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Archive for the ‘CRISTIANISMO’ Category

 

En una oportunidad escuché a una dama decir que “…yo perdono pero no olvido.”  Tal aseveración me hizo reflexionar sobre el hecho de que, todos los seres humanos tenemos virtudes y defectos; como consecuencia, tenemos diferentes actuaciones y reacciones frente a similares situaciones o en función del comportamiento de nuestros congéneres humanos, sin que por ello tengamos derecho a condenarlos. Pienso que quien perdona pero no olvida, realmente tiene un comportamiento personal  e individual muy suyo, que podrá darle la denominación que quiera, pero nunca llamarle perdón. Siento que quien actúa o piensa de tal manera lo que sucede es que confunde el término PERDÓN por el vocablo ACEPTACIÒN. Si alguien te hiere o hace algún daño y tú lo dejas pasar y continúas tu relación con esa persona, pero recordando el daño recibido, en verdad no la has perdonado sino que has aceptado la ofensa y decides continuar con la relación, independiente de cual ésta fuere; me imagino que con la esperanza de que la ofensa o herida no deba producirse nuevamente, pero si no lo olvidas, eso queda en tu ser interno y será muy difícil que mientras mantengas ese sentimiento negativo vivo, puedas volver a confiar en esa persona y como consecuencia ser feliz.

Por otra parte, cuando nos hieren u ofenden y no perdonamos en su verdadero sentido, esto es olvidando por siempre lo sucedido como si nunca  hubiera acontecido, pierdes la bendición del perdón, que no es para la persona perdonada sino para quien perdona, porque descarga de su alma un sentimiento negativo y doloroso. En primer lugar, nuestra conciencia de que todos los seres humanos somos imperfectos, nos lleva a aceptar que somos susceptibles, en cualquier caso,  de cometer errores, realizar desaciertos y actuar de forma inconsecuente o incorrecta frente a cualquiera de nuestros relacionados. Pero también, debemos estar contestes de que así como podemos incurrir en errores o actuaciones inconvenientes para los demás, tenemos la virtud de que podemos corregir y proponernos nunca  más actuar de la forma indeseada. De siglos atrás se ha dicho que “…errar es de humanos y corregir de sabios.”  Lo cual yo pienso que es absolutamente cierto.

En segundo lugar, no podemos negar que el fundamento de nuestra vida es Dios y Dios es amor. Pues bien, es precisamente el amor, no solo para los demás sino para con nosotros mismos, lo que nos deberá llevar a perdonar en su sentido integral: olvidando el agravio recibido. Para situarnos en una ejemplarización muy común: la relación de pareja. En el caso de que uno de los integrantes ofende, hiere o hace algún daño a su par, pero luego al reflexionar fríamente el asunto, humildemente pide perdón y promete nunca más volver a  hacerlo, surge la interesante pregunta  ¿Qué otra cosa podría hacer en pro de compensar el daño, que no fuera solicitar el perdón y prometer no volverlo a realizar? No puede esperar el o la ofendida que en vez de pedir perdón,  se suicide, corte un miembro o realice cualquier otra acción descabellada, que realmente,  no repararía el daño causado ni haría bien a nadie, sino que por el contrario, podría producir un sentimiento de culpa al ofendido.

En cada caso que toco este tema me siento obligado a recordar a Jesús de Nazaret, quien durante toda su prédica conocida habló de la importantica del perdón, cual aconsejó a sus discípulos debería realizarse tanto como “…setenta veces siete.”, sino que para probarlo, lleno de ese amor que también siempre predicó, en el momento más duro física y espiritualmente de su vida, luego de haber sido expuesto al escarnio público, negado por sus amigos, apabullado, burlado, torturado y finalmente crucificado como un delincuente, sus últimas palabras lo fueron precisamente de perdón cuando imploró a su Padre Celestial: “Padre, perdónalos porque ellos no saben lo que hacen…” y con este último acto de amor, como escribiera un poeta “…conquistó la humanidad entera.”

Finalmente, conteste de mis grandes imperfecciones, pero con mi deseo de llevar un poco de paz al alma de mis hermanos humanos, sugiero el perdón más como remedio para el alma del ofendido, que como beneficio para el perdonado, porque ese acto maravilloso de perdonar con olvido, es lo que nos hace sentirnos sin rencor, tranquilos de espíritu, reconstruir la relación violentada, y sobre todo, sobre la base de ese ejemplo extraordinario de Jesús, sentirnos merecedores de ser llamados hijos de Dios.

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arbol angeles y floresLa navidad no es solamente la época más bella del año, sino que es también evocadora, porque siempre está llena de recuerdos gratos. No se trata de únicamente la celebración cristiana del nacimiento de Jesús, sino que nos contagia de alegría, de deseos de festejar, compartir, vivir momentos diferentes que tienen su naturaleza exclusiva… en este tiempo. Esta muy especial época del año, independiente de la edad, nos permite evocar nuestra niñez, juventud y madurez; pero de forma extraordinaria vuelve a despertar ese niño, que hiberna por once meses en el alma de todo cristiano y sólo permitimos revivir esos no más de treinta días, para luego esconderlo nuevamente; quizás para, inconscientemente, protegerlo de un mundo que, en mucho, a veces pareciera que olvidara su niñez. Es que cuando somos o actuamos como niños, todo en la vida nos sonríe.

La navidad tiene mucho de magia; no es el olor a pino verde, los animales y angelitos alrededor del niño recién nacido o, en nuestra Venezuela, el olor típico de nuestra hallaca, ni ese aroma especial del pan de jamón, dulce de lechosa o arroz con leche, que emergen de la cocina humosa de la casa de barrio, del horno decorado del apartamento de clase media o la lujosa “cuccina” de la residencia de la gente adinerada. No, no es nada de eso; se trata de esa magia que invade nuestras calles, centros comerciales y viviendas, que sólo en esta época del año nos hace iguales a todos en la alegría, sobre el trasfondo de las campanas y el ronco JA… JA… de San Nicolás, que con sus blancas barbas nos recuerda, que no hay limitante de edad para ser felices, porque la navidad es un sentimiento, que como el niño, hiberna en lo más profundo de nuestra alma, pero presto a despertar cuando suenan las campanas del amor, que nos inspira el niño Jesús que acompaña a ese otro niño propio que vive con nosotros… por siempre. Por eso, por todas esas razones, debemos celebrar la navidad, no obstante que la situación del País no fuere la mejor, la navidad hace el milagro de convertir la tristeza en alegría, para reunir al son de sus campanas nuestro más grande tesoro, ese que Jesús nos dejó cuando sentenció: si dos o más se reúnen en mi nombre, allí estaré yo presente: LA FAMILIA EN SANA PAZ, FELIZ Y UNIDA.

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UNA ORACION POR VENEZUELA

Bendito seas Hacedor del Universo, energía suprema, omnipotente, omnipresente y eterna, que hiciste este pedazo del inmenso mundo para que tus hijos venezolanos lo habitáramos con felicidad; hoy, en esta situación desconcertante y triste en que nos encontramos, desde lo más profundo de mi ser, te pido que nos ayudes a encontrar el camino seguro, cierto y permanente para hacer de nuestro país, ese sitio bueno para la vida que todos, sin excepción de ningún género, estoy convencido que deseamos.

Te pido padre, que nos des suficiente valentía para reconocer nuestras personales y grupales imperfecciones; porque somos tus hijos tratando de ser mejores, pero sin poder descargarnos definitivamente de tanto rencor, resentimiento, incomprensión, rabia, frustración, impotencia y hasta… odio entre nosotros mismos; quizá, porque debido a nuestra impulsiva naturaleza nos hemos olvidado de que, por encima de todo, somos hermanos, y unos y otros … venezolanos.

Sé que en este mismo momento, muchos venezolanos, de diferente condición, educación, situación económica e ideología, como yo, están elevándote una oración por nuestra tranquilidad, sosiego, paz y felicidad. Por eso, yo también te pido que nos ayudes a reconocernos, reencontrarnos y repensarnos como lo que somos: hormigas de la misma cueva, sin cuya colaboración mutua no podremos sobrepasar, con buen pie, todos los retos que nos deparan los tiempos actuales y venideros.

Te pido que nos ayudes a hacernos una reingeniería mental, que nos permitas abrir nuestras almas para entender que es con amor, solidaridad, sensibilidad, generosidad, respeto, confianza y caridad, como lograremos arreglar las diferencias que ahora nos están desuniendo. Danos por favor, lucidez para tomar la acertada decisión de sentarnos a conversar sinceramente, con sentido de patriotismo, de humildad, de reconocimiento a los derechos y valores de cada uno; con sentido de pertenencia a este país, que es nuestro más valioso y único patrimonio, que nos diste con las mayores riquezas y su más importante recurso: los venezolanos.

Porque por más de seis décadas, como tu humilde devoto, siempre me has oído y concedido favores, te pido que nuevamente escuches mi ruego y el de miles de hermanos que hoy hacen el mismo pedimento. Fue eso lo que nos enseñó Jesús, cuando sentenció: “…cuanto dos o más oren en mi nombre, lo que pidan os será dado”. Gracias Padre, porque sé que tú, a los miles que en el mundo oramos por Venezuela, nos has oído y nos darás tu bendición…Amen.

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SANTO PAPA

OBSEQUIO DEL AUTOR POR 1.000.000 DE ENTRADAS: LIBRO “UNA VIDA FELIZ”, HAGA CLICK AQUI: Una Vida Feliz

Casi siempre, los grandes y sangrientos enfrentamientos regionales de ayer y hoy, siempre han tenido un substrato religioso, siendo el fanatismo-dogmatismo exacerbado el combustible principal de tales tragedias. Más allá de la magnitud y el tiempo que se mantengan las persecuciones religiosas,  las religiones vuelven a surgir, y en algunos casos con mayor fuerza, ímpetu y fervor.

Nada pudieron hacer los Romanos en la antigüedad  durante cientos de años de persecución para acabar con los Cristianos, ni recientemente los Rusos durante setenta años a los Ortodoxos. Tampoco las facciones Shiitas y Sunitas del Islam en el Medio Oriente, ni entre Musulmanes e Indúes para sobreponerse los unos a los otros. El resultado siempre es el mismo: pasadas las persecuciones, las Iglesias renacen y sus fieles vuelven a encontrar en ellas, esa tranquilidad y paz que es fundamental para el espíritu.

Es que las religiones, sin excepción, basan su filosofía y su enseñanza en Dios como un poder infinito, omnipotente, omnipresente, e inestimablemente bondadoso, que nos protege  e impone su justicia sobre los hombres, independiente de su raza, credo o posición social. Además fundamenta la justificación de la espiritualidad,  y la esperanza de que haya algo más allá de esta vida, que se estima deberá ser preferible a todo lo que conocemos.

Claro está que no me refiero a sectas, ritos o supersticiones,  que lo único que logran es atemorizar a las personas y hacerlas dependientes de unas creencias absurdas, que sólo son producto de unos cuantos vivos que han encontrado en la inconformidad de algunas personas con su propia vida, una buena fuente de ingresos, mientras que, por siempre los atemorizan por cualquier evento, por fortuito que fuere.

Las religiones son controles sociales, pero indispensables en la sociedad para una mejor convivencia,  especialmente cuando su población aumenta en los niveles actuales y algunos valores sobre los cuales establecimos nuestras comunidades,  tienden a desmejorarse o perderse; porque ellas están allí para recordarlos y afianzarlos. Por eso debemos respetarlas, y en lo posible, colaborar con ellas en ese camino de hacer reflexionar sobre la trascendencia de nuestros actos, sólo en el más allá sino en esta vida.

Soy respetuoso de todas las Religiones, independientemente de su credo. Personalmente, sigo el mensaje de Cristo, el cual cumplo de manera libre y a mi entender: amar y perdonar a mis semejantes, aun a quienes pudieren perjudicarme.  Esto me da felicidad y tranquilidad de espíritu.

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 “Soy una partícula de Dios; eso me da fuerza, sabiduría, compasión y poder.”

Un amigo me comentó con gran entusiasmo su decisión de dejar su trabajo de alto ejecutivo de una Corporación industrial, para desarrollar un nuevo proyecto, iniciándolo prácticamente desde cero.

 Creo en los proyectos como índice de amor por la vida; tanto que pienso que cuando no se tiene ninguno, o somos infelices, o nos estamos despidiendo de este mundo. Sin embargo, por mi experiencia de muchos años como empresario, conozco que cualquier proyecto requiere de un gran esfuerzo para reunir y dinamizar los varios factores que en el influyen, así como un mínimo de años para dar fruto; por lo cual le escuché con profundo respeto, un poco de extrañeza -que no sorpresa- pero con una gran satisfacción y admiración.

 Tengo muchísimo respeto por los emprendedores, porque no se contentan con lo de todos los días; asumen riesgos y cumplen una función social importante al dinamizar la economía, generando empleo y riqueza, que luego es aplicada y revertida a la comunidad mediante la justicia redistributiva que representan los impuestos, precisamente en los sectores socialmente más vulnerables.

 La atipicidad que generó mi admiración no se debió a que alguien dejare un trabajo seguro y remunerativo para iniciar  un nuevo proyecto, porque eso me parece de lo más normal. Era que se trataba  de un hombre de más de setenta años, en un país y época, donde y cuando, en los negocios, un ejecutivo de más de cuarenta años, ya se considera viejo para iniciarse en responsabilidades de envergadura.

 Sin embargo, esta conversación con una persona tan seria y calificada, que por cierto es bien cristiana, refrescó mi alma y solidificó mis convicciones. Me pareció ejemplar que luego de haber luchado duramente  en la vida, por  más de cincuenta años, desarrollado una carrera exitosa y una sólida familia, este guerrero de larga data, en vez de estar pensando en preparar sus cuarteles de invierno,  tuviese los arrestos de emprender un nuevo proyecto.

 Lo sentí como ejemplo de un cristiano que ama la vida y no  tiene temor; sabe que Dios siempre está pendiente de nosotros y que cuando tenemos voluntad, optimismo, confianza y una idea que desarrollar, a la cual ponemos dedicación, trabajo, entusiasmo, diligencia y fe, como alguien escribiera, el universo conspira para que se realice.

 Con esta anécdota, quiero ratificar a mis lectores que no es importante la cantidad de años vividos, sino como nos sentimos con ellos. Que fuimos dotados por Dios de razón e inteligencia especiales que nos hacen buenos en cada edad para muchas cosas, no para una sola.

 Que no es la fuerza física o la juventud lo que define el éxito de un  individuo, sino la seguridad en sí mismo, la fe  y  confianza de que somos un todo,  con todos y  con Dios. Que como consecuencia, heredamos una parte de su poder y su sabiduría, pero también la responsabilidad de utilizarlos  de la manera más eficiente, no sólo en función de nuestra propia felicidad, sino también en  la de nuestros semejantes. 

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