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Archive for the ‘ACTITUD POSITIVA’ Category

La sensación de TEMOR,  al cual todos los seres humanos estamos expuestos, deriva del latín timortimōris, que significa miedo o espanto; .pero en nuestro idioma, el español, dentro de otras definiciones se le asigna la de “… el sentimiento de inquietud o angustia que impulsa a huir o evitar aquello que se considera dañoso, arriesgado o peligroso…”, por lo cual es absolutamente indeseable, porque además de esa angustia que nos produce, pudiera llevarnos a cometer los más grandes errores. En principio, pienso que tal indeseable sentimiento puede afectar a cualquier ser pensante, sin discriminación alguna; pero que en el caso de las personas que creemos en Dios y que hacemos nuestra vida sobre la base de los valores y principios que siguen las enseñanzas de Jesús de Nazaret, especialmente el “Amar a nuestro prójimo como a  nosotros mismos”, lo cual involucra el no hacer daño conscientemente a nadie, tenemos un escudo protector para vencerlo, que es precisamente esa creencia de que, si Dios está con nosotros y es el más poderoso, omnipresente y omnipotente, pues…  ¿Quién o qué podría afectarnos?.

En ese mismo sentido, como quiera que nuestro principal y original sentimiento de defensa es el proteger nuestra vida, y nosotros estamos conscientes que ni una hoja se mueve sin la voluntad de Dios, cualquier acontecimiento, bueno o malo que nos afecte, simplemente nuestro Padre Celestial lo conoce,  y como quiera que El nos ama, de ninguna manera permitirá en nuestra contra algo que fuere inconveniente para nuestra vida física, intelectual o espiritual. Por cierto, lo cual es bien diferente a pensar que todo lo que nos suceda tiene que ser, de acuerdo a nuestros parámetros, absolutamente positivo. Esto, porque en nuestra vida existen elementos y eventos totalmente aleatorios, cuales pudieren parecernos temporal o permanentemente negativos, pero que, con el tiempo y las consecuencias de dichas circunstancias,  pudieran resultar positivas en sí mismas, o por lo menos evitarnos males mayores. Como consecuencia de estas apreciaciones, al menos yo, me acostumbré, en tales casos, a no preguntarme… ¿Por qué? Ya que a mi manera de ver la vida y las cosas, la respuesta a esa pregunta que pareciera elemental, en la mayoría de los casos trascendentes para nuestra existencia o las de nuestro entorno más íntimo,  correspondería a Dios, quien todo lo conoce,  sabe por qué, cómo y cuando sucede o sucederá.

Es por lo cual, cuando personalmente o a alguien de mis seres queridos les ha acontecido algo que,  a simple vista pareciera negativo, tengo mucho cuidado de preguntarme ¿Por qué?, ya que, como antes lo anoto, siento que esa es una pregunta que solo puede responderla Dios; a  quien por cierto no tengo medios para preguntarle y esperar una respuesta, al menos con mi raciocinio humano. Como consecuencia de esta aseveración, en tales casos, me he acostumbrado a preguntarme para qué, porque esta pregunta tiene una respuesta que yo mismo me puedo regalar, y como la hago por mi propia voluntad dentro de mi libre albedrío heredado de Dios, simplemente preparo mi respuesta conforme a mi mejor conveniencia lógica, o simplemente, con base a mi concepción del amor y la voluntad de Dios para sus hijos; esto es, como me fuere más aplicable al caso en concreto. No obstante, existen situaciones en las cuales se hace conveniente la pregunta ¿Por qué?, ya que al compararla con hechos similares a los que nos acontezcan, no requerimos que Dios nos responda, porque se evidencia la respuesta en nuestro beneficio.

En una oportunidad hace bastantes años, una vecina amiga muy querida por mí, lloraba amargamente por la muerte accidental de su hijo de 19 años, a quien por cierto yo conocía desde que era un bebé, y ella me preguntó:  ¿Por qué Dios me quitó mi  hijo tan joven? Yo le dije,  absolutamente consciente de que era muy real lo que le decía, que esa pregunta no podía hacerla de esa manera, porque la respuesta sólo correspondía a Dios. Le sugerí que utilizara una pregunta que le ayudara a sentirse privilegiada en vez de infeliz, porque cualquier respuesta que ella diera, le resultaría positiva y consoladora, en vez de dolorosa.  La pregunta que le sugerí fue: ¿Por qué Dios me dio 19 largos años para que disfrutara a mi hijo fallecido, cuando conozco tantas madres cuyos hijos murieron antes de nacer, bebés, de dos o menos años de edad y sus madres no pudieron disfrutarlo tantos años como el mío?… ¿Qué hice yo de especial para ser una madre tan afortunada? Creo que ella me entendió muy bien y meditó sobre mi comentario, porque la noté más calmada y antes de irme le  sugerí lo que siempre hago en estos casos:  Ahora que usted está consciente que fue una madre privilegiada dentro de millones de madres sobre esta tierra de Dios, compleméntese preguntando: ¿Para qué Dios permitiría esta situación? Y no tengo duda que El la iluminará para que sea usted  misma y no El, quien se  regale una respuesta que convenga a su delicada y dolorosa situación que le ayude a traer alivio y paz a su corazón.

Todo lo que aquí escribo no corresponde a ninguna teoría o plática positiva, sino que ha sido fundamental en mis más de casi ocho décadas de vida, felizmente casado por casi cincuenta años, con hijos, nietos y bisnietos;  e independiente de que vi morir mis padres, mi única hermanita y tres de mis hermanos menores y dos mayores que yo, así como muchos y muy queridos amigos de diferentes edades y género, de mi entorno más cercano. Derivado de todas estas experiencias vividas en mi larga vida, estoy convencido de que, si creemos y tenemos fe en Dios, si seguimos sus mandamientos y amamos a nuestros congéneres y hacemos todo lo que podemos por serles útiles, no tenemos por qué temer, porque Dios está aquí, no en ningún otro sitio, sino a nuestro lado, a toda hora,  siempre pendiente de protegernos,  por lo cual jamás ni de ninguna manera podemos tener temor, ya que, cualquier evento que nos acontezca –independiente de su naturaleza-  está en la esfera de lo que nuestro Padre Celestial considera positivo para nuestra vida física, intelectual y espiritual.

Si tienes alguna duda o requieres aclaración sobre el tema aquí tratado, el correo del autor está disponible: amauricastillo@gmail.com

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LA ALIMENTACION, LAS MEDICINAS Y LA SALUD

Releyendo  algunas de las disertaciones de Steve Jobs, me encontré una, al contenido del cual me referiré de seguidas: El decía algo como esto: “… haz de tu comida la medicina o tendrás que hacer de la medicina tu comida…”. Ciertamente,aunque nunca fui fan de Steve Jobs, simplemente porque creo que es el ejemplo de una relativa corta vida y porque aun sin conocer todos los detalles de su vida, creo que  pudo vivir bastantes más años de los que vivió, lo cual hubiera sido lógico, ya que disponía de todo lo que requería para ello.

 Ahora bien, respecto del contenido del pensamiento citado, pienso que tenía absoluta razón, ya que conozco personas que cuidan muy bien de lo que comen, en cuanto a calidad y cantidad de los alimentos,  con extraordinarios y positivos resultados. Así, por ejemplo, si usted cuida de comer muchas frutas, otros vegetales como la calabaza, zuccini, pepino,  granos y tubérculos variados, acompañados de ensaladas, evitando en lo posible ingesta continua de carnes rojas, pero abundando en el pescado, pavo, pollo y cerdo magros, seguramente su salud estará muy bien y por tanto, salvo contaminación con algún virus, microbio o bacterias, difícilmente requerirá tomar constantemente medicinas; precisamente porque como lo dijera Steve Jobs, usted ha hecho de la comida su medicina.

Por el contrario, las personas que ingieren abundantes cantidades de alimentos ricos en grasas saturadas, como enlatados, carnes rojas y la denominada “comida chatarra”, así como azúcar y bebidas azucaradas, incluidos los muy peligrosos “refrescos” y los jugos que se toman en la calle, sin conocer con certeza la calidad del agua con que los elaboran, corren el riesgo de consumir en ellos los muy dañinos conservantes, sabores y coloración artificiales, cuales afectan gravemente la digestión,  así como que tienen otros efectos secundarios negativos sobre gran parte del organismo. Este tipo de personas, independiente de su edad, suelen tender a la obesidad y a contraer, entre otras,  la enfermedad conocida como “diabetes II”, cuales pueden hacerles la vida una verdadera tragedia, porque no sólo física sino espiritualmente les hacen grave daño, ya que afectan además de su salud física su salud mental,  como su estado de ánimo y autoestima. Como consecuencia de tan negativa forma de vida, estos individuos indudablemente son los primeros clientes de los laboratorios, como consumidores permanentes de fármacos, que es lo mismo que decir, como lo sentenciaba Steve Jobs,“hacer de las medicinas su comida…”

Creo importante comentar que venturosamente, en los últimos años se ha difundido la tendencia a la alimentación, sino naturista por lo menos hasta cierto punto semi-vegana, vale decir consumir muchos  productos alimenticios vegetales en vez de hacerlo con carnes rojas y/o aquellas muy grasosas, pero si consumiendo productos proteicos como los huevos, cuales las últimas investigaciones han determinado que de ninguna manera per se hacen daño al organismo, independiente de que comas uno o más. En este mismo sentido, también es de nuevo cuño la tendencia a utilizar algunos productos de muy bajo costo, que se mantuvieron de muy bajo perfil, gracias a la poca divulgación y publicidad de sus grandes beneficios al cuerpo humano, como lo son el bicarbonato de sodio y el cloruro de magnesio; quizás por la gran influencia de los laboratorios en los medios de comunicación social de todo género, con la enorme propaganda a productos con nombres ostentosos y creadores de propensión a su consumo, que realmente derivan su origen  de estos dos extraordinarios ya citados productos medicamentosos: el cloruro de magnesio y el bicarbonato de sodio, por lo cual perjudicaba a su mercado cautivo, el conocimiento de su uso directo disueltos en agua o de cualquier otra manera. 

En el mismo orden de todo lo antes expuesto, creo que procede referir que hoy abunda la literatura por Internet sobre la importancia de la medicina natural, traducida en la utilización de plantas y sus cortezas,  que durante muchos años se usaron como plantas de jardín o decorativas, pero que no se consideraban medicinales;  pero que hoy se aplican a estos fines, como son por ejemplo y entre otras,  las hojas y corteza de sauce para la inflamación prostática y como sustitutiva de la aspirina;  las hojas y/o flores de amaranto, también llamado bledo y la sábila o aloe vera para diferentes usos medicinales, especialmente para mitigar las quemaduras o cualquier daño en la piel, así como de uso en productos  de estética corpórea femenina.

Finalmente, yo interpreto como muy acertado el mencionado argumento de  Steve Jobs, porque ciertamente, si no se tiene una alimentación sana, balanceada y con raciones de volumen estrictamente necesario para mantener la buena salud, nuestro cuerpo se afectará y enfermaremos de tal manera, que tendremos que consumir continuamente y a veces a diario, variados fármacos que, como lo dijera el mencionado Steve Jobs, prácticamente la persona afectada “..hará de la medicina su comida…” con los indudables resultados, en todos los casos, fatales  para su salud.

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QUE PUEDE HACER INFELIZ A UN PADRE

Recordando a mi viejo pero admirado amigo académico, don  Luís  Yépez  Trujillo –seguramente hoy ya muerto- cuando me contaba que, a principios del siglo XX fue nombrado embajador de Venezuela en uno de los Países Bajos en Europa, pero cuando sus hijos empezaron a crecer y tener sus nuevas relaciones empezó él a ser menos importante para ellos, y fue entonces cuando escribió un Poema en el cual exponía la tristeza que le producía el que por sus nuevas relaciones, sus hijos que en Venezuela le amaban y admiraban profundamente, a medida que tenían nuevas relaciones sentía que ya no era tomado en cuenta como antes, por lo que en algunas de sus estrofas escribió: “Por todo lo que tú serás, por todo lo que conocerás, por todo lo que tendrás  estoy,,, profundamente triste”. Confieso que en aquel tiempo, hace más de cincuenta años, no pude entender  bien su dejo de tristeza al hablar, aunque le escuché con todo respeto su narración, que en verdad, más que una narración era un lamento escondido por mucho tiempo en su corazón, quizás, por falta de un interlocutor que le generara confianza,

En aquella oportunidad, aunque por mi naturaleza romántica y mi ambición de algún día llegar a ser un escritor, me afectó un poco;  en primer lugar, no era posible que pudiera procesar el fondo de aquellas dolorosas palabras porque aún no era padre, ni tenía idea de lo que sería serlo. En segundo lugar,  porque había vivido tan poco y siempre como soltero, que ciertamente, no concebía una familia propia con esposa e hijos. Hoy, a cincuenta y cinco años de esos días, dos veces casado y con cinco hijos, puedo al menos intuir, lo que aquel viejo valuarte de las letras venezolanas, sin ninguna mala intención quiso transmitir. Hoy, que siento la vida, en su integralidad, y sé que no es como nosotros quisiéramos que fuera, sino simplemente, como es, entiendo que ciertamente, una de las labores más difíciles de los padres,  es prepararse para procesar el hecho cierto, de que los hijos crecen y a medida que lo hacen adquieren nuevos intereses, que de alguna manera pudieren variar la actitud que  nosotros esperamos en una época determinada.  

No es fácil adaptarse al paso del tiempo; la influencia de nuevos intereses, el cambio de valores, que normalmente corresponden al ambiente donde se desarrollan, definitivamente harán lo suyo. De alguna manera, los padres como los árboles, echamos ramas, hojas y algunos flores o frutos, pero como las ramas se secan, e igual que las hojas el viento se las lleva y  nunca regresan;  escondido en los más profundo de nuestra alma, todos los padres tenemos oculta la esperanza de ser bambúes,  que resisten al viento, se bambolean, pero aunque luchan para  no romperse y permanecer con su tronco, al final  las alcanza el destino y desaparecen, pero antes de morir, dejan retoños que iniciarán el ciclo vital que nunca terminará; nacer, crecer, reproducirse y morir. Cuando los hijos son niños, los padres, conscientemente y como un mecanismo de defensa vivencial,  nos convencemos que no cambiarán… más de la cuenta, para al final tener que aceptar que una cosa es lo que uno desea y otra cosa es lo que sucede en una realidad de la vida, que nunca cambia, quizás porque somos “…los mismos hombres sobre la misma tierra.”

Creo  que al amor de algunos padres para con sus  hijos, especialmente con una diferencia tan grande de años,  podrían determinarse como enfermizos, por lo cual somos los padres  y no los hijos, los  únicos culpables de esta situación vivencial, para ellos normal pero para los progenitores, hasta cierto punto…  anómala. Es la terrible paradoja de nuestra  vida,  que uno de nuestros grandes males como seres racionales, es precisamente, el ser inteligentes. Ningún otro animal carente de inteligencia sobre este planeta tiene o sufre de este tipo de dolores o frustraciones; procrean sus hijos, los protegen y ayudan máximo hasta los dos años y después… cada quien por su lado y que la naturaleza se haga cargo. Estos animales irracionales ni los padres esperan nada de sus hijos ni los hijos esperan nada de sus padres; pudiera ser que normalmente, nunca más vuelvan a verse y es posible que no sientan ningún sentimiento mutuo,  y si con el correr de los años volvieran a verse, ni siquiera se reconocerían.

Por eso, por todo eso, los humanos tenemos la carga de ser felices, aun en las peores circunstancias;  porque a diferencia de los animales irracionales, que pueden ser felices comiendo, bebiendo o durmiendo, que son factores elementalmente físicos. nosotros requerimos de algo más que de la supervivencia física para lograrlo, y desventuradamente, nadie ni de ninguna manera diferente a nosotros puede ayudarnos, porque nuestra felicidad tiene poco que ver con la cosa física, sino que es algo que sentimos dentro de nosotros mismos, aunque no podríamos negar que algunas cosas físicas pudieran complementarla, pero sólo eso… complementarla. Es que nuestros sentimientos son intangibles, viven con  nosotros y dentro de  nosotros y por tanto, únicamente nosotros podemos determinarlos. Pero como todo en la vida tiene su pro y su contra, igualmente que como depende de nosotros ser felices, asimismo depende de nosotros ser infelices, y en tal caso, también cualquier acto en contra nuestra para hacernos infelices, escasamente podría complementar una parte de nuestra infelicidad.

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Normalmente, el ser humano que tiene poder, riqueza o fama, difícilmente puede disfrutar integralmente de las muchas bendiciones que nos da la vida, que en su mayoría son sencillas. Es que estos factores tan apetecidos no son fáciles de administar sin una dedicación especial, que normalmente deberá tomarse del tiempo que correspondería compartir con las personas de nuestro entorno íntimo que más amamos. En mi largo camino por esta vida, he podido compartir con personas que disponían de estos supuestos atributos; de ellos aprendí que paradójicamente disfrutaban más de la vida, aquellas personas humildes que los servían o asistían. Ciertamente, cuidar el poder, la riqueza o la fama, requiere dedicación exclusiva y atención permanente, y sin que ellos fuere condenable, sin duda que sacrifica el tiempo que se debería dedicar  a la familia y los amigos más íntimos, lo cual crea vacíos vivenciales difíciles de llenar,   que al acumularse,  producen estrés, tristeza y a veces estados depresivos, que por mucho que se disimulen, afectarán la salud física, espiritual o mental de los involucrados.

En una oportunidad me reuní con un importante hombre de gobierno, quien me confesó lo ingrato que era para él, ocupar buena parte de su tiempo que requería para mirar crecer a sus hijos y atender a su esposa, en ocuparse de asuntos oficiales que por ser su obligación personal, a los cuales debía poner su mayor atención,  no podía delegarlos a nadie más. En esa oportunidad me dijo con un dejo de tristeza, que aún con todo el poder que ostentaba, no era feliz a lo cual le respondí que no lo entendía bien, ya que por su posición a él debería sobrarle todo, a lo cual me respondió textualmente: “¿Sabes amigo? Es increíble que algunos fines de semana, mientras mi chofer o la chica que ayuda a mi esposa con los niños en la semana, aún con sus menguados ingresos están disfrutando sin  ninguna preocupación  en la playa con sus respectivas familias,  mientras yo que tengo ingresos muy superiores a los de ellos y una posición sólida en la sociedad, no obstante ser un fin de semana, tengo que estar atendiendo algún asunto por cuenta del Presidente o Vicepresidente de la República, que requieren mi atención personal. En verdad esto me afecta tanto, porque no sé como esta situación podrá afectar la salud  mental en esta etapa de crecimiento de mis hijos y  hasta cuando mi esposa podrá soportar una soledad y falta de atención que no merece.”

De la misma manera, un buen amigo que poseía una sólida fortuna económica,  con el cual en mi época de empresario mantuvimos relaciones comerciales pero también amistosas, un día cualquiera que departíamos en el lobby de un hotel en Caracas, me hizo una confesión, que aunque dolorosa fue muy didáctica en mi carrera de empresario; en aquella oportunidad él se quejaba de que atender la dirección de varias Empresas que le producían mucho dinero y estaban bajo su responsabilidad, no le dejaban espacio para el esparcimiento normal de una persona, pero además lo más grave era que su hogar estaba muy decaído, toda vez que su cónyuge –a quien amaba profundamente- no podía procesar que para él fuera más importante dedicar el tiempo a velar por sus negocios y acumular dinero, que  atender una familia que lo amaba y necesitaba permanentemente y que, según las palabras de ella, nadie podía vaticinar hasta cuando duraría, mientras su Secretaria seguramente estaba paseando o compartiendo con su familia sin ninguna preocupación. En esa ocasión no emití ningún criterio fundamental, sino que me limité a observarle que era necesario que midiera los riesgos y actuara en consecuencia.

Esas cuitas de mi amigo me afectaron significativamente, porque yo también era el Presidente de algunas Empresas en el territorio  nacional, y aunque mi esposa  por su profesión hacía equipo conmigo en la administración de las  mismas, en oportunidades nosotros estábamos empezando a sentir esas mismas preocupaciones, ya que nuestros hijos, aunque muy bien atendidos por las empleadas domésticas que tenían muchos años con nosotros y eran de toda  nuestra confianza, estaban creciendo mientras yo debía viajar constantemente, lo cual me limitaba de compartir con ellos integralmente. Pues bien, esa conversación nos produjo una profunda reflexión que nos comprometió a poco a poco ir reduciendo nuestra actividad empresarial para estar más tiempo con nuestros hijos, al punto de que como apenas tenía cuarenta años de edad, con la idea de cambiar de vida, ingresé a la  Universidad a estudiar Derecho, me gradué de abogado y di un giro de ciento ochenta grados a mi vida, de lo cual hoy estoy convencido que fue una decisión trascendental para nuestra felicidad y la de nuestros hijos.

He querido hacer la referencia a mis lectores de esta triste paradoja, porque ciertamente y en la mayoría de los casos, mientras los poderosos y poseedores de grandes riquezas, descuidan una parte muy importante de su vida, dedicándose a luchar por mantener y/o aumentar  su  poder o patrimonio, sus empleados con sus limitados recursos, disfrutan intensamente de sus fines de semana, vacaciones y días feriados en la playa o la montaña, sin otra preocupación que la de compartir en armonía familiar, acumulando la mayor felicidad posible, convencidos de que para ello sólo requieren de los recursos que les genera su actividad normal, común y corriente. No significa esto que sea en todos los casos y axiomático, por lo cual vale la pena para los ricos y poderosos, meditar sobre el tema para no caer en esa especie de trampa que significa descuidar lo que no se puede lograr con poder o dinero, por adquirir cualidades y beneficios que no son indispensables para  la unión, el amor y la felicidad familiar.

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No obstante los diferentes tipos y estilos de música o los instrumentos con que se interprete, luego de  muchos años de insistir la Psicología Positiva, la medicina ha aceptado que la música y el amor del entorno, no sólo aceleran la sanación de las enfermedades, sino que debidamente aplicada como terapia, al menos la música ya no se tiene duda que es fundamental en procesos de curación de enfermedades e inclusive, se está utilizando en los procesos o durante algunas cirugías. En cuanto al amor que reciba un paciente, ya existe el convencimiento, tanto por los profesionales de la salud como por los particulares, de que acelera y complementa la curación de las enfermedades. Es que tanto la música como el amor son manifestaciones espirituales del ser humano, que producen un estado de alegría y placidez.

La música, específicamente,  representa un estado elevación espiritual, que cuando la disfrutamos inunda cada una de nuestras células. Así, por ejemplo, cuando nos levantamos y escuchamos la música que nos gusta, sentimos una sensación de serenidad, quietud y paz que inunda todo nuestro ser interno,  y eso sin duda contribuirá a mejorar nuestro estado de ánimo, que es definitivamente lo que dará color a ese día que comenzamos. Esta certeza de que la música tiene una gran incidencia en nuestro ánimo, es  lo que ha permitido que hoy tengamos a nuestro alcance por medios electrónicos y completamente gratis, diferentes tipos de música, ciertamente aplicable a cualquier situación, siendo entonces que vemos como se anuncia música para relajarse, para orar, para meditar y para alegrar el momento.

En cuanto al amor, si como se ha hecho una verdad el apotegma que nos enseña que Dios es amor, y estamos conscientes que la vida de quienes caminan sin Dios, no puede tener la plenitud de quienes lo llevamos con nosotros, entonces todo lo que se diga de las bondades adicionales del amor, siempre será menor pero no menos importante. Por el amor venimos al mundo; por el amor somos mejores y sin amor la vida sería cualquier cosa, menos una existencia plácida y edificante. Quienes estamos convencidos que nuestro paso por la vida es temporal y que no es más que una etapa necesaria para nuestro crecimiento espiritual, sabemos que es el amor lo que nos permite entender y encontrarle una razón positiva a todas las situaciones que se  nos presenten. Es por virtud del sentimiento del amor que somos sensibles y solidarios, frente a nuestros hermanos humanos.

Es el amor lo que nos permite ponernos por encima de las diarias situaciones difíciles que pudieran afectar nuestra felicidad; no sería entendible como alguien podría vivir intensamente en una sociedad organizada, sin sentir amor por sus semejantes, tanto de su entorno íntimo como externo;  como podría disfrutar la sonrisa de un niño, la mirada plácida de un anciano; el bello trino de los pájaros; la plenitud de una mañana de primavera; el hermosísimo brillo de las estrellas en una noche de verano o la sensación especial  cuando un bebé toma nuestra mano, o la persona que amamos nos dicen: te amo. Asimismo, si como todos coincidimos, la base de la sociedad es la familia, no es imaginable disfrutar de los padres, los  hermanos, los descendientes, el cónyuge o cualquier otro familiar, si no se fundamentan dichos sentimientos en el amor.

En el mismo sentido de lo antes expuesto, podríamos preguntarnos: ¿Existiría el perdón, la coexistencia pacífica o la solidaridad humana sin el amor? Sin ninguna duda que no. Es el amor esa fuente maravillosa de sentimientos profundamente humanos y cristianos, que nos permite cambiar nuestra forma de ser, para ser más pacientes, amables y considerados. Pienso que es el amor lo que enriquece la esperanza, la fe, la confianza y la positividad. De la misma manera, creo que es el amor lo que nos permite alcanzar la meta máxima de nuestra existencia como seres racionales: el principio de utilidad. Asimismo… ¿Podríamos aceptar y respetar  la individualidad de las personas que nos rodean sin el amor? Tampoco sería posible, porque cuando reconocemos y respetamos la individualidad de otro ser humano y sus resultados objetivos, de alguna manera sacrificamos un poco de la propia, lo cual sería imposible si no sintiésemos amor por esa persona o personas.

Finalmente, si damos rienda suelta a nuestro amor y lo aliñamos con la música, es muy difícil que no seamos capaces de superar situaciones difíciles o ayudar a otros a sobreponerse, porque esos dos recursos son milagrosos al incidir de forma definitiva en nuestros pensamientos, acciones y circunstancias personales.  Por todo lo aquí tratado, luego de unas cuantas décadas de vida feliz, no dudo en asegurar que el amor y la música, como la alimentación y la tranquilidad espiritual, son pilares sobre los cuales se debe fundamentar una existencia que aspire a ser… feliz.

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Releyendo a mi admirado poeta  Pablo Neruda, encontré unos versos muy cortos, sobre los cuales vale la pena reflexionar; este  nunca olvidado poeta escribió: “De la vida  no quiero mucho. Quiero apenas saber que intenté todo lo que quise, tuve todo lo que pude, amé lo que valía la pena y perdí apenas lo que  nunca fue mío.”, texto que sin necesidad de grandes análisis nos indica que nuestra vida es elemental, por lo cual no requiere de grandes esfuerzos o sacrificios, para lograr una existencia grata.

Independiente de la admiración que durante toda mi vida he profesado por la obra de Pablo Neruda, me identifico plenamente con el contenido  íntegro de este poema, porque como él, de la vida no he querido mucho más allá de lo necesario para ser feliz y hacer felices –o contribuir a ello-  a todas las personas que se crucen en mi vida. Como consecuencia, luego de unas cuantas décadas en las cuales he sido muy feliz, independiente de que he tenido momentos difíciles y enfermedades graves que superar, mi felicidad corresponde a mi diligencia en hacer todo lo que esté a mi alcance para alcanzar las metas, que de cualquier manera pueda contribuir a mi bienestar o el de mis semejantes; lo cual podría equivaler a lo que señala el poeta como “…intenté todo lo que quise”.

En este mismo orden de ideas, he logrado obtener todo lo que he  deseado por mis propios medios y de forma lícita, sin lamentarme nunca de lo que no pude obtener, quizás por mi creencia de que todo lo que sucede –negativo o positivo- siempre tiene una razón, lo cual podría equipararse a lo que el poeta señaló como  “…tuve todo lo que pude …”   Igualmente, yo amo lo que considero conveniente y necesario a mis fines, que como antes lo apunté, siempre estuvo orientado a mi felicidad y mi contribución al bienestar de la personas a mi alcance, lo cual de alguna manera, podría equiparase a las palabras de Neruda cuando dijo, “…amé lo que valía la pena…”

Respecto de la última parte de estos versos: “…y perdí apenas lo que  nunca fue mío.”, debo comentar que  no obstante los altibajos, tropiezos, caídas a las cuales siempre reaccioné  levantándome y comenzando de  nuevo, siento que no perdí ni dejé en el camino nada que fuera muy valioso para mí, sino que, como lo dijo Neruda, si alguna cosa perdí, realmente fue algo que “…nunca fue mío…”, por lo cual nunca me sentí afectado gravemente en mi fe y confianza en que todo en este mundo tiene alguna solución que es mejor o más positiva que el problema mismo.

Es que yo no tengo ninguna duda que nuestra vida es absolutamente elemental. En primer lugar, porque desde que podemos valernos por nosotros mismos, todo lo fundamental que requerimos para nuestra existencia física, siempre está a nuestro alcance, y personalmente estamos dotados de todos los elementos necesarios para acceder a ellos. En segundo lugar, como quiera que somos seres físico-espirituales, lo trascendental en nuestra vida para sentirnos con plenitud no es material, sino que corresponde a elementos intangibles como el amor, la solidaridad, la sensibilidad y la felicidad, cuales no es posible determinar desde el punto de vista físico, sino que corresponden a nuestra vida interior, lo que sentimos y creemos de nosotros mismos, sólo determinable en nuestro ser interno.

En una oportunidad, en un conversatorio donde me correspondió participar, alguien me manifestó su desacuerdo con mi criterio de que lo trascendental para la vida  no era físico, por lo que me vi obligado a efectuarle la siguiente pregunta: ¿Considera usted que es cierto que existe el amor, la verdad y la alegría y que son trascendentales para la vida?  A lo que el interpelado me contestó que sí consideraba que existían,  así como que eran trascendentales para los seres humanos. Entonces le pregunté nuevamente: ¿Podrías señalarme físicamente alguna de estas cosas para verlas o tocarlas?  Al responderme que no podía, simplemente aceptó frente a todos los asistentes, que yo estaba en lo cierto al asegurar que las cosas trascendentales para nuestra vida plena, realmente no eran físicas o materiales.

He vivido en países muy ricos como los Estados Unidos y en países muy pobres como Bolivia para los años Ochenta,  y en todos he conocido gente en estado de miseria, de pobreza, de clase media y otros muy ricos; lo cual no me ha dejado duda de que es nuestra forma de pensar y ver la vida y las cosas, lo que incide en nuestra mentalidad para lograr el nivel de vida que somos capaces de imaginar y producirnos  individualmente, de manera que esto nos prueba que no es tan difícil sobrevivir físicamente.  Pues bien, como lo trascendental para vivir una vida  buena, ya hemos demostrado que no es material o físico, sino que vive dentro de  nosotros y/o corresponde a nuestra intelectualidad, tenemos que aceptar, que como lo aseguraba el filósofo contemporáneo Ortega y Gasset, somos nosotros y nuestra circunstancia, lo que determina nuestro nivel de vida en general.

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EL PRESENTE Y EL DESTINO

Es una creencia casi generalizada que Dios determina nuestro destino desde antes de haber nacido y que eso es infalible;  no discuto tal  criterio, especialmente porque como soy un convencido de nuestra absoluta posibilidad de ser felices, para lo cual se requiere ser muy positivo, no puedo darme el lujo de preocuparme por algo que pudiera convertirse en una obsesión  negativa, como es para una gran mayoría de personas, el destino. Es que en mi personal concepto, lo que Dios sí que nos dispuso como una hoja de papel en blanco,  fue el camino que debemos recorrer durante toda nuestra vida -que por cierto es lo que  sí debe interesarnos-  por lo cual nos dejó en plena libertad de darle el sentido, color, sensación y sabor al paisaje, así como a cada  bache o recodo del camino; de tal manera que, en su inmensa sabiduría, creo que  para no aportarnos focos de preocupación innecesaria, nos dejó en libertad de diseñar nuestro propio “camino”, por lo cual nos regaló la posibilidad de hacer de ese viaje de nuestra vida, lo que más nos plazca, agrade o nos parezca conveniente. En tal sentido, para que pudiésemos estudiar, entender y encontrar la mejor forma de vivir esa extraordinaria experiencia de ese viaje, nos dotó de inteligencia y raciocinio, al tiempo que puso sobre el camino diferentes subidas, bajadas, obstáculos y/o accidentes, que nosotros con todos los recursos intelectuales y físicos de que fuimos dotados, pudiésemos perfectamente determinar la mejor forma de esquivarlos, superarlos, ignorarlos  o disfrutarlos, conforme nuestra propia forma de ver la vida y las cosas.

No es fácil emitir criterio sobre lo que piensan o sienten otras personas, por lo cual pareciera  lo más acertado, hablar de nuestras propias circunstancias y vivencias; a ese respecto y refiriéndome al camino de la vida que durante setenta y ocho años he transitado, debo comentar que desde que tengo verdadero uso de razón he estado perfectamente consciente de que no existe un destino predeterminado para mí, ese me lo hago yo;  inclusive ese elemento impredecible que a tantos preocupa y que denominan futuro, cual para mí –no obstante la insistencia de mi padre de que era muy importante- tampoco tuvo ni tiene tanta importancia, precisamente porque es imprevisible, impreciso e indeterminado, por lo cual no lo considero trascendente como parte de mi camino; quizás porque siempre he tenido plena conciencia de que, si fuere que llegare,  lo único que puedo aportarle para mi beneficio,  sería hacer bien lo que me corresponde… hoy.

¿Qué la manera de transitar nuestro camino  tenga que ver con nuestro posible destino? Pareciera lógico, por lo cual como  yo juego a ganador, no desperdicio ninguna posibilidad; es que estoy seguro que mi camino es hoy, por lo tanto es a este día  de hoy a quien debo toda mi atención, amor y cuidado. Estoy consciente de que conmigo transitan a mi lado, detrás y al frente, mis hermanos humanos y mis hermanos los animales;  a ambos me debo por mi principio fundamental de  utilidad y humanidad. De la misma forma,  a los recursos naturales que Dios dispuso sobre y en esta tierra para mi beneficio, estoy obligado a proteger, cuidar y defender a toda costa, so pena de desaparecer como especie sobre esta tierra, o por lo menos de negar su conocimiento, belleza, beneficio y disfrute, a las futuras generaciones. Como  observarán en  lo expresado en este párrafo, en nada puede ayudarme a mejor vivir mi camino, el pensar o preocuparme por un destino que, como el futuro, no es determinable de ninguna manera.

Tristemente he conocido personas que viven consternados por lo imprevisible de su posible destino o lo que pudiera sucederles mañana, que es como decir: en el futuro. Tanto me ha preocupado esta tendencia,  que he dedicado una buena parte de mi vida a escribir artículos de prensa y revistas, libros y el blog: www.unavidafeliz.com, que es visitado por más de 2.800.000 cibernautas en 119 países, así como conferencias y conversatorios, todos orientados a inducir a las personas a no dejarse afectar por el pasado, porque es un muerto; ni por el futuro porque no ha nacido; estimulándolos a dedicar todo lo mejor y más entusiasta  de la existencia, a ese diario transitar por el camino de la vida; cual no sólo tenemos la capacidad de hacer agradable y didáctico, sino inclusive, impregnarlo de magia y entusiasmo que contagie a nuestros congéneres negativos. Es durante el recorrido del camino que podemos amar, disfrutar de las flores, de la risa de los niños, del canto de los pájaros, del ruido de las quebradas, de las olas del mar; degustar los  manjares en que nuestros hermanos saben  convertir los recursos naturales que Dios puso sobre la tierra para nosotros, así como de mirar y escuchar a esas personas que amamos, cuya presencia, compañía y voz, dan sentido a nuestra vida.

Luego de todo lo expresado, en una reflexión sincera del qué y el por qué de nuestra vida… ¿No les parece una pérdida de tiempo dedicar nuestro intelecto a intuir un destino desconocido, cuando la realidad del hoy –que es el camino que en todo momento estamos recorriendo- tiene tantas cosas buenas y bellas que ofrecernos? Como todo en la vida, creer y preocuparse del destino es una opción exclusiva del libre albedrío de  cada ser humano, que yo respeto, pero que estoy obligado a declarar que no comparto; precisamente porque no le aporta nada a esa maravillosa bendición de vivir el hoy y no de sobrevivirlo, que definitivamente es la opción por mí libremente escogida y predicada  hoy y siempre.

Si tienes alguna duda o requieres aclaración sobre el tema aquí tratado, el correo del autor está disponible: amauricastillo@gmail.com

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