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Archive for the ‘AMAR ES COMPARTIR’ Category

Hoy quiero compartir con mis consecuentes lectores, algunos pensamientos y antiguas enseñanzas que    por obvias nos pasan desapercibidas, pero son fuente de sabiduría; o al menos, abonan a ese concepto de inteligencia de que esta representa “…la medida de la capacidad de hacer las cosas bien, todos los dìas.”

Rreflexionar sobre que: debemos dar con alegrìa, màs a las personas de lo que ellas esperan de nosotros; no debemos creer en todo lo que oimos; gastar todo lo que tenemos; ni dormir tanto como podamos, son sabios consejos que quien los toma, logra una existencia màs productiva y reconfortante.

Recordar que cuando digamos: yo te amo debemos hacerlo con sinceridad; o lo siento mucho, mirando a los ojos de quien nos disculpamos, me consta que inspira aceptación, confianza y respeto por nuestra persona.

Jugar siempre limpio; nunca insultar a nadie; no juzgar ninguna persona por sus parientes, me ha evitado meterme en muchos problemas en la vida.

Hablar siempre claro y lento, pero pensando rápido; y sonreir diciendo: ¿Por qué deseas saberlo? ante una pregunta problemática de responder, les aseguro que ha economizado miles de horas de mi tiempo y quizás, algunos sinsabores.

Recordar que: grandes amores conllevan grandes riesgos; que, una pequeña pelea no debe hacer perder una gran amistad; y que, cuando se pierde se debe aprovechar la lecciòn, me han ayudado fundamentalmente, a poder orientar acertadamente, a quienes solicitan mi ayuda.

Aunque no lo comparto en su totalidad, sí considero apropiado reflexionar sobre este antiguo proverbio,  porque recordarlo y actuar en consecuencia, evitará situaciones inconvenientes: NO SE PUEDE RECOGER: la piedra, después de arrojada; la palabra, después de dicha; la ocasión, después de perdida; y el tiempo, después de pasado.

Tener respeto por mí mismo; respeto por los demás; y responsabilidad por mis actos, me han regalado cientos de consecuentes amigos y una familia amorosa, que han hecho mi vida màs agradable y buena.

Estar de novio por lo menos seis meses antes de casarse; creer en el amor a privera vista; amar profundamente y con pasiòn; nunca reirse de los sueños de otros; y decir salud cuando alguien esturnuda, contribuyó de forma decisiva a mi buena relación con quienes amo y la grata solidaridad de mis amigos, que contribuyeron con esa bella vida que por màs de sesenta y nueve años, Dios me ha regalado.

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«EL DIA QUE NO RIAS ES UN DIA PERDIDO”


Nuestra vida tiene tantas razones y circunstancias para hacerla edificante, que no celebrarlo sería ir contra nuestra razón e inteligencia.

Una diferencia fundamental con los animales irracionales, es nuestra capacidad de razonar frente al espectáculo maravilloso de nuestra vida; ese abanico de observación y expectación que nos hace la vida grata y emocionante.

En nuestro mundo espiritual percibimos sensaciones como las de sentir y disfrutar del amor, la belleza, la música y el arte, entre otras. Ejercitar la voluntad, generosidad, solidaridad y utilidad, nos posibilita alcanzar la felicidad, como realización físico-espiritual, que se traduce en la alegría de vivir. Esa visión que trasciende nuestra materialidad, donde la calidad supera la cantidad, nos hace especulativos, curiosos y creativos.

Frente a esa permanente búsqueda, que como seres inteligentes no podemos obviar, el único antídoto a la angustia de nuestra ambición nunca satisfecha, lo es el carácter alegre y positivo, bajo la premisa de que todo evento o circunstancia, siempre podremos ponerlo a nuestro beneficio.

El privilegio de respirar, sin adicionales valoraciones, es ya una fuente de alegría; pero las muchas bendiciones de que disponemos para disfrutar todos los días una vida llena de retos y sorpresas, conforman una fuente permanente de satisfacción y plenitud. Amar y ser amado, observar el paisaje geográfico, lleno de cosas hermosas; poder construir nuestra existencia conforme a nuestra decisión y esfuerzo, son todos motivos de alegría.

Conozco y trato con personas comunes y corrientes, pero que son alegres; nunca las he visto enfermas, tristes, perturbadas o estresadas, sino que sonríen, saludan, estrechan la mano o abrazan afectuosamente, produciendo una influencia positiva que es… contagiosa. Es que la alegría y felicidad previenen las enfermedades del cuerpo y del espíritu.

La felicidad depende de cómo asumamos la vida; por lo tanto, lo inteligente es tomarla como una emocionante e interesante aventura, llena de retos y oportunidades que podemos vivir alegres e intensamente. Como esta solución es fácil y depende de nosotros, mientras más pronto lo asumamos obtendremos mejores resultados.

Así que, a sonreír, alegrarse, forzar el buen humor, mirar el lado positivo de todo evento; y en vez de preocuparse por los problemas, ocuparse de resolverlos. Debemos recordar que, la diferencia entre una persona feliz y otra que no lo es, radica en que la primera cree y practica esta filosofía de la vida.

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AFRONTANDO ERRORES

Con el correr del tiempo, los seres humanos acumulamos errores y aciertos, que podemos lamentar, celebrar o simplemente… olvidar. Los aciertos, por sí mismos constituyen motivo de regocijo y de auto reconocimiento. Pero, los seres humanos suelen cargar sus hombros con los errores del pasado, acumulando frustración que enturbia su presente, en el cual por cierto nada se puede hacer por remediar el pasado. En otros casos, suelen lamentar dolorosamente tal o cual actuación o decisión –que hoy por sus nuevas experiencias- consideran hubieran podido evitar o tomar de forma más apropiada.

En verdad, no deberíamos lamentar lo que hicimos a conciencia, porque fue producto de nuestro libre albedrío, en una oportunidad determinada y por motivaciones específicas y especiales de ese momento. Es que, si salió mal o fue menos agradable de lo que hoy pensamos que hubiera podido ser, sería una consideración fuera de tiempo, porque lo que hicimos lo fue a conciencia y mejor o peor… lo vivimos de la forma como lo quisimos.

Nuestras actuaciones pasadas, acertadas o erróneas fueron nuestras; en su momento las meditamos, estimamos sus pro y sus contras; medimos el riesgo, decidimos y actuamos; de tal manera que, en su momento aceptamos sus consecuencias como producto de nuestras actuaciones propias y voluntarias. A nadie podríamos culpar de haber actuado como actuamos o haber sido como…fuimos: se trata de lo que fue, pero que ya no existe.

En aquellos tiempos amamos, reímos, lloramos, sufrimos, pero también… fuimos felices. Hoy no podemos calificar ninguno de esos sentimientos, porque, de alguna manera, sin ninguna duda e independiente de su entidad, somos… diferentes y la capacidad de comparación la afecta gravemente… el tiempo.

Afrontar con entereza, sin lamentos, dolor ni tristeza lo que ayer hicimos, independiente de su resultado no es más que reconocer nuestro derecho a actuar conforme a nuestra propia voluntad. Es ser consecuentes con nosotros mismos, con nuestros valores de ayer, de hoy y… de siempre.

Pero al final, si somos sinceros con nosotros mismos, aceptaremos que gracias a esa acumulación de experiencias mejores o peores, dulces o amargas, hoy tenemos mayor capacidad para evaluar situaciones similares o parecidas. De alguna manera, fueron la escuela donde educamos nuestro carácter, donde aprendimos que lo importante no es lo que hicimos o fuimos ayer, sino lo que hacemos o somos hoy; porque es ahora, en este momento cuando podemos experimentar lo bello de sentirnos vivo, felices y satisfechos con nosotros mismos.

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Vivo por días, lo disfruto intensamente las veinticuatro horas. Quienes viven por años tienen la posibilidad de ubicarse en la estación que les plazca disfrutandola a placer, porque no dependen de tiempo o espacio sino de su voluntad personal. Quien se sienta alegre, vigoroso y activo, disfrutando los colores de las flores, el canto de los pàjaros y la mùsica especial de la palabra amor, independiente de su edad, estará en primavera.

Si no obstante ser jóven se siente cansado, taciturno, pesimista, descuidando deleitarse en el bello sol del dìa, la calidez del frìo nocturno, la cantarina risa de los niños y el caer del agua en las quebradas, el aroma de las flores, estará ubicado en invierno.

Aquellos que sienten que la envidia corroe sus entrañas, que su vida no ha sido justa y se queman en la hoguera de los odios y la frustraciòn, viven en los rigores del calor del duro verano.

Los que se sienten doblegados por su edad avanzada, otorgando a la juventud màs trascendencia de la que tiene, sin considerar los grandes logros històricos de hombres realmente viejos; que el no disponer de riqueza y poder les hace demasiado vulnerables; que recuerdan nostàlgicos lo que fue y temen a lo que vendrá, viven sin remedio en el otoño.

Es que ser felices es un compromiso personal y una forma de agradecer a Dios nuestra existencia. Aun sin movernos podemos viajar con nuestra mente donde queramos y sin limitaciòn alguna.

Podemos soñar cuanto deseemos y convertirlo en realidad. Si imaginamos montañas cubiertas de nieve como maravillosas, podemos ser felices, pero si suponemos el frìo congelante, nos aterrorizaremos con su presencia. Imaginar ricos manjares, su sabor y aroma nos hace disfrutarlos con deleite, pero convencernos de que engordan o indigestan nos hace aborrecerlos.

Si aceptamos la enfermedad como excepcional y no como normal, porque son el escape de sentimientos retenidos, rencores y frustraciones represados; consecuencia de la insatisfacciòn, falta de desprendimiento, aceptación, amor y generosidad, nuestra salud será invulnerable. De hecho, no conozco personas realmente felices que se sientan o manifiesten enfermas.

Fuimos diseñados para amar, no importa donde, cómo, cuando ni a quien, y eso nos hace bellos, saludables y generosos. En una vida tan corta, donde los buenos somos mayoría, nuestro destino es hacer lo que nos satisfaga y nuestro fin la felicidad. Nos toca escoger y no es nada difìcil hacerlo.

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NOTA ESPECIAL: Por solicitud especial de  uno de mis queridos  lectores, me permito transcribir nuevamente este post, cual ciertamente es bueno para la reflexiòn.

«Con el niño activado, probablemente recordaremos los días de noviazgo con esa persona tan especial que fue joven, bella, dulce y glamorosa; que llenó las más hermosas horas de nuestra juventud. Porque ella está ahí, como siempre bella, dulce, tierna y con esa atracción especial de las niñas cuando se hacen… mujeres. Ella siempre ha estado cerca, muy cerca de nosotros, aunque a veces nos haya pasado desapercibido; y quizás más cerca que nunca porque ahora es nuestra esposa: la compañera de viaje largo que escogimos libremente y sin ningún apremio; nuestra inseparable amiga, única confidente segura, consecuente y…leal.

Es la misma que besaba las rosas que le llevábamos el día de los enamorados, flores que sigue amando, pero se contenta con verlas tras los cristales de la floristería, porque hace bastante tiempo ya que no le traemos una… para besarla. Aquella que esperaba temblorosa de emoción en los momentos íntimos, sólo al olor de ese perfume que sabíamos que le gustaba tanto y que usábamos especialmente para ella; pero que ahora más hermosa y más mujer, lo cual pareciera que a veces no notamos, tiene que contentarse con recibir el poco tiempo que nos quede, sin el perfume aquel que la hacía vibrar, porque ya no nos acordamos ni siquiera… cual era el que usábamos.

Todos esos bellos sentimientos en estado de hibernación; sueños casi evaporados por un tiempo que no termina de pasar; de emociones disminuidas y enfermas de gravedad, que se niegan a morir por causa de una realidad que no tiene razón de ser… como es, han producido esos vacíos vivenciales que aumentan nuestro estrés, que nos deprimen sin una razón aparente y que le hacen perder sabor a la vida, sembrándonos de interrogantes aterradoras; produciendo barreras en la mitad o más allá de ese camino que iniciamos con tanta emoción y entusiasmo, y que hoy amenaza con la monotonía, la nostalgia y el aburrimiento.

Enigmas que como la cizaña penetran nuestra alma y como hiedras clavan sus raíces en nuestros más puros sentimientos, obligándonos a hacernos las preguntas más lacerantes:

¿Valió la pena todo esto?

Para degradarla en mil interrogantes menores: ¿Quizás escogí mal? ¿Sería que me equivoqué en la elección? ¿Quién tendrá la culpa? ¿Debo hablar sobre ello o callar hasta que no pueda más? ¿Podremos rehacer lo andado? ¿Tenemos tiempo aún?. Creo que en este caso lo sano, lo inteligente, lo apropiado no es especular sobre lo que no se hizo, sino sobre lo que aún se puede hacer. Es revisarnos y escarbar dentro de nosotros mismos buscando las respuestas acertadas, pero no las que quisiéramos oír.

Si analizamos nuestra actuación a detalle, abriendo el corazón y nuestra alma a las personas que conforman ese entorno íntimo, y las aceptamos como son, con sus virtudes y sus limitaciones, seguramente entenderemos que en mucho hemos permitido que nos alejen de ellas, dejándonos llevar por la praxis de una vida todos los días más exigente y compleja, donde lo importante no es cómo nos sentimos, sino cuánto producimos. Sin tener real conciencia de lo que hacemos y sus consecuencias, nos han llevado a ambicionar bienes materiales, cuales la mayoría de las veces no son indispensables, con prioridad a los espirituales, que si lo son.

Tanta confusión nos ha orientado a equipar un hogar con una gran casa, con lujosos y confortables muebles, pero sin el sentimiento de compartir; mullidas camas, sin importar el sueño o la pasión de quien en ella nos acompaña. Riquezas que no pueden aportarnos ni un minuto de vida, ni pueden comprar amor, salud, amistad o lealtad, mientras el afecto familiar muere por falta del calor que le dio origen. Pero, gracias a nuestro origen divino, en el mundo de nuestra intimidad siempre hay tiempo para enmendar lo errado, especialmente si aún vive la llama del amor.

En el caso de la pareja, que es donde se producen más a menudo esos vacíos existenciales, conviene combatirlos en la raíz: la nostalgia, el desencanto de la pasión, la rutina y el hastío. Cualquier solución que se decida debe reforzar los sentimientos del amor y la solidaridad que produjeron la unión. Así, para combatir el desencanto y el decaimiento de la pasión, la solución es volver a enamorarnos. Volver a ver a nuestro cónyuge con ojos de enamorado; al menos para los hombres otra vez como novia, pero ahora más tierna, más hecha, más… mujer. Ahora, con más motivos por los cuales amarla: continúa amándonos, nos ayuda, nos soporta y por si fuera poco, nos dio nuestros bellos hijos.

Aprovecharemos que ella no tiene novio; tuvo uno y lo perdió cuando lo convirtió en su esposo. Es una oportunidad que no podemos desperdiciar. Nuevamente la enamoraremos y nuevamente nos convertiremos en su novio. Es todo lo que le hace falta: un novio a quien amar, con quien soñar, con quien fantasear. Un novio…mágico. Y… ¿Que fenómeno más mágico que un novio-esposo?

Sería simplemente fantástico. Se sentiría la mujer más bella, la más sensual, la más deseada y feliz del mundo. ¿Qué pensamiento nostálgico podría ser más fuerte que esa realidad maravillosa? Ninguno. Y el hastío y la rutina ya no tendrían cabida en la relación. ¿Quién podría hastiarse de un evento entre dos novios-esposos que se hacen amantes? Nadie que pueda considerarse hombre o mujer.

Entonces, ¿A qué esperar? Salga de su trabajo antes de la hora, pase por la licorería, compre champagne, galletas y caviar; no olvide la perfumería, usted sabe cual comprar. Ah… y recuerde las flores, pero una sola, eso es más íntimo… más significativo. Por cierto, antes de salir llámela e inteligentemente, sin dejar que lo imagine todo, dele un anticipo, algo que le haga pensar que debe ponerse sexy porque hay algo especial para ella… esta noche.

Como ya no soy tan joven por lo cual no estoy para emociones tan fuertes, no quiero imaginar a detalle el final de la velada. Al otro día, nadie debe levantarse temprano, ni los hijos ir al colegio. Le recomiendo un desayuno energético: huevos y tocineta para recuperar las fuerzas, pero eso sí, hechos por usted mismo. No importa si se queman un poco. Ella los comerá feliz.

Se me olvidaba. Regálese un día y no vaya al trabajo. Monte su familia en un auto y váyase a pasear, luego a almorzar fuera y finalice ese nuevo día con una película familiar, con cotufas y snacks.»

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TOÑO E ISA EN MIAMI  (2009)

¿Cuál es el factor fundamental que incide para que en las parejas, progresivamente decaiga el idilio, entusiasmo, emoción y pasión de los primeros tiempos?

Es un tema largo y complejo, pero aislando factores incidentes, pareciera ser que el primero es la rutina, que surge cuando los integrantes, imbuidos de su nuevo rol y la seguridad que conlleva, descuidan el comportamiento cuidadoso, atento, considerado y romántico, que dio origen a la unión.

Se hace pareja para dar permanencia a la relación que se disfrutaba como novios, bajo la premisa de que viviendo juntos,  los bellos sentimientos que alimentan el noviazgo, se harán más fuertes y solidarios.

Si la convivencia disminuye o desmejora esa emocionante sensación que mantuvoactivo el noviazgo, la frustración abona el terreno para el hastío, así como para las desavenencias, desacuerdos, desinteligencias y mala comunicación, que afectarán la convivencia diaria.

El alimento de la pareja lo es ese coctel cotidiano de amor, ternura, pasión, respeto, aceptación, solidaridad, lealtad y sensación de socorro mutuo, que  se constituye en blindaje para mantener relación en el tiempo.

El tedio y la rutina se combaten con el entusiasmo, positivismo, buen humor, creatividad y buena comunicación; sentimientos que únicamente surgen del amor, lo cual mientras este se mantiene vivo todo tiene solución, porque el amor lo puede todo.

Para reforzar el sentimiento de que la unión aporta y no disminuye emoción a la relación, debe mantenerse el mismo comportamiento atento, considerado, entusiasta, obsequioso y… enamorado, como en la época del noviazgo.

Descuidar la magia del te amo, las invitaciones, sencillos obsequios, salidas, y de vez en cuando una que otra locurita, es convertir lo que pudo ser emocionante y permanente, en rutinario y fastidioso.

El lenguaje del amor es muy variado: comprensión,  aceptación, atenciones, miradas, contactos de piel, guiños, señas; y las frases te amo y discúlpame que siempre deben estar presentes. Nathaniel Hawthorne, comentaba: “Las caricias son tan necesarias para la vida de los sentimientos como las hojas para los árboles. Sin ellas, el amor muere por la raíz”.

No olvidemos que quien nos escogió dentro de millones de otras opciones para hacer vida en común, lo hizo para producirse más y mejor amor, ternura, consideración, aceptación, emoción, compañía, seguridad y… buen sexo; todo lo cual bien podría lograrlo con otro que entendiera mejor ese privilegio de ser especialmente escogido para compartir cuerpo y espíritu, en el camino de hacerse la vida más grata, emocionante, segura, permanente y feliz.

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A medida que aumento el dialogo con diversas personas, fortalezco mi convicción de que primero enferma el espíritu y como consecuencia surgen la mayoría de las enfermedades que afectan nuestro cuerpo.

Pero… ¿Por qué enferma el espíritu? Por tantas causas cuanto actuemos o pensemos contrario a nuestra esencia divina que debería irradiar optimismo, seguridad, confianza, amor, aceptación y compasión hacia nuestros semejantes; o por causa de emociones reprimidas, tales como tristeza, ira, agresividad, resentimientos, odio, o temores que devienen de la falta de fe y esperanza en nuestro poder, inmanente a nuestro origen divino y condición racional.

Así, observo como las personas optimistas interpretan la vida como una oportunidad para experimentar felicidad y percibo su magnetismo positivo: sonríen, saludan alegres contagiando entusiasmo y en vez de hablar sobre resentimientos, tristezas pasadas o temores futuros, comentan el maravilloso hoy y sus circunstancias positivas, con vehemencia y confianza en que son y serán beneficiosas; y hasta ahora, ninguna de ellas me ha manifestado que se sienta mal o tema enfermarse.

Por lo contrario, para aquellas personas negativas, los inconvenientes del ayer y la imprevisibilidad del mañana, representan importantes factores de perturbación y preocupación; sonríen poco, les cuesta saludar, transpiran pesimismo y hacen pesado el ambiente; normalmente hablan de achaques, mala suerte, exámenes de laboratorio y su necesidad de visitar los médicos para prever nuevas enfermedades.

En estas últimas personas, su enfermedad del espíritu les evita mirar con claridad la parte bella de la vida, creándoles la propensión a las enfermedades del cuerpo, que precipitan con la cantidad de fármacos innecesarios que ingieren, cuales nunca podrán competir en eficiencia con los sentimientos de alegría y la felicidad de vivir intensamente.

Es que el cuerpo espiritual-mental se resiste a que se le niegue la posibilidad de disfrutar las mieles de la vida, que le corresponden como habitante de este mundo, lo cual depende únicamente de su estado de ánimo –que es mental- y  esa acumulación de emociones negativas crean o aceleran procesos de morbilidad física.

En mi opinión, la mejor manera de ayudarnos a prevenir enfermedades corporales es mantener el espíritu sano, viviendo alegres y felices; disfrutando de los buenos recuerdos, olvidando los malos y esperando siempre lo mejor del futuro, porque para auxiliarnos en su  logro ahí está Dios pendiente, vigilante, para ayudarnos a vivir dichosos, en la misma medida de nuestra diligencia, inteligencia, fe, optimismo, esperanza y… generosidad con nuestros hermanos humanos.

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«CUANDO UN  HERMANO SUFRE, UNA PARTE DE NUESTRA ALMA SE PERTURBA Y ATURDE»

Cuando reflexiono sobre el hecho cierto de que sobre esta tierra de Dios, un alto porcentaje de sus pobladores sufre alguna enfermedad, hambre o miseria; otros caen bajo los efectos de guerras intestinas con sus secuelas de inocentes torturados, familias separadas, y muertos; algunos se consumen física y espiritualmente en la soledad de una prisión; otros tantos son presa de vicios, que venciendo su voluntad y su autoestima minan su salud; y algunas soportan otras desventuras como carecer de educación y una ocupación digna, me echo de rodillas y doy gracias a Dios por haberme preservado, a mi y a mi familia de todos esos males, que transforman lo que debió ser bello y edificant como es la existencia, en algo indeseable y desastroso.

Quienes disponemos de alimentos, salud, familia, libertad, educación y trabajo, podemos considerarnos privilegiados;, lo cual se convierte en compromisode producir o colaborar, dentro de nuestra personal capacidad, con algún mecanismo de ayuda, que pudiera hacer menos dolorosa la experiencia que viven esos desventurados hermanos.

Pienso que más allá de las situaciones bélicas, el origen de los conflictos de muchas de esas personas -al menos las que sufren soledad, prisión y vicios- pudieron haberse originado por la indiferencia afectiva colectiva, que ha ido progresivamente apoderándose de nuestra sociedad.

Es que no todos los seres humanos venimos con la fuerza mental y espiritual suficiente, para hacer caso omiso a la insensibilidad e indolencia social, frente a situaciones vivenciales que la atención, amor, solidaridad, y a veces incluso una palabra amiga, hubieran podido evitar.

En esta aldea global -que es la casa de todos- somos hormigas de la misma cueva, y por tanto no deberíamos ver con indiferencia el dolor, la soledad y la tristeza de nuestros congéneres, sin hacer algo por remediarlo; porque de alguna manera, ignorarlo nos hace culpables de su suerte.

Cuando alguien tiene hambre, sufre persecución, soledad o tristeza sin preocupación de sus hermanos, un pedazo de nosotros mismos -en esa otra dimensión donde vive nuestra alma- se aturde y perturba; porque al final todos somos uno, y el lamento de su dolor es nuestra propia queja, frente a nuestra inmensa vulnerabilidad, en un mundo que sin amor ni solidaridad humana, se hace inconveniente, peligroso e insufrible.

Solo amando a nuestros hermanos y siendo solidarios con sus causas, merecemos llamarnos hijos de Dios, porque esencialmente, ese Padre Celestial maravilloso es… amor.

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Si concebimos la vida como un camino a recorrer con amor y emoción, debemos actuar ahora y sin ninguna dilación, porque pudiera ser que no tuviésemos nueva oportunidad para repetir ninguno de nuestros actos.

Tenemos que capturar todo lo bello que tengamos delante y guardarlo en lo más íntimo de nuestro ser, sin dejarlo para más tarde o para mañana, porque no sabemos si tendremos oportunidad de repetirlo.

No dejaremos pasar oportunidad para ser corteses y solidarios, haciendo sentir a nuestros hermanos humanos, que compartimos su necesidad de comunicarse y nos importan sus sentimientos, lo cual será para ellos como un bálsamo especialmente apreciado.

Cuando despertemos y la luz del día ilumine nuestro mundo lleno de sonidos y aromas familiares, daremos gracias a nuestro padre celestial por ese nuevo día que nos regala, que pudiera tener el valor de una vida entera.

Celebraremos diariamente la maravillosa sensación de ver, oír y disfrutar de los demás sentidos que nos regalan inconmensurable belleza; porque sabemos que tantos hermanos desventurados, sin explicación lógica aparente, nunca podrán hacerlo.

Si Dios nos obsequió una bella familia, ahora mismo y no después los amaremos; y veneraremos especialmente a esa maravillosa persona que nos escogió como pareja entre millones de otras personas; regalaremos ternura, respeto y solidaridad a esos pedacitos de amor concentrado, que vinieron al mundo para dar sentido a nuestra vida y permitirnos continuar nuestro amor en ellos… por siempre.

El hoy es lo más importante, porque es lo único realmente nuestro. Cada situación representa una oportunidad para ser felices, porque sólo depende de nosotros el estatus que otorgamos a cualquier circunstancia. La realización material y espiritual representada en una vida armónica y en paz, depende de valores trascendentales como el amor, el respeto, la consideración, el reconocimiento, la sensibilidad, la solidaridad, la lealtad, la aceptación, la generosidad y la caridad, cuales son intangibles y para obtenerlos únicamente requerimos nuestra voluntad y decisión.

Somos tan vulnerables físicamente, el tiempo transcurre tan rápido y no conocemos cuanto estaremos aquí, que no podemos permitirnos el lujo de perder ni un momento para disfrutar, decir cuanto amamos, deseamos y esperamos.

Manifestaremos nuestra fe, optimismo y entusiasmo en disfrutar todo lo que tenemos al alcance, y la esperanza de que luego, más allá de esta vida viviremos como en esta, porque igual que aquí estaremos con ese padre amoroso, que nos acompañó durante esta vida y nos espera ansioso en la otra.

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Hoy mantuve dos reuniones interesantes; la primera, con un activo luchador social e inscrito desde siempre en las teorías izquierdistas; la segunda, una empresaria desde el punto de vista filosófico-político, en el lado opuesto. En ambas la constante fue la preocupación por los vacíos existenciales que no logra llenar el poder, la riqueza ni la fama, que para mí responde a la necesidad de encontrar un medio para crecer espiritualmente.

Se trata del hastío de tanto materialismo que pretende imponerse frente a los principios y valores que fueron las raíces sobre las cuales cimentamos el desarrollo de familias honestas, con padres e hijos que disfrutaran de gozo, plenitud y solidaridad perdurables, pero conscientes de su importante rol individual, como guardianes de esos principios y valores, sin los cuales el hombre deja de ser importante frente al poder, la riqueza y la fama.

Quienes hemos mantenido esos principios y valores, dentro de los cuales Dios y el amor al prójimo son los principales, ni tenemos vacíos vivenciales, ni tenemos temores; porque al sentirnos hijos de Dios y por tanto imbuidos de su poder y amor, haciendo introspección del compromiso con nuestro congéneres, así como nuestra extraordinaria capacidad de adaptación a cualquier situación por muy difícil que fuere, la plenitud es tal, que no tenemos espacio para ningún vacío, porque ese coctel maravilloso compromiso-amor es demasiado dinámico, renovador y reconfortante.

No existen mecanismos de carácter externo, que divorciados de los principios y valores humanos, puedan substituir la espiritualidad de que éstos últimos están imbuidos; y como consecuencia, no son los elementos materiales como la riqueza o el poder, los que pudieran llenar esos vacíos que nacen y sólo pueden ser satisfechos por elementos intangibles como el amor, la solidaridad y el respeto por la persona humana, prioritarios frente a cualquier circunstancia económica, de poder o bienes tangibles.

Siento que se hace necesario reencontrarnos con la espiritualidad, dando oportunidad de expandir hacia el exterior ese potencial de amor y solidaridad humana, que todos tenemos como parte de nuestra herencia divina; aceptando gozosos, que nuestro espíritu prevalece frente a nuestra condición física, y por tanto es allí donde nace y se desarrolla la esencia de nuestra individualidad; y que de él depende la indispensable armonía físico-espiritual, que nos blinda frente a cualquier tentación, debilidad o adversidad, pero muy especialmente frente a esa insatisfacción angustiosa, de sentir y no saber como llenar esos vacíos… existenciales.

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