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Archive for the ‘AMOR’ Category

pareja-feliz-i.jpgConviene tener claro que venimos a este mundo con una misión trazada y hasta que no la cumplamos no nos vamos. Por tanto,debemos vivirla intensamente en cada minuto, con fruición, como si fuera el último.

He conocido personas que desperdician el  hoy, luchando duramente y haciendo de cada día un sacrificio, con la errada convicción de que están sembrando su futuro, cual pudiera ser que nunca llegue.

Vivir el momento no se reduce sólo a respirar, porque de eso se encarga nuestro sistema neurovegetativo que lo hace automáticamente. Eso sería un desperdicio imperdonable. Vivir en el sentido real de la palabra conlleva el disfrutar integral y permanentemente de las personas y de las cosas, lo cual en su más completa expresión lo es disfrutando en cada ocasión.

Para regocijarse en cada segundo de la vida, se requiere actuar con amor, ternura, respeto, aceptación, y si se quiere, con un toquecito de locura. Debemos reír, cantar, saludar efusivamente y abrazar a las personas, aunque ellos no lo entiendan bien; decirles que nos agradan,  que se ven bien, que nos sentimos felices con su presencia, que nos interesan sus problemas, que son importantes para nosotros; pero aún es más importante, sentirlo.

Regalarnos y regalar esa actuación nos hace disfrutar del momento, siendo que además de agradable es edificante y demostrativo de que nos sentimos plenos, nos engrandece. A todos agrada cuando se ríe, canta o saluda efusivamente. Las personas se sienten bien, por no decir felices.

 ¿A quién disgusta que le halaguen, saluden o saber que alguien hace algo por alegrar su  vida? ¿Conoce alguna persona normal que no se sienta bien de  que se interesen por él?

Claro que no. Que le quieran o le  estimen es algo que se agradece, independiente de cual fuere la edad, género o estatus social del halagado.

De alguna manera, todos deseamos sentir que somos queridos, agradables, importantes, o al menos que existimos para alguien, y cualquier cosa que nos lo ratifique es muy gratificante. Es que nuestra naturaleza es gregaria; somos una especie que no sabe realizarse material y espiritualmente sola, porque requiere ese calor humano que sólo sabe brindar nuestra especie.

Tratar con amor,  decírselo y demostrárselo  a las personas, nos hace disfrutar de la vida, que está inmersa en el maravilloso mundo de las cosas sencillas.

Nada más placentero que levantarse y disfrutar de la mañana; vestirse al gusto, sin importar como nos vean los demás; caminar de la mano del ser amado, o en compañía del amigo con generosidad;  asistir al trabajo o al estudio convencidos de que hacemos algo bueno por nosotros y por nuestros semejantes;  sentarse a la mesa en familia, dormir tranquilo y satisfecho de haber vivido un día más.

Me entristece ver a quienes utilizan las mejores horas de sus días, en las cuales podrían disfrutar de las personas y las cosas, únicamente trabajando  en forma exagerada con el único fin de acumular bienes, dejando en el camino mucho de su juventud,  carácter,  salud física y mental. Esos infelices, en el sentido semántico del término, nunca han reflexionado sobre el  hecho de que nada de lo que atesoramos sobre esta tierra es nuestro, porque todo lo que tenemos pertenece a la tierra y aquí se quedará.

 Cuando partimos definitivamente lo único que nos queda es lo que hubiésemos disfrutado; no podemos llevarnos nada, porque nada es realmente nuestro. La vida nos los presta mientras vivimos. Ni la esposa, ni los  hijos, ni las casas, ni los autos, ni el dinero son nuestros. Aquí dejamos todo, simplemente lo devolvemos a su dueña: esta tierra, incluido nuestro propio cuerpo. Esa es una verdad incontrovertible y debemos aceptarla.

Entonces… ¿De qué sirve tanto esfuerzo? ¿No será preferible darle  tiempo a todo, en su justa medida? Esto es: al amor, a la diversión, al trabajo, al estudio, a la familia y a los amigos; pero a cada  uno el tiempo que le corresponde. Esa sería una actuación adecuada, por no decir sabia.

¿Qué nos detiene? Nada.  Se trata de  una actitud, de ser sinceros con nosotros mismos, de reconocer que nuestro paso por esta vida es pasajero y que el tiempo que nos queda cada minuto se acorta; si lo  desperdiciamos nunca lo recuperaremos.

¿Qué les parece como tema de reflexión? Pudiera ser que valga la pena dedicarle un tiempito. Ustedes lo deciden.

Próxima Entrega: LA RESPONSBILIDAD DE COMPRENDER

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Alguien me preguntó si yo creía que podíamos amar a varias personas al mismo tiempo y con la misma intensidad. En principio le respondí que me parecía difícil, pero luego rebobinando mi propia vida, tuve que corregir rápidamente. Aunque de sentimientos tan personales como el amor no debería generalizarse, creo que sobre mis vivencias  si que puedo hablar sin temor a cometer errores.

En el mundo de mi vida diaria amé, sigo amando y creo que amaré toda mi vida. Personalmente, no concibo la vida de un ser racional sin el amor, pero menos aún el logro de la felicidad personal.  Al menos lo que yo considero que es la vida, como nuestra realización material y espiritual, que se concreta en disfrutar plenamente de las personas y  las cosas que nos rodean.

En verdad, creo que hasta que tuve uso de razón mi mayor concentración de amor lo fue en mi madre. Cuando adquirí raciocinio amé además a otras personas como mis hermanos, mis amigos y algunos de mis maestros. Ya de adulto, amé con pasión de varón a una mujer lo cual continúo haciendo, sólo que adicionando una permanente solidaridad y comunión integral.

Desde mi espiritualidad, sin duda amo a Dios porque me hizo  capaz de entender todo mi potencial así como mis propias limitaciones y siento que siempre me acompaña.  Amo además los valores como la verdad, la solidaridad, la aceptación, la libertad, la caridad, la fe, el optimismo  y la esperanza, porque me hacen sentir por encima de esa tendencia tan natural a las miserias humanas, contra las cuales tenemos que luchar todos los días.

Aunque parezca raro, amo al amor y lo amo tanto que lo confundo con Dios, quizás  porque me hace sentir que ciertamente soy su hijo.

Amo el amor, porque me da fuerzas suficientes para no sentir temor, soledad, tristeza, odio ni envidia. El amor cura mi alma en todo momento, pero también me hace perdonar y olvidar  cualquier agravio por grave que fuere.

Amo el amor, porque gracias a él puedo expresar todo ese torrente de emociones que me embarga cuando siento a mi lado a esa inigualable compañera de viaje largo, que después de treinta y ocho años todavía me mueve el piso, haciéndome olvidar los sesenta y seis años que he vivido. Es el sentimiento del amor que me permite sentir esa especial ternura y plenitud cuando abrazo a mis hijos, a mis nietos o  a cualquier niño que tomo entre mis brazos.

Por el amor vivo y he vivido mis más intensas emociones, pero también me induce a tratar de compartirlas con mis semejantes, sin distinción de ningún género.

Pienso que el amor va más allá de una experiencia, es todo un mundo de sensaciones y sentimientos. Su representación es tan variada que pudiera ser infinita, porque sólo la limitamos nosotros mismos.

No es cierto que amemos más a nuestra familia o a nuestros seres más allegados que a las demás personas. No, no es así. Lo que sucede es que amamos lo que conocemos y nos es inmediato. Pero nuestra capacidad de amar es tan grande que podemos amar hasta lo que ya murió o no ha nacido.

Por eso nuestros ojos se llenan de lágrimas cuando leemos las hermosas historias de los amores nunca realizados,  o de los perdidos, porque aún existiendo en el corazón de los actores nunca llegó a concretarse; o  de los sueños no realizados no obstante los mayores esfuerzos, que se sucedieron cientos o miles de años atrás, pero nuestro llanto es, precisamente,  porque en este momento… los amamos.

Por eso rechinan nuestros dientes de rabia, cuando leemos las grandes injusticias que se cometieron en el pasado con personas buenas que nunca conocimos y que sin duda, en este momento… las amamos.

Revisando papeles viejos encontré la foto de un  querido amigo que hoy tiene ya  más de 15 años de fallecido, con quien compartí variadas experiencias de mi vida. Mi mente hizo el milagro de presentármelo como lo vi, no en su lecho de muerte sino  la última vez que en perfecto estado de salud departimos juntos. Aunque no acepto la nostalgia ni temo a la muerte, percibí un sentimiento confuso entre la tristeza, el amor y la resignación. Es ese sentimiento indefinible de ausencia que nos embarga cuando recordamos las personas queridas que ya… se fueron, pero que seguimos amando.

Al amor se debe que nuestro espíritu se sienta elevado cuando leemos los tiernos cuentos de hadas perdidos en el vientre de los sueños en esas tierras lejanas,  porque  ellos narran el amor que vence todos los obstáculos, que logra concretarse y que es… para siempre jamás.

El amor es el sustrato de nuestra vida racional; es el color, la música y el aroma que hacen nuestra vida buena sobre esta madre tierra. El amor se parece a los sueños y a…  la esperanza.

Por eso, como hijos de Dios no tenemos que preguntarnos a quien amar, ni cómo, ni cuando, ni porqué amar. Simplemente debemos amar, porque ese es nuestro destino; a eso vinimos a esta tierra y mientras amemos cumpliremos el mandato divino por y para el cual fuimos concebidos. Si no lo hiciéramos estaríamos frustrando  nuestro más alto fin, traicionaríamos nuestra propia esencia y ya no podríamos considerarnos hechos a imagen y semejanza de Dios.

Si tienes alguna duda o requieres aclaración sobre el tema aquí tratado, el correo del autor está disponible: amauricastillo@gmail.com

Próxima Entrega. VACIOS VIVENCIALES

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En los casos de ruptura de parejas, el más alto porcentaje tiene su origen en desavenencias de carácter conyugal, que nada tenían que ver con situaciones consideradas por las leyes como justificativas para declarar la disolución del vínculo matrimonial. Es muy poca la incidencia de los denominados «motivos graves» como adulterio, adicción a drogas, corrupción del cónyuge o los hijos, o condena a presidio, ya que en casi todos los casos abren y cierran su ciclo con situaciones de mala comunicación, incomprensión, desconsideración, desatención, falta de solidaridad, aburrimiento, rutina; pero quizás el más significativo de los factores que concurre para lograr la ruptura, es la falta de reconocimiento a la labor e iniciativas de uno de los integrantes de la pareja.

En el ejercicio de nuestra condición de Consejeros Familiares, mi esposa y yo verificamos que ciertamente en la casi totalidad de los casos, por acumulación de situaciones lo que producía o hacía más grave las desavenencias, lo era la falta de reconocimiento a la labor, esfuerzo y aportes a la relación, por parte de la persona que producía la ruptura. Esa fue la queja común. Determinamos que la mayor frustración se producía por la indiferencia de una parte a los esfuerzos en pro de la satisfacción o beneficio del otro miembro y/o de la relación, con respecto a la atención, dedicación, cuidado, lealtad y sinceridad aportados; incluidos dentro de tales esfuerzos el cuidado personal para agradar a su cónyuge, así como aquellos para mantener una relación sexual más activa y emocionante para ambos.

La proposición básica de la pareja lo es que dos concurren para hacerse la vida mutuamente más fácil, edificante y feliz. Por tanto, si alguno de los integrantes hace algo bueno en función de vivir mejor, es una obligación de la otra parte reconocer de manera expresa su iniciativa. Por eso los integrantes de parejas felices siempre están prestos a reconocer y celebrar cualquier acto que aporte algo positivo a la relación.

Si la esposa mantiene una impecable presencia, debe ser celebrado con entusiasmo y de manera expresa por su cónyuge como una forma de manifestar su amor; porque es para él que ella se esfuerza en estar agradable. Es para él que trata de estar a la moda; que usa su mejor perfume, que cuida su cabello, que trata de ser impecable, pulcra… sexy. En tal caso, el esposo deberá sentirse orgulloso por ser capaz de generar esos hermosos y pasionales sentimientos en su cónyuge quien se esfuerza por agradarlo.

Esa loable actitud de la esposa merece un reconocimiento especial que llegue a lo más profundo del alma, con palabras de admiración y tierno agradecimiento. Porque igual ella podría no hacerlo y seguramente no pasaría nada. Pero ella lo hace, y eso es bien especial porque es una demostración de que el deseo por agradarle sigue vivo, y eso de alguna manera es como una ofrenda, que merece un especial reconocimiento.

Las cosas fundamentales para mantener el hogar en orden y agradable las realiza la mujer, no porque sea una cláusula escrita del contrato matrimonial, sino porque es un tipo de cultura machista y aunque extraño, pudiera ser que ella sea feliz haciéndolo. Por otra parte, lo hace tan bien que es prácticamente insustituible. En tal estado de certeza procede comentar: si como es cierto esa no es una obligación exclusiva de la mujer, quien accede al matrimonio en igualdad de condiciones que el hombre, sino que ella voluntaria y amorosamente lo hace ¿No merece acaso un reconocimiento especial de su pareja?

Pues claro que lo merece. Y es que, como consecuencia de no recibirlo su entusiasmo se deteriorará, terminará convenciéndose de que su esfuerzo es inútil y el amor… disminuirá. Esa falta de respuesta y compensación proporcional a su esfuerzo, la hará sentirse objeto y no sujeto de la relación, siendo este uno de los motivos por los cuales con el tiempo sentirá que continuarla no tiene sentido.

El integrante de pareja que por su actuación enriquece el calor y la emoción haciendo la vida más grata a su par, requiere de éste como especial compensación a su esfuerzo, el reconocimiento expreso. Ello fortalece la relación creando en el actor bondadoso satisfacción y deseo de repetirlo, para nuevamente ser halagado. En el caso contrario la relación se desmejora, porque el cónyuge obsequioso siente que su par no diferencia su esfuerzo e intención, al no demostrar sentirse especialmente halagado, por no decir atendido, ni expresa ningún tipo de reconocimiento. En tal caso… dudo que el acto atento vuelva a repetirse.

En el caso del reconocimiento expreso por parte de quien ha sido halagado, la actitud de la parte reconocida debe serlo también de gran emoción y regocijo, e igualmente de forma expresa. Porque es simplemente el disfrutar de ese reconocimiento especial que en buena lid se ha ganado; es el disfrutar de esa especial sensación que produce la seguridad de que se ha hecho algo especial, más allá de lo que normalmente se exige, en una labor en pro de la empresa más importante de su vida: Su felicidad personal y la de la persona amada.

Próxima Entrega: EL RECONOCIMIENTO EN LA PAREJA II

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 En la dinámica vida de  hoy la competencia es el factor de afectación común en los conglomerados humanos. Se compite por todo y con todos: por los negocios y la política; por  el prestigio familiar y profesional; por el ingreso a las Universidades y las mejores notas en los estudios; por la belleza y popularidad; por los alimentos y los servicios; por los trabajos, por quien se come el Sándwich más grande de un solo mordisco, y por…el mejor puesto en los juegos de fútbol.

      De igual manera, Países y Organizaciones Nacionales, Binacionales y Bloques Geopolíticos deben competir por los mercados de los productos; por los recursos financieros y la energía; por pertenecer a la ONU, OTAN, OMC,  OEA, BID, ALALC, MERCOSUR; por mejorar  la tecnología espacial; por avanzar en la creación de nuevos mecanismos frente al terrorismo; por el Miss Universo y  Míster Músculo… entre otros.

      Lamentablemente, la mayor incidencia de esa competencia constante lo es para lograr poder, control, supremacía, fama, prestigio y…riqueza económica; aún con más ahínco que por procurarse amor, salud, educación, justicia social,  tranquilidad o paz. Tampoco se orienta esa lucha a ser efectivos en la consecución de vacunas contra el SIDA u otra de las muchas enfermedades endémicas que acogotan al mundo; controlar el trabajo de millones de niños, que en países asiáticos, africanos, centro y suramericanos, en las peores condiciones se les niega su derecho más elemental: ser niños; vencer el hambre y la pobreza que depredan países y regiones enteras, o lograr convenios internacionales para proteger el ambiente, sobre el cual si no hacemos algo desde ya, en menos de cien años nos dejará sin la mayoría de las especies animales y sin agua; con los bosques, las tierras y el petróleo, completamente agotados.

      La pareja, como producto y factor social, no podía librarse de los efectos de la globalizada tendencia a competir. En esta relación, la competencia suele funcionar de dos maneras marcadas y diferentes. Especialmente aquellas integradas por quienes realizan actividades laborales y/o generadoras de  ingresos fuera de casa, independiente de cual fuere su profesión, labor u oficio,  puede manifestarse en sus dos versiones: la primera, que es  la competencia de ambos  por hacer las cosas mejor, aportar más amor, comunicación,  consideración y respeto a la relación, que es actitud indiscutiblemente beneficiosa a la relación porque la fortalece y hace la vida de sus integrantes más agradable, edificante y feliz. 

      La segunda suele darse cuando compiten entre sí, no sólo desde el  punto de vista profesional y del nivel de aporte de ingresos a la familia, sino además por un liderazgo mal entendido, representado por la autoridad, aprecio y atención de sus hijos a favor de uno y desmedro del otro. Este último tipo de competencia, que aunque no tan descarnada y horrible como la comercial o política que  a veces pareciera no tener límites, sí suele convertirse en un problema que de no ser detectado y tratado a tiempo, progresivamente va horadando las bases de la pareja hasta convertir el hogar en la casa de habitación de dos extraños, quienes conviven en el mismo techo por pocas horas, pero que no comparten integralmente ni la misma filosofía de la vida ni los mismos intereses, desde el punto de vista de su  globalidad. 

      Sobre la base del aforismo que pareciera haber sido escrito especialmente para las parejas, «Amar no es mirarse el uno al otro; es mirar juntos en la misma dirección.»,  considero que la única competencia válida entre los miembros de una pareja, es aquella orientada a dar todos los días su mejor trabajo para la fortaleza de la relación. Es esa misma competencia positiva la que se debe profesar para ver quien es el mejor para reconocer a su par por todas las múltiples cosas buenas que hace todos los días; sus valores y aciertos, de tal manera  haciendo menos significativas las consecuencias de sus zonas erróneas y desaciertos. Debe ser la búsqueda por lograr y preservar ese sentido de conexión indispensable en la pareja,  del engrandecimiento mutuo en búsqueda de la perfectibilidad posible; de la identidad permanente con los valores éticos que harán perdurable la relación.

      La otra competencia, sin ninguna duda imperfecta para demostrar que se es mejor en la profesión, o en liderazgo en la familia, o en la generación de ingresos económicos, o… haciendo el amor, me parece simplemente una majadería contraria al sentimiento de unión, solidaridad, participación y buen ejemplo, que motive a los solteros a construir una pareja. Si se quiere, es una forma de dañar y perjudicarse a sí mismo, sin otro resultado que no fuere el  demostrar a su consorte su errada escogencia,  y que, posiblemente, además de ser competidor  es un actor pero de una comedia bufa, ya que a ninguna persona normal puede ocurrírsele invertir tanto amor, dedicación, trabajo y recursos de todo género, como el que se requiere para construir un hogar, para ponerlo en riesgo de manera absurda…

Próxima Entrega: LA COMPETENCIA IMPERFECTA II

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El sexo de pareja bien avenida debe ser fantástico, emocionante, renovado, recurrente y reconfortante; donde el conector más importante sea el binomio oportunamente comunicado de sinceridad-creatividad.

En este tipo de relación sexual que sólo responde a la necesidad de dar y recibir amor, sin más interés que la transmisión del sentimiento de compartirlo todo, ni otra limitación que aquella que nace de su propia espontaneidad, no debe haber nada que pueda considerarse como tabú, prohibido o pecaminoso. Precisamente, porque lo que nace del amor, se hace por amor y para el amor, de ninguna manera puede ser indeseable, desagradable o reprochable.

Por otra parte, este acto en pareja cumple otras funciones en el devenir de la vida de los integrantes como las de rebajar la presión y disminuir el estrés, por lo cual es difícil que alguien que tenga buen sexo no disfrute en la misma medida de buen humor y salud.

Para hacer el amor de manera constante pero agradable con la misma persona son decisivos la ternura, la sinceridad y la creatividad. Estos tres elementos reunidos nos permiten una comunicación fluida y de doble vía, así como incorporar nuevos mecanismos de ayuda para lograr un sexo menos rutinario donde entren en juego todas esas técnicas, herramientas y ayudas que como miembros inteligentes de una pareja, estamos obligados a investigar, aprender y practicar.

El siempre recordado Honoré de Balzac nos dejó un mensaje que ratifica la real posibilidad de tener un sexo emocionante y permanente de pareja, parangonando la posibilidad de vivir de forma amena y edificante, juntos un hombre y una mujer por mucho tiempo, cuando escribió: «Es tan absurdo pretender que un hombre no puede amar siempre a la misma mujer, como pretender que un buen violinista no pueda tocar siempre el mismo instrumento.»

El acto sexual, por ser el momento de mayor comunicación integral de los amantes, al hacerse los dos cuerpos uno, también se da la comunión espiritual; de alguna manera, es en sí mismo un evento extraordinario que cumple funciones muy importantes para la estabilidad de la relaciòn, más allá de la satisfacción sensorial del momento.

El hacer el amor con la persona amada, pudiera ser la manera más sublime de decir «Te amo… eres especial para mì.» Es un acto de tanta solidaridad, que cuando lo realizamos nos preocupa más la satisfacción de la otra persona que de la nuestra. Ese maravilloso momento con nuestra pareja nos ratifica que no estamos solos, que alguien comparte integralmente su vida con nosotros; inclusive su más preciado tesoro.

Pero también es un acto que al estabilizarnos emocionalmente, a su vez nos ratifica que como individualidad de un género determinado somos incompletos y que indefectiblemente para lograr el más alto nivel del goce físico-espiritual requerimos de otra persona que comparta con nosotros, no sólo nuestro aspecto físico sensorial, sino nuestra concepción ideológica de que y por qué estamos sobre esta tierra que Dios nos dio por heredad.

Sin embargo, en el mundo de la realidad de la pareja heterosexual el sexo por sí solo no es todo lo que de él se espera, ni tampoco se usa en todos los casos de manera apropiada. Sobre el tema se ha escrito todo tipo de especulaciones, desde aquellas que lo consideran sublime hasta los que lo consideran la peor aberración, no por ser contrario a la moral, sino por… lo aburrido.

Hay tanto mito, tabú y mentiras sobre el sexo en pareja que pareciera que el tema da para todo. En verdad, en muchos casos en el sexo de pareja es más lo que se oculta, finge, simula o miente, que lo que sinceramente se manifiesta al otro integrante. Debido a esa insinceridad en la comunicación respecto de la recurrencia, apetencias, periodicidad y conveniencia de la fantasía sexual, es que la mayoría de las parejas ocasionales o permanentes llegan a convertir un acto, en sus inicios sublime, maravilloso y emocionante, en algo repetitivo a intervalos, incompleto, insatisfactorio y sin ninguna emoción o sensación reconfortante; casi como el cumplimiento de un deber forzado.

Tan frustrante por mendaz llega a resultar en algunos casos la relación sexual de la pareja, que en vez del acto sublime, romántico, apasionado y solidario que debería representar, lo convierten por virtud de la hipocresía, en una competencia de velocidad o resistencia física, cabriolas o actos acrobáticos aliñados con gemidos fingidos, a cual más digno del público más desaprensivo de un autocine, de aquellos que estuvieron en boga por allá por los años setenta.

Es que por falta de formación sexual y elevación espiritual, un acto esencialmente pasional y mágico, puede derivar en algo simplemente rutinario o resignado, carente de la emoción y fantasía de los primeros tiempos, dejando en el alma una sensación traumática progresiva, que en algunos casos pudiera convertirlo de rutinario y aburrido en desagradable y de tal manera aumentar la pesada carga de insatisfacciones personales, haciendo aún más lacerantes los sentimientos de auto compasión, tan dañinos para el progreso espiritual.

A mi manera de ver la relación sexual de la pareja y su papel protagónico en la felicidad común, la rutina y la resignación suelen convertirse en sus mayores enemigos; siendo además ofensivo a la dignidad de ambos integrantes. Si se quiere, la práctica consciente del sexo de pareja en esta situación, bien pudiera considerarse como una especie de violación premeditada a la integridad del ser humano, la cual no tendría mucho que envidiar a la violación típica de los delincuentes sexuales, porque éstos en un alto porcentaje son enfermos mentales: sicópatas o sicóticos, quienes responden a necesidades derivadas de sus propias patologías, lo que los hace menos responsables de sus actos que aquellos que lo hacen a plena conciencia.

Esa actuación sexual falsa tan común en muchas parejas, donde se usa todo tipo de artilugios, contorsiones y gemidos para convencer de que existe una pasión que hace mucho tiempo murió, es un acto donde conviven sin ningún pudor en la actuación física sobre el sexo opuesto, la deslealtad, la mentira, la suciedad y el engaño.

Claro está que no me refiero a las relaciones de sexo mecánico, ancestral, necesario únicamente desde el punto de vista fisiológico que algunas personas suelen practicar, donde estas actuaciones serían parte de un comportamiento originario; sino que me atengo a relaciones que nacen y deben mantenerse en virtud de los sentimientos de amor y solidaridad que vincula el sexo al espíritu, con vocación de permanencia para una vida plena en común; donde es fundamental, a como de lugar, no dejar marchitar esa plantita tan vulnerable que es el amor físico-espiritual, cuyos principales nutrientes son la ternura, el respeto, el buen ánimo, la comunicación sincera, la aceptación, la consideración, la pasión, el entusiasmo, la magia, la creatividad y… la fantasía.

Próxima Entrega: EL SEXO DE PAREJA III

 

 

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En la entrega anterior les hablé sobre los hoy científicamente comprobados efectos del perdón sobre la salud física y mental de quien lo concede. Debo comentarles que investigaciones científicas muy recientes han ratificado, que en las personas enfermas de cáncer, en las cuales se logra una alta producción de endorfinas, las células buenas que se hacen fuertes, ayudan a combatir y destruir las células cancerígenas. 

Ciertamente, para mí no ha sido ninguna sorpresa; yo siempre he estado persuadido de nuestra capacidad de autocuración, a lo cual siempre he atribuido las «curas milagrosas»  de las que tantas veces hemos oído hablar. Pienso que en esos casos, de forma inconsciente logramos excitar algunos centros de nuestro cuerpo que actúan y producen ese resultado.

      Algo relevante de esos nuevos descubrimientos es que las endorfinas se producen proporcionalmente a como se encuentre nuestro estado de ánimo, y por tanto como todas las cosas trascendentes en nuestra vida, Dios nos las ubicó dentro de nosotros mismos para que no requiriésemos ningún tipo de recurso, esfuerzo o ayuda externa para lograrlas.

       La producción de estas hormonas y su consecuente beneficio sobre nuestro cuerpo y espíritu, estarán a nuestro alcance en la medida en que seamos capaces de superar los problemas que se nos presenten en nuestras vivencias diarias. Esto es: cambiar nuestro mal humor por el buen humor; la tristeza por la alegría; el resentimiento por el amor; los pensamientos negativos por los positivos; la frustración por la confianza; el desánimo por la esperanza; la rabia por la risa; el temor por la fe y la oración;  y el deseo de venganza por el perdón.

      Si logramos producir esos cambios en nuestra integralidad corporal-espiritual, las endorfinas aflorarán en abundancia y sin costo o esfuerzo alguno, para reforzar nuestro sistema inmunológico y de tal manera afianzar una buena salud integral. Creo que Jesús conocía muy bien los beneficiosos efectos del perdón sobre el ser humano, cuando aconsejaba a sus discípulos que deberían perdonar «Setenta veces Siete».

      Por tanto, mi recomendación a mis amigos lectores es que  perdonen siempre, porque esto no sólo nos pone a distancia del ofensor y le hace perder el malsano efecto por él deseado, sino que abona a nuestra salud, bienestar, paz y tranquilidad espiritual, tan necesarias para ser felices. Considero importante recordar que el perdón no exime de culpa al ofensor, sino que libera al ofendido.

       Me corresponde comentarles que existe otro apotegma que aunque muy romántico, poético y de divulgación masiva, es todo lo contrario de lo que indica su enunciado: «Amar es nunca tener que pedir perdón». Quien escribió esto, ciertamente  nunca amó, nunca mantuvo una relación personal permanente o con vocación de tal. Yo que amo intensamente y que mantengo una relación sentimental,  emocional, activa y mágica con la misma persona por más de treinta y siete años puedo darles testimonio con toda propiedad, de que es todo lo contrario: AMAR ES SIEMPRE TENER QUE PEDIR PERDON.

       Es que cuando se ama, el solicitar perdón es una de las formas más trascendentes de decir: te amo, frente a ti, frente a este sentimiento maravilloso no tengo límites; tú persona, el que tú te sientas bien es lo más importante para mì. Pero además, perdonar es un acto que solo puede ser ejercido por personas valientes, que son capaces de aceptar sus errores y reconocer las virtudes de los demás, aunque éstos los superen largamente. Ya lo decía Mahatma Gandhi:  «Perdonar  es el valor de los valientes. Solamente aquel que es bastante fuerte para perdonar una ofensa, sabe amar.»

       Especialmente en  el mantenimiento de una relación personal tan emocional como es la de pareja, siempre estará expuesta a malas interpretaciones, actuaciones desacertadas, omisiones involuntarias y susceptibilidades a flor de piel. Por tanto, las palabras o frases como discúlpame, perdóname, lo siento, lo lamento, no quise ofenderte, te prometo que tendré más cuidado,  tienen un valor incuestionable.

      ¿Qué recurso de discusión quedaría a la otra parte frente a un error nuestro, luego que sinceramente pidamos disculpa o perdón?

       Si con humildad aceptamos que hemos actuado incorrectamente  y  solicitamos una disculpa ¿Qué mayor demostración de amor e interés por la relación que reconocer el error y solicitar perdón? ¿Quién podría negarse a concederla, máxime en el caso de una persona que convive con nosotros  y que también nos ama? ¿No fue acaso eso lo que quiso significar Jesús cuando enseñó que hay que ir a reconciliarse con el hermano antes de la ofrenda? ¿No es acaso el mejor hermano quien comparte contigo todos los días de tu vida y no es acaso la mejor ofrenda el amor?

       Eso fue lo maravilloso de esa enseñanza de Jesús, la cual selló para siempre cuando, en su último momento de vida, solicitó a su padre el perdón para quienes más daño le hicieron porque terminaron con su vida, e imploró: «PADRE, PERDONALOS PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN.»

             Cuántas veces en nuestra vida diaria  de pareja mal interpretamos acciones o palabras, o  no entendemos reacciones absolutamente justificadas, que luego resulta que aceptamos fueron consecuencia de una omisión o actuación involuntaria, pero errada de nuestra parte. ¿Qué sería de la relación si quien comete el acto erróneo no tuviera el valor y la nobleza de aceptar humildemente su error y solicitar la disculpa o el  perdón? Lo menos que se podría esperar sería una acumulación de sentimientos de frustración y desencanto, que cuando llegaran a su máximo extremo, al explotar,  producirían graves problemas, inclusive poner en riesgo la estabilidad familiar.

      Siendo así, en tales situaciones la actuación inteligente, solidaria y si se quiere de autoprotección, lo es precisamente la palabra salvadora de la disculpa o el perdón, acompañada del sincero propósito de enmienda, que conlleva el compromiso interno de evitar repetirlas.

       Creo muy remota la posibilidad real de mantener algún tipo de relación humana, independiente de cual fuere su rango, sin que medie la permanente disposición de, en caso de actuación errónea o inconveniente, solicitar la disculpa o el perdón. Porque de alguna manera el respeto es su hermano gemelo, y por tanto pudiera ser la forma más gráfica de demostrarlo permanentemente.

      Cuando en mi vida me he visto precisado a pedir disculpa o perdón -que han sido muchas veces- para darme valor siempre recuerdo a Jesús, cuando enseñaba: «Porque lo que hagas a los demás, eso ellos harán por tí.»

Próxima Entrega: EL SEXO DE PAREJA I

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      En una oportunidad leí que «El perdón es divino…» Suscribo en su totalidad esa máxima, porque el  hecho de perdonar a quienes nos agravian sin que nada de dolor o rencor quede en nuestro corazón y extirpando de nuestra alma todo sentimiento de frustración o revanchismo, ciertamente nos acerca a Dios y eso nos da un destello de divinidad. Es que el acto de perdonar nos eleva por encima de nuestras miserias humanas. Cuando perdonamos y olvidamos, simplemente vencemos nuestros sentimientos originarios, permitiendo que nuestra espiritualidad supere nuestro instinto natural.

      Pero la recompensa del perdón es grande porque sobreviene la tranquilidad y el sosiego, vuelve la calma y se llenan vacíos espirituales. El alma se siente superada, elevada… más limpia. Sentimos que estamos más cerca de Dios. Para Jesús el perdón era tan importante que condicionó el contacto del hombre con Dios a la práctica del perdón, cuando sentenció: «Cuando vengas a hacer una ofrenda y tengas problema pendiente con tu hermano, anda primero y arréglalo y luego ven a  hacer tu ofrenda.» Como Él consideraba que el perdón limpia el alma, con esta admonición quiso decirnos que mientras no tengamos nuestra alma limpia no debemos hacer nuestra ofrenda (oración), siendo que para limpiarla simplemente debemos perdonar a quienes nos ofenden.

      Tan importante sería el perdón para Jesús que cuando enseñó la más excelsa de todas las oraciones como el Padre Nuestro, condicionó el perdón de su Padre a que a nuestra vez  perdonásemos a quienes nos ofenden, cuando dijo: «Padre nuestro (…) perdona nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores…».  Lo cual es como decir: si yo no perdono tú no tienes porque perdonarme.

      Por otra parte, en las enseñanzas a sus Apóstoles también les decía: «Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre Celestial.»  Y yo puedo dar testimonio de la gravedad para el agraviado de no perdonar, porque tuve la oportunidad de conocer personas que por años vivieron una vida espiritualmente miserable, por sufrir de angustias indeterminables por ellos mismos, hasta que pudieron intuir que el origen de tal estado permanente de mal ánimo, lo era precisamente el recuerdo doloroso por los agravios recibidos. Al identificar el problema perdonaron con el firme propósito de olvidar y el remedio fue efectivo: volvió la calma a su alma y mejoró substancialmente  su estado de ánimo.

      La misma situación de angustia y desasosiego se da en el ser humano que estando consciente de que ha cometido errores, actuaciones u omisiones que han causado daño a otras personas, no se perdonan a sí mismos. En estos casos, luego de reconocerlo, meditarlo y procesarlo, al perdonarnos nos elevamos por encima de nuestra propia materialidad, nos acercamos a Dios y sentimos otra vez nuestra alma limpia y la recompensa es la tranquilidad espiritual, que es el mejor remedio para eliminar la angustia.

      Es que perdonar es amar y amarse, y conviene recordar que «Sólo el amor puede vencer el odio.»  No deberíamos olvidar que fue por amor que fuimos diseñados por Dios y por amor engendrados y concebidos por nuestros padres.

      Considero que algunos paradigmas muy comunes lo único que han hecho es producir problemas. Por ejemplo, aquel de que «Hay ofensas tan graves que no se pueden perdonar»  Siempre me ha parecido muy emocional pero  nada inteligente ni práctico, o por lo menos nada beneficioso al agraviado. En principio el mayor efecto dañoso del agravio se produce en la misma medida en que el agraviado lo recuerde.  Por tanto, mientras el ofendido recuerde el agravio, sufrirá por ese ingrato recuerdo,  con el agravante de que pudiera ser que el ofensor ya ni siquiera recuerde el evento dañoso.

      Mientras no se olvide el agravio se estará trabajando a favor del agraviante, ayudándole a lograr mejor su objetivo: producir sufrimiento; y para evitar ese dolor la mejor solución es perdonar y… olvidar. Cuando se logra olvidar y perdonar, simplemente se gana la partida porque pierde su efecto el daño y el agraviado se  pone fuera del alcance del adversario, al constituirse el perdón en una solución liberatoria.

      Como lo escribiera Francoise de La Rochefocauld:  «Cuando nuestro odio es demasiado profundo, nos coloca por debajo de aquellos a quienes odiamos.»

       Con absoluta certeza debo referirles que la sed de venganza y el desasosiego que produce el recuerdo del agravio cuando no ha sido perdonado, afecta gravemente nuestro cuerpo físico. Hoy ya no es una especulación sin base científica, el que cuando estamos llenos de rencor nuestra química corporal se altera y nos produce un estado neurótico, que nos hace más vulnerables al desmejoramiento de nuestra salud física y psíquica.

      El estado mental que produce el recordar el agravio por no haberlo perdonado, nos convierte en receptores de estrés y como consecuencia, en  una fuente generadora de enfermedades, disminuyendo nuestra capacidad de disfrutar de las cosas hermosas que existen en el ambiente que nos rodea, y que hacen agradables y confortables todos los días de nuestra vida.

      Por otra parte, descubrimientos científicos en los últimos veinticinco años del Siglo pasado, nos han demostrado la capacidad de nuestro cuerpo de generar hormonas beneficiosas a nuestra salud física, tales como las endorfinas y las feromonas,  cuales únicamente surgen y se desarrollan cuando nuestro estado de animo está en su mejor momento, como en ocasiones de alegría y en la práctica de los deportes. Las primeras, conforme al criterio de los doctores Guillemín y Huges (1975) son «moléculas polipeptídicas, en realidad drogas que segrega el cerebro», las cuales tienen un efecto inmediato y casi mágico sobre el carácter del ser humano, e inclusive en el dolor en su parte física.

      Dentro de los beneficios de esas hormonas podemos asegurar que son extraordinariamente positivas en el mantenimiento de la lozanía de la piel y el sistema capilar, así como que en estados mórbidos graves como en el caso de células cancerígenas, estas hormonas contribuyen a reforzar las células sanas que al final pueden destruir las enfermas…

Próxima Entrega: EFECTOS POSITIVOS DEL PERDON (PARTE II)

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La historia nos ha enseñado que Dios siempre ha provisto nuestras necesidades. ¿Por qué preocuparse entonces por ellas? ¿No se comportan la salud, el bienestar y la vida en general, conforme a nuestra manera de actuar y nuestro estado de ánimo? Pues bien, no tengo duda que ninguno de los supuestos “males” con los cuales desde que nacemos nos asustan, no tienen poder sobre los valientes, que son aquellos quienes tienen fe en Dios, confianza en si mismos, optimismo en el resultado de sus actos, amor por sus semejantes y la seguridad de que esta vida es bella, porque es el máximo regalo que Dios obsequió a sus hijos.

Debo por tanto insistir en que los temores a las incidencias de la vida y sus eventos, especialmente aquellos futuros e inciertos, no son más que un invento o “creación demoníaca” de quienes ignoran su propio potencial personal, carentes de optimismo y fe, porque fueron alimentados por su entorno íntimo desde su más tierna edad, con la bien intencionada pero errada premisa, de que toda esa carga de negatividad, les estaba creando mecanismos de defensa que preservarían su vida, en un mundo supuestamente peligroso y agresivo.

Sin duda, estas personas ignoraron siempre las maravillosas e inigualables condiciones y recursos de que este globo terráqueo dispone para nuestro disfrute, así como nuestra capacidad para asimilarlos como seres hechos a imagen y semejanza de Dios, con potencialidad casi inagotable para convertir los problemas en… asuntos por resolver; cuya solución por cierto, no tiene siempre porqué ser desagradable, porque entre otros aspectos, nos prepara para una vida… mejor.

En tal situación es imperativo destruir esos paradigmas y etiquetas negativas, que pudieran haber sido diseñadas con la intención de prepararnos para sobrevivir en un mundo supuestamente ingrato y problemático, lo cual por cierto es todo lo contrario de la realidad, porque este inconmensurable mundo sólo es ingrato y problemático para aquellos que viven bajo la oscuridad del miedo, que es una ficción que se alimenta de la predisposición a los pensamientos negativos, de la falta de confianza y fe en las fuerza universales que rigen el mundo y en nosotros mismos, porque para los valientes -aquellos que vencen el miedo- vivir y no sobrevivir es una experiencia extraordinaria. Tanto, que harían cualquier cosa para no perdérsela, y es por esto que bajo ninguna circunstancia desean… morir.

Determinado que formamos parte del equipo de los positivos y que preferimos vivir a sobrevivir, nos corresponde crear nuevos mecanismos que nos dispongan a experimentar una existencia grata, en un mundo lleno de hermosos paisajes, recursos y oportunidades sin límite; sustituyendo los viejos modelos por el optimismo y la fe en nuestra capacidad y potencialidad para vivir intensamente en cada instante de nuestras vidas, todas esas bendiciones que Dios puso sobre esta madre tierra para ser vividas, que no para sobrevivirlas, porque para esto último no requerimos nuestra privilegiada inteligencia. De la sobrevivencia física se encarga nuestro instinto natural.

De tal manera, como es cierto que depende de nosotros el poner a nuestro favor las eventualidades de nuestra existencia diaria; si el color de nuestra vida lo será conforme a nuestra propia óptica; si el noventa por ciento de la trascendencia de cualquier evento, con respecto a nuestra vida, lo es como nosotros lo interpretemos; si el más minúsculo acontecimiento, como una actitud, una palabra, una sonrisa o un gesto, pueden cambiar nuestro destino conforme a como lo interpretemos, asimilemos o pongamos a nuestro favor… entonces:

¿De qué deberemos temer?

¿No es acaso el temor una ficción creada por nuestra mente respecto de lo que podría o no suceder en cada caso u oportunidad?

¿No hemos aceptado que el espacio de tiempo entre un evento y otro es infinitesimal, y en consecuencia no existe posibilidad cierta de predecir con exactitud cuál será el resultado final?

¿No fuimos hechos a imagen y semejanza de Dios y por tanto con la mayor capacidad intelectiva sobre este planeta?

¿Qué debe suceder para convencernos que somos un pedacito de Dios… no importa cuál, pero un pedacito de Dios, y Dios… lo puede todo?

¿A qué esperar?

Hemos perdido demasiado tiempo. No lo pensemos más. Esta es la hora de hacerlo. Tomemos estas herramientas y combatamos el temor. Digámosle sí al optimismo, a la fe, a la ventura, a la felicidad; porque si luchamos y vencemos el temor –de lo cual no debemos tener duda- porque como alguien lo escribiera: “Estamos inevitablemente condenados a ser felices” Creo que una buena manera de no olvidar estas verdades, es recordando la infinidad de veces que en nuestra vida temimos que algo podría llegar a acontecernos y ciertamente nunca sucedió.

Nos conviene recordar las muchas oportunidades que temimos que un evento desagradable que nos ocurría era lo peor que podía pasarnos, pero años después entendimos que ese suceso sólo había sido un paso necesario de dar, sin el cual seguramente hoy no disfrutaríamos de la felicidad que tenemos.

Como una demostración de que es cierto que algunos eventos cuando suceden los vemos negativos, pero con el devenir del tiempo los consideramos positivos, les ilustro sobre el comentario de un amigo quien me confesó que hace veinte cuando se divorció, pensó que había fracasado en su más importante empresa, por lo cual se sintió desolado y triste. Luego -me dijo- no he parado de dar gracias a Dios por haberme dado la lucidez para tomar esa decisión. Pero además, el considera que aquella fue uno de los actos más acertados de su vida, ya que se dio a si mismo y a su ex consorte, la oportunidad de comenzar una nueva vida que para ambos ha sido buena.

Por todo lo expuesto, aconsejo a mis lectores recordar algunas de las últimas palabras de Juan Pablo II (Karol Józef Wojtyła ) dirigida a los jóvenes en su lecho de muerte el año 2005, cuando les recomendó de forma concreta, pero muy sabia: “NO TENGAN MIEDO”.

Próxima Entrega: UN STOP EN EL CAMINO- PARTE I

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Para los hijos hasta determinada edad sus padres son lo máximo: su padre un héroe y su madre una santa. Pero a medida que van creciendo la situación cambia radicalmente.

La independencia y los nuevos conocimientos adquiridos les permiten hacerse una imagen más libre y real de lo que fueron como seres humanos, advirtiendo de manera no sesgada sus virtudes, defectos y limitaciones; especialmente su actuación con ellos en la época de la niñez y adolescencia. Ese es el momento de la verdad, y en algunos casos los hijos advierten con dolor, las gigantescas limitaciones y carencias en su personalidad; dejando profunda huella, aquellas que tienen que ver con el respeto y la afectividad que pudieron haberles negado.

Porque para los niños como su mundo es tan pequeño es muy importante el amor, y ellos no conocen otro cual no sea el de sus padres. Sin ese amor, es muy poco lo que tienen. En ese su mundo, un beso de la madre y, especialmente para los varones, del padre es algo muy reconfortante. Tanto que puede marcarlos positiva o negativamente por toda su vida.

Como padre, me niego a aceptar como automático el respeto reverencial que algunos padres reclaman como obligatorio de sus hijos, únicamente por el nexo biológico. Sin que tal apreciación signifique que no considere que el amor y el respeto de los hijos a los padres, debe estar por encima de cualquier consideración subalterna. Por el contrario, no tengo duda que los hijos que honran a sus padres, definitivamente son benditos por Dios.

Pero es que la forma como se conciben los hijos es haciendo el amor con la persona amada, y este es el más exquisito de todos los placeres que en nada puede parecerse a un sacrificio. Durante el embarazo la mujer es mimada por su pareja y su entorno familiar, viviendo una época de afecto y reconocimiento, que tampoco tiene porqué hacerla infeliz. Pero mantener creciendo en su vientre durante nueve meses una cosita tierna que es el producto de su amor, lo natural es que le produzca una gran ternura y regocijo.

Finalmente, traerlo al mundo con los adelantos médicos y farmacológicos actuales, no sólo ya dejó de ser un acto de extremo dolor, sino que yo que he presenciado algunos partos de mis hijas, que las vi radiantes de alegría al nacer el niño, puedo asegurar que para la madre el momento del nacimiento, más que doloroso, es extraordinario, sublime… e incomparable. Después de nacido, cuidar a un bebito lindo de lo más gracioso, no es algo que podamos denominar como un acto sacrificado, heroico o doloroso.

Pero, llevarlo al médico y suministrarle alimentos, no pareciera nada del otro mundo. El educarlo, siendo que en la mayoría de los países la educación fundamental es gratuita, pareciera el mínimo esfuerzo que unos padres deben hacer por sus hijos.Se me ocurre que si tratamos el tema con sinceridad, tendremos que aceptar que no existe ninguna deuda extraordinaria ni vitalicia de los hijos para con sus padres, por el único hecho de que éstos hayan hecho lo normal para preservar y desarrollar a quienes ellos voluntariamente trajeron al mundo, pero sin su consentimiento.

Otra cosa es el agradecimiento de los hijos por la especial actitud hacia ellos cuando más la necesitaron; como serían el amor, la comprensión, la consecuencia, la caridad, la solidaridad y el respeto por su carácter particular y su libre albedrío; aspectos estos que no son un obsequio o liberalidad de los padres hacia sus hijos, sino que son la herencia de Dios a cada ser humano que viene a poblar esta madre tierra.

Al menos por mi parte como padre, mis hijos no tienen tal deuda conmigo. Todo lo que hice y sigo haciendo por ellos, lo es por amor y eso me hace muy feliz. Pero lo fundamental es que lo que yo hice por ellos fue lo mismo que hicieron mis padres por mí. Por eso considero que ningún hijo debe pensar que tiene una deuda especial con sus padres por haberlo traído al mundo, criado y educado, porque eso mismo fue lo que hicieron sus padres por ellos. Simplemente, los padres cobramos por adelantado de nuestros propios padres, lo que a nuestra vez hacemos por nuestros hijos.

Como consecuencia, nada deben los hijos a sus padres por estos conceptos. Pienso que eso quiso significar Carlos Augusto León en su bello poema “Elegía en la Muerte de mi Padre”, cuando escribió: Con un hijo te pago la vida que te debo, porque creo ciertamente que no hay otra manera…”.

El respeto reverencial debería ser la resultante del orgullo y admiración de los hijos por el buen comportamiento de sus padres, como reconocimiento espontáneo por la moral, hidalguía, lealtad, integridad, honestidad y responsabilidad que advirtieran en los progenitores en sus actuaciones cotidianas, desde las más banales hasta las más trascendentes.

Ese respeto reverencial que vemos de algunos hijos para con sus padres, responde a una dedicación más allá del aspecto netamente natural de supervivencia física y su formación. Es la consecuencia del amor y el respeto por el hijo, demostrado en hechos desde que éste es concebido hasta que deja el hogar sin que nunca llegue a agotarse.

Pienso que los padres merecedores de tal respeto no tienen necesidad de reclamarlo porque sus hijos se lo otorgan voluntaria y cariñosamente, cuando sin ninguna presión solicitan su consejo, asesoramiento y orientación.

Quizás nos convendría como padres aceptar que somos nosotros quienes debemos entender a los hijos y no ellos a nosotros, porque somos los padres quienes más hemos vivido y acumulado mayores experiencias de la vida, y por tanto estamos obligados a aceptar su desconocimiento, y orientarlos en el buen camino, de la misma manera como nuestros padres hicieron con nosotros.

Próxima Entrega: FICCION DE SOLEDAD

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          Hace pocos años presencié un programa de televisión internacional, donde presentaban unos gemelos que habían nacido con un mal congénito que no les permitía respirar normalmente. Uno de ellos, a la edad de cuatro años ya había estado hospitalizado veintiocho veces y le habían realizado once operaciones quirúrgicas en su garganta. El otro, un numero escasamente menor de cirugías y hospitalizaciones. Pero algo más grave aún, al descubrir que se trataba de un problema cromosómico transmitido por la madre, el diagnóstico médico definitivo fue que el mal era irreversible y por lo tanto estos niños jamás podrían tener una vida normal. Permanecerían de forma obligatoria recluidos en hospitales para recibir muchas otras intervenciones quirúrgicas, hasta que la vida se les extinguiera. 

         Más allá de la inmensa tristeza que como padre y abuelo me produjo esa dolorosa escena, recibí de los padres de esos niños una de las mayores enseñanzas de mi vida. Se trataba de dos personas menores de treinta años, quienes retozaban en la alfombra con sus dos hijitos que se encontraban conectados a unos aparatos respiratorios, y ciertamente sus rostros reflejaban felicidad. Estas personas de espíritu tan elevado no pensaban que Dios había sido injusto con sus hijos y con ellos por tan deprimente situación, sino que rebosaban de felicidad porque Dios en su infinita misericordia había preservado la vida de sus dos niños y les mantenía a ellos sanos para poder ayudarles.  

        Entonces yo, que tengo vivos mis cinco hijos y mis nueve nietos y a cada momento recibo el amor de ellos y el de mi amada esposa, tengo que tener mi estado de ánimo por las nubes. Estoy obligado a dar gracias a Dios por habernos preservado de tantos males; por darnos y mantenernos esta vida, sin la cual no podría experimentar mis sentimientos sin importar si son agradables o desagradables, por que lo trascendente es que me hacen sentir que aún estoy…vivo y feliz; igual que usted quien en este momento no tendrá más alternativa que sentirse como yo: con su estado de ánimo muy elevado por ser un hijo privilegiado de Dios y por tanto agradecido y feliz. Por eso, como Emerson repito desde el fondo de mi alma: “Todo lo que he visto me enseñó que debo confiar en el Creador a quien no he visto.” 

        Si usted medita sobre lo expuesto y se ubica como un habitante más de este mundo, donde caben holgadamente la vida y sus dones, pero también la muerte  y la escasez; la salud y la bonanza, pero también la enfermedad y la pobreza; el dolor, la tristeza y el odio, pero también la alegría, la solidaridad y el perdón; la maldad y la envidia, pero también el amor, la bondad y la generosidad; la frustración y el fracaso, pero también el éxito y como fuente inagotable de vida: la esperanza. A esta altura de las cosas, seguramente usted no tendrá duda de su condición de  hijo especial de Dios y rebozará de alegría.  Así que por favor, no pierda ni un segundo, no  desperdicie esta oportunidad  y corra… corra donde su hijo y su esposa, abrácelos y béselos con toda la ternura de que es capaz, póngalos contra su corazón, inúndelos de amor, porque esa es la mejor parte de ese tesoro recibido de Dios: su vida y la continuación de ésta representada en sus hijos

          Por cierto… ¿Alguien habló de tristeza o  de  mal estado de ánimo?   Aquí no puede ser. Será en otra parte, otras personas, pero no nosotros. Nosotros recibimos de Dios la luz de la razón que nos permite conocer estas verdades para que podamos analizar cada uno de los aspectos de nuestra vida terrena, lo que diariamente nos posibilita para reconocer su amor, puesto de manifiesto en sus múltiples bendiciones, con la única intención de que seamos felices.   No podemos defraudar a nuestro amado Padre Celestial. No nos lo perdonaríamos… y esta vida es tan corta que no podemos perder ni un segundo de ella. Por eso debemos vivirla intensamente, disfrutándola con fruición, con abundancia de amor, con avaricia de felicidad porque para ser felices fuimos creados por Dios. Lo contrario sería un desperdicio imperdonable, porque los momentos de la vida que no disfrutemos ahora mismo, fatalmente pasarán y serán… irrecuperables.  

         Finalizo esta entrega recordando a un maestro de las letras, que lo  hizo inolvidable para quienes amamos la poesía, quien no se contentó con el romanticismo, sino que nos dejó un mensaje bueno para la vida diaria: Don Pablo Neruda, cuando escribió:  “Levántate y mira el sol por las mañanas y respira la luz del amanecer. Tu eres parte de la fuerza de tu vida; ahora despiértate, lucha, camina, decídete y triunfarás en la vida; nunca pienses en la suerte, porque la suerte es el pretexto de los fracasados.»

 

Próxima Entrega: VIVIR O… SOBREVIVIR.

 

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