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Archive for the ‘AMAR ES COMPARTIR’ Category


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¿Cómo viven los millonarios? No se ni me interesa; quizás porque he tratado de cerca unos cuantos, siendo casi una constante verlos siempre apurados, estresados, malhumorados y con deficiente relación familiar.

Algunas personas al desear “vivir como millonarios”, se refieren a lo único que pudiera diferenciarlos: su riqueza. Pero es que no es la riqueza lo que define su disfrute de la vida, porque lo que un ser humano requiere para sobrevivir no  amerita grandes cantidades de dinero, porque en el más alto porcentaje se encuentran a su alcance, sin mayores  requerimientos económicos, porque se trata de alimentos, asistencia a la salud, educación, vestidos y un sitio donde habitar, lo cual puede ser adquirido con trabajo, diligencia y eficiencia.

¿Qué podría comer, tomar o usar un millonario, diametralmente diferente a lo que tiene acceso una persona común y corriente? No mucho; especialmente si consideramos que el mejor aderezo para disfrutar de un alimento o bebida, lo es el apetito; y que, más importante que el tamaño, calidad o ubicación de una cama, para el buen reposo lo es el sueño.

Una persona que vive y mantiene una familia con su trabajo, no tiene mucho de que preocuparse, porque su diligencia, dedicación y cumplimiento le asegura el sustento; su única ocupación, más que preocupación, es cumplir cabalmente con su obligación, por lo cual tiene la tranquilidad mental y suficiente tiempo para atender esa familia que comulga con él sus alegrías, problemas y necesidades.  Especialmente su cónyuge, quien no tiene que compartirlo con sus largas reuniones de negocios y relaciones públicas, que restan tiempo para el solaz y disfrute del hogar.

Nuestra diferencia con los seres irracionales, es precisamente, no conformarnos con lo material únicamente, sino requerir para nuestra plenitud de otros elementos que no pueden ser evaluados desde parámetros netamente físicos, porque corresponden a nuestra esencia espiritual. Como resultado, más que una casa, auto, mobiliario caro, delicatesses o dinero,  ambicionamos amor, solidaridad, lealtad, salud física y mental, tranquilidad espiritual y compartir lo que disponemos, con las personas que amamos.

Pudiera ser que algún millonario disfrute de esas bendiciones de Dios –que no requieren riquezas- pero serían excepciones; no obstante, en las personas comunes con crecimiento espiritual, eso es lo normal.  Por eso, prefiero disfrutar el mundo de las cosas sencillas, cual no requiere dinero para dar plenitud sino una actitud positiva, lo cual está al alcance todos,  y venturosamente,   es parte de mi personalidad.

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«LA FELICIDAD VIVE EN EL MUNDO DE LAS COSAS SENCILLAS»

CHICOS WILLIASM 23No es posible hablar de una fórmula para ser felices, pero menos establecer reglas generales en este asunto. Se trata más que de reglas, de condiciones para sentirse feliz.

La felicidad es individual porque es interna y surge de los eventos diarios, funcionando diferente para cada persona. Así, lo que para uno pudiera representar una situación de felicidad, para otro pudiera ser únicamente un momento agradable, pero no feliz.

Se trata de cómo nos sentimos en cada instante; de cómo percibimos las situaciones que pudieren afectarnos. Sin duda, la mayor fuente de felicidad es el amor; por el somos concebidos, nacemos y por el vivimos. Es un sentimiento maravilloso, que nos eleva por encima de nuestra propia naturaleza, a tal grado que en pro del bien de otros, neutraliza nuestros más ancestrales e instintivos mecanismos de defensa.

Tenemos abundantes motivos diarios y muchas oportunidades para disfrutarlos; tantos, que casi todo acto o hecho es factible para ser felices; como por ejemplo, pertenecer a una familia que nos ama y escucha, cuando tanta gente vive sola y carece hasta de alguien con quien comentar sus buenos o malos momentos.

Mirar el brillante amanecer, percibir la quietud y frescura de la noche; escuchar el canto de los pájaros y la voz de las personas amadas; la fragancia de las flores y ese familiar olor de nuestra compañera de viaje largo; degustar los manjares que nos ofrece la naturaleza, mientras hay tanta personas impedidas de hacerlo y otras que ya nunca podrán experimentarlo, son motivos para ser felices.

Tener alguien que con amor, ternura y solidaridad comparte nuestra vida; concebir, procrear y disfrutar de un hijo; estudiar, culturizarse y crecer espiritualmente; lograr ingresos suficientes para una vida digna y satisfactoria; disponer de buena salud, actitud positiva y el convencimiento de la protección de Dios, son situaciones comunes, pero que podemos hacerlas extraordinarias fuentes de felicidad. La conciencia de que aun con nuestra casi absoluta vulnerabilidad frente a la naturaleza y el medio ambiente, siempre hay Ser Superior velando por nosotros, es nuestro mejor recurso para sentirnos felices.

No evaluar todas estas bendiciones que están a nuestro alcance con el menor esfuerzo, pensando que se requiere un evento extraordinario para se felices, sería un grave e irreparable error. Especialmente, porque esa riqueza de eventos y oportunidades que pueden darnos plenitud, corresponden a circunstancias y situaciones obvias de nuestra vida diaria, pero no a nada que pudiere considerarse extraordinario, especial o muy difícil de lograr, ya que corresponden al maravilloso mundo de las cosas sencillas, y se producen en cada minuto y a cada paso de nuestra vida diaria. Si actuamos con inteligencia, los convertimos en factores de felicidad; pero si no fuéremos cuidadosos y observadores, seguramente nos pasarán desapercibidos y se nos iría la vida esperando un evento especial, que quizás… nunca llegue

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“VIVIR INTENSAMENTE CADA SEGUNDO ES MI PARTE EN ESTA VIDA.”

CIELO IIIPara satisfacer una inquietud de un consecuente lector de este Blog, hoy trataré sobre las posesiones materiales e intelectuales y su trascendencia en la vida terrenal.

¿Qué tengo en esta vida que pudiera considerar exclusivamente mío o llevarme al más allá?

Creo que nada; al menos, nada físico o intelectual que pudiera permanecer por siempre; porque todo, incluida mi propia persona, es esencialmente… temporal.

La vida no me pertenece porque es de Dios, quien decide hasta cuando puedo mantenerla. Mi esposa, quien amo por encima de todo lo demás, tampoco es mía porque, como mis hijos y mis amigos, también son de Dios; y siendo que nos une el amor y el cariño, que no son físicos, son sentimientos que no necesito llevarme porque son parte de mi espiritualidad.

¿Y el fruto de mi trabajo, el producto de mi dedicación y mis desvelos, tampoco son míos?

Pienso que sólo podemos disfrutarlos, porque en esencia los tenemos prestados mientras vivimos, porque donde vamos… no los necesitaremos.

Los bienes, el poder y la fama, que pudieran complementar nuestra felicidad, al ser eventuales, nadie puede asegurarnos su permanencia. En principio, los bienes  así como nuestros cuerpos, por ser físicos, volverán a la tierra a la cual pertenecen; el poder y la fama, no existen físicamente, sino que representan operaciones mentales que se quedan en el mundo de la intelectualidad, porque no pueden ser cuantificadas, evaluadas o físicamente determinadas, pero menos aún trasportadas o transferidas.

¿Y mis conocimientos y la sabiduría adquiridos?

Esos valores corresponden a nuestra individualidad, por lo cual  tampoco son susceptibles de transferencia; únicamente podemos aprovecharlos en nuestra condición físico-espiritual y al morir, por carecer de uno de esos elementos, ya no nos servirán  para nada.

Pero… ¿Qué tengo entonces? ¿Qué es realmente mío?

Tu capacidad de amar, de disfrutar, de compartir, de ser útil en tu hoy, que es inmutable e impredecible, pero que puedes manejar a tu antojo. Tu gran tesoro es el vivir ese maravilloso presente donde puedes aplicar todas tus capacidades para ser feliz, porque depende de la aplicación de tu estado de ánimo a tu libre albedrío -que son únicamente tuyos- para sacar el mejor partido a esas muchísimas bendiciones que Dios te da… todos los días.

Para evitarnos preocupaciones por atesorar o cuidar bienes materiales, fama o poder, Él los hizo temporales en esta vida e innecesarios en el más allá. Fue por ese acto de amor que no trajimos nada físico a este mundo; precisamente para que nunca olvidásemos que como llegamos, así nos iremos: desnudos de cuerpo y alma.

Nada físico tiene demasiada importancia, más allá del disfrute y el compartir con nuestros hermanos humanos esta bella vida que Dios nos dio. Lo que es muy importante, lo trascendente, lo que no muere, como mi alma y mi amor, como vinieron se irán y de ellos no quedará recuerdo perdurable en esta tierra.

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«EL AMOR NO CONOCE LA PACIENCIA, LA RESIGNACION NI LA RENUNCIA»

700Atendiendo a la inquietud de una consecuente lectora de este Blog sobre si en una pareja se puede engañar al corazón, debo comentar que en artículos anteriores determinamos que el amor físico-espiritual no muere, sino que cuando le falta la alimentación adecuada disminuye, hasta ponerse como en estado de hibernación, para revivir cuando vuelva a recibirla, pero no muere.

No obstante, existen quienes debido a factores de formación familiar, religiosa, temor a la condena social u otra conveniencia cualquiera, desestimando el amor como base fundamental sobre la cual se constituye una pareja, encierran un amor verdadero hacia una persona determinada entre las rejas de sus sentimientos, mientras hacen pareja con otra con la esperanza de que el recuerdo de ese amor no logrado, les de suficiente fuerza para sustituir el amor por la costumbre, constituye un grave error porque amor y costumbre pudieran en algunos casos parecerse, pero son sentimientos completamente diferentes.

El amor entre dos personas que se aman no conoce la paciencia, la resignación ni la renuncia; es un sentimiento de urgencia de acercamiento, de pasión, de dar, de recibir, de compartirlo… todo; es idilio, sueño y… magia.

Idealizando al corazón como el emisor y receptáculo del amor, pienso que no debemos engañarlo. Tratar de mentirle es jugarse a sí mismo una mala pasada. Por eso si alguien hace pareja con quien no le llena integralmente ese sentimiento arrobador que es el amor, pudiera ser que mantenga esa relación, pero nunca experimentará ese sentimiento emocionante, mágico, de color y música inidentificables, que te sumerge en un viaje casi etéreo, de explosión de sensaciones sin tiempo ni espacio definido, donde todo lo das sin dejar nada para ti y de donde no quisieras regresar… nunca.

Es que el sentimiento de amar a una persona es tan dinámico y tiene tanta fuerza que no podemos contenerlo, porque sería contrariar nuestra naturaleza. Tratar de sustituirlo por algo parecido, de alguna manera, sería como traicionarnos a nosotros mismos. Pero en el caso de la pareja, sería un acto premeditado de deslealtad que limitaría el disfrute integral de una relación tan hermosa, que precisamente por la entidad de su grandeza, eternizamos mediante la descendencia.

No obstante, en algunos casos, por razones insuperables, alguien pudiere perder el amor de la persona amada, y dejando atrás los recuerdos siga adelante en busca de su felicidad. Esas personas muy valientes no engañan su corazón, sino que como el amor siempre está vivo, hacen uso de su derecho a ser felices y logran encontrar en el camino, ese alimento que lo revive: respeto, ternura, comprensión, aceptación, solidaridad, buena comunicación, lealtad y sensualidad.

Creo que como hijos de Dios tenemos derechos inalienables y dentro de ellos, de manera especial, el de amar y ser amados por quien con plena libertad de elección lo decidamos, y en defensa de ello estamos obligados a luchar porque ello nos permite realizarnos física y espiritualmente.

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«PODEMOS HACER UNA SOLA HUELLA Y… YA NUNCA ESTAREMOS SOLOS.»

301429727_77916357ce_mEn el orden general de nuestra vida, desde que adquirimos raciocinio, sentimos la necesidad de avanzar… nunca devolvernos; cuando por alguna razón, justificable o no, tenemos que hacerlo, recibimos la sensación de que perdimos un tiempo precioso. Es que, con razón, presentimos que hay algo mejor para nosotros que se encuentra adelante… y tenemos que alcanzarlo.

¿Quién nos lo enseña u ordena? Creo que lo traemos impreso en los genes. De alguna manera, es la concreción de que somos espíritus viviendo experiencias físicas de progreso, para avanzar a otro nivel más elevado… que sobrevendrá.

No obstante, este mundo natural que es nuestra casa, lo palpamos inconmensurable, expectante, imprevisible y con reacciones que nos persuaden de la necesidad de encontrar un compañero con quien hacer más interesante, seguro y divertido, en ese largo viaje que nos espera.

Independiente de la edad, raza, sexo, nivel cultural, social o económico, todos, salvo muy raras excepciones, orientamos nuestra mayor capacidad a buscar ese compañero de viaje… largo. Es por lo cual tratamos de lograr conocimiento, cultura, poder, fama y riqueza; siempre con la esperanza de que tales factores privilegien nuestra capacidad para lograr, de la mejor manera posible, el encuentro maravilloso con esa persona especial que compartirá nuestro destino.

Venturosamente, en nuestro camino, en sentido contrario pero en la misma vía, siempre viene alguien en busca exactamente de lo que tenemos y podemos dar; que comparte nuestra ideología, sueños y ambiciones. Nos encontraremos y se producirá el contacto mágico de sentimientos compartidos; se conectarán las energías positivas; se producirá el circuito que encenderá la llama del amor; nos embargará esa sensación mágica del idilio; la emoción, la ternura y la pasión harán un coctel sublime que recorrerá nuestra espina dorsal produciendo una sensación nueva; enterraremos nuestro natural egoísmo, compartiremos todo; haremos una sola huella y ya nunca más estaremos… solos.

Ese es nuestro destino; al cual tenemos derecho y debemos procurárnoslo. Dios nos dotó de todas las capacidades para lograrlo. Tenemos que buscar y encontrar esa persona que nos ame, respete, edifique y esté dispuesta a unir caminos para hacer con nosotros una sola vida, porque es la unión de pareja el terreno abonado para sembrar nuestra simiente, que no solamente dará frutos buenos, sino que materializará la extensión de nuestros más bellos sentimientos, más allá de nuestra propia vida terrenal.

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¿PUEDO ABRAZARTE?

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Cuando pagaba en la caja del supermercado, observé que las personas de la cola estaban serias, entonces tarareé una canción; la cajera sonrió y me dijo ¿Porqué está tan feliz? y las restantes personas sonrieron.

Luego, encontré una pareja joven que entraba y les saludé amablemente; me sonrieron y saludaron alegres. Más tarde encontré uno de mis relacionados, lo saludé afablemente diciéndole: -es Navidad ¿Puedo abrazarte? -Claro que sí, me dijo y sentí la calidez de su abrazo.

Todo esto me hizo preguntarme: Si a la gente le agrada cantar, saludar y abrazar a sus amigos ¿Por qué no lo hacen? ¿Qué les limita? ¿Dónde se nos quedó la espontaneidad, alegría e interés por los demás? Porque, cuando saludamos o expresamos: ¿Cómo estás? demostramos nuestro interés por esa persona, que nos alegramos de verla y que nos importa.

¿Qué nos sembró de indiferencia sobre las cosas bellas, irreemplazables e irrepetibles que nos brinda un hermoso día lleno de colores, sonidos y extraordinarios pequeños detalles? O, ¿Una pacífica noche, cómplice de nuestra aventura amorosa? O, ¿Esos maravillosos seres dadores de amor que son nuestros hermanos humanos?

No encuentro explicación racionalmente aplicable. Intuyo similitud con quien no disfruta del color y aroma de una rosa por temor a espinarse; no observa ni siente las olas del mar por miedo a ahogarse; no sale al campo por miedo a una serpiente; o teme entablar una relación íntima para evitar que puedan herirlo: todo absolutamente injustificado.

¿Acaso estamos permitiendo que el temor… a todo, nos robe la espontaneidad, alegría, disfrute, sensibilidad y solidaridad humanas? ¿No fue a disfrutar de esta vida que vinimos a este mundo? ¿No está Dios al lado de nosotros para cuidarnos?

Siento que debemos forzarnos por no permitir hacernos tristes. Tenemos todo para ser felices. Solo se requiere cambiar de actitud. Tenemos que sonreír más, saludar a las personas y demostrarles que nos interesan; pero especialmente, hacer algo para que sientan que las amamos. Es todo lo que necesitan para cambiar esa cara recelosa, seria, preocupada,  por la otra: alegre, fresca, radiante de… amor.

Inténtelo, no es tan difícil y cuántos amigos nos regala. Comience ahora, que se sentirá muy bien. No olvide que «EL QUE ES RICO EN AMIGOS, ES POBRE EN DIFICULTADES.»

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«No andes solo porque si tropiezas no tendrás quien te levante y si estás triste no tendrás quien te consuele.»espalda-vista-pareja-posicion-medio-camino-bxp197277

Nuestra vida sobre esta maravillosa tierra de Dios, no es más que un avanzar, siempre en busca de algo mejor. De tal manera, desde que entendemos nuestra individualidad, capacidad y poder heredado de Dios,  iniciamos conscientemente la caminata en busca de la realización personal, y ya no pararemos hasta lograrla.

¿Quién nos lo enseña u ordena? Creo que lo traemos en los genes y tiene que ver con la inmutabilidad de nuestro sentido de avanzar y nunca retroceder. De alguna manera, es la concreción de que, ciertamente, somos espíritus utilizando esta experiencia física, para progresar y prepararnos para otro nivel más elevado, que sobrevendrá.

En esa corta pero interesante vida terrenal establecemos prioridades, dentro de las cuales pareciera la más importante agenciarnos compañía para el viaje, que al compartir nuestra ideología, sueños, ambiciones e intereses, camine a nuestro lado hasta que sus pasos se confundan con los nuestros y hagamos… una sola huella.

En cada una de las oportunidades que he logrado neutralizar algunos naturales mecanismos de defensa, que una sociedad compleja crea en los seres humanos frente a su propia especie, he verificado que, independiente de la edad, raza, sexo, nivel cultural, social o económico, todos los seres humanos, salvo muy raras excepciones, orientamos nuestra mayor capacidad, a buscar ese compañero de viaje… largo.

En lo más profundo de nuestro ser, donde no cabe la mendacidad ni la actuación teatral, más allá de cualquier nivel de  altruismo, en verdad, tratamos de lograr conocimiento, cultura, poder, fama  y riqueza, con la  esperanza de que tales factores, privilegien nuestra capacidad para lograr, de la mejor manera posible, el encuentro maravilloso con esa persona especial que compartirá nuestro destino.

Presentimos que en nuestro camino, en sentido contrario pero en la misma vía, de allá para acá siempre viene alguien en busca exactamente lo que tenemos y podemos dar; que comparte nuestra ideología, sueños  y ambiciones. Con ella nos encontraremos, y entonces, sin saber cómo, cuándo ni por qué, se producirá el contacto mágico de sentimientos compartidos; se conectarán las energías positivas; se producirá el circuito que encenderá la llama del amor; nos embargará esa sensación mágica del idilio; la emoción, la ternura y la pasión en un coctel sublime recorrerán nuestra espina dorsal produciendo una sensación nueva; enterraremos nuestro natural egoísmo, compartiremos todo  y ya nunca más desearemos estar… solos.

Pienso que todos los seres humanos, sin excepción de ningún género, tenemos el derecho a compartir nuestra vida con quien nos ame, respete, edifique y esté dispuesto a unir caminos para hacer con nosotros una sola vía. Por eso, soy un convencido de que es la unión de  pareja  el terreno abonado para sembrar nuestra simiente, que no solamente dará frutos buenos, sino que materializará la extensión de nuestros más bellos sentimientos, más allá de nuestra propia… vida.

Nadie debe concebir excepcional el logro de la felicidad. Por el contrario; fuimos diseñados por Dios para ser felices y traídos a esta tierra para lograrlo. Sólo se requiere nuestra diligencia, porque ese Padre Celestial que conoce mejor que nosotros lo que más nos conviene, siempre estará con nosotros en el camino.

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«SOY UN TODO CON DIOS Y… CONTIGO»

Leyendo el criterio del Dr. Roy Jenson sobre el «coito social», en su interesantísimo libro «Viva no Sobreviva», derivado del significado originario del vocablo coito cual no es otro que «conversación» o «interacción», se me ocurre reflexionar sobre la importancia de que esa comunicación diaria con nuestros semejantes, de alguna manera esté imbuida de ese mismo entusiasmo, que se hace presente cuando compartimos algo muy importante e íntimo; en el caso de la interacción humana, nuestra condición de seres intelectivos, sensibles, afectivos y solidarios.

Nuestra naturaleza gregaria nos induce a conectarnos mental y emocionalmente con la idea de compartir vivencias,  experiencias y… ayuda mutuas, como condición para aumentar nuestras probabilidades de vivir  una vida plena, cual no es posible de lograr aislados  o en solitario. Por tanto, se requiere el esfuerzo de sentir a las personas con quien nos comunicamos, haciendo el ejercicio de ponernos en su lugar, y sinceramente,  interesarnos por sus particulares situaciones.

Pienso que debemos conectarnos con el alma de nuestros interlocutores, que es como decir, imbuirnos de su situación, fuere buena o mala. En el primer caso, compartiendo su alegría y sus buenos augurios, porque el compartir aumenta la placidez; en el segundo, dando apoyo moral, y a ser posible físico, a fin de que la carga se haga menos pesada, porque cualquier situación por desagradable que fuere, siempre es más llevadera entre dos, que en solitario.

Somos un todo con Dios y con el resto de los demás seres humanos. Por tanto, las experiencias de mi hermano, de alguna manera tocan mi bienestar. Somos como órganos de un mismo cuerpo; si se afecta un órgano, influye en su integralidad funcional. De tal manera, así como cuando disfruto el éxito de mis hermanos, cuando me solidarizo con su dolor, les abro mi corazón y les ofrezco mi mano solidaria, estoy contribuyendo con  mi propio bienestar.

Es que no sabemos ser felices en soledad. Todos necesitamos de… todos. Compartir nuestra existencia es condición sine qua non para lograr nuestra realización material y espiritual.

Nuestros hermanos humanos son el mayor regalo que Dios nos dio, porque sin ellos nuestra vida no tendría significado. Por eso tenemos que amarlos, aceptarlos, entenderlos, edificarlos,  y  a ser posible, convertirlos en parte de nosotros mismos. Fue eso lo que quiso significar Jesús cuando enseñaba: «Ama a tu prójimo como a ti mismo.» En esa sencilla expresión nos dejó un compendio filosófico de amor, fe y esperanza; pero también, por nuestra diversidad natural, nos dejó un compromiso: aceptar a nuestros hermanos humanos como Dios los hizo, porque al ser hechos  a su imagen y semejanza, no existe ninguna posibilidad de identidad, porque Dios es esencia, energía y poder juntos, sin imagen determinada; más allá del tiempo y el espacio.

Si reflexionamos sobre este tema, entenderemos todo lo hermoso, amoroso, sensible y solidario que está guardado, hibernando  en cada ser humano, siempre esperando que alguien toque la puerta y despierte su caudal de amor, para saciar su sed de dar.

Sin duda, es la necesidad de sentir que somos parte de un todo; que no estamos aislados y que nuestros asuntos son del interés de esos muchos hermanos nuestros, que Dios puso sobre esta tierra para que nunca nos sintiéramos solos. No asimilarlo sería  una torpeza… imperdonable.

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«DE NUESTRO ESTADO DE ANIMO DEPENDE NUESTRA FELICIDAD»

Si como lo comentamos en la entrega anterior, los elementos físicos necesarios para subsistir no son difíciles de lograr, y los factores de carácter espiritual necesarios se encuentran disponibles dentro de cada ser humano y dependen de su voluntad, surge una nueva pregunta:

¿Por qué tantas personas dicen que les es difícil o imposible lograr la felicidad?

Creo que se trata de que para ser felices, en principio, es indispensable la disposición a sentir, más que predicar o aconsejar, qué hacer para sentirse feliz. Se requiere experimentar en el cuerpo y en el alma la extraordinaria sensación de vivir. Conviene asumir nuestra temporalidad sobre este planeta y como consecuencia, no desperdiciar ni un segundo para disfrutar de tantas bendiciones que sobre el existen para nuestro deleite; especialmente nuestros hermanos humanos.

Ser feliz no es difícil; amerita una actitud personal positiva frente a todo evento y circunstancia vivencial. Cada instante de nuestra vida es una oportunidad para la bonanza, el solaz, la ternura, el amor y el compartir. Toda circunstancia, por desagradable que pareciere, tiene una parte positiva y/o didáctica que nos prepara para un futuro mejor.

Se trata de nuestra disposición personal para ver la parte bella de la vida, la parte edificante de las situaciones humanas; de aceptar los buenos momentos como regalos de Dios, y los desagradables, como la enseñanza necesaria para lograr una vida plena.

Como producto natural somos un milagro; como la obra de Dios, simplemente magníficos. Tenemos la máxima capacidad de adaptación a cualquier medio y a cualquier situación por grave que fuere. No hay límites para nuestra felicidad, más que aquellos que nosotros mismos nos imponemos. Fuimos diseñados por Dios para ser felices y no serlo es… anatema.

No importa el tiempo o espacio donde nos ubiquemos, porque en cualquier dimensión conocida existen las condiciones para la realización personal. Nuestra inteligencia, sentidos y el poder recibido de Dios, son superiores a cualquier dificultad. Por eso siempre, en todas partes y en todos los tiempos existieron personas felices que entendieron esta realidad y disfrutaron de una vida edificante y plena. Otras que las ignoraron y como consecuencia disminuyeron su capacidad para ser felices.

Nosotros, los cristianos, aprendimos de Jesús que si tenemos a Dios en nuestro corazón, para lo cual debemos tener paz, amor y actuar con justicia, todo lo demás nos será dado por añadidura, y eso hacemos.

Por todo  eso no dudo en asegurar que ser felices no es nada difícil, porque se reduce a una actitud, a una forma de ser; a la utilización positiva de nuestro estado de ánimo.

De alguna manera, la felicidad responde a nuestra seguridad de que no estamos solos en este planeta, sino que Dios está con nosotros, manteniéndonos todas las condiciones para que podamos realizarnos material y espiritualmente.

Es así de simple. Depende de nosotros y de nadie más aceptar estas verdades, hacerlas parte de nuestra vida y vivir intensamente cada segundo de esta bella vida que Dios nos regaló. Por cierto, pudiera ser nuestra más bella oración de agradecimiento a nuestro Creador.

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«TODO TIENE UN PROPÓSITO DIVINO, NO LO CONOCEMOS

NI TIENE IMPORTANCIA SABERLO.»

¿Por qué y para qué vinimos a este mundo?

Son preguntas que han ocupado la mente del hombre desde que adquirió conciencia racional, y especialmente, cultura.

En mi caso particular, esas interrogantes ni ocupan mi tiempo ni me quitan el sueño; sé que, a diferencia de los animales irracionales, mi vida tiene un propósito que me viene dado desde antes de nacer, del cual la parte fundamental como serían su magnitud y fin no me está dado conocer, seguramente para mi bien.

Respecto de cómo cumplirla, sé y estoy seguro de ello, que independiente de cual sea esa misión que debo cumplir sobre esta tierra, yo puedo matizar su desarrollo.  No tengo duda que, independiente de cual fuere mi tiempo aquí, el color y el sabor de mi estadía, de mi paso por esta vida, únicamente a mi me corresponde darlo.  No me preocupa el cuánto, sino el cómo. No es trascendente para mì cuanto tiempo voy a vivir, me importa la calidad de vida; y eso, gracias a mi estado de ánimo, que manejo a mi antojo, únicamente yo puedo decidirlo.

Por eso amo a las personas, pero además se los digo y también trato de probarlo con mis actos; porque cuando amo refresco mi alma y le doy el más hermoso color a mi vida. Asimismo, trato de ser útil, porque independiente de cual fuere mi misión, mi utilidad la hace más eficaz.

No me preocupa cuando deba dejar este mundo, porque estoy persuadido de que no será ni un segundo antes o después de cuando termine la misión para la cual fui traído.  No se me pidió opinión para traerme, por lo tanto tampoco se me pedirá para el retorno.

Vivo mi vida con toda placidez, dándole color y sabor a todos mis momentos, en ese maravilloso mundo de las cosas sencillas y cotidianas, donde nace, crece y se desarrolla mi felicidad; cual por cierto no corresponde a ninguna facultad especial, fórmula complicada, mágica o conocimiento especial, sino que se reduce a una sucesión de eventos, que nosotros podemos hacer agradables, cuales sin importar su entidad, representen realizaciones materiales y espirituales.

Elementos siempre a mi alcance, como una flor, una nota musical, la sonrisa de un niño, la mirada plácida de un anciano, el canto de los pájaros, el ruido de las fuentes, y la frase te amo pronunciada por mi amada, son parte fundamental de ese matiz de felicidad que doy a mi vida, por lo cual no requiero de nada extraordinario o rebuscado para disfrutar el privilegio de sentirme… felizmente vivo.

Por todo esto, no me es significativo conocer cuál es mi misión ni cuando terminará. Sólo me ocupo de vivir mi vida lo más feliz posible; amando a mis semejantes y edificándolos, lo cual además de serme grato, abona al éxito de cualquier cometido que me haya sido asignado cumplir sobre esta madre tierra.

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