostumbrado a preguntarme para qué, porque esta pregunta tiene una respuesta que yo mismo me puedo regalar, y como la hago por mi propia voluntad dentro de mi libre albedrío heredado de Dios, simplemente preparo mi respuesta conforme a mi mejor conveniencia lógica, o simplemente, con base a mi concepción del amor y la voluntad de Dios para sus hijos; esto es, como me fuere más aplicable al caso en concreto. No obstante, existen situaciones en las cuales se hace conveniente la pregunta ¿Por qué?, ya que al compararla con hechos similares a los que nos acontezcan, no requerimos que Dios nos responda, porque se evidencia la respuesta en nuestro beneficio.

En una oportunidad hace bastantes años, una vecina amiga muy querida por mí, lloraba amargamente por la muerte accidental de su hijo de 19 años, a quien por cierto yo conocía desde que era un bebé, y ella me preguntó:  ¿Por qué Dios me quitó mi  hijo tan joven? Yo le dije,  absolutamente consciente de que era muy real lo que le decía, que esa pregunta no podía hacerla de esa manera, porque la respuesta sólo correspondía a Dios. Le sugerí que utilizara una pregunta que le ayudara a sentirse privilegiada en vez de infeliz, porque cualquier respuesta que ella diera, le resultaría positiva y consoladora, en vez de dolorosa.  La pregunta que le sugerí fue: ¿Por qué Dios me dio 19 largos años para que disfrutara a mi hijo fallecido, cuando conozco tantas madres cuyos hijos murieron antes de nacer, bebés, de dos o menos años de edad y sus madres no pudieron disfrutarlo tantos años como el mío?… ¿Qué hice yo de especial para ser una madre tan afortunada? Creo que ella me entendió muy bien y meditó sobre mi comentario, porque la noté más calmada y antes de irme le  sugerí lo que siempre hago en estos casos:  Ahora que usted está consciente que fue una madre privilegiada dentro de millones de madres sobre esta tierra de Dios, compleméntese preguntando: ¿Para qué Dios permitiría esta situación? Y no tengo duda que El la iluminará para que sea usted  misma y no El, quien se  regale una respuesta que convenga a su delicada y dolorosa situación que le ayude a traer alivio y paz a su corazón.

Todo lo que aquí escribo no corresponde a ninguna teoría o plática positiva, sino que ha sido fundamental en mis más de casi ocho décadas de vida, felizmente casado por casi cincuenta años, con hijos, nietos y bisnietos;  e independiente de que vi morir mis padres, mi única hermanita y tres de mis hermanos menores y dos mayores que yo, así como muchos y muy queridos amigos de diferentes edades y género, de mi entorno más cercano. Derivado de todas estas experiencias vividas en mi larga vida, estoy convencido de que, si creemos y tenemos fe en Dios, si seguimos sus mandamientos y amamos a nuestros congéneres y hacemos todo lo que podemos por serles útiles, no tenemos por qué temer, porque Dios está aquí, no en ningún otro sitio, sino a nuestro lado, a toda hora,  siempre pendiente de protegernos,  por lo cual jamás ni de ninguna manera podemos tener temor, ya que, cualquier evento que nos acontezca –independiente de su naturaleza-  está en la esfera de lo que nuestro Padre Celestial considera positivo para nuestra vida física, intelectual y espiritual.

Si tienes alguna duda o requieres aclaración sobre el tema aquí tratado, el correo del autor está disponible: amauricastillo@gmail.com

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¿Que la riqueza sea desagradable o inconveniente? En verdad, en la mayoría de los casos creo que no es así; que al fin y al cabo,  para casi todas las cosas que consumimos o utilizamos para vivir confortable en una sociedad organizada, requieren ser canceladas con dinero; siendo que además, con gran capacidad económica y sentimientos altruistas, es mucho el bien que se puede hacer a la humanidad. No obstante, siento que las cosas trascendentales para  un ser humano -que para mí es físico-espiritual- involucran no sólo cosas materiales, sino otras que tienen que ver con factores inmateriales como la ética y la moral personal, como el amor, la verdad, la bondad, la solidaridad, la lealtad y la tranquilidad de conciencia, no requieren dinero ni de ningún otro elemento que represente riqueza, más allá de sentir que se ha sido útil a nuestros semejantes.

En estas más de siete décadas de vida,  he tenido amigos muy ricos y poderosos, quienes en momentos especiales me confesaron que fueron mucho más felices integralmente cuando eran personas con ingresos normales y comunes, que luego que adquirieron una gran riqueza. Es que la riqueza y el poder  imponen a quien lo posee no sólo mantenerlo sino aumentarlo, lo cual requiere tiempo y esfuerzo, que normalmente se le resta a lo más preciado, que por cierto no puede adquirirse con dinero: la familia. Asimismo, he tenido amigos con ingresos normales de una persona, profesional o no,  diligente y trabajadora, quienes me manifestaron con toda sinceridad, que no ambicionaban ninguna riqueza o poder, que de alguna manera pudiera restarles atención a sus seres queridos,  cual para ellos eran su mayor tesoro.

Por cuanto pertenezco a una generación trepadora, vale decir que todos mis logros desde adolescente, los obtuve trepando por sobre convencionalismos sociales, etiquetas y exclusiones -que en la segunda mitad del Siglo XX en Venezuela-  hacían muy difícil a las personas sin recursos económicos como yo, acceder al conocimiento académico de calidad y/o cualquier actividad de poder político  o empresarial, mi escala de valores, que ponía por delante el respeto y utilidad a la persona  humana, me permitió con mucho trabajo, diligencia y confianza en mi capacidad, lograr prácticamente todas mis metas importantes como una familia amorosa, sólida y permanente, así como  fortuna, que para mí ha sido siempre la de disponer de los recursos diarios suficientes, para mantener una vida buena y decente, incluida mi formación académica y la de mis hijos.

Sé y no tengo duda,  que no se requiere gran riqueza para bien formarse y ser de utilidad a la sociedad. En mi caso, que tuve la ventura de encontrar  una compañera de viaje largo con la cual hacer un equipo con intereses comunes, convencidos de que Jesús de  Nazaret no estaba errado cuando sentenció: “Ama a tu prójimo como a ti mismo” y  “Cada día tiene su propio problema, le basta a cada día su mal“; sobre esa base filosófica establecimos nuestras metas y  luchamos por ellas hasta lograr cubrirlas, sin que de ninguna manera creyésemos que era indispensable acumular riqueza.  El tiempo, la perseverancia y la fe en  Dios que siempre nos provee, nos permitieron desarrollar plenamente nuestra familia hasta lograr la felicidad que hemos disfrutado y que luego de más de cuarenta y ocho años de feliz unión matrimonial continuamos disfrutando, así como nuestros  hijos y nietos.

Pienso que la mayor fortuna es el poder  lograr suplir oportunamente las necesidades diarias,  lo cual está al alcance de cualquier persona disciplinada y trabajadora, sin un esfuerzo extraordinario; porque la mucha riqueza, siempre está en riesgo de disminuir o desaparecer, lo cual crea un grave problema, que hoy más que nunca produce cambios negativos de carácter así como enfermedades físicas y mentales como  el estrés, cual por cierto no se puede eliminar con dinero, sino con tranquilidad espiritual. En este mismo sentido, cuando se es dueño de grandes riquezas y bienes, al estar rodeado por tantos intereses, se pierde la confianza en las personas de nuestro entorno más cercano, porque  se tiende a desconfiar de la autenticidad de la actuación, atención, solidaridad y amor, si lo son por la persona adinerada  o por los beneficios que de ella se pueden obtener.

Por otra parte, tampoco dudo que existan personas especiales, que al jerarquizar la humanidad por encima de la riqueza, logran conciliar tanto los intereses económicos como las relaciones íntimas y familiares, de tal manera perfecta que se ponen al margen de cualquier sospecha de insinceridad o intención dolosa, de aquellas personas que conforman su entorno íntimo. En estos casos especiales, la riqueza puede ser una bendición, para ser compartida con propios y extraños, en la medida de la necesidad y/o utilidad social que  se produzca. Debo confesar que personalmente no he conocido ningún multimillonario que dedique su dinero a hacer el bien, a excepción de aquellos que crean Fundaciones, especialmente para bajar sus pagos de impuestos, lo cual al final aumenta su riqueza. Es por todo lo cual, insisto en que lo más importante en esta vida para una persona normal no es la riqueza, sino la tranquilidad de conciencia, que nos permite ser y sentirnos bien amado por las personas por encima de la riqueza.

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EL PRESENTE Y EL DESTINO

Es una creencia casi generalizada que Dios determina nuestro destino desde antes de haber nacido y que eso es infalible;  no discuto tal  criterio, especialmente porque como soy un convencido de nuestra absoluta posibilidad de ser felices, para lo cual se requiere ser muy positivo, no puedo darme el lujo de preocuparme por algo que pudiera convertirse en una obsesión  negativa, como es para una gran mayoría de personas, el destino. Es que en mi personal concepto, lo que Dios sí que nos dispuso como una hoja de papel en blanco,  fue el camino que debemos recorrer durante toda nuestra vida -que por cierto es lo que  sí debe interesarnos-  por lo cual nos dejó en plena libertad de darle el sentido, color, sensación y sabor al paisaje, así como a cada  bache o recodo del camino; de tal manera que, en su inmensa sabiduría, creo que  para no aportarnos focos de preocupación innecesaria, nos dejó en libertad de diseñar nuestro propio “camino”, por lo cual nos regaló la posibilidad de hacer de ese viaje de nuestra vida, lo que más nos plazca, agrade o nos parezca conveniente. En tal sentido, para que pudiésemos estudiar, entender y encontrar la mejor forma de vivir esa extraordinaria experiencia de ese viaje, nos dotó de inteligencia y raciocinio, al tiempo que puso sobre el camino diferentes subidas, bajadas, obstáculos y/o accidentes, que nosotros con todos los recursos intelectuales y físicos de que fuimos dotados, pudiésemos perfectamente determinar la mejor forma de esquivarlos, superarlos, ignorarlos  o disfrutarlos, conforme nuestra propia forma de ver la vida y las cosas.

No es fácil emitir criterio sobre lo que piensan o sienten otras personas, por lo cual pareciera  lo más acertado, hablar de nuestras propias circunstancias y vivencias; a ese respecto y refiriéndome al camino de la vida que durante setenta y ocho años he transitado, debo comentar que desde que tengo verdadero uso de razón he estado perfectamente consciente de que no existe un destino predeterminado para mí, ese me lo hago yo;  inclusive ese elemento impredecible que a tantos preocupa y que denominan futuro, cual para mí –no obstante la insistencia de mi padre de que era muy importante- tampoco tuvo ni tiene tanta importancia, precisamente porque es imprevisible, impreciso e indeterminado, por lo cual no lo considero trascendente como parte de mi camino; quizás porque siempre he tenido plena conciencia de que, si fuere que llegare,  lo único que puedo aportarle para mi beneficio,  sería hacer bien lo que me corresponde… hoy.

¿Qué la manera de transitar nuestro camino  tenga que ver con nuestro posible destino? Pareciera lógico, por lo cual como  yo juego a ganador, no desperdicio ninguna posibilidad; es que estoy seguro que mi camino es hoy, por lo tanto es a este día  de hoy a quien debo toda mi atención, amor y cuidado. Estoy consciente de que conmigo transitan a mi lado, detrás y al frente, mis hermanos humanos y mis hermanos los animales;  a ambos me debo por mi principio fundamental de  utilidad y humanidad. De la misma forma,  a los recursos naturales que Dios dispuso sobre y en esta tierra para mi beneficio, estoy obligado a proteger, cuidar y defender a toda costa, so pena de desaparecer como especie sobre esta tierra, o por lo menos de negar su conocimiento, belleza, beneficio y disfrute, a las futuras generaciones. Como  observarán en  lo expresado en este párrafo, en nada puede ayudarme a mejor vivir mi camino, el pensar o preocuparme por un destino que, como el futuro, no es determinable de ninguna manera.

Tristemente he conocido personas que viven consternados por lo imprevisible de su posible destino o lo que pudiera sucederles mañana, que es como decir: en el futuro. Tanto me ha preocupado esta tendencia,  que he dedicado una buena parte de mi vida a escribir artículos de prensa y revistas, libros y el blog: www.unavidafeliz.com, que es visitado por más de 2.800.000 cibernautas en 119 países, así como conferencias y conversatorios, todos orientados a inducir a las personas a no dejarse afectar por el pasado, porque es un muerto; ni por el futuro porque no ha nacido; estimulándolos a dedicar todo lo mejor y más entusiasta  de la existencia, a ese diario transitar por el camino de la vida; cual no sólo tenemos la capacidad de hacer agradable y didáctico, sino inclusive, impregnarlo de magia y entusiasmo que contagie a nuestros congéneres negativos. Es durante el recorrido del camino que podemos amar, disfrutar de las flores, de la risa de los niños, del canto de los pájaros, del ruido de las quebradas, de las olas del mar; degustar los  manjares en que nuestros hermanos saben  convertir los recursos naturales que Dios puso sobre la tierra para nosotros, así como de mirar y escuchar a esas personas que amamos, cuya presencia, compañía y voz, dan sentido a nuestra vida.

Luego de todo lo expresado, en una reflexión sincera del qué y el por qué de nuestra vida… ¿No les parece una pérdida de tiempo dedicar nuestro intelecto a intuir un destino desconocido, cuando la realidad del hoy –que es el camino que en todo momento estamos recorriendo- tiene tantas cosas buenas y bellas que ofrecernos? Como todo en la vida, creer y preocuparse del destino es una opción exclusiva del libre albedrío de  cada ser humano, que yo respeto, pero que estoy obligado a declarar que no comparto; precisamente porque no le aporta nada a esa maravillosa bendición de vivir el hoy y no de sobrevivirlo, que definitivamente es la opción por mí libremente escogida y predicada  hoy y siempre.

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En algún sitio sin determinar el autor, leí un pensamiento que, dada mi propia experiencia, me pareció una verdad tan grande como un Templo: “La voluntad de Dios nunca te lleva donde la gracia de Dios no te proteja”. Es que durante toda mi existencia, en mi caso personal, siempre que alguna circunstancia negativa o problemática me ha afectado, de alguna manera continuamente y en todos los caos, he encontrado el camino cierto para lograr superarla. Quienes pensamos y creemos que la voluntad de Dios es hacedora y manejadora permanente, no solo de la naturaleza sino también de todos los entes humanos, sabemos que es la fe en tal verdad lo que nos convence en la esperanza de que todo lo que nos acontece, es superable.

Una de las más graves fuentes de producción de  estrés, que se ha convertido en el elemento fundamental de muchas de las enfermedades físicas y mentales que sufrimos en el mundo de hoy los seres humanos, lo es precisamente la incertidumbre, que no es otra cosa que el temor a no saber que podrá suceder mañana, que de alguna manera pueda afectarnos. Pues bien, ese terrible estrés que acogota a nuestros congéneres en esta época, no es otra cosa que la desesperanza, que como antes he indicado, se produce precisamente por ignorar o desestimar, ese hecho cierto de que Dios nunca nos dejará llevar donde su gracia no  pueda protegernos.

Pienso que conviene retrotraernos a los años que hemos vivido, y de la manera más sincera, recordar las situaciones difíciles que hemos atravesado y en tal sentido, también recordar cómo y de qué manera las superamos; sin duda alguna, tendremos que aceptar que no fue un milagro ni un caso fortuito lo que nos dio la solución, sino esa intuición, trabajo, dedicación y diligencia que pusimos para lograr el cometido, lo cual por cierto, aunque en ese momento no lo determinásemos simplemente se produjo por una decisión acertada, que aunque en ese momento no estuviésemos conscientes, se produjo por una  inspiración divina. Son muchas las veces que personas me han comentado algo como esto: “…sabes, hoy doy gracias a Dios porque me haya acontecido tal evento, que en su momento me pareció desgraciado, pero que hoy doy gracias porque me haya sucedido.”

Nuestra existencia sobre esta madre tierra, es similar a un camino con zigzagueos, altos y bajos, el cual recorreremos durante nuestra vida física, pero que en mucho dependerá como lleguemos al final, precisamente de nuestro estado de ánimo y la seguridad de que somos capaces de superar cualquier escollo, precisamente porque tenemos a Dios con nosotros, el cual independiente de la dificultad,  nunca nos abandona. Tengo la suerte de conocer mucha gente inteligente, que independiente de su nivel académico, de poder, fama o riqueza, al vivir inmerso en estas verdades, simplemente han logrado la máxima ambición humana: ser felices. Asimismo, todas las personas que conozco con una vida ruinosa, adolorida o solitaria,  siempre tienen la misma característica fundamental: no tienen la fe en que Dios tiene sus propios caminos para darnos el mal -que normalmente nos deja una enseñanza- pero también el remedio necesario y oportuno.

Definitivamente la vida es menos difícil de lo que algunas personas se la hacen, cuando ignoran o no entienden que nuestra existencia física es elemental, y nuestra tranquilidad mental depende solo de nuestra espiritualidad; por lo cual, no se requieren grandes riquezas ni dones especiales para suplir nuestras necesidades físicas, y el nivel de  nuestra tranquilidad espiritual lo será en tanto y en cuanto contemos nuestras bendiciones, y le demos su peso real a nuestras carencias; todo lo cual depende de nosotros mismos, sin requerir para ello de ningún costo,  inversión económica o disponer de poderes especiales.

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GRACIAS A LA VIDA II

Escuchando la entrañable canción “Gracias a la vida”,  me devolví sesenta y cinco años atrás recordando mi niñez; luego mi primera juventud hasta los treinta años; mi segunda juventud hasta los sesenta;  y mi tercera  o actual juventud a los setenta y seis años, y tengo que decir más que gracias a la vida,  gracias a Dios.  Durante estas más de siete décadas, he amado y me han amado; he trabajado duro y obtenido las mejores recompensas; he tropezado muchas veces y de esos tropiezos he determinado cosas que han hecho menos difícil  pero más grato, ese largo camino en busca de la felicidad. He aprendido que lo más importante para vivir -en el sentido real de la palabra– que es bien diferente a  sobrevivir,   lo cual es absolutamente elemental-  se  requiere sentir a nuestros semejantes con su naturaleza  y sus ambiciones, poniéndonos con toda sinceridad en su lugar y actuar en consecuencia,  como hubiésemos procedido en iguales circunstancias o situaciones que nos toque vivir.

Haber vivido todos estos años disfrutando de las muchas bendiciones que Dios ha puesto sobre la tierra, como son: el ver el brillo del sol en la mañana y un cielo cubierto de estrellas en la noche; las gotas de rocío sobre las rosas en primavera;   el caer de amarillentas hojas, diciendo adiós para siempre en el otoño; escuchar con regocijo el silbido del viento sobre las palmeras; el trinar de los pájaros en los caminos; la risa de los niños y la palabra amor en los labios de quienes amo; todo lo cual me ha enseñado que soy un pedacito de la maravillosa creación, que tengo  siempre a mi disposición, en tanto y en cuanto sea capaz de entender que es mi estado de ánimo y no ningún  evento especial, lo que le da color a mi vida; por lo cual a nadie más que a mí mismo puedo culpar  o felicitar, según fuere el resultado de mi vida.

Sin ninguna duda, hoy estoy convencido  de que es más importante que la riqueza, la fama,  el poder o la belleza,  la tranquilidad espiritual y ser consciente  de que Dios provee  todo lo necesario  en cualquier situación en que nos encontremos; que todo se encuentra a nuestro alcance si entendemos que la diligencia, la disciplina y el trabajo son más importantes que la inteligencia o el nivel social en el cual se nos ubique;  que el mal es la excepción porque la regla es el bien y la bondad; que brinda mayor felicidad el hecho de amar que el ser amado; y finalmente, que el tiempo no es nuestro aliado ni nuestro enemigo, por lo cual la edad no es definitiva para vivir intensamente los eventos esenciales de nuestra existencia física y/o espiritual.

Por todo lo expuesto me siento obligado a ratificar lo que afirma esa bella canción: Gracias a la vida que me ha dado tanto, porque ciertamente y por la gracia de Dios, tenemos más bendiciones que carencias; la voz de mis hermanos es mi voz; la felicidad o el dolor de mis hermanos también son los míos, porque todos somos parte integral de la gran familia humana, por lo cual debemos convivir en paz y armonía, en esta bella tierra que Dios nos dio por heredad.

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ROL DE PADRES

Como todos los padres, tuve un Padre que, luego que regresó a su hogar original, en  cualquiera de las noches claras cuando observo  el firmamento, se que detrás de una oreja de la luna y  en forma de estrella, me guiña un ojo diciéndome… “Que Dios te bendiga hijo.” En mi caso,  y respecto de mi descendencia, he sido bendecido por Dios, porque a mis setenta y siete años soy  padre de cinco hijos, quienes a su vez tienen trece  hijos e inclusive, ya me dieron un bisnieto. Ser un padre para mi ha sido una bellísima aventura,  porque tanto mis hijos como sus hijos permanentemente me manifiestan amor y yo los amo… mucho;  quizás porque siempre -desde muy nños- he respetado su libre albedrío; tengo buen humor, no soy anecdótico, no aconsejo sino que emito criterio, ni pongo cara de intelectual cuando hablo con ellos,  he logrado generar su confianza, por lo cual extrañamente, soy para algunos de ellos su confidente y a veces… su cómplice.

Aunque todos viven muy bien, no me importa para nada su posición económica, si son poderosos, muy inteligentes o famosos; porque les enseñé y ellos aprendieron, que lo más importante es la felicidad,  que no la genera ninguno de los factores enumerados, sino que es producto de cómo nos sentimos en lo interior. Así como que, respecto de su formación académica, solo les enseñé que prefería a que no estudiaran para ser genios, sino que fueran geniales.  Quizás por eso cada uno ha desarrollado libremente su personalidad, siendo diferentes pero… felices. Creo que el papel de los padres, más allá de suministrar apropiada y diligentemente sus necesidades vitales e independiente de la edad de sus hijos, es tratar en todo momento de comprenderlos y orientarlos, respetando siempre su individualidad y tomando muy en consideración el tiempo y el espacio en que crecen; que al menos en estos tiempos, es bien diferente al nuestro, y que razonablemente como consecuencia, también son diferente algunos de sus valores. Por tanto, no son ellos quienes tienen el deber de entendernos, sino nosotros quienes estamos obligados a comprenderlos a ellos; porque, en primer lugar no les pedimos permiso para traerlos al mundo y en segundo lugar,  porque hemos vivido muchos años y hemos experimentado situaciones que ellos no conocen y que pudiera ser que nunca lleguen a conocer, pero que de alguna forma el conocer algunas de ellas, pudiera en algo beneficiarlos en la actualidad o en el futuro.

Como quiera que la mayoría de mis hijos  viven en otros Países, los visitamos por lo menos dos veces al año y en esa temporada, que no excede más allá de quince días o un mes con cada uno y sus familias, renovamos nuestros lazos de amor y solidaridad familiar, que venturosamente, siempre ha sido muy agradable, porque seguimos compartiendo los mismos valores y principios fundamentales sobre la vida y las cosas. En esas oportunidades, cuando platico con alguno de mis nietos, independiente de su género, lo primero que hago es apagar el celular o hacer a un lado mi lap top –porque odio que estos instrumentos técnicos de hoy en muchos casos hayan sustituido el calor de la voz natural, el estrechar la mano o el abrazo fraterno- y  trato de utilizar el milagroso lenguaje del amor, que es mágico y especial para  compartir,  para situarme mentalmente en su tiempo y un poco  recordando mi curiosidad cuando tuve su edad, cual es la única manera de ubicarme a su nivel. De ellos he aprendido que debo mantener mi niño vivo, para poder  caminar y departir en su mundo, sin sentirme muy viejo, demasiado anticuado, ni demasiado… extraño.

Más allá de cualquier convicción religiosa, no dudo que si luego de partir de este mundo, volviera a estar por estos lares, como estoy seguro que sería yo quien decidiría mi meta, igual como lo he hecho en esta oportunidad, sin pensarlo dos veces volvería a ser esposo y padre. En el primer caso, porque no me canso de agradecer a Dios que me haya obsequiado la mejor compañera de viaje largo, que durante  nuestros cuarenta y ocho años de matrimonio ha sido mi amada Nancy; y en el segundo caso, porque como lo he dicho antes, el ser padre para mí ha sido simplemente UNA HERMOSA AVENTURA que  disfruto y disfrutaré intensamente, cada día de mi vida.

Por cierto, quiero aclarar que no estoy en contra del desarrollo tecnológico, porque  yo me beneficio de él, ya que  gracias a los nuevos dispositivos, es que puedo oír y ver todos los días y cada vez que lo desee a estos mis hijos que no están físicamente a mi lado. Pero si debo advertir que, en muchos casos, hombres y mujeres, padres o no, descuidan la atención personal constante u ocasional a sus seres queridos, dándole poca importancia a sus llamados o necesidades inmediatas de comunicación, por atender los benditos celulares, ya sea para recibir llamadas o contestarlas; cuales  nunca tendrán la importancia que tiene la atención a un hijo o un cónyuge, o la intimidad de la atención inmediata que nunca podrán ser sustituidas por un elemento mecánico,  por muy adelantado que lo fuere.

Finalmente, debo recordar a los padres que desde que nacen hasta que mueren nuestros hijos deberían ser nuestra prioridad, ya que independiente de su edad, ellos siempre esperan de nosotros esa mano amiga o esa palabra orientadora de quien, como lo he escrito antes, los trajo al mundo sin su permiso, pero con el compromiso de solidaridad, respeto y consideración… por siempre.

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EL DIA INTERNACIONAL DE LA MUJER

Sobre el aspecto histórico de cuando se originó la celebración del día de la mujer, mucho se ha escrito y especulado sobre declarar un año y/o día especial para su celebración.  Algunas fuentes informan de un primer evento de este género en 1795.  Según Wilkipedia, “…la primera celebración del Día Internacional de la Mujer tuvo lugar el 19 de Marzo de 1911 en Alemania, Austria, Dinamarca y Suiza”; pero no fue sino hasta 1972 cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas declaró a 1975 como el Año Internacional de la Mujer, invitando a USA a declararlo en 1977. No obstante que ya en 1789, en la conocida  Revolución Francesa,  las mujeres marcharon junto con los hombres en Versalles reclamando libertad, igualdad y fraternidad”, en la seguridad de que esa IGUALDAD que reclamaban, se refería a su género. Desde entonces las mujeres, especialmente las trabajadoras de los Estados Unidos a partir 1909, han estado no solamente luchando sino demostrando en las fábricas, sindicatos, universidades, hospitales y en las Fuerzas Armadas, que pueden  ser iguales o mejores que cualquier hombre, en la actividad que tengan que realizar o les sea asignada.

Actualmente existen unas cuantas Organizaciones Mundiales  que luchan  por los derechos e igualdad de la mujer con el hombre, en el campo laboral, político  y social,  como la DAW (División para el Adelanto de la Mujer),   INSTRAW, (Instituto Internacional de Investigación y Capacitación para la Promoción de la Mujer) y OSAGI (Oficina de la Asesora Especial en Cuestiones de Género y Adelanto de la Mujer), por mencionar algunas, siendo  que en 2011 se celebró el Centenario del Día Internacional de la Mujer y también comenzó a operar la Entidad de la ONU para la Igualdad de Género y el Empoderamiento de la Mujer, también conocida como ONU Mujeres., donde recientemente han tenido una actuación especial la Chilena MICHELLE BACHELET y la Surafricana PHUMZILE  MLAMBO-NEGEUKA.

Luego de este extracto histórico, pienso que no es malo, pero si lastimoso, que tenga que existir una fecha especial en el año, para que se reconozca  el papel, no solo fundamental sino insustituible, de la mujer en cualquier tipo de sociedad o grupo humano con sentido de permanencia en el tiempo. Es que sin la mujer, no se mantendría la continuidad de la especie, y si se lograre sin ella, no valdría la pena la vida. Al menos para quienes como yo, hemos tenido una tierna madre, una cariñosa hermanita, unas bellas hijas y una espectacular compañera de viaje largo por 47 años, como es mi esposa, no podemos concebir un mundo feliz sin la existencia de la mujer; por lo cual,  el día de las mujeres deberían ser TODOS LOS DIAS y de hecho para mí lo son, independientemente de que sean solteras, casadas o tengan determinada preferencia sexual.

 No me avergüenzo sino me enorgullezco de haber aprendido de ellas lealtad, bondad, perseverancia, caridad, resistencia, fe, esperanza; así como por ellas haber fortalecido mis principios y valores humanos fundamentales, que me han ayudado a crecer espiritualmente, por lo cual hoy y siempre, donde, cuando y como esté, consideraré un gran honor tenerlas conmigo, como ese faro que ha orientado mis más bellos sueños; mis mayores ambiciones y mejores logros, en ese pequeño gran mundo que con ellas he compartido y que  siempre ha sido… muy feliz.

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