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Archive for the ‘FUTURO’ Category

 Mi hija mayor, feliz esposa y madre, abogado y reside en Colorado USA, antes de presentar un examen en el Board de Educación de ese Estado, me comentó su expectación por el posible resultado. Como pude le hice un rápido análisis de sus opciones y la trascendencia de dicho evento, en lo fundamental de su vida: su familia.

Con esta hija siempre hemos sido buenos amigos y como ella es cristiana, logré tranquilizarla con el argumento de que si hacemos lo que nos corresponde, Dios sabe mejor que nosotros lo que nos conviene y por tanto lo único que nos corresponde es la diligencia al realizar lo que nos interesa. Creo que fue lo que trató de enseñarnos Jesús cuando expuso: «Mi padre sabe mejor que tú las cosas que necesitas…».

Creo trascendental para los padres como «Asesores» consuetudinarios de los hijos, sembrarles en el alma este Principio. En un mundo donde lo único previsto es lo imprevisible, siempre estamos en riesgo de equivocarnos al considerar qué es lo que nos conviene. Por tanto, sólo la fe en la omnipotencia de Dios para guiar nuestros pasos, nos puede dar la tranquilidad y paz espiritual que requerimos para ser felices.

Por la categoría de ese ministerio, si todo lo hacemos al amparo de Dios, bajo sus leyes, siempre será positivo el resultado de nuestro asesoramiento que tanto necesitan y beneficia a nuestros hijos. Más de sesenta y seis años de vida y cinco hijos felices, me han demostrado que eso funciona con efectividad.

Viví eventos que en su momento no fueron exitosos y que me entristecieron, los cuales hoy que vivo satisfecho con mi vida, acepto que fueron pasos dolorosos pero necesarios para lograr mis metas, en esa especie de empinada escalera que es la vida.

En el caso citado de mi hija, no obstante sus deseos de colaborar con los ingresos familiares, siendo que tiene un esposo y tres niños, ella hizo lo correcto al solicitar guía, porque está consciente y lo acepta, que no le está dado conocer cómo incidiría en su vida futura.

Por otra parte, mi hija y yo sabemos que nuestro Creador sí que lo conoce perfectamente; desde el momento de su concepción está al tanto de qué es capaz y hasta donde ella puede y debe llegar. Ninguno de los dos tenemos duda, eso le infundí desde niña y ella atesoró el mensaje.

Porque, pudiera ser que logre ese trabajo y genere adicionales ingresos a la familia, pero … ¿De alguna manera harán más sólidos los vínculos de amor, respeto, consideración, aceptación, solidaridad, lealtad, y buena comunicación? O ¿Por desgracia ese trabajo requiera una parte del tiempo esencial para atender ese papel indispensable e insustituible de buena madre y esposa?

Ningún humano, ni siquiera yo que soy su padre y los conozco muy bien como familia estable, podría predecir los efectos, porque ninguno de los dos podemos conocer el porvenir; se trata de eventos futuros e inciertos, cuales ni siquiera sabemos si llegarán… para nosotros. Nuestra única posibilidad como humanos en la búsqueda del éxito es ser diligentes al hacer lo que nos corresponde. La decisión final es de Dios y de nadie más.

Quienes tenemos fe en la omnipotencia y omnipresencia de Dios, conocemos que ni una hoja se mueve sin su voluntad y por eso hablamos de la importancia para los padres de la necesidad de comprenderlo. Aquel que no lo asimile, le conviene hacer un stop en el camino, mirar hacia atrás y revisar lo andado; seguramente, como en mi caso, recordará que en oportunidades lamentó no haber logrado algo, pero luego con el correr del tiempo los acontecimientos demostraron su conveniencia para lograr mejores resultados.

Alguna vez leí que «… a la vuelta de la esquina hay un milagro para nosotros.» Quienes creemos en esa máxima sabemos que no conocemos cual es la esquina, por eso tenemos que ir a todas las que podamos. Eso es lo trascendente: ser diligentes. Esa es la parte que nos corresponde, porque si no vamos a todas las esquinas viviremos con la duda, nunca sabremos si estaba allí esperándonos y la dejamos pasar por ser… negligentes.

Sugiero a los padres leer estas líneas y hacer una retrospección a cuando eran niños y recordar lo importantes que fue para ellos las actuaciones y consejos de sus progenitores. Recordar cuántas veces les consultaron y cuánta tranquilidad trajeron a sus espíritus. No tengo duda que esta reflexión les ayudaría a entender la trascendencia de ese papel de Asesores por siempre, que para bien de nuestros hijos y nuestra personal satisfacción, nunca, bajo ninguna circunstancia, deberíamos perder.

Próxima Entrega: EL TIEMPO

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pareja-feliz-i.jpgConviene tener claro que venimos a este mundo con una misión trazada y hasta que no la cumplamos no nos vamos. Por tanto,debemos vivirla intensamente en cada minuto, con fruición, como si fuera el último.

He conocido personas que desperdician el  hoy, luchando duramente y haciendo de cada día un sacrificio, con la errada convicción de que están sembrando su futuro, cual pudiera ser que nunca llegue.

Vivir el momento no se reduce sólo a respirar, porque de eso se encarga nuestro sistema neurovegetativo que lo hace automáticamente. Eso sería un desperdicio imperdonable. Vivir en el sentido real de la palabra conlleva el disfrutar integral y permanentemente de las personas y de las cosas, lo cual en su más completa expresión lo es disfrutando en cada ocasión.

Para regocijarse en cada segundo de la vida, se requiere actuar con amor, ternura, respeto, aceptación, y si se quiere, con un toquecito de locura. Debemos reír, cantar, saludar efusivamente y abrazar a las personas, aunque ellos no lo entiendan bien; decirles que nos agradan,  que se ven bien, que nos sentimos felices con su presencia, que nos interesan sus problemas, que son importantes para nosotros; pero aún es más importante, sentirlo.

Regalarnos y regalar esa actuación nos hace disfrutar del momento, siendo que además de agradable es edificante y demostrativo de que nos sentimos plenos, nos engrandece. A todos agrada cuando se ríe, canta o saluda efusivamente. Las personas se sienten bien, por no decir felices.

 ¿A quién disgusta que le halaguen, saluden o saber que alguien hace algo por alegrar su  vida? ¿Conoce alguna persona normal que no se sienta bien de  que se interesen por él?

Claro que no. Que le quieran o le  estimen es algo que se agradece, independiente de cual fuere la edad, género o estatus social del halagado.

De alguna manera, todos deseamos sentir que somos queridos, agradables, importantes, o al menos que existimos para alguien, y cualquier cosa que nos lo ratifique es muy gratificante. Es que nuestra naturaleza es gregaria; somos una especie que no sabe realizarse material y espiritualmente sola, porque requiere ese calor humano que sólo sabe brindar nuestra especie.

Tratar con amor,  decírselo y demostrárselo  a las personas, nos hace disfrutar de la vida, que está inmersa en el maravilloso mundo de las cosas sencillas.

Nada más placentero que levantarse y disfrutar de la mañana; vestirse al gusto, sin importar como nos vean los demás; caminar de la mano del ser amado, o en compañía del amigo con generosidad;  asistir al trabajo o al estudio convencidos de que hacemos algo bueno por nosotros y por nuestros semejantes;  sentarse a la mesa en familia, dormir tranquilo y satisfecho de haber vivido un día más.

Me entristece ver a quienes utilizan las mejores horas de sus días, en las cuales podrían disfrutar de las personas y las cosas, únicamente trabajando  en forma exagerada con el único fin de acumular bienes, dejando en el camino mucho de su juventud,  carácter,  salud física y mental. Esos infelices, en el sentido semántico del término, nunca han reflexionado sobre el  hecho de que nada de lo que atesoramos sobre esta tierra es nuestro, porque todo lo que tenemos pertenece a la tierra y aquí se quedará.

 Cuando partimos definitivamente lo único que nos queda es lo que hubiésemos disfrutado; no podemos llevarnos nada, porque nada es realmente nuestro. La vida nos los presta mientras vivimos. Ni la esposa, ni los  hijos, ni las casas, ni los autos, ni el dinero son nuestros. Aquí dejamos todo, simplemente lo devolvemos a su dueña: esta tierra, incluido nuestro propio cuerpo. Esa es una verdad incontrovertible y debemos aceptarla.

Entonces… ¿De qué sirve tanto esfuerzo? ¿No será preferible darle  tiempo a todo, en su justa medida? Esto es: al amor, a la diversión, al trabajo, al estudio, a la familia y a los amigos; pero a cada  uno el tiempo que le corresponde. Esa sería una actuación adecuada, por no decir sabia.

¿Qué nos detiene? Nada.  Se trata de  una actitud, de ser sinceros con nosotros mismos, de reconocer que nuestro paso por esta vida es pasajero y que el tiempo que nos queda cada minuto se acorta; si lo  desperdiciamos nunca lo recuperaremos.

¿Qué les parece como tema de reflexión? Pudiera ser que valga la pena dedicarle un tiempito. Ustedes lo deciden.

Próxima Entrega: LA RESPONSBILIDAD DE COMPRENDER

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¿Qué cuál es la diferencia entre el cuerpo y el espíritu?

Para  quienes tenemos la seguridad de nuestra espiritualidad no es difícil determinarlo. Sin embargo, para quienes se autodenominan  «materialistas» pudiera serles difícil entenderlo, porque de alguna manera tampoco es muy fácil explicarlo.

Como cuando escribo lo hago para todo tipo de lectores y no especialmente para doctos, eruditos o filósofos, trataré de analizar la diferencia así como su origen utilizando situaciones de la vida diaria. Por ejemplo, cuando alguien me pregunta de quien es mi casa o mi auto respondo que son míos. Asimismo, si alguien pregunta de quien es mi cuerpo igualmente contesto que es mío. Por lo tanto, si yo digo que mi cuerpo es mío estoy asegurando que soy un Ser diferente a mi cuerpo, de la misma manera que al decir que  mi casa o mi auto son míos estoy determinando que son entidades diferentes a mi Ser. Vale decir que yo y mi cuerpo somos entidades distintas aunque hacemos un conjunto.

Pero entonces, si yo no soy mi cuerpo ¿Realmente quien soy para poder decir que el cuerpo es mío? ¿Mío de quien? Bueno, para mi no es complicado porque estoy seguro de que soy un Ser espiritual, que usa un  cuerpo en esta vida para servirse de el físicamente, como lo hago con mi auto o mi ropa. Por eso digo «mi auto», «mi ropa» y «mi cuerpo»,  porque sé que esas cosas físicas son independientes de mi Ser espiritual.

 Tal será mi convicción, que si por alguna circunstancia amputaran a una persona un brazo, o una pierna, o ambos miembros, su Ser espiritual seguiría intacto, no se afectaría en su integridad sino que seguiría siendo el mismo Ser espiritual, independiente de cualquier sentimiento de tristeza, frustración o cualquier otra actividad sensorial o mental. Es que por su esencia  espiritual, al Ser, nada físico puede afectarlo, ni siquiera la muerte que desactiva  la totalidad del cuerpo.

En mi concepción de la vida y las cosas, esa es una  prueba de que ciertamente tenemos  un espíritu que es intangible y por lo tanto físicamente inubicable e indeterminable.

Es por razón de nuestra espiritualidad que sentimos amor, tristeza, alegría, lealtad, solidaridad, sensibilidad, porque ninguna de esas sensaciones son tangibles sino intangibles. No podemos ubicarlas  ni determinarlas en el mundo físico. Por eso no podemos mirarlas,  tocarlas,  medirlas, ni pesarlas. No precisamos dónde las sentimos, pero sí tenemos conciencia de  que las percibimos.

Un «materialista»  podría decir que son las células haciendo sinapsis, el ácido nucleico, las hormonas y otros argumentos con la intención de desvirtuar la existencia del espíritu, lo cual obligaría a formular nuevas preguntas:

-¿Quién dirige la operación de las neuronas haciendo sinapsis, el ácido nucleico, las hormonas, etc.?

-¿Quién les ordena cómo y cuándo deben actuar?

-¿Quién dice a quien debes amar y a quien no, o qué es bueno o malo?

-¿Quién establece la diferencia entre unos sentimientos y otros? Los sentidos no tienen capacidad para hacerlo, porque ellos solo  reciben y cumplen órdenes.

Por ejemplo, los ojos detectan  imágenes, pero no es la vista la que decide si son  bellas, agradables o desagradables. El sentido de la vista es como una cámara fotográfica: toma  imágenes y las presenta, pero la decisión de cómo afectan al individuo no es función del sentido de la vista. Decidir si son bonitas, feas,  mejores, peores, agradables o desagradables corresponde a esa otra entidad supra física que es nuestro Ser espiritual.

Es ese espíritu el canal mediante el cual Dios se comunica con nosotros, en ese lenguaje especial que sólo él y nuestro espíritu conocen y que hace llegar de diferentes maneras a nuestro intelecto, quien lo transmite a los sentidos que son su medio propio  de sensaciones,  para transformarlos en actuaciones físicas y tangibles, que hacen la diferencia en nuestra forma de vivir, inclusive en muchos casos pueden diferenciar la felicidad de la infelicidad, la vida de la muerte.

Esa concepción de espiritualidad nos permite  realizar intensamente nuestra vida terrenal; nos motiva a mirar la muerte como un paso más de nuestra existencia y no como un evento desgraciado, precisamente por  la seguridad de que nuestro Ser no terminará con ella, porque trasciende el cuerpo físico en su  camino de superaciòn espiritual.

 La concepción de espiritualidad y  la seguridad de que por conformar una unidad con Dios, cuando llegue el momento de dejar este cuerpo ascenderemos a un plano superior, a un nuevo destino diseñado por El para nuestro progreso, nos posibilita presumir  lo que quiso significar Jesús cuando enseñaba: «En la casa de mi Padre muchas moradas hay.»

Si tienes alguna duda o requieres aclaración sobre el tema aquí tratado, el correo del autor está disponible: amauricastillo@gmail.com

Próxima Entrega: TEMOR VS.  FE Y CONFIANZA

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En la entrega anterior decíamos que la errada formación de los jóvenes, cambió sus esquemas fundamentales sobre los cuales vinieron a este mundo con el único fin de ser felices. De tal manera al sustituir su valor y fuerza natural como hijos de Dios, por sentimientos negativos como el temor a lo que no se conoce, propiciaron una condición enfermiza de su mente, frente a la falta de fe, seguridad propia y optimismo. El miedo a un futuro, que es incierto e indeterminable, y cuyo resultado estará condicionado a nuestra actuación en el día de hoy, hizo más pesada una carga que en la realidad es inexistente. Adicionaron además a esa carga mental, la tentación, el pecado, el demonio; y un castigo de Dios que tampoco existe, porque Dios ama a sus hijos porque son su máxima creación sobre esta tierra.

Tampoco les enseñaron algunos secretos para vivir una vida más plena, que nos regaló Jesús hace dos mil años, y que pueden hacer la diferencia entre el éxito y el fracaso, cuando enseñó: «Si tienes fe como una semilla de mostaza… podrás mover las montañas.», o su recomendación: «Cada día trae su propio problema… le basta a cada día su mal.» También les ocultaron el uso de la más idónea de las herramientas que Él no señaló en la vía de lograr una vida feliz, cuando aconsejó: «Todo lo que pidas orando a mi padre, os será concedido.»

Todo ese temor, desconcierto y negatividad que se sembró en el alma de los jóvenes, es lo que predispone y/o alimenta una mala comunicación en las parejas, que hoy, desventuradamente, en un alto porcentaje no superan los cinco años de unión. Es que un alma atemorizada, siempre temiendo lo peor, considera la felicidad la excepción y la infelicidad la regla. Como consecuencia, le es muy difícil mostrarse como es realmente y darse en su totalidad sin reservas, cuales son dos condiciones indispensables para una buena comunicación en la pareja. Porque, ¿Cómo podría alguien comunicarse bien en una relación tan íntima como la de pareja, si a cada paso presiente un peligro, un riesgo o una celada?

La buena comunicación en la pareja nace de la sana intención, la presunción de buena fe y la confianza en la estatura humana de quien se escoge como compañero para toda la vida. Sin esos elementos esenciales el recurso comunicación es muy frágil. Especialmente cuando uno de ellos trabaja y el otro atiende la casa, porque para entender la pérdida temporal de humor de una esposa que atiende tres diablillos, se requiere comunión de espíritu o hacerse cargo de ellos por un mínimo tiempo, que en estos casos raramente se da.

Para una esposa que está todo el día pendiente de la llegada de su amado, tampoco es fácil comprender que éste llegue tarde o que aparezca estresado, deprimido o de mal humor por los problemas del día en su trabajo. En este mismo sentido, para evaluar la importancia de asistir y lidiar en una reunión de padres y representantes en el Colegio, no basta con emitir el cheque de la mensualidad; ni es fácil de comprender para quien está todo el día bien vestido, perfumado y asistido de una elegante secretaria, la importancia de salir a tomarse un cafecito, compartir con alguien más que no sean lo niños y respirar aire fresco en un sitio agradable con esa persona que se ama, luego de un día que comienza antes de que aparezca el sol, con el aseo de los niños y termina a la hora cuando se les ocurra dormir.

Para procesar todas esas mutuas y domésticas situaciones, analizarlas y entenderlas, sin que se conviertan en pequeñas batallas familiares, no existe otro mecanismo que una buena comunicación, la cual no puede lograrse si ambos no establecen como prioridad y eje de su actuación a la familia, alrededor de la cual deben girar todas sus actividades.

Es que para quien hace pareja convencido de que deja su mundo para comenzar uno nuevo con una persona que le hará más feliz, cuando la comunicación no es buena o se deteriora, ese choque con una realidad inesperada y frustrante puede tener efectos devastadores, porque es todo lo contrario de lo que se previó al conformar la unión. Ciertamente, es la actitud más que los hechos lo que afecta la relación, y la buena comunicación es en si misma una actitud.

La buena comunicación en la pareja es la única posibilidad de que sus integrantes sientan que al unir sus destinos, no han perdido su libertad personal de opinión y de acción. Es también generadora de esa reconfortante impresión de sentirse amado, comprendido y aceptado con su personalidad e identidad propias, convirtiéndose en un arma poderosa frente a los peligros que normalmente amenazan a la pareja bien avenida, como suelen serlo entre otras, las malas interpretaciones, desinteligencias, torpezas, la rutina, el hastío y… la tentación.

No vacilo en asegurar que una pareja que mantenga una buena comunicación, cimentada en el vigor que da el amor y el respeto por la persona humana de su par sobre sus tendencias y convicciones más íntimas, que conlleve la aceptación por la ideología personal e individual del objeto de la vida sobre esta tierra, es frente a los embates de las circunstancias similar a una roca en la montaña, que resiste el frío del invierno, el calor y el fuego del verano, los huracanes y las tempestades… sin perder nunca su fortaleza.

Próxima Entrega: El Reconocimiento I

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Para finalizar el tema de lo que el tiempo nos dejó, escribo esta última entrega con profunda tristeza, en lucha contra ese enemigo de la realidad que es la nostalgia, para no recordar los bellos parajes selváticos que en mi niñez vi en mi país; sus ríos, sus llanos, sus miles de especies de pájaros, animales, plantas y flores que hoy solo podemos ver en los parques botánicos o zoológicos.

Me acongoja recordar cuando los niños, inocentes y felices, jugaban en los patios de las casas, sin ningún temor a ser contaminados por los colores o pinturas venidas del otro lado del mundo; cuando los padres permanecían confiados en sus casas y sus trabajos, mientras sus hijos iban a las escuelas, sin miedo a que los hombres malos los raptaran o les hicieran cualquier daño; cuando los ancianos paseaban en los parques, seguros del respeto y consideración de los viandantes; cuando el respeto por la persona humana, la solidaridad, la sencillez, la honradez y el trabajo posibilitaron en menos de cien años transformar este mundo.

Es duro rememorar cuando no se requería de tantas Notarías para hacer convenios y celebrar contratos, porque la palabra entre dos o más hombres, tenía más fuerza que cualquier documento, porque el honor era indestructible y su fuerza la daba precisamente la dignidad de los concertantes; cuando la promesa de amor y lealtad no requerían de prueba especial, porque la integridad era parte de nuestra naturaleza; cuando los maestros enseñaban a sus pupilos, convencidos de que formaban ciudadanos buenos para una patria con suficiente espacio para propios y extraños.

Remueve el alma rememorar cuando los pastores y sacerdotes en sus iglesias hablaban de un Dios amoroso, misericordioso y al alcance de todos que solo exigía de nosotros… el amor, representado en solidaridad humana permanente con nuestros semejantes; cuando los Gobernantes trabajaban muy duro para fortalecer la libertad, la igualdad, la paz y la justicia, como un derecho inalienable de todos sin distinción de clase social, posición, prestigio, nacionalidad, raza o sexo.

Apena evocar cuando los vocablos corrupción, drogas, secuestro, pornografía, pedofilia, no tenían un sentido real o ninguna vigencia para la mayoría de las personas, porque simplemente… le eran desconocidos.

Ah… por cierto, cuando todos teníamos libre acceso al agua y por tanto no teníamos que pagarla más cara que… la gasolina.

Porque si me dejo vencer por la nostalgia que produce el recuerdo, tendré absoluta conciencia de todo lo que hemos perdido y que no tendrán mis nietos; que no disfrutarán esos niños que crecen en una sociedad inconsecuente, cortoplacista, simplista, consumista, casi sin integridad personal y sin valores reales; irresponsable y desprejuiciada, que los trajo al mundo sin su permiso y olvidó su sagrado deber de preservarles un mundo de paz y armonía, ecológicamente equilibrado y donde todos tengan un espacio para ser felices, como ellos lo heredaron de sus mayores.

Por eso solo escribo… escribo, escribo con mis manos, pero dejando parte de mi alma en ello, como una oración a Dios y para todo el mundo, con la esperanza de que su fuerza no sólo llegue a Dios, sino a los oídos de todo habitante de este planeta; para que se unan en esta cruzada por salvar la tierra de un futuro que… ya está aquí, porque el mundo se nos está recalentando aceleradamente y casi no hacemos nada por evitarlo; porque los mares se están contaminando a la vista y la indiferencia de todos; porque en una orgía de destrucción, las fábricas y los gigantescos conglomerados humanos irresponsablemente y sin ningún control, inyectan al ambiente y a las aguas toneladas de productos químicos que las contaminan.

Pero aún siendo tan grave la situación, si todos nos disponemos, sí que tiene solución, o al menos podemos retardar la catástrofe. Pero no puede ser un Gobierno o una ONG, o alguna Organización ambiental sola. No, tenemos que luchar juntos, todos unidos: grandes, chicos, jóvenes y viejos, todos sin excepción; cada uno poniendo nuestro granito de arena para cuidar del ambiente y preservar la naturaleza, así como engrandecer el alma de las personas en vez de utilizarlas como mero medio de enriquecimiento. Sé, que si nos empeñamos lo lograremos, porque somos imagen y semejanza de Dios, tenemos parte de su poder y estamos obligados a cuidar esta tierra que Él nos dio por heredad.

No tengo ninguna duda de que somos capaces de hacerlo. Por eso pido por favor, hagámoslo ahora cuando todavía hay tiempo y de paso regalémonos una muerte en paz, al tiempo que obsequiamos a nuestros descendientes un grato recuerdo de quienes hicimos todo lo que estuvo a nuestro alcance, por cancelar esa deuda existencial que adquirimos con nuestros ancestros: procurar a nuestros descendientes un mundo bueno para la vida.

Próxima Entrega: LA COMPETENCIA IMPERFECTA

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  Dique de Guataparo-Valencia, Venezuela

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Considerando el contenido de la entrega anterior requeriremos reinventarnos, que para eso tenemos nuestro intelecto. Debemos encontrar en cual recodo del camino andado se nos quedaron esos valores fundamentales, cuyo déficit produjo este paroxismo hacia un desarrollo en función económica y a costa de la destrucción de nuestros elementales medios de vida.

Pues bien, para lograr el objetivo de recuperar lo perdido, es fundamental la actitud de aceptar con valentía que hemos errado el camino; convenir que estamos a tiempo para corregir lo equivocado e iniciarlo ya, ahora mismo, no mañana ni pasado. Porque la tarea es muy urgente: hay niños en las guarderías y están naciendo nuevos; quedan ancianos en los asilos que se ganaron una vejez feliz; tenemos parejas con urgencia de procrear hijos, quienes merecen vivir en un mundo mejor.

Todavía nos quedan ardillas, algunas variedades de pájaros, y furtivamente podemos ver algunos zorros y mapaches; en los mares aún quedan ballenas y reservorios de variedades de peces, a punto de extinción, pero aun sobreviven; en Aspen, en la primavera y el verano, observamos algunos osos cruzando las calles; y en Boulder, ver dos o tres venaditos en los jardines de las casas es algo normal.

Los caudales del Nilo, Amazonas, Chang Jiang, Mississippi, Yeniséi, Amur y otros cuantos de los más extensos, todavía nos permiten con propiedad llamarlos ríos. Quedan en el mundo también grandes lagos, everglades y gigantescos humedales, como depósitos de agua; y La Amazonía sigue representado la tercera parte de los bosques del mundo. Pero todo eso pudiera cambiar bastante antes de lo que se espera.

Sin embargo, aunque todo nos indica que la situación es muy grave aun estamos a tiempo, sino de estructurar una solución definitiva, por lo menos de demorar y aminorar esa catástrofe ecológica que se nos viene encima. No es algo que podamos dejar de lado o considerar sin importancia. Se trata de nuestra subsistencia física sobre el globo, y nuestra posibilidad de vivir con plenitud los pocos días que conforman nuestras rasantes vidas sobre este planeta.

Pero si somos negligentes, si no vemos lo que se nos muestra en el horizonte, si no hacemos nada por ayudar a la solución, quizás, no nosotros pero sí nuestros hijos y su descendencia vivirán un mundo horrible: casi sin agua y aire puros, sin árboles, pájaros ni peces, con muy pocos alimentos y con todas las carencias imaginables que aumentarán las enfermedades físicas y mentales reduciendo la expectativa de vida.

Advierto que no hablo de milenios y pudiera ser que ni siquiera de siglos. Al ritmo de destrucción del ambiente que llevamos, la deshumanización e insensibilidad que se observa en los grandes conglomerados humanos, enriquecidos poblacionalmente con aquellos que dejaron el campo donde fueron abandonados a su suerte por los Gobiernos, seguramente en solo cincuenta años muchos de esos males pudieran actualizarse y una sociedad herida de muerte, especialmente de jóvenes, no tendrá como solucionarlo, sin que nosotros, los culpables, quienes fuimos incapaces de prever la catástrofe… podamos hacer nada.

Tampoco estaremos en capacidad de responder las angustiosas preguntas de los niños de porqué no hicimos nada por evitarlo cuando aún quedaba tiempo, porque los que sobrevivan ya estarán tan viejos que no podrán oír si se les piden cuentas, y los restantes estaremos unos cuantos metros bajo tierra, integrando aquella que una vez fue una capa vegetal fértil, pero que en esa época solo será el piso estéril de un mundo contaminado e improductivo.

Es por todo esto que estamos obligados a reflexionar, meditar, evaluar y… actuar. Pero, al menos yo, tengo que decirlo… escribirlo. Me siento obligado. Necesito gritar muy duro… pudiera ser que alguien me oiga. Porque soy un habitante de esta anciana tierra que debo considerarme privilegiado. Pertenezco a una generación de transición de este mundo, porque nací en los albores del nacimiento de la máquina de escribir mecánica y hoy manejo un computador de última generación. Pude ver los últimos barcos de vapor sobre el Río Orinoco y presencié los vuelos del Discovery. Todo esto en poco más de sesenta años.

Cuando finalizó el año dos mil experimenté la extraordinaria condición de conocer dos siglos y dos milenos, y eso no podrá repetirlo otro ser humano hasta dentro de novecientos años, y dudo que con lo que le estamos haciendo al ambiente alguien pueda lograr esa edad.

Creo que gritar y escribir es lo único que puedo hacer, porque no tengo más poder que mi palabra y mis letras, ni más alimento que las lágrimas que en este momento ruedan por mis mejillas y salpican las teclas de mi computadora.

Ciertamente no se a donde iremos luego de nuestra muerte, porque no tengo duda que nuestra alma es… eterna y Jesús decía «En la casa de mi Padre muchas moradas hay». Pero no quiero llevarme conmigo la carga de no haber hecho nada para evitar esta catástrofe ambiental, que consciente o inconscientemente le estamos regalando a las futuras generaciones…

Próxima Entrega: LO QUE EL TIEMPO NOS DEJÓ III

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     Nos sentimos vivos porque percibimos mediante nuestros sentidos un medio ambiente que nos circunda. Pero¿Qué sucede cuando por cualquier circunstancia nuestros sentidos no están activados y en consecuencia conscientemente no perciben nada? Pues no se que sucederá con los demás, pero en mi caso me ha resultado muy sano admitir que vivo únicamente veinticuatro horas. Esa es la extensión de mi vida real: consciente o inconsciente sólo vivo 24 horas.

     Nos sentimos vivos porque percibimos mediante los sentidos un medio ambiente que nos circunda. Pero ¿Qué sucede cuando por cualquier circunstancia nuestros sentidos no están activados y en consecuencia conscientemente no perciben nada?Pues no se que sucederá con los demás, pero en mi caso me ha resultado muy sano admitir que vivo únicamente veinticuatro horas. Esa es la extensión de mi vida real: consciente o inconsciente sólo vivo 24 horas. Muero cuando en las noches me vence el sueño, porque mientras estoy dormido no oigo, no veo, no hablo… no estoy consciente; y al no percibir el medio que me circunda, de alguna manera estoy en otra vida que no es esta de todos los días. Nazco o resucito al despertarme a un nuevo día. Entonces anticipo mis gracias a Dios por esas nuevas veinticuatro incomparables horas de vida que viviré, durante las cuales no tengo ninguna duda que Él estará conmigo. Y ciertamente, las vivo muy feliz.Quizás por eso será que no me pesan los veinticuatro mil noventa períodos de veinticuatro horas que he acumulado en mi vida.

     Para mí cada día es un evento maravilloso, porque no representa vivir veinticuatro horas más, sino vivir una vida más. Ahora bien, como mi vida es tan corta no me puedo dar el lujo de desperdiciarla, como pudieran hacerlo quienes viven contando períodos tan largos como los de siete mil setecientas sesenta horas que representa cada año, que es como decir que acumulan cada año trescientas sesenta y cinco vidas de las que yo vivo. De tal manera, estoy obligado a ponerle a cada una de mis vivencias el toque mágico que las convierte de normales en especiales, y ciertamente lo logro. Así, en mi corto lapso de vida la sonrisa de un niño toma una dimensión extraordinaria; el apretón de manos, un abrazo, un beso o la palabra amor, son simplemente espectaculares y las disfruto con fruición. El canto de los pájaros, el ruido del agua de las fuentes y la caricia de la brisa mañanera sobre mi cara, las atesoro como si fuera la última oportunidad de sentirlas. El agua, los alimentos que ingiero y los paisajes que observan mis ojos, los bendigo como algo especialísimo que Dios me regala sin preguntarme si los merezco o no.

     No hay cosa o situación que en ese corto período experimente, que para mí no tenga un motivo de alegría.Bajo esa consideración especial de lo efímero de mi vida, que es lo único que es realmente mío, no permito de ninguna manera ni por ningún concepto, que nada ni nadie perturbe mi sensación de deleite. En obsequio de lo cual, no acepto que el pasado, que para mí es un muerto y por el cual nada se puede hacer, afecte mi maravilloso día de hoy.Tampoco considero ningún argumento que tenga que ver con el futuro. Entre otras cosas, porque el que vive veinticuatro horas como yo, para su propia tranquilidad no tiene que preocuparse de algo que nunca tendrá: futuro. Mi especial condición me mantiene a salvo de esa fuente generadora de preocupaciones como es el no conocer que sucederá mañana que afecta a los demás seres humanos, por cierto, sin saber siquiera si para ellos llegará.

     De todas maneras, por mi naturaleza imperfecta, en cualquier oportunidad que intento comportarme como un ser humano normal, de esos que viven por años y les preocupa el futuro, termino concluyendo que de cualquier modo el futuro es un evento absolutamente imprevisible e incierto, que se parece a la muerte porque no se sabe como ni cuando llegará; pero como me he acostumbrado a que todas las noches me acuesto y convivo con ella durante el sueño, por lo cual la conozco muy bien, pues ya la muerte tampoco me preocupa.Sin embargo, a veces dentro del mundo de las especulaciones pienso: si me preocupara el futuro yo no tendría ningún problema, porque lo único que se puede hacer por el futuro es hacer las cosas bien hoy, y eso no debería ser una excepción del comportamiento humano, sino la regla; para terminar aceptando que lo mejor que me ha podido pasar, es ser un ser anormal que sólo vive veinticuatro horas.

     Por otra parte, esta particular forma de ver mi corta vida me obliga a reflexionar sobre el hecho de que, ciertamente somos nosotros y nadie más quien le da color, sabor, magia, fantasía y trascendencia a las cosas que nos suceden. Pero lo más importante de mi deducción es la certeza de que es dentro de nosotros mismos y no afuera, donde se produce esa operación mental e intelectual que causa este fenómeno tan interesante que es la felicidad. La otra conclusión interesante que me ha regalado mi concepción filosófica de corta vida, es que si como es cierto soy yo el que le da los matices de beneficio o perjuicio a lo que hago o me acontece, y que eso se produce en mi ser interior, pues entonces estoy a salvo de cualquier eventualidad dañosa que venga del exterior y que pudiera afectar mi felicidad, porque al fin y al cabo, soy yo el que decide su nivel de afectación, y ni tonto que fuera para darle un matiz negativo.

     Pudiera ser que muchas personas no entiendan esta forma particular de ver la vida, porque pareciera lógico que más que vivir un día, aspiren a vivir muchos días. Es posible que eso sea lo razonable en un mundo de personas normales –grupo al cual para mi bien yo no pertenezco. Por tanto, me imagino que cuando lean estas reflexiones no solamente no estén de acuerdo con ellas, sino que hasta me pongan el apodo de “hombre de un solo día”, lo cual pudiera ser que no me haga muy feliz porque tengo mi nombre propio.Pero de lo que sí estoy absolutamente convencido es que prefiero vivir veinticuatro horas felices, que muchos días, meses y años con la permanente preocupación de lo que me dejó ayer o me traerá un mañana, que ni siquiera puedo saber si llegará para mí. Así que correré el riesgo de que cuando me vean por la calle, socarronamente y con una sonrisita burlona, en voz baja digan: ahí va el “hombre de un solo un día.”

Próxima Entrega: EL TEMOR… ENEMIGO NÙMERO UNO

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