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Archive for the ‘ACEPTACION’ Category

TOÑO E ISA EN MIAMI  (2009)

¿Cuál es el factor fundamental que incide para que en las parejas, progresivamente decaiga el idilio, entusiasmo, emoción y pasión de los primeros tiempos?

Es un tema largo y complejo, pero aislando factores incidentes, pareciera ser que el primero es la rutina, que surge cuando los integrantes, imbuidos de su nuevo rol y la seguridad que conlleva, descuidan el comportamiento cuidadoso, atento, considerado y romántico, que dio origen a la unión.

Se hace pareja para dar permanencia a la relación que se disfrutaba como novios, bajo la premisa de que viviendo juntos,  los bellos sentimientos que alimentan el noviazgo, se harán más fuertes y solidarios.

Si la convivencia disminuye o desmejora esa emocionante sensación que mantuvoactivo el noviazgo, la frustración abona el terreno para el hastío, así como para las desavenencias, desacuerdos, desinteligencias y mala comunicación, que afectarán la convivencia diaria.

El alimento de la pareja lo es ese coctel cotidiano de amor, ternura, pasión, respeto, aceptación, solidaridad, lealtad y sensación de socorro mutuo, que  se constituye en blindaje para mantener relación en el tiempo.

El tedio y la rutina se combaten con el entusiasmo, positivismo, buen humor, creatividad y buena comunicación; sentimientos que únicamente surgen del amor, lo cual mientras este se mantiene vivo todo tiene solución, porque el amor lo puede todo.

Para reforzar el sentimiento de que la unión aporta y no disminuye emoción a la relación, debe mantenerse el mismo comportamiento atento, considerado, entusiasta, obsequioso y… enamorado, como en la época del noviazgo.

Descuidar la magia del te amo, las invitaciones, sencillos obsequios, salidas, y de vez en cuando una que otra locurita, es convertir lo que pudo ser emocionante y permanente, en rutinario y fastidioso.

El lenguaje del amor es muy variado: comprensión,  aceptación, atenciones, miradas, contactos de piel, guiños, señas; y las frases te amo y discúlpame que siempre deben estar presentes. Nathaniel Hawthorne, comentaba: “Las caricias son tan necesarias para la vida de los sentimientos como las hojas para los árboles. Sin ellas, el amor muere por la raíz”.

No olvidemos que quien nos escogió dentro de millones de otras opciones para hacer vida en común, lo hizo para producirse más y mejor amor, ternura, consideración, aceptación, emoción, compañía, seguridad y… buen sexo; todo lo cual bien podría lograrlo con otro que entendiera mejor ese privilegio de ser especialmente escogido para compartir cuerpo y espíritu, en el camino de hacerse la vida más grata, emocionante, segura, permanente y feliz.

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«CUANDO UN  HERMANO SUFRE, UNA PARTE DE NUESTRA ALMA SE PERTURBA Y ATURDE»

Cuando reflexiono sobre el hecho cierto de que sobre esta tierra de Dios, un alto porcentaje de sus pobladores sufre alguna enfermedad, hambre o miseria; otros caen bajo los efectos de guerras intestinas con sus secuelas de inocentes torturados, familias separadas, y muertos; algunos se consumen física y espiritualmente en la soledad de una prisión; otros tantos son presa de vicios, que venciendo su voluntad y su autoestima minan su salud; y algunas soportan otras desventuras como carecer de educación y una ocupación digna, me echo de rodillas y doy gracias a Dios por haberme preservado, a mi y a mi familia de todos esos males, que transforman lo que debió ser bello y edificant como es la existencia, en algo indeseable y desastroso.

Quienes disponemos de alimentos, salud, familia, libertad, educación y trabajo, podemos considerarnos privilegiados;, lo cual se convierte en compromisode producir o colaborar, dentro de nuestra personal capacidad, con algún mecanismo de ayuda, que pudiera hacer menos dolorosa la experiencia que viven esos desventurados hermanos.

Pienso que más allá de las situaciones bélicas, el origen de los conflictos de muchas de esas personas -al menos las que sufren soledad, prisión y vicios- pudieron haberse originado por la indiferencia afectiva colectiva, que ha ido progresivamente apoderándose de nuestra sociedad.

Es que no todos los seres humanos venimos con la fuerza mental y espiritual suficiente, para hacer caso omiso a la insensibilidad e indolencia social, frente a situaciones vivenciales que la atención, amor, solidaridad, y a veces incluso una palabra amiga, hubieran podido evitar.

En esta aldea global -que es la casa de todos- somos hormigas de la misma cueva, y por tanto no deberíamos ver con indiferencia el dolor, la soledad y la tristeza de nuestros congéneres, sin hacer algo por remediarlo; porque de alguna manera, ignorarlo nos hace culpables de su suerte.

Cuando alguien tiene hambre, sufre persecución, soledad o tristeza sin preocupación de sus hermanos, un pedazo de nosotros mismos -en esa otra dimensión donde vive nuestra alma- se aturde y perturba; porque al final todos somos uno, y el lamento de su dolor es nuestra propia queja, frente a nuestra inmensa vulnerabilidad, en un mundo que sin amor ni solidaridad humana, se hace inconveniente, peligroso e insufrible.

Solo amando a nuestros hermanos y siendo solidarios con sus causas, merecemos llamarnos hijos de Dios, porque esencialmente, ese Padre Celestial maravilloso es… amor.

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Si concebimos la vida como un camino a recorrer con amor y emoción, debemos actuar ahora y sin ninguna dilación, porque pudiera ser que no tuviésemos nueva oportunidad para repetir ninguno de nuestros actos.

Tenemos que capturar todo lo bello que tengamos delante y guardarlo en lo más íntimo de nuestro ser, sin dejarlo para más tarde o para mañana, porque no sabemos si tendremos oportunidad de repetirlo.

No dejaremos pasar oportunidad para ser corteses y solidarios, haciendo sentir a nuestros hermanos humanos, que compartimos su necesidad de comunicarse y nos importan sus sentimientos, lo cual será para ellos como un bálsamo especialmente apreciado.

Cuando despertemos y la luz del día ilumine nuestro mundo lleno de sonidos y aromas familiares, daremos gracias a nuestro padre celestial por ese nuevo día que nos regala, que pudiera tener el valor de una vida entera.

Celebraremos diariamente la maravillosa sensación de ver, oír y disfrutar de los demás sentidos que nos regalan inconmensurable belleza; porque sabemos que tantos hermanos desventurados, sin explicación lógica aparente, nunca podrán hacerlo.

Si Dios nos obsequió una bella familia, ahora mismo y no después los amaremos; y veneraremos especialmente a esa maravillosa persona que nos escogió como pareja entre millones de otras personas; regalaremos ternura, respeto y solidaridad a esos pedacitos de amor concentrado, que vinieron al mundo para dar sentido a nuestra vida y permitirnos continuar nuestro amor en ellos… por siempre.

El hoy es lo más importante, porque es lo único realmente nuestro. Cada situación representa una oportunidad para ser felices, porque sólo depende de nosotros el estatus que otorgamos a cualquier circunstancia. La realización material y espiritual representada en una vida armónica y en paz, depende de valores trascendentales como el amor, el respeto, la consideración, el reconocimiento, la sensibilidad, la solidaridad, la lealtad, la aceptación, la generosidad y la caridad, cuales son intangibles y para obtenerlos únicamente requerimos nuestra voluntad y decisión.

Somos tan vulnerables físicamente, el tiempo transcurre tan rápido y no conocemos cuanto estaremos aquí, que no podemos permitirnos el lujo de perder ni un momento para disfrutar, decir cuanto amamos, deseamos y esperamos.

Manifestaremos nuestra fe, optimismo y entusiasmo en disfrutar todo lo que tenemos al alcance, y la esperanza de que luego, más allá de esta vida viviremos como en esta, porque igual que aquí estaremos con ese padre amoroso, que nos acompañó durante esta vida y nos espera ansioso en la otra.

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Que nuestra existencia física sea temporal, aunque no es de nuestro mayor agrado, sí es algo en lo que todos estamos de acuerdo. Por lo tanto, es sano vivir de tal manera que, aunque disfrutemos al máximo de todo lo que tenemos a nuestro alcance, jamás olvidemos que ningún bien o cosa física podremos llevarla con nosotros.

Como consecuencia, el valor de las cosas y nuestras situaciones vivenciales no reside en cuanto puedan durar, sino en la intensidad con que las percibimos y disfrutamos. De allí la necesidad de atesorar los bellos momentos, los hermosos recuerdos, los milagros que día a día se producen en nuestra vida, y esas maravillosas personas que hacen de nuestra existencia una… hermosa aventura.

La importancia del rocío no reside en su frescura, sino en el hecho de que alimenta y mantienen terso el pétalo de la rosa. La relevancia de la música no está en la intensidad de las notas o los acordes, sino en como la recibe nuestra alma.

En una obra de arte no tiene ninguna importancia la firma del artista, sino la sensación que ella despierta en nuestro espíritu. Lo mágico no es el ruido del silencio con que las hojas caen en el otoño, sino la sensación de un ocaso para crear vida, que percibimos cuando las lleva el viento.

Tampoco tendrá importancia cuantos bienes y de cuantas cosas dispusimos en vida, sino de que forma y en que amplitud las compartimos. Lo trascendente no es que hicieron los demás por nosotros, sino que hicimos nosotros por quienes estuvieron a nuestro alcance. Por eso, al final, más importante que cuanto hemos vivido, es cómo lo vivimos.

Ciertamente, nada físico es nuestro; nada podremos llevarnos porque todo lo tenemos prestado y sólo podemos usarlo en esta vida. Lo único que realmente nos pertenece, es la capacidad de disfrutar cada uno de los instantes de nuestra vida, en ese maravilloso mundo de las cosas sencillas, que Dios en su infinita misericordia nos dio por heredad.

Por tanto, si algo podemos dejar luego de nuestra partida, es el amor que hubiésemos prodigado; la solidaridad que hayamos demostrado y el bien obsequiado a nuestros semejantes, que se convertirán en un recuerdo del tamaño y la dimensión de nuestras propias actuaciones. Por cierto, algo de lo cual se sentirán orgullosos y pudiera servir de ejemplo a quienes nos amaron en esta vida.

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Cuando hemos caminado un trecho largo de la vida, sintiendo que los malos momentos, las tristezas y los dolores del pasado son casi imperceptibles en el recuerdo, mientras que los bellos instantes, eventos agradables, experiencias edificantes y alegrías, permanecen frescos en nuestra mente como cuando los experimentamos, notamos que se debe a ese algo especial, maravilloso, mágico, divino e insustituible que produce ese milagro: EL AMOR.

Realmente, es el amor lo que le da sentido a la vida. Sin el amor, nuestra diferencia con los seres irracionales sería imperceptible; igual que ellos nacemos, crecemos, nos reproducimos y… morimos. En el devenir de la vida, de igual manera comemos, dormimos, nos enfermamos, nos curamos y deambulamos sin rumbo conocido, hasta llegar al sitio. Es la magia del amor lo que nos hace diferentes y únicos.

Por amor fuimos concebidos y crecimos en el vientre materno; nos protegieron, alimentaron, asistieron y educaron hasta llegar a nuestra mayoridad. Pero también por amor ensanchamos nuestra alma, aceptamos a nuestros semejantes, crecemos en sensibilidad, solidaridad humana y generosidad para con nuestros hermanos humanos.

Sin el amor, nuestras virtudes se convertirían en aberraciones: la inteligencia y el conocimiento, que pueden dar tanto beneficio al mundo, sería utilizados para el mal; la riqueza y el poder, que pueden ayudar a tantos, se convertiría en fuente de avaricia, codicia, envidia y tiranía; la fe que nos fortalece y enaltece, se transformaría en irracional vivero de absurdo y fanatismo; la justicia y la equidad, fundamentales para la paz social, se convertirían en instrumentos de bajos instintos, bastardos intereses y acciones deleznables; el sexo, que debe ser sagrado entre quienes se aman, porque prolonga con la descendencia su amor en el tiempo, se convertiría en solo concupiscente, temporal, insatisfactorio y fuente de manipulación.

Sin amor la libertad personal -que es un derecho natural por legado divino- sería coartada y quizás eliminada en beneficio de quienes no amando, se dejarían arrastrar por sus intereses personales, dando paso al egoísmo, la crueldad, la insensibilidad, la ausencia de solidaridad humana y… la esclavitud.

El amor debemos promoverlo, cultivarlo, excitarlo y alimentarlo, porque es lo único permanente y verdadero antes, durante y después de nuestra vida física. Si amamos seremos felices y buenos para la humanidad, porque es ese sentimiento maravilloso de dar –esencial del amor- lo que nos permite vivir una vida buena y nos hace merecedores de llamarnos… hijos de Dios.

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Amor, comprensión y aceptación son fundamentales durante la etapa del crecimiento, pero desventuradamente, en la vida diaria los niños y jóvenes son enfrentados por el no.

No te sientes así, no grites, no digas eso, no hables tan alto, no brinques, no te toques eso, no comas de esa manera, no molestes, dije que no, no y no; sin que nadie explique suficientemente a los pupilos por qué todo tiene que ser no. Simplemente, se les impone el no y ellos no saben como reclamar una respuesta razonada.

Ese incomprensible mundo del no les genera temor, inseguridad y desconfianza en… casi todo. Su efecto inmediato de desconcierto baja su autoestima, golpeando su curiosidad natural, que es fuente de su aprendizaje. En tal estado emocional cabe preguntarse: ¿Cómo queda la necesaria motivación para estudiar y ser mejores, en un mundo donde todo es negativo? ¿Qué incentivo para aprender puede generar un padre o maestro severo, estricto y gruñón, a quien más que la felicidad importa el cumplimiento normativo del hijo o pupilo? Se requiere reflexión sobre el asunto. Los adultos con funciones rectoras y didácticas, deberían reflexionar seriamente al respecto, considerando que ellos están obligados a entender a los niños y jóvenes, pero no lo contrario. A quien tiene mayor experiencia y conocimiento de la vida corresponde orientar, más que imponer el aprendizaje.

La sinergia del desarrollo y su objetivo último de producir paz y felicidad, hace necesaria la transmisión de conocimientos más efectivos y aplicables a la cotidianidad. Mucho de la rebeldía de algunos menores, es la respuesta al acorralamiento frente a su curiosidad natural, que les lleva a experimentar para conocer, frente a adultos que mantienen atávicos mecanismos de defensa como la falta de amor, comprensión y compasión, con quienes sólo exigen lo que les corresponde: formación para la vida. Siento que el proceso formativo tradicional, desvió el camino al dar mayor importancia a la formalidad, olvidando que la formación integral no es para las aulas, sino para una vida que se desarrollará fuera de estas. La educación positiva, representada en el diálogo respetuoso pero afable de doble vía, la libertad de inquirir y recibir oportuna respuesta sin ningún temor, como orientación fundamental para vidas felices.

La educación positiva podría hacer la diferencia entre quienes logran la felicidad -que son los menos- y quienes nunca llegan a alcanzarla plenamente, de los cuales, a nuestro pesar, está lleno este mundo.

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Cuando dos personas diferentes llegan a hacer de sus vidas un solo cuerpo y una sola alma, es un evento especial que sólo puede producirlo… el amor. La principal motivación para unir nuestra vida a la de otro, casi siempre extraño hasta poco antes de conocerlo, es confundirse en uno solo con esa otra persona.

El amor surge espontáneo, pasional y… urgente. Su espontaneidad le genera riesgo, pasión y peligro. Su urgencia es la de lograr unir el cuerpo y el alma con quien amamos, sin importar el riesgo. Cuando amamos, jugamos a ganar o a perder; simplemente, lo arriesgamos todo sin reservarnos nada. Nuestros mecanismos de defensa se minimizan y sólo queda espacio para la emoción, la pasión, el entusiasmo, la ilusión y… la esperanza. Todo inmerso en esa bruma rosada que nos hace ver la vida como debería serlo: muy bella.

El resultado de esa hermosa aventura que significa hacer pareja, dependerá de que los dos tengan la capacidad de confundirse en un solo corazón y una sola alma; lo cual por cierto no es tan difícil, pero sí requiere de nobleza, generosidad, deseos de dar, reconocer y aceptar a quien amamos, en sus propias y originales dimensiones humanas.

No es posible encontrar un “prototipo” conforme nuestros deseos, pero si tenemos la capacidad de fundirnos con el otro, al confundirnos nos hacemos una parte de su cuerpo y su alma. Así, al integrarnos en uno solo, vencemos las diferencias, caminamos por el mismo sendero con los mismos intereses, ambiciones y sueños; eso es posible, lo he vivido y disfrutado por más de treinta y nueve hermosos años. No ha sido fácil, pero si emocionante y engrandecedor.

Es como una meta que establecemos, en beneficio de la cual todos los días hacemos algo positivo, beneficioso y… agradable. Tiene que ver mucho con el color que uno asigna a las situaciones y eventos de la vida diaria. Somos nosotros y nadie más los responsables de lograr el premio; viviendo de la mejor manera posible, manteniendo vivo el afecto y el respeto, haciendo del hogar un nido de amor donde se funde y progrese una familia; y eso sólo puede lograrse cuando dos personas que se aman y hacen pareja, tienen el valor y sinceridad de mostrarse como son, de actuar para fundirse y confundirse en un solo cuerpo y una sola alma.

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AMOR SIN LIBERTAD ES MENOS AMOR

En toda actividad humana, el equilibrio, más que conveniente y/o necesario, es esencial; pero especialmente en una relación personalísima como la de pareja, es… fundamental. Integrar una unidad con iguales derechos, deberes, responsabilidades, y como consecuencia opciones, beneficios, posibilidades y realizaciones, produce en los integrantes un extraordinario y tranquilizante sentimiento de seguridad y positividad.

Es el trato diario en el hogar, el mejor escenario para medir la eficacia del sentimiento de libertad que genera la igualdad de las partes. Es sobre la base de esa premisa que se entrega lo mejor de la persona humana, porque al fin y al cabo, se trata de una obra común de la máxima entidad, con vocación de solidaridad y permanencia, que redundará en beneficio de ambos.

A la hora de hacer pareja, no existe diferencia entre hombre y mujer para aportar beneficios. Ambos concurren con sueños, ambiciones y necesidades de compartir amor, solidaridad, ternura y… sexo. Ninguno aporta más que otro, porque ambos se complementan; por tanto, no hay deudas que compensar o pagar por recibir ese trato íntimo y especial, sino momentos que vivir. No es mejor ningún hombre que ninguna mujer ni viceversa, porque ambos recibieron de Dios todos los dones necesarios para ser y hacer feliz a otros.

No se tiene por razón del género más vocación de ternura, diligencia, respeto, consideración o cuidado, porque ambos son hijos de Dios, dotados de inteligencia y razón; otra cosa es que uno se esmera más que otro por obsequiar mejor estos dotes. Los miembros de parejas felices sabemos que la mejor vida es la que se comparte con igualdad, sinceridad, consecuencia, aceptación y amor; que la mejor discusión es la que se evita; que el mejor alimento es aquel que se disfruta en armonía; que para mantener vivo el amor se requiere respeto y admiración; que el mejor sexo es aquel que damos y recibimos vinculándolo al espíritu, porque trasciendo lo material en el tiempo y el espacio.

El equilibrio en la pareja, representa la única posibilidad de sentir con plenitud que valió la pena dejar el amplio ámbito de acción de la soltería, para cambiarlo por la libertad de amar de forma permanente, a quien nos ratifica con sus actos de todos los días, que se merece todo lo que somos capaces de darle, porque nos ama, respeta, estimula y edifica, alimentando el entusiasmo y la emoción de compartir nuestro destino.

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JOHNNY Y JENNY“Gustar de lo que hacemos, es más importante que hacer lo que nos gusta.”

Esa sabia admonición de que lo importante no es hacer lo que nos gusta sino gustar de lo que hacemos, atribuida desde un antiguo filósofo griego, pasando por un escritor ruso, hasta el maestro Don Luis de Unamuno, me parece de lo más acertada por su profundo contenido práctico, respecto de la posibilidad del disfrute de la existencia.

Caminando por una acera tropecé levemente con la escalera sobre la cual una chica, estiraba su cuerpo en posición incómoda, para limpiar la parte alta de la ventana. Avergonzado me disculpé, esperando por lo menos una mirada fulminante, pero no fue así; la chica me miró, me sonrió y continuó limpiando de buena gana su ventana.

Esa actitud ratificó mi criterio de que sobrevivir es instintivo, pero vivir intensamente y con deleite es algo cultural, típico del ser humano y derivado de su intelecto, que debe aprenderse y practicarse. Es que nuestra vida se desarrolla en lapsos de veinticuatro horas, durante las cuales, ocho horas trabajamos, otras ocho descansamos y las restantes realizamos diversas actividades sin determinar su tiempo exacto.

Dada esta distribución de tiempo, es al trabajo a lo que dedicamos un horario fijo seguro: ocho horas al día, durante por lo menos cinco días a la semana, lo cual representa la tercera parte de nuestra existencia total, pero el cincuenta por ciento de nuestra vida consciente, esto es mientras permanecemos despiertos.

Para quienes laboran sonrientes, alegres, transmitiendo vitalidad y optimismo, su trabajo representa un motivo de alegría y con ello ganan la mitad de su vida en felicidad. En cambio, quienes trabajan taciturnos, con cara de cansancio y desidia, lo sienten como un castigo y como consecuencia se hacen infelices, por lo menos en esa mitad de su vida consciente.

Para asegurarse la felicidad, por lo menos durante la mitad de la vida, si no se logra hacer lo que gusta, se debe evaluar y encontrar utilidad y positivad en lo que lo que se hace, con lo cual no solamente se logrará felicidad, sino que mejorará la salud física y mental, así como que se aumentará el caudal  de relacionados y amigos, lo cual por cierto es la base de ese sabio proverbio que enseña: “ quien es rico en amigos, es pobre en dificultades.”

Como consecuencia obligada de lo expuesto, quien realiza alguna actividad que no  disfrute, o no logre condicionarse a amar lo que hace, ciertamente pierde miserable e injustificadamente una parte importante de su vida, que ciertamente, es absolutamente irrecuperable.

Por cierto, a los jóvenes -a quienes corresponde luchar por hacerse un futuro- les cuento que esas personas que se condicionan para amar lo que hacen en vez de esperar encontrar lo que les gustaría hacer, normalmente atraen interesantes oportunidades profesionales y de trabajo, cuales les permiten desarrollar lo mejor de sí mismos,  lo que se conoce como el éxito personal. Vale la pena imitarlas.

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Jennifer,_Matthew¿Por qué es tan difícil la buena relación de pareja? Siento que el asunto no responde a procesos de lógica racional, sino a reacciones viscerales.

¿Acaso no es lógico que abandonemos la soltería, porque amamos a esa otra persona y hagamos todo lo posible por y para compartir nuestros mejores sentimientos, en una vida armónica, agradable y emocionante?

Pero…¿No es ilógico que, logrado el objetivo principal de convivir con la persona amada, en vez de hacer más fuertes los sentimientos de ternura, comprensión, solidaridad, entusiasmo, emoción, pasión y sexualidad, estos se desmejoren?

Creo que se trata de la incapacidad de entender la importancia de mantener y alimentar permanentemente el entusiasmo, la emoción, la ternura, la magia; y ese toquecito de locura que debe dársele siempre a… la sexualidad.

En las parejas felices, la relación es el eje alrededor del cual gira toda la actividad de ambos. El hacer pareja es aunar amor, personalidad y esfuerzos, en pro de una relación afectiva, progresiva y permanente.

¿De qué serviría la riqueza, títulos, honores, fama o poder si no se tiene un amor que llene integralmente, con el cual compartir éxitos o desvelos?

Por años he observado que la pareja desea una buena relación. Sin embargo, manifiestan problemas para mantener esa armonía, entusiasmo y emoción cotidiana. De toda esa experiencia deduje que las personas piden todo de su pareja –especialmente los hombres- pero poco están dispuestos a aportar por el logro de mantener el amor con libertad y la comunicación con respeto y armonía.

La relación de pareja no acepta supremacías porque es de dos, con iguales derechos y deberes, para convertirse en uno; donde ambos pierden o ganan de idéntica forma. Si uno y otro no sienten que aman con libertad y no con temor o resignación, la relación no puede mantenerse. Es que nadie hace pareja para sentirse peor que permaneciendo soltero.

El éxito o el fracaso de la pareja es asunto de dos; especialmente para quienes aman por vocación y decisión propia, pero no porque intereses subalternos, le indiquen la unión como posibilidad de solucionar algo diferente a la conveniencia de amar y ser amado; compartir y dar lo mejor de sí, en una relación que puede llegar a ser la más hermosa aventura que ser humano alguno pueda experimentar.

Es esto lo que siento luego de más de treinta y nueve años de feliz matrimonio, y así me corresponde divulgarlo.

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