“SOMOS CUANTO SENTIMOS Y ESO NOS HACE LIBRES”
Todos te
nemos en esta vida una pared personal, detrás de la cual escondemos, unos más que otros, sentimientos, inhibiciones, frustraciones, tristezas, dolores, ambiciones, sueños y… alegrías.
Yo también tengo mi pared; sólo que he separado mis sentimientos de la mejor manera posible, de tal forma que únicamente tengan trascendencia aquellos que sean positivos y me edifiquen, a mí, a cualquiera de los seres que amo o a quienes me relaciono de cualquier manera.
No se trata de una pared física porque tiene que ver con mi alma y mis sentimientos que son etéreos, y al no tener conformación material es un poco más difícil contener algunos de ellos, que a veces escapan e intentan crearme problemas; pero al final, yo los controlo.
Detrás de mi pared he aprendido a vivir tan feliz como cuando tengo que traspasar sus linderos. Para lograrlo, simplemente me regalo de forma permanente y continua la posibilidad de equivocarme y cometer errores; de tratar de entender a mis hermanos humanos, aceptarlos como son, reconocer sus bondades sin escudriñar sus errores o defectos, y festejar su diversidad. De alguna manera, esto es parte del obrar humano que todos tenemos que experimentar en procura de una vida mejor; y es, precisamente disfrutando en el camino de lograrlo, como aprovecho esas múltiples experiencias que me enriquecen, inmersas en el maravilloso mundo de las cosas sencillas.
Por mucho tiempo sólo me sentía a salvo detrás de mi pared, hasta que descubrí que por tratarse de algo espiritual y no físico, no tenía límites de tiempo ni espacio. Con esa precisión ubiqué los cerrojos en mi ser interior, donde convivo con Dios y sólo Él y yo tenemos acceso, para dejar que sean mis sentimientos quienes decidan donde se quedan: delante, donde el sol brilla y las noches son estrelladas, o detrás, donde todo es oscuro. Así, atesoro aquellos que son positivos para mi o alguien más, haciéndolos parte de mi luminosa vida diaria. Por el contrario, los que considero negativos, deprimentes o dolorosos, los dejo detrás, en la parte oscura de mi pared, para no recordarlos nunca.
Hoy alguien, inesperadamente, traspasó mi pared adornándola con colores de oro, música de alas de mariposas y perfume de azahares: Wendy interrumpió mi trabajo, se sentó en mis piernas y jugueteo con mi pelo como antaño, mientras su mami la miraba con ternura; ella tiene treinta años, dos bellas niñas y es… la última de mis hijas.
Boulder, Colorado, una linda mañana de primavera. Camino por las calles sin conocer personalmente a nadie, pero todas las caras me son familiares: hombres, mujeres, niños; unos jóvenes, otros menos jóvenes y otros… mayores; rubios, blancos, afroamericanos, latinos, pero todos en lo mismo; viviendo… tratando de vivir lo mejor posible.
Engendrar o concebir no requieren ningún aprendizaje o entrenamiento especial, porque responde a urgencias biológicas de mantenimiento de la especie.Pero más allá del hecho natural reproductivo, el papel de padres sí que amerita de aprendizaje e inclusive entrenamiento, aunque la sociedad no le de la importancia que merece. No obstante, en gran manera, la felicidad de los hijos pudiera depender de cómo se materialicen el papel de padres.
Una frase de Napoleón Hill, escrita hace màs de cincuenta años, me ha creado una profunda reflexiòn: «En última instancia nada importa.»
Atendiendo a la inquietud de una consecuente lectora de este Blog sobre si en una pareja se puede engañar al corazón, debo comentar que en artículos anteriores determinamos que el amor físico-espiritual no muere, sino que cuando le falta la alimentación adecuada disminuye, hasta ponerse como en estado de hibernación, para revivir cuando vuelva a recibirla, pero no muere.