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«Nuestro paso por la vida es demasiado bello y temporal para recorrerlo… solos»

Hoy, un radiante rayo de sol se coló por la persiana y me despertó antes de tiempo. A mi lado, Nancy dormía plácidamente. Me regalé unos segundo observándola y di gracias a Dios por ser un hombre realmente privilegiado. A mis 67 años no estoy solo, sino que comparto cada minuto de mi vida con mi insustituible compañera de viaje… largo. Esa que a sus 57 años de edad sigue siendo linda, entusiasta, emprendedora, alegre, tierna, respetuosa, solidaria y…feliz.  Su placidez habitual al dormir no deja duda de su tranquilidad espiritual.

Ese, mi primer paisaje edificante, de un hermoso día como todos los de nuestra vida diaria, me produjo reflexión sobre cómo la decisión de hacer pareja puede incidir definitivamente en el resto de  nuestra vida, especialmente cuando, aún manteniendo nuestra capacidad productiva y el espíritu en su más alto nivel, los años indefectiblemente hacen mella en nuestro aspecto físico y la velocidad en el transcurso de los años, que produce cambios en la ideología de vida de las personas, nos alejan los interlocutores válidos, ampliando espacios a veces infranqueables, en la manera de ver la vida y las cosas, nuestras tradiciones, principios y paradigmas que rigen nuestro comportamiento.

Siento que cuando hacemos pareja con la intención determinante de que sea para siempre y la acompañamos con las acciones diarias orientada a edificar a nuestro par, mediante demostraciones de amor verdadero, respeto, ternura, aceptación, reconocimiento, buena comunicación,  solidaridad y fidelidad,  estamos asegurando no sólo la compañía para disfrutar plenamente de los muchos momentos de goce diario, sino esa placidez progresiva que va invadiendo nuestra alma, en la misma medida en que pasan los años y logramos nuestros propósitos, desarrollamos nuestros hogares, sacamos adelante nuestra familia y vemos crecer las nuevas simientes, que evitarán que con nosotros desaparezca nuestro amor sobre esta tierra.

Cuando hacemos parejas bien avenidas, el paso de los años no nos hace daño, sino que, el transcurso del tiempo se convierte en fuente de ese hacer mancomunado, que llega a convertirnos en  una sola persona, con similares intereses,  intenciones y deseos, imbricados en un equipo de trabajo y disfrute; donde ambos somos productivos y necesarios, no sólo para la subsistencia física sino para el goce físico-espiritual, combinación sin la cual no se puede lograr la felicidad integral.

Tengo la bendición de tener muchos amigos, pero al mismo tiempo la tristeza por aquellos que  no identificaron la importancia de entender los derechos, necesidades, ambiciones y justas aspiraciones de sus pares.  Hoy, la mayoría de ellos, con arrepentimiento tardío, sienten que su riquezas, fama y poder no pueden compensar ni siquiera un día de amor verdadero, ternura espontánea, solidaridad sin intereses, aceptación sin condiciones; porque esas son necesidades espirituales que no pueden ser  evaluadas por  elementos tangibles ni tradicionales, pero tampoco adquiridas por medios de cambio convencionales como dinero, fama o poder, porque responden a sentimientos elevados, por encima de  nuestra propia naturaleza física.

Alguien acertadamente escribió que para estar triste no se requiere compañía. Sin duda, la mayor tristeza del hombre la produce la soledad; pero no la de ausencia de personas a su alrededor, sino aquella que se siente en el alma, cuando no hay nadie que comparta contigo íntima e integralmente, con solidaridad tus ambiciones, necesidades y realizaciones.

No hay sentimiento de seguridad comparable al que se siente, cuando en las noches de lluvia, después de un día agitado sentimos en nuestros pies el rescoldo de esas dos brasitas, que como en los cuentos de navidad, se convierten los pies de nuestra amada. Es el pago que Dios da a los hombres de buena voluntad que saben amar, respetar, aceptar, reconocer, honrar y edificar, a esa otra persona que nos escogió, en un concierto de millones de seres humanos.

«ES MEJOR PERRO VIVO QUE LEON MUERTO»

Salomón.

Durante mi niñez, mi padre solía ejemplarizar las cosas que consideraba importantes, mediante metáforas o sencillos versos.  Una de esas enseñanzas que quedó grabada en mi alma y que he repetido cientos de veces, especialmente para audiencia joven,  es aquella que reza: «Aun en la situación más lamentable es la vida del hombre siempre amable.»

Es que, personalmente, no he conocido ninguna persona, independiente de su situación económica, social, etaria o de salud, que me haya manifestado su deseo de morir. Por el contrario, he presenciado accidentes desgraciados, largas y penosas enfermedades, e inclusive en mis brazos he protegido personas gravemente heridas por incendios y explosiones, quienes unos murieron en pocas horas y otros quedaron gravemente lesionados e inútiles por vida.

En todos los casos referidos, esas personas, aun bajo grandes dolores y condiciones muy precarias, pedían ayuda porque querían vivir. No obstante que concibo la muerte como un paso más de nuestra vida y consecuencia del nacimiento, en oportunidades he estado a sus puertas, siempre al igual que esas personas, mi mayor empeño ha sido el de tratar de preservar mi vida, sin considerar mis condiciones de vida futura.

Me atrevo a especular que, si nos estuviera dado consultar a los muertos, en el más alto porcentaje, sino en su totalidad, nos indicarían como su máxima aspiración recuperar su vida, aunque fuese por poco tiempo  e independiente de la condición física del regreso.

Pienso y aseguro que el mayor don,  como herederos de  Dios, es precisamente el poder respirar todos los días, con todo lo que conlleva esa inigualable bendición que es la vida, en su inmensa capacidad de amar, sentir y dar, de que fuimos dotados por Dios.

Ese hecho natural de vivir, conlleva reinar sobre este planeta. A tal fin, como seres espirituales viviendo una experiencia física, disponemos de razón, inteligencia, capacidad, poder, sentidos,  y la posibilidad de actuar con sabiduría. No hay nada sobre esta tierra que no seamos capaces de poner a nuestro favor y disfrute. Desde la radiante luz del día y los mil sonidos de sus habitantes, hasta la oscuridad de la noche con su ruido de silencio, dentro del contexto de una naturaleza espectacular, desencadenante y magnífica, por virtud de su legado divino, el hombre es amo y señor de su vida y destino.

Nosotros decidimos cómo es que vamos a disfrutar de tantas bendiciones que nos fueron dadas. Nadie fuera de nuestra persona, tiene suficiente fuerza para ingresar a ese reino esencial e interno que vive dentro de nosotros y que nos posibilita disfrutar de lo que se desarrolla en el exterior. Es nuestra capacidad de sentir nuestro poderío sobre lo que existe, la medida con la cual hacemos nuestra vida mejor o peor.

Es nuestra capacidad de amar y  aceptar a nuestros hermanos humanos en su maravillosa diversidad, en ese extraordinario mundo de las cosas sencillas, la dimensión dentro de la cual podemos realizarnos material y espiritualmente. Es la sana curiosidad, el deseo de conocer y aprender, la ternura y el amor por lo que existe, lo que determina nuestro disfrute del extraordinario paisaje geográfico, de sus habitantes y sus peculiaridades.

¿De qué servirían los colores inigualables de las bellas flores; de las curiosas e inquietas aves que surcan el cielo y pueblan los bosques; de la voz de los turpiales y las notas de los sinsontes; del sonido particular del agua y la tranquila voz de las olas; de la risa cantarina de los  niños y la voz trémula pero llena de paz de los ancianos y de la palabra amor, si no hubiera un ser humano para disfrutarlo?

Somos la gran audiencia de Dios, que se manifiesta en el universo, en el infinito y en este mundo natural que puso para nuestro disfrute y servicio, para que todos, junto con Él hiciéramos una unidad.

Luego de este análisis cabe reflexionar: ¿Cómo puede alguien despreciar tanta riqueza física y espiritual, y no ser o dejar de ser feliz? ¿No es acaso nuestra vida física, la materia prima para esa obra de plastilina que es nuestro fugaz, pero interesantísimo, paso por esta vida?  ¿Cómo puede alguien hablar de desventura o asegurar que tiene mala suerte, si todo lo que existe lo es a su servicio? ¿Cómo puede alguien renegar de su vida?

Pienso que el asunto reside en la ausencia de reflexión. Por eso  en este maravilloso día, que para mí es  una vida más, sugiero a mis consecuentes lectores, meditar sobre este tema. Al final, lo peor que puede pasar es sentirse más feliz que antes de la reflexión.

«TODO LO QUE SE PUEDE PENSAR POSITIVAMENTE, ES REALIZABLE.»

Uno de los paradigmas que ha hecho daño al hombre, es aquel que reza que «No todo se puede tener en la vida.»

Considero que es todo lo contrario; para cualquier ser humano normal todo lo que requerimos para nuestra felicidad, sí  que podemos conseguirlo en la vida. Me refiero a lo que dentro de los parámetros apropiados se requiere para ser feliz, sobre la base del concepto de felicidad como «la realización material y espiritual de un ser humano.»

Conforme a tal aspiración, los logros deberán localizarse en los dos planos que conforman la vida del hombre.  Por una parte, el aspecto material donde se incluye todo lo necesario para subsistir físicamente, aprovechando los recursos que existen sobre el planeta, como el aire, el agua, los alimentos  y aquellas cosas que posibilitan vivir cómodamente y protegerse de la acción de los elementos naturales, tales como una vivienda, el moblaje y el acceso a un medio de transporte.

El hecho cultural, que transformó el paisaje geográfico originario en función de optimizar la calidad de vida, creó necesidades que no podían ser satisfechas por los recursos del medio en su estado natural, sino mediante la transformación en objetos que cumplieran con tales fines.

De tal manera avanzó el hombre en el empeño, que hoy no es indispensable amasar gran fortuna para disponer de una vivienda donde guarecer la familia, ni se requieren grandes cantidades de dinero para suministrarse los alimentos necesarios o los servicios básicos.

Tampoco hace falta ser rico para proveerse transporte, siendo que la atención a la salud y los estudios básicos, en casi todos los países son suministradas por el Estado, o lo cubren pólizas de seguro a las cuales puede acceder cualquier trabajador, empleado o profesional.

Fue así como se creó la multiplicidad de cosas que nos suministran confort, cuyo acceso es posible sin gran esfuerzo, en la medida en que se jerarquizan las reales necesidades físicas, dentro de parámetros razonables para obtenerlos; no a unos pocos sino a todos los habitantes de este planeta.  De tal modo, para un ser humano civilizado, que desde su minoridad hasta su adultez actúe conforme ha sido planificado en el contexto social, no debe ser muy difícil lograr suministrarse los  medios físicos necesarios para  una vida normal.

Cualquier persona común y corriente, quien haya cumplido desde niño con su educación básica, de joven con el aprendizaje de un oficio o profesión; o laborar como un empleado con la diligencia necesaria, estará en capacidad de acceder sin mayores sacrificios a lo necesario para desarrollar su vida físicamente, de tal forma cubriendo  la realización material.

La parte restante del concepto, que es la realización espiritual, por depender excluisivamente de nuestro estado de ànimo y autoestima, solamente requiere de nuestra voluntad y deseo de sentirnos bien.

Tenerlo todo representa interiorizar que hemos logrado la satisfacción de nuestras necesidades materiales, al mismo tiempo que alcanzamos nuestra tranquilidad y crecimiento espiritual. Así de claro e igual de fácil.

Lógicamente que, si en vez de una casa  o un apartamento se aspira a tener dos o más; si en vez de un auto para transportarse o utilizar los servicios públicos, se ambiciona disponer de varios; si en vez de los muebles necesarios se intenta tener un almacén repleto, o algunos con materiales exóticos y características exclusivas; si en vez de los recursos económicos necesarios para adquirir lo que se requiere y complementar las necesidades, se anhela tener cuentas de bancos repletas de dinero; conforme a esa manera de pensar, nunca se podrá «tenerlo todo».

Pero, si se realiza el trabajo con amor y eficiencia, procurando satisfacer las necesidades conforme a los ingresos devengados; si se prevé contingencias económicas dentro de lo posible y recomendable; se mantiene una alimentación balanceada, evitando ingerir o usar de elementos nocivos o excesivos, lo que revertirá en una buena salud, entonces no hay ninguna duda de que «Sí que es  posible lograr todo lo que se requiere», al menos desde el punto de vista material.

Como la realización espiritual es intangible y depende de cómo decidamos sentirnos, simplemente podemos ponerlo a nuestro favor cuando nos interese, con lo cual se cierra el círculo físico-espiritual que determina nuestro estado de felicidad personal, lo cual nos permite declarar sin ninguna duda que no hay razòn para que se pueda generalizar el criterio de que «No se puede tener todo en la vida.»

 

«SOLO EL RECUERDO DE LAS BUENAS OBRAS PERMANECE DESPUES DE LA PARTIDA»

«Estoy intentando meterme en una botella que un día aparecerá en la playa para mis hijos», expresó el profesor y científico Randy Pausch en Septiembre de 2007, en la oportunidad de  su última lección (Last Lecture) al dirigirse a unos aproximadamente 400 estudiantes y profesores de la Universidad Carnegie Mellon, en Pittsburg Pennsylvania, cuando con inusitado valor, extraordinaria serenidad y hasta buen humor, les anunció que sufría de  un cáncer de páncreas y que los médicos le daban entre tres y seis meses de vida.

«Aunque estoy en mejor forma que muchos de vosotros… es lo que es y no podemos cambiarlo», dijo frente a un público estupefacto que confundía sonrisas con lágrimas. Diez meses después de aquella última clase, murió en su casa de Chesapeake VA, al lado de su mujer y sus hijos, a los 47 años de edad; no sin antes haber regalado no una carta dentro de una botella que un día pudiera aparecer en una playa para la lectura de sus hijos, sino al mundo entero, el mensaje de que cuando se vive la vida con amor, buen humor, dedicación y vocación de ser útiles a nuestros semejantes, no es el tiempo de vida sino la pasión que pones en lo que haces, lo que  establece la diferencia en esta corta estadía sobre esta madre tierra, donde el único capital real, capaz de llenar todos tus vacíos, es la fuerza espiritual que mora en tu interior, que te proyecta por encima de tu propia naturaleza en pro del beneficio colectivo y es capaz de superar todo, incluido el miedo a.. la muerte.

Fue eso lo que quiso decirnos cuando escribió:

«Busca la pasión que debe mover tu vida y esa pasión no está ni en cosas materiales ni en el dinero, siempre habrá alguien alrededor tuyo que tendrá más, la verdadera pasión está en las cosas que te llenan desde tu interior y está cimentada en las personas y en las relaciones con las personas, y en como serás recordado cuando ya no estés aquí.»

El legado que nos deja este especial hijo de Dios, es que la vida es  una permanente oportunidad para amar a nuestros semejantes y dar para ellos lo mejor de nosotros; que no es la cantidad de tiempo que se viva, sino cómo se vive el que nos corresponde; que no somos nosotros quienes decidimos cuanto tiempo vamos a estar aquí, pero que sí nos corresponde decidir que vamos a hacer de el; que únicamente disponer de la vida, sin importar cuanto tiempo, es ya la mayor bendición de Dios y que debemos aprovechar cada instante, porque en todo momento podemos ser útiles y nunca sabremos hasta cuando estaremos aquí, por tanto siempre debemos abrazar… un sueño, «…otorgándole a los seres humanos el verdadero valor que tienen, por encima del valor que concedemos a las cosas.»

Creo que también nos demostró con su ejemplo, que no debemos temer a la muerte, porque es consecuencia de haber nacido; que es un evento indefectible e indetenible, que como no tiene solución conocida, debemos aceptarlo como parte de nuestra misma vida, con entereza, con valor, y  a ser posible, con buen humor. Pero que si queremos dejar un buen recuerdo a quienes amamos, debe ser la convicción de que  siempre dimos lo mejor de  nosotros, se disfrutó intensamente de la existencia, bajo la convicción de que un momento de amor verdadero es incuantificable en el tiempo y su huella perdurará… por siempre.

Yo, que no tengo duda de nuestra naturaleza físico-espiritual, de que nuestra alma es eterna, sé que Randy Pausch vivió para cumplir la misión que le fue impuesta por Dios desde antes de nacer. Que disfrutó esta vida física cumpliendo su cometido, porque entendió que si él no podía cambiar su destino, por lo menos podía darle los matices a su misión y lo hizo de forma extraordinaria, demostrando que la felicidad no depende de cuanto tiempo se viva, sino de cómo se viva.

Por eso en este momento, desde el fondo de mi corazón escribo en reconocimiento a su memoria y a su obra como una forma de decir: Paz a sus restos, con un poco de tristeza pero sin dolor, porque estoy seguro que esa alma que abandonó su cuerpo físico es eterna, y ascendió a una escala superior en otra dimensión, en busca de su más elevado destino.

 

        «HOGARES FELICES HACEN FAMILIAS FELICES Y ESTAS HACEN PAISES FELICES»

En una conferencia en una Universidad Venezolana para alumnos de la Maestría en Ciencias Gerenciales, con asistencia de Ejecutivos de alto nivel tanto de Gerencia Privada como Pública, uno de ellos me inquiría sobre donde estaba la razón de que no obstante las diferentes y muy variadas disciplinas de pregrado y postgrado que se enseñaban, la familia continuaba deteriorándose aceleradamente, sin que nada en el horizonte indicara que se estaba haciendo algo por solucionar este problema.

Como padre y abuelo tengo la misma preocupación. No obstante, que por la formación que en nuestro hogar dimos a nuestros hijos, éstos han desarrollado hogares donde el amor, la democracia y el respeto imperan, produciendo buenas comunicaciones entre cónyuges, padres e hijos, por lo cual personalmente mi esposa y yo somos menos afectados que la mayoría de otros padres y abuelos, me siento obligado a expresar mi criterio sobre cual pudiera ser la raíz del asunto, y, si se quisiera hacer algo, por donde debería comenzarse.

Frente a un mundo donde todo se  hace progresivamente más complejo y el temor es casi endémico, los niños crecen y se forman sin que se les de la suficiente información, sobre cuales deben ser las reales prioridades de su vida, y muy especialmente  el lugar que corresponde a la familia como célula esencial de cualquier comunidad y sociedad organizada.

Observo que la agitada vida urbana, en la cual sí que se puede tener tiempo para todo, con sus muchos factores y elementos angustiantes, imbuye al ciudadano en la idea de que el tiempo no le alcanza para nada; produciendo un alto nivel de estrés, que se va  haciendo parte de la vida de las personas, inclusive convirtiendo a algunos en adictos a este sentimiento negativo, por lo que en todo momento manifiestan su falta de tiempo, prácticamente para todo.

En tal estado de cosas, el condicionamiento mental es de que no se tiene tiempo para descansar suficientemente, para leer, para estudiar, para meditar, para distraerse y para compartir con la familia; y si todo el tiempo se presume ocupado, la consecuencia del cansancio físico y mental es, precisamente,  el estrés que nos desequilibra emocionalmente.

Ese estado angustioso impuesto por una sociedad consumista, atemorizada y falta de fe, crea en la mente de los afectados, la idea aberrada de que no es posible cumplir eficientemente con las obligaciones que corresponden a los roles de cónyuges, padres, profesionales o empleados, al mismo tiempo que se disfruta de entretenimiento, estudio y culturización.

Paradigmas diseñados por una sociedad altamente desarrollista, orientan en la idea de unas prioridades en beneficio del éxito económico y laboral-profesional como generador de ingresos, dejan en segundo plano ese otro pequeño gran mundo constituido por el cónyuge, los hijos y  la comunidad inmediata, cual a la hora de la verdad es esencial en la vida de cualquier ser humano civilizado, por que casi siempre, nace y se mantiene antes y después del éxito, o el fracaso de un individuo.

Pues bien, unos padres afectados por el temor sindrómico a la  dificultad de  la supervivencia física, con su fe en el más bajo nivel y ausencia casi total de fortaleza espiritual, que los convierte en unos cuasi-robots, que funcionan conforme a las instrucciones sublimales que les imparte los medios de comunicación social, a quienes solo les interesa que consuman bienes y servicios, sin importar si fueren necesarios o no, poco pueden hacer que sea positivo para la formación de sus hijos, más allá de cuidar de proveer sus necesidades físicas fundamentales y  la educación académica formal.

Pero, es que la escuela es parte del sistema social del establishment, organizado y orientado a preparar recursos humanos para la producción de bienes, servicios y riqueza;  por tanto, tampoco tienen ninguna preocupación o interés en que los niños desarrollen su capacidad de amar y disfrutar de una vida hermosa, plena de oportunidades para ser felices, en tanto y en cuanto se entienda, en si misma,  como un regalo de Dios de incuantificable valor, que es pasajera y debe disfrutarse en todo momento con intensidad y fruición.

En el fondo, es producto de que los mismos maestros, profesores y orientadores, que fueron formados en la misma idea desarrollista económica, dando prioridad en todo momento a la capacidad de generación de recursos económicos,  al ser su mayor interés devengar su subsistencia económica con el cumplimiento de su obligación de enseñar a sobrevivir, si no se preocupan por vivir plena e intensamente la vida ellos mismos, nadie debe esperar que pueden transmitir a sus educandos lo que ellos mismos desconocen o no le dan trascendencia: vivir intensamente esta maravillosa vida que Dios nos dio.

Si los educadores primigenios, que son los padres, y los impartidores de conocimiento formal, que son los maestros y profesores, entendieran la necesidad y conveniencia de educar para la vida, pero para la vida buena, y no para cubrir una formalidad legal o cumplir con un programa académico, seguramente los hombres seríamos más felices y el mundo mucho mejor.

Aceptando la posibilidad de tal cambio en la mentalidad de los padres y educadores,  lo más importante a desarrollar en los niños en el hogar,  sería su capacidad de amar y aceptar a los seres humanos en su interesante diversidad, en la seguridad de que todos nuestros pensamientos y acciones deben estar orientados al logro del bien común, porque de alguna manera, todos conformamos la gran familia humana y no tenemos capacidad ni vocación para desarrollarnos material y espiritualmente en solitario.

Bajo tal premisa, para los maestros y profesores, desde nuestro primer día de escuela hasta la finalización del último nivel de educación superior, más importante que enseñarnos letras, números y fórmulas, sería el adentrarnos en el conocimiento del privilegio de vivir, de nuestra extraordinaria capacidad para convertir los pensamientos en cosas, de diseñar nuestro propio destino para disfrutar de la mejor manera, los muchos dones que Dios puso sobre esta tierra para nosotros; del amor de nuestros semejantes, especialmente de aquellos que conforman nuestro entorno íntimo, como los padres, los cónyuges, los hermanos y los demás ascendientes y colaterales, quienes en su camino de la vida,  saldrán de nuestro entorno para hacer su propia vida o para dejarla, en bastante menor tiempo de lo que normalmente nos imaginamos.

Nos enseñarían la importancia de nuestra inmediatez con Dios, que en todo momento nos da poder, amor y fortaleza. Nos enseñarían que no hay razón para el temor, porque estamos dotados de todos los elementos necesarios para vencer y superar cualquier situación que pueda presentársenos y en toda instancia y circunstancia contamos con Él. Nos enseñarían a vivir intensamente cada segundo de nuestra vida, porque no existe ninguna posibilidad de volver a repetirlo,  y si lo perdemos, jamás podremos recuperarlo.

Por sus enseñanzas aprenderíamos a no preocuparnos ni por ayer ni por mañana; porque sobre lo que ayer sucedió no podemos hacer nada; y  por mañana, que es incierto e imprevisible,  en vez de preocuparnos debemos ocuparnos en lo único que podemos hacer en su beneficio: hacer las cosas bien…  hoy.

Aprenderíamos que todos somos uno con Dios, y por tanto, cuando hacemos el bien o actuamos indebidamente con nuestros semejantes, de acuerdo a cual sea nuestra actuación, su efecto será a favor o en contra de nosotros mismos y nuestro entorno más querido.

Aprenderíamos a agradecer todos los días el privilegio de vivir, cuando tantos hermanos nuestros ya no pueden hacerlo; a disfrutar de las mañanas, del calor del sol, de los atardeceres, del bullicio del día,  y del mágico ruido del silencio de las noches; del canto de los pájaros, del ruido del agua en las fuentes, la risa de los niños y de la palabra… amor.

Y lo más hermoso y trascendente sería que nos convenceríamos de que nuestra vida,  al mismo tiempo que puede ser tan plena de felicidad es tan elemental, que para sentirnos realizados material y espiritualmente, no requerimos de grandes cosas, ni acumular riquezas, ni obtener poder, ni fama, ni reconocimientos, porque cuando somos capaces de posesionarnos integralmente de nuestro vínculo real con Dios, todo es sencillo, práctico  y… posible.

Es ese estado de tranquilidad espiritual, la única posibilidad de convivir felices en pareja, formar debidamente nuestros  hijos, hacer hogares buenos para la vida, constituyendo familias sólidas, permanentes y felices; para que en las escuelas, los maestros al enseñar el conocimiento formal, lo hagan complementario a esa formación primigenia que los hijos recibieron en el hogar, que no puede ser desvirtuada; en una educación  donde lo prioritario, lo más importante no sea el generar y acumular riqueza, sino el compartir con amor los muchos beneficios que podemos producirnos como miembros afectuosos de esta gran familia humana, donde todos cabemos holgadamente, en un mundo con recursos suficientes para que, al utilizarlos equitativamente,  todos dispongamos de lo que nos haga falta.

Claro que podemos hacer buenos hogares y es urgente que nos convenzamos de ello, porque si formamos y educamos bien a nuestros hijos, construimos familias sólidas y permanentes, ellas conformarán comunidades sanas y buenas para la vida, y éstas a su vez darán a nuestro  mundo la paz, la tranquilidad y la felicidad que tanto necesita.

«REGRESO A MI HOGAR, DE DONDE VINE UN DIA»

En la búsqueda de una vida plena, el ser humano siempre ha ubicado elementos que le hacen presumir que pueden producirle el tan deseado estado de felicidad. Se trata de los factores  Riqueza, Poder Político, Belleza, Fama, Amor Sensual, Larga Vida y Conocimiento; todos alcanzables, pero… ¿Podrán individual o conjuntamente producir felicidad permanente?

Procede analizarlos somera e individualmente. La riqueza se vincula a eventos aleatorios que tienen que ver con interpretar oportunidades, pero de ninguna manera se puede considerar permanente, porque siempre está en riesgo de perderse. Su eficiencia se agota en la capacidad de lograr la captación de cosas físicas, pero no funciona en el logro de satisfacer necesidades espirituales.

El poder político está directamente vinculado al liderazgo personal, pero también está expuesto a eventualidades, que salvo muy raras excepciones,  lo hacen vulnerable, inseguro y pasajero; produce beneficios, halagos y reconocimientos materiales, pero no aporta espiritualidad.

La belleza es subjetiva y esencialmente temporal, por lo cual tampoco es fuente permanente de regocijo o alimento espiritual.

El amor sensual, dependerá del nivel de atracción y aceptación, que todos conocemos como cambiantes, especialmente por estos días. Aunque se supone vinculado al espíritu, como depende de la atracción y aceptación física, nadie puede asegurar su permanencia.

Larga vida, no significa buena vida. Aunque podemos alcanzar longevidad, de ninguna manera nos asegura calidad de la vida.

El conocimiento, como producto del estudio, nos orienta hacia como hacer mejor algunas cosas, pero no nos asegura paz, amor o tranquilidad espiritual.

¿Qué es entonces es lo deseable?

La Sabiduría, que en su más alto grado es producto de la observación, la meditación y la oración. Cuando la logramos se queda para siempre con nosotros, y se resume en lucidez para tomar acertadas decisiones.

La Sabiduría como la fe, no son atributos o dones que nos llegan del cielo, sino que son el resultado de la actitud de racionalizar y analizar las circunstancias, elementos y factores que afectan nuestra condición físico-espiritual; de tal manera evaluando la verdadera entidad de influencia de cada uno de ellos, en el logro de un mayor o menor estado de felicidad, interpretada esta como la realización material y espiritual de un ser humano.

El sabio es artesano de la vida, porque vivir y no sobrevivir, es realmente un arte: EL ARTE DE VIVIR. De allí la profunda diferencia en la actitud frente a la vida, del sabio y de quien no lo es.

Así tenemos que el rico atesora, el sabio disfruta;

El poderoso depende de acumular y conservar el poder, porque sin él se siente desamparado. El sabio,  se regocija en su propia tranquilidad, que no depende de ningún factor externo.

El que depende del amor sensual de y  para otra persona, requiere para mantenerlo de la retroalimentación y  nunca tiene seguridad hasta cuando podrá disfrutarlo, sentirlo o recibirlo. El sabio siente el amor para sus semejantes, sin requerir indispensablemente de la respuesta de otra u otras personas. Su amor vive en él, no desaparece ni muere, porque es parte de su vida.

El que ambiciona larga vida transcurre angustiado pensando que puede perderla y escasamente… sobrevive. El sabio, conoce que no le está dado contar sus días; sabe que vino de otra dimensión y que allí volverá. Siente que su vida terrenal es un viaje y como todo viaje tiene un final, por eso no teme al regreso.

El sabio sabe que está de paso. En esta vida no le preocupa de donde vino,  sólo sabe que vino y por tanto también sabe que regresará a su hogar y… todos los regresos son buenos.

» LO QUE TU DES A TU HIJO, ESO DEVOLVERÀ A LA SOCIEDAD»

Sin una explicación racional, más allá de falta de fe en nuestra condición de seres inteligentes, hemos desarrollado una progresiva cultura del «NO»

¿Por qué entonces la sorpresa por los rostros taciturnos, preocupados, desmejorados, y, si se quiere… angustiados, si desde que el niño empieza a comprendernos, en vez de aceptación amorosa y paciente explicación a su natural curiosidad e inquietud, casi siempre recibe negación?

¿No es la familia del niño lo más inmediato, de quienes se espera la obligación de informarle?

Pareciera que el «NO» se hubiese tomado como solución cómoda para no explicar, informar y orientar a quienes lo requieren, constituyéndola en fuente prolija de ese monstruo de mil facetas desde que nace hasta que morimos: el temor.

Desde su más tierna edad los niños son enfrentados por el «NO», sin suficiente explicación del porqué no deben hacerse las cosas de tal o cual manera.
No llores, no grites, no te chupes el dedo, no toques eso, no te rasques ahí, no digas eso, no hables duro, no silbes, no salgas, no brinques, no comas así, no camines así, no molestes; te dije que NO…NO…NO, hasta que dejes de respirar.

Nadie les explica porque todo tiene que ser «NO». Simplemente se les impone y ellos, como no saben como reclamar una respuesta razonada, insisten en hacer las cosas como se los ordena su instinto, para recibir un nuevo y contundente «NO», acompañado con gestos o acciones cargadas de incomprensión, falta de amor y caridad, indicativas del «NO» definitivo: «CÁLLATE».

Ese imperio del «NO» en sus primeros años, les genera temor, inseguridad y desconfianza en… todo. Su efecto inmediato baja su autoestima, golpeando su curiosidad natural como fuente de su aprendizaje. En tal estado emocional cabe preguntarse:

¿Cómo queda la necesaria motivación para investigar, estudiar, aprender a ser mejores y felices, en un mundo donde todo es negativo? ¿Qué incentivos para obtener conocimiento y sabiduría pueden recibir de quienes más que la felicidad importa el cumplimiento normativo de una sociedad saturada de vanidad, preocupación, angustia y… temor?

Se requiere reflexionar sobre este asunto, son los padres y educadores quienes están obligados a entender a los niños, porque tienen mayor experiencia de la vida y por tanto les corresponde orientar y canalizar, más que imponer el aprendizaje; máxime cuando los primeros los trajeron al mundo sin su permiso, y los segundos reciben una paga para enseñarlos. La sinergia del desarrollo y su objetivo último de producir paz y felicidad, hace necesaria la revisión.

Un cambio de actitud facilitaría entender la rebeldía de los adolescentes; pero también la obligación de los padres de compensar a sus hijos por lo que a su vez ellos recibieron de los suyos, y que en derecho corresponde a sus vástagos: formación para una vida plena.

Siento que hemos desviado el camino hacia la realización material-espiritual del ser humano, dando mayor importancia a paradigmas tradicionales, formalidad y solemnidad, que a la necesidad de una formación para una vida feliz; olvidando que el aprendizaje no se obtiene únicamente para el hogar y/o las aulas, sino para una vida que deberá hacerse fuera de ellos.

Debemos desterrar el muy cómodo «NO» como excusa para evadir nuestra obligación de explicar, sustituyéndolo por el placer de aprovechar la muy temporal oportunidad de orientar a nuestros hijos y pupilos, hacia una vida donde el «NO» deba ser la excepción y el «SI» la regla, porque la felicidad se fundamenta en decir «SI» al amor, a la verdad, a la aceptación, a la comprensión, a la generosidad y… a DIOS.

«LA DIFERENCIA ENTRE HACER EL AMOR Y EL COITO REPRODUCTIVO, LA HACE LA SUBLIMACIÒN DEL SEXO»

Por requerimiento de una joven lectora argentina, nuevamente trataré el tema  del sexo vital y su  influencia positiva y vivificante, en la vida integral del ser humano.

La actividad sexual como máxima expresión de placer, llena otras necesidades de carácter físico-espiritual, fortaleciendo la confianza, personalidad, elevando la autoestima e imbuyendo de buena salud.

El acto sexual es una expresión sin par de amor, porque al compartir lo más íntimo y preciado de nuestro cuerpo, se constituye en el único acto que combina en sí mismo, ternura, comprensión, aceptación, solidaridad, pasión, fantasía y magia.

Con el acoplamiento sexual progresivo, la ternura y respeto por las atipicidades individuales, hacen ceder la natural curiosidad, tabúes y reservas. Al dominar el sentimiento de compartir y dar amor, sobre la tendencia egoísta del disfrute sensorial propio, disminuye la importancia de las características físicas de los órganos sexuales, las técnicas o formas de realizar el acto.

Corresponde «hacer el amor» con total fruición; con deleite, sin prisas ni presiones de  ningún género, disfrutándolo intensamente y degustándolo como un manjar de Dioses, porque cuando se realiza con quien se ama, se constituye en el más exquisito, edificante y reconfortante acto que pueda realizar un ser humano.

El sexo vital incorpora a lo biológico-fisiológico la sublimación del acto, que traduce en idilio, ternura, pasión y solidaridad, en ese espacio mágico que se crea mientras hacemos el amor; cuando nuestros mecanismos de defensa desaparecen y actuamos con vocación de darlo todo, sin otro interés que producir la mayor satisfacción posible.

Es por eso que cuando vemos una pareja radiante, feliz, llena de entusiasmo, vitalidad, en permanente diálogo  y buen humor, nos hacemos la idea de que tienen una muy activa vida sexual, porque irradian buena salud,  alegría y bienestar.

En el caso opuesto, cuando observamos parejas con deficiente comunicación, cariacontecidos y de mal humor, lo primero que pensamos es que no tienen una buena vida sexual, o por lo menos que pasaron una noche… miserable.

La sublimación del sexo, mediante la incorporación cultural de un amor idílico, romántico, fantasioso, apasionado y mágico, hijo de sueños y transformador de fantasías en realidades, convierten el coito natural reproductivo en el acto cultural de máximo disfrute y plenitud,

En pareja, es fácil de disfrutar del sexo vital, porque la principal actora se encuentra a nuestro lado, esperando esa transfusión de amor, entusiasmo, magia, pasión y fantasía, necesarios para un buen desempeño sexual: nuestra amada pareja, que es capaz de ser esposa, madre y amiga; pero que si nos ponemos inteligentes, menos egoístas y más creativos, propendiendo a que desarrolle su propia creatividad, puede convertirse en nuestra novia de siempre;  y como amante, en fuente de agradables sorpresas.

Si quiere disfrutar de buena salud, respirar felicidad, contagiando de entusiasmo a las personas, combata la rutina dejando a un lado el temor, promoviendo en su pareja iniciativas de carácter sexual que rompa con la monotonía. Se sorprenderá de lo creativas que pueden llegar a ser nuestras parejas.

«SOMOS ESPIRITUS VIVIENDO UNA EXPERIENCIA FISICA Y NO CUERPOS FISICOS VIVIENDO UNA EXPERIENCIA ESPIRITUAL»

En un parque, escuché a una madre dialogar con su hijo de ocho años quien pensativo le preguntó ¿Para que vinimos al mundo?

-Para vivir hijo mío
-Y… ¿Para qué vivimos?
-Porque es importante vivir
-Y… ¿Por qué es importante vivir?

-Porque si no vivimos, morimos y… por favor no me preguntes por qué morimos. Y… allí terminó el diálogo.

Este evento me motivó reflexionar sobre cual es realmente el sentido de nuestra pasajera vida terrenal, cuestión que, por cierto, ha ocupado la mente del hombre desde que tuvo conciencia de su racionalidad.

Más allá de cualquier planteamiento de carácter teórico, siento la vida como la mayor bendición de Dios, por lo cual la disfruto intensamente, sin que me preocupen las disquisiciones entre las abundantes tendencias filosóficas y doctrinarias sobre el tema.

Pienso que fui dotado con la razón e inteligencia suficientes, para estar en capacidad de hacerme un buen juicio y en eso me empeño.

Así, respecto de para qué vinimos al mundo, como concibo mi alma eterna, asumo que nuestra única razón para vivir, lo es avanzar espiritualmente, lo cual estará en proporción a nuestra capacidad para entender y actuar en función del bienestar de nuestros semejantes.

La importancia de vivir, la circunscribo a la necesidad de cubrir la etapa que representa nuestro paso por este mundo, en función de ascender en el plano espiritual.

Mí vida física la concibo temporal, pero como un espectacular viaje pleno de momentos interesantes y… bellos. Por eso vivo por días y no por meses ni años. El vivir por lapsos de veinticuatro horas me obliga a no perder ni un segundo sin disfrutar, como noto que lo hacen quienes viven por años.

Me recreo en la gente porque sé que son hijos de Dios, nobles y buenos que, por el temor que les produce ignorar más de lo que conocen, ocultan sus sentimientos, privándose de extraordinarias experiencias humanas que sólo experimentan quienes manifiestan su amor en cada uno de sus actos.

Amo con pasión a mi familia y me deleito en ellos; me han dado tanto amor que nunca podré compensarlos. Especialmente mi esposa, esa compañera de viaje largo quien ha sido una luz en mi sendero por esta vida.

Me embeleso contemplando la naturaleza, que Dios hizo plena de belleza inverosímil y recursos sin límite, con la única intención de que sean disfrutadas por sus hijos.

Por mi indeclinable concepción de que somos espíritus viviendo una experiencia física, no encuentro otro sentido a esta vida que el de mi preparación para una vida mejor, en una instancia superior.

En mi arrobamiento en esta temporal experiencia de vivir, asumo el fenómeno de la muerte sin ninguna tristeza. La interpreto como algo indefectible, futuro e incierto, que representa el final de un viaje fantástico, que da inicio al regreso al hogar, y todos los regresos son emocionantes; especialmente si nos espera un padre amoroso y… con los brazos abiertos.

«EL ESPIRITU ES FUERTE, MÁS LA CARNE ES DÈBIL»

Desde la admonición de Jesús de que se puede ser perfecto «…como mi padre es perfecto», mucho se ha escrito sobre el que pareciera ser el mayor obstáculo para tan deseable logro, cual nos produce las actuaciones más imperfectas: LA TENTACIÓN.

Algunos opinan que la tentación se produce por la percepción de eventos externos. Otros, aseguran que conforme a los principios bíblicos, la tentación surge de dentro de nosotros mismos, lo cual, fácilmente podría interpretarse como que internamente podemos ser una fábrica de malos deseos e intenciones.

Mi posición es ecléctica. Pienso que tanto por mecanismos internos como la razón y la inteligencia, así como por los factores externos que informan nuestros sentidos, derivamos motivaciones que nos inducen a realizar actos, que conscientemente conocemos violentan principios fundamentales y valores morales, perjudicando a otras personas y/o poniéndonos en riesgo de graves males.

Si Jesús, hijo especialmente privilegiado y encarnado de Dios, recibió las motivaciones que le llevaron a luchar contra la tentación ¿Que podremos esperar de nuestra débil naturaleza humana?

Nadie está exento de la variada gama de tentaciones que pueden afectar nuestra cotidianidad. Independientemente de lo que se trate, siempre aspiramos algo mejor de lo que tenemos; lo cual por cierto, en algunos casos y respecto de asuntos específicos, no es malo; porque es un incentivo para luchar y esperar siempre una mayor calidad de vida.

Lo negativo de la tentación, es que puede ser tan fuerte y obsesiva que haga perder la perspectiva de la realidad de nuestra condición físico-espiritual, sustituyéndola por ilusión, fantasía, irracionalidad, insensatez, inseguridad, indiscreción, deslealtad, insensibilidad, y a veces… locura, orientándola al logro de fines netamente materiales y egoístas, sin medir ni prever las consecuencias.

¿Cómo enfrentar esa serpiente que convive con nosotros, sin que nos devore? No parece fácil, pero tampoco imposible. El discernimiento nos permite diferenciar lo bueno de lo malo y sus consecuencias, siendo que además disponemos de las armas más efectivas: Dios y la Oración. Esas fueron las que blandió Jesús en el desierto y resultó vencedor.

No debemos sentirnos acongojados o culpables por sufrir tentación de hacer cosas incorrectas o inapropiadas. Lo que tenemos que hacer es sobreponernos a ellas, apreciando en su real valor todo lo que tenemos, las muchas         bendiciones de que disponemos, cuales no son fantasías sino realidades. Evaluarlas, como en los casos de  nuestro amor, familia, salud, trabajo, sustento seguro, paz y tranquilidad, entre otras, lo cual contribuye a fortalecernos.

No somos ángeles sino seres  humanos con virtudes y defectos. Corporalmente somos susceptibles a la tentación, pero la parte espiritual nos hace fuertes. Heredamos de Dios la razón, la inteligencia,  el libre albedrío y la fuerza de voluntad, que alimentan nuestro buen juicio.

Sólo nos resta hacernos fuertes orando y pidiendo ayuda a Dios, con lo cual podemos vencer ese lobo con piel de cordero que es la tentación de hacer lo incorrecto o procurarnos lo que no nos corresponde, todo lo cual, al final, siempre operará en contra nuestra.