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Archive for the ‘AMOR PERMANENTE’ Category

TOÑO E ISA EN MIAMI  (2009)

¿Cuál es el factor fundamental que incide para que en las parejas, progresivamente decaiga el idilio, entusiasmo, emoción y pasión de los primeros tiempos?

Es un tema largo y complejo, pero aislando factores incidentes, pareciera ser que el primero es la rutina, que surge cuando los integrantes, imbuidos de su nuevo rol y la seguridad que conlleva, descuidan el comportamiento cuidadoso, atento, considerado y romántico, que dio origen a la unión.

Se hace pareja para dar permanencia a la relación que se disfrutaba como novios, bajo la premisa de que viviendo juntos,  los bellos sentimientos que alimentan el noviazgo, se harán más fuertes y solidarios.

Si la convivencia disminuye o desmejora esa emocionante sensación que mantuvoactivo el noviazgo, la frustración abona el terreno para el hastío, así como para las desavenencias, desacuerdos, desinteligencias y mala comunicación, que afectarán la convivencia diaria.

El alimento de la pareja lo es ese coctel cotidiano de amor, ternura, pasión, respeto, aceptación, solidaridad, lealtad y sensación de socorro mutuo, que  se constituye en blindaje para mantener relación en el tiempo.

El tedio y la rutina se combaten con el entusiasmo, positivismo, buen humor, creatividad y buena comunicación; sentimientos que únicamente surgen del amor, lo cual mientras este se mantiene vivo todo tiene solución, porque el amor lo puede todo.

Para reforzar el sentimiento de que la unión aporta y no disminuye emoción a la relación, debe mantenerse el mismo comportamiento atento, considerado, entusiasta, obsequioso y… enamorado, como en la época del noviazgo.

Descuidar la magia del te amo, las invitaciones, sencillos obsequios, salidas, y de vez en cuando una que otra locurita, es convertir lo que pudo ser emocionante y permanente, en rutinario y fastidioso.

El lenguaje del amor es muy variado: comprensión,  aceptación, atenciones, miradas, contactos de piel, guiños, señas; y las frases te amo y discúlpame que siempre deben estar presentes. Nathaniel Hawthorne, comentaba: “Las caricias son tan necesarias para la vida de los sentimientos como las hojas para los árboles. Sin ellas, el amor muere por la raíz”.

No olvidemos que quien nos escogió dentro de millones de otras opciones para hacer vida en común, lo hizo para producirse más y mejor amor, ternura, consideración, aceptación, emoción, compañía, seguridad y… buen sexo; todo lo cual bien podría lograrlo con otro que entendiera mejor ese privilegio de ser especialmente escogido para compartir cuerpo y espíritu, en el camino de hacerse la vida más grata, emocionante, segura, permanente y feliz.

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Releyendo a Vinicius de Morais, especialmente su comentario de que la gente no hace amigos sino que los reconoce, me surgió la interrogante de, si podemos hacer los amigos o si, realmente simplemente los reconocemos.

Durante toda nuestra vida nos intercomunicamos con personas que nos simpatizan, otros que nos son indiferentes y algunos que rechazamos; pero la amistad que surge de nuestro espíritu no hace categorías. Los amigos, como dice de Morais, los reconocemos y tal evento no tiene que ver con su figura, género, cultura, posición social o económica; es un sentimiento que surge de muy dentro, sin mucha lógica pero profundamente humano y  edificante.

El sentimiento de amistad es una manera sublime de amar, porque es espontáneo pero además, desinteresado. Uno ama a su familia troncal, porque lleva su sangre. A su pareja, porque comparte con ella ambiciones, esperanzas, sueños, buenas y malas situaciones y hasta el sexo, todo lo cual de alguna manera conlleva intereses. Pero a los amigos los amamos, sin más requerimiento que la espectativa de su reciprocidad.

Los amigos no requieren ese afectio diario, natural en la relación consanguínea y necesario en la   de pareja. A los amigos no requerimos decirles que los amamos, como sì es indispensable con la pareja y por demás conveniente con la familia; sin embargo, cuan hermoso y grande es el espacio que abarcan en nuestra alma.

Cuando perdemos un amigo, perdemos un pedazo de espacio de nuestra propia vida; ellos no son sustituibles, porque son especiales, individuales y típicos. Es una relación esencialmente volitiva, que no mira conveniencias ni fines más allá del disfrute del sentimiento de compartir la ideología fundamental de la vida. De alguna forma, la amistad es la materialización del principio cristiano de que todos somos… hermanos.

Con los amigos vencemos sentimientos muy arraigados, como el egoísmo, individualismo y temor, que pudieran ser mecanismos de defensa, frente a un mundo que no siempre es como hubiésemos querido que fuera.

Pudiera ser que el amigo no esté físicamente presente, pero está ahí, sembrado en lo profundo de nuestro afecto; no importa cuantos años dejamos de verlo; si nos ha sido útil o no, ni como lo consideren los demás. Simplemente es nuestro amigo, que en el concierto del universo, se hace un pedazo de nosotros mismos, la mayoría de las veces sin conocer a ciencia cierta, cuanto y porqué le queremos de forma tan especial.

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Hoy quiero tributar mi reconocimiento a esos seres excelsos y de especial condición que pueblan esta tierra, LAS MUJERES.

Desde niño siento respeto, reconocimiento, agradecimiento y atracción hacia ellas. Me concibió y crió una de las últimas damas antañonas que tuve el privilegio de amar y conocer: mi madre glamorosa y gentil, esposa fiel y consecuente, acertada patrona del barco familiar.

Cuando crecí, conocí mujeres muy diferentes sentimental, física y culturalmente, pero llenas de amor y decisión de salir adelante con sus propios recursos y esfuerzo, seguras de alcanzar cualquier meta, hasta poco tiempo atrás, equivocadamente, reservada a los hombres, en la mayoría de los casos, con el correr de los años, de una u otra manera lograron sus cometidos.

La más cercana de ellas, mi esposa, quien no obstante atender un marido, cuatro hijos y el duro trabajo como Empresaria, coronó sus estudios universitarios y ejerció exitosamente sus roles de profesional, esposa, madre y… amiga.

Satisfactoriamente, en los últimos cincuenta años he visto avanzar a las mujeres en todos los campos, sin descuidar su esencia de madres ni su vocación de esposas; desarrollando familias, profesiones, negocios, actividades políticas y comunitarias, beneficiosas a sus conglomerados y países.

Mundialmente, las he visto luchar por sus derechos y los de las minorías, recibiendo improperios, atropellos, golpes y cárcel; inclusive muriendo en manifestaciones políticas por defender sus principios y creencias. Las he conocido Presidentes de Países y Corporaciones, Primeros Ministros, Ministros, Gobernadores, Alcaldes, Presidentes de Cámaras Políticas y Cortes, así como Oficiales de todos los componentes de las Fuerzas Armadas. Las he observado capitaneando barcos mercantes y turísticos; como reporteras y rescatistas en catástrofes y conflictos bélicos; enfrentando su vida en los cuerpos policiales para proteger sus comunidades; y en New York y Chicago, las vi a más de cien metros de altura trabajando en la construcción y especiales soldadoras.

Pero siempre e independiente de su actividad, su te rnura y comprensión, su piel de pétalo de rosa, aroma de gardenias y mirada expresiva, las han hecho insustituibles para un mundo que se niega a sucumbir bajo el frío de la praxis cotidiana, el halo paralizante del temor, la insensibilidad colectiva y la disminución de la solidaridad humana, que pareciera contaminarlo… todo.

Bendito sea Dios que en su infinita misericordia nos regaló,  representado en ellas, toda su belleza, generosidad y ternura, que nos permite manifestar que aunque nuestra existencia no es una fiesta, vale la pena vivirla.

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Estas reflexiones van orientadas a personas que, consuetudinariamente se quejan de que siempre hacen las cosas mal, quienes por cierto, en los casos que me ha tocado asesorar, resultó que siempre pude probarles que, en todo lo que se consideraban fracasados, siempre otros lo había hecho peor.

Uno de ellos me comentaba con tristeza que se consideraba mal padre, por no haber logrado que ninguno de sus hijos coronara una carrera universitaria, considerándose culpable porque en la época del bachillerato tuvo que divorciarse y no pudo incidir decisivamente en su educación posterior. En principio le probé que si ellos hubiesen tenido la decisión y diligencia necesarias, sólo la muerte hubiera podido evitar su éxito, porque no dependía de él como padre sino de ellos como individuos, haber trabajado para alcanzar esa meta; de hecho, conozco hijos que no llegaron a conocer su padre y sin embargo culminaron sus aspiraciones. En segundo lugar, probé que muchos hombres, engendran hijos por quienes nunca se preocupan del alimento, menos aún si son debidamente educados, en cambio él había hecho lo que estuvo a su alcance por cumplir sus obligaciones. Por tanto, en su papel de padre, él siempre fue mejor que otros.

En otras oportunidades, conversé con quienes se lamentaron de no haber sido esposos, hijos, profesionales o trabajadores ideales; pero en verdad, todos habían cumplido su rol -normal conforme a sus características e idiosincrasia- sin haber llegado ninguno a cometer actos dolosos, crueles, graves o delincuenciales, sino que la queja se debía a su convicción de haber sido ineficientes. También en esos casos argumenté y probé, refiriendo situaciones cercanas, que como esposos, hijos, profesionales o trabajadores, muchos lo hicieron peor que ellos.

Es que como seres humanos somos diversos y, no obstante que en todas las actuaciones de nuestra vida siempre hay alguien que lo hace mejor o puede superarnos, en el mundo de la realidad, si nos recreamos en nuestro entorno, descubriremos que en todo, siempre hay alguien que hace las cosas peor que nosotros, cual es bien importante de considerar, por ser un mensaje de fe y optimismo, que fortalece el criterio que nunca somos peores que nadie más.

Auto victimizarnos o sentirnos culpables por tener unas características, personalidad e identidad especiales, que inciden en nuestras actuaciones cotidianas, no nos aporta nada bueno, ni a nosotros ni a nuestro entorno. Por tanto, lo positivo es aceptar tanto nuestros aciertos como nuestros errores, como algo normal en el desarrollo de nuestra vida.

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Cuando dos personas diferentes llegan a hacer de sus vidas un solo cuerpo y una sola alma, es un evento especial que sólo puede producirlo… el amor. La principal motivación para unir nuestra vida a la de otro, casi siempre extraño hasta poco antes de conocerlo, es confundirse en uno solo con esa otra persona.

El amor surge espontáneo, pasional y… urgente. Su espontaneidad le genera riesgo, pasión y peligro. Su urgencia es la de lograr unir el cuerpo y el alma con quien amamos, sin importar el riesgo. Cuando amamos, jugamos a ganar o a perder; simplemente, lo arriesgamos todo sin reservarnos nada. Nuestros mecanismos de defensa se minimizan y sólo queda espacio para la emoción, la pasión, el entusiasmo, la ilusión y… la esperanza. Todo inmerso en esa bruma rosada que nos hace ver la vida como debería serlo: muy bella.

El resultado de esa hermosa aventura que significa hacer pareja, dependerá de que los dos tengan la capacidad de confundirse en un solo corazón y una sola alma; lo cual por cierto no es tan difícil, pero sí requiere de nobleza, generosidad, deseos de dar, reconocer y aceptar a quien amamos, en sus propias y originales dimensiones humanas.

No es posible encontrar un “prototipo” conforme nuestros deseos, pero si tenemos la capacidad de fundirnos con el otro, al confundirnos nos hacemos una parte de su cuerpo y su alma. Así, al integrarnos en uno solo, vencemos las diferencias, caminamos por el mismo sendero con los mismos intereses, ambiciones y sueños; eso es posible, lo he vivido y disfrutado por más de treinta y nueve hermosos años. No ha sido fácil, pero si emocionante y engrandecedor.

Es como una meta que establecemos, en beneficio de la cual todos los días hacemos algo positivo, beneficioso y… agradable. Tiene que ver mucho con el color que uno asigna a las situaciones y eventos de la vida diaria. Somos nosotros y nadie más los responsables de lograr el premio; viviendo de la mejor manera posible, manteniendo vivo el afecto y el respeto, haciendo del hogar un nido de amor donde se funde y progrese una familia; y eso sólo puede lograrse cuando dos personas que se aman y hacen pareja, tienen el valor y sinceridad de mostrarse como son, de actuar para fundirse y confundirse en un solo cuerpo y una sola alma.

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Jennifer,_Matthew¿Por qué es tan difícil la buena relación de pareja? Siento que el asunto no responde a procesos de lógica racional, sino a reacciones viscerales.

¿Acaso no es lógico que abandonemos la soltería, porque amamos a esa otra persona y hagamos todo lo posible por y para compartir nuestros mejores sentimientos, en una vida armónica, agradable y emocionante?

Pero…¿No es ilógico que, logrado el objetivo principal de convivir con la persona amada, en vez de hacer más fuertes los sentimientos de ternura, comprensión, solidaridad, entusiasmo, emoción, pasión y sexualidad, estos se desmejoren?

Creo que se trata de la incapacidad de entender la importancia de mantener y alimentar permanentemente el entusiasmo, la emoción, la ternura, la magia; y ese toquecito de locura que debe dársele siempre a… la sexualidad.

En las parejas felices, la relación es el eje alrededor del cual gira toda la actividad de ambos. El hacer pareja es aunar amor, personalidad y esfuerzos, en pro de una relación afectiva, progresiva y permanente.

¿De qué serviría la riqueza, títulos, honores, fama o poder si no se tiene un amor que llene integralmente, con el cual compartir éxitos o desvelos?

Por años he observado que la pareja desea una buena relación. Sin embargo, manifiestan problemas para mantener esa armonía, entusiasmo y emoción cotidiana. De toda esa experiencia deduje que las personas piden todo de su pareja –especialmente los hombres- pero poco están dispuestos a aportar por el logro de mantener el amor con libertad y la comunicación con respeto y armonía.

La relación de pareja no acepta supremacías porque es de dos, con iguales derechos y deberes, para convertirse en uno; donde ambos pierden o ganan de idéntica forma. Si uno y otro no sienten que aman con libertad y no con temor o resignación, la relación no puede mantenerse. Es que nadie hace pareja para sentirse peor que permaneciendo soltero.

El éxito o el fracaso de la pareja es asunto de dos; especialmente para quienes aman por vocación y decisión propia, pero no porque intereses subalternos, le indiquen la unión como posibilidad de solucionar algo diferente a la conveniencia de amar y ser amado; compartir y dar lo mejor de sí, en una relación que puede llegar a ser la más hermosa aventura que ser humano alguno pueda experimentar.

Es esto lo que siento luego de más de treinta y nueve años de feliz matrimonio, y así me corresponde divulgarlo.

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“LOS MOMENTOS FELICES NO PUEDEN ESPERAR”

En una sesión de asesoramiento, un empresario me manifestaba su preocupación porque los negocios estaban decayendo, las proyecciones económicas no eran buenas y vaticinaban una recesión. Cuando luego de emitirle mi criterio pregunté con interés por su familia, su respuesta fue realmente vaga y desinteresada; tal como si al formular esa pregunta, estuviera tratando algo de menor importancia. En ese momento recordé al rabino Harol Kushner, cuando escribió:

“¿De qué se trata la vida? No es acerca de escribir grandes libros, amasar una gran fortuna, alcanzar el poder; es acerca del amar y ser amado, es acerca de disfrutar la comida y sentarse al sol, en vez de almorzar corriendo y regresar apuradamente a la oficina. Es para saborear los momentos que no perduran, los atardeceres, las hojas que cambian de color en el otoño, los escasos momentos de comunicación real. Es acerca de saborearlos en vez de perderlos, porque estamos tan ocupados y no van a esperarnos hasta que tengamos tiempo para ellos.” (Citado por el Dr. Ron Jenson en su obra Viva la Vida no Sobreviva),

Ciertamente, a muchas personas se les escapa lo más bello del maravilloso hoy, pensando y preocupados por lo que pudiera suceder el día de mañana. En esa inquietud por asegurarse un futuro,  que es incierto e imprevisible, mediante la acumulación de riqueza y poder, descuidan las cosas bellas, sentidas, sencillas e inmediatas, cuales tienen a su alrededor y pudieran hacer su felicidad, cuales para disfrutarlas no requiere ninguno de esos dos factores.

Es que para amar y ser amados, para disfrutar de la familia, de la paz mágica del hogar que premia el esfuerzo razonable, se requiere equilibrar el tiempo y el esfuerzo. La actividad productiva moderada deja holgado espacio para el disfrute de la familia, trabajo, comunidad, entretenimiento, estudio y actividades complementarias; pero jerarquizadas.

La acumulación de riqueza y poder, deben ser secundarios, porque no son esenciales para la felicidad, y por tanto, no debe cambiarse lo seguro y permanente, por lo dudoso y de imposible aseguramiento.

Como lo parangonara Harold Kushner, las frescas mañanas, los bellos atardeceres, las gotas de rocío sobre las flores, la graciosa risa de los niños, el tierno beso de la esposa, el abrazo y la bendición del padre anciano, no van a estancarse ni pueden esperar hasta que tengamos tiempo para ellos; porque cada momento es único e irrepetible; pasa, se desvanece y pudiera ser que… no regrese.

Pienso que en abono a la no preocupación por eventos imposibles de predecir, fue que Jesús enseñaba a sus discípulos: “Cada día trae su afán…  basta a cada día su propio mal.”

Si damos prioridad, dedicación y entusiasmo a ese mundo maravilloso del amor y la familia, quedará el tiempo necesario para las demás actividades. Son las leyes de Dios que rigen nuestra vida; no todas están escritas pero se cumplen siempre, y de eso yo, con una vida activa y feliz por más de seis décadas, puedo dar fiel testimonio.

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«EL PASADO ES UN MUERTO Y DEBE PERMANECER BAJO LA TUMBA»

Dentro de las muchas consultas que debo atender todos los días en este blog sobre problemas de pareja, paradójicamente, el factor constante de perturbación no lo representa las situaciones que sufren estas personas en la actualidad, sino aquellos eventos que se sucedieron en el pasado, sobre los cuales no es posible remediar nada, pero que continúan atormentándoles, precisamente porque no han sabido cerrar la puerta al pasado.

El pasado es un muerto y los muertos deben permanecer en el cementerio.  El pasado no corresponde a un tiempo específico, sino que se trata del que no es actual; vale decir, todo lo que sucedió hace un segundo, ya es pasado y nada se puede hacer por cambiarlo. Lo que sucedió corresponde a un tiempo que pasó, que ya no existe.

Lo más que debemos hacer por el pasado es recordar los bellos momentos, pero hasta ahí. Por tanto, no tiene ninguna lógica permitir que los recuerdos de algo negativo que pasó y que ya no puedo cambiar me preocupen; o lo más grave, permitir que me haga daño.

La vida tiene tantas cosas bellas que disfrutar, sin que sepamos por cuanto tiempo, que es realmente un desperdicio dedicarle parte de nuestro valioso hoy a un tiempo que se fue, pudiendo consagrarlo a vivir intensamente todas las muchas bendiciones que Dios puso en este mundo para nuestra satisfacción y deleite.

Por tanto, si perdimos un amor, si no nos comprendieron, si nos ofendieron, engañaron o agraviaron de cualquier manera, nada nos beneficia recordar esos malos momentos, sino por el contrario, debemos olvidarlos. No importa cuanto tiempo pudimos amar, lo importante fue que amamos, y amar siempre ha sido un privilegio. Es lo bello del amor lo que debemos recordar. El amor no hay como medirlo, no tiene precio. Simplemente se vive, se disfruta intensamente y con fruición, y esa maravillosa sensación es algo que ya jamás nadie podrá quitarnos.

Si no cerramos la puerta del pasado a los recuerdos negativos, no podremos mantener el alma limpia y preparada para el nuevo amor que vendrá, que por regla general será más emocionante y pleno. De hecho la hermana gemela del pasado es la nostalgia, cual desvirtúa los eventos sucedidos, con riesgo a hacernos perder la perspectiva de la realidad.

Nosotros conocemos nuestro peso específico; sabemos de todo el amor y la ternura que somos capaces de dar. Si alguien no nos quiere, pues se lo pierde. Tan claro como eso. Es con optimismo, con fe y confianza en nuestras realizaciones como viviremos nuestro hoy y construiremos nuestro futuro. Sabemos que todos los días avanzamos en el crecimiento espiritual. Por tanto somos una buena opción para alguien que quiera compartir felicidad.

Además, en este camino de la vida, alguien viene en sentido contrario buscando lo mismo que nosotros; más temprano que tarde nos encontraremos y el amor que nunca muere, renacerá; seremos felices en nuestro hoy, y en el mañana, si es que llega. Entonces… ¿Qué razón tendría recordar lo malo del ayer?

 

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«SOY UN TODO CON DIOS Y… CONTIGO»

Leyendo el criterio del Dr. Roy Jenson sobre el «coito social», en su interesantísimo libro «Viva no Sobreviva», derivado del significado originario del vocablo coito cual no es otro que «conversación» o «interacción», se me ocurre reflexionar sobre la importancia de que esa comunicación diaria con nuestros semejantes, de alguna manera esté imbuida de ese mismo entusiasmo, que se hace presente cuando compartimos algo muy importante e íntimo; en el caso de la interacción humana, nuestra condición de seres intelectivos, sensibles, afectivos y solidarios.

Nuestra naturaleza gregaria nos induce a conectarnos mental y emocionalmente con la idea de compartir vivencias,  experiencias y… ayuda mutuas, como condición para aumentar nuestras probabilidades de vivir  una vida plena, cual no es posible de lograr aislados  o en solitario. Por tanto, se requiere el esfuerzo de sentir a las personas con quien nos comunicamos, haciendo el ejercicio de ponernos en su lugar, y sinceramente,  interesarnos por sus particulares situaciones.

Pienso que debemos conectarnos con el alma de nuestros interlocutores, que es como decir, imbuirnos de su situación, fuere buena o mala. En el primer caso, compartiendo su alegría y sus buenos augurios, porque el compartir aumenta la placidez; en el segundo, dando apoyo moral, y a ser posible físico, a fin de que la carga se haga menos pesada, porque cualquier situación por desagradable que fuere, siempre es más llevadera entre dos, que en solitario.

Somos un todo con Dios y con el resto de los demás seres humanos. Por tanto, las experiencias de mi hermano, de alguna manera tocan mi bienestar. Somos como órganos de un mismo cuerpo; si se afecta un órgano, influye en su integralidad funcional. De tal manera, así como cuando disfruto el éxito de mis hermanos, cuando me solidarizo con su dolor, les abro mi corazón y les ofrezco mi mano solidaria, estoy contribuyendo con  mi propio bienestar.

Es que no sabemos ser felices en soledad. Todos necesitamos de… todos. Compartir nuestra existencia es condición sine qua non para lograr nuestra realización material y espiritual.

Nuestros hermanos humanos son el mayor regalo que Dios nos dio, porque sin ellos nuestra vida no tendría significado. Por eso tenemos que amarlos, aceptarlos, entenderlos, edificarlos,  y  a ser posible, convertirlos en parte de nosotros mismos. Fue eso lo que quiso significar Jesús cuando enseñaba: «Ama a tu prójimo como a ti mismo.» En esa sencilla expresión nos dejó un compendio filosófico de amor, fe y esperanza; pero también, por nuestra diversidad natural, nos dejó un compromiso: aceptar a nuestros hermanos humanos como Dios los hizo, porque al ser hechos  a su imagen y semejanza, no existe ninguna posibilidad de identidad, porque Dios es esencia, energía y poder juntos, sin imagen determinada; más allá del tiempo y el espacio.

Si reflexionamos sobre este tema, entenderemos todo lo hermoso, amoroso, sensible y solidario que está guardado, hibernando  en cada ser humano, siempre esperando que alguien toque la puerta y despierte su caudal de amor, para saciar su sed de dar.

Sin duda, es la necesidad de sentir que somos parte de un todo; que no estamos aislados y que nuestros asuntos son del interés de esos muchos hermanos nuestros, que Dios puso sobre esta tierra para que nunca nos sintiéramos solos. No asimilarlo sería  una torpeza… imperdonable.

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«LA PAREJA LA CONSTITUYEN DOS Y AMBOS DEBEN APORTAR LO MEJOR DE SI PARA MANTENERLA FELIZ.»

El tema de la temporalidad en el enamoramiento, es algo que ha preocupado al hombre desde que descubrió su capacidad de amar. Tal inseguridad ha signado la vida de muchos enamorados, y en algunos casos de manera obsesiva, restando efecto al disfrute pleno del amor de pareja.

Una conseja generalizada, pero no por eso cierta ni aplicable a todos los casos, deja constancia de que nada es permanente en esta vida. Bajo esa premisa, algunas relaciones amorosas nacen marcadas con el temor de esa sentencia, divulgada por aquellos que no supieron o pudieron mantener su amor activo, fresco y renovado, cuales son condiciones indispensables para su permanencia.

No es lógico que dos que se aman, tanto que dejan su entorno originario y familiar para constituir unión aparte e independiente; que aportan lo mejor de sí mismos en el más emocionante e interesante proyecto de su vida, fatalmente tengan que decaer en sus emociones, sensaciones y sentimientos de atracción, satisfacción y realización mutua.

La unión se produce por el deseo de estar siempre juntos, por tanto lo racional es que ya en el mundo de una realidad compartida, ambos descubran sus virtudes, que beneficiarán la relación y detecten los defectos que, también juntos tratarán de hacer menos trascendentes, para equilibrar la relación.

En la intimidad, la tendencia es a fortalecerse mediante el aporte mutuo del amor, la ternura, la comprensión, la aceptación, la buena comunicación, el reconocimiento, la sexualidad y la lealtad, para sentir que ya no están solos, sino que conforman una unidad, frente a un mundo que harán vibrante y agradable, en la medida de su capacidad de mantener esos valores de pareja.

Es que como seres humanos gregarios, civilizados y sociables, individualmente somos incompletos; tanto que es indispensable la unión de ambos sexos para mantener la especie, y mediante la práctica del amor mutuo edificar nuestra felicidad.

No tiene ninguna razón valedera que debido a la cercanía e inmediatez que produce la unión, que posibilita el conocimiento y el compartir nuestra cotidianidad, el amor pueda afectarse o disminuir. Por el contrario, la cercanía diaria, hace cotidiano el trato diario tierno, consecuente, respetuoso, considerado, solidario; de comunión sexual y de otros sentimientos que aportan a la intimidad familiar.

Otra cosa diferente es que alguno de los integrantes no entienda la esencia del hacer pareja y acceda para obtener algunos beneficios, pero con la intención de continuar, parcialmente, haciendo vida de soltero. En ese caso la relación no tiene posibilidad de mantenerse, porque la pareja la hacen dos, con idéntica entidad de principios y compromiso. Si uno de los dos falla se rompe el equilibrio y la relación se trunca; pero no por que fatalmente tenga que ser así, sino porque una institución integrada por dos elementos, que de suyo es frágil, no tiene posibilidad de mantenerse como tal con el concurso de uno solo.

Como integrante de feliz pareja puedo dar testimonio de que sí se puede mantener y disfrutar del amor conyugal por siempre. Al menos en mi caso, luego de 39 años viviéndolo intensamente, no tengo ninguna duda de que así será hasta el fin de mis días.

 

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