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Archive for the ‘HIJOS’ Category

«EL DIVORCIO ES  UNA SOLUCION HUMANA A UN PROBLEMA HUMANO»

¿Quién podría aupar un matrimonio donde desapareció el amor, donde   unos niños presencian diariamente actitudes grotescas de sus padres?

¿No es deleznable el comportamiento amoroso de las puertas del hogar hacia fuera, frente a la desconsideración e insensibilidad dentro de la familia?

¿Puede considerarse moral compartir sin deseo, no sólo las actividades conjuntas diarias sino además la relación sexual?

¿Parecería justo que después de años de dedicación amorosa y solidaria, se le exija a un cónyuge soportar por el resto de su vida a quien ya no experimenta los sentimientos que motivaron la unión?

¿Acaso el pago por haber dedicado años de amor y solidaridad, deba ser perder la libertad de actuación y el derecho a construir una vida plena?

¿No es lo correcto el agradecimiento por los años de amor y dedicación proporcionados mientras se mantuvo el afecto?

¿No es la libertad para comenzar una nueva vida, lo menos que merecería quien dedicó los mejores años de su vida a otra persona?

¿No es ofensivo e irrespetuoso para el otro cónyuge, permanecer a su lado cuando ya no se siente amor sino fastidio, manteniendo relaciones sexuales no deseadas?

Una noche de amor vale una vida, pero soportarlas al lado de quien no se ama sino que desagrada, es una especie de suicidio que a nadie debería exigírsele.

Cuando el amor desaparece, el divorcio no es ninguna tragedia sino una necesidad.

La conseja de que el matrimonio debe mantenerse por los hijos aunque no exista amor, me parece de lo más hipócrita, porque la actuación inconveniente de una pareja desavenida perjudica el desarrollo mental y físico de los niños.

El matrimonio se consuma para mantenerse juntos con amor que genera ternura, aceptación, solidaridad y buen sexo. Cuando eso no funciona, el matrimonio pierde su razón de ser.

Nuestra vida es corta y una sola; para vivir el amor no podemos esperar por otra, porque no la hay.

Como no podemos disfrutar la vida solos, dos nos unimos para lograrlo. Si no funciona la unión, divorciarse y por tanto liberarse para comenzar otra vez, es algo que ambos se merecen.

Cuando se propone el divorcio lo es para que ambos tengan plena libertad de acción. Es esa parte positiva la que debemos ver y tratar en el divorcio.

Se los dice alguien que lo ha vivido, porque gracias a un divorcio encontré mi felicidad al lado de otra persona, con quien disfruto una vida plena, la cual no cambiaría por ninguna otra.

Ojalá no dejáramos de amar a nuestro cónyuge nunca, porque el amor viene y se queda, pero a veces… se va. Lo inteligente es disfrutarlo mientras permanece, por eso debemos aceptar su partida como una opción existencial más que como una tragedia.

Es una reflexión sincera que todos deberíamos hacernos, si realmente queremos mantener familias felices y no mascaradas que convierten una institución, que nace con la intención de proporcionar felicidad mutua, en algo desagradable por no decir aberrado.

Próxima Entrega: UN ESPACIO NECESARIO.

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Una bala que viaja a 340 metros por segundo, otra, otra y otra hasta que la caserina se vacía. Todas viajan con la muerte a sus espaldas. Un impacto y todo termina… sin razón, sin sentido, sin objetivo lógico. Pero en el centro de lo más sensible, el alma explota en… mil pedazos. La onda expansiva del choque con el cuerpo de la víctima es más pequeño, infinitesimalmente más pequeño que el impacto que produce en el alma.

Es el triunfo del mal sobre el bien; es la sangre de Abel, que nuevamente es derramada por su propio hermano. Son los hijos de Dios, nacidos a la vida sin otra deuda que su propia existencia, que mueren bajo el fuego de otro… hijo de Dios.

No murieron treinta y tres. No, murieron miles, millones de… sentimientos, de sueños, de esperanzas. De alguna manera, morimos todos… un poco. Porque cuando un hijo de Dios, sin ninguna razón aparente acaba con la vida de uno de sus hermanos, de alguna forma muere algo de nosotros dentro, muy dentro de nosotros mismos, porque todos somos todos… uno.

 

Habitamos un planeta que nos fue dado para compartir como hermanos todas esas bendiciones que existen en el, para experimentarlas, para vivir…felices. La sangre de esos hermanos inocentes es la misma de Virginia Tech, de Columbine, son los mismos ojos desorbitados por la sorpresa de no entender porque se muere, de los niños del Brasil, de los Ghettos del Tercer Reich, de los niños de Vietnam, de Burundy, de Sierra Leona, de Colombia.

Esa sangre nos salpica a todos. Los sentimos en el alma y… en el espíritu; en el ombligo de nuestra propia naturaleza humana. Es ese frío pegajoso, lento que se infiltra en nuestra columna vertebral, que arde en nuestras entrañas… de incomprensión. No puede ser normal que un inocente muera, sin conocer siquiera… porqué está muriendo. Es el terror que coagula la sangre en nuestras venas y deja una herida maldita que nunca cura. Después de esto nunca seremos los mismos.

Los cuerpos tirados sobre el pavimento… inertes y ensangrentados y sus madres que ya no saben si vale la pena seguir viviendo. En otro charco de sangre, un infeliz también hijo de Dios que agoniza… perdido: extraviado en el laberinto de su propia insania. Preso en las rejas de sus propios sentimientos de odio, sus frustraciones, complejos, inhibiciones; de sus arrebatos, de sus urgencias nunca satisfechas, de sus sueños… jamás cumplidos. Todas esas sensaciones convertidas en su peor enemigo… que no le dio tregua. Que convivió con él todos sus años. Que le torturó siempre con hambre de dolor, con vocación de destrucción, con sed de muerte… hasta acabarlo a él mismo, definitivamente. Pudiera ser que aun siendo victimario, ese infeliz hermano nuestro hubiere sufrido más tiempo y de peor forma que todas sus víctimas… juntas. Nunca podremos saberlo.

Entonces, cabe preguntarse: ¿Por quien doblan las campanas de Northern Illinois University? ¿Por las víctimas? ¿Por Abel?, o… ¿También doblan por el depredador… por Caín? O ¿Por su madre que nada tuvo que ver con esto y para quien siempre fue su bebé?

Pero… ¿Quizás doblan también por nosotros, por todos nosotros que dejamos una parte de nuestra vida en este horrible episodio? ¿Qué sucede cuando sistemáticamente se violan las reglas más elementales de nuestra vida? Simplemente, el caos.

No fuimos diseñados para el mal, para el dolor, para la desgracia. Somos hijos de Dios. Nos parecemos a Él. Nuestro corazón es sensible, nuestra alma noble. Nuestro espíritu…grande. Nuestro cuerpo por el contrario, es vulnerable a la tentación. Nuestra mente es frágil… demasiado frágil.

A mil millonésimas de segundo de distancia en el tiempo, la razón de la sin razón no tiene capacidad ilimitada para resistir una vida que es muy… compleja. Necesita ser alimentada y soportada por la confianza. La fe en algo más allá que aquello que percibimos todos los días con nuestro cinco sentidos: Dios, omnipotente y omnipresente que conecta nuestro espíritu.

Si la fe falla, nuestra vulnerabilidad se acrecienta, se hace… ilimitada. Nuestros millones de células cerebrales, haciendo cientos de miles de sinapsis no pueden solas digerir semejante volumen de información. Es muy diversa…variada: el bien, el mal, el amor, el sexo, el odio, la caridad, la envidia, el ego, la autoestima, el orgullo, la vergüenza, la ilusión, los recuerdos, la frustración, el temor, el pasado, el futuro, la muerte, el fracaso, el éxito, la esperanza y… la competencia por todo.

La mente no puede más, estalla como una bomba en mil pedazos y sucede la antinatura, lo indeseable, lo más terrible, lo inaceptable: el hombre mata al hombre.

Los quejidos de Dios son rugidos horribles que quedan en el mundo del espíritu: No podemos oírlos. Ni ver sus lágrimas que se pierden, se evaporan y se convierten en nubes… en el alma. No podemos mirarlas pero las sentimos.

Pero el hombre recoge su dolor. Sigue su camino. No puede parar. Sería suicidarse y eso… no se debe hacer. Debe continuar, tiene que hacerlo. Necesita olvidar. Tiene que sanar sus heridas. Secar sus lágrimas y seguir… siempre seguir. No hay otra opción. Hay un mundo que vivir y corresponde hacerlo de la mejor manera posible; al menos, es lo que Dios espera de nosotros.

Aun quedan unos hermanos que ayudar… que cuidar. Pero sobre todo, hay que amar… amar mucho a nuestros semejantes, porque cuando no amamos no entendemos suficientemente lo importante de aceptar a nuestros hermanos en su diversidad, con su cultura, con su mentalidad, con su forma individual de ver la vida y las cosas.

Ese déficit actual, casi global, de comprensión, de aceptación, de respeto por la sagrada individualidad, de respeto por la persona humana de todos los Hijos de Dios, pudiera ser el factor más importante que jugó a favor de esa horrible matanza.

Por eso, para que nunca más se repita, estamos obligados a promover la solidaridad humana; sin condicionamientos, sin contrapartida, sin esperar ninguna recompensa; porque la mayor, la más importante, la trascendente, es precisamente el que nuestros niños vayan y vuelvan a la escuela en paz; que nuestros ancianos vayan y vuelvan del parque munidos de sus bastones, no para agredir o evitar ser agredidos, sino para soportar el peso de su cuerpo cansado por tantas primaveras; que nuestros cónyuges asistan y permanezca seguros en su trabajo y regresen sanos y salvos a los hogares. Y eso, sólo podremos lograrlo de forma integral si nos amamos los unos a los otros como Dios nos ama, sintiéndonos todos uno, y eso venturosamente, no es tan… difícil.

Próxima Entrega: EL ABUELO

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¿Por qué muere el amor?

 ¿Cuál amor?  ¿El que se tiene a Dios, a los padres,  la pareja o los hijos?  Porque todos son amores, pero diferentes.

Para que algo muera debe estar vivo, si es que se trata de algo físico y… ¿Podría alguien señalar dónde está ubicado físicamente el amor? ¿Dónde lo percibe? ¿En la cabeza, en el corazón, en una mano, en el hígado?

 No puede ser ubicado, diferenciado, no existe certeza donde se siente. Tampoco cual de los cinco sentidos conocidos lo percibe, porque se trata de una sensación, de un  sentimiento, pero es intangible… físicamente inubicable.

Entonces, si no puedes ubicarlo en el mundo de los objetos físicos, no puedes saber cómo es ni donde lo sientes; simplemente, por no tener existencia física, tampoco puede morir, porque sólo muere lo corporal. Podrás percibirlo en mayor o menor grado, pero hasta ahí. Como no  existe  físicamente, tampoco puedes perderlo, porque no se puede perder lo que no se tiene; por tanto, no tiene posibilidad de morir.

Lo que sucede es que en presencia de determinadas situaciones físicas y espirituales, por razón de motivaciones, también intangibles, lo percibes, lo sientes en tu alma,  que es inmortal. El amor es inherente a nuestra vida. Es un sentimiento natural, razonado y exclusivo del ser humano, dentro de las especies que pueblan este planeta. El amor es esa parte de Dios que traemos desde antes de nacer y que continuará con nosotros, en nuestra alma, después de la muerte: «Dios es amor.»

Ese maravilloso sentimiento que nos recuerda que somos parte de Dios y que se llama «amor», perceptible pero inubicable, es una parte del  equipaje que traemos a este mundo y que funciona conforme a nuestras particulares motivaciones. No es estático, ni siempre de la misma entidad. Amamos nuestra vida física, nuestros padres, nuestro entorno íntimo personal, e inclusive algunos sentimientos representados en valores como la libertad, la verdad y la patria, por citar algunos.  Pero como no lo percibimos con ningún miembro o sentido del cuerpo, sino que es  un sentimiento que está hibernando en nuestro  interior, la percepción y su entidad lo será conforme a las motivaciones que lo despierten. Así, amo a las personas, pero el nivel del amor lo será  conforme a las motivaciones que lo generen.

Por tanto, se amará más a quienes se perciba que otorgan mayores elementos de los necesarios para generar y mantener el amor, como el respeto, la ternura, la aceptación, la solidaridad, la lealtad y la consideración, entre otros, materializados en actuaciones   positivas.

El amor  puede ser mayor o menor, más o menos emocionante o recíproco, pasajero o permanente; podrá aumentar o disminuir conforme a la interacción con la persona que se ama, o la concepción ideológica cuando se trate de valores. Pero el amor en el ser humano no muere, no puede morir, como no es posible que muera el alma, porque son eternos.

Lo que sucede es que el amor emigra, se muda, cuando las motivaciones que lo despiertan y deben mantenerlo activo, no son suficientes. Al ser dinámico,  como el cuerpo requiere la energía que le suministre la alimentación  y el oxígeno mínimo para mantenerse activo.

Las motivaciones que hacen nacer el amor deben ser permanentemente alimentadas, so pena de que por falta de energía emigre, buscando ese alimento fundamental para mantenerse en actividad, materializado en el respeto, la ternura, la aceptación, la comprensión, la solidaridad, la lealtad, una fluida comunicación, tiernas caricias y la ratificación de los pactos que lo originaron. Cuando no se dan estos factores que le suministran energía, si no pudiere emigrar para cubrir sus necesidades, entonces entra en letargo hasta cuando encuentre otra fuente alterna;  pero no muere.

Es por eso que cuando los padres no producen las motivaciones suficientes, los hijos no dejan de amarlos, el nivel de amor baja. Así, cuando una persona a quien se ama no  responde suficientemente para mantener esas motivaciones que originaron el amor, el nivel del mismo baja y algunas veces llega a desaparecer la orientación de este hacia esa persona específica, pero no muere el amor.  

Una de las motivaciones fundamentales para vivir, es disponer del recurso amor  que nos acompañará toda la vida; cuyo nivel se lo damos nosotros mismos y que cuando no recibe suficiente alimento no muere, sino que se aletarga o emigra a otras personas que sí estén dispuestas a suministrárselo. Esa característica del amor representa  la esperanza de que mientras se tenga vida, nadie tiene suficiente poder para hacernos infelices, porque dependerá de nosotros aceptar y otorgar o no el amor, especialmente en el entorno íntimo. 

No debo finalizar sin hablar del mayor de los amores, que es aquel que se personifica en Dios, por el cual vinimos a este mundo y nos llevará a otro… cuando Él lo estime conveniente. Ese amor nos da seguridad y confianza de que nunca, bajo ninguna circunstancia  estaremos solos, porque siempre Él estará con nosotros. No existe posibilidad de que alguien pueda separarnos, porque integralmente, somos uno con Él.

Próxima Entrega: NOVIAZGO: ANTESALA A LA PAREJA

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En la entrega anterior descalifiqué por absurdo que sea el estrés, derivado del nacimiento de los hijos, lo que termine con la relación de pareja.

Todo lo contrario, quienes hemos traído hijos al mundo sabemos que no es así. Ellos refrescan la relación, aportan amor y ternura; son un renacer de nuestra propia vida. De alguna manera en ellos, somos nosotros de regreso al mundo; son la vida que vuelve y el amor que renace; la ternura presa en unos ojitos que saben hablar… sin palabras. Es Dios que nos grita por esas dos rendijas de amor, que aún no se ha olvidado de nosotros.

¿Cómo puede alguien ignorar estas verdades? Ese supuesto informe dice que así es. Tan equivocados están, que sabemos de matrimonios que fracasaron, precisamente porque les faltó el elemento hijos, que era fundamental para convertir la casa en un hogar… siempre renovado, y los cónyuges no lo soportaron.

En mi humilde concepto, lo que sí representaría una fuente de estrés, sería la soledad a que están condenados quienes por no tener hijos, carezcan de incentivos importantes por los cuales luchar con entusiasmo, así como falta de motivaciones para lograr metas elevadas; o el sentirse incapaces de satisfacer ese deseo pro creativo de la pareja y su imposibilidad de satisfacer la urgencia natural de contribuir al mantenimiento de la especie. Esos sí que son factores perturbadores del individuo, porque lo hacen dudar de si ha cumplido o no con su función vital como ser humano.

Esos aspectos negativos, producto de no haber procreado, sí que son motivo de estrés, no los hijos, quienes como ha quedado expuesto, representan elementos de vinculación y fortaleza; también previenen para los padres ese factor de tanta expectación, que significa un futuro completamente aleatorio, impredecible e incierto.

Adicionalmente, la certeza de que por no haber procreado durante los años de juventud y adultez, la vejez, que siempre requiere de apoyo, transcurrirá en soledad física y espiritual, porque no habrá un compañero o compañera con quien se hubiese transitado, tomados de la mano y vinculados en el espíritu, ese trayecto largo … largo, que comienza con el nacimiento y termina luego que ya somos viejos.

Es que al no tener hijos, tampoco habrá alguien adicional a la posible pareja -quien eventualmente pudiera ya no estar- que en horas de enfermedad, soledad o ancianidad, se acerque con amor fraternal y solidaridad especial, que en la mayoría de los casos los hijos saben dar.

Tal será la importancia de los hijos para la pareja, que al menos en mi caso, no podría considerar esos años dorados tan lindos que vivo, si no hubiera procreado mis cinco bellos hijos, quienes a su vez me coronaron con esos nueve increíbles y tiernos nietos.

No tengo riquezas más allá de lo que corresponde a quien no obstante no darle demasiada importancia, sí trabajó más de cincuenta años y administró sus recursos con divina prudencia. Pero, cada vez que tengo la oportunidad me endeudo hasta la coronilla, únicamente con la esperanza de pasar unos días con mis nietos. Sólo mi esposa y yo podemos medir como nos sentimos; el bien que nos hace devolvernos cuarenta años atrás y volver a vivir, nuestros niños. Es mágico. Es inyectarse de vida, sintiendo, en vez de dolor, amor y ternura… sin límites. Sin duda, un privilegio y lo agradecemos a nuestro Padre Celestial.

En mi criterio, decir que los hijos no son buenos para la pareja que se ama, es simplemente ignorar qué somos como seres humanos y cual es nuestra esencia espiritual. Para quienes no tenemos duda respecto de nuestro origen divino, considerar negativo traer hijos al mundo que, como nosotros, son hechos a imagen y semejanza de Dios, es lo más parecido a una blasfemia, en la semántica del vocablo.

Como seres humanos, morir sin haber traído hijos al mundo por cualquiera de esas insensatas consideraciones, es abstraerse conscientemente de pagar una deuda natural, que como tal, aunque no esté documentada, corresponde a un compromiso moral, ético y existencial con nuestros padres, quienes murieron o viven confiados en que somos suficientemente leales y solidarios, para no dejar extinguir su simiente sobre esta tierra, cual es lo que sucede cuando no se procrean hijos.

Si usted tiene hijos, sin importar su comportamiento, edad o sexo, son lo más hermoso que usted ha hecho. Son un privilegio, porque millones de personas no lograron tenerlos. Así que vaya, sin demora, ahora mismo y abrácelos, béselos y dígales cuantos los ama, cuanto los necesita. No oiga a los frustrados, a los fracasados, a los cobardes, a los irresponsables e ignorantes de lo que es el amor, cual una de sus máximas expresiones lo son precisamente: LOS HIJOS.

Próxima Entrega: ¿MUERE EL AMOR?

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 Mi hija mayor, feliz esposa y madre, abogado y reside en Colorado USA, antes de presentar un examen en el Board de Educación de ese Estado, me comentó su expectación por el posible resultado. Como pude le hice un rápido análisis de sus opciones y la trascendencia de dicho evento, en lo fundamental de su vida: su familia.

Con esta hija siempre hemos sido buenos amigos y como ella es cristiana, logré tranquilizarla con el argumento de que si hacemos lo que nos corresponde, Dios sabe mejor que nosotros lo que nos conviene y por tanto lo único que nos corresponde es la diligencia al realizar lo que nos interesa. Creo que fue lo que trató de enseñarnos Jesús cuando expuso: «Mi padre sabe mejor que tú las cosas que necesitas…».

Creo trascendental para los padres como «Asesores» consuetudinarios de los hijos, sembrarles en el alma este Principio. En un mundo donde lo único previsto es lo imprevisible, siempre estamos en riesgo de equivocarnos al considerar qué es lo que nos conviene. Por tanto, sólo la fe en la omnipotencia de Dios para guiar nuestros pasos, nos puede dar la tranquilidad y paz espiritual que requerimos para ser felices.

Por la categoría de ese ministerio, si todo lo hacemos al amparo de Dios, bajo sus leyes, siempre será positivo el resultado de nuestro asesoramiento que tanto necesitan y beneficia a nuestros hijos. Más de sesenta y seis años de vida y cinco hijos felices, me han demostrado que eso funciona con efectividad.

Viví eventos que en su momento no fueron exitosos y que me entristecieron, los cuales hoy que vivo satisfecho con mi vida, acepto que fueron pasos dolorosos pero necesarios para lograr mis metas, en esa especie de empinada escalera que es la vida.

En el caso citado de mi hija, no obstante sus deseos de colaborar con los ingresos familiares, siendo que tiene un esposo y tres niños, ella hizo lo correcto al solicitar guía, porque está consciente y lo acepta, que no le está dado conocer cómo incidiría en su vida futura.

Por otra parte, mi hija y yo sabemos que nuestro Creador sí que lo conoce perfectamente; desde el momento de su concepción está al tanto de qué es capaz y hasta donde ella puede y debe llegar. Ninguno de los dos tenemos duda, eso le infundí desde niña y ella atesoró el mensaje.

Porque, pudiera ser que logre ese trabajo y genere adicionales ingresos a la familia, pero … ¿De alguna manera harán más sólidos los vínculos de amor, respeto, consideración, aceptación, solidaridad, lealtad, y buena comunicación? O ¿Por desgracia ese trabajo requiera una parte del tiempo esencial para atender ese papel indispensable e insustituible de buena madre y esposa?

Ningún humano, ni siquiera yo que soy su padre y los conozco muy bien como familia estable, podría predecir los efectos, porque ninguno de los dos podemos conocer el porvenir; se trata de eventos futuros e inciertos, cuales ni siquiera sabemos si llegarán… para nosotros. Nuestra única posibilidad como humanos en la búsqueda del éxito es ser diligentes al hacer lo que nos corresponde. La decisión final es de Dios y de nadie más.

Quienes tenemos fe en la omnipotencia y omnipresencia de Dios, conocemos que ni una hoja se mueve sin su voluntad y por eso hablamos de la importancia para los padres de la necesidad de comprenderlo. Aquel que no lo asimile, le conviene hacer un stop en el camino, mirar hacia atrás y revisar lo andado; seguramente, como en mi caso, recordará que en oportunidades lamentó no haber logrado algo, pero luego con el correr del tiempo los acontecimientos demostraron su conveniencia para lograr mejores resultados.

Alguna vez leí que «… a la vuelta de la esquina hay un milagro para nosotros.» Quienes creemos en esa máxima sabemos que no conocemos cual es la esquina, por eso tenemos que ir a todas las que podamos. Eso es lo trascendente: ser diligentes. Esa es la parte que nos corresponde, porque si no vamos a todas las esquinas viviremos con la duda, nunca sabremos si estaba allí esperándonos y la dejamos pasar por ser… negligentes.

Sugiero a los padres leer estas líneas y hacer una retrospección a cuando eran niños y recordar lo importantes que fue para ellos las actuaciones y consejos de sus progenitores. Recordar cuántas veces les consultaron y cuánta tranquilidad trajeron a sus espíritus. No tengo duda que esta reflexión les ayudaría a entender la trascendencia de ese papel de Asesores por siempre, que para bien de nuestros hijos y nuestra personal satisfacción, nunca, bajo ninguna circunstancia, deberíamos perder.

Próxima Entrega: EL TIEMPO

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  Dique de Guataparo-Valencia, Venezuela

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Considerando el contenido de la entrega anterior requeriremos reinventarnos, que para eso tenemos nuestro intelecto. Debemos encontrar en cual recodo del camino andado se nos quedaron esos valores fundamentales, cuyo déficit produjo este paroxismo hacia un desarrollo en función económica y a costa de la destrucción de nuestros elementales medios de vida.

Pues bien, para lograr el objetivo de recuperar lo perdido, es fundamental la actitud de aceptar con valentía que hemos errado el camino; convenir que estamos a tiempo para corregir lo equivocado e iniciarlo ya, ahora mismo, no mañana ni pasado. Porque la tarea es muy urgente: hay niños en las guarderías y están naciendo nuevos; quedan ancianos en los asilos que se ganaron una vejez feliz; tenemos parejas con urgencia de procrear hijos, quienes merecen vivir en un mundo mejor.

Todavía nos quedan ardillas, algunas variedades de pájaros, y furtivamente podemos ver algunos zorros y mapaches; en los mares aún quedan ballenas y reservorios de variedades de peces, a punto de extinción, pero aun sobreviven; en Aspen, en la primavera y el verano, observamos algunos osos cruzando las calles; y en Boulder, ver dos o tres venaditos en los jardines de las casas es algo normal.

Los caudales del Nilo, Amazonas, Chang Jiang, Mississippi, Yeniséi, Amur y otros cuantos de los más extensos, todavía nos permiten con propiedad llamarlos ríos. Quedan en el mundo también grandes lagos, everglades y gigantescos humedales, como depósitos de agua; y La Amazonía sigue representado la tercera parte de los bosques del mundo. Pero todo eso pudiera cambiar bastante antes de lo que se espera.

Sin embargo, aunque todo nos indica que la situación es muy grave aun estamos a tiempo, sino de estructurar una solución definitiva, por lo menos de demorar y aminorar esa catástrofe ecológica que se nos viene encima. No es algo que podamos dejar de lado o considerar sin importancia. Se trata de nuestra subsistencia física sobre el globo, y nuestra posibilidad de vivir con plenitud los pocos días que conforman nuestras rasantes vidas sobre este planeta.

Pero si somos negligentes, si no vemos lo que se nos muestra en el horizonte, si no hacemos nada por ayudar a la solución, quizás, no nosotros pero sí nuestros hijos y su descendencia vivirán un mundo horrible: casi sin agua y aire puros, sin árboles, pájaros ni peces, con muy pocos alimentos y con todas las carencias imaginables que aumentarán las enfermedades físicas y mentales reduciendo la expectativa de vida.

Advierto que no hablo de milenios y pudiera ser que ni siquiera de siglos. Al ritmo de destrucción del ambiente que llevamos, la deshumanización e insensibilidad que se observa en los grandes conglomerados humanos, enriquecidos poblacionalmente con aquellos que dejaron el campo donde fueron abandonados a su suerte por los Gobiernos, seguramente en solo cincuenta años muchos de esos males pudieran actualizarse y una sociedad herida de muerte, especialmente de jóvenes, no tendrá como solucionarlo, sin que nosotros, los culpables, quienes fuimos incapaces de prever la catástrofe… podamos hacer nada.

Tampoco estaremos en capacidad de responder las angustiosas preguntas de los niños de porqué no hicimos nada por evitarlo cuando aún quedaba tiempo, porque los que sobrevivan ya estarán tan viejos que no podrán oír si se les piden cuentas, y los restantes estaremos unos cuantos metros bajo tierra, integrando aquella que una vez fue una capa vegetal fértil, pero que en esa época solo será el piso estéril de un mundo contaminado e improductivo.

Es por todo esto que estamos obligados a reflexionar, meditar, evaluar y… actuar. Pero, al menos yo, tengo que decirlo… escribirlo. Me siento obligado. Necesito gritar muy duro… pudiera ser que alguien me oiga. Porque soy un habitante de esta anciana tierra que debo considerarme privilegiado. Pertenezco a una generación de transición de este mundo, porque nací en los albores del nacimiento de la máquina de escribir mecánica y hoy manejo un computador de última generación. Pude ver los últimos barcos de vapor sobre el Río Orinoco y presencié los vuelos del Discovery. Todo esto en poco más de sesenta años.

Cuando finalizó el año dos mil experimenté la extraordinaria condición de conocer dos siglos y dos milenos, y eso no podrá repetirlo otro ser humano hasta dentro de novecientos años, y dudo que con lo que le estamos haciendo al ambiente alguien pueda lograr esa edad.

Creo que gritar y escribir es lo único que puedo hacer, porque no tengo más poder que mi palabra y mis letras, ni más alimento que las lágrimas que en este momento ruedan por mis mejillas y salpican las teclas de mi computadora.

Ciertamente no se a donde iremos luego de nuestra muerte, porque no tengo duda que nuestra alma es… eterna y Jesús decía «En la casa de mi Padre muchas moradas hay». Pero no quiero llevarme conmigo la carga de no haber hecho nada para evitar esta catástrofe ambiental, que consciente o inconscientemente le estamos regalando a las futuras generaciones…

Próxima Entrega: LO QUE EL TIEMPO NOS DEJÓ III

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¿Qué al abandonar el hogar paterno y hacer pareja los padres pierdan a sus hijos? Me parece una conseja común pero sin sustento real. Es que a algunos padres se les dificulta entender que los hijos no vienen al mundo para permanecer por toda su vida a su lado, sino que traen una información genética originaria que les induce a crear su familia propia e independiente de sus progenitores, en pro de continuar y fortalecer la especie sobre la tierra.

Este tipo de padres tienen una concepción errónea de «propiedad» sobre sus hijos, no solamente estimando que la obligación de sus hijos es la de quedarse en el hogar hasta que ellos lo decidan, sino que también deberían solicitar su aprobación para escoger la forma de vida que estimen conveniente.

Sobre la base de esa equivocada idea de control, los ponen en la desagradable situación de tener que someter a su aprobación no solamente la pareja de su agrado sino también su familia, el sitio donde se realizará la boda, la casa donde vivirán y hasta el vino que tomarán el día del matrimonio. Olvidando por completo que para la nueva pareja, la mejor ayuda de sus progenitores es percibir que sus padres les aman, respetan su intimidad, decisiones y que de ninguna manera interferirán en su vida de pareja, más allá de lo que les sea solicitado voluntariamente.

Es que como padres tenemos tanto que dar al naciente hogar de nuestros descendientes, que precisamente por eso debemos ser muy cautos. Lamentablemente, algunos padres por su exagerado sentimiento de posesión sobre sus hijos -que no ocultan- les crean temores sobre la posibilidad de una intervención exagerada, que los limita para solicitar oportunamente su asesoramiento, ocasionándoles el cometer errores, que de haber mantenido una relación de respeto y no intervención, seguramente con su experiencia éstos hubieran podido ayudar a solucionar.

Algunos progenitores pierden la oportunidad de colaborar efectivamente a conformar esos nuevos hogares, cual podría ser para ellos como continuar compartiendo su vida; y para sus hijos, la posibilidad de que su iniciación sea menos dura, por la capitalización de la experiencia positiva de sus padres; lo cual será difícil de materializar, si existe el temor a la exacerbada intervención e influencia en su vida diaria.

Con actitudes exageradas de protección y cuidado, seguramente bien intencionadas pero inoportunas, los padres, en vez de ayudar, hacen un flaco favor a la pareja, logrando objetivos contrarios a los deseados, porque ésta se irá separando de ellos paulatinamente, como única posibilidad de tener la oportunidad de diseñar y hacer con toda libertad e independencia, su propia vida. Con esta mentalidad obsoleta, en su desesperación por retener y «controlar» a sus vástagos, en el caso de los solteros sólo logran atemorizarlos, llevándolos a considerar la salida del hogar como una especie de liberación personal, y en el caso de los casados ya han quedado expuestos los nefastos resultados.

Es lamentable cómo en algunos casos, los progenitores no contentos con haber vivido su vida como les dio su real deseo, valiéndose de todo tipo de manipulaciones y subterfugios, pretenden además de un control férreo, constituirse en una carga obligada para sus hijos. En estos casos, al menos en el caso de hijos con parejas, les pone en grave riesgo la relación, porque no hay nada más aterrador para el otro miembro de la pareja, que la posibilidad de la permanente intervención de los padres de su consorte, o el tener que cargar con unos viejitos normalmente sabiduchos, que duermen cuando los demás están despiertos, y se desvelan cuando el resto de la familia duerme. Estos padres olvidan que fueron ellos los que trajeron los hijos a este mundo, y por tanto ninguna responsabilidad tienen éstos por su existencia en esta tierra de Dios.

Bastante problema tienen en estos días las parejas jóvenes para apañarse con las muchas responsabilidades y obligaciones, que les impone una sociedad crecientemente consumista y desarrollista, para tener además que atender el gravamen de unos padres, quienes no supieron en el momento oportuno tomar las previsiones necesarias para no constituirse en su vejez en una carga para sus hijos, precisamente cuando éstos requieren plena libertad de acción, porque están en la etapa de constituir sus hogares, lo que todos los días es más difícil y comprometedor.

Por otra parte, para el otro integrante de la pareja quien no tiene porqué tener una solidaridad especial con los padres de su consorte, pero que además viene de escapar del «control» de los suyos, nadie podría pedirle que habiéndose liberado, vaya a caer en la misma situación con quienes de alguna manera hasta hace poco tiempo fueron unos extraños. Estimo que todos esos usos y costumbres aberrados, de algunos padres para con sus hijos en y fuera del hogar, produce el efecto de distanciarlos.

Todo lo contrario sucede con aquellos que tanto en el hogar como fuera de éste cuando los hijos parten los han respetado y continúan haciéndolo, les consideran suficientes para tomar sus propias decisiones y se lo hacen saber, con orgullo. Es que a mi manera de ver estas relaciones, cuando los hijos dejan el hogar y hacen su propio nido, más que padre necesitan amigos fieles y leales y…

¿Quien mejor para llenar tal necesidad que aquellos quienes son sus padres?

De hacerlo, no sólo no se perderían los hijos, sino que pudiera ser que se ganaran los mejores amigos. Justo sería recordar a Khalil Gibrán cuando enseñaba:

«Vuestros hijos no son vuestros hijos. Ellos son los hijos y las hijas de la vida que trata de llenarse a si misma. Ellos vienen a través de vosotros pero no son de vosotros. Y aunque ellos están con vosotros no os pertenecen… Les podéis dar vuestro amor, pero no vuestros pensamientos. Porque ellos tienen sus propios pensamientos.«

Valdría la pena meditar sobre esta sabia enseñanza, pero también intentar entenderla y remendar ese capote.

¿A qué esperar?

Hágalo de una buena vez. Tome el teléfono y llame a sus muchachos ahora mismo, manifiésteles su amor, su respeto, su seguridad en su suficiencia y su fe de que ellos, así como usted lo logró, fundarán y desarrollarán un hogar del cual usted siempre estará orgulloso.

Ah… y no deje de decirles que siempre estará dispuesto a servirlos, pero solamente cuando ellos le llamen. Si lo hace de esa manera y cumple con el agradable deber de respetarlos, procurando su amistad en lugar de su sumisión y con la inteligente actitud de no asfixiarlos, más que perderlos ganará para siempre… sus hijos.

Próxima Entrega: PASARE SOLO UNA VEZ POR ESTE CAMINO

 

 

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