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Archive for the ‘AMOR DE PAREJA’ Category


 

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En la entrega anterior descalifiqué por absurdo que sea el estrés, derivado del nacimiento de los hijos, lo que termine con la relación de pareja.

Todo lo contrario, quienes hemos traído hijos al mundo sabemos que no es así. Ellos refrescan la relación, aportan amor y ternura; son un renacer de nuestra propia vida. De alguna manera en ellos, somos nosotros de regreso al mundo; son la vida que vuelve y el amor que renace; la ternura presa en unos ojitos que saben hablar… sin palabras. Es Dios que nos grita por esas dos rendijas de amor, que aún no se ha olvidado de nosotros.

¿Cómo puede alguien ignorar estas verdades? Ese supuesto informe dice que así es. Tan equivocados están, que sabemos de matrimonios que fracasaron, precisamente porque les faltó el elemento hijos, que era fundamental para convertir la casa en un hogar… siempre renovado, y los cónyuges no lo soportaron.

En mi humilde concepto, lo que sí representaría una fuente de estrés, sería la soledad a que están condenados quienes por no tener hijos, carezcan de incentivos importantes por los cuales luchar con entusiasmo, así como falta de motivaciones para lograr metas elevadas; o el sentirse incapaces de satisfacer ese deseo pro creativo de la pareja y su imposibilidad de satisfacer la urgencia natural de contribuir al mantenimiento de la especie. Esos sí que son factores perturbadores del individuo, porque lo hacen dudar de si ha cumplido o no con su función vital como ser humano.

Esos aspectos negativos, producto de no haber procreado, sí que son motivo de estrés, no los hijos, quienes como ha quedado expuesto, representan elementos de vinculación y fortaleza; también previenen para los padres ese factor de tanta expectación, que significa un futuro completamente aleatorio, impredecible e incierto.

Adicionalmente, la certeza de que por no haber procreado durante los años de juventud y adultez, la vejez, que siempre requiere de apoyo, transcurrirá en soledad física y espiritual, porque no habrá un compañero o compañera con quien se hubiese transitado, tomados de la mano y vinculados en el espíritu, ese trayecto largo … largo, que comienza con el nacimiento y termina luego que ya somos viejos.

Es que al no tener hijos, tampoco habrá alguien adicional a la posible pareja -quien eventualmente pudiera ya no estar- que en horas de enfermedad, soledad o ancianidad, se acerque con amor fraternal y solidaridad especial, que en la mayoría de los casos los hijos saben dar.

Tal será la importancia de los hijos para la pareja, que al menos en mi caso, no podría considerar esos años dorados tan lindos que vivo, si no hubiera procreado mis cinco bellos hijos, quienes a su vez me coronaron con esos nueve increíbles y tiernos nietos.

No tengo riquezas más allá de lo que corresponde a quien no obstante no darle demasiada importancia, sí trabajó más de cincuenta años y administró sus recursos con divina prudencia. Pero, cada vez que tengo la oportunidad me endeudo hasta la coronilla, únicamente con la esperanza de pasar unos días con mis nietos. Sólo mi esposa y yo podemos medir como nos sentimos; el bien que nos hace devolvernos cuarenta años atrás y volver a vivir, nuestros niños. Es mágico. Es inyectarse de vida, sintiendo, en vez de dolor, amor y ternura… sin límites. Sin duda, un privilegio y lo agradecemos a nuestro Padre Celestial.

En mi criterio, decir que los hijos no son buenos para la pareja que se ama, es simplemente ignorar qué somos como seres humanos y cual es nuestra esencia espiritual. Para quienes no tenemos duda respecto de nuestro origen divino, considerar negativo traer hijos al mundo que, como nosotros, son hechos a imagen y semejanza de Dios, es lo más parecido a una blasfemia, en la semántica del vocablo.

Como seres humanos, morir sin haber traído hijos al mundo por cualquiera de esas insensatas consideraciones, es abstraerse conscientemente de pagar una deuda natural, que como tal, aunque no esté documentada, corresponde a un compromiso moral, ético y existencial con nuestros padres, quienes murieron o viven confiados en que somos suficientemente leales y solidarios, para no dejar extinguir su simiente sobre esta tierra, cual es lo que sucede cuando no se procrean hijos.

Si usted tiene hijos, sin importar su comportamiento, edad o sexo, son lo más hermoso que usted ha hecho. Son un privilegio, porque millones de personas no lograron tenerlos. Así que vaya, sin demora, ahora mismo y abrácelos, béselos y dígales cuantos los ama, cuanto los necesita. No oiga a los frustrados, a los fracasados, a los cobardes, a los irresponsables e ignorantes de lo que es el amor, cual una de sus máximas expresiones lo son precisamente: LOS HIJOS.

Próxima Entrega: ¿MUERE EL AMOR?

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Escuché en un medio de comunicación algo que me ratificó que como seres humanos, estamos perdiendo el sentido del por qué y para qué vinimos como habitantes de este bellísimo e infinitesimal pedacito del universo.

Informaban que según documentados estudios, el efecto de los hijos en un significativo número de parejas jóvenes es devastador, rebajando su vigencia al promedio de dieciocho meses desde su nacimiento, para que se produjera la disolución de la relación.

La raíz del problema sería el advenimiento de los hijos, por causa de las necesidades de atención especial, lo cual aportaría exagerado estrés a la pareja, quienes concibieron la unión para disfrutarlo pero no para sacrificar o aportar nada que pudiera ser incómodo, como el cambiar su modo de vida en función del interés prioritario de sus vástagos.

No obstante que he visto y oído muchas cosas inverosímiles, esta información que se dice documentada, más por los padres que por los hijos, me genera una profunda tristeza. Lo asimilo a alguien que deseara intensamente buena salud, una bellísima casa y un bello auto, pero al obtenerlos dijera: «No soy feliz porque tengo estas cosas.» Simplemente, es absurdo.

Como hombre -que no macho- esposo, padre y abuelo, soy defensor acérrimo de la monogamia, el matrimonio y los hijos, por lo cual estoy obligado a tratar el tema.

La urgencia natural genética, como especie que debe mantenerse sobre el planeta, lo es copular un hombre con una mujer; por lo cual esa interacción de los dos géneros justifica la pareja.

Por nuestra naturaleza gregaria no sabemos realizarnos material y espiritualmente en solitario; para lograrlo, requerimos de por lo menos otro ser de nuestra especie, sin desestimar que para sobrevivir con cierto confort, por causa de los efectos de nuestras adiccciones y el impacto del desarrollo sobre el ambiente, ahora requerimos casi de forma indispensable, convivir en grupo.

La característica fundamental de nuestro componente espiritual, lo es el amor, cuyo fin determinante es el compartirlo. Nuestra esencia divina deviene del amor de nuestro Padre Celestial, que siempre nos acompañará; por amor fuimos concebidos y el amor establece la diferencia con los seres irracionales que nos acompañarán en nuestra estadía en este mundo.

De tal manera, cuando dos personas con esas necesidades físicas y espirituales identifican y vinculan con otra de diferente sexo sus sentimientos de amor, dos son sus principales motivaciones para hacer pareja: la primera de carácter natural: unir sus cuerpos para mantener la especie mediante los hijos; la segunda de corte espiritual: amar intensamente fundiendo sus dos almas en una sola.

Pues bien, no existe mecanismo más eficiente para lograr los dos objetivos señalados, que el advenimiento de los hijos; no sólo porque concretan esos dos postulados, sino que adicionalmente aportan al hogar alegría, ternura y amor, constituyéndose en mecanismo para incentivar a los padres procurarse mayores logros, así como mejorar el hogar en todos los sentidos.

Se comenta que «…un hogar sin hijos es como un jardín sin flores.» Yo lo suscribo. Desde antes de casarme amé a mi esposa, pero no fue sino hasta que la observé grávida cuando sentí esa ternura especial, que produce saber que es ser que está creciendo en el vientre es la materialización de nuestro amor y que gracias a esa vida en proceso, mediante un hijo se mantendrá por siempre sobre esta tierra. Cuando tenemos un hijo, nuestro amor ya nunca desaparecerá y se mantendrá más allá del tiempo, inclusive de nuestra propia vida.

Sin compartir de ninguna manera el criterio de la información mencionada, por causa del desarrollo de la genética humana, podría entender que alguien termine una relación de pareja porque su par no puede procrear. Pero que se justifique el rompimiento de la relación sentimental porque la mujer procree hijos, es algo que queda fuera de mi limitado entendimiento, por no decir que me parece, por lo menos, anormal y aberrado.

Cuando las parejas se disuelven con la justificación del estrés que producen los hijos, lo real es la mendacidad de quien quiere acabar la relación, porque más allá del estrés natural que conlleva el nacimiento de un niño, yo me pregunto:

¿Estrés porque te reciben con los ojos abiertos y una sonrisita que ilumina la casa y que ya nunca podrás olvidar?

¿Estrés porque te dicen, papi te amo?

¿Estrés porque ratifican tu hombría?

¿Estrés porque tienes otro motivo por el cual luchar?

¿Estrés porque adicionas un elemento más de fortalece para tu relación?

He vivido, visto y oído demasiado durante mi vida para aceptar justificaciones absurdas. Si alguien no se siente con suficiente capacidad y amor para ser madre o padre, pues simplemente no haga pareja. Pero si lo hace, tenga el mínimo de dignidad para aceptar su ignorancia, errada visión del sentido de la vida y su irresponsabilidad, pero no venga a endilgarle sus zonas erróneas, sus temores y sus anormalidades, a quienes lo único que hacen en la pareja es hacerla más hermosa, tierna y permanente.

Próxima Entrega: LO HERMOSO DE TENER HIJOS

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La vida me ha enseñado que aun siendo parte de un grupo social y específicamente de una familia, conviene tener nuestra propia burbuja. Claro está que no me refiero a esas que hacen los niños en los parques con agua de jabón, o la que se forma en las aguas de los ríos o en los lagos; me refiero a mi querida burbuja personal.

Cuando era un niño y hasta cumplir los diecisiete años, como miembro de una familia numerosa donde el mayor esfuerzo se dedicaba a luchar por la supervivencia, nunca fui bien comprendido ni debidamente interpretado; especialmente por mi padre y mis hermanos, quienes no entendían mis necesidades de realización espiritual, siendo que mi único confidente lo fue mi madre. En esos momentos duros de mi soledad ideológica, tuve la necesidad de diseñar un mecanismo de defensa frente a los efectos de la agresión silente pero dolorosa de… la indiferencia a mis necesidades.

Fue en esa época cuando produje mi burbuja personal con escaso espacio para mi persona, porque en mi soltería quien siempre me acompañó no lo requería: Dios. En esa estructura invisible y sólo para mí existente me protegía frente a la incomprensión, la indiferencia afectiva, la burla grotesca, la chabacanería y la ofensiva ignorancia de quienes conformaban mi entorno íntimo. En el eco de su piel virtual aprendí a oírme a mí mismo, en mi soliloquio de sueños y esperanzas.

En su vientre, preservé mucho de lo que quería compartir pero no me daban la oportunidad de hacerlo. Tras su cuerpo invisible me hice fuerte frente a la crítica malsana, la estulticia, la escasez de valores y principios, vigentes en el medio en el que me tocó vivir esos años. Ella fue la coraza que me permitió no sucumbir en ese tremedal que vivíamos quienes carecíamos de los recursos más elementales, donde la pobreza mental, los vicios, la pedantería, la inopia y la frustración hacen de la vida… una falacia.

Luego, cuando crecí y amé profundamente a ese maravilloso ser que hizo causa común conmigo y mis sueños, amplié mi burbuja personal con espacio suficiente para dos cuerpos y dos… almas. Esa burbuja ampliada que me ha acompañado durante estos últimos treinta y ocho años de amor conyugal, que únicamente mi esposa y yo conocemos, está siempre disponible cuando la requerimos, independiente del tiempo o el lugar.

En el inicio, en ella nos refugiábamos cuando nadie creía en nuestros proyectos y la situación parecía demasiado dura, o para aclarar nuestras disidencias, sin que lo advirtieran nuestros hijos. La burbuja se hizo más importante y prácticamente indispensable, cuando la última hija que nos quedaba en casa cumplió los dieciocho años, porque entendimos que se acercaba su partida. Desde entonces le insuflamos elasticidad en la medida de la necesidad objetiva, de tal manera que pudiésemos adaptarla a cualquier situación.

Hoy, cuando ya todos los hijos dejaron el hogar y construyeron los suyos, la utilizamos a diario; sin que otros lo perciban, su piel invisible pero fuerte rebaja el impacto cuando tropezamos con la inconsecuencia, falta de amor, incomprensión e insensibilidad que han convertido este mundo en una lucha permanente, inhumana y prácticamente sin reglas, donde se compite casi por todo.

Dentro de su cúpula invisible nos embarcamos en ese viaje de emocionante aventura que es nuestra vida, posibilitándonos actuar, pensar y creer diferente a los demás, pero sin afectar su forma de concebir la vida y las cosas. De alguna manera, esa burbuja existencial que hemos construido, donde nos sentimos protegidos permanentemente, nos permite materializar ese principio de Ortega y Gasset, que hemos hecho nuestro: ser nosotros y nuestra circunstancia.

¿Qué por qué no vivimos siempre en esa burbuja?

Pues bien, como nuestra burbuja es invisible nos protege de los eventos, influencias y actuaciones negativas de quienes no creen como nosotros, en la obligación de amar a nuestros semejantes como a nosotros mismos, pero no por eso nos separa de ellos ni de quienes necesitan información positiva, o alguna ayuda que podamos prestarles para entenderla mejor, es por lo cual necesitamos un tiempo fuera de la burbuja, cual es el que utilizamos para decir a esos hermanos del exterior, que si tenemos amor, fe, optimismo, confianza, positividad y nos convencemos de que somos hijos de Dios, nadie ni nada podrá sernos adverso, porque tenemos su poder como un pedazo de Él, que bien utilizado es simplemente… milagroso.

Nosotros somos un buen ejemplo del resultado positivo de esa ideología. Más de treinta y siete años de feliz matrimonio, disfrutando todos los días nuestro amor, el de los cinco hijos, los nueve nietos y haciendo por los demás lo que quisiéramos recibir. Claro está, con profundo respeto por la vida de cada uno y sus personales circunstancias, pero con idéntica convicción de que vinimos a este mundo para ser felices y que no lograrlo sería además de un imperdonable desperdicio, algo así como una blasfemia. No importa si, como en nuestro caso, para continuar siendo felices tenemos que pasar una buena parte de la vida, en nuestra propia burbuja.

Próxima Entrega: A QUIEN SUPERAR

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En un mundo abundante de personas y cosas buenas, la regla debería ser que todos fuésemos felices. Pero no es así; la infelicidad ha hecho de este mundo su predio particular. Uno de sus más horribles ejemplos se dio recientemente, cuando en el máximo de su infelicidad, un jovencito de apenas 17 años de edad, sin razón conocida,  mató a varias personas inocentes para luego suicidarse con esa misma arma asesina.

            ¿Dónde podría estar  la respuesta a esta terrorífica actitud?

 Los motivos reales, creo que nadie los conoce.  Es la terrible razón de la sin razón, que solo afecta a los seres pensantes, especialmente cuando no son felices; porque los que lo son,  pudiera ser que en un caso de necesidad, en acto de sublime generosidad ofrenden su vida para salvar a otros, pero no se quitan la propia ni matan inocentes que nada tienen que ver con la situación que genera el evento trágico.  Siendo que sería el ser felices lo que evitaría estas actuaciones, debo referirme específicamente a dos recursos que con nuestra inteligencia podemos poner a  favor del logro de la felicidad y que  únicamente dependen de nuestra imaginación: LA FANTASÍA Y LA MAGIA.

En primer lugar,  La fantasía que es exclusivamente mental, nos permite imaginar situaciones conforme desearíamos que fueren o sucedieren en la realidad, y que cuando es debidamente administrada se convierte en fuente de extraordinarias sensaciones.  

 La fantasía también es producto de la imaginación, que es capaz de ignorar la realidad y  convertir lo normal en fantástico y eso me parece de una gran trascendencia en la búsqueda de una vida feliz. Entre otras cosas, porque la felicidad en realidad no es  física ni tangible, sino un sentimiento derivado de nuestra actividad mental.

De tal manera que, si  concibo una situación cualquiera como fantástica, ese es el mensaje que afecta mi estado de ánimo, cual es el que al final determina la calidez de mis sensaciones. Por ejemplo, puedo fantasear con el cuerpo de mi esposa, con su voz, con su pelo, con su piel, con su sexo y no por eso cambio su conformación física, sino que mi mente la convierte en lo que yo idealizo, produciéndome  satisfacción en la misma medida y extensión de mi fantasía.

Como en el ejemplo anterior, cuando me alimento, me visto o realizo cualquier actividad diaria, puedo fantasear sobre su contenido o significado. Mi mente es infinita, da para todo. Cómo lo veo, lo siento o asimilo, es algo que procesa mi cerebro de acuerdo a mi voluntad.

Así, cuando le digo a mi cerebro: «Quiero que conviertas esta situación normal en fantástica y te ordeno que lo hagas de tal manera», lo realiza en fracción de segundos. Tan fácil como eso. Puedo sentirlo, percibirlo, disfrutarlo. Simplemente, lo vivo. Soy tan especial como ser humano que me doy el lujo de VIVIR LA FANTASIA, que es como decir que soy capaz de convertir la irrealidad en realidad.  Pues bien, al menos en mi vida, la fantasía es parte importante de mi cotidianidad y siempre me ha producido felicidad.

Respecto de la segunda, que es La Magia, tan importante es para mì que no sabría vivir sin ella. Las contadas oportunidades cuando una soy infeliz, es porque pierdo su rumbo. Claro está que no me refiero a esa magia antiguamente vinculada a  la Astrología y  la Alquimia, con especulaciones de carácter esotérico  o sobrenatural.  Para mí esa es otra cosa, la cual por cierto no me da ni frío ni calor.

Me refiero a mi magia, la que fabrico con mi intelecto. Esa que me hace convertir un asunto común y corriente en algo diferente y agradable. Esa que como pareja nunca he permitido que perdamos. Ella le da un valor especial a ese cuadro de arte sobre la pared, a ese viejo libro en la biblioteca, a ese prendedor que un día adquirimos en una feria, y a esa servilleta de papel ya amarillenta y con tinta borrosa, sobre la cual se lee: una fecha y la palabra «Te amo».

Es esa nuestra querida magia, que hace de la palabra música; que rompe leyes físicas y naturales al darle más valor a un caramelo que a un kilo, o a  una rosa que a una docena. Esa que viaja con nosotros a todas partes y que, en algunas tardes, cuando mi esposa y yo nos sentamos en un café y pedimos el mismo chocolate muy caliente, con que tantas veces  desayunamos, gracias a su especial efecto, extrañamente ese aroma inconfundible nos devuelve casi cuarenta años atrás y nos recuerda que somos privilegiados porque aún nos amamos como en aquel tiempo, o quizás… más.

A esa fantasía y a esa magia, nosotros como pareja  le debemos mucho de nuestra felicidad conyugal. Por eso no permitimos ninguno de nuestros días sin un momento de fantasía o magia, porque sería darle oportunidad de ataque al hastío, la rutina… el aburrimiento. Por eso les aconsejo que si hasta ahora no les han dado el valor que tienen, empiecen a utilizarlas y, seguramente, aumentará su felicidad, o por lo menos les posibilitará mayor regocijo.

Próxima Entrega:  ¿A QUIEN AMAR?

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El enemigo más terrible a combatir en la lucha por lograr una vida feliz, definitivamente lo es el temor que según Dale Carnegie «…es una creación demoníaca del hombre.» Yo suscribo ese criterio, porque el temor inhibe de disfrutar las cosas bellas de cada día; nace y se mantiene sobre la base de los eventos negativos que podrían producirse en el futuro, con lo cual disminuye o acaba con la tranquilidad de «hoy». Por eso, para vencerlo y que no nos haga daño, debemos utilizar todo tipo de herramientas de que disponemos, cuales venturosamente son abundantes y están disponibles sin mucho esfuerzo.

Gracias a que somos la obra más acabada de Dios sobre la tierra, estamos en capacidad de vencer todos los inconvenientes que nos impidan ser felices con los recursos de que vinimos dotados y que se encuentran ubicados dentro de nosotros mismos. Así, frente al temor tenemos la herramienta valentía, que es la capacidad para imponernos frente a cualquier adversidad, y que se fortalece en ese poder derivado de nuestro origen divino, que nos permite modificar el paisaje geográfico traspasando continentes; abriendo túneles en las montañas y atravesando los mares; volar como los pájaros y como las estrellas viajar por el firmamento; y hoy, determinar el sexo y hasta el color de los ojos de un niño antes de que este nazca, dentro de otras muchas proezas, que en otros tiempos se hubieran llamado «milagros».

De igual forma, frente a la tristeza, la depresión y la desconfianza, que transforman la vida buena en algo menos que una tortura haciendo difícil lograr la felicidad, tenemos las herramientas de la fe y la confianza en Dios que acompañada de la acción y el esfuerzo, vencen cualquier situación por grave que pudiere parecer. Frente a los sentimientos frustración y fracaso, tenemos la herramienta del optimismo que nos asegura que somos capaces de superar cualquier inconveniente. Para combatir los momentos de duda, tenemos la extraordinaria arma del pensamiento positivo, hermano gemelo del optimismo, que nos reconforta y nos recuerda que como hijos de Dios, no hay ningún problema que con su ayuda no podamos resolver.

Frente a la maldad que perturba la vida y produce dolor, evitando que seamos felices, tenemos la herramienta más poderosa de la tierra: el amor que transforma el mal en bondad, que vence el egoísmo, que amansa las fieras y… cura las enfermedades.

Para enfrentar al odio que aleja la felicidad, tenemos una herramienta de origen divino que nunca falla, y cuando la utilizamos nos hace parecemos a Dios: el perdón, que acompañado por el olvido neutraliza todos sus efectos malignos del rencor, regalándonos paz, tranquilidad y la sensación maravillosa de que nos elevamos por encima de nuestra propia naturaleza.

Otra herramienta que nos hace mejores y nos ayuda a ser felices es la caridad. Esta virtud que camina de la mano de la compasión y es exclusiva del ser humano, nos permite compartir con nuestros hermanos en Dios, no solamente las cosas materiales de que disponemos, sino también aquellos sentimientos como los de la solidaridad, la aceptación y la ternura, que cuando los damos, por ser tan elevados y reconfortantes, no sabemos quien es el más beneficiado, si quien los recibe o quien los otorga.

Para utilizar eficientemente estas herramientas y algunas otras que las complementan y que en adelante iremos analizando, no requerimos ni un esfuerzo especial ni de nadie para ayudarnos, porque nacen y se desarrollan dentro de nosotros mismos, en la misma medida en que les utilizamos. Pero además, contrario al efecto del uso de las herramientas materiales como un martillo o una pala, no agotan ni consumen nuestra energía, sino que por el contrario, nos hacen más poderosos, más fuertes y más nobles, aportando a nuestra vida, en la medida de su uso, más tranquilidad, paz y plenitud, que hacen el ambiente ideal para una vida feliz.

No debo concluir esta entrega sin hablarles de algunas técnicas, más que herramientas, que de alguna manera parecieran virtuales, pero que en mi caso han sido físicamente efectivas porque materializaron muchas de las cosas que ambicioné y por las cuales trabajé con dedicación y entusiasmo, lo que me permite con toda propiedad asegurar que debidamente aplicadas son capaces de convertir los pensamientos en cosas: la visualización, la divulgación y la sensación de posesión física. Las tres por demás interesantes y sobre las cuales en estos tiempos mucho se ha escrito, por lo cual recomiendo su estudio y práctica, pero sobre las cuales por falta de espacio, al menos en esta oportunidad, no puedo extenderme.

Próxima Entrega: FANTASIA Y MAGIA

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             El Gerente edificante es aquel que como lo expresa el término, edifica a su paso no solamente una Empresa exitosa, sino la persona y la vida de su equipo humano, preocupándose día a día por cada uno  de ellos; conociéndolos, participado activamente en su formación empresarial como en su crecimiento espiritual, su familia y todo aquello que pudiere afectarles. Equilibra su actuación como Gerente con sus roles de líder, padre, esposo y miembro de su comunidad, dándole a cada actividad su peso específico, en una vida que él tiene la obligación de hacer lo más placentera e integral posible, para si mismo y para quienes dependen de él.

            Este Gerente utiliza las cosas pero cuida especialmente a las personas  que lo sirven, con el mismo cuidado que lo hace en su entorno íntimo; porque tiene la certeza de que todos son seres humanos que como él, tienen una vida personal que es absolutamente respetable y a la cual deben igual o más cuidado que a su trabajo, porque es en su hogar donde se nutren de esa energía y buena voluntad que les hace ser más eficientes todos los días. Esos gerentes están conscientes de que ni su trabajo ni el de ninguno de sus colaboradores sería óptimo, si no tuvieran en sus casas ese compañero o compañera de viaje largo, que les guarda las espaldas en esas importantes actividades de la vida, que constituyen hacer familias amorosas y dignas.

            Un gerente de ese perfil, igualmente atiende los estudios o cualquier  necesidad del más humilde de sus empleados, como la asistencia a cualquier seminario o cena de negocios. Equilibra su tiempo, conocimiento, poder y liderazgo en un programa que le permita satisfacer sus necesidades de atención a su familia y ese otro entorno, que de alguna manera es parte de su vida activa, como sus empleados, Asesores, proveedores y otros colaboradores. Sabe  que el liderazgo conlleva la conciencia de la buena o mala influencia que se puede tener sobre las personas. Pero como él es proactivo y conoce su fuerza, la usa de manera positiva, logrando beneficiar a las personas pero también alimentar su espíritu, llenándolo de amor y comprensión…

            Ese tipo de gerente no llegan a su casa enfermo de supuesta sabiduría y  talento, sino que con humildad reconoce que «Mientras más se conoce, más conciencia se tiene de lo mucho que se ignora».  Sabe  que en su hogar él es  un miembro más de la familia querido, respetado y reconocido, pero sólo un miembro más de la familia. Porque sabe que el hogar es el templo donde día a día comulga la familia que le inyectan el amor, la fe, el optimismo y la seguridad necesarios para dirigir esas personas bajo su responsabilidad. Por eso ama, respeta y considera a su esposa, como el soporte sin el cual no podría ser exitoso; el hombro donde recostar su cabeza; el vigilante incansable, bien intencionado y permanente que, cuando él enfrenta afuera la vida, le cubre la retaguardia sin pedir honores, halagos o reconocimientos especiales, más allá de lo que le corresponde sobradamente: amor, respeto y consideración.

            El gerente  edificante cuando comenzó su proyecto decidió vivir disfrutando todo el proceso mediante el cual lograría sus metas, sin desperdiciar el calor,  afecto y  camaradería de quienes le ayudarían a sus logros. Determinó que igual llegaría a la meta, pero disfrutando el camino y engrandeciéndose el mismo y a todos las personas de su entorno, con lo cual al final podría mirar atrás con satisfacción,  todo lo hermoso dejado en el camino en pro del crecimiento de su gente. Ese gerente tendrá muy buena salud física y espiritual, pero también mucho amor que disfrutar en su hogar. Para su esposa y sus hijos nunca dejará de ser un líder ya que nunca  olvidarán su amor probado, su ecuanimidad y humildad como jefe de un equipo humano exitoso, que es lo que en el fondo es la familia.

         Posiblemente sus cuentas bancarias no estén muy infladas, pero tampoco su próstata, al menos no por falta de voluntario, agradable y compartido ejercicio. Seguramente no sufrirá de infartos ni cáncer en el colon, porque la  salud física, espiritual y mental que se nutre del amor y la bondad, no dan tiempo para el estrés, cual es el promotor de las enfermedades más graves.

            A usted le toca escoger entre estos dos Gerentes ¿Cuál quiere ser? No me lo diga. No me hace falta. Yo lo hice una vez y aquí me tienen, después de veinte años como gerente soy muy feliz con mi familia, mis amigos y muchas personas que fueron mis dirigidos, que cuando los encuentro sé que son felices de verme. Con ellos recuerdo las peripecias que vivimos por años para lograr el éxito de las empresas, al mismo tiempo que priorizamos nuestro derecho a defender nuestra propia  felicidad.

         Ahhh… por cierto. Les cuento que aun tengo bastante pelo en mi cabeza, nunca he tenido un infarto ni cáncer de colon, y mi próstata por mi edad está un poco inflamada, pero no por falta de uso porque me funciona de lo mejor.

Próxima Entrega: NACER Y MORIR… SIN DOLOR

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En la entrega anterior planteaba el caso de un esposo agradecido que reconocía a su esposa, invitándola a cenar, bailar, o simplemente tomar un café fuera de la casa. En tal caso, a la esposa corresponde suspender o atrasar cualquier actividad, dando prioridad a esa invitación especial, porque ese tipo de eventos no sólo mantienen la emoción en la pareja, sino que combaten uno de sus peores enemigos: la monotonía.

La más común de las quejas de las damas, cuando para animar su matrimonio sugerimos que se hagan un peinado nuevo, modifiquen el ambiente de la habitación, cambien su ropa interior por otra más sugestiva o utilicen un perfume más excitante, es la falta de reconocimiento por su cónyuge, cuando expresan: ¿Para qué voy a hacerlo si es que él ni siquiera lo nota?… …Todo eso lo he intentado, pero para él es igual… …Nunca reconoce nada de lo que yo hago… …En el principio de la relación él se entusiasmaba, pero ahora le da igual.

Esas actitudes producen el efecto de la gota de agua que cae incesantemente sobre la piedra: al final, la horada. No se requiere demasiada inteligencia para imaginar la suerte de la relación, si en el caso planteado el esposo hubiese manifestado su agrado y reconocimiento por esta demostración de entusiasmo por mantener viva la pasión; probablemente la relación se hubiese fortalecido, o por lo menos se habría hecho algo por combatir el aburrimiento, que es uno de los enemigos permanentes de la relación de pareja.

Es que la relación de pareja es una forma de vida, que se nutre de motivaciones diarias y sencillas, cuales, paradójicamente, producen los grandes momentos. La felicidad raramente la producen eventos extraordinarios. Una palabra, una mirada, una sonrisa, un abrazo, una caricia, un guiño y… hasta una nalgadita, suelen transmitir mensajes inmediatos que tocan el alma de las personas llenándoles de amor, ternura, paz, tranquilidad y… seguridad. Por el contrario la indiferencia, la desatención, la desconsideración, la falta de respeto, la chabacanería y la ausencia de ternura, suelen dejar heridas muy difíciles de sanar.

No es fácil mantener el calor en la relación de pareja sin una constante atención a los detalles. Una forma de no descuidarse, es recordar que esa persona que convive con nosotros es especial; que fue la que escogimos para acompañarnos toda la vida. Por tanto, para nosotros debe ser la más hermosa, tierna, pulcra, honrada… la más querida. Ella merece toda nuestra atención frente a las demás personas y en privado. Por eso todos los días debemos repetirnos que la amamos, que en nuestra mente y en nuestra alma no hay cabida para ninguna otra persona, porque nadie es mejor que ella. Que su cuerpo es el más hermoso, su sexo el más agradable y su alma la más pura.

Que nadie es más sincero, ni puede sernos más leal que ella. Que es la única persona que nos dedica todo su tiempo y atenciones; que es quien comparte nuestras ambiciones y sueños, aunque no fueren los mejores. El consejo es el de que no descuiden ninguna oportunidad para fortalecer la relación, porque el amor, y muy especialmente el de un nexo tan vulnerable y expuesto a tantos peligros como el de pareja, cual es esencialmente emocional y de mantenimiento permanente, no puede mantenerse sin esos elementos mínimos que le dan vida como el amor, la ternura, la aceptación, la solidaridad, la lealtad, el reconocimiento y la buena sexualidad.

No es por coincidencia que vemos parejas de diferentes edades, imagen física, personalidad y posición social, que al mirarlas quedamos convencidos que realmente se aman. No necesitan gritarlo o exponerlo. Simplemente no pueden ocultarlo. Lo determinamos al observar su trato, como hablan con los demás, como actúan el uno frente al otro. Pero si inquiriéramos: ¿Qué es lo que hacen para ser felices? Seguramente nos dirían: «Nada especial, sólo nos amamos; nos sentimos parte el uno del otro como integrantes de un proyecto común y por eso también nos respetamos; nos aceptamos como somos, nos ayudamos mutuamente a ser mejores todos los días. Pero para ser más felices y gozar al máximo de nuestra unión, incorporamos a nuestra relación la magia, el idilio y la fantasía, lo que nos permite convertir momentos normales, comunes y corrientes en experiencias extraordinarias».

Como dijera Sherlock Holmes: «Elemental mi querido Watson». Absolutamente elemental: Amar, ser sinceros, sentirse parte del más importante proyecto personal emprendido; comunicar oportunamente lo que se desea, se espera, se ambiciona y se siente; dar lo mejor de sí todos los días sin resentimientos, temores, sospechas, pero con respeto, consideración, aceptación y ternura, reconociendo los valores de nuestro par, más que señalando e insistiendo en sus fallas y a ser posible y conveniente, tratando de ayudarle de la manera más respetuosa, si determinamos que tiene graves zonas erróneas. Para hacer buenas las palabras de Angel Buonarroti, cuando expuso: «El amor es el ala que Dios ha dado al hombre para volar hasta Él»

Próxima Entrega: LA GERENCIA ESTRESANTE

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En los casos de ruptura de parejas, el más alto porcentaje tiene su origen en desavenencias de carácter conyugal, que nada tenían que ver con situaciones consideradas por las leyes como justificativas para declarar la disolución del vínculo matrimonial. Es muy poca la incidencia de los denominados «motivos graves» como adulterio, adicción a drogas, corrupción del cónyuge o los hijos, o condena a presidio, ya que en casi todos los casos abren y cierran su ciclo con situaciones de mala comunicación, incomprensión, desconsideración, desatención, falta de solidaridad, aburrimiento, rutina; pero quizás el más significativo de los factores que concurre para lograr la ruptura, es la falta de reconocimiento a la labor e iniciativas de uno de los integrantes de la pareja.

En el ejercicio de nuestra condición de Consejeros Familiares, mi esposa y yo verificamos que ciertamente en la casi totalidad de los casos, por acumulación de situaciones lo que producía o hacía más grave las desavenencias, lo era la falta de reconocimiento a la labor, esfuerzo y aportes a la relación, por parte de la persona que producía la ruptura. Esa fue la queja común. Determinamos que la mayor frustración se producía por la indiferencia de una parte a los esfuerzos en pro de la satisfacción o beneficio del otro miembro y/o de la relación, con respecto a la atención, dedicación, cuidado, lealtad y sinceridad aportados; incluidos dentro de tales esfuerzos el cuidado personal para agradar a su cónyuge, así como aquellos para mantener una relación sexual más activa y emocionante para ambos.

La proposición básica de la pareja lo es que dos concurren para hacerse la vida mutuamente más fácil, edificante y feliz. Por tanto, si alguno de los integrantes hace algo bueno en función de vivir mejor, es una obligación de la otra parte reconocer de manera expresa su iniciativa. Por eso los integrantes de parejas felices siempre están prestos a reconocer y celebrar cualquier acto que aporte algo positivo a la relación.

Si la esposa mantiene una impecable presencia, debe ser celebrado con entusiasmo y de manera expresa por su cónyuge como una forma de manifestar su amor; porque es para él que ella se esfuerza en estar agradable. Es para él que trata de estar a la moda; que usa su mejor perfume, que cuida su cabello, que trata de ser impecable, pulcra… sexy. En tal caso, el esposo deberá sentirse orgulloso por ser capaz de generar esos hermosos y pasionales sentimientos en su cónyuge quien se esfuerza por agradarlo.

Esa loable actitud de la esposa merece un reconocimiento especial que llegue a lo más profundo del alma, con palabras de admiración y tierno agradecimiento. Porque igual ella podría no hacerlo y seguramente no pasaría nada. Pero ella lo hace, y eso es bien especial porque es una demostración de que el deseo por agradarle sigue vivo, y eso de alguna manera es como una ofrenda, que merece un especial reconocimiento.

Las cosas fundamentales para mantener el hogar en orden y agradable las realiza la mujer, no porque sea una cláusula escrita del contrato matrimonial, sino porque es un tipo de cultura machista y aunque extraño, pudiera ser que ella sea feliz haciéndolo. Por otra parte, lo hace tan bien que es prácticamente insustituible. En tal estado de certeza procede comentar: si como es cierto esa no es una obligación exclusiva de la mujer, quien accede al matrimonio en igualdad de condiciones que el hombre, sino que ella voluntaria y amorosamente lo hace ¿No merece acaso un reconocimiento especial de su pareja?

Pues claro que lo merece. Y es que, como consecuencia de no recibirlo su entusiasmo se deteriorará, terminará convenciéndose de que su esfuerzo es inútil y el amor… disminuirá. Esa falta de respuesta y compensación proporcional a su esfuerzo, la hará sentirse objeto y no sujeto de la relación, siendo este uno de los motivos por los cuales con el tiempo sentirá que continuarla no tiene sentido.

El integrante de pareja que por su actuación enriquece el calor y la emoción haciendo la vida más grata a su par, requiere de éste como especial compensación a su esfuerzo, el reconocimiento expreso. Ello fortalece la relación creando en el actor bondadoso satisfacción y deseo de repetirlo, para nuevamente ser halagado. En el caso contrario la relación se desmejora, porque el cónyuge obsequioso siente que su par no diferencia su esfuerzo e intención, al no demostrar sentirse especialmente halagado, por no decir atendido, ni expresa ningún tipo de reconocimiento. En tal caso… dudo que el acto atento vuelva a repetirse.

En el caso del reconocimiento expreso por parte de quien ha sido halagado, la actitud de la parte reconocida debe serlo también de gran emoción y regocijo, e igualmente de forma expresa. Porque es simplemente el disfrutar de ese reconocimiento especial que en buena lid se ha ganado; es el disfrutar de esa especial sensación que produce la seguridad de que se ha hecho algo especial, más allá de lo que normalmente se exige, en una labor en pro de la empresa más importante de su vida: Su felicidad personal y la de la persona amada.

Próxima Entrega: EL RECONOCIMIENTO EN LA PAREJA II

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En la entrega anterior decíamos que la errada formación de los jóvenes, cambió sus esquemas fundamentales sobre los cuales vinieron a este mundo con el único fin de ser felices. De tal manera al sustituir su valor y fuerza natural como hijos de Dios, por sentimientos negativos como el temor a lo que no se conoce, propiciaron una condición enfermiza de su mente, frente a la falta de fe, seguridad propia y optimismo. El miedo a un futuro, que es incierto e indeterminable, y cuyo resultado estará condicionado a nuestra actuación en el día de hoy, hizo más pesada una carga que en la realidad es inexistente. Adicionaron además a esa carga mental, la tentación, el pecado, el demonio; y un castigo de Dios que tampoco existe, porque Dios ama a sus hijos porque son su máxima creación sobre esta tierra.

Tampoco les enseñaron algunos secretos para vivir una vida más plena, que nos regaló Jesús hace dos mil años, y que pueden hacer la diferencia entre el éxito y el fracaso, cuando enseñó: «Si tienes fe como una semilla de mostaza… podrás mover las montañas.», o su recomendación: «Cada día trae su propio problema… le basta a cada día su mal.» También les ocultaron el uso de la más idónea de las herramientas que Él no señaló en la vía de lograr una vida feliz, cuando aconsejó: «Todo lo que pidas orando a mi padre, os será concedido.»

Todo ese temor, desconcierto y negatividad que se sembró en el alma de los jóvenes, es lo que predispone y/o alimenta una mala comunicación en las parejas, que hoy, desventuradamente, en un alto porcentaje no superan los cinco años de unión. Es que un alma atemorizada, siempre temiendo lo peor, considera la felicidad la excepción y la infelicidad la regla. Como consecuencia, le es muy difícil mostrarse como es realmente y darse en su totalidad sin reservas, cuales son dos condiciones indispensables para una buena comunicación en la pareja. Porque, ¿Cómo podría alguien comunicarse bien en una relación tan íntima como la de pareja, si a cada paso presiente un peligro, un riesgo o una celada?

La buena comunicación en la pareja nace de la sana intención, la presunción de buena fe y la confianza en la estatura humana de quien se escoge como compañero para toda la vida. Sin esos elementos esenciales el recurso comunicación es muy frágil. Especialmente cuando uno de ellos trabaja y el otro atiende la casa, porque para entender la pérdida temporal de humor de una esposa que atiende tres diablillos, se requiere comunión de espíritu o hacerse cargo de ellos por un mínimo tiempo, que en estos casos raramente se da.

Para una esposa que está todo el día pendiente de la llegada de su amado, tampoco es fácil comprender que éste llegue tarde o que aparezca estresado, deprimido o de mal humor por los problemas del día en su trabajo. En este mismo sentido, para evaluar la importancia de asistir y lidiar en una reunión de padres y representantes en el Colegio, no basta con emitir el cheque de la mensualidad; ni es fácil de comprender para quien está todo el día bien vestido, perfumado y asistido de una elegante secretaria, la importancia de salir a tomarse un cafecito, compartir con alguien más que no sean lo niños y respirar aire fresco en un sitio agradable con esa persona que se ama, luego de un día que comienza antes de que aparezca el sol, con el aseo de los niños y termina a la hora cuando se les ocurra dormir.

Para procesar todas esas mutuas y domésticas situaciones, analizarlas y entenderlas, sin que se conviertan en pequeñas batallas familiares, no existe otro mecanismo que una buena comunicación, la cual no puede lograrse si ambos no establecen como prioridad y eje de su actuación a la familia, alrededor de la cual deben girar todas sus actividades.

Es que para quien hace pareja convencido de que deja su mundo para comenzar uno nuevo con una persona que le hará más feliz, cuando la comunicación no es buena o se deteriora, ese choque con una realidad inesperada y frustrante puede tener efectos devastadores, porque es todo lo contrario de lo que se previó al conformar la unión. Ciertamente, es la actitud más que los hechos lo que afecta la relación, y la buena comunicación es en si misma una actitud.

La buena comunicación en la pareja es la única posibilidad de que sus integrantes sientan que al unir sus destinos, no han perdido su libertad personal de opinión y de acción. Es también generadora de esa reconfortante impresión de sentirse amado, comprendido y aceptado con su personalidad e identidad propias, convirtiéndose en un arma poderosa frente a los peligros que normalmente amenazan a la pareja bien avenida, como suelen serlo entre otras, las malas interpretaciones, desinteligencias, torpezas, la rutina, el hastío y… la tentación.

No vacilo en asegurar que una pareja que mantenga una buena comunicación, cimentada en el vigor que da el amor y el respeto por la persona humana de su par sobre sus tendencias y convicciones más íntimas, que conlleve la aceptación por la ideología personal e individual del objeto de la vida sobre esta tierra, es frente a los embates de las circunstancias similar a una roca en la montaña, que resiste el frío del invierno, el calor y el fuego del verano, los huracanes y las tempestades… sin perder nunca su fortaleza.

Próxima Entrega: El Reconocimiento I

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PAREJA

 

Suscribo la máxima de que «Cuando aprendemos a comunicarnos abiertamente y con sinceridad, la vida cambia». Especialmente en el caso de la pareja, para establecer una buena comunicación requiere el estar dispuestos a oír, ya que, independientemente de que en el amor los medios de comunicación pueden ser diversos, es el idioma su forma más expresiva. Fue de forma oral como se intercambiaron las primeras ideas, que se sugirió la posibilidad de la unión y en su oportunidad se solicitó la decisión. También es mediante el uso de las palabras que ratificamos los votos cuando se repite la frase más hermosa y sentida: te amo.

Una fluida comunicación orienta el camino a la sinceridad recíproca de doble vía, donde exista confianza de las partes para que el temor quede en último plano, abriendo la posibilidad de cualquier tipo de confidencia por más difícil que pudiere resultar. De hecho, no podría concebirse la relación más íntima como es la sexual sin una muy buena comunicación entre ambos participantes.

En mis entrevistas con personas que tuvieron problemas de pareja, una de las constantes fue las malas comunicaciones o la ausencia de este indispensable recurso. Primordialmente, porque cuando se producen los mal entendidos, problemas, desacuerdos o actuaciones dudosas en la pareja, como no existe la confianza y seguridad que genera la permanente y buena comunicación, el afectado entra en un proceso progresivo de desmejoramiento cual similar a una copa que se llena gota a gota llega un momento en que se rebosa, y al derramarse el líquido se hace imposible recoger su contenido íntegro.

Es que el amor conlleva comprensión, ternura, camaradería, concordia, respeto, consideración y…entrega; no puede progresar y desarrollarse por conjugar en sí mismo todas esas emociones que no se mantienen ni progresan, si mediante una buena comunicación no se ratifica que se es parte integral y no parcial de esa otra persona con quien se hace vida común. La mala comunicación entre los que se aman engendra el virus de la desconfianza, el cual se nutre con la sospecha de que no somos importantes ni prioritarios en la escena afectiva de nuestro par.

Quienes optan por vivir en pareja, lo hacen con el convencimiento de que al unir su vida con otro los convierte en una sola persona, y por tanto con una intercomunicación fluida, sincera y permanente… casi automática. Es sobre la base de esta premisa, que se presume que la pareja que no tenga una buena comunicación, le será muy difícil lograr sus dos fines principales: la permanencia y la felicidad.

¿Cómo podría alguien imaginar que dado el alto grado de afectividad que encierra la relación de pareja, pudiere mantenerse por mucho tiempo en estado de felicidad si entre ambos no existe una fluida comunicación.? ¿Dónde quedarían la ternura, la comprensión, la solidaridad, la emoción y la pasión que hacen del amor en pareja la más hermosa aventura, si su canal de expresión ideal no estuviere presente y activo?

Son las parejas bien comunicadas la piedra angular sobre la cual se establecen las comunidades que producen los mejores ciudadanos, y hacen a los países buenos para la mayor felicidad de sus habitantes. No puede racionalmente concebirse un país próspero y bueno para la vida de sus ciudadanos, donde las parejas y las familias no tengan capacidad para comunicarse de manera fluida y gratificante, porque ya no podría denominársele nación. En todo caso, sería lo más parecido a la… Torre de Babel.

En una oportunidad y por causa de una de nuestras conferencias, alguien preguntó: ¿Si todo lo que usted ha dicho es obvio, por que es tan difícil de admitir, y sobre todo… de realizar? Precisamente porque ES OBVIO; y cuando las soluciones son obvias, extrañamente no las consideramos importantes, o simplemente… no las advertimos.

Procede observar que no realizamos ningún esfuerzo personal para nacer; luego, para nuestra subsistencia física durante la niñez y adolescencia, si no nos la proporcionan nuestros padres o el Estado, la naturaleza se encarga de hacerlo con esa variedad de productos y elementos que con una mediana diligencia, nos asegura. Asimismo, desde el punto de vista intelectual somos unos especialistas en complicarnos la vida. El mayor porcentaje de nuestro intelecto lo dedicamos a perseguir metas de enriquecimiento, poder, y otra multiplicidad de cosas materiales con la intención de sobrevivir más que de vivir intensamente, sin advertir que esas cosas materiales por sí solas de ninguna manera pueden suplirnos lo fundamental para mantener nuestra máxima aspiración: paz y felicidad.

En descargo de la población joven tan afectada por la desconfianza, debemos aceptar que esa tendencia hacia la negatividad, es producto de un cúmulo de basura mental, que por dosis progresivas, les fueron inoculando desde su más tierna edad, con especial descuido por su formación espiritual, tanto en sus hogares como en sus escuelas, donde el temor al futuro, a la tentación, al pecado, al demonio y quien sabe cuántas taras mentales más dentro de las cuales la más terrible se la endilgaron al castigo de Dios al desvirtuar su naturaleza divina y por tanto sustentada en el amor infinito a sus hijos, que lo hace padre amoroso, que no terrible y castigador…

Próxima Entrega: COMUNICACIÓN EN LA PAREJA II

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