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Archive for the ‘JESUCRISTO’ Category

SANTO PAPA

Casi siempre, los grandes y sangrientos enfrentamientos regionales de ayer y hoy, siempre han tenido un substrato religioso, siendo el fanatismo-dogmatismo exacerbado el combustible principal de tales tragedias. Más allá de la magnitud y el tiempo que se mantengan las persecuciones religiosas,  las religiones vuelven a surgir, y en algunos casos con mayor fuerza, ímpetu y fervor.

Nada pudieron hacer los Romanos en la antigüedad  durante cientos de años de persecución para acabar con los Cristianos, ni recientemente los Rusos durante setenta años a los Ortodoxos. Tampoco las facciones Shiitas y Sunitas del Islam en el Medio Oriente, ni entre Musulmanes e Indúes para sobreponerse los unos a los otros. El resultado siempre es el mismo: pasadas las persecuciones, las Iglesias renacen y sus fieles vuelven a encontrar en ellas, esa tranquilidad y paz que es fundamental para el espíritu.

Es que las religiones, sin excepción, basan su filosofía y su enseñanza en Dios como un poder infinito, omnipotente, omnipresente, e inestimablemente bondadoso, que nos protege  e impone su justicia sobre los hombres, independiente de su raza, credo o posición social. Además fundamenta la justificación de la espiritualidad,  y la esperanza de que haya algo más allá de esta vida, que se estima deberá ser preferible a todo lo que conocemos.

Claro está que no me refiero a sectas, ritos o supersticiones,  que lo único que logran es atemorizar a las personas y hacerlas dependientes de unas creencias absurdas, que sólo son producto de unos cuantos vivos que han encontrado en la inconformidad de algunas personas con su propia vida, una buena fuente de ingresos, mientras que, por siempre los atemorizan por cualquier evento, por fortuito que fuere.

Las religiones son controles sociales, pero indispensables en la sociedad para una mejor convivencia,  especialmente cuando su población aumenta en los niveles actuales y algunos valores sobre los cuales establecimos nuestras comunidades,  tienden a desmejorarse o perderse; porque ellas están allí para recordarlos y afianzarlos. Por eso debemos respetarlas, y en lo posible, colaborar con ellas en ese camino de hacer reflexionar sobre la trascendencia de nuestros actos, sólo en el más allá sino en esta vida.

Soy respetuoso de todas las Religiones, independientemente de su credo. Personalmente, sigo el mensaje de Cristo, el cual cumplo de manera libre y a mi entender: amar y perdonar a mis semejantes, aun a quienes pudieren perjudicarme.  Esto me da felicidad y tranquilidad de espíritu.

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NO JUZGUEZ PARA NO SER JUZGADO

En cada oportunidad que estoy a punto de juzgar a alguien, me contengo al recordar a Jesús cuando aconsejaba: “No juzgues para que no seas juzgado…”, completando su enseñanza al mostrar la consecuencia de juzgar, con su sentencia: “Con la vara que midas serás medido…” Estas dos enseñanzas de Jesús resumen un compendio filosófico de vida.

En verdad, pienso que continuamente, frente a algunas actitudes de nuestros hermanos humanos -con razón o sin ella- nuestra casi natural tendencia es a juzgarlos, conforme a nuestros valores y/o parámetros pre establecidos de vida, sin meditar sobre nuestro desconocimiento de las motivaciones o circunstancias que les llevaron a actuar de determinada manera.

Jesús nos señalaba los peligros de juzgar, porque estaba consciente de nuestra imposibilidad de conocer el alma de las personas, que es donde anida su voluntad, que funciona en base a las propias motivaciones y experiencias vividas.

Cuántas veces hemos juzgado ligeramente lo que en su momento creímos incorrecto, pero más temprano que tarde tuvimos que aceptar, que era necesario y quizás conveniente, porque la actuación que generó la crítica, respondía a una necesidad de corrección o previsión para nosotros desconocida, pero necesaria.

En otras oportunidades, hemos sido dura e injustamente juzgados por quienes, como en nuestro caso, no tenían la información suficiente sobre los motivos que originaron la actuación, pero aun así emitieron criterios peyorativos que, luego fue imposible recoger.

Es que el juzgar a nuestros semejantes, casi siempre conlleva la emisión de criterios emocionales, producto de la ligera apreciación de los actos observados, que pueden lesionar, por decir lo menos, la reputación de la persona juzgada.

En nuestra propia vida, cuantas veces nos hemos dejado llevar de primeras impresiones y hemos juzgado negativo o equivocado, lo que luego resultó ser conveniente o acertado.

Es imposible conocer el interior y los sentimientos que alberga otra persona; por lo cual no existe posibilidad de juzgar de forma apropiada, aquello de lo cual no se conoce en su origen.

Observar y aprender de los errores o aciertos de otros, no significa de ninguna manera que estemos autorizados para juzgar a los actores.

Quienes creemos en lo acertado de las palabras de Jesús en su corto caminar por este mundo, somos conscientes de que, evitar juzgar a los demás nos preservará de esa consecuencia lapidaria de su sentencia: Ser juzgados con la misma medida, y quizás, con ventaja.


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“La sociedad refleja la salud de las grandes instituciones, las cuales reflejan la salud de las familias, las cuales a su vez reflejan la salud de las personas.” (Dr. Roy Jenson)

                 Sin que de ninguna manera podamos señalar que el tiempo pasado fue mejor, sí que tenemos que aceptar que hoy nuestro mundo está afectado en sus valores éticos. Principios fundamentales sobre los cuales nuestros predecesores concibieron y construyeron la sociedad contemporánea, se encuentran erosionados.  Dolorosamente, se advierte a simple vista que hemos  perdido mucho de nuestro sentido de unidad, y eso nos hace como individuos moralmente débiles y como conjunto social… vulnerables.

Colectivamente integramos países, organizaciones y comunidades, pero como  individuos hemos ido distanciándonos y perdiendo esa unión que nos hacía mejores padres, respetuosos hijos, amorosos esposos, solidarios vecinos,  y… buenos ciudadanos.

El bombardeo constante de consumismo, vanidad desbordada, violencia sin límites, sexo tarifado y… grotesco, han producido sus resultados: pragmatismo, cortoplacismo, irresponsabilidad, indiferencia afectiva y religiosa; han hecho demodé el romanticismo, disminuido el idilio y vapuleado a la familia; pero también  han disminuido nuestra firmeza, de paso sembrado en nuestras almas profundos vacíos, difíciles de superar.

Frente a esas realidades, no queda otro remedio que fortalecer las instituciones que todavía quedan en pie. Porque como lo escribiera El Dr. Ron Jenson, en su libro Viva no Sobreviva: “La sociedad refleja la salud de las grandes instituciones, las cuales reflejan la salud de las familias, las cuales a su vez reflejan la salud de las personas.”

Se siente en el ambiente la pérdida del mínimo sentido de pertenencia, típico de los seres racionales civilizados. Las personas se notan  afectadas en su identidad, cual por su condición gregaria, el individuo define y fortalece con la interacción del grupo familiar, laboral, estudiantil  y en la  comunidad o sociedad donde hace su vida cotidiana.

El sentido de pertenencia significa arraigo a algo que se considera importante; como las personas, cosas, grupos, organizaciones o instituciones, que contribuye a alejar o atenuar la soledad, que hoy afecta a los grandes conglomerados humanos, promoviendo insensibilidad, egoísmo, desconfianza, y un sentimiento progresivo  de inseguridad y… desamparo.

El  priorizar el logro de cosas materiales frente a lo intangible como amor y la sensibilidad humana, al crecimiento espiritual y el compartir las muchas bendiciones recibidas de Dios, violenta el sentido de pertenencia al lugar que nos vio nacer, al  hogar, al sitio de trabajo, a la escuela o universidad donde nos formamos, al grupo de amigos  y a la comunidad en general, aislándonos de las cosas que nos generaban ese importante elemento vivencial, que nos producía seguridad y nos hacía sentirnos como parte de algo… importante.

Si no tenemos arraigo, por sentir que no pertenecemos a nada ni a ninguna parte, todo se hace ajeno y, progresivamente, se pierde el interés en lo que no nos afecta directamente; y eso es contrario al sentimiento cristiano del amor y la caridad que debemos a nuestros semejantes, cual reflejó Jesús en su admonición: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”.

Quienes aspiramos a una vida feliz tenemos que luchar por  conservar nuestro sentido de pertenencia, que nos ayuda a mantener la cohesión humana, iniciando nuestro trabajo en ese sentido en la familia, haciéndola más unida, comunicativa y participativa, sobre la base del amor,  la consideración, la aceptación, la buena comunicación  y el respeto.

No basta traer al mundo, alimentar y educar los hijos; se requiere amarlos y enseñarles a amar; sembrarles en su alma el sentimiento de solidaridad humana y la obligación de asistencia a los semejantes, en los momentos de desventura, dolor o adversidad. Esa es una manera de desarrollarles el sentido de pertenencia a su grupo familiar y su comunidad,  que con el devenir del tiempo progresará y fructificará en sus propios hogares.

No es suficiente hacer pareja; se requiere hacer conjunción de intereses, sentimientos, sueños, solidaridad, confianza y lealtad con esa otra persona que nos escogió dentro del conglomerado social para hacernos objeto de su amor, dedicación y compañeros de siempre. Ello afianza un sano sentido de pertenencia a esa persona, haciéndonos ser mejores para no afectarla, frente a la sensación recíproca de que también ella nos pertenece, en el camino de hacernos una vida feliz.

No vale la pena trabajar o estudiar como una obligación para subsistir o prever el futuro; sería desperdiciar la oportunidad de vivir extraordinarias y edificantes experiencias, que nos da el disfrutar de lo que realizamos. Se requiere amar lo que hacemos, porque además de ser una bendición, es un privilegio tener una labor que ejecutar o estudiar, cuando millones de personas no encuentran empleo y otras tantas no tienen la oportunidad de estudiar. Si amamos lo que hacemos, especialmente trabajar y estudiar, desarrollamos un especial sentido de pertenencia a esas Organizaciones en las cuales hacemos vida.

Participar en las actividades y organizaciones comunales, religiosas, estudiantiles, de voluntariado, culturales o recreacionales de nuestro entorno, es una manera de fortalecer ese importantísimo sentido de pertenencia, como generador de cohesión intragrupal que, al mismo tiempo que afianza nuestra identidad personal, nos permite ser más útiles a nuestros semejantes, cual debería ser la máxima aspiración de todo ser humano.

El sentido de pertenencia fortalece el convencimiento  de que todos somos uno,  cual es como decir que al pertenecer a este mundo que Dios nos dio por heredad, todos nos pertenecemos mutuamente y por tanto debemos amarnos y socorrernos en todo momento.

Si tienes alguna duda o requieres aclaración sobre el tema aquí tratado, el correo del autor está disponible: amauricastillo@gmail.com

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Desde que tengo uso de razón, de alguna manera siempre me he visto envuelto en alguna “crisis”, ya fuere familiar,  sentimental, política, económica o social, por lo cual para mi tranquilidad, he aprendido a moverme en ellas como pez en el agua.

Las crisis, como las enfermedades y los accidentes, como quiera que son tratables o evitables, son algo con lo cual debemos vivir y de sortear lo mejor posible, sin permitir que nos afecten más allá de lo que se considere normal.

El nacimiento mismo, como fenómeno biológico es crítico, pero como cualquier evento originado por nosotros, controlable. Asimismo, cualquier otra crisis que se origine por nuestras actuaciones o derivada de ellas, independiente de cual fuere su género, podemos manejarla conforme a nuestra actitud frente a la vida.

Cuando alguien se desespera por su óptica del problema político actual, se debe a que no procesa las muchas opciones que podemos manejar frente al asunto por resolver; siendo que tampoco entiende el pensamiento diverso típico de los seres racionales, y que lejos de acorralarlo, lo enriquece.

Si la situación económica aprieta, siempre aparece una luz en el túnel, porque la economía es un producto social y los humanos diseñamos y activamos los mecanismos que la rigen;  como consecuencia, sólo hace falta entender esos procesos y ajustarse a sus condiciones particulares y específicas, recordando que nuestro problema fundamental es el pan de cada día que siempre lograremos proveer, y no el de un futuro que ni siquiera sabemos si llegará para nosotros.

Los problemas sentimentales resultan de  nuestra introspección de las actuaciones de quienes amamos. Así las cosas, seremos nosotros y no nuestros interlocutores quienes demos o no trascendencia a la información recibida. De hecho, lo importante no es cuanto nos aman, sino cómo y en qué medida experimentamos el sublime sentimiento de amar.

¿Por que es feliz el loco? Porque  imagina lo que quiere y cree en lo que imagina; lo cual prueba que no son los eventos o informaciones recibidas en sí mismas lo que determina su trascendencia, sino como lo asimilamos y convertimos en experiencias existenciales.

En definitiva, es nuestra actitud frente a la vida y sus naturales crisis lo que determina su nivel de afectación en nuestra existencia, cual es como decir que somos nosotros y nadie más quienes decidimos su resultado. Es la ventaja de ser pensantes, racionales y herederos de una parte del poder de Dios.


 

 

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Sin intención de especulaciones conceptuales de alto vuelo filosófico sobre lo que representa la Etica, sí debo comentar que, esencialmente, involucra la responsabilidad de nuestras acciones en el comportamiento integral frente a los demás seres humanos y el medio ambiente, haciéndola extensiva a la previsión para una buena vida de las generaciones futuras.

Conforme a tal criterio, comenzaremos por nuestras actuaciones frente a nosotros mismos, las cuales debemos orientar hacia un comportamiento digno, que conlleva el cuidado de nuestra personalidad integral, con un cuerpo limpio y sano, física y espiritualmente.

La etica personal, frente a los demás seres humanos nos obliga a ser respetuosos, generosos, nobles, considerados y justos; independiente de la edad, raza, sexo o posición social de los demás individuos, conlleva el compromiso ineludible de prestar ayuda física o espiritual a quien lo necesite.

Es más difícil solicitar ayuda espiritual que física. Extrañamente, es más fácil pedir alimentos o medicinas, que ayuda espiritual cuando la frustración perturba nuestro espíritu y se requiere asesoramiento, consejo o siquiera una palabra de solidaridad, porque ello amerita mostrar intimidades y penas. Paradójicamente, y no obstante tenerla voluntad, no todos pueden producir buenos consejos o asesoramiento para tranquilizar o sanar el alma;  en cambio, no se requiere calidad o cualidad especiales para suministrar ayuda económica o física.

En virtud de la estructura económica que soporta todas las súper estructuras sociales, el individuo debe tener presente siempre el comportamiento ético, que es, esencialmente, natural y de especie.

Un miembro de pareja, hijo o padre, no debe olvidar que sus actos reflejarán en su entorno íntimo la misma medida de su comportamiento; si es positivo y beneficioso, esa será la reacción, pero si lo es negativo o perjudicial, lo mismo recibirá de  sus allegados.

Quienes cumplen labores en la sociedad, ya sean orientadores, ministros religiosos, funcionarios pùblicos,  profesionales, artesanos, empleados u obreros, requieren para el ejercicio  eficaz de sus actividades, un comportamiento ético. Si alguno de ellos desatiende esta necesidad, el aparato social se desequilibra.

En el caso de los abogados, por citar alguno, la ética es fundamental. En nuestras manos las personas ponen sus más preciados tesoros: su libertad y su patrimonio. Por nuestro conocimiento de los principios y normas jurídicas, siempre estamos en posibilidad de hacer mucho bien o igual mal. Es únicamente la ética profesional lo que nos limita a dar el paso para convertir un ministerio sagrado, en algo reprobable.

El maestro Ossorio escribió: «Los abogados son arquitectos del alma de la gente.» Sabias y acertadas palabras. Los abogados trabajamos sobre el «deber ser», que es intangible; diferente a los médicos, ingenieros o arquitectos quienes trabajan sobre cosas físicas como los cuerpos, los materiales o los planos. Nosotros logramops con algo inmaterial como es una norma jurídica, general y abstracta, una sentencia favorable y justa que es particular y concreta, produciendo un resultado objetivo.

Si los profesionales, y en general quienes prestan sus servicios a la comunidad, entendieran la importancia del comportamiento ético, no tendríamos tantos rábulas, ni negligencia médica; no se caerían los puentes, hundirían carreteras o derrumbarían edificios a poco tiempo de su construcción. Tampoco leeríamos de policías, militares y servidores públicos involucrados en delitos, ni esposos-padres que abandonan sus hogares con hijos, olvidando su sagrado compromiso de solidaridad y lealtad, por efecto de las más bajas y ancestrales pasiones.

Cuando se descuida la ética, aparece la corrupción oficial que no es solamente un delito común: es un crimen colectivo, de lesa humanidad, porque atenta contra los recursos que la sociedad destina a los niños, viejos, enfermos y menesterosos, quienes en su mayoría, dependen de esos dineros para mantener una vida mejor o… continuar viviendo.

La ética no debemos verla sólo como una voluntad, como algo etéreo, sino como un compromiso de vida que se materializa en todos en los actos de nuestra vida diaria; aplicable a la familia, los vecinos, el Estado, la comunidad, los animales y los recursos como el agua, la agricultura y los demás elementos que conforman el medio amb iente natural  y paisaje geográfico-biológico.

Si mantenemos un comportamiento ético, haremos un mundo mejor para nosotros y para quienes nos seguirán. Actuar con ética es responder a nuestro origen divino. Esa debería ser la regla, no la excepciòn. De alguna manera, fue eso lo que quiso decir Jesús cuando nos impuso su mandamiento: «Ama a tu prójimo tomo a tI mismo.»

Próxima Entrega: EL POR QUÉ DEL PARA QUÉ.

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 Mi hija mayor, feliz esposa y madre, abogado y reside en Colorado USA, antes de presentar un examen en el Board de Educación de ese Estado, me comentó su expectación por el posible resultado. Como pude le hice un rápido análisis de sus opciones y la trascendencia de dicho evento, en lo fundamental de su vida: su familia.

Con esta hija siempre hemos sido buenos amigos y como ella es cristiana, logré tranquilizarla con el argumento de que si hacemos lo que nos corresponde, Dios sabe mejor que nosotros lo que nos conviene y por tanto lo único que nos corresponde es la diligencia al realizar lo que nos interesa. Creo que fue lo que trató de enseñarnos Jesús cuando expuso: «Mi padre sabe mejor que tú las cosas que necesitas…».

Creo trascendental para los padres como «Asesores» consuetudinarios de los hijos, sembrarles en el alma este Principio. En un mundo donde lo único previsto es lo imprevisible, siempre estamos en riesgo de equivocarnos al considerar qué es lo que nos conviene. Por tanto, sólo la fe en la omnipotencia de Dios para guiar nuestros pasos, nos puede dar la tranquilidad y paz espiritual que requerimos para ser felices.

Por la categoría de ese ministerio, si todo lo hacemos al amparo de Dios, bajo sus leyes, siempre será positivo el resultado de nuestro asesoramiento que tanto necesitan y beneficia a nuestros hijos. Más de sesenta y seis años de vida y cinco hijos felices, me han demostrado que eso funciona con efectividad.

Viví eventos que en su momento no fueron exitosos y que me entristecieron, los cuales hoy que vivo satisfecho con mi vida, acepto que fueron pasos dolorosos pero necesarios para lograr mis metas, en esa especie de empinada escalera que es la vida.

En el caso citado de mi hija, no obstante sus deseos de colaborar con los ingresos familiares, siendo que tiene un esposo y tres niños, ella hizo lo correcto al solicitar guía, porque está consciente y lo acepta, que no le está dado conocer cómo incidiría en su vida futura.

Por otra parte, mi hija y yo sabemos que nuestro Creador sí que lo conoce perfectamente; desde el momento de su concepción está al tanto de qué es capaz y hasta donde ella puede y debe llegar. Ninguno de los dos tenemos duda, eso le infundí desde niña y ella atesoró el mensaje.

Porque, pudiera ser que logre ese trabajo y genere adicionales ingresos a la familia, pero … ¿De alguna manera harán más sólidos los vínculos de amor, respeto, consideración, aceptación, solidaridad, lealtad, y buena comunicación? O ¿Por desgracia ese trabajo requiera una parte del tiempo esencial para atender ese papel indispensable e insustituible de buena madre y esposa?

Ningún humano, ni siquiera yo que soy su padre y los conozco muy bien como familia estable, podría predecir los efectos, porque ninguno de los dos podemos conocer el porvenir; se trata de eventos futuros e inciertos, cuales ni siquiera sabemos si llegarán… para nosotros. Nuestra única posibilidad como humanos en la búsqueda del éxito es ser diligentes al hacer lo que nos corresponde. La decisión final es de Dios y de nadie más.

Quienes tenemos fe en la omnipotencia y omnipresencia de Dios, conocemos que ni una hoja se mueve sin su voluntad y por eso hablamos de la importancia para los padres de la necesidad de comprenderlo. Aquel que no lo asimile, le conviene hacer un stop en el camino, mirar hacia atrás y revisar lo andado; seguramente, como en mi caso, recordará que en oportunidades lamentó no haber logrado algo, pero luego con el correr del tiempo los acontecimientos demostraron su conveniencia para lograr mejores resultados.

Alguna vez leí que «… a la vuelta de la esquina hay un milagro para nosotros.» Quienes creemos en esa máxima sabemos que no conocemos cual es la esquina, por eso tenemos que ir a todas las que podamos. Eso es lo trascendente: ser diligentes. Esa es la parte que nos corresponde, porque si no vamos a todas las esquinas viviremos con la duda, nunca sabremos si estaba allí esperándonos y la dejamos pasar por ser… negligentes.

Sugiero a los padres leer estas líneas y hacer una retrospección a cuando eran niños y recordar lo importantes que fue para ellos las actuaciones y consejos de sus progenitores. Recordar cuántas veces les consultaron y cuánta tranquilidad trajeron a sus espíritus. No tengo duda que esta reflexión les ayudaría a entender la trascendencia de ese papel de Asesores por siempre, que para bien de nuestros hijos y nuestra personal satisfacción, nunca, bajo ninguna circunstancia, deberíamos perder.

Próxima Entrega: EL TIEMPO

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¿Qué cuál es la diferencia entre el cuerpo y el espíritu?

Para  quienes tenemos la seguridad de nuestra espiritualidad no es difícil determinarlo. Sin embargo, para quienes se autodenominan  «materialistas» pudiera serles difícil entenderlo, porque de alguna manera tampoco es muy fácil explicarlo.

Como cuando escribo lo hago para todo tipo de lectores y no especialmente para doctos, eruditos o filósofos, trataré de analizar la diferencia así como su origen utilizando situaciones de la vida diaria. Por ejemplo, cuando alguien me pregunta de quien es mi casa o mi auto respondo que son míos. Asimismo, si alguien pregunta de quien es mi cuerpo igualmente contesto que es mío. Por lo tanto, si yo digo que mi cuerpo es mío estoy asegurando que soy un Ser diferente a mi cuerpo, de la misma manera que al decir que  mi casa o mi auto son míos estoy determinando que son entidades diferentes a mi Ser. Vale decir que yo y mi cuerpo somos entidades distintas aunque hacemos un conjunto.

Pero entonces, si yo no soy mi cuerpo ¿Realmente quien soy para poder decir que el cuerpo es mío? ¿Mío de quien? Bueno, para mi no es complicado porque estoy seguro de que soy un Ser espiritual, que usa un  cuerpo en esta vida para servirse de el físicamente, como lo hago con mi auto o mi ropa. Por eso digo «mi auto», «mi ropa» y «mi cuerpo»,  porque sé que esas cosas físicas son independientes de mi Ser espiritual.

 Tal será mi convicción, que si por alguna circunstancia amputaran a una persona un brazo, o una pierna, o ambos miembros, su Ser espiritual seguiría intacto, no se afectaría en su integridad sino que seguiría siendo el mismo Ser espiritual, independiente de cualquier sentimiento de tristeza, frustración o cualquier otra actividad sensorial o mental. Es que por su esencia  espiritual, al Ser, nada físico puede afectarlo, ni siquiera la muerte que desactiva  la totalidad del cuerpo.

En mi concepción de la vida y las cosas, esa es una  prueba de que ciertamente tenemos  un espíritu que es intangible y por lo tanto físicamente inubicable e indeterminable.

Es por razón de nuestra espiritualidad que sentimos amor, tristeza, alegría, lealtad, solidaridad, sensibilidad, porque ninguna de esas sensaciones son tangibles sino intangibles. No podemos ubicarlas  ni determinarlas en el mundo físico. Por eso no podemos mirarlas,  tocarlas,  medirlas, ni pesarlas. No precisamos dónde las sentimos, pero sí tenemos conciencia de  que las percibimos.

Un «materialista»  podría decir que son las células haciendo sinapsis, el ácido nucleico, las hormonas y otros argumentos con la intención de desvirtuar la existencia del espíritu, lo cual obligaría a formular nuevas preguntas:

-¿Quién dirige la operación de las neuronas haciendo sinapsis, el ácido nucleico, las hormonas, etc.?

-¿Quién les ordena cómo y cuándo deben actuar?

-¿Quién dice a quien debes amar y a quien no, o qué es bueno o malo?

-¿Quién establece la diferencia entre unos sentimientos y otros? Los sentidos no tienen capacidad para hacerlo, porque ellos solo  reciben y cumplen órdenes.

Por ejemplo, los ojos detectan  imágenes, pero no es la vista la que decide si son  bellas, agradables o desagradables. El sentido de la vista es como una cámara fotográfica: toma  imágenes y las presenta, pero la decisión de cómo afectan al individuo no es función del sentido de la vista. Decidir si son bonitas, feas,  mejores, peores, agradables o desagradables corresponde a esa otra entidad supra física que es nuestro Ser espiritual.

Es ese espíritu el canal mediante el cual Dios se comunica con nosotros, en ese lenguaje especial que sólo él y nuestro espíritu conocen y que hace llegar de diferentes maneras a nuestro intelecto, quien lo transmite a los sentidos que son su medio propio  de sensaciones,  para transformarlos en actuaciones físicas y tangibles, que hacen la diferencia en nuestra forma de vivir, inclusive en muchos casos pueden diferenciar la felicidad de la infelicidad, la vida de la muerte.

Esa concepción de espiritualidad nos permite  realizar intensamente nuestra vida terrenal; nos motiva a mirar la muerte como un paso más de nuestra existencia y no como un evento desgraciado, precisamente por  la seguridad de que nuestro Ser no terminará con ella, porque trasciende el cuerpo físico en su  camino de superaciòn espiritual.

 La concepción de espiritualidad y  la seguridad de que por conformar una unidad con Dios, cuando llegue el momento de dejar este cuerpo ascenderemos a un plano superior, a un nuevo destino diseñado por El para nuestro progreso, nos posibilita presumir  lo que quiso significar Jesús cuando enseñaba: «En la casa de mi Padre muchas moradas hay.»

Si tienes alguna duda o requieres aclaración sobre el tema aquí tratado, el correo del autor está disponible: amauricastillo@gmail.com

Próxima Entrega: TEMOR VS.  FE Y CONFIANZA

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      En una oportunidad leí que «El perdón es divino…» Suscribo en su totalidad esa máxima, porque el  hecho de perdonar a quienes nos agravian sin que nada de dolor o rencor quede en nuestro corazón y extirpando de nuestra alma todo sentimiento de frustración o revanchismo, ciertamente nos acerca a Dios y eso nos da un destello de divinidad. Es que el acto de perdonar nos eleva por encima de nuestras miserias humanas. Cuando perdonamos y olvidamos, simplemente vencemos nuestros sentimientos originarios, permitiendo que nuestra espiritualidad supere nuestro instinto natural.

      Pero la recompensa del perdón es grande porque sobreviene la tranquilidad y el sosiego, vuelve la calma y se llenan vacíos espirituales. El alma se siente superada, elevada… más limpia. Sentimos que estamos más cerca de Dios. Para Jesús el perdón era tan importante que condicionó el contacto del hombre con Dios a la práctica del perdón, cuando sentenció: «Cuando vengas a hacer una ofrenda y tengas problema pendiente con tu hermano, anda primero y arréglalo y luego ven a  hacer tu ofrenda.» Como Él consideraba que el perdón limpia el alma, con esta admonición quiso decirnos que mientras no tengamos nuestra alma limpia no debemos hacer nuestra ofrenda (oración), siendo que para limpiarla simplemente debemos perdonar a quienes nos ofenden.

      Tan importante sería el perdón para Jesús que cuando enseñó la más excelsa de todas las oraciones como el Padre Nuestro, condicionó el perdón de su Padre a que a nuestra vez  perdonásemos a quienes nos ofenden, cuando dijo: «Padre nuestro (…) perdona nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores…».  Lo cual es como decir: si yo no perdono tú no tienes porque perdonarme.

      Por otra parte, en las enseñanzas a sus Apóstoles también les decía: «Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre Celestial.»  Y yo puedo dar testimonio de la gravedad para el agraviado de no perdonar, porque tuve la oportunidad de conocer personas que por años vivieron una vida espiritualmente miserable, por sufrir de angustias indeterminables por ellos mismos, hasta que pudieron intuir que el origen de tal estado permanente de mal ánimo, lo era precisamente el recuerdo doloroso por los agravios recibidos. Al identificar el problema perdonaron con el firme propósito de olvidar y el remedio fue efectivo: volvió la calma a su alma y mejoró substancialmente  su estado de ánimo.

      La misma situación de angustia y desasosiego se da en el ser humano que estando consciente de que ha cometido errores, actuaciones u omisiones que han causado daño a otras personas, no se perdonan a sí mismos. En estos casos, luego de reconocerlo, meditarlo y procesarlo, al perdonarnos nos elevamos por encima de nuestra propia materialidad, nos acercamos a Dios y sentimos otra vez nuestra alma limpia y la recompensa es la tranquilidad espiritual, que es el mejor remedio para eliminar la angustia.

      Es que perdonar es amar y amarse, y conviene recordar que «Sólo el amor puede vencer el odio.»  No deberíamos olvidar que fue por amor que fuimos diseñados por Dios y por amor engendrados y concebidos por nuestros padres.

      Considero que algunos paradigmas muy comunes lo único que han hecho es producir problemas. Por ejemplo, aquel de que «Hay ofensas tan graves que no se pueden perdonar»  Siempre me ha parecido muy emocional pero  nada inteligente ni práctico, o por lo menos nada beneficioso al agraviado. En principio el mayor efecto dañoso del agravio se produce en la misma medida en que el agraviado lo recuerde.  Por tanto, mientras el ofendido recuerde el agravio, sufrirá por ese ingrato recuerdo,  con el agravante de que pudiera ser que el ofensor ya ni siquiera recuerde el evento dañoso.

      Mientras no se olvide el agravio se estará trabajando a favor del agraviante, ayudándole a lograr mejor su objetivo: producir sufrimiento; y para evitar ese dolor la mejor solución es perdonar y… olvidar. Cuando se logra olvidar y perdonar, simplemente se gana la partida porque pierde su efecto el daño y el agraviado se  pone fuera del alcance del adversario, al constituirse el perdón en una solución liberatoria.

      Como lo escribiera Francoise de La Rochefocauld:  «Cuando nuestro odio es demasiado profundo, nos coloca por debajo de aquellos a quienes odiamos.»

       Con absoluta certeza debo referirles que la sed de venganza y el desasosiego que produce el recuerdo del agravio cuando no ha sido perdonado, afecta gravemente nuestro cuerpo físico. Hoy ya no es una especulación sin base científica, el que cuando estamos llenos de rencor nuestra química corporal se altera y nos produce un estado neurótico, que nos hace más vulnerables al desmejoramiento de nuestra salud física y psíquica.

      El estado mental que produce el recordar el agravio por no haberlo perdonado, nos convierte en receptores de estrés y como consecuencia, en  una fuente generadora de enfermedades, disminuyendo nuestra capacidad de disfrutar de las cosas hermosas que existen en el ambiente que nos rodea, y que hacen agradables y confortables todos los días de nuestra vida.

      Por otra parte, descubrimientos científicos en los últimos veinticinco años del Siglo pasado, nos han demostrado la capacidad de nuestro cuerpo de generar hormonas beneficiosas a nuestra salud física, tales como las endorfinas y las feromonas,  cuales únicamente surgen y se desarrollan cuando nuestro estado de animo está en su mejor momento, como en ocasiones de alegría y en la práctica de los deportes. Las primeras, conforme al criterio de los doctores Guillemín y Huges (1975) son «moléculas polipeptídicas, en realidad drogas que segrega el cerebro», las cuales tienen un efecto inmediato y casi mágico sobre el carácter del ser humano, e inclusive en el dolor en su parte física.

      Dentro de los beneficios de esas hormonas podemos asegurar que son extraordinariamente positivas en el mantenimiento de la lozanía de la piel y el sistema capilar, así como que en estados mórbidos graves como en el caso de células cancerígenas, estas hormonas contribuyen a reforzar las células sanas que al final pueden destruir las enfermas…

Próxima Entrega: EFECTOS POSITIVOS DEL PERDON (PARTE II)

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