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Archive for the ‘DIOS NOS GUIA’ Category

«No andes solo porque si tropiezas no tendrás quien te levante y si estás triste no tendrás quien te consuele.»espalda-vista-pareja-posicion-medio-camino-bxp197277

Nuestra vida sobre esta maravillosa tierra de Dios, no es más que un avanzar, siempre en busca de algo mejor. De tal manera, desde que entendemos nuestra individualidad, capacidad y poder heredado de Dios,  iniciamos conscientemente la caminata en busca de la realización personal, y ya no pararemos hasta lograrla.

¿Quién nos lo enseña u ordena? Creo que lo traemos en los genes y tiene que ver con la inmutabilidad de nuestro sentido de avanzar y nunca retroceder. De alguna manera, es la concreción de que, ciertamente, somos espíritus utilizando esta experiencia física, para progresar y prepararnos para otro nivel más elevado, que sobrevendrá.

En esa corta pero interesante vida terrenal establecemos prioridades, dentro de las cuales pareciera la más importante agenciarnos compañía para el viaje, que al compartir nuestra ideología, sueños, ambiciones e intereses, camine a nuestro lado hasta que sus pasos se confundan con los nuestros y hagamos… una sola huella.

En cada una de las oportunidades que he logrado neutralizar algunos naturales mecanismos de defensa, que una sociedad compleja crea en los seres humanos frente a su propia especie, he verificado que, independiente de la edad, raza, sexo, nivel cultural, social o económico, todos los seres humanos, salvo muy raras excepciones, orientamos nuestra mayor capacidad, a buscar ese compañero de viaje… largo.

En lo más profundo de nuestro ser, donde no cabe la mendacidad ni la actuación teatral, más allá de cualquier nivel de  altruismo, en verdad, tratamos de lograr conocimiento, cultura, poder, fama  y riqueza, con la  esperanza de que tales factores, privilegien nuestra capacidad para lograr, de la mejor manera posible, el encuentro maravilloso con esa persona especial que compartirá nuestro destino.

Presentimos que en nuestro camino, en sentido contrario pero en la misma vía, de allá para acá siempre viene alguien en busca exactamente lo que tenemos y podemos dar; que comparte nuestra ideología, sueños  y ambiciones. Con ella nos encontraremos, y entonces, sin saber cómo, cuándo ni por qué, se producirá el contacto mágico de sentimientos compartidos; se conectarán las energías positivas; se producirá el circuito que encenderá la llama del amor; nos embargará esa sensación mágica del idilio; la emoción, la ternura y la pasión en un coctel sublime recorrerán nuestra espina dorsal produciendo una sensación nueva; enterraremos nuestro natural egoísmo, compartiremos todo  y ya nunca más desearemos estar… solos.

Pienso que todos los seres humanos, sin excepción de ningún género, tenemos el derecho a compartir nuestra vida con quien nos ame, respete, edifique y esté dispuesto a unir caminos para hacer con nosotros una sola vía. Por eso, soy un convencido de que es la unión de  pareja  el terreno abonado para sembrar nuestra simiente, que no solamente dará frutos buenos, sino que materializará la extensión de nuestros más bellos sentimientos, más allá de nuestra propia… vida.

Nadie debe concebir excepcional el logro de la felicidad. Por el contrario; fuimos diseñados por Dios para ser felices y traídos a esta tierra para lograrlo. Sólo se requiere nuestra diligencia, porque ese Padre Celestial que conoce mejor que nosotros lo que más nos conviene, siempre estará con nosotros en el camino.

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«ELMUNDO SIEMPRE HA SIDO EL MISMO Y NOSOTROS… TAMBIÈN»

En un mundo con capacidad para alimentar 12 Mil Millones de personas, habitado por menos del 50% de esta cifra, un 30% se mantiene subalimentada. El terrorismo avanza a tal ritmo, que ya no hay un sitio del planeta donde no se manifieste de alguna manera. La crisis financiera mundial, en apenas tres semanas afectó gravemente a USA, Europa, Asia y amenaza con su coletazo golpear las economías emergentes, aumentado sus pobres. Nuevas enfermedades como el VIH, la gripe aviar y otras que regresan como la fiebre amarilla, la erisipela y el paludismo, aumentan la vulnerabilidad física del hombre frente al medio ambiente.

Por si fuera poco, el recalentamiento global ha derivado en devastadores incendios e inundaciones a nivel mundial; el aumento de los precios del petróleo e irracional gasto de energía de los países industrializados, ha incentivado la opción de nuevas fuentes de energía derivados de productos agrícolas, aumentando precios y escasez de los alimentos, golpeando a los estratos poblacionales más vulnerables.

Esos factores globales, que son determinantes, sumados a una inseguridad personal creciente; la falta de respuesta efectiva, oportuna de los organismos y dirigencia mundial, golpean con características patológicas la fe, la confianza y la esperanza del hombre común -que es la mayoría- en un futuro mejor, fortaleciendo esa fuente de enfermedades físicas y mentales, que en menor entidad siempre existió,  pero que hoy se ha hecho endémica: el estrés.

Sus resultados son obvios e inmediatos: aumento de enfermedades en general; suicidio de adolescentes y personas muy jóvenes; disfunción eréctil en millones de hombres menores de 40 años; divorcios en el 80% de los nuevos matrimonios; temor a invertir y desarrollar nuevos proyectos; temor a no poder cumplir con los compromisos contraídos; temor a perder el trabajo; temor a perder  la vivienda; temor al matrimonio; temor a salir de noche; temor… temor… temor… a todo.

¿Como hacer frente a este panorama tan poco alentador?

Recordando que no estamos en un mundo nuevo, sino que este, así como quienes lo poblamos, siempre hemos estado aquí, siendo los mismos desde sus inicios y seguramente nunca cambiaremos radicalmente: es la misma tierra y los mismos hombres con sus particularidades, virtudes, defectos, fortalezas y debilidades, fuerza, poder, vulnerabilidad y… resistencia.

Desde siempre han existido los terremotos, maremotos, tsunamis, epidemias, guerras mundiales, sequías e inundaciones; surgen, se desarrollan y caen imperios; se estudian y aplican sistemas sociales y económicos, mejores o peores, cuales algunos pasan y otros quedan; surgen, se mantienen y desaparecen ideologías, credos, mitos y religiones; anualmente desaparecen miles de especies animales, vegetales; disminuyen las fuentes hídricas y se hacen áridas miles de hectáreas de tierra y pare de contar; pero el hombre siempre ha sobrevivido.

Pero… ¿Por qué ha sobrevivido?

Por la fe en su origen divino y derivado de este, su capacidad para afrontar cualquier evento por muy adverso que fuere; la convicción de que el amor lo puede todo; la confianza en su extraordinaria posibilidad de adaptación al medio, independiente de sus cambios; la esperanza en que si hoy hace bien las cosas, mañana será mejor; la seguridad de que no está solo frente a los elementos, porque Dios siempre ha estado, está y estará con él.

Así que mis queridos amigos, a combatir el temor con la confianza; el desánimo con la fe; la tristeza y el desasosiego con la oración; la frustración, el odio, el revanchismo y la sed de venganza con el perdón, que es liberador; y el amor, que todo lo puede. Pero sobre todo, combatir el estrés con la esperanza, que es lo único que le queda al hombre hasta después que la ha perdido.

 

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¿Qué origina el temor que tanto daño hace a los seres humanos? 

Pienso que se trata de una reacción frente a  la impotencia del vasto desconocimiento de las circunstancias que pudieren afectar negativamente nuestra vida; especialmente aquellas que tienen que ver con el porvenir.

 Los dos, temor y futuro, son una especie de jugarreta  de nuestra mente al presentarnos proposiciones que retan nuestro potencial de raciocinio, para determinar si algo es positivo o negativo, conveniente o inconveniente, actual o remoto.

 Porque… ¿Qué es el temor sino una sensación de desamparo frente a supuestos males que pudieran acontecernos, pero que desconocemos cómo, cuándo y dónde podrían actualizarse?

 Y el futuro…¿No es acaso una ficción de nuestra mente sobre un tiempo que podría  sobrevenir, pero que realmente nadie podría asegurarnos con certeza si lo veremos o viviremos?

 Nadie puede certificar que nos acontecerán los males que tememos, o que llegará para nosotros el tiempo futuro. Simplemente, se trata de operaciones mentales, de proposiciones racionales de lo que pudiera o no materializarse, pero que ocupan nuestra mente, a veces obsesivamente, afectando nuestra vida cotidiana, desmejorando nuestra capacidad de disfrutar de las muchas y variadas bendiciones de que disponemos.

 La combinación temor-futuro se convierte en un cóctel nocivo, que produce el sentimiento patológico conocido como miedo, cuando el afectado se angustia, no  por el mal de ese preciso momento, sino por la posibilidad de su acaecimiento posterior -que es incierto e indeterminable-  ya fuere inmediato, mediato o lejano.

 Ese temor a lo que podría sucedernos si tales o cuales condiciones se dieran, ocupa un buen espacio de nuestro intelecto y capacidad creativa, que bien podríamos utilizar para procurarnos mayor felicidad, disfrutando de todas las cosas bellas que encierra nuestro  maravilloso  hoy.

 En  múltiples ocasiones y con respecto a temores que me ocuparon, sucedió que  «El miedo al suceso fue mayor que el suceso mismo.» Esto me enseñó que no debo anticiparme a los acontecimientos, especialmente cuando afectan mi felicidad, porque corresponden al mundo de lo posible; esto es que pudiera ser que nunca lleguen a actualizarse.

 No permito que me afecte negativamente nada que corresponda a la  concepción de «Lo que podría ser o suceder mañana o después de mañana», porque aprendí la única fórmula efectiva para prevenirlo, si es que alguna vez llegare a producirse: hacer las cosas bien… hoy. Nada más que eso puedo hacer y trato de realizarlo con diligencia y eficiencia.

 Para fortalecerme  frente a temores e incertidumbre del futuro, que como humano muchas veces me acechan, echo mano de un recurso que nunca me falla. Acepto que soy uno con Dios, que poseo parte de su luz, su poder y su fuerza. Entonces me repito hasta convencerme: ¿No hizo Dios los cielos, la tierra y es todo poderoso? Entonces, «Si Dios está  conmigo… ¿A quien temeré?

 Esa poderosa admonición me ayuda a disfrutar mi hoy, sin temores ni preocupaciones por un futuro, que ni siquiera sé si llegará para mí.  

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 El título de esta entrega corresponde a  una inquietud que me manifestaron, por encontrar  una vía que ayude a incorporar a otras personas al maravilloso mundo de vivir la vida en, con y por Dios. 

Pienso que nuestro Padre Celestial, que es todo amor, tiene sus propios caminos en todo, pero que es legítimo, bien intencionado y cristiano, tratar en lo posible de ayudar a encontrar el camino a esas personas que, habiendo recibido de  Dios el incomparable tesoro de vivir, escasamente sobreviven por su falta de fe, confianza, optimismo  y esperanza, cuales sólo da el amor inmenso y la seguridad en la bondad de Dios.

 Ciertamente, para que un niño camine, una planta se desarrolle o una idea se concrete, requiere de un tiempo en función de  factores,  unos fijos y otros variables, conforme a  la naturaleza del asunto.

 Respecto de esas personas que pareciera que no quieren nada con la vida, porque la  sobrellevan como una dura carga obligatoria, en su gran mayoría, y aunque les sea duro aceptarlo, responden  a una fijación mental de un enemigo implacable, creado por su propia mente y difícil de vencer: el temor a las secuelas del pasado,  lo conocido, lo desconocido y lo que… pudiera suceder.  

 Ese temor, la mayoría de las veces irracional, es producto precisamente de que no tienen una real conciencia de su procedencia, lo que  representan y su potencial personal, frente al universo donde les toca vivir.

 Así, al no disponer del conocimiento de su origen divino, también desconocen el poder que les es inherente como parte de Dios, que ha permitido a los humanos  a través de los siglos y milenios, sobrevivir colectivamente todas las catástrofes; desarrollarse culturalmente transformando el paisaje geográfico; realizar los mayores descubrimientos para vencer las enfermedades y los elementos nocivos de la naturaleza; e individualmente, crear prodigios en las artes y las ciencias, logrando con el desarrollo de sus potencialidades, la felicidad integral.

Por tanto, lo mejor que podemos hacer por esas personas, es acercarnos a ellas con respeto, consideración y amor; no como a enfermos a quienes vamos a curar, sino como a hermanos con quienes queremos compartir, demostrándoles con nuestra actuación feliz, entusiasta y desinteresada, que la logramos y disfrutamos porque hacemos un todo con Dios.

 Es con nuestra actuación diaria de amor, aceptación, respeto, colaboración, sensibilidad y solidaridad humana, la mejor manera de  señalar el camino. Es nuestro ejemplo, en ese cotidiano mundo de las cosas sencillas, honrando a las personas y engrandeciéndolas sin importar su edad, ideología,  género o clase social,  donde podemos demostrar nuestra felicidad, que al materializarse en actos objetivos beneficiosos para los demás, no dejará ninguna duda que estamos y nos sentimos como una parte de Dios.

 Pienso que la herramienta más efectiva para adentrarse en el conocimiento de los beneficios de compartir nuestra vida con Dios, lo es en ese mundo de quietud y paz que representa  la meditación, que se produce en nuestro ser  interno; donde sólo hay espacio para dos: Dios y nosotros.

 Si somos felices con Dios, tratar de que otros también lo disfruten, más que un acto gracioso es… un compromiso,  y así debemos asumirlo.

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«ORAR NO ES SOLO PEDIR O REPETIR, ES DIALOGAR CON DIOS.»

Pienso que toda actuación humana debe tener un basamento principista, que en todo caso debe beneficiar al género humano, o a los elementos que le dan sustento de permanencia sobre esta tierra.

En el caso de la oración, para que tenga un resultado exitoso debe procurar algo que represente un beneficio que no se quede en el solicitante, sino que al lograr lo  pedido, de alguna manera se proyecte positivamente hacia las demás personas en el plano físico o espiritual.

Si Dios apoya mis esfuerzos concediéndome su ayuda, la condición fundamental debe serlo que mi beneficio, logro o felicidad, determine o aumente mis posibilidades de compartirlo con mis semejantes.

Por ejemplo, si pido amor, sabiduría, paz o felicidad, al serme concedidos, esos elementos existenciales aumentarán mi elevación espiritual y como consecuencia incrementarán mi generosidad, capacidad de amar, aceptar y entender mejor a mis semejantes.

Pero… ¿Hasta dónde tiene fuerza la plegaria si no se acompaña con la acción? Es tema de discusión entre quienes ven la oración desde el punto de vista dogmático-religioso, como un instrumento de alabanza y petición que produce resultados con la sola invocación; y quienes como yo, la entendemos como un medio de agradecimiento a Dios, pero también como factor de poder de primera importancia para mis logros personales, pero que debo acompañar con mis actos.

Orar es un acto de fe, de confianza, en cuanto a que Dios está con nosotros de manera permanente. Por tanto, no debemos esperar a que Él realice las cosas por nosotros sólo porque lo imploramos, sino que debemos pedir su ayuda, pero para lo que ya nosotros estamos intentando o vamos a intentar.

En mi concepción de lo que nos podría beneficiar la plegaria, no puedo olvidar las palabras del siempre bien recordado Napoleón Hill, cuando escribía: «En la verdadera plegaria se pide ayuda sólo después de que se ha hecho todo el esfuerzo personal necesario, sin obtener ningún resultado.»

Pienso que la oración, aun siendo absolutamente poderosa, su sola invocación  no nos libera de la necesidad de hacer todo lo que esté a nuestro alcance para lograr con nuestro propio esfuerzo, las cosas para las cuales pedimos la ayuda divina.

Es que la oración no es pasiva, sino muy activa. El que hace una plegaria, solicita ayuda para algo que está tratando de lograr mediante su propio esfuerzo, y que considera difícil de obtener con su solo trabajo, pero no pide que se le de hecho por obra y gracia de la oración, sino que utiliza la oración como ayuda.

Es que  hasta para hacer la oración exclusiva de alabanza y agradecimiento se requiere realizar algún esfuerzo. No sería justo que se nos concedieran las cosas sin haber realizado la diligencia necesaria, y como quiera que quien concede la petición es Dios, Él no hace cosas que no sean justas.

Por eso, en mi criterio, la más efectiva plegaria es aquella que precede o acompaña la acción.

Próxima Entrega: ¿DESCANSO DEL GUERERO?

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«EL PERDÓN SES DIVINO SI LO ACOMPAÑAS DEL OLVIDO

Tratando sobre el perdón, una de las asistentes a mi última Conferencia comentó su acuerdo con perdonar, pero manifestó sus reservas con respecto a la real posibilidad de olvidar, como condición indispensable para que el perdón surtiera todos sus efectos.

Ratifico que el perdón sin olvido del agravio recibido, no lo es completo; y lo más importante, en tal caso, no recibiríamos sus maravillosos beneficios. Perdonar el agravio para que aporte el beneficio espiritual pleno, conlleva dos elementos fundamentales: un voluntario acto de amor del agraviado hacia el ofensor y la decisión de no recordarlo nunca más.

No me refiero a olvidar por siempre el evento en sí, lo cual aunque sería deseable pudiera no ser tan fácil. Lo que conviene olvidar es la sensación dolorosa que nos afecta cuando somos agraviados. Se trata de no recordar nunca más ese momento de sufrimiento; esa sensación desagradable de ser violentados en nuestra persona física, valores espirituales y sentimientos.

Pudiera ser que el suceso en sí mismo nunca lo olvidemos, lo tengamos presente en cualquier momento o circunstancia, por algún tiempo o por siempre, lo cual no tendría nada de grave, si echamos una cortina de olvido sobre la consecuencia dañosa que nos causó el mismo.

El asunto es desterrar de nuestra mente el daño que nos causó. Porque no es el recuerdo de la situación vivida lo que nos puede afectar, perturbar o hacernos sentir mal, sino la dimensión o entidad de cómo nos afectó en ese momento.

El más beneficiado con el perdón y el olvido del agravio no es el ofensor, porque éste pudiera ser que no tenga la dimensión real de los efectos de sus actos, o ya no lo recuerde. El único beneficiario de la sensación liberatoria del perdón es el ofendido, quien al desecharlo de plano de su alma logra la tranquilidad y el reposo necesarios para no perturbar o desmejorar su felicidad.

Conviene tener siempre presente que olvidar es un elemento existencial muy importante. ¿Qué sería de nuestra tranquilidad espiritual si no dispusiéramos de la capacidad de olvidar los males y dolores sufridos?

¿Acaso no es el olvido lo que nos devuelve la tranquilidad, la alegría y el deseo de continuar adelante, cuando perdemos un ser querido o fracasamos en el amor?

Olvidar, progresivamente hace menor el dolor, distancia el recuerdo y pone sobre las heridas ese ungüento maravilloso que es producto del entusiasmo por la vida, por la vida buena, por esa que Dios ha reservado para aquellos que saben sobreponer el amor, la generosidad, la compasión y la caridad, por encima de cualquier sentimiento de frustración, desencanto o dolor.

Así como recordar las cosas buenas vividas nos hace disfrutar y amar más nuestra existencia, el recordar las experiencias desagradables y los malos momentos, pueden llegar a hacernos la vida simplemente… miserable.

Venturosamente, olvidar depende de cómo manejemos nuestro estado de ánimo. Le invito a olvidar lo malo y tener presente las muchas bendiciones de que dispone. Le aseguro que se sentirá mucho mejor.

Próxima Entrega: EL PRINCIPIO DE LA PLEGARIA.

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Cuando tuve conciencia de la dimensión de todas las cosas buenas, emocionantes y bellas que podía disfrutar en esta tierra, pero al mismo tiempo comprendí que era poco probable vivir más de cien años, sentí que había tanto que conocer, experimentar, y experiencias que vivir, que una sola vida me pareció muy poco.

A medida que fui adquiriendo conocimiento y capacidad de observación, me convencí aún más de lo limitado de una sola vida, para disfrutar tantas cosas maravillosas y situaciones extraordinarias que el mundo me ofrecía.

Entonces me ocupé de estudiar de cual manera podría vivir por lo menos dos vidas. No obstante, sin importar mi dedicación y ocupación del asunto, siempre llegaba a lo mismo: no era posible que yo, personalmente, pudiera vivir dos vidas.

Pero un día se atravesó en mi camino esa persona que me atrajo especialmente y me despertó la sensación del puerto seguro, quien como yo, tampoco se contentaba con una sola vida, pero que similar a mi caso no encontraba una forma de lograr, por sus propios y únicos medios, vivir una vida más.

Cuando nos conocimos, sentimos algo especial que nos acercaba a nuestra difícil, emotiva y particular ambición de querer vivir una vida adicional, que capturara sensaciones y experiencias agradables, por lo menos en el doble de lo que con una sola vida, individualmente podíamos lograr.

Tuvimos una conexión especial, porque aunque nunca lo hablamos, si lo visualizamos perfectamente y comenzamos a trabajar para lograrlo, bajo el razonamiento de que, si uníamos nuestras vidas de manera integral, haciendo una unidad indisoluble para vivir en conjunto todas las situaciones y experiencias cotidianas, compartiéndolo todo e intercambiando continuamente experiencias, circunstancias y emociones, al sumar las de ambos, sin duda las estábamos duplicando; vale decir, al unirlas y experimentarlas, cada uno estaba logrando vivir las propias y las de su pareja.

Por eso nuestro amor es grande, emocionante, creativo, apasionante y… mágico, porque es el doble de lo normal; nuestro respeto, consideración, aceptación y buena comunicación, es de una dimensión superior porque suman los unos y los otros; nunca estamos solos, porque somos dos para acompañarnos permanentemente; no tenemos temor porque nos protegemos el uno con el otro; no nos preocupa el mañana, porque sabemos que dos son mejor que uno.

Vivo mis dos vidas con plenitud y todos los días doy gracias a Dios, por haberme permitido descubrir que es haciendo fusión con mi compañera de viaje largo, la única posibilidad segura de ganar… una vida más.

Si usted tiene una pareja, le recomiendo que trate de vivir su vida en cada uno de sus detalles; esto es, compartiendo sus deseos, ambiciones, preocupaciones, sueños y realizaciones; interesándose de verdad por sus circunstancias, especialmente aquellas que parecen muy sencillas o insignificantes, porque pueden ser portadoras de grandes mensajes; reconociéndola y engrandeciéndola. Al fin y al cabo, es la única posibilidad de ganarle algo más a una vida que, para disfrutarla en su máxima dimensión, ciertamente pareciera… muy corta.

Próxima Entrega: POR QUÉ OLVIDAR.

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sm_10217411-10985706.jpg Los sentimientos más trascendentes de nuestra existencia pueden ser predicados, señalados, significados, divulgados y trasmitidos de cualquier manera, lo cual es bueno, loable y si se quiere, necesario.

Pero, especialmente, cuando se trata de asuntos de tanto arraigo espiritual como el amor, la verdad, los valores y… Dios, para citar algunos de los más importantes, lo indispensable para nuestra plenitud es… sentirlo.

No es suficiente decir te amo, porque aunque es hermoso, satisfactorio y es una ofrenda a quien amamos, para que tenga un real sentido fáctico a nuestro favor, debemos sentirlo porque es la forma como podemos disfrutar al máximo ese sentimiento maravilloso, que es capaz de bloquear nuestros mecanismos naturales de defensa, para entregarlo todo y sin reservas.

Cierto que la verdad nos hace libres, pero para disfrutar tal sensación no sólo debemos hablar de su trascendencia o divulgarla, sino que debemos sentir que ese hecho de aceptar la realidad y acogernos a ella -cual es lo que significa la verdad- es la fuente que le da origen y nos mantiene en ella.

Los valores dentro de su bipolaridad natural, que además es absolutamente racional, requieren la decisión para precisar cuales tomamos, pero no sería suficiente con el ideal de considerarlos positivos y convenientes, sino que aquellos que decidamos regirán nuestra vida debemos hacerlos parte de nuestra existencia cotidiana, para lo cual tenemos que sentirlos.

En el muy especial caso de Dios, sentirlo es la única posibilidad de aceptar su presencia, poder y amor infinito. Hablar sobre su existencia y beneficio incalculable de tenerlo siempre presente, es bueno y conveniente, porque además de orientar a otras personas hacia su conocimiento, nos aporta tranquilidad y seguridad, induciéndonos a actuar en función de la utilidad para nuestros semejantes.

Alguien me preguntaba: y… ¿Cómo hago para sentirlo? -Sintiéndolo, le respondí; de la misma manera como sientes tus manos, tu cabeza, el frío o el calor, la alegría o la tristeza; sólo que, que como es inmaterial, debes percibirlo en tu espíritu de la misma manera como el amor, la ternura, el temor, la solidaridad y la compasión. Porque el concepto de Dios es integral; es una fuerza universal esencial, omnipotente, omnisciente y omnipresente. Nosotros debemos sentirlo, no Él a nosotros.

En las mañanas, cuando abro mis ojos lo siento en la luz del día, en la brisa que acaricia mi cara, en los mil ruidos que percibo, en cada una de las células que integran mi cuerpo; pero especialmente lo siento en mi tranquilidad espiritual, en mi ausencia de temor, en mi salud, en mi amor por mi esposa, mi familia y los demás seres humanos. Siento a Dios caminando conmigo en esta maravillosa experiencia de… vivir.

Soy tan feliz sintiendo a Dios como parte de mí mismo que ya, no se vivir sin Él. Me he acostumbrado tanto a tenerlo conmigo, que no tengo ninguna duda de que en todas partes me acompaña.

No proceso una visión mental de mí mismo solo y sin su guía, por eso doy gracias.

Próxima Entrega: DOS VENTANAS AL CIELO.

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490213_maga1.jpgSobre la meditación, sus modalidades y  técnicas para realizarla se ha escrito mucho durante mucho tiempo, habiendo sido utilizada por las religiones como factor de acercamiento a Dios.

Mi exposición es para personas que como yo, sin conocimientos especializado del tema, nos interesa estudiar la utilidad práctica de las cosas, circunscrito  a nuestra naturaleza físico-espiritual. Me aplicaré a testimoniar lo que creo de la meditación y su utilidad en nuestras vidas; no como algo etéreo, simbólico, sacramental, difícil o que requiera condiciones especiales, sino como un instrumento objetivamente beneficioso, también a nuestra vida física.

En mi criterio, más que poner la mente en blanco,  meditar es zambullirse dentro de uno mismo, para mirarse y mirar con el tercer ojo, dialogando con ese Dios que es principio y fin de nuestra existencia, solos como vinimos al mundo y… en silencio.

Cuando meditamos, nos abstraemos de  sonidos, colores e  imágenes, para volar sobre la alfombra de un mundo ideal de luz, quietud, serenidad, paz, y armonía, que nos pone más allá de la sinergia de nuestra vida diaria.

Meditando creamos el ambiente perfecto para, en otra dimensión, revisar las ideas, pensamientos, sentimientos, recuerdos, afectos, emociones conforme van surgiendo; así como creencias, ambiciones y nuestra conciencia, mientras volamos con el pensamiento, como la hoja que con suavidad en las manos del viento, se desprende y  cae lentamente y en silencio, sobre el suave tapete de otras hojas muertas.

Meditar es escapar por un lapso de tiempo de todo lo que se es y se hace, para encontrar maneras de cómo ser y hacer las cosas… mejor.

Es que la dinámica de nuestra cotidianidad, escasamente nos da tiempo para pensar en lo elemental, dejándonos detrás y en segundo lugar, por si queda tiempo, el estudio y análisis de lo trascendente.

 Como seres físico-espirituales, no podemos divorciar una naturaleza de la otra.

Meditar es encontrarnos con Dios y pasear con él tomados de la mano, porque al disociarnos dentro de lo posible de este mundo físico, liberamos el espíritu que regresa a su hogar, donde no requiere nada material,  aunque fuere por corto tiempo.

Cuando meditamos, nuestro cuerpo baja su actividad física al mínimo y el cerebro concentra todo su poder y nos brinda toda su fuerza.

En nuestra cotidianidad, ese proceso de revisión a velocidad cuántica que nos permite la meditación, al aquietarnos posibilita determinar la mejor manera de interpretar las situaciones y responder apropiadamente.

Ninguna utilidad tendría meditar si no tuviera efectos fácticos. Por eso debemos destacar que la meditación, al aquietarnos beneficia nuestra la salud física y mental; pero también, al aumentar la concentración, aporta eficiencia a la ejecución de nuestras actividades, especialmente en el hogar, el trabajo, el estudio y lo que pudiéramos hacer por nuestros semejantes.

La meditación imbuida de pensamientos positivos, nos fortalece frente a los temores y pensamientos negativos, convirtiéndose en el mejor ejercicio para fortalecer el espíritu y restablecer el equilibrio mental, tan necesario para lograr una vida plena y…feliz.

Próxima Entrega: LA IMPORTANCIA DE COMPARTIR.

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«En este bendito nuevo día, todo está previsto. Nada queda fuera de mi plan divino, porque Dios me acompañará hoy y por siempre.»

Las veinticuatro horas de cada día, la expresión oral o pensamientos de las cosas que deseamos que sucedan, o los temores de no lograrlas, representan DECRETOS que se convierten en condicionantes de nuestros actos.

Nuestro cerebro y espíritu nunca descansan y están siempre despiertos. El espíritu, con contacto con Dios orienta nuestra voluntad hacia la superación, elevación progresivas y el logro de nuestros mejores fines. El cerebro, que responde a esas motivaciones espirituales y volitivas, las transmite como órdenes que ponen en movimiento al resto del cuerpo.

Así, cuando decretamos que tenemos buena salud, que la vida es bella, que estamos contentos, que vivimos de la mano de Dios, ese mensaje recibirá de nosotros esa fuerza universal que rige nuestras vidas y en función de eso nos devolverá los resultados.

Si decretamos que todo lo que haremos estará en función de amar y disfrutar las personas, el paisaje y todas esas bendiciones que Dios puso sobre la tierra para nuestro disfrute, nadie podrá interferirlo, porque la fuerza del decreto la respalda ese poder superior y universal.

Decretar que rebosamos de amor, suficiente para nosotros y nuestro prójimo; que somos fuente de placer, de alegría, de generosidad nobleza, sensibilidad, caridad y solidaridad, asegurará que los resultados de nuestras realizaciones lo sean de la misma naturaleza.

Cuando decretamos que dando nuestra mano transmitiremos optimismo, alegría, salud, ese decreto transformará nuestro saludo afectuoso en influencia magnética positiva, que alcanzará y beneficiará a nuestros interlocutores, aunque pudiera ser que conscientemente ellos no lo perciban. Pero además incrementará nuestra fuerza positiva y felicidad.

Así como cuando decretamos cosas positivas y beneficiosas, el universo conspira para que se materialicen, de la misma forma, si nuestros dichos son negativos (decretos), esa misma fuerza universal hará lo necesario para que se cumplan conforme los decretamos.

Creo en el pensamiento positivo, la inteligencia emocional, la autosugestión, la telepatía, la visualización; así como que, en mayor o menor grado, la ley de la atracción influye en nuestras actuaciones, conforme nuestras presunciones y operaciones mentales.

Por dilatadas, edificantes experiencias y resultados, la vida me ha demostrado que no es suficiente con el decreto, la visualización, la buena intención y el magnetismo, sino que todos estos elementos primordiales deben ir acompañados de la proactividad y diligencia personal.

Millones de proyectos, buenas ideas e intenciones, se quedaron en el nebuloso mundo de las ideas, porque carecieron del dinamismo que le imprimen esos elementos fácticos representados por la diligencia, la proactividad y la mejor dedicación a su materialización.

Por eso, en adelante, cuando le asalten pensamientos negativos, se atemorice pensando que no puede lograr algo, decrete lo contrario; convénzase de que es posible; de que Dios no se muda, sino que sigue a su lado confiando en su inteligencia, confianza, fe y diligencia en las cosas que hace… no lo defraude.

Próxima Entrega: PROGRAMA DIARIO DE VIDA

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