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Archive for 9/12/07

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La historia nos ha enseñado que Dios siempre ha provisto nuestras necesidades. ¿Por qué preocuparse entonces por ellas? ¿No se comportan la salud, el bienestar y la vida en general, conforme a nuestra manera de actuar y nuestro estado de ánimo? Pues bien, no tengo duda que ninguno de los supuestos “males” con los cuales desde que nacemos nos asustan, no tienen poder sobre los valientes, que son aquellos quienes tienen fe en Dios, confianza en si mismos, optimismo en el resultado de sus actos, amor por sus semejantes y la seguridad de que esta vida es bella, porque es el máximo regalo que Dios obsequió a sus hijos.

Debo por tanto insistir en que los temores a las incidencias de la vida y sus eventos, especialmente aquellos futuros e inciertos, no son más que un invento o “creación demoníaca” de quienes ignoran su propio potencial personal, carentes de optimismo y fe, porque fueron alimentados por su entorno íntimo desde su más tierna edad, con la bien intencionada pero errada premisa, de que toda esa carga de negatividad, les estaba creando mecanismos de defensa que preservarían su vida, en un mundo supuestamente peligroso y agresivo.

Sin duda, estas personas ignoraron siempre las maravillosas e inigualables condiciones y recursos de que este globo terráqueo dispone para nuestro disfrute, así como nuestra capacidad para asimilarlos como seres hechos a imagen y semejanza de Dios, con potencialidad casi inagotable para convertir los problemas en… asuntos por resolver; cuya solución por cierto, no tiene siempre porqué ser desagradable, porque entre otros aspectos, nos prepara para una vida… mejor.

En tal situación es imperativo destruir esos paradigmas y etiquetas negativas, que pudieran haber sido diseñadas con la intención de prepararnos para sobrevivir en un mundo supuestamente ingrato y problemático, lo cual por cierto es todo lo contrario de la realidad, porque este inconmensurable mundo sólo es ingrato y problemático para aquellos que viven bajo la oscuridad del miedo, que es una ficción que se alimenta de la predisposición a los pensamientos negativos, de la falta de confianza y fe en las fuerza universales que rigen el mundo y en nosotros mismos, porque para los valientes -aquellos que vencen el miedo- vivir y no sobrevivir es una experiencia extraordinaria. Tanto, que harían cualquier cosa para no perdérsela, y es por esto que bajo ninguna circunstancia desean… morir.

Determinado que formamos parte del equipo de los positivos y que preferimos vivir a sobrevivir, nos corresponde crear nuevos mecanismos que nos dispongan a experimentar una existencia grata, en un mundo lleno de hermosos paisajes, recursos y oportunidades sin límite; sustituyendo los viejos modelos por el optimismo y la fe en nuestra capacidad y potencialidad para vivir intensamente en cada instante de nuestras vidas, todas esas bendiciones que Dios puso sobre esta madre tierra para ser vividas, que no para sobrevivirlas, porque para esto último no requerimos nuestra privilegiada inteligencia. De la sobrevivencia física se encarga nuestro instinto natural.

De tal manera, como es cierto que depende de nosotros el poner a nuestro favor las eventualidades de nuestra existencia diaria; si el color de nuestra vida lo será conforme a nuestra propia óptica; si el noventa por ciento de la trascendencia de cualquier evento, con respecto a nuestra vida, lo es como nosotros lo interpretemos; si el más minúsculo acontecimiento, como una actitud, una palabra, una sonrisa o un gesto, pueden cambiar nuestro destino conforme a como lo interpretemos, asimilemos o pongamos a nuestro favor… entonces:

¿De qué deberemos temer?

¿No es acaso el temor una ficción creada por nuestra mente respecto de lo que podría o no suceder en cada caso u oportunidad?

¿No hemos aceptado que el espacio de tiempo entre un evento y otro es infinitesimal, y en consecuencia no existe posibilidad cierta de predecir con exactitud cuál será el resultado final?

¿No fuimos hechos a imagen y semejanza de Dios y por tanto con la mayor capacidad intelectiva sobre este planeta?

¿Qué debe suceder para convencernos que somos un pedacito de Dios… no importa cuál, pero un pedacito de Dios, y Dios… lo puede todo?

¿A qué esperar?

Hemos perdido demasiado tiempo. No lo pensemos más. Esta es la hora de hacerlo. Tomemos estas herramientas y combatamos el temor. Digámosle sí al optimismo, a la fe, a la ventura, a la felicidad; porque si luchamos y vencemos el temor –de lo cual no debemos tener duda- porque como alguien lo escribiera: “Estamos inevitablemente condenados a ser felices” Creo que una buena manera de no olvidar estas verdades, es recordando la infinidad de veces que en nuestra vida temimos que algo podría llegar a acontecernos y ciertamente nunca sucedió.

Nos conviene recordar las muchas oportunidades que temimos que un evento desagradable que nos ocurría era lo peor que podía pasarnos, pero años después entendimos que ese suceso sólo había sido un paso necesario de dar, sin el cual seguramente hoy no disfrutaríamos de la felicidad que tenemos.

Como una demostración de que es cierto que algunos eventos cuando suceden los vemos negativos, pero con el devenir del tiempo los consideramos positivos, les ilustro sobre el comentario de un amigo quien me confesó que hace veinte cuando se divorció, pensó que había fracasado en su más importante empresa, por lo cual se sintió desolado y triste. Luego -me dijo- no he parado de dar gracias a Dios por haberme dado la lucidez para tomar esa decisión. Pero además, el considera que aquella fue uno de los actos más acertados de su vida, ya que se dio a si mismo y a su ex consorte, la oportunidad de comenzar una nueva vida que para ambos ha sido buena.

Por todo lo expuesto, aconsejo a mis lectores recordar algunas de las últimas palabras de Juan Pablo II (Karol Józef Wojtyła ) dirigida a los jóvenes en su lecho de muerte el año 2005, cuando les recomendó de forma concreta, pero muy sabia: “NO TENGAN MIEDO”.

Próxima Entrega: UN STOP EN EL CAMINO- PARTE I

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     Nos sentimos vivos porque percibimos mediante nuestros sentidos un medio ambiente que nos circunda. Pero¿Qué sucede cuando por cualquier circunstancia nuestros sentidos no están activados y en consecuencia conscientemente no perciben nada? Pues no se que sucederá con los demás, pero en mi caso me ha resultado muy sano admitir que vivo únicamente veinticuatro horas. Esa es la extensión de mi vida real: consciente o inconsciente sólo vivo 24 horas.

     Nos sentimos vivos porque percibimos mediante los sentidos un medio ambiente que nos circunda. Pero ¿Qué sucede cuando por cualquier circunstancia nuestros sentidos no están activados y en consecuencia conscientemente no perciben nada?Pues no se que sucederá con los demás, pero en mi caso me ha resultado muy sano admitir que vivo únicamente veinticuatro horas. Esa es la extensión de mi vida real: consciente o inconsciente sólo vivo 24 horas. Muero cuando en las noches me vence el sueño, porque mientras estoy dormido no oigo, no veo, no hablo… no estoy consciente; y al no percibir el medio que me circunda, de alguna manera estoy en otra vida que no es esta de todos los días. Nazco o resucito al despertarme a un nuevo día. Entonces anticipo mis gracias a Dios por esas nuevas veinticuatro incomparables horas de vida que viviré, durante las cuales no tengo ninguna duda que Él estará conmigo. Y ciertamente, las vivo muy feliz.Quizás por eso será que no me pesan los veinticuatro mil noventa períodos de veinticuatro horas que he acumulado en mi vida.

     Para mí cada día es un evento maravilloso, porque no representa vivir veinticuatro horas más, sino vivir una vida más. Ahora bien, como mi vida es tan corta no me puedo dar el lujo de desperdiciarla, como pudieran hacerlo quienes viven contando períodos tan largos como los de siete mil setecientas sesenta horas que representa cada año, que es como decir que acumulan cada año trescientas sesenta y cinco vidas de las que yo vivo. De tal manera, estoy obligado a ponerle a cada una de mis vivencias el toque mágico que las convierte de normales en especiales, y ciertamente lo logro. Así, en mi corto lapso de vida la sonrisa de un niño toma una dimensión extraordinaria; el apretón de manos, un abrazo, un beso o la palabra amor, son simplemente espectaculares y las disfruto con fruición. El canto de los pájaros, el ruido del agua de las fuentes y la caricia de la brisa mañanera sobre mi cara, las atesoro como si fuera la última oportunidad de sentirlas. El agua, los alimentos que ingiero y los paisajes que observan mis ojos, los bendigo como algo especialísimo que Dios me regala sin preguntarme si los merezco o no.

     No hay cosa o situación que en ese corto período experimente, que para mí no tenga un motivo de alegría.Bajo esa consideración especial de lo efímero de mi vida, que es lo único que es realmente mío, no permito de ninguna manera ni por ningún concepto, que nada ni nadie perturbe mi sensación de deleite. En obsequio de lo cual, no acepto que el pasado, que para mí es un muerto y por el cual nada se puede hacer, afecte mi maravilloso día de hoy.Tampoco considero ningún argumento que tenga que ver con el futuro. Entre otras cosas, porque el que vive veinticuatro horas como yo, para su propia tranquilidad no tiene que preocuparse de algo que nunca tendrá: futuro. Mi especial condición me mantiene a salvo de esa fuente generadora de preocupaciones como es el no conocer que sucederá mañana que afecta a los demás seres humanos, por cierto, sin saber siquiera si para ellos llegará.

     De todas maneras, por mi naturaleza imperfecta, en cualquier oportunidad que intento comportarme como un ser humano normal, de esos que viven por años y les preocupa el futuro, termino concluyendo que de cualquier modo el futuro es un evento absolutamente imprevisible e incierto, que se parece a la muerte porque no se sabe como ni cuando llegará; pero como me he acostumbrado a que todas las noches me acuesto y convivo con ella durante el sueño, por lo cual la conozco muy bien, pues ya la muerte tampoco me preocupa.Sin embargo, a veces dentro del mundo de las especulaciones pienso: si me preocupara el futuro yo no tendría ningún problema, porque lo único que se puede hacer por el futuro es hacer las cosas bien hoy, y eso no debería ser una excepción del comportamiento humano, sino la regla; para terminar aceptando que lo mejor que me ha podido pasar, es ser un ser anormal que sólo vive veinticuatro horas.

     Por otra parte, esta particular forma de ver mi corta vida me obliga a reflexionar sobre el hecho de que, ciertamente somos nosotros y nadie más quien le da color, sabor, magia, fantasía y trascendencia a las cosas que nos suceden. Pero lo más importante de mi deducción es la certeza de que es dentro de nosotros mismos y no afuera, donde se produce esa operación mental e intelectual que causa este fenómeno tan interesante que es la felicidad. La otra conclusión interesante que me ha regalado mi concepción filosófica de corta vida, es que si como es cierto soy yo el que le da los matices de beneficio o perjuicio a lo que hago o me acontece, y que eso se produce en mi ser interior, pues entonces estoy a salvo de cualquier eventualidad dañosa que venga del exterior y que pudiera afectar mi felicidad, porque al fin y al cabo, soy yo el que decide su nivel de afectación, y ni tonto que fuera para darle un matiz negativo.

     Pudiera ser que muchas personas no entiendan esta forma particular de ver la vida, porque pareciera lógico que más que vivir un día, aspiren a vivir muchos días. Es posible que eso sea lo razonable en un mundo de personas normales –grupo al cual para mi bien yo no pertenezco. Por tanto, me imagino que cuando lean estas reflexiones no solamente no estén de acuerdo con ellas, sino que hasta me pongan el apodo de “hombre de un solo día”, lo cual pudiera ser que no me haga muy feliz porque tengo mi nombre propio.Pero de lo que sí estoy absolutamente convencido es que prefiero vivir veinticuatro horas felices, que muchos días, meses y años con la permanente preocupación de lo que me dejó ayer o me traerá un mañana, que ni siquiera puedo saber si llegará para mí. Así que correré el riesgo de que cuando me vean por la calle, socarronamente y con una sonrisita burlona, en voz baja digan: ahí va el “hombre de un solo un día.”

Próxima Entrega: EL TEMOR… ENEMIGO NÙMERO UNO

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