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Archive for the ‘AUTOCONTROL’ Category

Una lectora me solicitò la repeticiòn de este artìculo publicado en 2008, que espero lo disfruten.

Hoy, cuando los temores abundan porque se teme al terrorismo internacional, asesinos en serie, depredadores infantiles, al VIH, los precios del petróleo, al recalentamiento global y… pare de contar, cualquiera de estas realidades, sin considerar otras muchas como perder los bienes, un amor o un ser querido, se convierten en factores de perturbación, que podrían llevarnos a un estado mental de pseudoparanoia, por decir lo menos.

¿Qué hacer frente a tantos posibles riesgos?

Como habitante de esta aldea global que crece y crece… sobre todo en problemas, no creo exista una fórmula mágica para la tranquilidad que funcione para todos. Pero sí puedo comentarles lo que, siendo menos joven en años y en bienes materiales que muchos, he hecho para evitar que esos agentes negativos afecten mi decidida intención de continuar disfrutando una vida feliz.

Acepto y asumo mi vulnerabilidad personal física; admito que puedo ser objeto de esa violencia indiscriminada e injustificada, que pareciera haber llegado al mundo para quedarse, quien sabe por cuanto tiempo. Pero al asumir y aceptar los riesgos, abro opciones que me permitan vulnerarlos, o por lo menos disminuirlos.

Me convenzo de que se trata de riesgos POSIBLES pero no actualizados. Por tanto, dependerá de como actúe el que esas posibilidades no se conviertan en reales probabilidades, para lo cual debo neutralizar el temor porque distorsiona la realidad y magnifica situaciones que aún no han llegado y quizás… nunca lleguen.

Controlado el temor, desenvaino mi arma más poderosa: mi fuerza espiritual que me asegura que soy un pedacito de Dios, quien es el más poderoso y me transmite parte de su poder y sabiduría, dos elementos contundentes frente al mal.

Para atenuar las posibles contingencias malignas, me escudo en mi amor por la gente y mi sentimiento de aceptación a mis hermanos humanos, quienes, en su mayoría, son buenos y sólo buscan ser aceptados y tomados en cuenta con todas sus virtudes y… defectos.

Pero lo más importante para evitar que me afecten gravemente esas posibles contingencias dañosas, es mi convicción absoluta de que nada, ni una hoja se mueve sin la voluntad de Dios; y que, independiente de cual sea la magnitud del riesgo o peligro, su acaecimiento siempre dependerá de su voluntad.

Así he vivido mis 69 años y aquí me tienen feliz, con salud, con una bella familia. Siempre bajo la protección de Dios, haciendo las cosas que pienso le agradan, cuales no son difíciles, pero además agradables: confiar en su poder y bondad, aceptar y amar a mis hermanos como a mi mismo, compartir con ellos y tratar de serles útil. Confieso que no me ha sido difícil entenderlo, asumirlo y convertirlo en mi arma defensiva más eficaz, quizás porque me ha funcionado… siempre.

Por eso hoy, mi admonición final es: NADA PUEDE AFECTARME SI DIOS NO LO APRUEBA y Él sabe mejor que yo lo que me conviene. Puedo vivir tranquilo: estoy en las mejores manos.

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«La madurez de un ser humano se refleja en sus actos, no en sus años»

La Sabidurìa, como continente de todas las virtudes humanas, debe estar orientada al bienestar del hombre y por tanto irremediablemente vinculada al amor y la felicidad; como cosecuencia, sus contenidos son trascendentales para el amor y la felicidad. Hoy me ocuparè someramente de uno de ellos, la madurez, cual deriva de la aptitud para establecer control y equilibrio sobre la individualidad.

No es cierto que para adquirir madurez se requiera haber vivido muchos años. En el camino de mi vida he dialogado con personas de avanzada edad, quienes actuaban de forma inmadura.

Asimismo, conocì personas muy jòvenes, quienes reflejaban en sus comportamientos una madurez envidiable para cualquer venerable anciano. Es que, el desarrollo de la madurez tiene que ver como concibamos la vida y las cosas, porque dependiendo de esa ideologìa, a su vez daremos o restaremos trascendencia al resultado de nuestros actos.

Es que la madurez, reune condiciones intrìnsecas del ser humano que, como consecuencia de la aplicaciòn de sus facultades congnitivas y volitivas, decisivas en su vida, tienen que responder a un especial autocontrol y equilibrio, para que al final se reputen positivas.

Se trata de atenuar o endurecer tendencias naturales, sentimientos, carácter, sueños, ambiciones, emociones, temores, arrojo y fantasías, que deben ser debidamente enmarcadas en el sitio que corresponda, en esa tabla de ajedrez que conocemos como el arte de vivir… bien; vale decir, disfrutar de una existencia edificante, en paz y armonia con nuestros semejantes y el medio ambiente.

Sin duda, para adquirir madurez se requiere inversión en paciencia, perseverancia, humildad, compromiso y reconocimiento, cuales son elementos vivenciales que traemos al arribar a esta vida fìsica. Es la madurez lo que nos permite conciliar lo inmediato con lo mediato, en funciòn de una meta especìfica; aceptar las dificultades como enseñanza; tomar y mantener las decisiones, porque han sido producto de la reflexiòn; aceptar los errores y aprender de ellos; sustituir la suerte por la diligencia y el trabajo; mantener la confianza frente a la situaciòn adversa; contabilizar la generosidad como una experiencia maravillosa; aceptar la diversidad como un regalo de Dios; admitir que para amar todo tiempo es bueno y no se debe desaprovechar ningùn espacio, porque no sabemos hasta cuando tendremos la oportunidad de experimentarlo.

No es la madurez algo que la vida nos regala, sino la capacidad que adquirimos para ubicarnos debidamente sobre esta madre tierra.

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«NUESTRA ESTABILIDAD EMOCIONAL DEPENDE DEL EQUILIBRIO DE NUESTROS SENTIMIENTOS»

Factores de diversa índole, algunos positivos y otros negativos, colman nuestra vida diaria, obligándonos a establecer un EQUILIBRIO EMOCIONAL, indispensable para lograr una vida feliz.

Venturosamente, son más las bendiciones, situaciones y circunstancias edificantes, que las que por sí mismas aparentan, o amenazan con convertirse en negativas. De tal suerte, la estabilidad emocional no es algo que pueda adjudicarse, adquirirse o tomarse prestado; se trata de una circunstancia muy personal: nuestra circunstancia; cual a su vez, es producto del equilibrio que establezcamos en nuestro interior, entre lo que consideramos positivo o negativo, lo cual responde a la trascendencia que le demos al personalísimo mundo de nuestra cotidianidad.

No se trata de cómo se desarrollen los eventos, sino como los asimilemos; no es el por qué, cómo y cuando sucedan, sino en la entidad y tiempo que estimemos que puedan afectarnos. Por ejemplo, perder un amor o una oportunidad cualquiera, su efecto dependerá de la trascendencia y tratamiento mental que le concedamos. Tenemos la posibilidad de considerarlo negativo, triste e inclusive doloroso; pero también la opción de considerarlo positivo, porque nos abre la  oportunidad de comenzar nuevas y emocionantes relaciones o mejores y más actualizadas opciones.

Personas estables emocionalmente en diversas ocasiones me han comentado: vivo feliz gracias a mi nueva pareja; o ahora tengo una vida más holgada gracias a que fui despedido y logré un trabajo mucho más remunerador. Otros me han manifestado que, si no me hubiese sucedido un percance, que en su momento consideré negativo, hoy no tendría tal o cual beneficio que ha superado mis circunstancias de aquella oportunidad. Estos testimonios afianzan mi convicción de que estamos obligados a buscar y encontrar el lado positivo de las cosas, en ese camino de alcanzar una vida mejor.

No somos un accidente sobre esta tierra, sino la hechura más acabada de una fuerza suprema y universal, que es perfecta: DIOS. Es nuestra decisión la trascendencia que le otorgamos a los acontecimientos. Nadie puede ayudarnos a resolverlo, porque sólo nosotros gobernamos en nuestro interior.

Si tenemos fe en Dios y en nuestra propia diligencia para procurarnos una vida feliz; si nos producimos tranquilidad espiritual, amando a nuestros semejantes y manteniendo la convicción de que nada sucede sin una razón; si nos acostumbramos a estudiar primero el lado positivo de los acontecimientos, aceptándolos como una posible enseñanza o apertura de una nueva oportunidad; si nos condicionamos a convertir los problemas en asuntos por resolver, sin duda lograremos esa estabilidad emocional, sin la cual es imposible lograr nuestra máxima aspiración como seres racionales: SER FELICES Y HACER FELICES A NUESTROS SEMEJANTES.

Si tienes alguna duda o requieres aclaración sobre el tema aquí tratado, el correo del autor está disponible: amauricastillo@gmail.com

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«LA SOLEDAD Y DESAMPARO, SON MITOS QUE ROMPE EL AMOR Y LA CONFIANZA EN DIOS.»

imagesAyer, leí que un hermano venezolano asesinó a sus tres hijos y luego se suicidó; y digo hermano, porque era tan hijo de Dios y como nosotros, nació en esta noble tierra.

¿Por qué lo hizo? ¿Cuál fue su motivación?… Vaya usted a saberlo.

Para muchos, se trata de una noticia de «sucesos» o de la página «roja» de la prensa. Pero en verdad, es una gran tragedia, y estamos obligados a meditar y reflexionar sobre el por qué no solamente venció el mecanismo de defensa más arraigado de sobrevivencia física, sino que destrozó el nexo más hermoso, edificante, y si se quiere sagrado, de protección que nos vincula a nuestros hijos.

¿El nivel de culpabilidad de esos infelices no tendrá que ver con cada uno de nosotros? ¿Todos no somos uno con Dios? ¿Acaso… con la muerte de esos niños inocentes, de alguna manera no murió un pedacito de nosotros mismos?

Es urgente reflexionar sobre el por qué de esa cuasi-tragedia diaria en que hemos convertido este hermoso mundo, que en su máxima expresión se grafica en estos eventos; o al menos, introspeccionar qué nos toca hacer para ayudar a evitarla.

Factor dominante: ¿Soledad, tristeza, temor, rabia, frustración, desesperanza, dolor, insensibilidad e indiferencia afectiva? Quizás un poco de cada uno. Cuál de ellos el imperioso, no lo se; pero presiento el origen real… la fuente del problema: siendo nuestra especie vulnerable e indefensa frente a un medio ambiente determinado por una naturaleza de fuerza descomunal e incontenible, imprevista en sus grandes catástrofes; adicionado al deterioro progresivo de nuestro hábitat, cargado de variados y complejos asuntos que nuestra civilización ha inventado; sin un apoyo extraordinario, supra natural, la mente simplemente no resiste y explota en esa tragedia inconmensurable, y… el hombre mata al hombre.

Ante tan terrible realidad, no solamente lloro por los niños asesinados, sino también por esos desdichados actores, a quienes quizás, nunca, nadie les enseñó que no existe otra manera de hacer la vida buena, aún en sus peores momentos, que no fuere sintiendo amor en nuestro corazón, en su fuente principal: DIOS, que nos da fe y confianza en que somos uno con Él, y por tanto, nunca estamos solos ni desamparados.

Es un problema que nos afecta a todos, sin excepción. Todos estamos obligados a hacer algo, que no es tan difícil. Solo tenemos que amar, amar mucho a nuestros hermanos para que no se sientan solos, relegados, excluidos, ni desamparados. Requerimos hablar, interesarnos por sus problemas; abrir los brazos, el corazón y la mente para que todos nos sintamos hormigas de la misma cueva; pero especialmente, tenemos que ayudarlos a regresar al regazo de Dios, porque esa es la única protección real frente a un mundo, que con intención de hacerlo mejor, lo hemos convertido en muy complejo para lograr una realización personal, distorsionada por una creciente vanidad y antivalores como la riqueza fácil y el consumismo exagerado, que chocan con esos valores tradicionales que hicieron un mundo bueno para nuestros predecesores.

Ayer también se desgarró el corazón de una madre por su hijo que murió, que aún siendo el autor de esta tragedia, para ella sigue siendo… bueno; igual como lo fue Judas para la suya.

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«Mi libre albedrío y estado de ánimo, pintan el cuadro de mi vida.»

Positivo o negativo, es una condición que acompaña cada uno de nuestros actos, así como los efectos de las acciones de otros, sobre nuestra propia vida. Pero ¿Es esa realmente su esencia o naturaleza?

Sin entrar en análisis filosóficos de alto vuelo, se me hace que en mucho, es nuestra actitud frente a los sucesos que nos afectan, lo que le da la característica de positivo o negativo, porque lo que pudiera considerarse negativo o positivo, convive holgadamente en el mundo de nuestras circunstancias y depende del juicio que de ellas personalmente hagamos.

Para ejemplarizar con los valores, todos son bipolares: frente al bien, el mal; frente al amor, el odio; frente al perdón, el rencor; frente a la alegría, la tristeza; frente a la risa, el llanto; y así, sucesivamente. Pero ¿Quién le da la característica, sentido o trascendencia al evento? Nosotros, dentro de lo más interno de nuestro ser, donde no hay posibilidad real de que alguien más interfiera.

Si alguien me expresa que el nacimiento o la muerte son buenos o malos, positivos o negativos, me manifiesta su parecer, su forma muy personal de ver el asunto, pero yo tengo una reacción interna que es únicamente mía, y que puede ser diametralmente opuesta a la expuesta. Tampoco importa el criterio que yo manifieste al respecto, pero lo cierto es que en lo más profundo de mi intimidad, yo tengo mi propio concepto.

De tal suerte que el hecho de que un acontecimiento fuere positivo o negativo, en el más alto porcentaje no corresponde a la naturaleza del evento en sí misma, sino a la manera como yo lo asimile, como lo perciba; su trascendencia se la otorgo yo, conforme a mi propia circunstancia vivencial. De hecho, hay quienes sufriendo una penosa y larga enfermedad, solicitan por favor la muerte; pero otras, en idéntica situación, luchan desesperadamente por mantenerse vivos. De igual forma, mujeres hacen hasta lo imposible por concebir un hijo, por considerarlo el máximo de su felicidad; mientras otras que conciben, abortan por considerarlo una situación desastrosa.

Asimismo, personas que ambicionaron y lograron poder y riquezas concibiéndolos positivos, luego, con el correr del tiempo, por razón del efecto en sus vidas, lo consideraron detestable y origen de sus mayores males. El caso más patético fue el de el Rey Salomón, quien habiendo tenido las más grandes riquezas y placeres mundanos, terminó expresando que todo eso era «…vanidad y aflicción de espíritu», expresión superlativa de la negatividad.

Por otra parte, vemos personas sin ningún poder o riquezas quienes aman y disfrutan la vida, son felices y todos los días en ese mundo maravilloso de las cosas sencillas, dan gracias a Dios por esa inigualable bendición de mantenerse vivos; ellos estiman la vida en sí misma y sus circunstancias personales, más allá de cualquier consideración marginal, un hecho permanente de felicidad que recrean en cada momento de su existencia.

No tengo duda entonces de que, es mi libre albedrío, en concordancia con mi estado de ánimo, los que le dan el tinte positivo o negativo a cualquier circunstancia de mi vida; y como estoy anotado en la lista de quienes la felicidad es su color de identidad, pues, simplemente, para mí la mayoría de los eventos que vivo son positivos, pero los que no lo fueran, yo me encargo de conceptuarlos como tales. Al fin y al cabo, como lo expresara Ortega y Gasset: «Yo soy yo, y mi circunstancia.»

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«Como obra de arte, sólo yo decido si soy estupendo o un… adefesio.»

Como ser humano soy el material ideal sobre el cual recrear  una obra de arte, porque como entidad físico-espiritual cuento en mi propia persona con todos los elementos necesarios. De alguna manera, puedo ser una roca sobre la cual esculpir una estatua; un lienzo sobre el cual plasmar una obra pictórica; pero también tengo en el alma una lira, donde tañen notas, surgen frases y metáforas, suficientes para escribir las más hermosas sonatas y las historias más bellas, sobre un mundo y una vida que también… son míos.

Yo decido mi propia obra y sobre ella trabajo desde que tengo uso de razón; puedo iniciarla, suspenderla, retomarla o, simplemente, quedarme como materia prima, dejando que los acontecimientos hagan de mí lo que les de la gana.

Este mundo es mi casa grande donde puedo vivir a mis anchas, dependiendo de los matices que quiera darle. El medio ambiente, que es mi espacio vital, me regala todo lo necesario para vivir; mi gigantesca familia humana se convierte en mi mayor motivación, y el amor que inunda mi ser abre mi espacio infinito, donde Dios guía permanentemente mis pasos.

Mi naturaleza es bondadosa y mi inclinación vocacional hacia el bien.  Dispongo de la mayor capacidad de adaptación, de acción y reacción frente a cualquier fenómeno o evento, y la fuerza de mi amor no tiene límites. Tengo el poder de transformar el medio geográfico dividiendo los mares, horadando montañas, secando lagos y construyendo islas. Puedo vencer cualquier enfermedad, soportar cualquier tempestad y volar físicamente como los pájaros, y con mi mente traspasar el tiempo y el espacio.

Fabrico la felicidad o la tristeza según mi estado de ánimo. Concibo la belleza o la fealdad, según mis personales parámetros. Los colores conque pinto mi vida, los emotivos olores y las notas musicales que me hacen presentir al ser amado; los sabores más exquisitos y la tersura de la piel, que son el introito al placer sensual, no son más que producto de mis sentidos; yo lo decido, doy la orden y yo mismo la satisfago sin requerir de nadie más que de mí mismo: soy un milagro andante, el milagro de… Dios.

Nada ni nadie puede evitar que sueñe, y lo que es más importante, que transforme mis sueños en realidad; que confíe en mi propio potencial humano, que presienta lo mejor de la vida y que logre mi realización material y espiritual; porque como hechura máxima de Dios, soy yo mismo quien esculpo esa obra de arte sobre mi propio ser.

Así, puedo ser roca o plastilina y en ellas puedo reflejar el amor o el dolor. Puedo ser el hermoso e inigualable paisaje de la vida buena o el borrascoso grabado de la desesperación o la tristeza. Mi obra puede representar la ternura o la ira, el dolor o la alegría, la resignación o el entusiasmo, el fracaso o la esperanza. Puedo diseñar mi  cielo o mi propio infierno. Todo yo lo decido y nadie puede interponerse en mis deseos, que nacen y se desarrollan en lo más recóndito de mi alma, cual mantengo en permanente contacto con mi Padre Celestial.

Si hago de mi vida una obra de arte estupenda o un adefesio, no es algo de lo que pueda responsabilizar a nadie más que a mí mismo. Es una opción abierta hasta el último segundo de mi existencia. Dispongo de todos los materiales, la creatividad y la fuerza para construirla. Pero, por si fuera poco, Dios estará conmigo en el camino de lograrlo.

Manos a la obra, todos los tiempos son buenos para comenzar o… recomenzar.

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La importancia de mantener una buena imagen física, reside en el hecho de que las personas mientras no nos conocen, la única idea que pudieran hacerse de nosotros estaría motivada por nuestra presencia física.

 Como consecuencia, el mantener una imagen impecable puede ser determinante, tanto para quienes nos observan como para  nuestra propia satisfacción personal. 

Esa misma armonía física que aporta al sentimiento de autoestima, debemos procurarla en nuestro espíritu, cual incide de manera definitiva en la capacidad para ser felices. De tal suerte que, como nuestro cuerpo, requiere ser maquillado cuando fuere necesario. 

Algunas experiencias vividas van dejando una especie de cicatrices en el alma, que si no son atendidas, debida y oportunamente, terminan afectándola y como consecuencia, desmejorando nuestra calidad de la vida. 

La mejor manera de «maquillar el espíritu», es extirpando por siempre los recuerdos desagradables e ingratos; perdonando los agravios y aceptando la imperfección del ser humano, que en muchos casos, lo lleva a actuar más compulsiva que racionalmente.

 La actitud positiva frente a la vida, convenciéndonos de  que las actuaciones de las demás personas, cuando parecieren agresivas o desconsideradas, sólo son el reflejo de su propia personalidad, que es diversa, se constituye en la mejor «crema» para maquillar nuestro espíritu.

Eliminar el temor, sobre la base de la confianza en sí mismos y la protección permanente de Dios, es la mejor «base» para un buen maquillaje del rostro espiritual.

 Recibir con amor y esperar lo mejor de cada día, disfrutándolo intensamente como si fuera el último, pero con vocación para vivir muchos años, es el mejor «reconstituyente»  para mantener lozana la muy delicada  piel del alma.

El amor espiritual vinculado a una actividad sexual plena, con la persona que amamos y hemos escogido para compañera de viaje largo, es «vitamina» que no tiene igual para mantener el espíritu en su óptimo nivel de eficiencia.

 La risa, el buen humor y trato afable, son el mejor «perfume» para el espíritu, porque inunda, refresca y contagia de optimismo el ambiente, impregnándolo de buenos presagios.

No hay mejor «accesorio» para el espíritu que el buen estado de ánimo, porque predispone el compartir y hace más grata la convivencia.

  Nuestra autoimagen interna no requiere de especialistas en cirugía reconstructiva o correctiva para variarla o mejorarla, porque depende de nuestra propia genialidad, actitud y aptitud para sentirnos plenos y satisfechos.

 Por tanto, si en alguna oportunidad baja nuestro biorritmo y sentimos nuestra imagen espiritual desmejorada, debemos echar mano del maquillaje espiritual dándonos un toquecito de amor, de la misma manera como lo hacemos con nuestro cuerpo físico para vernos mejor.

 Al fin y al cabo, no somos solo espirituales ni únicamente corporales; somos una conjunción físico -espiritual, que nos hace únicos y especiales sobre este planeta,  y eso requiere permanente atención, porque además es… inmutable. 

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¿A quién me parezco? ¿Con quien puedo compararme?

Creo que con nadie, porque simplemente soy  una individualidad; soy particular, diverso, típico… único. No hay ni existirá física o intelectualmente, nunca nadie exactamente igual como yo, o con idénticos sentimientos a los que yo experimento en cualquier circunstancia de mi vida.

De tal suerte, es  inútil y sin sentido práctico que me compare con alguien más, porque a ciencia cierta y de forma perfecta, no existen parámetros exactos para la comparación, ya que, como no soy exactamente igual a nadie más, siempre habría un desequilibrio, que de alguna manera, inclinaría el fiel de la balanza a favor o en contra.

Físicamente, siempre ha  habido o habrá alguien más alto, bajo, gordo, flaco, liviano, pesado, rápido o lento, fuerte o débil, sano o enfermo que yo. Como consecuencia, siempre ha habido o habrá alguien que me supere, por defecto o por exceso en cualquiera de estos aspectos, por lo cual, desde el punto de vista físico, no puedo considerarme  mejor o peor que otra persona; simplemente, soy diferente.

Intelectualmente, siempre han existido y existirán personas con más altos o bajos niveles de coeficiente mental que  yo; más o menos nobles, valientes, generosos, amorosos, positivos o negativos. Por tanto, no debo sentirme superior, inferior, mejor o peor que ningún otro individuo, precisamente porque soy diverso.

Mi atipicidad es mi escudo frente a esa sensación, que como casi todos los males que aquejan nuestra espiritualidad, son una creación maléfica de nuestra mente, que se traduce en sentirnos disminuidos frente a las cualidades, características, actuaciones o realizaciones personales de otros, conocido como el sentimiento de inferioridad.

Como es cierto soy atípico, diverso e individual en mi conformación física e intelectual, también lo soy en mis actuaciones y en mi forma de ver la vida y las cosas. Con respecto a otros individuos, soy mejor en algunos aspectos y actuaciones, pero peor en otras. Mis cualidades y condiciones corresponden a mi especial y única forma de ser y actuar, y por tanto, de alguna manera, en justicia son incomparables.

Dentro de mi esencia como ente particular, el resultado de cualquier comparación que haga con otro individuo, va a depender de criterios de «normalidad» predeterminados no por mí, sino por una sociedad,  en un momento y espacio determinados.

De la misma manera, no voy a comparar los hechos o actuaciones en sí mismos, sino lo que yo creo, estimo o pienso de ellos, en base a esos patrones sociales aprendidos, cuales considero aplicables en cada caso. En esa posible comparación, en su resultado incidirá especialmente la concepción personal del qué, el porqué y el cómo nos comparamos o medimos.

Estas premisas me llevan a la conclusión de que, definitivamente, nadie es superior ni inferior que yo en todo lo que haga, sino que en algunos asuntos -que no tienen por qué ser los trascendentales- alguien puede ser mejor o peor que yo, pero dentro de los parámetros de lo que, en una sociedad y un momento determinado, esos patrones que la rigen se determinen como «normales».

De hecho, lo que para una persona muy sensible o sentimental sea «normal», pudiera ser que para otra insensible y desentendida no lo sea, no obstante que esa sociedad donde se desenvuelva lo tipifique en uno u otro sentido. En este mismo orden, lo que para una persona resulte importante, trascendente o especial,  pudiera ser que para la mentalidad de otro, no reúna ninguna de esas valoraciones y lo estime desprovisto de toda importancia.

Para un jugador de béisbol, no es determinante para realizar bien su trabajo, tener la capacidad de memorización de diálogos o una especial capacidad gestual; como tampoco requiere fuerza en los brazos o velocidad al correr, una artista dramática para concretar una buena representación teatral.

En el caso citado, el primero funda su éxito en su capacidad física, que le permite superar en velocidad, agilidad y fuerza a sus contrincantes;  pero la segunda radica su éxito en su capacidad intelectual, que le facilita la memorización de los diálogos y la representación de sus personajes, de tal manera que motive a los espectadores. Por eso, la comparación entre ellos, respecto de lo que cada  uno hace, simplemente  no tendría sentido práctico.

Diferente es «qué piensa o estima cualquiera de ellos de lo que hace, o la valoración de lo que realiza la otra persona», porque eso corresponde a su manera muy personal de  ver e interpretar la vida y las cosas.

Todo esto me lleva a concluir que, como individuos, no somos ni «superiores» ni «inferiores» a nadie con respecto a nuestra vida integral. Simplemente somos «nosotros» y no tenemos por que creernos ni mejores ni peores que nadie, porque esas son apreciaciones personales nuestras, que nacen y se desarrollan en nuestro intelecto, por lo tanto no pueden ser generales, sino como nosotros individualmente las estimemos, cual sin duda puede ser bien diferente a la evaluación de otras personas.

Si algo pudiera ser trascendente en nuestra mayor aspiración vivencial, debería serlo el que,  sobre la base de los principios éticos y valores morales que rigen nuestra vida, en todas nuestras actuaciones, en vez de compararnos, imitemos la cosas buenas que observamos en la actuación de otros individuos, que con sus resultados nos demuestren que benefician a nuestros semejantes; lo cual también nos beneficiará como personas, y es completamente diferente a una comparación, que no nos deja nada positivo y casi siempre juega en contra nuestra.

Fuimos hechos por Dios individuales, diferentes y diversos, con el mandato de amarnos y ayudarnos de tal modo que hiciéramos lo más placentera nuestra corta etapa sobre esta madre tierra. Bajo esa consideración, el respeto por la individualidad, la diversidad y la disidencia, son condiciones fundamentales para el logro de la mayor aspiración  como personas y como colectivo: armonía, paz y felicidad.

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Estábamos citados para almorzar a una hora determinada. Llegó un poco retardada y me dijo que no tenía mucho apetito. La noté angustiada, preocupada, como en la frontera de la depresión. Como se trata de una colega de bufete más joven que yo, a quien por cierto aprecio especialmente, le pregunté si tenía algún problema.

 -Muchos, me respondió.

 Tengo tantas cosas que hacer que el tiempo no me alcanza. Me levanto muy temprano y regreso tarde a la casa, pero no obstante, nunca termino de hacer todo lo que me corresponde. Siempre estoy apurada pero siento que eso no me sirve de nada.»

 ¿Apurada por qué? -le pregunté.

  -Porque debo terminar todo lo que tengo que hacer en el día.

  -Pero…¿Lo logras? -inquirí nuevamente.

 -No. Me respondió -aunque trato no lo logro, por más que me apuro siempre algo me queda pendiente. Creo que algo anda mal conmigo.

 -Si, coincido contigo en que algo no lo estás haciendo bien. Se trata de que andas muy apurada y eso no te ayuda en nada, sino que, por el contrario, te perturba y resta energía.

Los antiguos decían que «De la prisa lo único que queda es el cansancio» y pienso que eso es muy cierto. Más allá de que la prisa nos resta capacidad de reflexión y análisis en lo que hacemos, lo cual se refleja en el resultado final, un principio supra natural nos indica que, en verdad, nosotros como humanos sólo proponemos, porque al final es Dios y nadie más quien dispone.

 Yo no tengo ninguna duda de que, como humanos, lo único que podemos hacer es ser diligentes al realizar las actividades que nos corresponden, pero hasta ahí. Si nos convienen o no, o si alcanzamos el final, es algo que no nos está dado conocer; al menos en el tiempo y la oportunidad que nosotros estimamos puedan ser los convenientes.

Nuestra diligencia conlleva reflexión, planificación y coordinación, en el camino de lograr nuestras proposiciones, pero con la convicción de que la decisión final no es nuestra, sino de Dios. Nosotros no hacemos nada más que proponer, acompañándolo de nuestro esfuerzo y diligencia, dentro de los parámetros de lo que consideramos normal.

De tal suerte, si estoy convencido de que mi actividad es sólo una proposición, que realizo  sobre la base de la reflexión, planificación y coordinación apropiadas, pues entonces  no me queda nada más para hacerla óptima que acompañarla con mi mejor diligencia. Reunidos y aplicados estos factores, que se de o no es algo que escapa a mi control.  La decisión es de Dios, lo cual por cierto me da una gran tranquilidad, porque Él sí conoce perfectamente que es lo que me conviene.

Todas nuestras actuaciones están enmarcadas dentro de máximos y mínimos que nos impone la vida; si nos salimos de esos parámetros por exceso o por defecto, el resultado será negativo. Entre otros aspectos, porque la naturaleza es equilibrio y nosotros somos parte de la naturaleza. Por eso en ninguna actividad  se nos exige ningún exceso, porque si nos excedemos desequilibramos la balanza indispensable para lograr buenos resultados.

Siempre recuerdo la experiencia de una familia italiana, quienes al llegar al Aeropuerto se sintieron tristes porque un atascón de tránsito en Nueva York les impidió llegar a tiempo  y perdieron el avión. Media hora después daban gracias a Dios por el incidente, porque ese avión saliendo del Aeropuerto de La Guardia se precipitó en el mar y fallecieron todos sus tripulantes y pasajeros. En este caso, ellos fueron diligentes al comprar, reservar y reconfirmar sus pasajes; asimismo, actuaron diligentemente contratando con suficiente tiempo el taxi, pero condiciones fuera de su control les impidieron llegar a tiempo para abordar. Fue que el resultado final no era de ellos sino de Dios, y por eso salvaron sus vidas.

La venturosa experiencia de esa familia italiana, es una de las muchas demostraciones de que fuerzas supra naturales rigen nuestra vida, a la cual nosotros solo le damos matices conforme a nuestro estado de ánimo.

Por eso todos los días sé cual es mi tarea para esas veinticuatro horas; reflexiono, planifico y coordino lo que debo hacer. Pongo lo mejor de mí en el empeño de lograrlo y trato de disfrutar haciéndolo. De tal manera, no tengo apuro por hacer más de lo que me corresponde, o de ganarle tiempo  a lo que debo hacer mañana, porque hoy pongo lo mejor de mí para lograrlo, pero si algo queda pendiente no me estreso, porque estoy seguro que hice todo lo necesario y con eso cumplí con mi parte. Lo demás, es obra de Dios y no tengo duda que Él sabe hacer las cosas muy bien.

En la mayoría de nuestras actividades, el cómo o cuándo hacemos las cosas son aspectos del proceso; pero el resultado importante es el final: llegar o lograrlo.

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Quienes hemos vivido largos años recibiendo de Dios tantas bendiciones, representadas en el amor, la salud, la paz, la armonía, la seguridad de que no estamos espiritualmente solos en este mundo  y la oportunidad de compartir con nuestros hermanos lo mejor de nuestras capacidades, conocemos que el cielo, sobre el cual tanto se ha especulado, especialmente las religiones, no está en ningún otro sitio que no sea dentro de nosotros mismos, en este mismo mundo que Dios nos dio por hogar.

 Pero… ¿Cómo es ese Cielo y qué hacemos para acceder a el?

 Creo que cada uno de nosotros tiene su especial manera de idearlo, conforme a la personal forma de ver la vida y las cosas. Será de acuerdo a lo que estime que es su concepto de plenitud, lo que definirá su  «cielo», que por cierto, es bien particular.

En mi caso, descubrí que mi cielo, el único que acepto,  tiene muchas rendijas por las cuales puedo accederlo, pero una de las más expeditas son los ojos de mis  nietos.

 Cuando me hablan con curiosidad, ingenuidad e inocencia de las cosas más nimias, con esa emoción atropellada e inocultable de quienes poco entienden pero mucho quieren conocer.

Cuando me abrazan de forma tan espontánea, contagiándome ese entusiasmo que una sociedad adulta y desconfiada casi me había robado del recuerdo.

Cuando ensucian de helado mi camisa nueva, sin más preocupación que el desperdicio de su merienda, cual es lo único que tiene importancia porque, para su felicidad, desconocen los convencionalismos sociales.

Cuando me miran con esos ojos, como dos lagos de color indefinido pero llenos de ternura,  siento que es una rendija por donde puedo escapar a mi cielo.

Por ellos ingreso a ese otro mundo, que de su mano sabe a caramelo, huele a flores y se inunda con sonido de campanas.

Donde no hay que bajar la voz, ni reír a medias, ni decir lo que no se siente, porque no hay adultos para imponer reglas que combaten… la felicidad.

 Donde puedes soñar con los ojos abiertos, porque no tienes que imaginar sino vivir tus sueños.

Donde puedes pasear con Pinocho sin preocuparte de su nariz, porque es parte de tu propia ilusión.

 Donde puedes hablar con Alicia y sentirte de… maravilla en su país de… chocolate, sin la severidad de quienes hace mucho enterraron… su propio niño.

 Donde puedes romperle ventanas a las nubes y hacer pompas de jabón con el viento, montados en el lomo del dragón de tu propia utopía.

Donde puedes mojarte bajo la lluvia y jugar con las ranitas en la mitad de la calle, sin la torva mirada de quienes han perdido la capacidad de sentir en la piel y en el alma… la naturaleza.

Donde puedes hablar con las mariposas, reír con las flores y dialogar con las fuentes, sin que te tilden de loco, cual es la solución  de los adultos  a lo que no entienden.

 Sin embargo, cuando un pellizco, una carcajada o su llanto me regresan a este mundo real, tengo la sensación de que en verdad todo fue un sueño. Mi sueño de segundos, que es como decir… mi cielo.

 Y ya no tengo más duda de que el cielo, mi cielo, me acompañará donde quiera que yo vaya. Siempre va a estar ahí, conmigo. Sólo tengo que idearlo, sentirlo, vivirlo, porque es una parte de mí mismo. Nadie puede diseñármelo, regalármelo o… quitármelo jamás.

 Como la mayoría de las circunstancias de mi vida, se encuentra bajo mi control. Es mi decisión ingresar a mi cielo, cuantas veces quiera; tengo la posibilidad permanente de vivirlo o no.  Mi libre albedrío, que unido a mi estado de ánimo, me dan la posibilidad de diseñar mi mundo.

 Claro está, cuando se trata de mi cielo, nada más expedito que la mirada siempre alegre, desprejuiciada e inocente de esa rendija mágica que son… los ojos de mis nietos.  

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