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Archive for the ‘COMUNIDADES Y VECINOS’ Category

ACTITUD EN TIEMPO DE CRISIS

 

ARAGUANEY: ARBOL NACIONAL DE VENEZUELA

Que en nuestra querida Venezuela  hoy existe una crisis prácticamente global -que es como decir económica, política y social en general- generadora de uno de los factores más perturbadores para cualquier sociedad organizada, como es la incertidumbre,  es algo que no es discutible. Como consecuencia de tal realidad, se hace necesario meditar de la forma más seria –y a ser posible tranquila- sobre cuál debería ser nuestro comportamiento como ciudadanos frente a tal grave situación. En mi humilde concepto, mantengo el principio de que de nada sirve “preocuparnos”, porque esta actitud nada positivo aporta a una solución; sino que, por el contrario, nos altera aún más, haciendo más difícil “ocuparnos” de encontrar una alternativa en pro de localizar caminos, que nos ayuden a campear el temporal que nos azota.

Pienso que cuando el país está boyante y sin problemas no se requiere inteligencia, moderación o armonía para convivir las realidades del momento de la patria. Es en situaciones especiales, y si se quiere inéditas, cuando se requiere la mayor templanza para valorar y/o evaluar nuestro comportamiento personal, que  sin ninguna duda influirá de manera decisiva en el proceder colectivo. Creo que, quienes como yo hemos vivido con total sentido común las diferentes etapas que se han sucedió en los últimos sesenta años en Venezuela, sin haber dejado la vida o la razón en el camino,  estamos obligados a contribuir a la ponderación  cabal de la situación  nacional actual. No somos una isla al margen de los acontecimientos que hoy aquejan al mundo civilizado, ni debemos esquivar nuestras responsabilidades como habitantes de una nación, que al menos en mi caso, me dio todas las oportunidades para mediante la fe, la diligencia, el estudio, el trabajo y la confianza en mí mismo, adelantar mi principal proyecto: mi formación personal integral y el desarrollo de una familia con valores de honestidad, amor, sensibilidad social y solidaridad humana, que hoy se reflejan en la solidez de sus respectivos hogares.

En el mismo sentido de lo antes expuesto, siento que, como venezolanos,  estamos obligados a ser optimistas; porque el país ni se ha hundido ni se hundirá, especialmente porque su mayor capital no son sus múltiples riquezas naturales, sino que su principal recurso para salir adelante en cualquier situación que se presentare, lo somos nosotros, los venezolanos. Si, nosotros los ciudadanos aportando ideas, trabajo, confianza, fe y esperanza de un futuro mejor,  será como aumentaremos las posibilidades de superar los escollos que en estos momentos pudieran parecernos casi insalvables. No es con actitudes pesimistas, derrotistas, o como una vez lo dijera Rómulo Betancourt “…con alaridos de Casandras agoreras”, como podremos superar la situación que nos aqueja.

De cualquier manera, la situación actual de Venezuela, por acción u omisión nos involucra a todos; por tanto, somos nosotros, todos los venezolanos, quienes dentro de nuestras reales posibilidades, tenemos que meterle el pecho al país para sacarlo adelante. Yo, que conozco a Venezuela de Oeste a Este, desde Sichipés en la alta Goajira hasta San Fernando de Atabapo en Amazonas y de Norte a Sur desde Puerto Cabello hasta Puerto Páez, pero que además he recorrido buena parte del mundo fuera de nuestras fronteras, puedo decir con plena certeza, que Venezuela es como territorio,  una tacita de oro; y como nación, la mejor gente del mundo. Por eso, por todo lo dicho es que aún teniendo mucha de mi familia en Canadá, Estados Unidos y Colombia, mi sentido de pertenencia a esta tierra maravillosa, es superior al temor o a cualquier otro sentimiento que pudiere afectar mi sentido de conservación. Yo que viví con pleno conocimiento esta Venezuela, que en los últimos sesenta y seis años ha cambiado varias veces su denominación y signos nacionales; vivido democracias, dictaduras y revoluciones; épocas de extraordinario auge económico y situaciones de grandes carencias; sin cuestionar o juzgar de ninguna manera los compatriotas que emigran, no tengo la menor duda que mi puesto está aquí, en las buenas o en las malas, pero aquí, aferrado a esta tierra, a los setenta y siete años de pié, como los robles, dispuesto a resistir los ventarrones, los inviernos  y los veranos, porque sé y no tengo duda, que todo tiene su tiempo y que lo que algunas veces sentimos como un tropiezo, más adelante puede resultar una buena enseñanza o experiencia, que aporte mayor felicidad a esta tierra que tanto amamos: VIVA VENEZUELA hoy, mañana y siempre.

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NO AL MIEDO

 

 mujer asustada

No podemos permitir vivir en el mundo del miedo, porque si lo hacemos ya no viviremos, sino que sobreviviremos y no fue para eso que vinimos a este mundo. Miedo al desamor, miedo a las enfermedades, miedo a la inseguridad de todo género, miedo a los terroristas, miedo a una nueva guerra nuclear; todo lo cual nos imposibilita de salir a la calle, visitar los amigos, visitar la familia, acostarnos a la hora que nos plazca; temer cuando alguien estornuda, evitar que alguien nos bese, que nos abrace, que nos den la mano.

Tememos al taxista porque nos puede asaltar, a la señora embarazada que solicita ayuda porque creemos que es un señuelo, a un accidentado en la carretera por el mismo motivo; si en la noche vemos un auto que nos sigue aceleramos, doblamos la esquina  y desaparecemos; tememos a las motos que llevan un parrillero, sin considerar que  para ese fin, precisamente, fue que se  le adicionó la parrilla; tememos si en la noche vemos una patrulla, cuando por lo contrario nos corresponde sentirnos seguros, porque debemos suponer que su deber e intención es protegernos;   y… pare usted de contar.

Ahora bien… ¿Es posible que permitamos que la cuasi paranoia nos lleve a este nivel de vida tan precario?

¿Qué pasó con nuestra fe en Dios, nuestra confianza en sí mismos y nuestra autoestima?

¿Qué sucedió con nuestra seguridad en que hay más gente buena que mala en el mundo, por lo cual aun subsiste,  y que el venezolano es buena gente, solidario y generoso?

¿Se nos olvidó que nuestros mayores nos enseñaron que la policía, los bomberos, los socorristas son los principales amigos y que  el mejor hermano es el vecino más cercano?

Bedito sea Dios… ¿Cómo llegamos a esto teniendo el país más bello del mundo; con la mejor gente, con hermosos paisajes, los mejores climas,  hermosas llanuras, indescriptibles esteros, gigantescos mèdanos y espectaculares ríos; con la Flora más bella y la Fauna más variada del planeta?

Que existen problemas políticos, económicos, sociales y de inseguridad, pues ya lo creo; somos una nación de más de 30 millones de habitantes, con personas de diferente ideología, forma de pensar sobre la vida y las cosas, que dicen y actúan como lo sientenm porque somos esencialmente democráticos. Pero miremos hacia atrás, todo lo que hemos superado desde 1909. Hemos vivido dictaduras, democracias con muy buenas intenciones pero que no llenaron completamente las aspiraciones sociales; un experimento socialista que no termina de cuajar y todo lo hemos enfrentado con coraje, haciendo lo mejor que podemos nuestra actividad generadora de progreso, como ese aporte indispensable al desarrollo del país y… aquí estamos;  cada quien en lo suyo, con sus diferencias y desacuerdos, pero tratando de mantenernos en paz y armonía, y la realidad es que, quizás no de forma excelente, pero lo hemos logrado.

Entonces no hay razón para tener tanto miedo; simplemente, consideremos la situación actual problemática, que por cierto no es solo en Venezuela sino en el mundo; basta observar el Medio Oriente, Korea  y Europa, donde la situación sì que es muy grave y de muy difícil solución. Por lo tanto, tenemos que tranquilizarnos un poco, tomemos las previsiones necesarias y actuemos con cuidado, atención y respeto por los demás. Especialmente debemos ser sensibles y solidarios con nuestros semejantes, sin olvidar que seguimos teniendo familia, amigos, vecinos, servidores públicos honestos porque los corruptos no son el común; consideremos que seguimos siendo una comunidad, una sociedad pacífica, consciente de sus derechos y sus deberes… pero pacífica.

No debemos olvidar que continuamos siendo una gran familia: la familia venezolana, integrada por quienes aquí nacieron y quienes vinieron de otras tierras a incorporarse con nosotros a desarrollar este país. Y como quiera que tengo más de seis décadas viviendo aquí con pleno uso de razón política y económica, no puedo permitir que el miedo me dañe los años de vida que me quedan o me limite a seguir siendo útil, por los riesgos que pueda correr; por eso me siento obligado a gritar a los cuatro vientos a mis queridos hermanos venezolanos: el miedo es malo porque distorsiona la realidad, disminuye la fe, nos hace sentirnos indefensos, desmejorados, disminuidos. Y es por eso que debemos decirle al miedo, en cualquier situación o circunstancia:  NO, NO  y NO.

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PERESONA ESTRESADA

En cada sitio que acudo diariamente, con incredulidad y tristeza, veo la inmoderación en el trato personal, como algo que se hubiese convertido en la forma de ser del venezolano, lo cual no puedo aceptar. En tiempos difíciles como son los actuales, cuando la política, la economía y la seguridad personal, por citar algunas de las circunstancias especialmente alteradas parecieran haberse salido de control, no solamente en Venezuela sino en el mundo, la moderación pudiera ser el elemento amortiguador que permita vivir con mayor plenitud la compleja trilogía sociedad-familia-trabajo, cual cubre el noventa por ciento del tiempo útil de cada día. Tenemos la capacidad, pero también la necesidad como personas, de entender la realidad de que sólo disponemos de una vida, y que es un desperdicio transcurrirla con el ceño fruncido, el carácter a punto de explotar y un estrés de por sí enfermizo y casi constante.

Siento que se requiere reflexión sobre el hecho cierto de que, como seres gregarios, si queremos progresar, no tenemos alternativa que no sea la de vivir en comunidad, para lo cual tenemos que aceptarnos como somos: con nuestras virtudes y defectos, sin esperar que el comportamiento individual y/o colectivo sea exactamente de la forma como quisiésemos que fuere. Como consecuencia, estamos obligados a movernos en la sociedad con amabilidad, generosidad, y si se quiere, compasivamente; requerimos sentir la familia y los compromisos que conlleva, como aporte de amor para hacer edificante nuestra cotidianidad; conviene sentir que tener una ocupación, independiente de cual fuere, es una bendición que nos permite contribuir con lo necesario a nuestra existencia y la de la familia feliz.

Recordemos que una sonrisa, un apretón de manos, una mano sobre el hombro e inclusive una mirada cordial a nadie disgusta; pudiere presagiar el cambio en la actitud e incidir efectivamente en un estado de ánimo, promoviendo un color más atractivo a ese momento de la vida. Debemos volver a sentir a Dios en el roce de la brisa sobre nuestra cara, la risa de los niños, la mirada tranquila de los ancianos y el olor especial de esa persona que amamos. Precisamos encontrarnos y reencontrarnos con nuestros hermanos humanos, como lo hacían nuestros ancestros: sin reservas, sin temores, sin suspicacia, con sensibilidad, solidaridad y caridad; porque todos somos uno con Dios, y sentirlo se hace fundamental para lograr la tan ansiada felicidad individual y colectiva que se supone… merecemos.

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DEBEMOS RECUPERAR EL ARRAIGO PERDIDO

BANDERA DE VENEZULA III

Por solicitud de algunos lectores, vuelvo a referirme al Sentido de Pertenencia, hoy tan menguado en nuestro País. Debemos aceptar que el mundo está afectado en sus valores éticos y principios fundamentales, base sobre la cual  construimos la sociedad contemporánea. Hemos  perdido mucho de nuestra unidad, y eso nos hace como individuos moralmente débiles, y como grupo social… vulnerables. Desarrollamos países y comunidades, pero como  individuos hemos ido distanciándonos y perdiendo esa unión que nos hacía mejores padres, respetuosos hijos, amorosos esposos, solidarios vecinos, y… buenos ciudadanos.

 El bombardeo constante de propensión al consumismo, vanidad desbordada, violencia, indiferencia afectiva y… sexo grotesco, han producido sus resultados: pragmatismo, cortoplacismo, irresponsabilidad, indiferencia afectiva y religiosa; pero también  han disminuido nuestra firmeza y sembrado en nuestras almas profundos vacíos vivenciales, difíciles de superar. Paulatinamente hemos perdido el sentido de pertenencia, típico de los seres racionales civilizados y como consecuencia, las personas se notan  afectadas en su identidad, cual por su condición gregaria el individuo define y fortalece con la interacción del grupo familiar, laboral, estudiantil  y en la  comunidad donde hace su vida cotidiana. Ese arraigo a nuestro hábitat conformado por las personas, cosas, grupos, organizaciones o Instituciones, que contribuye a alejar o atenuar la soledad que hoy afecta a los grandes conglomerados humanos, promoviendo insensibilidad, egoísmo, desconfianza, y un sentimiento progresivo  de inseguridad y… desamparo, es inocultable.

El  priorizar el logro de cosas materiales frente al amor y la sensibilidad humana, al crecimiento espiritual y el compartir las muchas bendiciones recibidas de Dios, violenta el sentido de pertenencia al lugar que nos vio nacer, al  hogar, al sitio de trabajo, a la escuela o universidad donde nos formamos, al grupo de amigos  y a la comunidad en general, aislándonos de lo que nos generaba ese importante elemento vivencial, que nos producía seguridad y nos hacía sentirnos como parte de algo… importante. Por tanto, quienes aspiramos a una vida feliz tenemos que luchar por  conservar nuestro sentido de pertenencia al País, con una vida honrada, solidaria y productiva; a la familia, haciéndola más unida, comunicativa y participativa, sobre la base del amor,  consideración, aceptación  y respeto. Por  todo lo expuesto, aún estamos a tiempo  de hacernos una reingeniería interna personal para recuperar lo perdido; y esa importante labor, por cuanto está en juego nuestra felicidad individual y colectiva,  no podemos dejarla para después: tenemos que iniciarla de inmediato.

Si el tema de la SUPERACION PERSONAL, baja gratis el Libro del Autor “UNA VIDA FELIZ”:

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essence-happiness

Oteando el horizonte del pasado, siento que paulatinamente en los últimos cincuenta años se nos fue quedando atrás una forma de vida que cambió bastante en el mundo de hoy, pero que mantuvo nuestra vocación para ser felices. Es que mantener los hijos no era tan difícil, porque se alimentaban del seno materno, visitaban el médico una vez al año, jugaban descalzos en el patio o la calle; comían libremente dulces o helados; no conocían antialérgicos, pero eran muy sanos; no sabían de sillas para niños ni  usaban cinturones de seguridad en los autos; tampoco viajaban a Disneylandia, pero disfrutaban los baños en el río, paseos a la playa, patines de cuatro ruedas o los paseos campestres los fines de semana; y para dormir no requerían ninguna medicina, pero dormían a pierna suelta.

No recuerdo que conocieran juguetes eléctricos, robots o nintendo; confeccionaban sus papagayos con papel de colores e hilo, carros con latas de sardina y gurrufíos con botones y pavilo, porque eran creativos, sencillos, conformes, respetuosos y… amorosos. Disfrutaban plenamente su niñez porque no asistían a la escuela sino hasta los siete años, lo cual les daba espacio para descansar, jugar y colaborar con las tareas domésticas, creciendo en el amor y solidaridad familiar. Tampoco se usaban filtros para el agua; el limón y el mentol eran remedios para toda enfermedad.

Cuando  no estaban en la escuela o en casa, compartían con los amigos jugando en la calle. Nunca conocí un niño que necesitara sicólogo, porque no conocían de “traumas”, “espacio propio” o “especial intimidad”; vivían en real familia integral, para su disciplina bastaba la “sicología doméstica” de la nalgadita a tiempo y la prohibición de salir a la calle, tan eficiente para evitar malos hijos, delincuentes juveniles y promover buenos ciudadanos.

¿Qué sucedió y porqué cambiamos tan pronto? Creo que es parte de la sinergia del tiempo, que con su desarrollo nos obliga a adaptarnos a las nuevas circunstancias. Como escribiera Condorcet: “El Desarrollo empuja a  los pueblos.” En verdad, se trata de un nuevo tiempo preñado de cambios, que nos reta y debemos enfrentarlo serenamente. Somos y seguiremos siendo los mismos hombres sobre la misma tierra, donde todo tiempo es apto para la vida buena.

¿Moraleja? Debemos desterrar por inútiles las evocaciones tristes o detenernos, para que el desarrollo no nos atropelle; corresponde de vez en cuando mirar atrás, para sinceramente evaluar el pasado; apreciar el presente y planificar el futuro, pero en función de una felicidad que siempre es posible lograr.

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ENCONTRARSE A SI MISMO

mujer pénsando

Encontrarse a sí mismo no es algo que se quede en una frase banal; sino por el contrario, representa algo muy serio, cuyo resultado pudiera ser decisivo en el futuro, en la existencia de cualquier persona; especialmente quienes ya no siendo adolescentes, piensan seriamente en su proyecto de vida.

Encontrarse a sí mismo tiene que ver con la óptica personal de qué es lo que creemos y esperamos de la vida; de qué sentimos que requerimos y cómo haremos parase trata de realizarlo. De alguna manera, se trata de cómo entendemos nuestra capacidad para trazar, modelar y realizar ese largo, pero interesante, camino sobre esta madre tierra.

Todo tiene que ver con nuestra concepción físico-espiritual de lo que es… vivir. Consecuentemente, involucra principios y valores, que serán los rectores de todas y cada una de nuestras actividades, para lograr nuestros tales fines. En tal sentido, se requiere una gran sinceridad con nosotros mismos, en ese recóndito pero ineludible lugar dentro de nuestro interior, denominamos conciencia.

Encontrarnos con nosotros mismos es determinar sin duda, qué es lo que queremos hacer de nuestra vida, lo cual nos llevará a actuar en consecuencia. Determinada esa meta, no podemos desviar ninguno de nuestros pasos y, si sucediere, corregirlos a marcha forzada, porque es de suponer que cada uno de nuestros actos los realizaremos en función de ese importante objetivo que nos hemos planteado.

Involucra la globalidad de nuestro proceder como estudiantes, trabajadores, miembros de una familia y de una comunidad. Así, cuando nos encontramos con nosotros mismos y por tanto sabemos qué es lo que queremos de la vida, escogeremos la pareja apropiada, estudiaremos lo que se compadezca con esa forma de vida que queremos y trabajaremos en lo que estimamos idóneo con nuestras ambiciones. Siempre desde una óptica holística; esto es, con visión integral y de conjunto.

No pueden andar nuestras ambiciones y actuaciones separadas, sino que todo debe girar alrededor de ese eje que es la forma de vivir escogida. Por eso es tan importante la sinceridad con nosotros mismos, para que toda actuación nos aleje de cualquier frustración o trauma, llenándonos de realización; porque en función de nuestro objetivo crecemos física y espiritualmente a medida que avanzamos, convirtiendo los problemas en asuntos por resolver y los obstáculos en acicate para luchar con más fuerza, en función de nuestro proyecto personal de vida.

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Un abrazo se parece a una lágrima, puede ser de dolor o de amor, comprensión, alegría y solidaridad. Hoy, con los mineros de Atacama en Chile, nuevamente humedecieron mi espíritu las lágrimas de alegría, de madres confundidas con el abrazo de hijos, madres, padres, esposas, hermanos, amigos y… un Presidente realmente humano.

Millones de personas en toda América, Europa, Africa, Asia y Oceanía, fuimos profundamente conmovidos y, de alguna manera, nos sentimos uno con los mineros rescatados del fondo de la tierra. El mundo retomó la sensibilidad humana universal perdida, desterrando fronteras y barreras ideológicas, para dar paso al amor, la solidaridad y la ayuda efectiva; de tal forma presenciamos una historia sorprendente, donde se impuso la vida sobre la muerte, la felicidad y la alegría sobre el dolor y la tristeza.

La sociedad organizada demostró su poder cuando actúa sin temor; con fe, unión, decisión y contundencia frente a sus Gobernantes, independiente de cual fuere el sistema que los rige.

En el campamento La Esperanza las mujeres dieron el ejemplo: permanecieron veinticuatro horas diarias, en las peores condiciones de salubridad, alimentación y climáticas para gritar: aquí nos quedamos hasta que se rescate a nuestros familiares, y el Gobierno se vio impelido a actuar y… lo hizo eficientemente.

El Presidente Piñera, dejando de lado la parte ideológica, unió al País y al mundo para pedir ayuda –que recibió sobradamente. Con su Ministro de Minas  estuvo allí permanentemente con su esposa. De él escuché el saludo y consejo apropiado para  un hombre que resucita: “…bienvenido a la vida, a disfrutarla intensamente.” Este ejemplo  debería ser seguido por otros mandatarios.

Esa admonición presidencial ha sido mi norte y lo he escrito cientos de veces: Disfrutar la vida intensamente, como única posibilidad para ser y hacer felices a los demás.

Demos gracias a Dios por el resultado, pero aprendamos de ello el aprovechar cada instante para amar intensamente, manifestarlo y probarlo con hechos; porque además de ser maravilloso dar amor y ternura, no sabemos hasta cuándo podremos hacerlo, y si lo desperdiciamos, no hay segunda oortunidad.

Así como acariciamos una flor, disfrutamos un perfume u oímos una bella música, tenemos que sentirnos y vivirnos con deleite; no importa si el sentimiento es familiar, amistoso o pasional, lo importante es sentirlo, manifestarlo y actuar en consecuencia; con la seguridad de que los milagros existen y este rescate es la mejor prueba de ello.

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