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Archive for the ‘AMAR A LAS PERSONAS’ Category

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¿Por qué muere el amor?

 ¿Cuál amor?  ¿El que se tiene a Dios, a los padres,  la pareja o los hijos?  Porque todos son amores, pero diferentes.

Para que algo muera debe estar vivo, si es que se trata de algo físico y… ¿Podría alguien señalar dónde está ubicado físicamente el amor? ¿Dónde lo percibe? ¿En la cabeza, en el corazón, en una mano, en el hígado?

 No puede ser ubicado, diferenciado, no existe certeza donde se siente. Tampoco cual de los cinco sentidos conocidos lo percibe, porque se trata de una sensación, de un  sentimiento, pero es intangible… físicamente inubicable.

Entonces, si no puedes ubicarlo en el mundo de los objetos físicos, no puedes saber cómo es ni donde lo sientes; simplemente, por no tener existencia física, tampoco puede morir, porque sólo muere lo corporal. Podrás percibirlo en mayor o menor grado, pero hasta ahí. Como no  existe  físicamente, tampoco puedes perderlo, porque no se puede perder lo que no se tiene; por tanto, no tiene posibilidad de morir.

Lo que sucede es que en presencia de determinadas situaciones físicas y espirituales, por razón de motivaciones, también intangibles, lo percibes, lo sientes en tu alma,  que es inmortal. El amor es inherente a nuestra vida. Es un sentimiento natural, razonado y exclusivo del ser humano, dentro de las especies que pueblan este planeta. El amor es esa parte de Dios que traemos desde antes de nacer y que continuará con nosotros, en nuestra alma, después de la muerte: «Dios es amor.»

Ese maravilloso sentimiento que nos recuerda que somos parte de Dios y que se llama «amor», perceptible pero inubicable, es una parte del  equipaje que traemos a este mundo y que funciona conforme a nuestras particulares motivaciones. No es estático, ni siempre de la misma entidad. Amamos nuestra vida física, nuestros padres, nuestro entorno íntimo personal, e inclusive algunos sentimientos representados en valores como la libertad, la verdad y la patria, por citar algunos.  Pero como no lo percibimos con ningún miembro o sentido del cuerpo, sino que es  un sentimiento que está hibernando en nuestro  interior, la percepción y su entidad lo será conforme a las motivaciones que lo despierten. Así, amo a las personas, pero el nivel del amor lo será  conforme a las motivaciones que lo generen.

Por tanto, se amará más a quienes se perciba que otorgan mayores elementos de los necesarios para generar y mantener el amor, como el respeto, la ternura, la aceptación, la solidaridad, la lealtad y la consideración, entre otros, materializados en actuaciones   positivas.

El amor  puede ser mayor o menor, más o menos emocionante o recíproco, pasajero o permanente; podrá aumentar o disminuir conforme a la interacción con la persona que se ama, o la concepción ideológica cuando se trate de valores. Pero el amor en el ser humano no muere, no puede morir, como no es posible que muera el alma, porque son eternos.

Lo que sucede es que el amor emigra, se muda, cuando las motivaciones que lo despiertan y deben mantenerlo activo, no son suficientes. Al ser dinámico,  como el cuerpo requiere la energía que le suministre la alimentación  y el oxígeno mínimo para mantenerse activo.

Las motivaciones que hacen nacer el amor deben ser permanentemente alimentadas, so pena de que por falta de energía emigre, buscando ese alimento fundamental para mantenerse en actividad, materializado en el respeto, la ternura, la aceptación, la comprensión, la solidaridad, la lealtad, una fluida comunicación, tiernas caricias y la ratificación de los pactos que lo originaron. Cuando no se dan estos factores que le suministran energía, si no pudiere emigrar para cubrir sus necesidades, entonces entra en letargo hasta cuando encuentre otra fuente alterna;  pero no muere.

Es por eso que cuando los padres no producen las motivaciones suficientes, los hijos no dejan de amarlos, el nivel de amor baja. Así, cuando una persona a quien se ama no  responde suficientemente para mantener esas motivaciones que originaron el amor, el nivel del mismo baja y algunas veces llega a desaparecer la orientación de este hacia esa persona específica, pero no muere el amor.  

Una de las motivaciones fundamentales para vivir, es disponer del recurso amor  que nos acompañará toda la vida; cuyo nivel se lo damos nosotros mismos y que cuando no recibe suficiente alimento no muere, sino que se aletarga o emigra a otras personas que sí estén dispuestas a suministrárselo. Esa característica del amor representa  la esperanza de que mientras se tenga vida, nadie tiene suficiente poder para hacernos infelices, porque dependerá de nosotros aceptar y otorgar o no el amor, especialmente en el entorno íntimo. 

No debo finalizar sin hablar del mayor de los amores, que es aquel que se personifica en Dios, por el cual vinimos a este mundo y nos llevará a otro… cuando Él lo estime conveniente. Ese amor nos da seguridad y confianza de que nunca, bajo ninguna circunstancia  estaremos solos, porque siempre Él estará con nosotros. No existe posibilidad de que alguien pueda separarnos, porque integralmente, somos uno con Él.

Próxima Entrega: NOVIAZGO: ANTESALA A LA PAREJA

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Pienso que todo lo que venga de Dios debería ser perfecto; no obstante, en algunos casos como el del ser  humano, quien no sólo deviene de Dios sino que es hecho a su imagen y semejanza, parece que no se da esa aspiración respecto de su perfección. Al menos yo, no  he podido conocer a ningún hombre perfecto… todavía. Ahora bien, por cuanto en la entrega anterior acepté que «…el tiempo de Dios es perfecto», aclaro que me referí expresamente al TIEMPO DE DIOS y no al tiempo humano.

El tiempo de Dios no es comparable con el del hombre porque Dios es infinito, es una fuerza, una esencia  inconmensurable, por lo tanto al ser finita la dimensión del tiempo que conocemos los  humanos, carecemos de entidad de comparación. No tenemos posibilidad de conocerlo, ni de entenderlo a cabalidad; pero eso no debe afectarnos, porque desde el punto de vista de nuestra vida terrenal, si lo conociéramos de nada nos serviría.

Los humanos en nuestro tránsito por esta vida, estimamos el tiempo en unidades de medidas finitas como los segundos, minutos, horas, días meses, años, centurias y milenios, pero el tiempo de Dios es otra cosa completamente diferente; se trata de tiempo de esencia y en esencia, incomprensible para nosotros. Ese tiempo de Dios sólo puede ser captado por nuestro espíritu, que como Dios es intangible.

Creo sin ninguna duda en la perfección de ese tiempo de Dios; en el viví antes de nacer y de ese tiempo infinito fue que vine a este mundo a disfrutar una vida terrenal transitoria, a cumplir una misión de carácter finito para luego regresar a mi mundo infinito,  en ese tiempo perfecto que es de Dios y…mío. Por eso no temo a la muerte, porque para mí es un paso más en mi camino de ascensión a la perfección espiritual. Mi muerte física cuando llegue, será el regreso a… mi hogar, que me permitirá, como lo comentara  un famoso pastor evangélico antes de morir, «… ver la cara de mi Padre.»

Mientras me voy en mi viaje de regreso, utilizo el tiempo finito de esta vida finita. Disfruto los días y las noches con todas esas cosas materiales, pero sin olvidar mi origen y mi esencia espiritual; lo hago sin más prisa de la conveniente pero con avaricia, con fruición, con deleite, consciente de que pudiera ser la última y quizás nunca podría repetirlas, ni en esta vida ni en otra.

En esta dimensión física amo tiernamente a mi esposa, a mis hijos, a mis nietos y se los digo todos los días; los abrazo, los beso, porque sé que como mi vida física es finita, pudiera ser que no tenga otra oportunidad de repetirlo. A mis amigos y a todas las personas que conozco y me permiten ofrecerles mi amor, trato de persuadirles, de todas las formas posibles, de que es un privilegio ser su congénere, que soy feliz compartiendo con ellos, que me interesan como seres humanos, que su dolor es mi dolor y su alegría la mía. Cuando me aceptan, me oyen, me tratan, me sonríen y me señalan mis múltiples imperfecciones, me siento el hombre más feliz del mundo y… doy gracias.

Además de mi dedicación a mis hermanos humanos como lo he dejado expuesto, considerando  que ese «tiempo» que vivimos todos los días, es un espacio que transcurre entre el amanecer y el volver a amanecer y así hasta el final de nuestros días, considero  mi deber supremo como especie única, hecha a imagen y semejanza de Dios,  cuidar y proteger la diversidad inigualable del medio ambiente que conforma nuestra gran patria terrestre, utilizando sus recursos con divina prudencia, cuidándolos y protegiéndolos con la conciencia de que son perecederos, y que también corresponden a los que vienen después de nosotros para mantener nuestra simiente sobre esta madre tierra.

Lo que como humanos llamamos tiempo y espacio, que responde a parámetros y medidas finitas, cuales no sabemos que serán para Dios, Él con todo su poder los adapta a su forma esencial, para dentro de la entidad terrenal velar de la forma más amorosa y cuidadosa  todos los días de la vida por cada uno de sus hijos, sin distinción de ningún género. Su esencia infinitamente justa es tan amplia que tiene suficiente espacio para todos;  inclusive para aquéllos que en este mundo parecieran no creer en su poder y omnipotencia. 

Les comento que con tristeza observo el desperdicio injustificado de ese recurso realmente no renovable, en ese espectáculo diario de prisa en las calles, los centros de trabajo, de estudio, de transporte y hasta… en los parques. Todo el mundo anda apurado. ¿Por qué? Vaya usted a saberlo. Las personas andan apuradas porque están apuradas; sin tomarse el tiempo mínimo necesario para preguntarse por qué están apuradas,  y si no existirán opciones para andar con menos prisa, y de tal manera disfrutar un poco más de las muchas cosas bellas que la vida nos regala, pero que si estamos tan apurados, posiblemente no podemos observarlas en su verdadera dimensión.

Próxima Entrega: EFECTOS DE LOS HIJOS EN EL MATRIMONIO

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pareja-feliz-i.jpgConviene tener claro que venimos a este mundo con una misión trazada y hasta que no la cumplamos no nos vamos. Por tanto,debemos vivirla intensamente en cada minuto, con fruición, como si fuera el último.

He conocido personas que desperdician el  hoy, luchando duramente y haciendo de cada día un sacrificio, con la errada convicción de que están sembrando su futuro, cual pudiera ser que nunca llegue.

Vivir el momento no se reduce sólo a respirar, porque de eso se encarga nuestro sistema neurovegetativo que lo hace automáticamente. Eso sería un desperdicio imperdonable. Vivir en el sentido real de la palabra conlleva el disfrutar integral y permanentemente de las personas y de las cosas, lo cual en su más completa expresión lo es disfrutando en cada ocasión.

Para regocijarse en cada segundo de la vida, se requiere actuar con amor, ternura, respeto, aceptación, y si se quiere, con un toquecito de locura. Debemos reír, cantar, saludar efusivamente y abrazar a las personas, aunque ellos no lo entiendan bien; decirles que nos agradan,  que se ven bien, que nos sentimos felices con su presencia, que nos interesan sus problemas, que son importantes para nosotros; pero aún es más importante, sentirlo.

Regalarnos y regalar esa actuación nos hace disfrutar del momento, siendo que además de agradable es edificante y demostrativo de que nos sentimos plenos, nos engrandece. A todos agrada cuando se ríe, canta o saluda efusivamente. Las personas se sienten bien, por no decir felices.

 ¿A quién disgusta que le halaguen, saluden o saber que alguien hace algo por alegrar su  vida? ¿Conoce alguna persona normal que no se sienta bien de  que se interesen por él?

Claro que no. Que le quieran o le  estimen es algo que se agradece, independiente de cual fuere la edad, género o estatus social del halagado.

De alguna manera, todos deseamos sentir que somos queridos, agradables, importantes, o al menos que existimos para alguien, y cualquier cosa que nos lo ratifique es muy gratificante. Es que nuestra naturaleza es gregaria; somos una especie que no sabe realizarse material y espiritualmente sola, porque requiere ese calor humano que sólo sabe brindar nuestra especie.

Tratar con amor,  decírselo y demostrárselo  a las personas, nos hace disfrutar de la vida, que está inmersa en el maravilloso mundo de las cosas sencillas.

Nada más placentero que levantarse y disfrutar de la mañana; vestirse al gusto, sin importar como nos vean los demás; caminar de la mano del ser amado, o en compañía del amigo con generosidad;  asistir al trabajo o al estudio convencidos de que hacemos algo bueno por nosotros y por nuestros semejantes;  sentarse a la mesa en familia, dormir tranquilo y satisfecho de haber vivido un día más.

Me entristece ver a quienes utilizan las mejores horas de sus días, en las cuales podrían disfrutar de las personas y las cosas, únicamente trabajando  en forma exagerada con el único fin de acumular bienes, dejando en el camino mucho de su juventud,  carácter,  salud física y mental. Esos infelices, en el sentido semántico del término, nunca han reflexionado sobre el  hecho de que nada de lo que atesoramos sobre esta tierra es nuestro, porque todo lo que tenemos pertenece a la tierra y aquí se quedará.

 Cuando partimos definitivamente lo único que nos queda es lo que hubiésemos disfrutado; no podemos llevarnos nada, porque nada es realmente nuestro. La vida nos los presta mientras vivimos. Ni la esposa, ni los  hijos, ni las casas, ni los autos, ni el dinero son nuestros. Aquí dejamos todo, simplemente lo devolvemos a su dueña: esta tierra, incluido nuestro propio cuerpo. Esa es una verdad incontrovertible y debemos aceptarla.

Entonces… ¿De qué sirve tanto esfuerzo? ¿No será preferible darle  tiempo a todo, en su justa medida? Esto es: al amor, a la diversión, al trabajo, al estudio, a la familia y a los amigos; pero a cada  uno el tiempo que le corresponde. Esa sería una actuación adecuada, por no decir sabia.

¿Qué nos detiene? Nada.  Se trata de  una actitud, de ser sinceros con nosotros mismos, de reconocer que nuestro paso por esta vida es pasajero y que el tiempo que nos queda cada minuto se acorta; si lo  desperdiciamos nunca lo recuperaremos.

¿Qué les parece como tema de reflexión? Pudiera ser que valga la pena dedicarle un tiempito. Ustedes lo deciden.

Próxima Entrega: LA RESPONSBILIDAD DE COMPRENDER

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En la sociedad contemporánea, antes de incentivar el superarnos a nosotros mismos, se nos induce a superar a los demás, sin consideración alguna sobre  cuales son nuestros deseos,  ambiciones y concepción interna de nuestro papel en el conglomerado humano, ni sobre nuestras innatas capacidades. Simplemente, la meta es: superar a los demás.

 En esa carrera a que se nos somete vamos fortaleciendo nuestra propia insatisfacción, sin oportunidad a preguntarnos cuál sería nuestro avance, si en vez de perseguir superar las metas de los demás nos esforzáramos en lograr y superar las propias,  eliminando malos hábitos, cultivando la templanza, la ecuanimidad, la armonía, la aceptación y la solidaridad humana,  especialmente exigiéndonos todos los días un poco más de lo que dimos el día anterior en el camino de lograr nuestros propósitos.

 Si  vencemos esa tendencia a darle más importancia a competir con los demás que con nosotros mismos, descubriremos una inmensa capacidad de mejorar en todos los sentidos, así como la satisfacción de ser arquitectos de nuestro propio destino, sobre la base de nuestra individualidad, que nos hace únicos, incomparables e inigualables; con una carga genética  que nos dota de características intrínsecas, especiales y particulares, con capacidad inusitada para realizar los actos más nobles, heroicos y trascendentes que beneficien a la humanidad.

 Son esos rasgos específicos de nuestra individualidad lo que determina que algunos seamos especialmente buenos para las artes y las letras, sembrando el mundo de maravillosas obras literarias, esculturas, pinturas y música sublimes; otros para las ciencias,  creando los instrumentos para luchar contra las más graves enfermedades, y la mayoría de las veces, venciéndolas; construyendo las más inverosímiles máquinas que se desplazan sobre la tierra, atraviesan los mares y los cielos para hacer más cómoda y llevadera la vida del hombre; otros para los deportes que hacen más sana nuestra vida.

Tal es la  nobleza y generosidad humana que algunos dedican su vida a un apostolado para velar por los menesterosos, refugiados y  aquéllos que por diversas razones padecen hambre y desolación. Por eso estamos obligados a no desperdiciar nuestras innatas capacidades persiguiendo superar a los demás en actividades, cuales pudiera ser que por sus características propias y vocación natural,  otros pudieran realizar de manera más eficiente, aportando mayor beneficio a  la humanidad.

Cuando decidimos superarnos a nosotros mismos con prioridad a superar a los demás, logramos con más eficiencia alcanzar las  metas; crecemos espiritualmente, sintiéndonos más satisfechos, comprometidos con nosotros mismos y con la humanidad. En esa situación sí que disfrutamos la libertad de ser como lo deseamos y realizar lo que nos motiva.

Ese sentimiento de plenitud nos hace amarnos y amar a los demás, llenándonos de optimismo y confianza en lo que hacemos, pero también disfrutar de la vida y sentirnos auténticamente útiles, alejándonos de la envidia, la competencia imperfecta, la insatisfacción y… hasta del odio.

 Esa nueva visión de la vida nos ayuda a superar nuestras deficiencias y limitaciones, facilitándonos aceptar a las personas como son al  entenderlas mejor y  poder ayudarlas a superar sus problemas. Esa capacidad de hacernos a nosotros mismos con prioridad a cualquier sentimiento de competencia, nos imbuye en la idea de que  en la misma medida en que ayudamos a crecer a los demás, aumentamos nuestro crecimiento espiritual.

Por tanto, estará en mejor capacidad de ser útil, disfrutar de tranquilidad espiritual y lograr la felicidad, quien luche por su individualidad, dedicando lo mejor de sí a su superación personal en función de ser útil a sus semejantes,  que aquel que se dedique a la competencia permanente, desestimando la importancia de desarrollar su propio potencial, mientras corre desesperado en busca de superar a los demás, sin evaluar el  riesgo y las consecuencias para la sociedad, en el caso de que  pudiese estar equivocado, al desestimar su vocación natural.

 El superarnos con prioridad a los demás nos realiza personalmente al convertirnos en hacedores del bien; de dar amor y compasión,  infundiendo optimismo, positivismo y perseverancia; mientras controlamos mejor nuestras emociones, al valorar la importancia de los inconvenientes porque son ellos el acicate para aprender a vencerlos.

Toda esa riqueza de sentimientos convertidos en  acciones  nos acercarán a la ansiada meta de todo ser pensante, cual es de que al tiempo que se aporta el mayor volumen posible de felicidad, en esa misma entidad se contribuye a la propensión a que  las futuras generaciones habiten un mundo más humano, sensible  y solidario, donde tengan un puesto digno, con la seguridad que la mayor preocupación de toda persona, siempre será la contribución al logro del bienestar y la felicidad  colectiva.

Próxima Entrega:  DISFRUTAR EL MOMENTO

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Alguien me preguntó si yo creía que podíamos amar a varias personas al mismo tiempo y con la misma intensidad. En principio le respondí que me parecía difícil, pero luego rebobinando mi propia vida, tuve que corregir rápidamente. Aunque de sentimientos tan personales como el amor no debería generalizarse, creo que sobre mis vivencias  si que puedo hablar sin temor a cometer errores.

En el mundo de mi vida diaria amé, sigo amando y creo que amaré toda mi vida. Personalmente, no concibo la vida de un ser racional sin el amor, pero menos aún el logro de la felicidad personal.  Al menos lo que yo considero que es la vida, como nuestra realización material y espiritual, que se concreta en disfrutar plenamente de las personas y  las cosas que nos rodean.

En verdad, creo que hasta que tuve uso de razón mi mayor concentración de amor lo fue en mi madre. Cuando adquirí raciocinio amé además a otras personas como mis hermanos, mis amigos y algunos de mis maestros. Ya de adulto, amé con pasión de varón a una mujer lo cual continúo haciendo, sólo que adicionando una permanente solidaridad y comunión integral.

Desde mi espiritualidad, sin duda amo a Dios porque me hizo  capaz de entender todo mi potencial así como mis propias limitaciones y siento que siempre me acompaña.  Amo además los valores como la verdad, la solidaridad, la aceptación, la libertad, la caridad, la fe, el optimismo  y la esperanza, porque me hacen sentir por encima de esa tendencia tan natural a las miserias humanas, contra las cuales tenemos que luchar todos los días.

Aunque parezca raro, amo al amor y lo amo tanto que lo confundo con Dios, quizás  porque me hace sentir que ciertamente soy su hijo.

Amo el amor, porque me da fuerzas suficientes para no sentir temor, soledad, tristeza, odio ni envidia. El amor cura mi alma en todo momento, pero también me hace perdonar y olvidar  cualquier agravio por grave que fuere.

Amo el amor, porque gracias a él puedo expresar todo ese torrente de emociones que me embarga cuando siento a mi lado a esa inigualable compañera de viaje largo, que después de treinta y ocho años todavía me mueve el piso, haciéndome olvidar los sesenta y seis años que he vivido. Es el sentimiento del amor que me permite sentir esa especial ternura y plenitud cuando abrazo a mis hijos, a mis nietos o  a cualquier niño que tomo entre mis brazos.

Por el amor vivo y he vivido mis más intensas emociones, pero también me induce a tratar de compartirlas con mis semejantes, sin distinción de ningún género.

Pienso que el amor va más allá de una experiencia, es todo un mundo de sensaciones y sentimientos. Su representación es tan variada que pudiera ser infinita, porque sólo la limitamos nosotros mismos.

No es cierto que amemos más a nuestra familia o a nuestros seres más allegados que a las demás personas. No, no es así. Lo que sucede es que amamos lo que conocemos y nos es inmediato. Pero nuestra capacidad de amar es tan grande que podemos amar hasta lo que ya murió o no ha nacido.

Por eso nuestros ojos se llenan de lágrimas cuando leemos las hermosas historias de los amores nunca realizados,  o de los perdidos, porque aún existiendo en el corazón de los actores nunca llegó a concretarse; o  de los sueños no realizados no obstante los mayores esfuerzos, que se sucedieron cientos o miles de años atrás, pero nuestro llanto es, precisamente,  porque en este momento… los amamos.

Por eso rechinan nuestros dientes de rabia, cuando leemos las grandes injusticias que se cometieron en el pasado con personas buenas que nunca conocimos y que sin duda, en este momento… las amamos.

Revisando papeles viejos encontré la foto de un  querido amigo que hoy tiene ya  más de 15 años de fallecido, con quien compartí variadas experiencias de mi vida. Mi mente hizo el milagro de presentármelo como lo vi, no en su lecho de muerte sino  la última vez que en perfecto estado de salud departimos juntos. Aunque no acepto la nostalgia ni temo a la muerte, percibí un sentimiento confuso entre la tristeza, el amor y la resignación. Es ese sentimiento indefinible de ausencia que nos embarga cuando recordamos las personas queridas que ya… se fueron, pero que seguimos amando.

Al amor se debe que nuestro espíritu se sienta elevado cuando leemos los tiernos cuentos de hadas perdidos en el vientre de los sueños en esas tierras lejanas,  porque  ellos narran el amor que vence todos los obstáculos, que logra concretarse y que es… para siempre jamás.

El amor es el sustrato de nuestra vida racional; es el color, la música y el aroma que hacen nuestra vida buena sobre esta madre tierra. El amor se parece a los sueños y a…  la esperanza.

Por eso, como hijos de Dios no tenemos que preguntarnos a quien amar, ni cómo, ni cuando, ni porqué amar. Simplemente debemos amar, porque ese es nuestro destino; a eso vinimos a esta tierra y mientras amemos cumpliremos el mandato divino por y para el cual fuimos concebidos. Si no lo hiciéramos estaríamos frustrando  nuestro más alto fin, traicionaríamos nuestra propia esencia y ya no podríamos considerarnos hechos a imagen y semejanza de Dios.

Si tienes alguna duda o requieres aclaración sobre el tema aquí tratado, el correo del autor está disponible: amauricastillo@gmail.com

Próxima Entrega. VACIOS VIVENCIALES

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      De todas las cosas maravillosas que Dale Carnegi inspiró con su oratoria extraordinaria, me llamó profundamente la atención su concepción de la vida como un camino que debe recorrerse con amor, generosidad y caridad para todos nuestros semejantes, en el cual debe actuarse de inmediato y sin ninguna dilación, porque como acertadamente lo declaraba, puede ser que  nunca más volvamos a pasar por allí, cuando escribió:

            «Pasaré una sola vez por este camino; de modo que cualquier bien que pueda hacer o cualquier cortesía que pueda tener para con cualquier ser humano, que sea ahora. No lo dejaré para mañana, ni la olvidaré, porque nunca más volveré a pasar por aquí.»

      Lo que para Dale Carneige era «este camino»,  para mí lo es mi vida. Por eso no dejo pasar oportunidad para ser cortés con cualquier ser humano, ni tampoco lo dejo para mañana  como él lo predicaba. Cuando me levanto comienzo por ser cortés con este mundo… mi mundo, y  doy gracias a mi padre celestial por esas muchas bendiciones que me ha obsequiado.

      Así, cuando abro mis ojos en la mañana y observo la luz del día, siendo que tengo la certeza de  que tantas personas sobre la tierra nunca lo han hecho, ni podrán hacerlo jamás; cuando oigo el dulce canto de los pájaros, cuando millones de mis hermanos no pueden ni podrán hacerlo nunca; cuando observo sobre la cama, aún sin despertar y a mi lado a mi compañera de viaje largo, quien por más de treinta y siete años me ha hecho feliz, mientras tantas personas igual que yo hijas de Dios, desearían despertarse al lado de alguien que, aunque no les hiciera muy felices, por lo menos les hiciera compañía, pero no lo hacen porque están… muy solas, entonces me echo de rodillas y doy gracias a mi padre Celestial por esas bendiciones de que disfruto.

      Cuando observo los retratos de mis cinco hijos y mis nueve nietos, mientras estoy consciente que millones de hombres y mujeres, por algún motivo extraño de la naturaleza nunca podrán lograrlo. Cuando a mis sesenta y seis años de edad, subo los veinte peldaños de la escalera de mi habitación, mientras millones de mis hermanos humanos, no solamente no podrían subir ni los primeros cinco peldaños porque están enfermos, sino que otros aunque quisieran y tuviesen la fuerza física o salud para hacerlo, no tienen esa posibilidad porque carecen de piernas, siento que soy un hijo privilegiado de Dios y lo agradezco con toda mi alma.

      Con todos esos regalos de mi Hacedor en mi haber, pido que me de mucha fuerza y más amor para entender y ayudar a esos millones de mis hermanos que carecen de todos los privilegios que a mí me permite disfrutar. Pero no solamente aquellos que  carecen de facultades físicas, porque aún con tales limitaciones pudiera ser que sean felices, sino de aquellos  que teniendo tanto no lo perciben suficientemente.

      Pido por y para aquellos que teniendo a su alcance la posibilidad de ser felices no pueden entender que es dentro de ellos mismos y por su propia convicción como pueden lograr el éxito de sus vidas, representada en una existencia armónica, en paz consigo mismo y su entorno; donde los valores trascendentales como el amor, el respeto, la consideración, el reconocimiento, la sensibilidad, la solidaridad, la lealtad, la aceptación, la generosidad y la caridad,  no son físicos o tangibles y por lo tanto no se requieren para obtenerlos de ningún recurso que no sea la propia voluntad y la nobleza de alma.

      Es por esas personas mi mayor preocupación. Me entristece sentir que en su errado concepto de contar sus carencias pero no sus bendiciones, se les va lo más hermoso de la vida,  mientras descuidan sus valores espirituales que son realmente trascendentes, los cuales por cierto no pueden lograrse a cambio de bienes materiales.

      Me deprime observar como en esa vía de  lograr beneficios únicamente materiales, van perdiendo la capacidad de vivir el maravilloso mundo de las cosas sencillas, como la risa de los niños, el ruido del agua cayendo de la fuente, el color de las flores, el beso de despedida o llegada del ser  amado, la lectura nocturna del cuento a los niños o la asistencia al juego de fútbol de nuestro futuro campeón y el desayuno entusiasta con  esa guerrera de todos los días que es nuestra pareja.

      Por ellos y para ellos escribo hoy. Lo hago desde lo más profundo de mi alma y con marcado sentimiento de dolor, pero con esperanza; porque es posible que estas reflexiones, de alguna manera abran esa rendija mínima, pero siempre presente, que todos tenemos en nuestra fábrica de sueños, y de tal manera recapaciten sobre dónde estamos ubicados dentro del contexto tratado y actúen en consecuencia, con la seguridad de que todos los momentos son buenos para comenzar o… regresar.

Si tienes alguna duda o requieres aclaración sobre el tema aquí tratado, el correo del autor está disponible: amauricastillo@gmail.com

Próxima Entrega: LA RELIGION Y EL ESPIRITU

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