
Son las diez de la mañana de un día de verano en Chicago, en el parque Foster Beach a orillas del Lago Michigan. En la playa conformada por cientos de metros cúbicos de arena que fueron transportados hasta allí por la autoridad de la Ciudad, grupos de familias acceden con sus niños y… sus perros para recrearse en el agua, para mi muy fría, pero no para quienes están acostumbrados a los bruscos cambios de temperatura, que en los últimos veinte años por efectos del calentamiento global han afectado sus costumbres, convirtiéndola en normal.
Grupos de gaviotas confundiéndose con las palomas, en búsqueda de algún desperdicio para saciar su hambre paran su vuelo sobre la playa, sin importar la presencia humana, en ese cambio obligado de su hábitat que transformó su dieta de peces por… desperdicios de todo género.
Sobre el escaso pasto que lucha por sobrevivir, grupos de latinos alborozados y vocingleros así como algunos blancos en shorts, disfrutan sus parrilladas al aire libre, lo que ya no pueden hacer en sus apartamentos que son demasiado reducidos y donde escasamente tienen espacio para ubicar los mínimos enseres, necesarios para subsistir con sus numerosas familias.
Los niños corretean las contadas ardillas que, en la misma situación de las gaviotas y palomas, tratan a riesgo de su propia vida aprovecharse de las sobras de los invasores de su mundo, que acabaron con sus fuentes naturales de alimento, para luego refugiarse en los escasos árboles que forman parte de la subsistente vegetación, que con gran esfuerzo la Alcaldía de la Ciudad logra mantener aún con vida.
Al margen de la vía flores multicolores que despiden la primavera, conforman un bello paisaje disfrutado especialmente por los ancianos que descansan su caminata en los bancos de madera al margen de la caminería; quizás rememorando cuando flores tan bellas pero mucho más abundantes que esas, adornaban los jardines de sus propias casas, hoy ya… inexistentes.
La belleza del escuálido paisaje natural que aún subsiste, es interrumpido por el ruido de las sirenas de las ambulancias y el ruido de los más de quinientos aviones que diariamente, por encima del lago, acceden a los Aeropuertos Midway y O´Hare, este último uno es de los más congestionado del mundo.
Al regresar observo los transeúntes, en su mayoría subidos de peso y descuidados en su presencia, quienes caminan apresuradamente… mentalmente perdidos en un mundo que sin duda no tiene que ver con el preciso momento en que viven. Quizás por eso sus rostros no reflejan alegría, satisfacción o plenitud; ni saludan, sonríen, canturrean o simplemente… disfrutan del paisaje. Pienso que como las gaviotas, palomas y ardillas, su mayor preocupación es como lograr su dieta diaria, en un mundo que también cambió su hábitat que, por tratarse de entes inteligentes, no solamente afectó su subsistencia física, sino su alma y su vida espiritual.
Seguramente por eso perdieron la capacidad de disfrutar del aire de la mañana, de las flores, de los animalitos, de las sonrisas y de la voz de los niños, que nos recuerdan que aun tenemos un mundo bueno en el cual vivir; de la tranquilidad que genera el paso lento pero digno de los ancianos, que nos indica que en toda época de la vida se puede ser feliz; y el disfrutar de la comunicación fluida y generosa con los demás seres humanos, que nos ratifican como hormigas de la misma cueva, con capacidad inusitada de ofrecer y recibir amor, generosidad, solidaridad y… caridad.
Frente a este desolador espectáculo, me pregunto:
¿Será posible que no observemos lo que nos sucede?
¿Continuaremos permitiendo que los antivalores modernos como el consumismo, la vanidad, la futilidad, el deseo de riqueza exagerada y sexo indiscriminado roben nuestra tranquilidad, paz, sensibilidad, solidaridad humana, plenitud y hasta… la familia?
¿Estaremos condenados a resignarnos a sobrevivir, en vez de vivir intensamente cada uno de nuestros días?
¿Qué tenían de diferencia con nosotros nuestros ancestros que reían, silbaban, cantaban, bailaban, saludaban, sonreían, y no requerían de grandes eventos o situaciones extraordinarias para sentirse plenos?
¿No sería acaso la diferencia, su capacidad y aptitud para disfrutar del maravilloso mundo de las cosas…sencillas?
¿Acaso… no podemos recuperar lo perdido?
Claro que sí. Sin duda podemos recuperar esos recursos intangibles que fundamentaron la felicidad de nuestros ascendientes, que de forma paulatina pero progresiva nos fueron arrebatados por el tiempo, en gran parte debido a una equivocada concepción del valor integral que para un ser humano tienen los bienes económicos. Porque aún Dios no se ha olvidado de nosotros. Sobrevive su mayor legado: la razón, la inteligencia, el libre albedrío y el estado de ánimo, que son absolutamente nuestros porque nadie puede quitárnoslos… nunca.
Sólo requerimos una toma de decisión. Es un problema más de actitud que de aptitud. La primera, depende de nuestra voluntad, la segunda podemos desarrollarla nuevamente sobre la base de la primera. Al fin y al cabo, somos el animal más adaptable a los cambios sobre esta madre tierra. Sobre esto tratarè en la próxima entrega:
LO QUE EL TIEMPO NOS DEJO II
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