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Archive for 18/12/07

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¿Qué al abandonar el hogar paterno y hacer pareja los padres pierdan a sus hijos? Me parece una conseja común pero sin sustento real. Es que a algunos padres se les dificulta entender que los hijos no vienen al mundo para permanecer por toda su vida a su lado, sino que traen una información genética originaria que les induce a crear su familia propia e independiente de sus progenitores, en pro de continuar y fortalecer la especie sobre la tierra.

Este tipo de padres tienen una concepción errónea de “propiedad” sobre sus hijos, no solamente estimando que la obligación de sus hijos es la de quedarse en el hogar hasta que ellos lo decidan, sino que también deberían solicitar su aprobación para escoger la forma de vida que estimen conveniente.

Sobre la base de esa equivocada idea de control, los ponen en la desagradable situación de tener que someter a su aprobación no solamente la pareja de su agrado sino también su familia, el sitio donde se realizará la boda, la casa donde vivirán y hasta el vino que tomarán el día del matrimonio. Olvidando por completo que para la nueva pareja, la mejor ayuda de sus progenitores es percibir que sus padres les aman, respetan su intimidad, decisiones y que de ninguna manera interferirán en su vida de pareja, más allá de lo que les sea solicitado voluntariamente.

Es que como padres tenemos tanto que dar al naciente hogar de nuestros descendientes, que precisamente por eso debemos ser muy cautos. Lamentablemente, algunos padres por su exagerado sentimiento de posesión sobre sus hijos -que no ocultan- les crean temores sobre la posibilidad de una intervención exagerada, que los limita para solicitar oportunamente su asesoramiento, ocasionándoles el cometer errores, que de haber mantenido una relación de respeto y no intervención, seguramente con su experiencia éstos hubieran podido ayudar a solucionar.

Algunos progenitores pierden la oportunidad de colaborar efectivamente a conformar esos nuevos hogares, cual podría ser para ellos como continuar compartiendo su vida; y para sus hijos, la posibilidad de que su iniciación sea menos dura, por la capitalización de la experiencia positiva de sus padres; lo cual será difícil de materializar, si existe el temor a la exacerbada intervención e influencia en su vida diaria.

Con actitudes exageradas de protección y cuidado, seguramente bien intencionadas pero inoportunas, los padres, en vez de ayudar, hacen un flaco favor a la pareja, logrando objetivos contrarios a los deseados, porque ésta se irá separando de ellos paulatinamente, como única posibilidad de tener la oportunidad de diseñar y hacer con toda libertad e independencia, su propia vida. Con esta mentalidad obsoleta, en su desesperación por retener y “controlar” a sus vástagos, en el caso de los solteros sólo logran atemorizarlos, llevándolos a considerar la salida del hogar como una especie de liberación personal, y en el caso de los casados ya han quedado expuestos los nefastos resultados.

Es lamentable cómo en algunos casos, los progenitores no contentos con haber vivido su vida como les dio su real deseo, valiéndose de todo tipo de manipulaciones y subterfugios, pretenden además de un control férreo, constituirse en una carga obligada para sus hijos. En estos casos, al menos en el caso de hijos con parejas, les pone en grave riesgo la relación, porque no hay nada más aterrador para el otro miembro de la pareja, que la posibilidad de la permanente intervención de los padres de su consorte, o el tener que cargar con unos viejitos normalmente sabiduchos, que duermen cuando los demás están despiertos, y se desvelan cuando el resto de la familia duerme. Estos padres olvidan que fueron ellos los que trajeron los hijos a este mundo, y por tanto ninguna responsabilidad tienen éstos por su existencia en esta tierra de Dios.

Bastante problema tienen en estos días las parejas jóvenes para apañarse con las muchas responsabilidades y obligaciones, que les impone una sociedad crecientemente consumista y desarrollista, para tener además que atender el gravamen de unos padres, quienes no supieron en el momento oportuno tomar las previsiones necesarias para no constituirse en su vejez en una carga para sus hijos, precisamente cuando éstos requieren plena libertad de acción, porque están en la etapa de constituir sus hogares, lo que todos los días es más difícil y comprometedor.

Por otra parte, para el otro integrante de la pareja quien no tiene porqué tener una solidaridad especial con los padres de su consorte, pero que además viene de escapar del “control” de los suyos, nadie podría pedirle que habiéndose liberado, vaya a caer en la misma situación con quienes de alguna manera hasta hace poco tiempo fueron unos extraños. Estimo que todos esos usos y costumbres aberrados, de algunos padres para con sus hijos en y fuera del hogar, produce el efecto de distanciarlos.

Todo lo contrario sucede con aquellos que tanto en el hogar como fuera de éste cuando los hijos parten los han respetado y continúan haciéndolo, les consideran suficientes para tomar sus propias decisiones y se lo hacen saber, con orgullo. Es que a mi manera de ver estas relaciones, cuando los hijos dejan el hogar y hacen su propio nido, más que padre necesitan amigos fieles y leales y…

¿Quien mejor para llenar tal necesidad que aquellos quienes son sus padres?

De hacerlo, no sólo no se perderían los hijos, sino que pudiera ser que se ganaran los mejores amigos. Justo sería recordar a Khalil Gibrán cuando enseñaba:

Vuestros hijos no son vuestros hijos. Ellos son los hijos y las hijas de la vida que trata de llenarse a si misma. Ellos vienen a través de vosotros pero no son de vosotros. Y aunque ellos están con vosotros no os pertenecen… Les podéis dar vuestro amor, pero no vuestros pensamientos. Porque ellos tienen sus propios pensamientos.

Valdría la pena meditar sobre esta sabia enseñanza, pero también intentar entenderla y remendar ese capote.

¿A qué esperar?

Hágalo de una buena vez. Tome el teléfono y llame a sus muchachos ahora mismo, manifiésteles su amor, su respeto, su seguridad en su suficiencia y su fe de que ellos, así como usted lo logró, fundarán y desarrollarán un hogar del cual usted siempre estará orgulloso.

Ah… y no deje de decirles que siempre estará dispuesto a servirlos, pero solamente cuando ellos le llamen. Si lo hace de esa manera y cumple con el agradable deber de respetarlos, procurando su amistad en lugar de su sumisión y con la inteligente actitud de no asfixiarlos, más que perderlos ganará para siempre… sus hijos.

Próxima Entrega: PASARE SOLO UNA VEZ POR ESTE CAMINO

 

 

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La relación sexual  de la pareja bien avenida, de alguna manera es un agradable derecho-deber donde ambos integrantes tienen el derecho de recibir y el deber de dar la mayor satisfacción posible,  matizado por la ternura, la emoción y la creatividad para producir encuentros sexuales apasionados de gran plenitud que fomenten el deseo de volver a repetirlos.

 

      Caso contrario, en una relación sexual de pareja monótona y rutinaria o con el único fin procreativo, el acto pierde parte importante de su razón de ser y muy pronto podría convertirse de acto voluntario y satisfactorio, en una obligación sino desagradable por lo menos tediosa, con marcado y progresivo desánimo por nuevos encuentros.

      Un acto sexual pleno, emocionante y con vocación de recurrencia permanente, no es algo que deba  tratarse con aceleración, glotonería o violencia, sino como un ejercicio de ternura y dulzura; de  disfrute gourmet; delicioso, lento, delicado, considerado, solidario y… apasionado. Es un camino lento pero hermoso, vivificante, que se recorre en busca de un apetecido premio, cual en mucho dependerá de las sensaciones que se sea capaz de generar y lograr que la pareja experimente.

      Personalmente y después de más de treinta y siete años disfrutando de una increíble, recurrente y permanente relación sexual de pareja, no creo  en el mito de que sea el tamaño o contextura del órgano sexual, glúteos o senos; los gemidos o habilidades acrobáticas; los aditamentos y productos especialmente diseñados para aumentar la sensación física en los genitales; o la experiencia de alguno de los integrantes de la pareja, los elementos determinantes en la extensión, satisfacción, éxtasis o deseo de volver a repetir este incomparable momento íntimo.

       Pudiera ser que en mayor o menor grado, los citados mecanismos, habilidades o instrumentos pudieren incidir en el goce sexual, pero para llegar al éxtasis físico-espiritual  que cree nexos progresivos de solidaridad, nos satisfaga totalmente y nos deje el deseo de volver a repetirlo, se requiere como elemento fundamental la convicción de que hemos sido, bien intencionada y  sinceramente, satisfechos y disfrutados, que no mecánicamente manipulados, utilizados o simplemente… servidos.

      Una buena relación sexual que se pretenda sea  continuada y placentera no es algo improvisado, sino que requiere del conocimiento del mapa físico-erógeno del  cuerpo de la  pareja, así como de sus temores, tabúes, apetencias, reservas, limitaciones  y rechazos. Requiere conocer sus tendencias, temperamento, gustos, preferencias, deseos, y si se quiere sus… fantasías.

      Es sobre la base de todo ese conocimiento e información, que incluye su parte psíquica y espiritual, de donde deviene la concepción personal de  que  tal acto es aceptable, delicioso, apasionado y mágico,  que se dispondrá de todos los elementos que aseguren vivir  esa inigualable aventura en toda oportunidad agradable, como es el “hacer el amor”.

      Para lograr un acto sexual realmente pleno por satisfactorio, debe producirse un preludio enmarcado dentro de un cuidadoso proceso de preparación, donde deben abundar las tiernas palabras y suaves caricias como parte del inicio del muy grato “juego sexual”; tomando iniciativas y permitiendo con toda libertad a la pareja tenerlas, conforme sea su temperamento, sin más limitaciones que aquellas que imponga el deseo compartido.

      Ya encendida la pasión y extendiendo lo más posible estos juegos iniciales para lograr la mayor excitación mutua, con la misma lentitud, ternura y deleite debe procederse al disfrute de la unión carnal; sin prisa, sin violencia, sin precipitaciones, con fruición, con el firme propósito de dar más de lo que se recibe.

      Así, llegado el momento de la explosión máxima de goce, debemos recibirlo como  el más alto premio a nuestra naturaleza humana y en honor a nuestra amorosa constancia; como el reconocimiento a nuestra lealtad y dedicación y, sobre todo, como la ofrenda y expresión máxima de amor de nuestra pareja.

      El incomparable momento  del éxtasis sexual, debe renovar nuestro compromiso con nuestro par de amar y compartir sin egoísmo lo mejor de nuestra existencia. El acto sexual pleno es la ratificación de los pactos más sagrados de la pareja Allí concurren de manera espontánea nuestros más hermosos sentimientos; es, si se quiere, un acto de comunión, donde el alma y el cuerpo se unen para decir: somos uno solo y eso ciertamente es extraordinario.

       El acto sexual con esa persona con quien hemos hecho pareja porque la amamos integralmente, nos permite aflorar lo mejor de nuestros sentimientos.  Por ser placentero, sin importar las motivaciones que lo hagan tal, nos transporta a un mundo supra natural que por segundos absorbe todos nuestros sentidos, más allá de nuestra propia conciencia, en una explosión maravillosa que nos eleva por encima de todo lo terrenal a un mundo ideal, de goce sin límites.

      Ese placer extremo, ese goce sensacional altera todos nuestros sentidos y nos hace mucho más sensibles de lo normal. Definitivamente somos y actuamos de manera diferente. Nos liberamos de todos nuestros mecanismos de defensa. Perdemos la noción del tiempo. Nos imbuimos de un mundo especialmente sensorial, imposible de definir o determinar con… palabras. Seguramente son pocos segundos, pero nosotros no tenemos conciencia real de cuanto es ese tiempo. Es como si la materia y el espíritu se fusionaran en uno solo.

       En ese supremo momento ascendemos a otra dimensión sin tiempo ni espacio. Se produce un estallido que nos inunda de forma integral penetrando nuestras venas y nuestro sistema nervioso, y ya no somos más conscientes. Nos movemos, hablamos, suspiramos, gemimos, suplicamos o gritamos; todo en una danza de sensaciones inidentificables, completamente  extrañas a aquellas en que se mueve nuestro mundo racional.

 

En segundos producimos el milagro de unir nuestro cuerpo a nuestra alma, para viajar en un mundo mental de luces y sonidos fantasiosos, de idas y regresos, de incoherencias y sutilezas. Simplemente no somos nosotros, al menos no los de todos los días. Ascendemos no se a donde, pero ascendemos a otra esfera por encima  de nuestros propios sentidos… conocidos. Todo lo ofrecemos, todo lo damos. No dejamos nada para nosotros.

       Sin lugar a ninguna duda cuando hacemos el amor,  cuando lo  hacemos con esa persona que amamos con toda la intensidad de nuestra conciencia, en el momento del clímax definitivamente afloran nuestros mejores sentimientos. Volvemos a estar como cuando nacemos: desnudos en cuerpo y alma, puros, prístinos; olvidamos nuestra vida consciente, sus sinsabores, sus tristezas, sus dolores.

      Ciertamente, nos escapamos del mundo real y pasamos a un mundo rosado,  de… fantasía: esa que nunca deberíamos dejar escapar. Es el éxtasis. Es ese mundo especial y diferente donde no tenemos reservas, donde somos los habitantes de un espacio sin tiempo, que no entendemos bien pero  que deja en nuestros sentidos la imperiosa necesidad de… repetirlo.

Próxima Entrega: PERDER O GANAR LOS HIJOS.

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