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Archive for the ‘FABRICAR SUEÑOS’ Category

soledad....

Hoy, luego de haber vivido más de siete décadas, habiendo sentido en varias oportunidades el olor de la muerte en mis narices; la rabia corroer mis venas; la impotencia violentar mis sentidos y el amor llenar mi alma, cuerpo y espíritu, siento que me puse  un poco más allá del temor a lo que será de lo que me quede de  vida o… a la muerte. Estoy convencido de que ciertamente, todo tiene su tiempo y oportunidad en el cual  nuestras actuaciones e iniciativas pueden ser más efectivas; sin que esto quiera decir, que todo tiempo no sea bueno para hacer cosas positivas y para ser felices.

Quizás por no pertenecer a la élite económica de este País, desde muy corta edad aprendí que todo lo que deseo debo lucharlo con mis únicas armas: la diligencia, el esfuerzo, el estudio, la honradez y el trabajo. Mi generación ha vivido un tiempo muy especial: de 1941 al 2013 hemos visto cambiar el mundo más que en los últimos 2000 años. Especialmente en Venezuela, hemos vivido largas y cortas dictaduras, democracias y el actual  experimento socialista del Siglo XXI; de ello he aprendido que no hay tiempos ideales para realizar las cosas, sino actitudes y aptitudes que las  fundamenten, lo cual  determina los logros y les da permanencia en el tiempo.

Una persona puede ser muy joven y un sistema o programa ser muy eficiente, pero  sin la actitud positiva y la aptitud para realizarla, más temprano que tarde… fracasará. Por el contrario, una persona puede no ser tan joven y un sistema o programa no muy adelantado, pero si la actitud de sus actores es positiva, decidida, ética y comprometida, si está acompañada de la aptitud para ser eficiente, sin duda será coronada por el éxito y se mantendrá en el tiempo.

Dada la situación económica crítica  mundial y nacional, creo que vale la pena meditar sobre esto. No hay un tiempo ideal para realizar las grandes labores, sino actitudes colmadas de  valores como la verdad, la generosidad, la comprensión,  el trabajo y el estudio, cuales acompañadas a la capacidad para determinar la prioridad para la atención a las personas e instituciones, determina su realización práctica. De lo contrario, de forma progresiva perderá su vigencia, y al final, sólo quedará la sensación amarga de haber perdido una oportunidad de hacer la vida más amable y feliz para todos.

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SE COMO LAS FLORES

Para quienes vivimos intensamente cada minuto de nuestra vida, un nuevo día prácticamente es una nueva vida. El amanecer es como el nacimiento y a partir de ese momento,  cuando se abren los ojos y se ve el mundo, esa maravilla que es la obra de Dios, le sonreímos y nos sentimos que renacemos a un mundo diferente al del día anterior.

Fuimos tan bien diseñados que nos renovamos permanentemente; automática e inconscientemente, cada segundo mueren y nacen nuestras células. Conscientemente, si atendemos con ánimo y optimismo el color de las flores, el canto de los pájaros, la sonrisa de los niños y la mirada tierna del ser amado, daremos gracias al Creador por permitirnos experimentar tantas y tan bellas sensaciones en esas maravillosas veinticuatro  horas que emprendemos al nacer el día.

Nuestra vida es tan elemental, fácil y sencilla, que las cosas más bellas, trascendentales e importantes, sin las cuales ésta sería monótona y aburrida, nos son dadas de manera agradable, gratuita y casi sin ningún esfuerzo. Respirar, observar el paisaje, soñar con los ojos abiertos, saludar y abrazar a las personas que amamos, sólo requieren el deseo de hacerlo y el sentimiento de que es un privilegio realizarlo, cuando tantos quedaron en el camino y ya nunca podrán experimentarlo.

Compartir experiencias, ayudar al necesitado, sonreír al que parece triste, son oportunidades que encontramos a cada paso, que no debemos desperdiciar, porque engrandecen el alma y edifican a quienes las obsequiamos. Que mensaje más hermoso es una palabra para quien se encuentra deprimido o un acto de solidaridad al que parece desolado. Un abrazo, un beso o simplemente un toque cariñoso en la espalda al enfermo, suele ser más reconfortante que cualquier medicina.

Todo el día está lleno  de oportunidades  para sentirnos bien: trabajar, estudiar, comer, divertirse, ejercitarse, realizar labores domésticas y de voluntariado, nos ayudan a fortalecernos física y espiritualmente, pero además nos dejan la conciencia de que hemos hecho las cosas bien para nuestro cuerpo y para nuestra alma, lo que nos permite acostarnos en paz y descansar con deleite, una noche que nos hemos ganado sobradamente.

¿Quien dijo que nuestra vida es complicada? Quizás aquellos que en vez de disfrutar  golpea el amanecer sus ojos y sólo observan lo oscuro de la noche sin valorar lo hermoso del firmamento, lo espectacular de  las estrellas, ni la discreta pero maliciosa complicidad de la noche para el amor.

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Dios… ¿Porqué tienen que morir los fabricantes de sueños, cantadores al amor, a la luz, a la noche, a las flores, a la alegría y a la… esperanza?

Padre… ¿Por qué te llevas la música del alma, el frescor del corazón, la elevación del espíritu y el sonido del viento que trina notas sentimentales?

¿Por qué ellos, que siembran flores con palabras, cosechan recuerdos con sus  letras y fabrican sueños de la nada?

¿No son acaso la sal del mundo?

¿No humedecen con lágrimas de alegría una tierra a veces Yerma?

¿No perfuman con aroma de amor el vacío terrible de los abandonados?

¿Por qué llevarlos cuando el mundo está enfermo de desamor, insensibilidad y falta solidaridad humana, si son ellos con su perfume de vida buena quienes siembran esperanza?

¿Por qué llevarse los pregoneros de la ternura, de la belleza, pasión y… la magia?

¿Qué les queda a los adoloridos, a los tristes, a los pobres, a los desventurados y a… los enamorados?

¿Cómo arrullarán las madres a sus niños si ya no hay poetas para cantarlos?

¿Dónde quedan las palabras para decir adiós al amigo y perdón al enemigo?

¿Dónde  queda el ay del corazón y la lágrima prohibida, si su expresión ha muerto, si ya no tiene… vida?

¿Quién cantará a las noches estrelladas y al rocío de las noches de estío, convirtiendo lo oscuro en romántico y confortable el frío?

¿Quién cantará el requiem a las hojas que mueren, a los pétalos marchitos y a las gotas de rocío que dan su vida para crear otras vidas?

¿Dónde esconderé mi frustración por no ver más sonrisas, niños sin miedo, parejas felices, hermanos abrazados y padres con más amor que autoridad?

¿Quién cantará a mis nietos lo que fui, lo que viví, mis recuerdos, mis ansias, mis sueños y mis bendiciones, si se apaga la voz de los poetas?

Y… ¿Qué hará el mar, sus olas, el reflejo azul de su cuerpo y las bellas  gaviotas si te llevas quien conoce sus secretos y notas?

Padre… Si te llevas los poetas nos haces mucho daño, pero también te haces daño, porque te  llevas la más bella oración que es un poema, y nos dejas tan solos en un mundo tan duro que, ciertamente, nos será muy difícil entender tu forma de amar.

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INOCENCIA Y FELICIDAD

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                                               EL DULCE ENCANTO DEL AMOR

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No sé si a todos acontece, pero en mi caso, mi hogar es algo simplemente incomparable; igual hoy, cuando todos los hijos, en función de su vida y felicidad, físicamente nos dejaron solos en ese espacio maravilloso y especial que es más que concreto, ladrillos, muebles, retratos, cuadros, plantas y flores; porque tiene vida propia que palpita todos los días, de la misma manera y vigor que lo hacía hace 40 años, cuando arribó la primera de nuestras hijas.

Habiendo luchado mucho, arriesgado otro tanto, disfrutado lo necesario y vivido intensamente; enfrentado parte de mi vida el temor, la nostalgia, las miserias humanas y vanidad,  no hay sitio donde me sienta más a gusto y seguro, que en estas cuatro paredes que tienen un olor especial, donde todo es muy conocido y tiene un pedacito de mí, y donde está mi amor de siempre: mi compañera de viaje largo, que sabe cómo hacerme sentir que todos los días vale la pena vivirlos; porque no estoy solo con mi gran vulnerabilidad física y espiritual frente a un mundo que es amplio y ajeno,  porque ella, que es la parte más importante de mi existencia, siempre… está ahí.

De alguna manera, para todos los seres vivos siempre hay un hogar; mejor o peor, pero… un hogar. Sin embargo, con tristeza observo cómo algunos de mis hermanos humanos, en esa carrera loca por obtener bienes materiales, poder o fama, hacen pequeño e insignificante  lo que puede ser muy significativo, reconfortante y… grande: el transitar tomados de la mano de quienes aman, dando prioridad a ese increíble por maravilloso, camino de construir su hogar.

El hogar es integral y debe ser tan fuerte que  el tiempo ni las circunstancias puedan disminuir su importancia, como refugio seguro para el alma y el cuerpo. Inicia con dos, que permanecerán por siempre, más allá de la descendencia. Por tanto, no deben los cónyuges subestimar esta circunstancia.

Los hijos llegan y se van, pero papá y mamá quedarán allí; y si no tuvieron el acierto de no confundir los roles y establecer las verdaderas prioridades, cuando ellos emigren quedará convertido en un cascarón vacío e inerte, aburrido y triste, que es todo lo contrario de lo que debe ser… un hogar.

Por todo eso, debemos dar a cada cosa su sitio, importancia y momento. Es la única forma tener siempre un refugio, en el cálido y seguro… hogar.

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Debido a los errados paradigmas sobre los cuales se desarrolló mi niñez, durante bastantes años de mi juventud, la diaria lucha por una vida -que esa misma formación me hacía prever como muy difícil-  me impidieron valorar debidamente mi tranquilidad espiritual.

Hoy, bastante avanzado en el camino de mi existencia, tengo plena conciencia de que sólo podemos sentirnos dueños del destino propio, cuando tenemos la convicción de que estamos en paz con nuestra conciencia, porque hemos hecho todo lo posible por hacer las cosas bien; y hemos colaborado dentro de lo posible, con el bienestar de los demás.

Si lograr la paz espiritual fuera muy fácil, seguramente el mundo sería diferente: andaríamos menos apurados; disfrutaríamos los amaneceres, el cielo estrellado de las noches, el canto de los pájaros, la risa de los niños, el aroma de las flores; la paciencia, generosidad y caridad, serían virtudes generalizadas; la fe, el optimismo y  la confianza, sustituirían la tristeza, el temor y la desesperanza.

No obstante, aunque no es fácil, sí que es posible lograrla, en la misma medida en que entendamos nuestra extraordinaria capacidad para amar, adaptarnos a cualquier ambiente y disfrutar intensamente del presente, mientras aceptamos nuestras naturales limitaciones frente a un futuro que, por ser desconocido e imprevisible, no debe ocupar nuestro tiempo o…preocuparnos.

La paz espiritual deviene de mirar dentro de nosotros mismos, cómo somos y podemos ser mejor todos los días. Es aceptar que todo lo que nos ocurre, aun aquello que aparenta tropiezo o fracaso, es parte del obrar humano que juega a nuestro favor; especialmente, porque a medida que pasan los años van siendo menores y más manejables, como aprendizaje para vivir una existencia placentera.

La paz espiritual se refleja en esos sentimientos de tranquilidad y satisfacción, cuando mirando atrás, la actualidad o los proyectos futuros, percibimos que todo se enmarca dentro de esa línea invisible del respeto por los hermanos humanos, las instituciones que soportan la sana organización social, la utilidad  y el amor por cada una de las cosas que hacemos.

Esa paz espiritual nos hace moderados frente a la fortuna y alegría; cautos frente a la tristeza y el temor; fuertes y solidarios frente a la adversidad; seguros de que somos un conjunto físico-espiritual, ideado por Dios con suficiente poder,  para prevalecer sobre todo lo creado.

La paz espiritual está latente dentro de nosotros; sólo hace falta avivarla y fortalecerla con apropiadas actuaciones.

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Hoy trataré sobre  temas apasionantes: Fantasía y Magia, recursos mentales que nos permiten idear situaciones como desearíamos que sucedieren y que, debidamente administrados, se convierten en venero de extraordinarias sensaciones. Según opiniones liberales “La fantasía es producto de la imaginación… la Libre actividad del pensamiento por la cual premisas y conclusiones pueden ignorar la realidad. Esto nos indica que nuestra mente, al poder ignorar la realidad, está en capacidad de convertir lo normal en fantástico y eso es de gran trascendencia  en el logro de la felicidad; entre otras cosas, porque la felicidad no es nada físico, ni tangible, sino un sentimiento derivado de nuestra actividad mental, que materializa en una sensación físico-espiritual.

Así, si yo idealizo una situación cualquiera como fantástica, ese es el mensaje que mi cerebro envía a mi mil millonésima reserva de células que integran mi cuerpo, cuales al hacer sinapsis conforman mi estado de ánimo, que al final determina el color, sabor y calidez de mis sensaciones. Por ejemplo, puedo fantasear con el cuerpo de mi esposa, con su voz, con su pelo, con su piel, con su sexo, y no por eso cambio su conformación física, sino que simplemente mi mente la convierte en lo que yo idealizo, produciéndome  satisfacción en la misma medida y extensión de mi fantasía.

Idéntico al ejemplo anterior, cuando me alimento, visto o realizo cualquier actividad diaria, puedo fantasear sobre su contenido o significado. Mi mente es infinita… da para todo. Cómo lo veo, siento o asimilo, es algo que procesa mi cerebro de la misma manera como se lo ordeno. Cuando fantaseo sobre algo es porque le doy esa orden al cerebro. Si le digo: “Quiero que conviertas esta situación normal en fantástica y te ordeno que lo hagas de tal manera”, y abra-kadraba, está hecho en fracción de segundos. Tan fácil como eso. Puedo sentirlo, percibirlo, disfrutarlo. Simplemente, lo vivo. Soy tan especial como ser humano, que me doy el lujo de VIVIR LA FANTASIA, que es como decir que soy capaz de convertir la irrealidad en realidad. Pues bien, al menos en mi vida, en la cual por cierto soy bien feliz, la fantasía es parte importante de mi existencia diaria. Doy testimonio de que ella siempre me ha producido felicidad.

Respecto de La Magia, no sabría vivir sin ella. Las contadas oportunidades en que soy infeliz, es porque pierdo el rumbo de mi querida magia. Claro está que no me refiero a esa magia, antiguamente vinculada a la Astrología y  la Alquimia como  “el arte de influir en el curso de los acontecimientos o adquirir conocimientos por medios sobrenaturales». Para mí esa es otra magia, la cual por cierto no me da ni frío ni calor. Me refiero a mi magia, la que con mi intelecto puedo fabricar; esa que me hace convertir un asunto común y corriente en algo diferente y agradable. Esa que como pareja nunca he permitido que perdamos; esa que le da un valor especial a ese cuadro de arte sobre la pared, a ese viejo libro en la biblioteca, a ese antiguo prendedor, cuyo precio de adquisición en una feria fue muy bajo, y a esa vieja servilleta ya amarillenta, guardada en un álbum donde se lee: “Te amo”. Aquella que algunas tardes, cuando juntos nos sentamos en un café y pedimos el mismo chocolate muy caliente con que desayunamos, extrañamente su aroma inconfundible  nos devuelve casi cuarenta años atrás y nos recuerda que somos privilegiados porque aún nos amamos como en aquel tiempo, o quizás… más.

A la fantasía y a la magia, nosotros como pareja  le debemos mucho de nuestra felicidad conyugal; quizás por eso la cuidamos tanto y no permitimos que ninguno de nuestros días dejen de tener por lo menos un momento de fantasía o magia. Por eso les aconsejo que si hasta ahora no le han dado el valor que tienen, empiecen a usarlas y, seguramente, aumentará su felicidad.

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Soñar es un derecho inalienable de todo ser humano, especialmente porque no necesita permiso para nacer, desarrollarse y  convertirse en realidad.

Los sueños trascienden la vida del soñador, y eso lo aprendimos de la historia, al verlos materializarse años después de haber desaparecido quienes los imaginaron; por eso, los sueños saben a… esperanza.

Los sueños son tan nuestros, que pudiera ser que nunca, nadie más, independiente de nosotros mismos,  pudiere percibirlos.

Los sueños son la representación excelsa de nuestro natural derecho a desear e idear ese mundo mejor que, con variadas formas de ver la vida y las cosas,  todos merecemos; al menos, proponerlos y dejarlos como algo positivo y representativo de nuestro paso por esta vida.

Yo también tengo un sueño hermoso, ambicioso; quizás difícil, pero… posible.

Por pertenecer a una generación especial, que pudo conocer dos Siglos y dos Milenios, fenómeno para cuya repetición se requiere el transcurso de más de 900 años, siento que vengo alimentando ese sueño desde que tuve diez o doce años, allá por los años de la dictadura de ese lunar en nuestra historia política, que se llamo Marcos Pérez Jiménez.

Ese sueño se fue conformando lentamente, como una necesidad de respuesta frente a la incomprensión y diatriba crecientes entre mis hermanos venezolanos, sin otra razón aparente que atávicas apetencias y bajos instintos; materializados en la sed enfermiza de poder y riqueza, sin consideración de su legalidad o legitimidad; pero asimismo, sin conciencia real del límite de los bienes materiales para satisfacer las necesidades reales de un ser humano normal.

Con la observación dolorosa de ver transformar buenas voluntades ideológicas en acciones pragmáticas completamente diferentes, que dejaban de lado el obligante y sagrado amor por los más altos intereses de la patria, de tal forma alejando el anhelo colectivo de igualdad de oportunidades, respeto por la persona humana, protección al derecho al acceso de todos sin distingo de clase, origen, genero, posición económica o ideología política,  a la protección integral del Estado y  todos los beneficios, que éste está en la obligación de procurar a los administrados.

Mi sueño no tiene que ver con nombres, consignas o colores; tiene que ver con hombres y mujeres que sientan este país en lo más profundo de su alma; tiene que ver con quienes alimenten el sentimiento de la necesidad de  una Venezuela de todos; donde globalmente seamos uno, porque nuestros más inmediatos y elevados intereses, son y tienen que ser… comunes.

Sueño con la familia y los amigos unidos, colaborando cada cual dentro de  su posibilidad, en la construcción de una patria mejor: amable, generosa, amorosa, segura, que nos haga sentir orgullosos de pertenecer a ella; buena para la vida, especialmente para superarse cultural y espiritualmente, para relacionarse, enamorarse, hacer familia, crecer, reproducirse y quedarse en ella, por… siempre.

Mi sueño tiene que ver con ese sentimiento compartido  de venezolanidad, que enciende nuestra alma, que nos hace herederos de una historia heroica, un presente difícil pero solucionable y un futuro del tamaño de nuestro empuje, decisión, valentía y… trabajo.

Sueño con sentarme los domingos alrededor de una mesa en un café de mi ciudad con mis compatriotas, sin importar donde viven, estudian o trabajan y sin consideración de su identificación ideológica; rojos, azules, blancos, verdes o de cualquier otro color, no debe importar, porque son y deben ser mis amigos, mis compatriotas, mis hermanos venezolanos; porque merecemos regocijarnos de lo que cada uno hace por nuestra bella e inigualable Venezuela; este bello país donde, como alguien lo escribiera, “…de su tierra mana miel y leche”, porque existen y sobran recursos de todo género, suficientes para todos.

Sueño con sentir honesta y sinceramente respeto, consideración y admiración, por quienes deciden constituirse en servidores públicos, poniendo su vocación al servicio del país, dejando de lado su ambición de enriquecimiento personal, porque no es sirviendo al Estado como las personas honestas adquieren gran fortuna, sino en el ejercicio de actividades privadas rentables.

Sueño con sentirme seguro de que, por haber cumplido con lo que me exigió la sociedad de mi tiempo, y que yo consideré honesto, nadie bajo ninguna circunstancia, podrá violar o disminuir mis derechos constitucionales y legales; porque exista un Poder Publico único e indivisible, que mediante sus Organos competentes, estará vigilante las veinticuatro hora de todos los días, para asegurar que la Constitución Nacional y las leyes se cumplan, sin distinción de persona o situación, donde y cuando se presente la necesidad de su aplicación.

Sueño con que, cuando tenga que dejar este mundo, consciente de que actué como de mi se esperaba, por lo cual estudie primaria, bachillerato, asistí y obtuve mis títulos hasta cuarto grado de la universidad; pero además trabajé duramente desde muy corta edad y hoy a los setenta años continuo haciéndolo, mis hijos y los hijos de mis hijos, no solamente me imitaran en la construcción de un futuro digno, sino que podrán libremente hacer uso de lo que yo pudiere dejarles, como producto de mi dura labor.

Sueño con un País del cual sentirme orgulloso, más que por sus riquezas, por su gente; que consecuente con la idiosincrasia de sus habitantes, apoye dentro y fuera de nuestras fronteras la libertad de acción y pensamiento, el respeto por las instituciones y la persona de todos los seres humanos; un país que sea diligente receptor del refugiado, del que no tiene patria o la suya le fuere arrebatada; donde nos amemos y respetemos por lo que somos  y no por lo que aparentamos; donde gustosos aceptemos la diversidad de pensamiento como enriquecedora y no como estigmática; donde podamos deliberar cordialmente y zanjar nuestras diferencias normales y naturales de los seres pensantes, sin llegar a la ofensa, la división,  la exclusión, el odio, la retaliación ni la agresión verbal o física; donde consideremos colectiva e individualmente obligatorio y no programático, procurar y contribuir al bienestar de tanto hermano pobre y desventurado, que por sobre cualquier buena intención que se hubiese tenido, las políticas erradas y desvinculadas de la realidad nacional de más de cincuenta y tres años de Gobiernos de diferente índole,  dejaron abandonados a su  suerte.

Sueño con nunca tener que verme compelido a abandonar esta patria que me acogió y protegió con amor de madre; que me permitió en los años cincuenta,  en un pueblecito que casi no aparecía en el mapa, la oportunidad de entender que podía –como así lo  hice- trepar sobre la pobreza, exclusión y condiciones más inhóspitas, para adquirir cultura y educación, a la par de sentimientos de solidaridad con mis hermanos más necesitados; que me permitió crear mi bella familia, y me sembró en el alma el compromiso, que nunca olvido y práctico, de ser útil, dentro de mis posibilidades, a todos mis semejantes.

Este es mi sueño que, como la mayoría de los sueños que he albergado y realizado, sin preocuparme mucho del cuando, se y no tengo duda que se materializará. No es un asunto de tiempo, es de conciencia y de esperanza; dos campos donde el tiempo no tiene mucha relevancia, porque al final, lo importante  es su resultado final.

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¿Dónde estará mi oportunidad? Esta es pregunta muy común pero incompleta, porque no inquiere de qué oportunidad se trata.

Nuestra vida, en sí misma es una oportunidad para hacer, rehacer y deshacer todo cuanto creamos que nos conviene o no. Al fin y al cabo, como seres humanos originados en el Gran Hacedor, tomamos un poquito de Él y, de alguna manera extraordinaria, tenemos la posibilidad de hacer cosas que enriquezcan nuestra existencia.

No creo eso de que “La oportunidad la pintan calva”, o que, “Si pierdes la oportunidad nunca regresa”, porque son apotegmas negativos y nuestra vida tiene que ser siempre positiva, como única posibilidad de lograr nuestro mayor fin: SER FELICES.

Si amamos la vida y somos diligentes, cada día será fuente para crecer y hacer de cada momento una oportunidad a nuestro favor; tan cierto que, aún los tropiezos y los problemas, suelen representar oportunidad para aprender cómo hacer las cosas mejor, o evitar aquellas que nos perjudican o  dañan a nuestros semejantes.

Cada nuevo día es una bendición, especialmente porque siempre será diferente a los restantes, y de tal suerte, nos obsequia una gama de situaciones y circunstancia vivenciales irrepetibles, lo que nos indica que debemos disfrutar cada una de ellas con fruición, porque… jamás se repetirán y, por tanto,  si desaprovechamos esa oportunidad, nunca podremos recuperarla.

Que la oportunidad sea buena o mala, mejor o peor no es nada aleatorio; es algo que nosotros decidimos conforme a nuestra forma de ver la vida e interpretar los momentos, los eventos, las circunstancias y situaciones que diariamente enfrentamos.

Como seres racionales, somos el milagro más grande de la naturaleza: podemos convertir cualquier evento en una oportunidad que nos favorezca; somos fabricantes de sueños, que sabemos convertir en realidad; la magia, la pasión y la emoción, nacen y se reproducen en nuestra mente, que sabe proyectarla al exterior para crear situaciones positivas.

La oportunidad vive con nosotros; siempre está ahí, esperando por nuestra voluntad para convertir cualquier evento, pensamiento, sueño o realidad, en deleite para nuestra existencia. Y lo más importante, nadie puede arrebatarnos ese poder, porque es nuestra herencia de Dios que nos diseñó para EL TRIUNFO Y LA FELICIDAD, nunca para el dolor, la tristeza o el fracaso.

¿A qué esperar? Aprovechemos cada instante para hacerlo una nueva oportunidad, y demos gracias por ser únicos con tal poder sobre la faz de la tierra.

 

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Todos tenemos en esta vida una pared personal, detrás de la cual escondemos, unos más que otros, sentimientos, inhibiciones, frustraciones, tristezas, dolores, ambiciones, sueños y… alegrías.

Yo también tengo mi pared; sólo que he separado mis sentimientos de la mejor manera posible, de tal forma que únicamente tengan trascendencia aquellos que sean positivos y me edifiquen,  a cualquiera de los seres que amo o a quienes me relaciono de cualquier manera.

No se trata de una pared física, porque tiene que ver con mi alma y mis sentimientos que son etéreos, y al no tener conformación material es un poco más difícil contener algunos de ellos, que a veces escapan e intentan crearme problemas; pero al final, yo los controlo.

Detrás de mi pared he aprendido a vivir tan feliz como cuando tengo que traspasar sus linderos; para lo cual, simplemente me regalo de forma permanente y continua la posibilidad de equivocarme y cometer errores; de tratar de entender a mis hermanos humanos, aceptarlos como son, reconocer sus bondades sin escudriñar sus debilidades o defectos, y festejar su diversidad. De alguna manera, esto es parte del obrar humano que todos tenemos que experimentar en procura de una vida mejor; y es, precisamente disfrutando en el camino de lograrlo, como aprovecho esas múltiples experiencias que me enriquecen, inmersas en el maravilloso mundo de las cosas sencillas.

Por mucho tiempo sólo me sentía a salvo detrás de mi pared, hasta que descubrí que por tratarse de algo espiritual y no físico, no tenía límites de tiempo ni espacio. Con esa precisión ubiqué los cerrojos en mi ser interior, donde convivo con Dios y sólo Él y yo tenemos acceso, para dejar que sean mis sentimientos quienes decidan donde se quedan: delante, donde el sol brilla y las noches son estrelladas, o detrás, donde todo es oscuro. Así, atesoro aquellos que son positivos para mi o alguien más, haciéndolos parte de mi luminosa vida diaria. Por el contrario, los que considero negativos, deprimentes o dolorosos, los dejo detrás, en la parte oscura de mi pared, para no recordarlos nunca.

Hoy alguien, inesperadamente, traspasó mi pared adornándola con colores de oro, música de alas de mariposas y perfume de azahares: Wendy interrumpió mi trabajo, se sentó en mis piernas y jugueteo con mi pelo como antaño, mientras su mami la miraba con ternura; ella tiene treinta años, dos bellas niñas y es… la última de mis hijas.

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