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Archive for the ‘DIOS’ Category

 Aún frescos los recuerdos de la muerte de Benazir Bhutto; la frustración por el fracaso del canje humanitario con las FARC; el trinfo del «NO» en el Referendum para la Reforma Constitucional y la entrada en vigencia de la Ley de Aministía para los presos políticos venezolanos; más allá de estas emociones disímiles, en nuestra alma y en una parte indeterminable de nuestra espina dorsal, sentimos un arañazo, y no podemos ocultarlo.

Son las garras de una realidad que nosotros mismos hemos fabricado, es un vacío profundo… permanente, agazapado en el ombligo del alma, alimentando el sentimiento de que, en algún recodo del camino de nuestro desarrollo social reciente, se nos quedó una parte de solidaridad, consecuencia, consideración, aceptación e… idilio, con ese mínimo de magia que hizo de la vida de nuestros progenitores una época romántica, confortable, segura, de paz… buena para la vida.

Ese sentimiento de pérdida presente en el alma, choca con nuestra naturaleza integral, que por estar conformada por cuerpo, alma y espíritu nos hace diferentes a cualquier otro ser vivo y dotados de inteligencia, lo que nos convierte en el ser vivo más acabado sobre la Tierra.

Frente a esos vacíos en el alma, intuimos su origen más allá de nuestro cuerpo físico, o el paisaje geográfico en el que hacemos nuestra vida cotidiana, porque sentimos que nace de nuestro propio comportamiento individual y colectivo. Esa certeza nos hace reflexionar sobre los valores y principios que deben regir nuestra vida como hormigas de una misma cueva, en la búsqueda de su mejor calidad más que el mero hecho de sobrevivir.

Como consecuencia nos preguntamos:

¿Acaso habremos permitido que nuestros valores, que pueden ser cambiantes de acuerdo a la época, el espacio, la evolución y el desarrollo social, hayan privado sobre nuestros principios fundamentales de vida que deberían ser permanentes e innegociables?

Si eso es así, en ello pudiera estar la respuesta, que al conocerla convierte el problema en un asunto por resolver, el cual, gracias a nuestra herencia divina que nos hizo pensantes, racionales e inteligentes estamos en capacidad de solucionar. Sólo requerimos de voluntad para emprender, actitud positiva para avanzar y aptitud para la aplicación de los correctivos necesarios; para lo cual disponemos de las múltiples herramientas de las cuales dentro de nosotros mismos fuimos dotados por Dios.

Todo nos lleva a considerarlo como un asunto de jerarquía. Entonces debemos determinar prioridades entre las circunstancias de nuestra vida, como familia, carrera profesional o actividad laboral, poder o representatividad, fama y riqueza. Cada una tiene su importancia como sentimientos, esperanzas y ambiciones, conforme al lugar donde le ubiquemos.

Es su jerarquía individual lo que determinará la incidencia en nuestra felicidad integral, cual será proporcional al nivel de importancia que demos a cada uno de esos aspectos, por tomar el principal que es la familia, con sus colaterales amor de pareja, solidaridad, respeto y sexo, por nombrar algunos, son realmente fáciles de ordenar jerárquicamente en función de la felicidad integral; entre otras cosas porque responden a principios fundamentales innegociables y valores humanos con vocación de permanencia. Pero además funcionan y hacen la diferencia entre las personas felices y las que no lo son.

Algunos otros elementos a decidir, que son menos definitivos y proclives a la vanidad o banalidad humana, como el poder, la fama, la riqueza, la belleza, ciertamente requieren de sabiduría más que de conocimiento, para ubicarlos debidamente con respecto a nuestras ambiciones en la vía de lograr una felicidad integral.

Seguramente, si rescatamos esos valores humanos, si nos aferramos a esos principios de vida recta y consecuente con nuestra condición de entes especiales, diseñados a imagen y semejanza de Dios, la cual permitió a nuestros padres, y de alguna manera a nosotros mismos en nuestros primeros años, sentirnos plenos espiritual y materialmente, al ordenarlos lograremos llenar esos vacíos que hoy nos dificultan reconciliarnos con nosotros mismos y sentirnos plenos.

Esos vacíos existenciales también son fuente abundante del peor mal del nuevo Siglo: el estrés, que a su vez se convierte en factor de origen de la mayoría de nuestras enfermedades físicas, mentales y psíquicas, entre las cuales las más graves pudieran ser precisamente aquellas que afectan nuestra alma, para las cuales no tenemos medicina conocida, porque no se satisface con cosas materiales o tangibles, ya que nacen, crecen y se reproducen en nuestra espiritualidad, creando insatisfacción, hastío, aburrimiento y… frustración.

Todo lo cual sólo puede ser combatido y vencido con el crecimiento espiritual, que nos eleva por sobre nuestra propia naturaleza originaria, para sentir amor, solidaridad, compasión, respeto, ternura y aceptación para todos y cada uno de nuestros congéneres, en esta madre Tierra que Dios nos dio como herencia.

Próxima Entrega: TIEMPO DE AMAR

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Alguien me preguntó si yo creía que podíamos amar a varias personas al mismo tiempo y con la misma intensidad. En principio le respondí que me parecía difícil, pero luego rebobinando mi propia vida, tuve que corregir rápidamente. Aunque de sentimientos tan personales como el amor no debería generalizarse, creo que sobre mis vivencias  si que puedo hablar sin temor a cometer errores.

En el mundo de mi vida diaria amé, sigo amando y creo que amaré toda mi vida. Personalmente, no concibo la vida de un ser racional sin el amor, pero menos aún el logro de la felicidad personal.  Al menos lo que yo considero que es la vida, como nuestra realización material y espiritual, que se concreta en disfrutar plenamente de las personas y  las cosas que nos rodean.

En verdad, creo que hasta que tuve uso de razón mi mayor concentración de amor lo fue en mi madre. Cuando adquirí raciocinio amé además a otras personas como mis hermanos, mis amigos y algunos de mis maestros. Ya de adulto, amé con pasión de varón a una mujer lo cual continúo haciendo, sólo que adicionando una permanente solidaridad y comunión integral.

Desde mi espiritualidad, sin duda amo a Dios porque me hizo  capaz de entender todo mi potencial así como mis propias limitaciones y siento que siempre me acompaña.  Amo además los valores como la verdad, la solidaridad, la aceptación, la libertad, la caridad, la fe, el optimismo  y la esperanza, porque me hacen sentir por encima de esa tendencia tan natural a las miserias humanas, contra las cuales tenemos que luchar todos los días.

Aunque parezca raro, amo al amor y lo amo tanto que lo confundo con Dios, quizás  porque me hace sentir que ciertamente soy su hijo.

Amo el amor, porque me da fuerzas suficientes para no sentir temor, soledad, tristeza, odio ni envidia. El amor cura mi alma en todo momento, pero también me hace perdonar y olvidar  cualquier agravio por grave que fuere.

Amo el amor, porque gracias a él puedo expresar todo ese torrente de emociones que me embarga cuando siento a mi lado a esa inigualable compañera de viaje largo, que después de treinta y ocho años todavía me mueve el piso, haciéndome olvidar los sesenta y seis años que he vivido. Es el sentimiento del amor que me permite sentir esa especial ternura y plenitud cuando abrazo a mis hijos, a mis nietos o  a cualquier niño que tomo entre mis brazos.

Por el amor vivo y he vivido mis más intensas emociones, pero también me induce a tratar de compartirlas con mis semejantes, sin distinción de ningún género.

Pienso que el amor va más allá de una experiencia, es todo un mundo de sensaciones y sentimientos. Su representación es tan variada que pudiera ser infinita, porque sólo la limitamos nosotros mismos.

No es cierto que amemos más a nuestra familia o a nuestros seres más allegados que a las demás personas. No, no es así. Lo que sucede es que amamos lo que conocemos y nos es inmediato. Pero nuestra capacidad de amar es tan grande que podemos amar hasta lo que ya murió o no ha nacido.

Por eso nuestros ojos se llenan de lágrimas cuando leemos las hermosas historias de los amores nunca realizados,  o de los perdidos, porque aún existiendo en el corazón de los actores nunca llegó a concretarse; o  de los sueños no realizados no obstante los mayores esfuerzos, que se sucedieron cientos o miles de años atrás, pero nuestro llanto es, precisamente,  porque en este momento… los amamos.

Por eso rechinan nuestros dientes de rabia, cuando leemos las grandes injusticias que se cometieron en el pasado con personas buenas que nunca conocimos y que sin duda, en este momento… las amamos.

Revisando papeles viejos encontré la foto de un  querido amigo que hoy tiene ya  más de 15 años de fallecido, con quien compartí variadas experiencias de mi vida. Mi mente hizo el milagro de presentármelo como lo vi, no en su lecho de muerte sino  la última vez que en perfecto estado de salud departimos juntos. Aunque no acepto la nostalgia ni temo a la muerte, percibí un sentimiento confuso entre la tristeza, el amor y la resignación. Es ese sentimiento indefinible de ausencia que nos embarga cuando recordamos las personas queridas que ya… se fueron, pero que seguimos amando.

Al amor se debe que nuestro espíritu se sienta elevado cuando leemos los tiernos cuentos de hadas perdidos en el vientre de los sueños en esas tierras lejanas,  porque  ellos narran el amor que vence todos los obstáculos, que logra concretarse y que es… para siempre jamás.

El amor es el sustrato de nuestra vida racional; es el color, la música y el aroma que hacen nuestra vida buena sobre esta madre tierra. El amor se parece a los sueños y a…  la esperanza.

Por eso, como hijos de Dios no tenemos que preguntarnos a quien amar, ni cómo, ni cuando, ni porqué amar. Simplemente debemos amar, porque ese es nuestro destino; a eso vinimos a esta tierra y mientras amemos cumpliremos el mandato divino por y para el cual fuimos concebidos. Si no lo hiciéramos estaríamos frustrando  nuestro más alto fin, traicionaríamos nuestra propia esencia y ya no podríamos considerarnos hechos a imagen y semejanza de Dios.

Si tienes alguna duda o requieres aclaración sobre el tema aquí tratado, el correo del autor está disponible: amauricastillo@gmail.com

Próxima Entrega. VACIOS VIVENCIALES

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El enemigo más terrible a combatir en la lucha por lograr una vida feliz, definitivamente lo es el temor que según Dale Carnegie «…es una creación demoníaca del hombre.» Yo suscribo ese criterio, porque el temor inhibe de disfrutar las cosas bellas de cada día; nace y se mantiene sobre la base de los eventos negativos que podrían producirse en el futuro, con lo cual disminuye o acaba con la tranquilidad de «hoy». Por eso, para vencerlo y que no nos haga daño, debemos utilizar todo tipo de herramientas de que disponemos, cuales venturosamente son abundantes y están disponibles sin mucho esfuerzo.

Gracias a que somos la obra más acabada de Dios sobre la tierra, estamos en capacidad de vencer todos los inconvenientes que nos impidan ser felices con los recursos de que vinimos dotados y que se encuentran ubicados dentro de nosotros mismos. Así, frente al temor tenemos la herramienta valentía, que es la capacidad para imponernos frente a cualquier adversidad, y que se fortalece en ese poder derivado de nuestro origen divino, que nos permite modificar el paisaje geográfico traspasando continentes; abriendo túneles en las montañas y atravesando los mares; volar como los pájaros y como las estrellas viajar por el firmamento; y hoy, determinar el sexo y hasta el color de los ojos de un niño antes de que este nazca, dentro de otras muchas proezas, que en otros tiempos se hubieran llamado «milagros».

De igual forma, frente a la tristeza, la depresión y la desconfianza, que transforman la vida buena en algo menos que una tortura haciendo difícil lograr la felicidad, tenemos las herramientas de la fe y la confianza en Dios que acompañada de la acción y el esfuerzo, vencen cualquier situación por grave que pudiere parecer. Frente a los sentimientos frustración y fracaso, tenemos la herramienta del optimismo que nos asegura que somos capaces de superar cualquier inconveniente. Para combatir los momentos de duda, tenemos la extraordinaria arma del pensamiento positivo, hermano gemelo del optimismo, que nos reconforta y nos recuerda que como hijos de Dios, no hay ningún problema que con su ayuda no podamos resolver.

Frente a la maldad que perturba la vida y produce dolor, evitando que seamos felices, tenemos la herramienta más poderosa de la tierra: el amor que transforma el mal en bondad, que vence el egoísmo, que amansa las fieras y… cura las enfermedades.

Para enfrentar al odio que aleja la felicidad, tenemos una herramienta de origen divino que nunca falla, y cuando la utilizamos nos hace parecemos a Dios: el perdón, que acompañado por el olvido neutraliza todos sus efectos malignos del rencor, regalándonos paz, tranquilidad y la sensación maravillosa de que nos elevamos por encima de nuestra propia naturaleza.

Otra herramienta que nos hace mejores y nos ayuda a ser felices es la caridad. Esta virtud que camina de la mano de la compasión y es exclusiva del ser humano, nos permite compartir con nuestros hermanos en Dios, no solamente las cosas materiales de que disponemos, sino también aquellos sentimientos como los de la solidaridad, la aceptación y la ternura, que cuando los damos, por ser tan elevados y reconfortantes, no sabemos quien es el más beneficiado, si quien los recibe o quien los otorga.

Para utilizar eficientemente estas herramientas y algunas otras que las complementan y que en adelante iremos analizando, no requerimos ni un esfuerzo especial ni de nadie para ayudarnos, porque nacen y se desarrollan dentro de nosotros mismos, en la misma medida en que les utilizamos. Pero además, contrario al efecto del uso de las herramientas materiales como un martillo o una pala, no agotan ni consumen nuestra energía, sino que por el contrario, nos hacen más poderosos, más fuertes y más nobles, aportando a nuestra vida, en la medida de su uso, más tranquilidad, paz y plenitud, que hacen el ambiente ideal para una vida feliz.

No debo concluir esta entrega sin hablarles de algunas técnicas, más que herramientas, que de alguna manera parecieran virtuales, pero que en mi caso han sido físicamente efectivas porque materializaron muchas de las cosas que ambicioné y por las cuales trabajé con dedicación y entusiasmo, lo que me permite con toda propiedad asegurar que debidamente aplicadas son capaces de convertir los pensamientos en cosas: la visualización, la divulgación y la sensación de posesión física. Las tres por demás interesantes y sobre las cuales en estos tiempos mucho se ha escrito, por lo cual recomiendo su estudio y práctica, pero sobre las cuales por falta de espacio, al menos en esta oportunidad, no puedo extenderme.

Próxima Entrega: FANTASIA Y MAGIA

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¿Qué cuál es la diferencia entre el cuerpo y el espíritu?

Para  quienes tenemos la seguridad de nuestra espiritualidad no es difícil determinarlo. Sin embargo, para quienes se autodenominan  «materialistas» pudiera serles difícil entenderlo, porque de alguna manera tampoco es muy fácil explicarlo.

Como cuando escribo lo hago para todo tipo de lectores y no especialmente para doctos, eruditos o filósofos, trataré de analizar la diferencia así como su origen utilizando situaciones de la vida diaria. Por ejemplo, cuando alguien me pregunta de quien es mi casa o mi auto respondo que son míos. Asimismo, si alguien pregunta de quien es mi cuerpo igualmente contesto que es mío. Por lo tanto, si yo digo que mi cuerpo es mío estoy asegurando que soy un Ser diferente a mi cuerpo, de la misma manera que al decir que  mi casa o mi auto son míos estoy determinando que son entidades diferentes a mi Ser. Vale decir que yo y mi cuerpo somos entidades distintas aunque hacemos un conjunto.

Pero entonces, si yo no soy mi cuerpo ¿Realmente quien soy para poder decir que el cuerpo es mío? ¿Mío de quien? Bueno, para mi no es complicado porque estoy seguro de que soy un Ser espiritual, que usa un  cuerpo en esta vida para servirse de el físicamente, como lo hago con mi auto o mi ropa. Por eso digo «mi auto», «mi ropa» y «mi cuerpo»,  porque sé que esas cosas físicas son independientes de mi Ser espiritual.

 Tal será mi convicción, que si por alguna circunstancia amputaran a una persona un brazo, o una pierna, o ambos miembros, su Ser espiritual seguiría intacto, no se afectaría en su integridad sino que seguiría siendo el mismo Ser espiritual, independiente de cualquier sentimiento de tristeza, frustración o cualquier otra actividad sensorial o mental. Es que por su esencia  espiritual, al Ser, nada físico puede afectarlo, ni siquiera la muerte que desactiva  la totalidad del cuerpo.

En mi concepción de la vida y las cosas, esa es una  prueba de que ciertamente tenemos  un espíritu que es intangible y por lo tanto físicamente inubicable e indeterminable.

Es por razón de nuestra espiritualidad que sentimos amor, tristeza, alegría, lealtad, solidaridad, sensibilidad, porque ninguna de esas sensaciones son tangibles sino intangibles. No podemos ubicarlas  ni determinarlas en el mundo físico. Por eso no podemos mirarlas,  tocarlas,  medirlas, ni pesarlas. No precisamos dónde las sentimos, pero sí tenemos conciencia de  que las percibimos.

Un «materialista»  podría decir que son las células haciendo sinapsis, el ácido nucleico, las hormonas y otros argumentos con la intención de desvirtuar la existencia del espíritu, lo cual obligaría a formular nuevas preguntas:

-¿Quién dirige la operación de las neuronas haciendo sinapsis, el ácido nucleico, las hormonas, etc.?

-¿Quién les ordena cómo y cuándo deben actuar?

-¿Quién dice a quien debes amar y a quien no, o qué es bueno o malo?

-¿Quién establece la diferencia entre unos sentimientos y otros? Los sentidos no tienen capacidad para hacerlo, porque ellos solo  reciben y cumplen órdenes.

Por ejemplo, los ojos detectan  imágenes, pero no es la vista la que decide si son  bellas, agradables o desagradables. El sentido de la vista es como una cámara fotográfica: toma  imágenes y las presenta, pero la decisión de cómo afectan al individuo no es función del sentido de la vista. Decidir si son bonitas, feas,  mejores, peores, agradables o desagradables corresponde a esa otra entidad supra física que es nuestro Ser espiritual.

Es ese espíritu el canal mediante el cual Dios se comunica con nosotros, en ese lenguaje especial que sólo él y nuestro espíritu conocen y que hace llegar de diferentes maneras a nuestro intelecto, quien lo transmite a los sentidos que son su medio propio  de sensaciones,  para transformarlos en actuaciones físicas y tangibles, que hacen la diferencia en nuestra forma de vivir, inclusive en muchos casos pueden diferenciar la felicidad de la infelicidad, la vida de la muerte.

Esa concepción de espiritualidad nos permite  realizar intensamente nuestra vida terrenal; nos motiva a mirar la muerte como un paso más de nuestra existencia y no como un evento desgraciado, precisamente por  la seguridad de que nuestro Ser no terminará con ella, porque trasciende el cuerpo físico en su  camino de superaciòn espiritual.

 La concepción de espiritualidad y  la seguridad de que por conformar una unidad con Dios, cuando llegue el momento de dejar este cuerpo ascenderemos a un plano superior, a un nuevo destino diseñado por El para nuestro progreso, nos posibilita presumir  lo que quiso significar Jesús cuando enseñaba: «En la casa de mi Padre muchas moradas hay.»

Si tienes alguna duda o requieres aclaración sobre el tema aquí tratado, el correo del autor está disponible: amauricastillo@gmail.com

Próxima Entrega: TEMOR VS.  FE Y CONFIANZA

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      Estimo que las religiones en general actúan como controles sociales de carácter externo que orientan, norman y condicionan la actuación del hombre en sociedad, con respecto a  lo que en su Doctrina consideran la mejor conveniencia de sus relaciones con Dios.

      En  nuestra época  existe confusión entre lo que  representa la religión y la espiritualidad. El mayor número de quienes asisten y practican los  más diversos credos lo hacen con la esperanza de fortalecer su espíritu. En este sentido, cuando la riqueza y el poder, como producto social llegan a sus máximos extremos, el hombre percibe que no son factores que actúen de forma decisiva en beneficio de su crecimiento espiritual.

      Por el contrario, en ocasiones la abundancia de riqueza y poder suelen convertirse en mecanismos involuntarios de desestabilización de la  tan necesaria tranquilidad y armonía, a que todos aspiramos en el camino de encontrar nuestra felicidad. De hecho, hace cuarenta o cincuenta años atrás disponer de riqueza y/o poder permitía a las personas disfrutar a la vista de todos, una vida más plena, tranquila y sin sobresaltos. Hoy, en una sociedad de abundante pobreza, carcomida por el resentimiento social, la inseguridad personal y el terrorismo, quienes son poseedores de tales dones para nada  se les facilita disfrutarlos, y si  disponen de alguna sabiduría, por los múltiples riesgos que involucra mucho se cuidan de ostentarlos.

      Mantengo amistad con inspirados hombres, que como honestos y acertados dirigentes religiosos de diferentes credos, cuidan de sus congregaciones, quienes me merecen cariño y respeto. Por ellos se que en casi todas las religiones, la manifestación libre del amor hacia  nuestros semejantes se ve de alguna manera  disminuida, coartada o si se quiere subyugada, a la necesidad de cumplir con las imposiciones del credo que se practique. Esto trae por consecuencia que por el afán del cumplimiento de lo que de los feligreses se espera, con respecto a la religión  para que sus actos sean gratos a los ojos de Dios, lo religioso no llega a trascender lo reglamentario; quedándose en la esfera de lo meramente externo para ser celebrado o censurado conforme al criterio de la dirigencia,  sin  involucrar de manera fundamental la parte espiritual.

      Ciertamente, desde el punto de vista práctico las religiones cumplen su función social y especialmente comunal, promoviendo el amor, la caridad, la castidad, la lealtad, la comprensión, la templanza; combatiendo la corrupción, el odio, la envida y los vicios.  Inclusive,  en algunos casos, la religiosidad se convierte en  una forma de vida sana. Pero se circunscribe a ser la guía de unos hombres a otros hombres en el nombre de Dios, en tanto y en cuanto se sea capaz de recibir y asimilar el mensaje. Pero hasta ahí llega su efecto, porque no tiene la fuerza de penetrar nuestro ser interior. Entre otras cosas, porque los mensajes se producen en ese lenguaje oral o escrito que perciben nuestros sentidos conocidos,  por su captación externa. Y aunque pudiera de alguna forma afectar nuestros sentimientos, no se asimila al lenguaje espiritual.

      Es que el espíritu es interno; vive en lo más profundo de nuestra alma, en ese mundo interno, donde nacen y se mantienen nuestros principios éticos y morales. Es nuestra espiritualidad lo que nos permite estar permanente en contacto con nuestro Creador, en ese mundo sin espacio, ni tiempo, ni dimensión de ningún género,  donde Él nos habla con su…silencio.

      Es en esa dimensión intangible donde aprendemos a sentirlo  a toda hora, a cada instante en el lenguaje de sus signos. Allí sentimos la sensación de su cercanía; el frío de su ausencia y el calor de su compañía. Es el espíritu lo que hace nuestra profunda diferencia con los demás seres vivos del planeta.

      Nuestra condición espiritual es la que nos permite amar, aceptar, compartir, esperar y…perdonar. Nos posibilita sentir el susurro del viento, que nos dice que hay algo para  nosotros más allá, y  mucho más allá del… más allá. Nos permite ver la claridad en la oscuridad de la noche, oír  el mensaje del canto de los pájaros y de la voz cantarina de los arroyos, en soleadas mañanas… todos los días.

       Es nuestro espíritu  un venero de esperanza y fe, en esta vida y en… la otra.  Es ahí, en lo más interno de nuestra alma, en lo más profundo de nuestros sentidos,  donde habita nuestro espíritu. Donde no hay leyes que cumplir, ni normas que obedecer. Donde no hay cabida más que para nosotros mismos. Porque nuestro espíritu y Dios son una conjunción. De alguna manera somos nosotros su manifestación más acabada sobre esta madre tierra. Somos su…extensión física. Eso nos fue enseñado en las Sagradas Escrituras cuando se nos dijo: «Tu cuerpo es el templo de Dios»

       Es por eso que no requerimos de intermediarios para encontrarnos con Dios, porque  encontrarnos con El es encontrarnos con  nosotros mismos.  En eso radica la mayor importancia de tener un espíritu, porque eso nos da la seguridad de nuestra… inmortalidad.

 Próxima Entrega: LO QUE EL TIEMPO NOS DEJÓ I

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En la entrega anterior les hablé sobre los hoy científicamente comprobados efectos del perdón sobre la salud física y mental de quien lo concede. Debo comentarles que investigaciones científicas muy recientes han ratificado, que en las personas enfermas de cáncer, en las cuales se logra una alta producción de endorfinas, las células buenas que se hacen fuertes, ayudan a combatir y destruir las células cancerígenas. 

Ciertamente, para mí no ha sido ninguna sorpresa; yo siempre he estado persuadido de nuestra capacidad de autocuración, a lo cual siempre he atribuido las «curas milagrosas»  de las que tantas veces hemos oído hablar. Pienso que en esos casos, de forma inconsciente logramos excitar algunos centros de nuestro cuerpo que actúan y producen ese resultado.

      Algo relevante de esos nuevos descubrimientos es que las endorfinas se producen proporcionalmente a como se encuentre nuestro estado de ánimo, y por tanto como todas las cosas trascendentes en nuestra vida, Dios nos las ubicó dentro de nosotros mismos para que no requiriésemos ningún tipo de recurso, esfuerzo o ayuda externa para lograrlas.

       La producción de estas hormonas y su consecuente beneficio sobre nuestro cuerpo y espíritu, estarán a nuestro alcance en la medida en que seamos capaces de superar los problemas que se nos presenten en nuestras vivencias diarias. Esto es: cambiar nuestro mal humor por el buen humor; la tristeza por la alegría; el resentimiento por el amor; los pensamientos negativos por los positivos; la frustración por la confianza; el desánimo por la esperanza; la rabia por la risa; el temor por la fe y la oración;  y el deseo de venganza por el perdón.

      Si logramos producir esos cambios en nuestra integralidad corporal-espiritual, las endorfinas aflorarán en abundancia y sin costo o esfuerzo alguno, para reforzar nuestro sistema inmunológico y de tal manera afianzar una buena salud integral. Creo que Jesús conocía muy bien los beneficiosos efectos del perdón sobre el ser humano, cuando aconsejaba a sus discípulos que deberían perdonar «Setenta veces Siete».

      Por tanto, mi recomendación a mis amigos lectores es que  perdonen siempre, porque esto no sólo nos pone a distancia del ofensor y le hace perder el malsano efecto por él deseado, sino que abona a nuestra salud, bienestar, paz y tranquilidad espiritual, tan necesarias para ser felices. Considero importante recordar que el perdón no exime de culpa al ofensor, sino que libera al ofendido.

       Me corresponde comentarles que existe otro apotegma que aunque muy romántico, poético y de divulgación masiva, es todo lo contrario de lo que indica su enunciado: «Amar es nunca tener que pedir perdón». Quien escribió esto, ciertamente  nunca amó, nunca mantuvo una relación personal permanente o con vocación de tal. Yo que amo intensamente y que mantengo una relación sentimental,  emocional, activa y mágica con la misma persona por más de treinta y siete años puedo darles testimonio con toda propiedad, de que es todo lo contrario: AMAR ES SIEMPRE TENER QUE PEDIR PERDON.

       Es que cuando se ama, el solicitar perdón es una de las formas más trascendentes de decir: te amo, frente a ti, frente a este sentimiento maravilloso no tengo límites; tú persona, el que tú te sientas bien es lo más importante para mì. Pero además, perdonar es un acto que solo puede ser ejercido por personas valientes, que son capaces de aceptar sus errores y reconocer las virtudes de los demás, aunque éstos los superen largamente. Ya lo decía Mahatma Gandhi:  «Perdonar  es el valor de los valientes. Solamente aquel que es bastante fuerte para perdonar una ofensa, sabe amar.»

       Especialmente en  el mantenimiento de una relación personal tan emocional como es la de pareja, siempre estará expuesta a malas interpretaciones, actuaciones desacertadas, omisiones involuntarias y susceptibilidades a flor de piel. Por tanto, las palabras o frases como discúlpame, perdóname, lo siento, lo lamento, no quise ofenderte, te prometo que tendré más cuidado,  tienen un valor incuestionable.

      ¿Qué recurso de discusión quedaría a la otra parte frente a un error nuestro, luego que sinceramente pidamos disculpa o perdón?

       Si con humildad aceptamos que hemos actuado incorrectamente  y  solicitamos una disculpa ¿Qué mayor demostración de amor e interés por la relación que reconocer el error y solicitar perdón? ¿Quién podría negarse a concederla, máxime en el caso de una persona que convive con nosotros  y que también nos ama? ¿No fue acaso eso lo que quiso significar Jesús cuando enseñó que hay que ir a reconciliarse con el hermano antes de la ofrenda? ¿No es acaso el mejor hermano quien comparte contigo todos los días de tu vida y no es acaso la mejor ofrenda el amor?

       Eso fue lo maravilloso de esa enseñanza de Jesús, la cual selló para siempre cuando, en su último momento de vida, solicitó a su padre el perdón para quienes más daño le hicieron porque terminaron con su vida, e imploró: «PADRE, PERDONALOS PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN.»

             Cuántas veces en nuestra vida diaria  de pareja mal interpretamos acciones o palabras, o  no entendemos reacciones absolutamente justificadas, que luego resulta que aceptamos fueron consecuencia de una omisión o actuación involuntaria, pero errada de nuestra parte. ¿Qué sería de la relación si quien comete el acto erróneo no tuviera el valor y la nobleza de aceptar humildemente su error y solicitar la disculpa o el  perdón? Lo menos que se podría esperar sería una acumulación de sentimientos de frustración y desencanto, que cuando llegaran a su máximo extremo, al explotar,  producirían graves problemas, inclusive poner en riesgo la estabilidad familiar.

      Siendo así, en tales situaciones la actuación inteligente, solidaria y si se quiere de autoprotección, lo es precisamente la palabra salvadora de la disculpa o el perdón, acompañada del sincero propósito de enmienda, que conlleva el compromiso interno de evitar repetirlas.

       Creo muy remota la posibilidad real de mantener algún tipo de relación humana, independiente de cual fuere su rango, sin que medie la permanente disposición de, en caso de actuación errónea o inconveniente, solicitar la disculpa o el perdón. Porque de alguna manera el respeto es su hermano gemelo, y por tanto pudiera ser la forma más gráfica de demostrarlo permanentemente.

      Cuando en mi vida me he visto precisado a pedir disculpa o perdón -que han sido muchas veces- para darme valor siempre recuerdo a Jesús, cuando enseñaba: «Porque lo que hagas a los demás, eso ellos harán por tí.»

Próxima Entrega: EL SEXO DE PAREJA I

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La historia nos ha enseñado que Dios siempre ha provisto nuestras necesidades. ¿Por qué preocuparse entonces por ellas? ¿No se comportan la salud, el bienestar y la vida en general, conforme a nuestra manera de actuar y nuestro estado de ánimo? Pues bien, no tengo duda que ninguno de los supuestos “males” con los cuales desde que nacemos nos asustan, no tienen poder sobre los valientes, que son aquellos quienes tienen fe en Dios, confianza en si mismos, optimismo en el resultado de sus actos, amor por sus semejantes y la seguridad de que esta vida es bella, porque es el máximo regalo que Dios obsequió a sus hijos.

Debo por tanto insistir en que los temores a las incidencias de la vida y sus eventos, especialmente aquellos futuros e inciertos, no son más que un invento o “creación demoníaca” de quienes ignoran su propio potencial personal, carentes de optimismo y fe, porque fueron alimentados por su entorno íntimo desde su más tierna edad, con la bien intencionada pero errada premisa, de que toda esa carga de negatividad, les estaba creando mecanismos de defensa que preservarían su vida, en un mundo supuestamente peligroso y agresivo.

Sin duda, estas personas ignoraron siempre las maravillosas e inigualables condiciones y recursos de que este globo terráqueo dispone para nuestro disfrute, así como nuestra capacidad para asimilarlos como seres hechos a imagen y semejanza de Dios, con potencialidad casi inagotable para convertir los problemas en… asuntos por resolver; cuya solución por cierto, no tiene siempre porqué ser desagradable, porque entre otros aspectos, nos prepara para una vida… mejor.

En tal situación es imperativo destruir esos paradigmas y etiquetas negativas, que pudieran haber sido diseñadas con la intención de prepararnos para sobrevivir en un mundo supuestamente ingrato y problemático, lo cual por cierto es todo lo contrario de la realidad, porque este inconmensurable mundo sólo es ingrato y problemático para aquellos que viven bajo la oscuridad del miedo, que es una ficción que se alimenta de la predisposición a los pensamientos negativos, de la falta de confianza y fe en las fuerza universales que rigen el mundo y en nosotros mismos, porque para los valientes -aquellos que vencen el miedo- vivir y no sobrevivir es una experiencia extraordinaria. Tanto, que harían cualquier cosa para no perdérsela, y es por esto que bajo ninguna circunstancia desean… morir.

Determinado que formamos parte del equipo de los positivos y que preferimos vivir a sobrevivir, nos corresponde crear nuevos mecanismos que nos dispongan a experimentar una existencia grata, en un mundo lleno de hermosos paisajes, recursos y oportunidades sin límite; sustituyendo los viejos modelos por el optimismo y la fe en nuestra capacidad y potencialidad para vivir intensamente en cada instante de nuestras vidas, todas esas bendiciones que Dios puso sobre esta madre tierra para ser vividas, que no para sobrevivirlas, porque para esto último no requerimos nuestra privilegiada inteligencia. De la sobrevivencia física se encarga nuestro instinto natural.

De tal manera, como es cierto que depende de nosotros el poner a nuestro favor las eventualidades de nuestra existencia diaria; si el color de nuestra vida lo será conforme a nuestra propia óptica; si el noventa por ciento de la trascendencia de cualquier evento, con respecto a nuestra vida, lo es como nosotros lo interpretemos; si el más minúsculo acontecimiento, como una actitud, una palabra, una sonrisa o un gesto, pueden cambiar nuestro destino conforme a como lo interpretemos, asimilemos o pongamos a nuestro favor… entonces:

¿De qué deberemos temer?

¿No es acaso el temor una ficción creada por nuestra mente respecto de lo que podría o no suceder en cada caso u oportunidad?

¿No hemos aceptado que el espacio de tiempo entre un evento y otro es infinitesimal, y en consecuencia no existe posibilidad cierta de predecir con exactitud cuál será el resultado final?

¿No fuimos hechos a imagen y semejanza de Dios y por tanto con la mayor capacidad intelectiva sobre este planeta?

¿Qué debe suceder para convencernos que somos un pedacito de Dios… no importa cuál, pero un pedacito de Dios, y Dios… lo puede todo?

¿A qué esperar?

Hemos perdido demasiado tiempo. No lo pensemos más. Esta es la hora de hacerlo. Tomemos estas herramientas y combatamos el temor. Digámosle sí al optimismo, a la fe, a la ventura, a la felicidad; porque si luchamos y vencemos el temor –de lo cual no debemos tener duda- porque como alguien lo escribiera: “Estamos inevitablemente condenados a ser felices” Creo que una buena manera de no olvidar estas verdades, es recordando la infinidad de veces que en nuestra vida temimos que algo podría llegar a acontecernos y ciertamente nunca sucedió.

Nos conviene recordar las muchas oportunidades que temimos que un evento desagradable que nos ocurría era lo peor que podía pasarnos, pero años después entendimos que ese suceso sólo había sido un paso necesario de dar, sin el cual seguramente hoy no disfrutaríamos de la felicidad que tenemos.

Como una demostración de que es cierto que algunos eventos cuando suceden los vemos negativos, pero con el devenir del tiempo los consideramos positivos, les ilustro sobre el comentario de un amigo quien me confesó que hace veinte cuando se divorció, pensó que había fracasado en su más importante empresa, por lo cual se sintió desolado y triste. Luego -me dijo- no he parado de dar gracias a Dios por haberme dado la lucidez para tomar esa decisión. Pero además, el considera que aquella fue uno de los actos más acertados de su vida, ya que se dio a si mismo y a su ex consorte, la oportunidad de comenzar una nueva vida que para ambos ha sido buena.

Por todo lo expuesto, aconsejo a mis lectores recordar algunas de las últimas palabras de Juan Pablo II (Karol Józef Wojtyła ) dirigida a los jóvenes en su lecho de muerte el año 2005, cuando les recomendó de forma concreta, pero muy sabia: “NO TENGAN MIEDO”.

Próxima Entrega: UN STOP EN EL CAMINO- PARTE I

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     Nos sentimos vivos porque percibimos mediante nuestros sentidos un medio ambiente que nos circunda. Pero¿Qué sucede cuando por cualquier circunstancia nuestros sentidos no están activados y en consecuencia conscientemente no perciben nada? Pues no se que sucederá con los demás, pero en mi caso me ha resultado muy sano admitir que vivo únicamente veinticuatro horas. Esa es la extensión de mi vida real: consciente o inconsciente sólo vivo 24 horas.

     Nos sentimos vivos porque percibimos mediante los sentidos un medio ambiente que nos circunda. Pero ¿Qué sucede cuando por cualquier circunstancia nuestros sentidos no están activados y en consecuencia conscientemente no perciben nada?Pues no se que sucederá con los demás, pero en mi caso me ha resultado muy sano admitir que vivo únicamente veinticuatro horas. Esa es la extensión de mi vida real: consciente o inconsciente sólo vivo 24 horas. Muero cuando en las noches me vence el sueño, porque mientras estoy dormido no oigo, no veo, no hablo… no estoy consciente; y al no percibir el medio que me circunda, de alguna manera estoy en otra vida que no es esta de todos los días. Nazco o resucito al despertarme a un nuevo día. Entonces anticipo mis gracias a Dios por esas nuevas veinticuatro incomparables horas de vida que viviré, durante las cuales no tengo ninguna duda que Él estará conmigo. Y ciertamente, las vivo muy feliz.Quizás por eso será que no me pesan los veinticuatro mil noventa períodos de veinticuatro horas que he acumulado en mi vida.

     Para mí cada día es un evento maravilloso, porque no representa vivir veinticuatro horas más, sino vivir una vida más. Ahora bien, como mi vida es tan corta no me puedo dar el lujo de desperdiciarla, como pudieran hacerlo quienes viven contando períodos tan largos como los de siete mil setecientas sesenta horas que representa cada año, que es como decir que acumulan cada año trescientas sesenta y cinco vidas de las que yo vivo. De tal manera, estoy obligado a ponerle a cada una de mis vivencias el toque mágico que las convierte de normales en especiales, y ciertamente lo logro. Así, en mi corto lapso de vida la sonrisa de un niño toma una dimensión extraordinaria; el apretón de manos, un abrazo, un beso o la palabra amor, son simplemente espectaculares y las disfruto con fruición. El canto de los pájaros, el ruido del agua de las fuentes y la caricia de la brisa mañanera sobre mi cara, las atesoro como si fuera la última oportunidad de sentirlas. El agua, los alimentos que ingiero y los paisajes que observan mis ojos, los bendigo como algo especialísimo que Dios me regala sin preguntarme si los merezco o no.

     No hay cosa o situación que en ese corto período experimente, que para mí no tenga un motivo de alegría.Bajo esa consideración especial de lo efímero de mi vida, que es lo único que es realmente mío, no permito de ninguna manera ni por ningún concepto, que nada ni nadie perturbe mi sensación de deleite. En obsequio de lo cual, no acepto que el pasado, que para mí es un muerto y por el cual nada se puede hacer, afecte mi maravilloso día de hoy.Tampoco considero ningún argumento que tenga que ver con el futuro. Entre otras cosas, porque el que vive veinticuatro horas como yo, para su propia tranquilidad no tiene que preocuparse de algo que nunca tendrá: futuro. Mi especial condición me mantiene a salvo de esa fuente generadora de preocupaciones como es el no conocer que sucederá mañana que afecta a los demás seres humanos, por cierto, sin saber siquiera si para ellos llegará.

     De todas maneras, por mi naturaleza imperfecta, en cualquier oportunidad que intento comportarme como un ser humano normal, de esos que viven por años y les preocupa el futuro, termino concluyendo que de cualquier modo el futuro es un evento absolutamente imprevisible e incierto, que se parece a la muerte porque no se sabe como ni cuando llegará; pero como me he acostumbrado a que todas las noches me acuesto y convivo con ella durante el sueño, por lo cual la conozco muy bien, pues ya la muerte tampoco me preocupa.Sin embargo, a veces dentro del mundo de las especulaciones pienso: si me preocupara el futuro yo no tendría ningún problema, porque lo único que se puede hacer por el futuro es hacer las cosas bien hoy, y eso no debería ser una excepción del comportamiento humano, sino la regla; para terminar aceptando que lo mejor que me ha podido pasar, es ser un ser anormal que sólo vive veinticuatro horas.

     Por otra parte, esta particular forma de ver mi corta vida me obliga a reflexionar sobre el hecho de que, ciertamente somos nosotros y nadie más quien le da color, sabor, magia, fantasía y trascendencia a las cosas que nos suceden. Pero lo más importante de mi deducción es la certeza de que es dentro de nosotros mismos y no afuera, donde se produce esa operación mental e intelectual que causa este fenómeno tan interesante que es la felicidad. La otra conclusión interesante que me ha regalado mi concepción filosófica de corta vida, es que si como es cierto soy yo el que le da los matices de beneficio o perjuicio a lo que hago o me acontece, y que eso se produce en mi ser interior, pues entonces estoy a salvo de cualquier eventualidad dañosa que venga del exterior y que pudiera afectar mi felicidad, porque al fin y al cabo, soy yo el que decide su nivel de afectación, y ni tonto que fuera para darle un matiz negativo.

     Pudiera ser que muchas personas no entiendan esta forma particular de ver la vida, porque pareciera lógico que más que vivir un día, aspiren a vivir muchos días. Es posible que eso sea lo razonable en un mundo de personas normales –grupo al cual para mi bien yo no pertenezco. Por tanto, me imagino que cuando lean estas reflexiones no solamente no estén de acuerdo con ellas, sino que hasta me pongan el apodo de “hombre de un solo día”, lo cual pudiera ser que no me haga muy feliz porque tengo mi nombre propio.Pero de lo que sí estoy absolutamente convencido es que prefiero vivir veinticuatro horas felices, que muchos días, meses y años con la permanente preocupación de lo que me dejó ayer o me traerá un mañana, que ni siquiera puedo saber si llegará para mí. Así que correré el riesgo de que cuando me vean por la calle, socarronamente y con una sonrisita burlona, en voz baja digan: ahí va el “hombre de un solo un día.”

Próxima Entrega: EL TEMOR… ENEMIGO NÙMERO UNO

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En las noches cuando despierto percibo un profundo silencio, como si el mundo se hubiese detenido. Entonces presiento lo que la mayoría de los humanos perciben como la soledad. Esa desprotección inmensa del hombre como especie frente a un mundo amplio y ajeno; frente a una naturaleza con elementos incontenibles, terribles, destructivos, cuales no podemos prever cuando se desencadenarán, pero en el que somos minúsculos y… frágiles.

Ese silencio absoluto produce el sentimiento extraño de indefensión paralizante para quienes creen en la soledad. Una sensación de infinita pequeñez, frente a un mundo gigante, imprevisible y anciano pero muy poderoso, en el cual nuestra conformación física por su dimensión es menor que un grano de arena y, nuestra vida con respecto a su edad, menos importante y pasajera que la del más pequeño de los insectos.

Todo eso me hace reflexionar, más con curiosidad que con temor, sobre la natural soledad del ser humano en este mundo. Salvo excepciones, nacemos solos, por tanto nadie ni nuestros seres más queridos tendrían en sus planes la idea de acompañarnos al más allá. Sobre esa base me pregunto:

-¿Realmente estamos solos en el camino de nuestra vida?

No necesito pensar mucho para responder: DEFINITIVAMENTE NO. No estamos solos ni antes de nacer, ni durante nuestro periplo por este mundo; ni siquiera después de morir lo estaremos. Al menos en mi caso, sé que no estoy aquí por accidente. Desde que mi madre me enseñó de la existencia de Dios y me orientó en como comunicarme con Él nunca me he sentido solo, porque aprendí que desde antes de nacer ya tenía su segura y buena compañía.

No niego que en ocasiones me he sentido desconsolado, frustrado o triste, pero decir que me he sentido inmensamente solo, no es cierto. Estoy persuadido de que Dios es un inmejorable compañero de viaje: nunca nos abandona, siempre está con nosotros y… todo el tiempo a nuestro alcance.

Debo confesar que siento una gran preocupación por los millones de personas quienes por no conocer y mantener a Dios en su corazón, vagan por el mundo tristes, con el sentimiento de sentirse solos. Pienso que ellos ignoran que Dios nos pertenece a todos sin ninguna distinción, sepamos o no de su existencia. Que nunca duerme porque siempre está en vigilia, presto a ayudarnos si lo requerimos. Que es Él quien cuando estamos atribulados nos produce esos sueños maravillosos, que traen paz a nuestra alma y nos hacen despertar con optimismo.

Él quien sin explicación racional, en oportunidades nos hace evitar un camino porque en él medra el peligro. Él nos acerca a las personas que amamos y nos aleja aquellas que podrían hacernos daño. Y es Él quien nos señala el bien y el mal, permitiéndonos libremente tomar las opciones que estimemos conveniente. También es Él quien nos provee de nuestra familia, amor, salud y bienestar. Es el guia que nos lleva de la mano para encontrar la satisfacción de nuestras necesidades materiales y espirituales.

Así como Él nos dejó la promesa, mediante las palabras de su bien amado hijo Jesús, de que podemos ser mejores, y quizás… perfectos, también será quien nos recupere y nos regrese a ese mundo de donde vinimos, en el momento apropiado; ni un minuto antes, ni uno después.

Es que así como nos ha acompañado durante toda nuestra vida, también está esperándonos a la hora del regreso con los brazos abiertos; pero no para pedirnos cuentas sino para acogernos en su regazo porque somos sus hijos amados, porque Él nos conoce muy bien y desde antes de nuestro nacimiento ya sabía de lo que éramos capaces. Desde siempre supo cómo y para donde íbamos: sabía todas y cada una de las cosas que haríamos durante nuestra vida. Por tanto ¿Cómo va a pedirnos cuentas de lo que Él ya conocía que nosotros íbamos a hacer, en un viaje que Él mismo nos diseñó?

Todo eso me lleva a la conclusión de que nuestra soledad en esta vida no es real sino mental, porque Dios a su manera muy particular de hacer las cosas, siempre está con nosotros. Es que su forma de acompañarnos no tenemos porqué conocerla porque no nos aporta nada adicional, no nos afecta en absoluto. Lo que debe afectarnos es el resultado final: que Dios siempre y en todas partes está con nosotros. Si no fuera así: ¿Qué sería de nuestra frágil humanidad?

Somos físicamente tan débiles que para quedar paralíticos por siempre o morir, no necesitamos caer de un quinto piso o mayor altura, basta con resbalarnos mientras caminamos sobre el piso mojado para que nuestra cabeza choque con el suelo, o una piedra, o cualquier objeto contundente y con eso es suficiente: todo termina. Del mismo modo, es suficiente abrir fuera de tiempo una ventana de nuestra casa, para pescar una pulmonía que puede acabar con nuestra vida; un día cualquiera, haciendo lo mismo de todos los días, como bañarnos después de comer, simplemente nos produce una congestión y morimos. Tan vulnerables somos que una microscópica bacteria, sin que siquiera podamos verla, puede acabar con nuestra vida en horas o quizás… en minutos.

Pero… ¡Ah milagro! Permanecemos vivos. Pero ¿Cuántos? Y… ¿Porqué? En verdad no me importa; soy uno de los que sobreviven, y yo si que no tengo duda que sigo vivo porque mi Padre Celestial esta conmigo, me acompaña, me guía dándome lucidez para que tome acertadas decisiones, cual es la mejor forma de cuidar de alguien.

Por eso no temo al futuro ni recuerdo el pasado, porque Él no me trajo a este mundo ni a recordar el pasado ni a preocupareme por el futuro, sino para vivir todos los días disfrutando de los incontables dones que puso en la naturaleza para el disfrute de sus hijos. Y para que mejor aproveche esos recursos y sea más feliz no me permite conocer cuanto tiempo voy a estar aquí. Ese es su secreto, y a mi no tiene porqué interesarme. Estoy seguro que Él no me dejará aquí abandonado.

Tengo presentes las palabras de Jesús, cuando expresaba: «En la casa de mi padre muchas moradas hay.» Yo sé a que se refería, por eso estoy absolutamnente convencido que como mi alma es eterna, cuando esto se ponga muy problemático para mí, como ser espiritual que soy viviendo una experiencia fìsica, Él me llamará, vendrá, me sacará de este mundo y me llevará a otra parte; me asignará una misión nueva que cumpliré con agrado, porque es la voluntad de mi padre amado, que siempre ha estado conmigo desde antes de nacer y lo estará siempre… en donde sea que yo vaya.

Por eso no creo en la soledad de ningún ser humano… pero menos aún en la mía.
Próxima Entrega: UN DIA DE VIDA

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Los padres… quienes vivimos ese extraordinario rol somos seres afortunados… muy afortunados. Dios nos permite parecernos un poco a Él. Damos vida como Él y como Él podemos ser guía de seres humanos. Pienso que hay muchas maneras de manifestar el amor, pero una de las más sublimes es la de sembrarlo con nuestros actos en el alma de quienes amamos. Ese es el caso de los padres. Cuando entendemos nuestra verdadera función, podemos vivir todas las etapas de nuestros hijos desde su nacimiento hasta cuando dejamos este mundo, y entonces tenemos el privilegio de alguna manera, por su descendencia,  repetir nuestra propia vida en ellos.   

  Calificar quien es o no buen padre, requeriría de un análisis de carácter filosófico que tendría que ver con la ideología del analista y por tanto, siempre sería un concepto general. En mi experiencia como hijo y mi condición actual de padre con hijos felices, quienes mantienen conmigo una inmejorable relación que  ha superado lo consanguíneo por lo amistoso, me siento calificado para emitir un criterio serio, ponderado y bien intencionado, sobre lo que para un hijo debería significar unos buenos padres.   

   En principio, no hay ser viviente más vulnerable que un niño recién nacido, por no decir recién concebido, porque es un hecho incuestionable que desde  el momento de su concepción hasta que deja el hogar, el hijo requiere de atención por etapas progresivas que tienen que ver con su alimentación, salud, educación y formación para la vida. Ese cuidado contínuo corresponde a ambos padres. Al fin y al cabo, cuando se trae un niño al mundo se lo hace sin su consentimiento. Simplemente se le concibe voluntariamente, pero se le trae sin que pueda dar su aprobación. Ese hecho se constituye en un extraordinario compromiso de procurarle una vida sana y feliz. Lo cual no debería ser muy difícil, porque nuestra sociedad se ha organizado de tal manera que, en todas y cada una de sus actividades se contempla como prioritaria la atención a los niños.  

   Los hijos traen un equipaje de amor, inocencia y ternura que aumentan el regocijo que hacen de las parejas verdaderos hogares; por lo cual, unos buenos padres serían aquellos que, en todas sus actuaciones agotaran sus posibilidades de tener como derrotero, los mejores logros para sus hijos. Esto representaría para ellos formarse en un hogar bien avenido, donde el amor, el respeto y la consideración por  su persona  humana sería la condición suprema. Es incuestionable que normalmente, los hijos dan a la sociedad lo mismo que recibieron en sus hogares. 

    Un buen padre será aquel que produzca en la etapa del embarazo una vida feliz y de cuidados a la madre, que se proyectará en buena salud física y mental al concebido. Luego de nacido, pondrá su mejor empeño en mantener al niño en  condiciones de salud y bienestar físico, mental y espiritual; enseñándole con su mejor ejemplo desde su más tierna edad el amor, el respeto y la aceptación, como aspectos esenciales de toda relación humana. En la etapa del crecimiento y hasta su mayoridad, deberá estar consciente de que lo que él haga estará siendo observado por el menor, quien sin duda lo imitará e incidirá en su personalidad, carácter y actuación, como el mayor peso en la definición de esa identidad que le acompañará toda su vida.   

  Los padres dignos de este honroso título conocen perfectamente las necesidades de sus hijos y las jerarquizan. Saben que tan importante es el pan de cada día, como el amor y la compañía permanentes,  la salud corporal, y la salud espiritual; que tan importante es la formación académica, como el ejemplo que de ellos reciban; que tan importante es el tiempo que se dedica al trabajo para lograr el sustento familiar, como aquel que se consagra a la atención de  su pequeño pero gran mundo de su vida diaria  familiar. Por eso establecen como eje de todas sus actuaciones su hogar. Es por lo cual nunca cambian el tiempo que deben otorgar a sus hijos por acrecentar sus ingresos. Ni un fin de semana con su familia, o la asistencia al juego de fútbol de un hijo,  por la atención a otros compromisos de carácter social.  

    Los verdaderos padres nunca olvidan que los hijos crecerán y por ley natural dejarán el hogar; por eso no desaprovechan oportunidad para vivir un poco de su propia vida… mientras les quede tiempo. Saben que la única manera de mantener su amor, confianza y comunicación cuando partan, es el recuerdo placentero de su estadía en el hogar y la consecuencia con que fueron allí tratados. Están conscientes de que su partida no será nunca motivo de infelicidad, sino de felicidad; porque en casa aprendieron qué se hace y cómo se vive en un hogar feliz y por tanto, aunque partan del hogar, sin importar cual fuere la distancia del suyo propio, siempre querrán la presencia, el consejo y la ayuda de quienes les produjeron una niñez y juventud felices.  

   Los padres merecedores de esa palabra siempre grata: “papá” y “mamá”, saben que gracias a su actuación respetuosa, tierna, consciente y considerada con sus hijos, éstos pueden partir pero realmente nunca se irán por siempre. Jamás romperán ese vínculo espiritual e invisible, pero muy fuerte, que les une a quienes les dieron lo mejor de sí para hacerlos personas dignas y con vocación de felicidad. No dudan ni por un momento que a sus hijos nunca les faltará nada fundamental, porque lo más importante para ser felices, que es el amor a sus semejantes y la seguridad de que Dios siempre estará con ellos, se la sembraron en el alma desde su más tierna edad, y quienes las poseen, como lo establece el principio Bíblico al amar a su prójimo como a si mismos, todo lo demás llegará por añadidura.

    Fue eso lo que quiso decirnos el salmista cuando con gran sabiduría refirió: “… en mi larga vida no he visto hijo de justo mendigando pan.”  

Próxima Entrega: PADRES INTEGRALES II   

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