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pareja-feliz-i.jpgConviene tener claro que venimos a este mundo con una misión trazada y hasta que no la cumplamos no nos vamos. Por tanto,debemos vivirla intensamente en cada minuto, con fruición, como si fuera el último.

He conocido personas que desperdician el  hoy, luchando duramente y haciendo de cada día un sacrificio, con la errada convicción de que están sembrando su futuro, cual pudiera ser que nunca llegue.

Vivir el momento no se reduce sólo a respirar, porque de eso se encarga nuestro sistema neurovegetativo que lo hace automáticamente. Eso sería un desperdicio imperdonable. Vivir en el sentido real de la palabra conlleva el disfrutar integral y permanentemente de las personas y de las cosas, lo cual en su más completa expresión lo es disfrutando en cada ocasión.

Para regocijarse en cada segundo de la vida, se requiere actuar con amor, ternura, respeto, aceptación, y si se quiere, con un toquecito de locura. Debemos reír, cantar, saludar efusivamente y abrazar a las personas, aunque ellos no lo entiendan bien; decirles que nos agradan,  que se ven bien, que nos sentimos felices con su presencia, que nos interesan sus problemas, que son importantes para nosotros; pero aún es más importante, sentirlo.

Regalarnos y regalar esa actuación nos hace disfrutar del momento, siendo que además de agradable es edificante y demostrativo de que nos sentimos plenos, nos engrandece. A todos agrada cuando se ríe, canta o saluda efusivamente. Las personas se sienten bien, por no decir felices.

 ¿A quién disgusta que le halaguen, saluden o saber que alguien hace algo por alegrar su  vida? ¿Conoce alguna persona normal que no se sienta bien de  que se interesen por él?

Claro que no. Que le quieran o le  estimen es algo que se agradece, independiente de cual fuere la edad, género o estatus social del halagado.

De alguna manera, todos deseamos sentir que somos queridos, agradables, importantes, o al menos que existimos para alguien, y cualquier cosa que nos lo ratifique es muy gratificante. Es que nuestra naturaleza es gregaria; somos una especie que no sabe realizarse material y espiritualmente sola, porque requiere ese calor humano que sólo sabe brindar nuestra especie.

Tratar con amor,  decírselo y demostrárselo  a las personas, nos hace disfrutar de la vida, que está inmersa en el maravilloso mundo de las cosas sencillas.

Nada más placentero que levantarse y disfrutar de la mañana; vestirse al gusto, sin importar como nos vean los demás; caminar de la mano del ser amado, o en compañía del amigo con generosidad;  asistir al trabajo o al estudio convencidos de que hacemos algo bueno por nosotros y por nuestros semejantes;  sentarse a la mesa en familia, dormir tranquilo y satisfecho de haber vivido un día más.

Me entristece ver a quienes utilizan las mejores horas de sus días, en las cuales podrían disfrutar de las personas y las cosas, únicamente trabajando  en forma exagerada con el único fin de acumular bienes, dejando en el camino mucho de su juventud,  carácter,  salud física y mental. Esos infelices, en el sentido semántico del término, nunca han reflexionado sobre el  hecho de que nada de lo que atesoramos sobre esta tierra es nuestro, porque todo lo que tenemos pertenece a la tierra y aquí se quedará.

 Cuando partimos definitivamente lo único que nos queda es lo que hubiésemos disfrutado; no podemos llevarnos nada, porque nada es realmente nuestro. La vida nos los presta mientras vivimos. Ni la esposa, ni los  hijos, ni las casas, ni los autos, ni el dinero son nuestros. Aquí dejamos todo, simplemente lo devolvemos a su dueña: esta tierra, incluido nuestro propio cuerpo. Esa es una verdad incontrovertible y debemos aceptarla.

Entonces… ¿De qué sirve tanto esfuerzo? ¿No será preferible darle  tiempo a todo, en su justa medida? Esto es: al amor, a la diversión, al trabajo, al estudio, a la familia y a los amigos; pero a cada  uno el tiempo que le corresponde. Esa sería una actuación adecuada, por no decir sabia.

¿Qué nos detiene? Nada.  Se trata de  una actitud, de ser sinceros con nosotros mismos, de reconocer que nuestro paso por esta vida es pasajero y que el tiempo que nos queda cada minuto se acorta; si lo  desperdiciamos nunca lo recuperaremos.

¿Qué les parece como tema de reflexión? Pudiera ser que valga la pena dedicarle un tiempito. Ustedes lo deciden.

Próxima Entrega: LA RESPONSBILIDAD DE COMPRENDER

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En la sociedad contemporánea, antes de incentivar el superarnos a nosotros mismos, se nos induce a superar a los demás, sin consideración alguna sobre  cuales son nuestros deseos,  ambiciones y concepción interna de nuestro papel en el conglomerado humano, ni sobre nuestras innatas capacidades. Simplemente, la meta es: superar a los demás.

 En esa carrera a que se nos somete vamos fortaleciendo nuestra propia insatisfacción, sin oportunidad a preguntarnos cuál sería nuestro avance, si en vez de perseguir superar las metas de los demás nos esforzáramos en lograr y superar las propias,  eliminando malos hábitos, cultivando la templanza, la ecuanimidad, la armonía, la aceptación y la solidaridad humana,  especialmente exigiéndonos todos los días un poco más de lo que dimos el día anterior en el camino de lograr nuestros propósitos.

 Si  vencemos esa tendencia a darle más importancia a competir con los demás que con nosotros mismos, descubriremos una inmensa capacidad de mejorar en todos los sentidos, así como la satisfacción de ser arquitectos de nuestro propio destino, sobre la base de nuestra individualidad, que nos hace únicos, incomparables e inigualables; con una carga genética  que nos dota de características intrínsecas, especiales y particulares, con capacidad inusitada para realizar los actos más nobles, heroicos y trascendentes que beneficien a la humanidad.

 Son esos rasgos específicos de nuestra individualidad lo que determina que algunos seamos especialmente buenos para las artes y las letras, sembrando el mundo de maravillosas obras literarias, esculturas, pinturas y música sublimes; otros para las ciencias,  creando los instrumentos para luchar contra las más graves enfermedades, y la mayoría de las veces, venciéndolas; construyendo las más inverosímiles máquinas que se desplazan sobre la tierra, atraviesan los mares y los cielos para hacer más cómoda y llevadera la vida del hombre; otros para los deportes que hacen más sana nuestra vida.

Tal es la  nobleza y generosidad humana que algunos dedican su vida a un apostolado para velar por los menesterosos, refugiados y  aquéllos que por diversas razones padecen hambre y desolación. Por eso estamos obligados a no desperdiciar nuestras innatas capacidades persiguiendo superar a los demás en actividades, cuales pudiera ser que por sus características propias y vocación natural,  otros pudieran realizar de manera más eficiente, aportando mayor beneficio a  la humanidad.

Cuando decidimos superarnos a nosotros mismos con prioridad a superar a los demás, logramos con más eficiencia alcanzar las  metas; crecemos espiritualmente, sintiéndonos más satisfechos, comprometidos con nosotros mismos y con la humanidad. En esa situación sí que disfrutamos la libertad de ser como lo deseamos y realizar lo que nos motiva.

Ese sentimiento de plenitud nos hace amarnos y amar a los demás, llenándonos de optimismo y confianza en lo que hacemos, pero también disfrutar de la vida y sentirnos auténticamente útiles, alejándonos de la envidia, la competencia imperfecta, la insatisfacción y… hasta del odio.

 Esa nueva visión de la vida nos ayuda a superar nuestras deficiencias y limitaciones, facilitándonos aceptar a las personas como son al  entenderlas mejor y  poder ayudarlas a superar sus problemas. Esa capacidad de hacernos a nosotros mismos con prioridad a cualquier sentimiento de competencia, nos imbuye en la idea de que  en la misma medida en que ayudamos a crecer a los demás, aumentamos nuestro crecimiento espiritual.

Por tanto, estará en mejor capacidad de ser útil, disfrutar de tranquilidad espiritual y lograr la felicidad, quien luche por su individualidad, dedicando lo mejor de sí a su superación personal en función de ser útil a sus semejantes,  que aquel que se dedique a la competencia permanente, desestimando la importancia de desarrollar su propio potencial, mientras corre desesperado en busca de superar a los demás, sin evaluar el  riesgo y las consecuencias para la sociedad, en el caso de que  pudiese estar equivocado, al desestimar su vocación natural.

 El superarnos con prioridad a los demás nos realiza personalmente al convertirnos en hacedores del bien; de dar amor y compasión,  infundiendo optimismo, positivismo y perseverancia; mientras controlamos mejor nuestras emociones, al valorar la importancia de los inconvenientes porque son ellos el acicate para aprender a vencerlos.

Toda esa riqueza de sentimientos convertidos en  acciones  nos acercarán a la ansiada meta de todo ser pensante, cual es de que al tiempo que se aporta el mayor volumen posible de felicidad, en esa misma entidad se contribuye a la propensión a que  las futuras generaciones habiten un mundo más humano, sensible  y solidario, donde tengan un puesto digno, con la seguridad que la mayor preocupación de toda persona, siempre será la contribución al logro del bienestar y la felicidad  colectiva.

Próxima Entrega:  DISFRUTAR EL MOMENTO

La vida me ha enseñado que aun siendo parte de un grupo social y específicamente de una familia, conviene tener nuestra propia burbuja. Claro está que no me refiero a esas que hacen los niños en los parques con agua de jabón, o la que se forma en las aguas de los ríos o en los lagos; me refiero a mi querida burbuja personal.

Cuando era un niño y hasta cumplir los diecisiete años, como miembro de una familia numerosa donde el mayor esfuerzo se dedicaba a luchar por la supervivencia, nunca fui bien comprendido ni debidamente interpretado; especialmente por mi padre y mis hermanos, quienes no entendían mis necesidades de realización espiritual, siendo que mi único confidente lo fue mi madre. En esos momentos duros de mi soledad ideológica, tuve la necesidad de diseñar un mecanismo de defensa frente a los efectos de la agresión silente pero dolorosa de… la indiferencia a mis necesidades.

Fue en esa época cuando produje mi burbuja personal con escaso espacio para mi persona, porque en mi soltería quien siempre me acompañó no lo requería: Dios. En esa estructura invisible y sólo para mí existente me protegía frente a la incomprensión, la indiferencia afectiva, la burla grotesca, la chabacanería y la ofensiva ignorancia de quienes conformaban mi entorno íntimo. En el eco de su piel virtual aprendí a oírme a mí mismo, en mi soliloquio de sueños y esperanzas.

En su vientre, preservé mucho de lo que quería compartir pero no me daban la oportunidad de hacerlo. Tras su cuerpo invisible me hice fuerte frente a la crítica malsana, la estulticia, la escasez de valores y principios, vigentes en el medio en el que me tocó vivir esos años. Ella fue la coraza que me permitió no sucumbir en ese tremedal que vivíamos quienes carecíamos de los recursos más elementales, donde la pobreza mental, los vicios, la pedantería, la inopia y la frustración hacen de la vida… una falacia.

Luego, cuando crecí y amé profundamente a ese maravilloso ser que hizo causa común conmigo y mis sueños, amplié mi burbuja personal con espacio suficiente para dos cuerpos y dos… almas. Esa burbuja ampliada que me ha acompañado durante estos últimos treinta y ocho años de amor conyugal, que únicamente mi esposa y yo conocemos, está siempre disponible cuando la requerimos, independiente del tiempo o el lugar.

En el inicio, en ella nos refugiábamos cuando nadie creía en nuestros proyectos y la situación parecía demasiado dura, o para aclarar nuestras disidencias, sin que lo advirtieran nuestros hijos. La burbuja se hizo más importante y prácticamente indispensable, cuando la última hija que nos quedaba en casa cumplió los dieciocho años, porque entendimos que se acercaba su partida. Desde entonces le insuflamos elasticidad en la medida de la necesidad objetiva, de tal manera que pudiésemos adaptarla a cualquier situación.

Hoy, cuando ya todos los hijos dejaron el hogar y construyeron los suyos, la utilizamos a diario; sin que otros lo perciban, su piel invisible pero fuerte rebaja el impacto cuando tropezamos con la inconsecuencia, falta de amor, incomprensión e insensibilidad que han convertido este mundo en una lucha permanente, inhumana y prácticamente sin reglas, donde se compite casi por todo.

Dentro de su cúpula invisible nos embarcamos en ese viaje de emocionante aventura que es nuestra vida, posibilitándonos actuar, pensar y creer diferente a los demás, pero sin afectar su forma de concebir la vida y las cosas. De alguna manera, esa burbuja existencial que hemos construido, donde nos sentimos protegidos permanentemente, nos permite materializar ese principio de Ortega y Gasset, que hemos hecho nuestro: ser nosotros y nuestra circunstancia.

¿Qué por qué no vivimos siempre en esa burbuja?

Pues bien, como nuestra burbuja es invisible nos protege de los eventos, influencias y actuaciones negativas de quienes no creen como nosotros, en la obligación de amar a nuestros semejantes como a nosotros mismos, pero no por eso nos separa de ellos ni de quienes necesitan información positiva, o alguna ayuda que podamos prestarles para entenderla mejor, es por lo cual necesitamos un tiempo fuera de la burbuja, cual es el que utilizamos para decir a esos hermanos del exterior, que si tenemos amor, fe, optimismo, confianza, positividad y nos convencemos de que somos hijos de Dios, nadie ni nada podrá sernos adverso, porque tenemos su poder como un pedazo de Él, que bien utilizado es simplemente… milagroso.

Nosotros somos un buen ejemplo del resultado positivo de esa ideología. Más de treinta y siete años de feliz matrimonio, disfrutando todos los días nuestro amor, el de los cinco hijos, los nueve nietos y haciendo por los demás lo que quisiéramos recibir. Claro está, con profundo respeto por la vida de cada uno y sus personales circunstancias, pero con idéntica convicción de que vinimos a este mundo para ser felices y que no lograrlo sería además de un imperdonable desperdicio, algo así como una blasfemia. No importa si, como en nuestro caso, para continuar siendo felices tenemos que pasar una buena parte de la vida, en nuestra propia burbuja.

Próxima Entrega: A QUIEN SUPERAR

 Aún frescos los recuerdos de la muerte de Benazir Bhutto; la frustración por el fracaso del canje humanitario con las FARC; el trinfo del «NO» en el Referendum para la Reforma Constitucional y la entrada en vigencia de la Ley de Aministía para los presos políticos venezolanos; más allá de estas emociones disímiles, en nuestra alma y en una parte indeterminable de nuestra espina dorsal, sentimos un arañazo, y no podemos ocultarlo.

Son las garras de una realidad que nosotros mismos hemos fabricado, es un vacío profundo… permanente, agazapado en el ombligo del alma, alimentando el sentimiento de que, en algún recodo del camino de nuestro desarrollo social reciente, se nos quedó una parte de solidaridad, consecuencia, consideración, aceptación e… idilio, con ese mínimo de magia que hizo de la vida de nuestros progenitores una época romántica, confortable, segura, de paz… buena para la vida.

Ese sentimiento de pérdida presente en el alma, choca con nuestra naturaleza integral, que por estar conformada por cuerpo, alma y espíritu nos hace diferentes a cualquier otro ser vivo y dotados de inteligencia, lo que nos convierte en el ser vivo más acabado sobre la Tierra.

Frente a esos vacíos en el alma, intuimos su origen más allá de nuestro cuerpo físico, o el paisaje geográfico en el que hacemos nuestra vida cotidiana, porque sentimos que nace de nuestro propio comportamiento individual y colectivo. Esa certeza nos hace reflexionar sobre los valores y principios que deben regir nuestra vida como hormigas de una misma cueva, en la búsqueda de su mejor calidad más que el mero hecho de sobrevivir.

Como consecuencia nos preguntamos:

¿Acaso habremos permitido que nuestros valores, que pueden ser cambiantes de acuerdo a la época, el espacio, la evolución y el desarrollo social, hayan privado sobre nuestros principios fundamentales de vida que deberían ser permanentes e innegociables?

Si eso es así, en ello pudiera estar la respuesta, que al conocerla convierte el problema en un asunto por resolver, el cual, gracias a nuestra herencia divina que nos hizo pensantes, racionales e inteligentes estamos en capacidad de solucionar. Sólo requerimos de voluntad para emprender, actitud positiva para avanzar y aptitud para la aplicación de los correctivos necesarios; para lo cual disponemos de las múltiples herramientas de las cuales dentro de nosotros mismos fuimos dotados por Dios.

Todo nos lleva a considerarlo como un asunto de jerarquía. Entonces debemos determinar prioridades entre las circunstancias de nuestra vida, como familia, carrera profesional o actividad laboral, poder o representatividad, fama y riqueza. Cada una tiene su importancia como sentimientos, esperanzas y ambiciones, conforme al lugar donde le ubiquemos.

Es su jerarquía individual lo que determinará la incidencia en nuestra felicidad integral, cual será proporcional al nivel de importancia que demos a cada uno de esos aspectos, por tomar el principal que es la familia, con sus colaterales amor de pareja, solidaridad, respeto y sexo, por nombrar algunos, son realmente fáciles de ordenar jerárquicamente en función de la felicidad integral; entre otras cosas porque responden a principios fundamentales innegociables y valores humanos con vocación de permanencia. Pero además funcionan y hacen la diferencia entre las personas felices y las que no lo son.

Algunos otros elementos a decidir, que son menos definitivos y proclives a la vanidad o banalidad humana, como el poder, la fama, la riqueza, la belleza, ciertamente requieren de sabiduría más que de conocimiento, para ubicarlos debidamente con respecto a nuestras ambiciones en la vía de lograr una felicidad integral.

Seguramente, si rescatamos esos valores humanos, si nos aferramos a esos principios de vida recta y consecuente con nuestra condición de entes especiales, diseñados a imagen y semejanza de Dios, la cual permitió a nuestros padres, y de alguna manera a nosotros mismos en nuestros primeros años, sentirnos plenos espiritual y materialmente, al ordenarlos lograremos llenar esos vacíos que hoy nos dificultan reconciliarnos con nosotros mismos y sentirnos plenos.

Esos vacíos existenciales también son fuente abundante del peor mal del nuevo Siglo: el estrés, que a su vez se convierte en factor de origen de la mayoría de nuestras enfermedades físicas, mentales y psíquicas, entre las cuales las más graves pudieran ser precisamente aquellas que afectan nuestra alma, para las cuales no tenemos medicina conocida, porque no se satisface con cosas materiales o tangibles, ya que nacen, crecen y se reproducen en nuestra espiritualidad, creando insatisfacción, hastío, aburrimiento y… frustración.

Todo lo cual sólo puede ser combatido y vencido con el crecimiento espiritual, que nos eleva por sobre nuestra propia naturaleza originaria, para sentir amor, solidaridad, compasión, respeto, ternura y aceptación para todos y cada uno de nuestros congéneres, en esta madre Tierra que Dios nos dio como herencia.

Próxima Entrega: TIEMPO DE AMAR

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Alguien me preguntó si yo creía que podíamos amar a varias personas al mismo tiempo y con la misma intensidad. En principio le respondí que me parecía difícil, pero luego rebobinando mi propia vida, tuve que corregir rápidamente. Aunque de sentimientos tan personales como el amor no debería generalizarse, creo que sobre mis vivencias  si que puedo hablar sin temor a cometer errores.

En el mundo de mi vida diaria amé, sigo amando y creo que amaré toda mi vida. Personalmente, no concibo la vida de un ser racional sin el amor, pero menos aún el logro de la felicidad personal.  Al menos lo que yo considero que es la vida, como nuestra realización material y espiritual, que se concreta en disfrutar plenamente de las personas y  las cosas que nos rodean.

En verdad, creo que hasta que tuve uso de razón mi mayor concentración de amor lo fue en mi madre. Cuando adquirí raciocinio amé además a otras personas como mis hermanos, mis amigos y algunos de mis maestros. Ya de adulto, amé con pasión de varón a una mujer lo cual continúo haciendo, sólo que adicionando una permanente solidaridad y comunión integral.

Desde mi espiritualidad, sin duda amo a Dios porque me hizo  capaz de entender todo mi potencial así como mis propias limitaciones y siento que siempre me acompaña.  Amo además los valores como la verdad, la solidaridad, la aceptación, la libertad, la caridad, la fe, el optimismo  y la esperanza, porque me hacen sentir por encima de esa tendencia tan natural a las miserias humanas, contra las cuales tenemos que luchar todos los días.

Aunque parezca raro, amo al amor y lo amo tanto que lo confundo con Dios, quizás  porque me hace sentir que ciertamente soy su hijo.

Amo el amor, porque me da fuerzas suficientes para no sentir temor, soledad, tristeza, odio ni envidia. El amor cura mi alma en todo momento, pero también me hace perdonar y olvidar  cualquier agravio por grave que fuere.

Amo el amor, porque gracias a él puedo expresar todo ese torrente de emociones que me embarga cuando siento a mi lado a esa inigualable compañera de viaje largo, que después de treinta y ocho años todavía me mueve el piso, haciéndome olvidar los sesenta y seis años que he vivido. Es el sentimiento del amor que me permite sentir esa especial ternura y plenitud cuando abrazo a mis hijos, a mis nietos o  a cualquier niño que tomo entre mis brazos.

Por el amor vivo y he vivido mis más intensas emociones, pero también me induce a tratar de compartirlas con mis semejantes, sin distinción de ningún género.

Pienso que el amor va más allá de una experiencia, es todo un mundo de sensaciones y sentimientos. Su representación es tan variada que pudiera ser infinita, porque sólo la limitamos nosotros mismos.

No es cierto que amemos más a nuestra familia o a nuestros seres más allegados que a las demás personas. No, no es así. Lo que sucede es que amamos lo que conocemos y nos es inmediato. Pero nuestra capacidad de amar es tan grande que podemos amar hasta lo que ya murió o no ha nacido.

Por eso nuestros ojos se llenan de lágrimas cuando leemos las hermosas historias de los amores nunca realizados,  o de los perdidos, porque aún existiendo en el corazón de los actores nunca llegó a concretarse; o  de los sueños no realizados no obstante los mayores esfuerzos, que se sucedieron cientos o miles de años atrás, pero nuestro llanto es, precisamente,  porque en este momento… los amamos.

Por eso rechinan nuestros dientes de rabia, cuando leemos las grandes injusticias que se cometieron en el pasado con personas buenas que nunca conocimos y que sin duda, en este momento… las amamos.

Revisando papeles viejos encontré la foto de un  querido amigo que hoy tiene ya  más de 15 años de fallecido, con quien compartí variadas experiencias de mi vida. Mi mente hizo el milagro de presentármelo como lo vi, no en su lecho de muerte sino  la última vez que en perfecto estado de salud departimos juntos. Aunque no acepto la nostalgia ni temo a la muerte, percibí un sentimiento confuso entre la tristeza, el amor y la resignación. Es ese sentimiento indefinible de ausencia que nos embarga cuando recordamos las personas queridas que ya… se fueron, pero que seguimos amando.

Al amor se debe que nuestro espíritu se sienta elevado cuando leemos los tiernos cuentos de hadas perdidos en el vientre de los sueños en esas tierras lejanas,  porque  ellos narran el amor que vence todos los obstáculos, que logra concretarse y que es… para siempre jamás.

El amor es el sustrato de nuestra vida racional; es el color, la música y el aroma que hacen nuestra vida buena sobre esta madre tierra. El amor se parece a los sueños y a…  la esperanza.

Por eso, como hijos de Dios no tenemos que preguntarnos a quien amar, ni cómo, ni cuando, ni porqué amar. Simplemente debemos amar, porque ese es nuestro destino; a eso vinimos a esta tierra y mientras amemos cumpliremos el mandato divino por y para el cual fuimos concebidos. Si no lo hiciéramos estaríamos frustrando  nuestro más alto fin, traicionaríamos nuestra propia esencia y ya no podríamos considerarnos hechos a imagen y semejanza de Dios.

Si tienes alguna duda o requieres aclaración sobre el tema aquí tratado, el correo del autor está disponible: amauricastillo@gmail.com

Próxima Entrega. VACIOS VIVENCIALES

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En un mundo abundante de personas y cosas buenas, la regla debería ser que todos fuésemos felices. Pero no es así; la infelicidad ha hecho de este mundo su predio particular. Uno de sus más horribles ejemplos se dio recientemente, cuando en el máximo de su infelicidad, un jovencito de apenas 17 años de edad, sin razón conocida,  mató a varias personas inocentes para luego suicidarse con esa misma arma asesina.

            ¿Dónde podría estar  la respuesta a esta terrorífica actitud?

 Los motivos reales, creo que nadie los conoce.  Es la terrible razón de la sin razón, que solo afecta a los seres pensantes, especialmente cuando no son felices; porque los que lo son,  pudiera ser que en un caso de necesidad, en acto de sublime generosidad ofrenden su vida para salvar a otros, pero no se quitan la propia ni matan inocentes que nada tienen que ver con la situación que genera el evento trágico.  Siendo que sería el ser felices lo que evitaría estas actuaciones, debo referirme específicamente a dos recursos que con nuestra inteligencia podemos poner a  favor del logro de la felicidad y que  únicamente dependen de nuestra imaginación: LA FANTASÍA Y LA MAGIA.

En primer lugar,  La fantasía que es exclusivamente mental, nos permite imaginar situaciones conforme desearíamos que fueren o sucedieren en la realidad, y que cuando es debidamente administrada se convierte en fuente de extraordinarias sensaciones.  

 La fantasía también es producto de la imaginación, que es capaz de ignorar la realidad y  convertir lo normal en fantástico y eso me parece de una gran trascendencia en la búsqueda de una vida feliz. Entre otras cosas, porque la felicidad en realidad no es  física ni tangible, sino un sentimiento derivado de nuestra actividad mental.

De tal manera que, si  concibo una situación cualquiera como fantástica, ese es el mensaje que afecta mi estado de ánimo, cual es el que al final determina la calidez de mis sensaciones. Por ejemplo, puedo fantasear con el cuerpo de mi esposa, con su voz, con su pelo, con su piel, con su sexo y no por eso cambio su conformación física, sino que mi mente la convierte en lo que yo idealizo, produciéndome  satisfacción en la misma medida y extensión de mi fantasía.

Como en el ejemplo anterior, cuando me alimento, me visto o realizo cualquier actividad diaria, puedo fantasear sobre su contenido o significado. Mi mente es infinita, da para todo. Cómo lo veo, lo siento o asimilo, es algo que procesa mi cerebro de acuerdo a mi voluntad.

Así, cuando le digo a mi cerebro: «Quiero que conviertas esta situación normal en fantástica y te ordeno que lo hagas de tal manera», lo realiza en fracción de segundos. Tan fácil como eso. Puedo sentirlo, percibirlo, disfrutarlo. Simplemente, lo vivo. Soy tan especial como ser humano que me doy el lujo de VIVIR LA FANTASIA, que es como decir que soy capaz de convertir la irrealidad en realidad.  Pues bien, al menos en mi vida, la fantasía es parte importante de mi cotidianidad y siempre me ha producido felicidad.

Respecto de la segunda, que es La Magia, tan importante es para mì que no sabría vivir sin ella. Las contadas oportunidades cuando una soy infeliz, es porque pierdo su rumbo. Claro está que no me refiero a esa magia antiguamente vinculada a  la Astrología y  la Alquimia, con especulaciones de carácter esotérico  o sobrenatural.  Para mí esa es otra cosa, la cual por cierto no me da ni frío ni calor.

Me refiero a mi magia, la que fabrico con mi intelecto. Esa que me hace convertir un asunto común y corriente en algo diferente y agradable. Esa que como pareja nunca he permitido que perdamos. Ella le da un valor especial a ese cuadro de arte sobre la pared, a ese viejo libro en la biblioteca, a ese prendedor que un día adquirimos en una feria, y a esa servilleta de papel ya amarillenta y con tinta borrosa, sobre la cual se lee: una fecha y la palabra «Te amo».

Es esa nuestra querida magia, que hace de la palabra música; que rompe leyes físicas y naturales al darle más valor a un caramelo que a un kilo, o a  una rosa que a una docena. Esa que viaja con nosotros a todas partes y que, en algunas tardes, cuando mi esposa y yo nos sentamos en un café y pedimos el mismo chocolate muy caliente, con que tantas veces  desayunamos, gracias a su especial efecto, extrañamente ese aroma inconfundible nos devuelve casi cuarenta años atrás y nos recuerda que somos privilegiados porque aún nos amamos como en aquel tiempo, o quizás… más.

A esa fantasía y a esa magia, nosotros como pareja  le debemos mucho de nuestra felicidad conyugal. Por eso no permitimos ninguno de nuestros días sin un momento de fantasía o magia, porque sería darle oportunidad de ataque al hastío, la rutina… el aburrimiento. Por eso les aconsejo que si hasta ahora no les han dado el valor que tienen, empiecen a utilizarlas y, seguramente, aumentará su felicidad, o por lo menos les posibilitará mayor regocijo.

Próxima Entrega:  ¿A QUIEN AMAR?

El enemigo más terrible a combatir en la lucha por lograr una vida feliz, definitivamente lo es el temor que según Dale Carnegie «…es una creación demoníaca del hombre.» Yo suscribo ese criterio, porque el temor inhibe de disfrutar las cosas bellas de cada día; nace y se mantiene sobre la base de los eventos negativos que podrían producirse en el futuro, con lo cual disminuye o acaba con la tranquilidad de «hoy». Por eso, para vencerlo y que no nos haga daño, debemos utilizar todo tipo de herramientas de que disponemos, cuales venturosamente son abundantes y están disponibles sin mucho esfuerzo.

Gracias a que somos la obra más acabada de Dios sobre la tierra, estamos en capacidad de vencer todos los inconvenientes que nos impidan ser felices con los recursos de que vinimos dotados y que se encuentran ubicados dentro de nosotros mismos. Así, frente al temor tenemos la herramienta valentía, que es la capacidad para imponernos frente a cualquier adversidad, y que se fortalece en ese poder derivado de nuestro origen divino, que nos permite modificar el paisaje geográfico traspasando continentes; abriendo túneles en las montañas y atravesando los mares; volar como los pájaros y como las estrellas viajar por el firmamento; y hoy, determinar el sexo y hasta el color de los ojos de un niño antes de que este nazca, dentro de otras muchas proezas, que en otros tiempos se hubieran llamado «milagros».

De igual forma, frente a la tristeza, la depresión y la desconfianza, que transforman la vida buena en algo menos que una tortura haciendo difícil lograr la felicidad, tenemos las herramientas de la fe y la confianza en Dios que acompañada de la acción y el esfuerzo, vencen cualquier situación por grave que pudiere parecer. Frente a los sentimientos frustración y fracaso, tenemos la herramienta del optimismo que nos asegura que somos capaces de superar cualquier inconveniente. Para combatir los momentos de duda, tenemos la extraordinaria arma del pensamiento positivo, hermano gemelo del optimismo, que nos reconforta y nos recuerda que como hijos de Dios, no hay ningún problema que con su ayuda no podamos resolver.

Frente a la maldad que perturba la vida y produce dolor, evitando que seamos felices, tenemos la herramienta más poderosa de la tierra: el amor que transforma el mal en bondad, que vence el egoísmo, que amansa las fieras y… cura las enfermedades.

Para enfrentar al odio que aleja la felicidad, tenemos una herramienta de origen divino que nunca falla, y cuando la utilizamos nos hace parecemos a Dios: el perdón, que acompañado por el olvido neutraliza todos sus efectos malignos del rencor, regalándonos paz, tranquilidad y la sensación maravillosa de que nos elevamos por encima de nuestra propia naturaleza.

Otra herramienta que nos hace mejores y nos ayuda a ser felices es la caridad. Esta virtud que camina de la mano de la compasión y es exclusiva del ser humano, nos permite compartir con nuestros hermanos en Dios, no solamente las cosas materiales de que disponemos, sino también aquellos sentimientos como los de la solidaridad, la aceptación y la ternura, que cuando los damos, por ser tan elevados y reconfortantes, no sabemos quien es el más beneficiado, si quien los recibe o quien los otorga.

Para utilizar eficientemente estas herramientas y algunas otras que las complementan y que en adelante iremos analizando, no requerimos ni un esfuerzo especial ni de nadie para ayudarnos, porque nacen y se desarrollan dentro de nosotros mismos, en la misma medida en que les utilizamos. Pero además, contrario al efecto del uso de las herramientas materiales como un martillo o una pala, no agotan ni consumen nuestra energía, sino que por el contrario, nos hacen más poderosos, más fuertes y más nobles, aportando a nuestra vida, en la medida de su uso, más tranquilidad, paz y plenitud, que hacen el ambiente ideal para una vida feliz.

No debo concluir esta entrega sin hablarles de algunas técnicas, más que herramientas, que de alguna manera parecieran virtuales, pero que en mi caso han sido físicamente efectivas porque materializaron muchas de las cosas que ambicioné y por las cuales trabajé con dedicación y entusiasmo, lo que me permite con toda propiedad asegurar que debidamente aplicadas son capaces de convertir los pensamientos en cosas: la visualización, la divulgación y la sensación de posesión física. Las tres por demás interesantes y sobre las cuales en estos tiempos mucho se ha escrito, por lo cual recomiendo su estudio y práctica, pero sobre las cuales por falta de espacio, al menos en esta oportunidad, no puedo extenderme.

Próxima Entrega: FANTASIA Y MAGIA

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¿Qué cuál es la diferencia entre el cuerpo y el espíritu?

Para  quienes tenemos la seguridad de nuestra espiritualidad no es difícil determinarlo. Sin embargo, para quienes se autodenominan  «materialistas» pudiera serles difícil entenderlo, porque de alguna manera tampoco es muy fácil explicarlo.

Como cuando escribo lo hago para todo tipo de lectores y no especialmente para doctos, eruditos o filósofos, trataré de analizar la diferencia así como su origen utilizando situaciones de la vida diaria. Por ejemplo, cuando alguien me pregunta de quien es mi casa o mi auto respondo que son míos. Asimismo, si alguien pregunta de quien es mi cuerpo igualmente contesto que es mío. Por lo tanto, si yo digo que mi cuerpo es mío estoy asegurando que soy un Ser diferente a mi cuerpo, de la misma manera que al decir que  mi casa o mi auto son míos estoy determinando que son entidades diferentes a mi Ser. Vale decir que yo y mi cuerpo somos entidades distintas aunque hacemos un conjunto.

Pero entonces, si yo no soy mi cuerpo ¿Realmente quien soy para poder decir que el cuerpo es mío? ¿Mío de quien? Bueno, para mi no es complicado porque estoy seguro de que soy un Ser espiritual, que usa un  cuerpo en esta vida para servirse de el físicamente, como lo hago con mi auto o mi ropa. Por eso digo «mi auto», «mi ropa» y «mi cuerpo»,  porque sé que esas cosas físicas son independientes de mi Ser espiritual.

 Tal será mi convicción, que si por alguna circunstancia amputaran a una persona un brazo, o una pierna, o ambos miembros, su Ser espiritual seguiría intacto, no se afectaría en su integridad sino que seguiría siendo el mismo Ser espiritual, independiente de cualquier sentimiento de tristeza, frustración o cualquier otra actividad sensorial o mental. Es que por su esencia  espiritual, al Ser, nada físico puede afectarlo, ni siquiera la muerte que desactiva  la totalidad del cuerpo.

En mi concepción de la vida y las cosas, esa es una  prueba de que ciertamente tenemos  un espíritu que es intangible y por lo tanto físicamente inubicable e indeterminable.

Es por razón de nuestra espiritualidad que sentimos amor, tristeza, alegría, lealtad, solidaridad, sensibilidad, porque ninguna de esas sensaciones son tangibles sino intangibles. No podemos ubicarlas  ni determinarlas en el mundo físico. Por eso no podemos mirarlas,  tocarlas,  medirlas, ni pesarlas. No precisamos dónde las sentimos, pero sí tenemos conciencia de  que las percibimos.

Un «materialista»  podría decir que son las células haciendo sinapsis, el ácido nucleico, las hormonas y otros argumentos con la intención de desvirtuar la existencia del espíritu, lo cual obligaría a formular nuevas preguntas:

-¿Quién dirige la operación de las neuronas haciendo sinapsis, el ácido nucleico, las hormonas, etc.?

-¿Quién les ordena cómo y cuándo deben actuar?

-¿Quién dice a quien debes amar y a quien no, o qué es bueno o malo?

-¿Quién establece la diferencia entre unos sentimientos y otros? Los sentidos no tienen capacidad para hacerlo, porque ellos solo  reciben y cumplen órdenes.

Por ejemplo, los ojos detectan  imágenes, pero no es la vista la que decide si son  bellas, agradables o desagradables. El sentido de la vista es como una cámara fotográfica: toma  imágenes y las presenta, pero la decisión de cómo afectan al individuo no es función del sentido de la vista. Decidir si son bonitas, feas,  mejores, peores, agradables o desagradables corresponde a esa otra entidad supra física que es nuestro Ser espiritual.

Es ese espíritu el canal mediante el cual Dios se comunica con nosotros, en ese lenguaje especial que sólo él y nuestro espíritu conocen y que hace llegar de diferentes maneras a nuestro intelecto, quien lo transmite a los sentidos que son su medio propio  de sensaciones,  para transformarlos en actuaciones físicas y tangibles, que hacen la diferencia en nuestra forma de vivir, inclusive en muchos casos pueden diferenciar la felicidad de la infelicidad, la vida de la muerte.

Esa concepción de espiritualidad nos permite  realizar intensamente nuestra vida terrenal; nos motiva a mirar la muerte como un paso más de nuestra existencia y no como un evento desgraciado, precisamente por  la seguridad de que nuestro Ser no terminará con ella, porque trasciende el cuerpo físico en su  camino de superaciòn espiritual.

 La concepción de espiritualidad y  la seguridad de que por conformar una unidad con Dios, cuando llegue el momento de dejar este cuerpo ascenderemos a un plano superior, a un nuevo destino diseñado por El para nuestro progreso, nos posibilita presumir  lo que quiso significar Jesús cuando enseñaba: «En la casa de mi Padre muchas moradas hay.»

Si tienes alguna duda o requieres aclaración sobre el tema aquí tratado, el correo del autor está disponible: amauricastillo@gmail.com

Próxima Entrega: TEMOR VS.  FE Y CONFIANZA

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En estos siete años del Siglo XXI, dos factores de manipulación con los peores efectos se agigantan con su carga nociva sobre el mundo. Para quienes dirigen la política mundial y alguno que otro Gobernante aislado de Países en desarrollo, el odio y el terror se han convertido en sus mejores aliados.

El odio, nacido del resentimiento, frustración, incomprensión, desigualdad,  envidia, injusta redistribución de la riqueza y la pobreza mental,  funcionan como combustibles que solo requieren una mínima chispa para  incendiarlo todo, con la característica típica del incendio: fácil de iniciar, pero muy difícil de apagar.

Del odio renacen ancestrales instintos y  se liberan bajas pasiones. El hombre vuelve a ser originario,  convirtiéndose en una…bestia. Cazador solitario sobre las nuevas praderas… de concreto, con sus atávicos mecanismos de defensa y perdido el sentido de civilización… de comunidad. La sensibilidad se transforma en deseo de dañar el grupo social, dando paso a los intereses individuales. La revancha y disfrute del dolor ajeno, sustituyen el amor, la caridad, y la humildad, agigantando  las miserias humanas.

Para fortalecer el odio, los hacedores de  opresión hurgan en el alma hasta encontrar flancos débiles:  frustraciones, temores y  limitaciones, hasta desatar la cadena de odio. Se odia al inmigrante, al extranjero, al negro porque no es blanco y al blanco por que no es negro, a los latinos y los asiáticos, porque no son ni lo uno ni lo otro. Pero también se odia a los enemigos políticos, a los de diferente religión, a los de disímil preferencia sexual,  a los ricos y… pare de contar.

Por su parte, el terror es… paralizante. Afecta la razón y perturba el espíritu, produciendo pánico que desmejora el discernimiento al crear  imágenes,  situaciones y supuestos eventos con sensación de inminencia, aunque su materialización pudiera ser remota. El terror desestabiliza integralmente la personalidad, disminuyendo la fuerza espiritual que lo separa de su herencia animal y libera su… brutalidad.

El odio y el terror hacen un coctel maldito conscientemente producido y administrado con eficiencia, para progresivamente inocularlo a quienes interesa controlar, sin importar el daño mental y sus secuelas individuales y colectivas. Quienes así mantienen el poder son fieles a la desventurada consigna: el fin justifica los medios. No importa si se violentan la libertad o los derechos humanos, porque el objetivo es mantener el poder sin importar el costo social.

Esta tendencia de gobernar, es la negación del espíritu del contrato social establecido en las Constituciones democráticas. Los regímenes que se hacen fuertes sembrando odio y exacerbando el terror con la intención de manipular la opinión y por tanto la voluntad ciudadana, no pueden llamarse más que enemigos y defraudadores de los pueblos.

Qué fácil e irresponsable es aterrorizar y llenar de odio  a las comunidades, pero que difícil reponer la paz y la tranquilidad definitivas, sin secuelas que hagan tanto o más daño que aquel temido, cual pudiera ser que nunca llegara a actualizarse. Pero es que además lo utilizan como herramienta para justificar grotescas restricciones a  las libertades ciudadanas, defraudar la justicia e imponer su voluntad sobre naciones enteras inermes, paralizadas por el terror y llenas de  odio, que les evita determinar quienes son sus reales enemigos.

Los equipos de publicidad y propaganda que utilizan son los mismos que convencen ingerir sustancias que nutren vicios mortales, producen miles de accidentes anuales o aumentan las causas de graves enfermedades. Ellos logran con desfiles, condecoraciones,  propaganda subliminal y promesas que nunca han tenido la intención de cumplir, que las masas intuyan como cuento de hadas lo que pudiera ser una novela de terror. Pero si eso les fallara, entonces apelan a las tradicionales consignas patrioteras, que no patrióticas, con los cuales manipulan el sentimiento de nacionalidad,  patria, familia y la supuesta igualdad para todos.

La última etapa de la manipulación del control mediante odio y terror magnificado, es la promesa de protección eficiente, para lo cual debes fortalecer su organización política con tu trabajo, contribución económica y tu voto. Debes aportar tus hijos para enfrentar esos fantasmas que ellos te han creado, que normalmente sólo existen en sus mentes enfermizas, alienantes y corruptas.

¿Qué hacer frente a esta desgracia?

Fortalecerse espiritualmente. Aferrarse a esos valores tradicionales y principios innegociables que permitieron a nuestros ancestros construir países y comunidades buenas para la vida, acrecentando el amor, la comprensión, la solidaridad,  la caridad, la aceptación de pluralidad de pensamiento,  como parte de la diversidad humana.

Aumentar la fe, la confianza, el optimismo,  el valor y la integridad, para no dejarse manipular. Acercarnos a Dios y buscar su protección, haciendo difícil su logro  a los facinerosos que pretenden acabar nuestra tranquilidad, en función de sus intereses y defender nuestras libertades a como de lugar, porque mientras se luche con convicciones firmes habrá esperanza de que regresaremos a la paz, al amor, a la convivencia mutua respetuosa, cual será el mayor legado que podremos dejar a nuestros hijos.

Próxima Entrega: ¿DE QUIEN ES MI CUERPO?

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Normalmente todo ser vivo teme la muerte, pero si le preguntan porqué responderá: porque no se como es.  Realmente no es por desconocer su naturaleza que teme. En verdad, nadie es muy sincero porque el temor surge por la creencia de que es dolorosa, lo cual es una zona errónea  que lo único que  produce es temor y en algunas personas…pánico.

Considero la muerte como el sueño. Mientras dormimos, nos desconectamos de la realidad del mundo exterior y nos  sumergimos en nuestro mundo interno y… eso es todo; la mente no quiere ni necesita descansar,  sino que continúa trabajando en otra dimensión, pero sigue activa. Desconecta al cuerpo físico y sigue  su interminable camino. No tememos al sueño, porque sabemos que  no duele, no  más allá de la incomodidad de un mal sueño. Por el contrario, el cuerpo descansa  y nos pone a distancia de los problemas que afectan nuestra vida diaria.

 Es paradójico cuando analizamos que el morir es como no haber nacido, y a nadie se le ocurre decir que el no nacer o el mundo de donde venimos antes de nacer era doloroso. Surge entonces la interrogante: ¿Será justo que pasemos toda nuestra corta vida temiendo que algún día vamos a morir, cuando es algo inevitable e impredecible? Definitivamente, no. No es justo, lógico, razonable ni apropiado, porque afecta gravemente nuestra probabilidad de experimentar una vida plena, sin temores injustificados, con vocación definitiva de ser felices.

Temer a la muerte es tan infantil como temer a los fantasmas, quienes solo  tienen vida en los cuentos y las películas de  horror, que tanto daño hacen a la humanidad, sembrando mensajes negativos en las mentes de los niños, que pudieran marcarlos toda su vida.

La muerte es un evento futuro e incierto que llegará, para nuestra tranquilidad no sabremos como ni cuando. Lo que  sí intuimos es que el cuerpo se desconecta del espíritu y éste último pasa a otra dimensión, que para nosotros es también desconocida;  pero como sin el cuerpo no hay posibilidad de experimentar sensaciones, la deducción lógica es que no podemos experimentar dolor si desconectamos lo único que lo percibe: el cuerpo.

La vida es demasiado corta, tiene tantas cosas bellas que admirar, situaciones y sensaciones tan edificantes que experimentar, que es un desperdicio dedicar nuestro valioso espacio, a pensar en algo tan etéreo. Y digo etéreo con toda propiedad, porque  la  muerte como el temor sólo tiene vida en nuestra mente. Fuera de ella no son nada. De hecho tememos a eventualidades que pudieran o no darse, porque cuando algo nos sucede no tenemos tiempo de temerle: simplemente sucede  y ya. Con la muerte es idéntico, tememos a que alguna vez vamos a morir pero no sabemos como ni cuando. Son especulaciones típicas del único ser vivo dotado de razón que habita sobre esta madre tierra, quien disponiendo  de una hermosa vida, con cinco sentidos conocidos que le permiten disfrutarla, en vez de  hacerlo diseña un nuevo sentido en su contra: el temor, porque, al menos  que yo sepa,  no lo percibimos por el olfato, la vista, el oído, el gusto o el tacto.

Tenemos tal tendencia a inventar situaciones negativas, que el  temor cerval a la muerte lo rodeamos de ritos y solemnidades a cual más risibles, a no ser que se trate de aumentar el temor a sufrirla. Cuando alguien muere, se inventan formas de hacer más duradero ese sentimiento de vacío. A tal fin crean ceremonias de recordación, para comer  y tomar a costa del poco caudal que dejó el fallecido, donde lo único que logran es aumentar la imagen de poco listo del muerto al narrar anécdotas tristes de su vida, cuales de haber estado vivo el interfecto, lo menos que se habrían ganado por la infidencia habría sido un sopapo.

No contentos con tal campeonato de espectáculo y comilona, crean monumentos, rezos y lamentos al momento de depositar en la tierra, lo corruptible y pasajero del fallecido como es su cuerpo, que en horas se convierte en algo insoportable; endilgando entre lágrimas bondades al muerto que nunca tuvo, y haciendo la felicidad de los dueños de las casas fúnebres que se quedan con lo poco que dejó a los deudos; desatendiendo la admonición de Jesús, cuando enseñaba: «Deja que los muertos entierren a sus muertos… Mi padre es un Dios de vida, no de muerte.»

Se ignora que somos seres espirituales que nunca morimos, que nuestro cuerpo no es más que la ropa que usamos durante el corto periplo por este mundo; que lo importante, lo trascendente es nuestro espíritu, el cual regresa a donde estaba antes de nacer, y que, pudiera ser que pase a una dimensión de crecimiento superior. Por lo tanto,  temer a la muerte es quizás la condición más gráfica de que realmente, somos  bien… imperfectos.

Próxima Entrega: LA SIEMBRA DE ODIO Y  TERROR