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Archive for the ‘FABRICAR SUEÑOS’ Category

No me interesa mi edad, pero si me preguntaran cuanto he vivido, entonces puedo hablar de esos espacios de tiempo, que para mì no tienen decisiva importancia. Lo trascendente es cómo he vivido, porque siento que tengo los años que quiero y que disfruto… intensamente.

Hago lo que considero bueno; de tal manera, emprendo mis proyectos viviendo intensamente el camino de realizarlos, sin darle demasiada importancia al resultado; si tengo éxito me congratulo, pero si fracaso atesoro el aprendizaje y acto seguido inicio uno nuevo.

Los años vividos me han permitido mirarle la espalda a las cosas; por lo cual, me apasiona vivir cada momento y sus detalles; en la vía de lograr mis cometidos son cada paso o circunstancia, lo que me permite sentir las cosas, disfrutar de las personas y apreciar la obra de Dios en las soleadas mañanas al inicio de la faena, o las puestas de sol en la tarde cuando descanso, luego de un día agotador pero emocionte.

Es tan lindo sentir que se ha vivido gustando de lo que se hace, más que haciendo lo que nos gusta; que el cuerpo y el cerebro –sin importar las dificultados- siempre dicen: sí… adelante.

¿Que valor tienen los años si lo importante es cómo se han vivido? No es haber vivido poco o mucho lo que determina lo vivido, sino la intensidad, satisfacción, emoción, alegría, generosidad y la felicidad con que se ha recorrido el interesante camino de compartir la existencia.

No existe edad especial o ideal para amar, esperar, desear, disfrutar del amor, la familia y… ser útil. Puede el joven, adulto o viejo, igualmente sentir el calor del afecto, el frío de la soledad o el sabor agridulce de las lágrimas. Nuestros sentimientos no dependen de la edad, ni es algo que se construya fuera de nuestra interioridad; se trata del obrar humano, que paulatinamente forma óptica de ver la vida y las cosas, y por ende, cómo logramos nuestra realización individual.

Haber vivido intensamente, disfrutando de las muchas bendiciones que Dios puso sobre esta tierra, nos permite mirar el mundo sin temor, en paz con nosotros mismos y nuestros semejantes; nos ayuda a pensar que fue bueno haber nacido, haber sentido que de una u otra manera, esos hermanos nuestros que caminan sobre la tierra, independiente de su edad, contribuyeron decisivamente para que se diera ese fenómeno típico de los seres pensantes: una vida feliz.

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AFRONTANDO ERRORES

Con el correr del tiempo, los seres humanos acumulamos errores y aciertos, que podemos lamentar, celebrar o simplemente… olvidar. Los aciertos, por sí mismos constituyen motivo de regocijo y de auto reconocimiento. Pero, los seres humanos suelen cargar sus hombros con los errores del pasado, acumulando frustración que enturbia su presente, en el cual por cierto nada se puede hacer por remediar el pasado. En otros casos, suelen lamentar dolorosamente tal o cual actuación o decisión –que hoy por sus nuevas experiencias- consideran hubieran podido evitar o tomar de forma más apropiada.

En verdad, no deberíamos lamentar lo que hicimos a conciencia, porque fue producto de nuestro libre albedrío, en una oportunidad determinada y por motivaciones específicas y especiales de ese momento. Es que, si salió mal o fue menos agradable de lo que hoy pensamos que hubiera podido ser, sería una consideración fuera de tiempo, porque lo que hicimos lo fue a conciencia y mejor o peor… lo vivimos de la forma como lo quisimos.

Nuestras actuaciones pasadas, acertadas o erróneas fueron nuestras; en su momento las meditamos, estimamos sus pro y sus contras; medimos el riesgo, decidimos y actuamos; de tal manera que, en su momento aceptamos sus consecuencias como producto de nuestras actuaciones propias y voluntarias. A nadie podríamos culpar de haber actuado como actuamos o haber sido como…fuimos: se trata de lo que fue, pero que ya no existe.

En aquellos tiempos amamos, reímos, lloramos, sufrimos, pero también… fuimos felices. Hoy no podemos calificar ninguno de esos sentimientos, porque, de alguna manera, sin ninguna duda e independiente de su entidad, somos… diferentes y la capacidad de comparación la afecta gravemente… el tiempo.

Afrontar con entereza, sin lamentos, dolor ni tristeza lo que ayer hicimos, independiente de su resultado no es más que reconocer nuestro derecho a actuar conforme a nuestra propia voluntad. Es ser consecuentes con nosotros mismos, con nuestros valores de ayer, de hoy y… de siempre.

Pero al final, si somos sinceros con nosotros mismos, aceptaremos que gracias a esa acumulación de experiencias mejores o peores, dulces o amargas, hoy tenemos mayor capacidad para evaluar situaciones similares o parecidas. De alguna manera, fueron la escuela donde educamos nuestro carácter, donde aprendimos que lo importante no es lo que hicimos o fuimos ayer, sino lo que hacemos o somos hoy; porque es ahora, en este momento cuando podemos experimentar lo bello de sentirnos vivo, felices y satisfechos con nosotros mismos.

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LO IMPORTANTE ES SENTIR Y… VIVIR

Más de la mitad de mis casi setenta años los he vivido feliz al lado de una mujer; quizás por eso extraño que algunas damas, al cumplir los cincuenta años, estimen que su vida declina y que se pierde interés en ellas.

Como esposo activo fìsica y espiritualmente, aseguro que es a partir de esa edad, cuando con un protagonismo nuevo, las mujeres se hacen especialmente atractivas y sensuales, ya que, además de su serena belleza, el haber sido madres y esposas les dota de una conjunción de sentimientos de confianza, generosidad, comprensión y experiencia, que las hace -como lo expresa un poema- como las frutas pintonas que dicen mucho… por dentro.

En esa edad dorada, habiendo cumplido con los complicados deberes que involucra levantar la prole, las mujeres pueden dedicar su mejor tiempo a disfrutar con toda la magia, pasión y libertad que requiere el amor para lograr su realización, que conjuga sexo y espíritu, haciéndolas para esa persona que aman y cuando la ocasión lo requiriera, románticas novias, leales esposas, apasionadas amantes o dedicadas madres.

Es el tiempo en que la mujer se encuentra a si misma, con sus virtudes y sus defectos. Es la época cuando desarrolla su mejor capacidad de amar y está segura de su valor como mujer, que su aquilatada experiencia además de sus bondades físicas e intelectuales, le aseguran la posibilidad de únicamente hacer lo que quiere, cómo y… cuando quiere.

A partir de los cincuenta, la mujer se crea prácticamente una coraza frente a las fruslerías, vanidades y nimiedades que afectan la juventud femenina; ya no se siente la princesa del cuento de hadas sino la mujer real, normal, común y corriente, con probada capacidad para amar y mucho dar, pero también con suficiente valor y autoridad moral para exigir y recibir en compensación, lo que conoce que en justicia le corresponde.

Esa mujer hecha, sabe que el respeto y la admiración son las bases del amor permanente; que la magia y la pasión no conocen de edad, raza, posición social ni contextura física; que en el amor la lealtad genera confianza, la sinceridad armonía y el toque de locura tiene sabor de… aventura.

Simplemente, sin nostaliga aprecia lo que fue y se siente feliz con los altos y bajos de la vida; con lo que es hoy, en el momento en que vive, que a voluntad puede hacer temporal o… eterno.

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Vivo por días, lo disfruto intensamente las veinticuatro horas. Quienes viven por años tienen la posibilidad de ubicarse en la estación que les plazca disfrutandola a placer, porque no dependen de tiempo o espacio sino de su voluntad personal. Quien se sienta alegre, vigoroso y activo, disfrutando los colores de las flores, el canto de los pàjaros y la mùsica especial de la palabra amor, independiente de su edad, estará en primavera.

Si no obstante ser jóven se siente cansado, taciturno, pesimista, descuidando deleitarse en el bello sol del dìa, la calidez del frìo nocturno, la cantarina risa de los niños y el caer del agua en las quebradas, el aroma de las flores, estará ubicado en invierno.

Aquellos que sienten que la envidia corroe sus entrañas, que su vida no ha sido justa y se queman en la hoguera de los odios y la frustraciòn, viven en los rigores del calor del duro verano.

Los que se sienten doblegados por su edad avanzada, otorgando a la juventud màs trascendencia de la que tiene, sin considerar los grandes logros històricos de hombres realmente viejos; que el no disponer de riqueza y poder les hace demasiado vulnerables; que recuerdan nostàlgicos lo que fue y temen a lo que vendrá, viven sin remedio en el otoño.

Es que ser felices es un compromiso personal y una forma de agradecer a Dios nuestra existencia. Aun sin movernos podemos viajar con nuestra mente donde queramos y sin limitaciòn alguna.

Podemos soñar cuanto deseemos y convertirlo en realidad. Si imaginamos montañas cubiertas de nieve como maravillosas, podemos ser felices, pero si suponemos el frìo congelante, nos aterrorizaremos con su presencia. Imaginar ricos manjares, su sabor y aroma nos hace disfrutarlos con deleite, pero convencernos de que engordan o indigestan nos hace aborrecerlos.

Si aceptamos la enfermedad como excepcional y no como normal, porque son el escape de sentimientos retenidos, rencores y frustraciones represados; consecuencia de la insatisfacciòn, falta de desprendimiento, aceptación, amor y generosidad, nuestra salud será invulnerable. De hecho, no conozco personas realmente felices que se sientan o manifiesten enfermas.

Fuimos diseñados para amar, no importa donde, cómo, cuando ni a quien, y eso nos hace bellos, saludables y generosos. En una vida tan corta, donde los buenos somos mayoría, nuestro destino es hacer lo que nos satisfaga y nuestro fin la felicidad. Nos toca escoger y no es nada difìcil hacerlo.

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El proyecto para salvar la pareja mediante la reingeniería de pareja conlleva revisión, análisis sincero, descarnado e integral de la situación en un momento determinado, preparando un plan para salvarla pero partiendo de cero, como si nunca hubiese existido la relación.

Arrancar de cero deja atrás el rencor pero no la certeza del daño que producen los agravios, señalando los que deben evitarse en el futuro pero abriendo el camino para compensar con creces los mutuamente inferidos.

El nuevo proyecto encarna la promesa de un nuevo idilio; la aventura del enamoramiento; la paz espiritual que proporciona el restañar las heridas; y la esperanza del disfrute renovado de ser un solo cuerpo, una sola carne… un alma en común.

Intentar constituir una relación no renovada sino nueva, se convierte en un reto compartido de vencer los rencores, el temor, la tristeza, la soledad, el dolor, la frustración y la angustia, que si ponemos nuestro mejor empeño sin duda tendrá éxito.

Comenzar sin ataduras, dando rienda suelta al alma para volar sobre los sueños nunca realizados; materializar proyectos ideados, deseados y esperados pero no concretados siempre será emocionante, porque proporcionará la posibilidad ideal para convenir una forma diferente para la vida diaria en familia; resolución de los problemas; utilización del tiempo libre y para el manejo de las relaciones amistosas y familiares comunes.

Como el amor que no había muerto, el disfrute de su sexualidad se refuerza; la creatividad, magia y fantasía le imprimirán nuevo ritmo, colorido y entusiasmo, que tendrá a su favor el previo entrenamiento, experiencia y perfecto conocimiento de las apetencias y rechazos sexuales mutuos. Esa satisfacción con nuevos bríos, reforzarán la sensación de que se trata de una nueva relación y no de un remiendo en una que pudiera volver a romperse.

Don Andrés Mata apropiadamente escribía: «…después de cada invierno, florece nuevamente el limonero.» Doy fe de la realidad de estos versos. Todos los días podemos enderezar el barco. Dentro de nosotros mismos tenemos los elementos idóneos: libre albedrío, estado de ánimo, fe, confianza, optimismo, y el poder ilimitado del amor. Solo requerimos diligencia para utilizarlos. Para comenzar una nueva vida todos los días son buenos.

En caso de vida o muerte siempre escogemos la vida. Este es el caso. A favor de nuestra felicidad no tenemos debemos hacer el último intento. La alternativa es lograrlo. Pero, si no resultara exitoso tendremos la tranquilidad de consciencia de haber actuado diligentemente.

Es por lo cual sugiero utilizar un programa de reingeniería de pareja, comenzando de cero, intentando nuevamente conocerse; enamorarse como cuando novios; olvidar agravios y recordar los momentos felices; mirar con optimismo el futuro, aceptando sus personalidades y bendecir el privilegio de poder intentar el regreso… a casa.

En el hogar vive la única realidad que tiene cara y calor humanos. Allí está la persona a quien interesamos realmente, porque su vida está unida a la nuestra y es parte irremplazable en nuestro equipo de fábrica de sueños… posibles. Aprovechèmosla y disfrutèmosla intensamente, que ese es nuestro pago en esta vida.

Próxima Entrega: POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS EN LA UNIVERSIDAD NORTHERN

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amantes8a.jpg El goce que produce el acto sexual entre dos personas que se aman con plenitud, representa el máximo de satisfacción que puede experimentar un ser humano. En el convergen el cuerpo, el alma y el espíritu para decir: te amo. Ese condicionamiento sublimizador del sexo lo hace superar cualquier otra expectativa, constituyéndolo como indispensable para nuestra felicidad personal.

Por el y con el nacemos, convirtiéndose progresivamente en urgencia no sólo de satisfacción física sino también espiritual.

El sentimiento más determinante hacia otra persona lo es el amor, que instintivamente relacionamos con el sexo.

El sexo, como el vino debe disfrutarse con lentitud, fruición y deleite. Todo tiempo y oportunidad son buenos para degustarlo y su embriaguez en vez de rebajarnos, nos eleva por encima de nuestra propia naturaleza originaria.

Fuimos dotados del sexo para vivirlo en toda su intensidad, que es prácticamente inestimable, porque carecemos de instrumentos que nos permitan medir la excitación y efectos que despierta en nuestra actualidad y potencialidad.

El sexo constituye el regalo más excelso que Dios nos dio. Representa la única posibilidad natural de convertirnos en parte de otra persona, encarnándola física y espiritualmente.

La concepción del sexo, como nuestra propia vida debe ser integral, constante y permanente. No podemos vivir una parte de nuestra vida o del sexo y otra no, porque son inseparables. No vivir una parte de la vida es como morir y no disfrutar una parte de nuestro sexo, sería como carecer de el.

El sexo al originarnos en una lucha donde fuimos triunfadores, se posesiona de todos nuestros sentidos conocidos y más allá de éstos. Lo vivimos en las imágenes, sonidos, olores, sabores, y en forma extraordinaria en el tacto. Pero su forma más sublime es una conjunción ideal, percibida por algo más allá de esos cinco sentidos conocidos, que nos dota de capacidad inusitada para fabricar sueños, magia y fantasía.

Vivir el sexo es algo más que disfrutar una sensación de goce físico, temporal, pasajero e intrascendente, cual no sería más que una regresión atávica a nuestro origen, como meros elementos reproductores, sin expectativas de espiritualidad.

Vivir el sexo es penetrar lo más hermoso de nuestra existencia. Es integrarnos con otra vida en una nueva vida, sin dejar la propia en el intento. Es sentir toda nuestra capacidad de creatividad, disfrute, nobleza y entrega, al poner en juego nuestros más puros y elevados sentimientos, haciéndonos como dioses, fabricantes de vida, sueños y esperanzas.

Es esa la dimensión del sexo que lo hace sublime, que le da continuidad y permanencia. Esa la entidad que nos posibilita sentir, luego de decenas de años practicándolo con la misma persona, que es la parte más bella de nuestra vida, siempre renovado, con algo nuevo que espera por nosotros, para decirnos que vale la pena seguir viviendo.

Próxima Entrega: TIEMPO DE ENAMORADOS

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¿De que sirven los sueños si no los vivimos? ¿No es mediante ellos que vencemos el albur de una vida que no pedimos, dentro de un mundo amplio e infinito que espera ser descubierto?

Creo en mis sueños como único medio para romper la monotonía de la vida y dejo que me guíen. Sé que sólo se concretarán si me conviene.

Vivo con intensidad su desarrollo; su nacimiento, su increíble recorrido por ese mundo ideal que me corresponde. Mientras doy los pasos necesarios, experimento la sensación de que en mi fuero interno se están sucediendo.

Si se concretan, doy el toque final de celebración dando gracias por haberlo logrado. Si no se dan, igualmente agradezco haberlos disfrutado y porque sé que el no materializarse me resguarda.

Como mis sueños tienen vida, los ubico en mi existencia física: mi familia, trabajo y afectos, concretando los que puedo manejar y lograr sin violentar la voluntad de Dios.

Así, vivo mi sueño con el amor sublime de esa bella, tierna y leal mujer que Dios me dio por compañera, con respeto, consideración, aceptación, solidaridad, lealtad, reconocimiento, buena comunicación y apasionada sexualidad, convirtiéndolo en realidad.

Al amar, respetar y aceptar la individualidad de cada uno de mis hijos y entorno íntimo, la generosidad y bondad que, si no tuvieren, mis sueños les asignan, convierten ese pedazo de mis sueños en realidad.

Mi placidez permanente por haber vivido más de sesenta y seis años, superado riesgos, peligros y momentos difíciles; construido una familia feliz; orientando a quienes mejoraron su óptica de la vida; escrito libros y entablado este diálogo virtual con ustedes, representa sueños convertidos en realidad.

Quienes me aman, aman mis sueños, porque son parte integral de mi amor por ellos. Conocen que sueño por ambos. Saben que son y serán siempre parte de mis sueños. No tienen otra dimensión de mi personalidad.

Mis sueños, que hago realidad en lo posible, reflejan mi inagotable amor, mi deseo de transmitírselos y mi agradecimiento a Dios por permitirme embarcarme con ellos en este viaje hermoso, que es nuestra vida.

Para mí hoy y todos los días son maravillosos. El sol, la brisa, la risa de los niños y el canto de los pájaros, me recuerdan que Dios está aquí para velar y ayudarme. Lo disfrutaré intensamente, haciéndolo todo en su nombre con alegría, fe y optimismo, porque esa es la parte de mis sueños que me está dado hacer realidad.

No me imagino mi existencia ni la de mi familia sin sueños. Tampoco quiero imaginar la de ustedes sin los suyos. Sería una lástima no utilizarlos teniéndolos a mano.

Los invito a soñar, cubriendo los pasos que permitan hacerlos realidad, si convienen. Sintiendo la necesidad de soñar, decidiéndose a hacerlo, conformando los sueños, y lo más importante, vivirlos en cada una de sus etapas.

No cuesta nada, pero es muy grato porque son la única posibilidad de convertir la fantasía… en realidad.

Próxima Entrega: LA FELICIDAD EN TIEMPO DE CRISIS.

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Concibo mi vida del tamaño de mis sueños. El ser un pedacito de Dios y uno con todos mis hermanos humanos me convierte en un… fabricador de sueños, que crearon mi refugio frente a las adversidades que he vivido o los agravios que he recibido.

Desde la atalaya de mis sueños, observo el mundo como yo quiero y no como lo que ven los demás. Siempre ha sido así. Crecí en un medio inapropiado, donde no hay espacio para la ambición, y la esperanza tiene cara de hambre, renuncia y vulgaridad; ausencia de entusiasmo y promoción de la mediocridad. Los sueños fueron mi escape, mi pasaporte de salida y el bálsamo que curó mis heridas… sin dejar huellas.

Pero, los sueños no están en el ambiente ni en otra parte que no sea nuestro intelecto. Nacen, crecen y a veces desaparecen, en la medida en que somos capaces de crear y creer en algo más de lo que vivimos diariamente. Los sueños los fabricamos nosotros, a nuestra medida, con los elementos que tenemos a la mano. Eso es lo extraordinario: nos permite imaginar una realidad…diferente.

Yo sueño conforme a mi necesidad. Así, sueño con un amor, con lo que quiero ser, dar y recibir de los demás, con mi actitud frente al bien, al mal, a las personas, cosas e ideas y mi mente lo fabrica, precisamente como lo deseo. Las fuerzas universales actúan a favor de los sueños para concretar los que nos convienen. Jesús enseñaba: «Mi Padre, sabe mejor que tú las cosas que necesitas…»

Mi trabajo es fabricar mi sueño y ser diligente para su concreción. El de Dios, decidir si me conviene. Por eso, hago mi parte feliz, fabrico el sueño y me imbuyo dentro de él, no lo hago una parte de mí, sino que me convierto en un pedazo de él.

No vivo para soñar, vivo soñando. Pero mis sueños, aunque les doy un toque de locura, no son una locura; son un sueño, que es lo más parecido a la realidad, pero con la ventaja que…la supera. Le doy forma a mis sueños conforme a mis necesidades. Los proyecto, diseño, les doy nombre: les doto de entidad propia: son los sueños de Amaurí Castillo. Eliminan barreras, moderan la realidad adaptándola a mis necesidades mentales y espirituales que guían mi vida física.

Para aportarles mayor posibilidad de materialización, trabajo con disciplina y constancia; estudio, oigo y observo las personas y sus circunstancias con amor, atención, interés y respeto; dispuesto a prestar el concurso de mi ayuda y aprender de ellas, siempre pidiendo a Dios entender, por qué sus sueños, son sólo… sueños.

Realizo y vivo mis sueños porque son míos, no los del vecino o compañero de trabajo. Son mi hechura, se parecen a mí. En ellos me incluyo con todo lo que tengo. Mi mente en contacto con Dios y mi cuerpo fìsico, que es un mero instrumento, los convierto en una máquina que fabrica mis sueños. Incorporo mi mente y espíritu a la fuerza del Universo, que es también uno con Dios y conmigo, para viajar juntos descubriendo los mundos que sabe crear mi mente.

Concretarlos no me compete. Es trabajo de Dios, como el mejor convertidor de mis sueños en realidad… si me conviene. Tengo fe, confianza y no tengo por qué estar recordándoselo.

No me contento con idear un sueño sin diseñarlo, pensarlo, estudiarlo y ponerle detrás todo mi potencial humano, representado en mi mejor diligencia, trabajo, constancia y disciplina, haciendo de todo esto mi mejor forma de… soñar.

Próxima Entrega: VIVIENDO EL SUEÑO.

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Desde que abrimos los ojos al momento de levantarnos, hasta que nuevamente nos dormirnos, todo se reduce a una toma de decisiones.

Así, desde niños tenemos la alternativa de decidir contentarnos con lo que tenemos, conocemos, percibimos y entendemos, o si por el contrario, investigamos el panorama que nos presenta la vida, en busca de algo diferente. Es por lo cual algunos, para encontrar algo más que satisfaga sus deseos, llaman a la mente para que ayude a crear la opción que encaje en su particular manera de imaginar una vida distinta, únicamente forjable mediante los sueños.

De esa toma de decisión dependerá lo que de la vida se espere y logre. Cuando aprendemos a soñar, como esos hombre y mujeres que ante los ojos atónitos e incrédulos de una sociedad regular, timorata y fundamentalista, lograron vencer la normalidad realizando portentos, que en su tiempo la ignorancia colectiva denominó «milagros», tomamos la alternativa de tener una vida diferente, produciendo nuestros propios sueños en vez de aceptar lo que ella nos presenta, utilizando el recurso de ejercer nuestro derecho a soñar.

Como los sueños son una operación mental, no requieren materializarse para vivirlos. En ese mundo inconmensurable de nuestra mente, se disfrutan desde el mismo momento de su concepción y su entidad sólo depende de nosotros.

Paradójicamente, lo importante para un soñador pudiera ser, más que materializar el sueño, vivirlo. Su percepción de posibilidad lo es perfecta: conocemos exactamente del color, sabor, espacialidad y temporalidad como se idealiza. Por ser nuestra propia creación, nos es familiar.

No todos los soñadores logran sus sueños, pero sí los viven y los disfrutan; porque en su mente los conocen a detalle: son sus padres y se ama demasiado a los hijos. Para un soñador no es fácil lograr todos sus sueños, porque su vida está llena de ellos y… son muchos, pero los disfruta en la misma entidad, independientemente de que se den todos, pocos o ninguno.

Precediendo cada gran logro universal, otras personas, de diferentes formas y en distintas épocas, trillaron ese mismo camino. Todos presintieron que era posible, como vivía en sus sueños.

Volar venciendo leyes naturales, crear energía, curar las enfermedades y… hasta modificar artificialmene la vida animal o vegetal, fueron hechos que primero tuvieron vida en los sueños de esas personas maravillosas que los materializaron, quienes los disfrutaron en sus mentes cuando apenas eran sueños, como al concretarlo en el mundo de la realidad fìsica.

Eso es lo maravilloso de los sueños: con toda libertad pueden fabricarse, vivirse y disfrutarse, desde su alumbramiento hasta su concreciòn final.

Quien vive los sueños no conoce la frustración, porque anticipa los resultados y los vive sobre la base de que lo importante es soñar, en su mundo todo es posible.

La posibilidad, factibilidad y probabilidad, son paralelas en su paso por ese amplio sendero donde la realidad y la irrealidad sólo las diferencia la dimensiòn de la ambiciòn, vagando en un mundo sin tiempo ni espacio, a horcajadas sobre los lomos de la obra más acabada de Dios: la mente, que es infinita.

En la primera entrega determinamos la necesidad de soñar, en esta hemos expuesto qué y cómo experime el que decide soñar.

En la próxima, analizaremos el cómo debemos soñar. Así que, aquí los espero mañana, pudiera ser que ya tengan la intención de decidirse a soñar y ese es el primer paso, en una vìa que pudiera transformarles de observadores pasivos de una vida que no tiene por qué ser fatal, a diseñadores y ejecutores activos, dentro den un mundo con una dimensiòn apasionante: el mundo de los sueños.

Próxima Entrega: CONFORMANDO LOS SUEÑOS.

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