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Archive for the ‘AGRADECER A DIOS’ Category

Vivo por días, lo disfruto intensamente las veinticuatro horas. Quienes viven por años tienen la posibilidad de ubicarse en la estación que les plazca disfrutandola a placer, porque no dependen de tiempo o espacio sino de su voluntad personal. Quien se sienta alegre, vigoroso y activo, disfrutando los colores de las flores, el canto de los pàjaros y la mùsica especial de la palabra amor, independiente de su edad, estará en primavera.

Si no obstante ser jóven se siente cansado, taciturno, pesimista, descuidando deleitarse en el bello sol del dìa, la calidez del frìo nocturno, la cantarina risa de los niños y el caer del agua en las quebradas, el aroma de las flores, estará ubicado en invierno.

Aquellos que sienten que la envidia corroe sus entrañas, que su vida no ha sido justa y se queman en la hoguera de los odios y la frustraciòn, viven en los rigores del calor del duro verano.

Los que se sienten doblegados por su edad avanzada, otorgando a la juventud màs trascendencia de la que tiene, sin considerar los grandes logros històricos de hombres realmente viejos; que el no disponer de riqueza y poder les hace demasiado vulnerables; que recuerdan nostàlgicos lo que fue y temen a lo que vendrá, viven sin remedio en el otoño.

Es que ser felices es un compromiso personal y una forma de agradecer a Dios nuestra existencia. Aun sin movernos podemos viajar con nuestra mente donde queramos y sin limitaciòn alguna.

Podemos soñar cuanto deseemos y convertirlo en realidad. Si imaginamos montañas cubiertas de nieve como maravillosas, podemos ser felices, pero si suponemos el frìo congelante, nos aterrorizaremos con su presencia. Imaginar ricos manjares, su sabor y aroma nos hace disfrutarlos con deleite, pero convencernos de que engordan o indigestan nos hace aborrecerlos.

Si aceptamos la enfermedad como excepcional y no como normal, porque son el escape de sentimientos retenidos, rencores y frustraciones represados; consecuencia de la insatisfacciòn, falta de desprendimiento, aceptación, amor y generosidad, nuestra salud será invulnerable. De hecho, no conozco personas realmente felices que se sientan o manifiesten enfermas.

Fuimos diseñados para amar, no importa donde, cómo, cuando ni a quien, y eso nos hace bellos, saludables y generosos. En una vida tan corta, donde los buenos somos mayoría, nuestro destino es hacer lo que nos satisfaga y nuestro fin la felicidad. Nos toca escoger y no es nada difìcil hacerlo.

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A medida que aumento el dialogo con diversas personas, fortalezco mi convicción de que primero enferma el espíritu y como consecuencia surgen la mayoría de las enfermedades que afectan nuestro cuerpo.

Pero… ¿Por qué enferma el espíritu? Por tantas causas cuanto actuemos o pensemos contrario a nuestra esencia divina que debería irradiar optimismo, seguridad, confianza, amor, aceptación y compasión hacia nuestros semejantes; o por causa de emociones reprimidas, tales como tristeza, ira, agresividad, resentimientos, odio, o temores que devienen de la falta de fe y esperanza en nuestro poder, inmanente a nuestro origen divino y condición racional.

Así, observo como las personas optimistas interpretan la vida como una oportunidad para experimentar felicidad y percibo su magnetismo positivo: sonríen, saludan alegres contagiando entusiasmo y en vez de hablar sobre resentimientos, tristezas pasadas o temores futuros, comentan el maravilloso hoy y sus circunstancias positivas, con vehemencia y confianza en que son y serán beneficiosas; y hasta ahora, ninguna de ellas me ha manifestado que se sienta mal o tema enfermarse.

Por lo contrario, para aquellas personas negativas, los inconvenientes del ayer y la imprevisibilidad del mañana, representan importantes factores de perturbación y preocupación; sonríen poco, les cuesta saludar, transpiran pesimismo y hacen pesado el ambiente; normalmente hablan de achaques, mala suerte, exámenes de laboratorio y su necesidad de visitar los médicos para prever nuevas enfermedades.

En estas últimas personas, su enfermedad del espíritu les evita mirar con claridad la parte bella de la vida, creándoles la propensión a las enfermedades del cuerpo, que precipitan con la cantidad de fármacos innecesarios que ingieren, cuales nunca podrán competir en eficiencia con los sentimientos de alegría y la felicidad de vivir intensamente.

Es que el cuerpo espiritual-mental se resiste a que se le niegue la posibilidad de disfrutar las mieles de la vida, que le corresponden como habitante de este mundo, lo cual depende únicamente de su estado de ánimo –que es mental- y  esa acumulación de emociones negativas crean o aceleran procesos de morbilidad física.

En mi opinión, la mejor manera de ayudarnos a prevenir enfermedades corporales es mantener el espíritu sano, viviendo alegres y felices; disfrutando de los buenos recuerdos, olvidando los malos y esperando siempre lo mejor del futuro, porque para auxiliarnos en su  logro ahí está Dios pendiente, vigilante, para ayudarnos a vivir dichosos, en la misma medida de nuestra diligencia, inteligencia, fe, optimismo, esperanza y… generosidad con nuestros hermanos humanos.

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«CUANDO UN  HERMANO SUFRE, UNA PARTE DE NUESTRA ALMA SE PERTURBA Y ATURDE»

Cuando reflexiono sobre el hecho cierto de que sobre esta tierra de Dios, un alto porcentaje de sus pobladores sufre alguna enfermedad, hambre o miseria; otros caen bajo los efectos de guerras intestinas con sus secuelas de inocentes torturados, familias separadas, y muertos; algunos se consumen física y espiritualmente en la soledad de una prisión; otros tantos son presa de vicios, que venciendo su voluntad y su autoestima minan su salud; y algunas soportan otras desventuras como carecer de educación y una ocupación digna, me echo de rodillas y doy gracias a Dios por haberme preservado, a mi y a mi familia de todos esos males, que transforman lo que debió ser bello y edificant como es la existencia, en algo indeseable y desastroso.

Quienes disponemos de alimentos, salud, familia, libertad, educación y trabajo, podemos considerarnos privilegiados;, lo cual se convierte en compromisode producir o colaborar, dentro de nuestra personal capacidad, con algún mecanismo de ayuda, que pudiera hacer menos dolorosa la experiencia que viven esos desventurados hermanos.

Pienso que más allá de las situaciones bélicas, el origen de los conflictos de muchas de esas personas -al menos las que sufren soledad, prisión y vicios- pudieron haberse originado por la indiferencia afectiva colectiva, que ha ido progresivamente apoderándose de nuestra sociedad.

Es que no todos los seres humanos venimos con la fuerza mental y espiritual suficiente, para hacer caso omiso a la insensibilidad e indolencia social, frente a situaciones vivenciales que la atención, amor, solidaridad, y a veces incluso una palabra amiga, hubieran podido evitar.

En esta aldea global -que es la casa de todos- somos hormigas de la misma cueva, y por tanto no deberíamos ver con indiferencia el dolor, la soledad y la tristeza de nuestros congéneres, sin hacer algo por remediarlo; porque de alguna manera, ignorarlo nos hace culpables de su suerte.

Cuando alguien tiene hambre, sufre persecución, soledad o tristeza sin preocupación de sus hermanos, un pedazo de nosotros mismos -en esa otra dimensión donde vive nuestra alma- se aturde y perturba; porque al final todos somos uno, y el lamento de su dolor es nuestra propia queja, frente a nuestra inmensa vulnerabilidad, en un mundo que sin amor ni solidaridad humana, se hace inconveniente, peligroso e insufrible.

Solo amando a nuestros hermanos y siendo solidarios con sus causas, merecemos llamarnos hijos de Dios, porque esencialmente, ese Padre Celestial maravilloso es… amor.

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Si concebimos la vida como un camino a recorrer con amor y emoción, debemos actuar ahora y sin ninguna dilación, porque pudiera ser que no tuviésemos nueva oportunidad para repetir ninguno de nuestros actos.

Tenemos que capturar todo lo bello que tengamos delante y guardarlo en lo más íntimo de nuestro ser, sin dejarlo para más tarde o para mañana, porque no sabemos si tendremos oportunidad de repetirlo.

No dejaremos pasar oportunidad para ser corteses y solidarios, haciendo sentir a nuestros hermanos humanos, que compartimos su necesidad de comunicarse y nos importan sus sentimientos, lo cual será para ellos como un bálsamo especialmente apreciado.

Cuando despertemos y la luz del día ilumine nuestro mundo lleno de sonidos y aromas familiares, daremos gracias a nuestro padre celestial por ese nuevo día que nos regala, que pudiera tener el valor de una vida entera.

Celebraremos diariamente la maravillosa sensación de ver, oír y disfrutar de los demás sentidos que nos regalan inconmensurable belleza; porque sabemos que tantos hermanos desventurados, sin explicación lógica aparente, nunca podrán hacerlo.

Si Dios nos obsequió una bella familia, ahora mismo y no después los amaremos; y veneraremos especialmente a esa maravillosa persona que nos escogió como pareja entre millones de otras personas; regalaremos ternura, respeto y solidaridad a esos pedacitos de amor concentrado, que vinieron al mundo para dar sentido a nuestra vida y permitirnos continuar nuestro amor en ellos… por siempre.

El hoy es lo más importante, porque es lo único realmente nuestro. Cada situación representa una oportunidad para ser felices, porque sólo depende de nosotros el estatus que otorgamos a cualquier circunstancia. La realización material y espiritual representada en una vida armónica y en paz, depende de valores trascendentales como el amor, el respeto, la consideración, el reconocimiento, la sensibilidad, la solidaridad, la lealtad, la aceptación, la generosidad y la caridad, cuales son intangibles y para obtenerlos únicamente requerimos nuestra voluntad y decisión.

Somos tan vulnerables físicamente, el tiempo transcurre tan rápido y no conocemos cuanto estaremos aquí, que no podemos permitirnos el lujo de perder ni un momento para disfrutar, decir cuanto amamos, deseamos y esperamos.

Manifestaremos nuestra fe, optimismo y entusiasmo en disfrutar todo lo que tenemos al alcance, y la esperanza de que luego, más allá de esta vida viviremos como en esta, porque igual que aquí estaremos con ese padre amoroso, que nos acompañó durante esta vida y nos espera ansioso en la otra.

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Hoy mantuve dos reuniones interesantes; la primera, con un activo luchador social e inscrito desde siempre en las teorías izquierdistas; la segunda, una empresaria desde el punto de vista filosófico-político, en el lado opuesto. En ambas la constante fue la preocupación por los vacíos existenciales que no logra llenar el poder, la riqueza ni la fama, que para mí responde a la necesidad de encontrar un medio para crecer espiritualmente.

Se trata del hastío de tanto materialismo que pretende imponerse frente a los principios y valores que fueron las raíces sobre las cuales cimentamos el desarrollo de familias honestas, con padres e hijos que disfrutaran de gozo, plenitud y solidaridad perdurables, pero conscientes de su importante rol individual, como guardianes de esos principios y valores, sin los cuales el hombre deja de ser importante frente al poder, la riqueza y la fama.

Quienes hemos mantenido esos principios y valores, dentro de los cuales Dios y el amor al prójimo son los principales, ni tenemos vacíos vivenciales, ni tenemos temores; porque al sentirnos hijos de Dios y por tanto imbuidos de su poder y amor, haciendo introspección del compromiso con nuestro congéneres, así como nuestra extraordinaria capacidad de adaptación a cualquier situación por muy difícil que fuere, la plenitud es tal, que no tenemos espacio para ningún vacío, porque ese coctel maravilloso compromiso-amor es demasiado dinámico, renovador y reconfortante.

No existen mecanismos de carácter externo, que divorciados de los principios y valores humanos, puedan substituir la espiritualidad de que éstos últimos están imbuidos; y como consecuencia, no son los elementos materiales como la riqueza o el poder, los que pudieran llenar esos vacíos que nacen y sólo pueden ser satisfechos por elementos intangibles como el amor, la solidaridad y el respeto por la persona humana, prioritarios frente a cualquier circunstancia económica, de poder o bienes tangibles.

Siento que se hace necesario reencontrarnos con la espiritualidad, dando oportunidad de expandir hacia el exterior ese potencial de amor y solidaridad humana, que todos tenemos como parte de nuestra herencia divina; aceptando gozosos, que nuestro espíritu prevalece frente a nuestra condición física, y por tanto es allí donde nace y se desarrolla la esencia de nuestra individualidad; y que de él depende la indispensable armonía físico-espiritual, que nos blinda frente a cualquier tentación, debilidad o adversidad, pero muy especialmente frente a esa insatisfacción angustiosa, de sentir y no saber como llenar esos vacíos… existenciales.

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«Son iguales la madre de Cristo y la de Judas porque ambas estàn hechas de pulpa milagrosa.»

Andrès Eloy Blanco (1.919)

En este día de celebración tan especial, siento desde lo más profundo de mi corazón, que mientras ustedes existan, el mundo seguirá siendo bueno para la vida. De alguna manera, ustedes representan ese susurro de Dios, diciéndonos que aún no se ha olvidado de nosotros.

Quienes físicamente no la tenemos, sabemos que espiritualmente viven con nosotros… por siempre. Quienes tienen el privilegio de tenerlas a su lado, gozan todos los días de una fuente de amor, que no conoce otra fórmula que la entrega sin pedir nada a cambio.

Ustedes nos conciben por amor, nos crían por amor, nos ven partir con amor; y al final, cuando dejan este mundo, nos atan el alma con ese hilo de plata que ya nunca dejará de conectarnos, en esa otra dimensión por encima de lo físico, donde tiene su dominio el espíritu, que no puede ser corrompido por nada, en ningún tiempo ni en ningún espacio.

Por eso hoy, con gozo y felicidad les hago llegar este mensaje de reconocimiento y gratitud, que no tengo duda comparten todos los hijos del mundo; uno de ellos, el venezolano Andrés Eloy Blanco, en 1919 lo expresó de una manera sublime en su regreso a la patria, cuando  escribió:

«Cuando falte a mis hombros madre mía la fuerza,

Cuando cerca del surco donde me siembren llegue;

Cuando ya hasta el màs leve remolino me tuerza

y hasta el peso del alma me doblegue…

Tu recuerdo, ese fardo de diamante,

seguirá siempre firme sobre mis hombros muertos,

Porque en  todas mis penas amor es un gigante

Y el cariño es un Hércules con los brazos abiertos»

Dios bendiga a las madres en su dìa… siempre.

«Son iguales la mdre de Cristo y la de Judas porque ambas estàn hechas de pulpa milagrosa.»

En este día de celebración tan especial, siento desde lo más profundo de mi corazón, que mientras ustedes existan, el mundo seguirá siendo bueno para la vida. De alguna manera, ustedes representan ese susurro de Dios, diciéndonos que aún no se ha olvidado de nosotros.

Quienes físicamente no la tenemos, sabemos que espiritualmente viven con nosotros… siempre.

Quienes tienen el privilegio de tenerlas a su lado, gozan todos los días de una fuente de amor, que no conoce otra fórmula que la entrega sin pedir nada a cambio.

Ustedes nos conciben por amor, nos crían por amor, nos ven partir con amor; y al final, cuando dejan este mundo, nos atan el alma con ese hilo de plata que ya nunca dejará de conectarnos, en esa otra dimensión por encima de lo físico, donde tiene su dominio el espíritu, que no puede ser corrompido por nada, en ningún tiempo ni en ningún espacio.

Por eso hoy, con gozo y felicidad les hago llegar este mensaje de reconocimiento y gratitud, que no tengo duda comparten todos los hijos del mundo.

Dios bendiga a todas las madres, que física o espiritualmente, siempre están y estarán con nosotros.

amauricastillo@gmail.comMi bibliotecaMi cuentaSalir

Poesía, Volumen 1996, Parte 3

Escrito por Andrés Eloy Blanco,Domingo Miliani,José Ramón Medina

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De regreso a Cuba decide trasladarse a México. Lo hace a comienzos de 1950. Entre los meses finales de vida habanera y los primeros de residencia mexicana
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EL REGRESO A LA MADRE CUANDO FALTE a mis hombros, madre mía, la fuerza; cuando cerca del surco donde me siembren llegue; cuando ya hasta el más leve
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Madre: en este coloquio feliz de mi regreso dos cielos
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Los cuatro que aquí estamos nacimos en la pura tierra de Venezuela, la del signo del Éxodo, la madre de Bolívar y de Sucre y de Bello y de Urdaneta y de
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Y el regreso al hogar, el negro vuelo: con las dos alas el avión cortaba varas de noche para nuestro duelo. Aldebarán, que nos acompañaba, las Pléyades y el
Página 204
la señora Dolores Meaño de Blanco recibe una carta enviada por el general Juan Vicente Gómez, donde autoriza el regreso de Andrés Eloy a Caracas.
Página 245
Nombres de mujeres Leonor 1 1 Sed tengo El alma inquieta 12 El regreso a la madre 13 Poda Los últimos énfasis (Poemas peninsulares) Iraida Regina Blanco

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“Si amas dilo, repítelo, no te canses de hacerlo; porque el amor en silencio es medio amor”

Millones de personas a las puertas de la muerte, darían lo que fuere sólo por unos minutos más de vida; en ese momento, quizás por primera vez ellos y un poco tarde, logran entender el valor de un minuto de existencia, que en esa especialísima ocasión equivaldría a una vida… más.

Asimismo, si pudiésemos consultar quienes yacen bajo la tierra, seguramente nos manifestarían su frustración por no poder corregir su mayor error mientras vivieron físicamente: haber desperdiciado minutos de felicidad. Quizás fue esto lo que nos quiso recordar Borges, cuando al final de su vida sentenció: “He cometido el mayor pecado de la vida: no he sido feliz”.

Hoy al despertar, cuando abrí mis ojos frente a una mañana radiante y al abrir mi ventana el aire, que no sabe de donde viene ni hacia donde va, en su raudo vuelo con mil sonidos y aromas diversas acarició mi cara, sentí en toda su plenitud el privilegio de de poder recibir esas maravillosas sensaciones, que me prueban que aún estoy aquí, en este extraordinario mundo que Dios me dio por heredad.

Entonces sentí la necesidad de orar, de decirle a mi Padre Celestial cuanto le amo; cuanto le agradezco el haberme permitido conocer y disfrutar de la bella e incuantificable naturaleza, y muy especialmente, por haberme regalado mis hermanos humanos, que con sus altos y bajos, me han hecho protagonista de una vida, que es una hermosa aventura, la cual, si pudiera repetir, lo haría exactamente como la he vivido.

Es que sólo respirar ya es una experiencia indefinible; pero amar, tener una familia, amigos, educación, trabajo, sueños, esperanzas, y la posibilidad de ser útil aunque fuere a una sola persona, son experiencias que no se pueden dejar de disfrutar con fruición.

Hay tanta gente sola, enferma física y espiritualmente, pero que tampoco tuvieron acceso a la cultura ni al conocimiento; quienes no disponen de un techo donde guarecerse, alimentación básica ni seguridad de ningún género, que estamos obligados a protegerlos y orar por ellos.

Por eso, no podemos desperdiciar ni un segundo, porque como el agua bajo los puentes, pasará y no podremos recuperar ningún instante perdido. Pero… aun hay tiempo; vaya, ponga contra su pecho a sus seres queridos, béselos, dígales y repita hasta el cansancio cuanto les ama y necesita; siémbrelos en el fondo de su alma, porque sólo allí lo acompañarán… siempre.

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La mayor responsabilidad con nosotros mismos, como seres dotados de raciocinio, es que en su mayor porcentaje nuestro éxito o fracaso únicamente es aplicable a… nuestra propia actuación.

Si somos exitosos, bienaventurados y felices, se deberá a nuestros personales aciertos; igualmente, si fracasamos, somos desventurados o infelices, será producto de nuestros errores o toma de decisiones desacertadas. El conocimiento de esta realidad nos crea la tendencia a la justificación, achacando nuestros errores a la mala suerte o los designios de Dios; no obstante que, la suerte –si existiera- la propondríamos nosotros y fue precisamente Dios quien nos dotó del raciocinio suficiente para tomar decisiones acertadas, que producirían resultados positivos. Esas quejas y lamentos diarios de malos momentos y carencias que nos afectan, sin analizar suficientemente qué los origina, neutralizan nuestras capacidades y desestiman las muchas bendiciones a nuestro alcance.

Es una tendencia enfermiza el pregonar los males y eventos desagradables como algo fatal e ineludible, sin analizar los orígenes de las situaciones que determinaron esos resultados negativos, donde seguramente el factor dominante lo fue nuestra negligencia, negativismo, falta de empeño y ausencia de fe en nuestra capacidad para convertir los pensamientos en cosas.

Cuando escucho lamentaciones y quejas personales, todas comparativamente inferiores al estatus de disfrute de vida, salud, paz y amor, siento que somos especialistas en complicarnos la vida, especialmente nuestra psiquis; así como que somos desagradecidos con esa fuerza universal y maravillosa que organizó todo, obsequiándonos condiciones especiales de razón e inteligencia, que negó a otros seres vivos.

Por ejemplo, nos quejamos si no tenemos manjares en la mesa; perdemos un amor vivido; tenemos que trabajar duramente; por sentirnos viejos; considerarnos menos agraciados o sexys; por disgustos e incompatibilidades familiares; sin considerar aquellos que mueren de hambre, que nunca llegaron a disfrutar un amor, quienes no tienen un trabajo digno, quienes carecen de un miembro, son ciegos, tienen sus rostros desfigurados, o aquellos que no tienen una familia ni un techo en el cual guarecerse.

Debemos aceptar que si desperdiciamos tantos beneficios que Dios nos otorga, si no contamos nuestras bendiciones, si desaprovechamos esa fuente de amor que son nuestros hermanos humanos y por tanto no somos felices, la única culpa es nuestra porque disponemos de libre albedrío y estado de ánimo, los cuales debidamente utilizados darían a nuestra vida el color y sabor deseados. No son Dios ni la suerte los culpables, sino nosotros y… nadie más.

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Somos producto de una época de gran aprensión. Desde niños, quienes debieran protegernos y prepararnos para una vida placentera y buena, quizás por ignorancia, nos inician en ese camino angustioso y desestabilizador, que a veces nos acompaña toda la vida: EL TEMOR.

Sin importar si tenemos suficiente raciocinio para entender de lo que se trata, nos asustan con un bicho, un coco, un fantasma y en ocasiones hasta con Dios, quien supuestamente nos va a castigar.

A medida que crecemos continúan asustándonos con los ladrones, los violadores, los borrachos, los autos que nos pueden atropellar, los policías que nos pueden apresar, los exámenes que podemos aplazar, la novia que nos puede abandonar y el trabajo que podemos perder. Por si eso fuera poco, de vez en cuando, nos asustan hasta con nuestro padre, cuando nos dicen: se lo diré a tu padre para que te castigue. Como resultado objetivo, al tiempo que acumulamos años también almacenamos temor.

¿Qué hacer para vencer ese enemigo silencioso que distorsiona la realidad, magnifica los efectos dañosos de eventos que “pudieran” acontecernos y nos hace la vida miserable?

Frente a esta realidad, debemos meditar sobre nuestra extraordinaria capacidad de adaptación al medio y supervivencia. Se impone reflexionar sobre que el temor es epidémico, contagioso y … paralizante; por lo tanto debemos enfrentarlo con optimismo, seguridad, pensamiento positivo, confianza en Dios y en que somos nosotros y nadie más quienes le damos la característica negativa, positiva, feliz o infeliz a cada una de nuestras circunstancias vivenciales.

No podemos olvidar que nacimos absolutamente indefensos y vulnerables; desnudos y sin ninguna capacidad de acción, pero no obstante el temor no pudo destruirnos: sobrevivimos, crecimos, investigamos, aprendimos, nos culturizamos, amamos, procreamos, somos y podemos ser aún más felices.

Todo lo que tenemos es utilidad. No sabemos cuanto tiempo, pero si que…viviremos; y la calidad de la vida la ponemos nosotros. En vez de desperdiciarnos intuyendo eventos desagradables, disfrutemos del amor, la amistad, la bondad; imaginemos la generosidad de nuestra gente, la paz que somos capaces de dar y recibir del mundo; las buenas intenciones que pueden guiar nuestro camino, el amor y solaz familiar que somos capaces de generar todos los días. Si lo hacemos de esta manera, si nos convencemos de nuestra ventura de ser hijos de Dios y tener siempre su protección, esa será la mejor manera de vencer el temor por hoy y… por siempre.

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Para satisfacer la inquietud de un consecuente lector, trataré sobre las posesiones materiales e intelectuales y su trascendencia en la vida terrenal. ¿Qué tengo en esta vida exclusivamente mío o pudiera llevarme al más allá? Nada, al menos nada físico o intelectual que pudiera permanecer por siempre; todo, incluida mi persona, es esencialmente… temporal.

La vida no me pertenece porque es de Dios, quien decide hasta cuando puedo mantenérmela. Mi esposa y mis hijos a quienes amo tanto, tampoco son míos porque también son de Dios; y siendo que nos une el amor y el cariño, que no son físicos, no necesito llevármelos porque son parte de mi espiritualidad.

¿Y el fruto de mi trabajo, de mi dedicación y mis desvelos… tampoco son míos? Pienso que sólo podemos disfrutarlos; los tenemos prestados mientras vivimos, porque donde vamos… no los necesitaremos. Los bienes, el poder y la fama, complementarios a la felicidad, al ser eventuales nadie puede asegurar su permanencia. Los bienes así como nuestros cuerpos -por ser físicos- volverán a la tierra donde pertenecen; el poder y la fama no existen físicamente, sino que representan operaciones mentales, ya que no pueden ser cuantificadas, físicamente determinadas, trasportadas o transferidas. ¿Y mis conocimientos y sabiduría adquiridos? Esos valores corresponden a nuestra individualidad y únicamente podemos aprovecharlos en nuestra condición físico-espiritual y al morir, por carecer de uno de esos elementos, ya no nos servirán para nada.

Pero… ¿Qué tengo entonces? ¿Qué es realmente mío? Mi capacidad de amar, de disfrutar, de compartir, de ser útil; mi hoy -que es inmutable e     impredecible- pero que puedo manejar a mi antojo. Mi gran tesoro es este maravilloso presente, donde puedo aplicar todas mis capacidades para ser feliz, porque depende de mi estado de ánimo y libre albedrío para sacarle el mejor provecho a esas muchísimas bendiciones que Dios me da… todos los días.

Es que, para evitarnos preocupaciones por atesorar o cuidar bienes materiales, fama o poder, Él los hizo temporales en esta vida e innecesarios en el más allá. Fue por ese acto de amor que no trajimos nada físico a este mundo; precisamente para que nunca olvidásemos que como llegamos, así nos iremos: desnudos de cuerpo y alma, porque lo que es muy importante, lo trascendente, lo que no muere, como mi alma y mi amor, como vinieron se irán y de ellos no quedará recuerdo perdurable en esta tierra.

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