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Archive for the ‘CUIDAR EL AMBIENTE’ Category

A diario conocemos de padres que abandonan sus hijos; jóvenes casi niños que ejercen prostitución, roban, asesinan o mueren en enfrentamientos violentos; carreteras y puentes que se derrumban sin justificación técnica; una rampante corrupción administrativa y otros males que siembran dolor y destrucción.

¿De quien es la responsabilidad y quienes los afectados?

Lo somos todos; por acción u omisión, pero es una responsabilidad y efectos compartidos, que erróneamente estimamos lo son del Gobierno, dirigentes políticos, comunales, administradores o policías.

Pareciera que la visión de que «…a mí no me puede suceder eso» o «…ese no es mi problema» se constituyen en trinchera donde nos refugiamos viendo las cosas pasar, desde nuestra supuesta seguridad personal. En mucho, allí reside la fuente de tan graves daños, a veces mayores que cualquier enfermedad epidémica.

Frente a este panorama, nos corresponde asumir la responsabilidad individual, porque el daño será proporcional a la indiferencia, que nos hará cómplices. La criminología demuestra científicamente, que el más alto índice delincuencial y violencia a la sana convivencia, como la prostitución, robos, homicidios y trafico de drogas, se originan en niños desatendidos que hacen de su hogar la calle, frente a una sociedad conformista, con derechos que no exige y deberes que no hace cumplir.

Esa realidad no es nueva sino que ha crecido. La masificación, la competencia indiscriminada, el consumismo, la promoción a la riqueza fácil y poder desmesurado frente a los valores tradicionales de la honestidad, respeto por las personas, caridad, compasión y espiritualidad, horadan nuestra sensibilidad y solidaridad humanas, disminuyendo nuestra capacidad de protesta frente a Instituciones que, a su vez, ya no tienen capacidad de respuesta ante los problemas sociales.

Pero ese panorama sórdido no es irreversible. En cada uno de nosotros reside la solución para regresar a donde debemos estar: un mundo con recursos suficientes para todos que como una gran familia podríamos utilizar equitativamente.

Se requiere reencontrarnos como sociedad, asumiendo plenamente nuestra corresponsabilidad, porque nadie va a venir de otro planeta a ayudarnos, ni existen soluciones mágicas. No podemos esperar que sean los Gobiernos u Organizaciones sociales colectivas quienes arreglen el problema. Los males nos afectan a todos sin distinciones y por eso todos estamos obligados a su arreglo.

Se trata del padre y la madre ejerciendo su sagrada función, no sólo para mantener la especie, sino guiándolos hacia una vida útil y feliz; los niños y jóvenes estudiando bajo la guía de maestros honestos y calificados; los empresarios manteniendo las estructuras econòmico-financieras, en funciòn de los mejores intereses colectivos; y de los funcionarios públicos, asumiendo su condición de administradores del caudal colectivo y no dilapidadores de lo ajeno.

Necesitamos respetar los derechos y bienes de los demás como condición fundamental de convivencia. Requerimos meditar y pensar en las consecuencias de cada una de nuestra actuaciones, porque no estamos solos sino que integramos el conjunto social.

La solución amerita del cambio de actitud de las amas de casa, que son la estructura e indispensable de hijos y cónyuge, pero también como formadoras de ciudadanos; de los profesionales ejerciendo su ministerio con suficiente ética, anteponiendo a sus pretensiones económicas la salud, libertad o interés de sus patrocinados; los trabajadores, conscientes de que más allá de su salario, el suministro de los bienes y servicios indispensables, depende de su eficiencia; y los dirigentes religiosos, enseñando con sinceridad el mensaje de Dios de amar al prójimo como a sí mismo.

Un solo árbol no hace montaña, pero muchos sí. Somos millones, tenemos inteligencia y decisión suficientes para enderezar el barco. No es tan difícil, depende de un cambio de esquema mental y aumento de la sensibilidad y solidaridad humanas.

¿Qué esperamos para comenzar? Hay millones de niños, ancianos, enfermos y un ambiente a punto del colapso que ameritan esa urgente revisiòn.

Los invito a pensar, a meditar sobre las consecuencias y… actuar.

Próxima Entrega: ¿CUAL ES MI MI PARTE DE LA TORTA?

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Sin intención de especulaciones conceptuales de alto vuelo filosófico sobre lo que representa la Etica, sí debo comentar que, esencialmente, involucra la responsabilidad de nuestras acciones en el comportamiento integral frente a los demás seres humanos y el medio ambiente, haciéndola extensiva a la previsión para una buena vida de las generaciones futuras.

Conforme a tal criterio, comenzaremos por nuestras actuaciones frente a nosotros mismos, las cuales debemos orientar hacia un comportamiento digno, que conlleva el cuidado de nuestra personalidad integral, con un cuerpo limpio y sano, física y espiritualmente.

La etica personal, frente a los demás seres humanos nos obliga a ser respetuosos, generosos, nobles, considerados y justos; independiente de la edad, raza, sexo o posición social de los demás individuos, conlleva el compromiso ineludible de prestar ayuda física o espiritual a quien lo necesite.

Es más difícil solicitar ayuda espiritual que física. Extrañamente, es más fácil pedir alimentos o medicinas, que ayuda espiritual cuando la frustración perturba nuestro espíritu y se requiere asesoramiento, consejo o siquiera una palabra de solidaridad, porque ello amerita mostrar intimidades y penas. Paradójicamente, y no obstante tenerla voluntad, no todos pueden producir buenos consejos o asesoramiento para tranquilizar o sanar el alma;  en cambio, no se requiere calidad o cualidad especiales para suministrar ayuda económica o física.

En virtud de la estructura económica que soporta todas las súper estructuras sociales, el individuo debe tener presente siempre el comportamiento ético, que es, esencialmente, natural y de especie.

Un miembro de pareja, hijo o padre, no debe olvidar que sus actos reflejarán en su entorno íntimo la misma medida de su comportamiento; si es positivo y beneficioso, esa será la reacción, pero si lo es negativo o perjudicial, lo mismo recibirá de  sus allegados.

Quienes cumplen labores en la sociedad, ya sean orientadores, ministros religiosos, funcionarios pùblicos,  profesionales, artesanos, empleados u obreros, requieren para el ejercicio  eficaz de sus actividades, un comportamiento ético. Si alguno de ellos desatiende esta necesidad, el aparato social se desequilibra.

En el caso de los abogados, por citar alguno, la ética es fundamental. En nuestras manos las personas ponen sus más preciados tesoros: su libertad y su patrimonio. Por nuestro conocimiento de los principios y normas jurídicas, siempre estamos en posibilidad de hacer mucho bien o igual mal. Es únicamente la ética profesional lo que nos limita a dar el paso para convertir un ministerio sagrado, en algo reprobable.

El maestro Ossorio escribió: «Los abogados son arquitectos del alma de la gente.» Sabias y acertadas palabras. Los abogados trabajamos sobre el «deber ser», que es intangible; diferente a los médicos, ingenieros o arquitectos quienes trabajan sobre cosas físicas como los cuerpos, los materiales o los planos. Nosotros logramops con algo inmaterial como es una norma jurídica, general y abstracta, una sentencia favorable y justa que es particular y concreta, produciendo un resultado objetivo.

Si los profesionales, y en general quienes prestan sus servicios a la comunidad, entendieran la importancia del comportamiento ético, no tendríamos tantos rábulas, ni negligencia médica; no se caerían los puentes, hundirían carreteras o derrumbarían edificios a poco tiempo de su construcción. Tampoco leeríamos de policías, militares y servidores públicos involucrados en delitos, ni esposos-padres que abandonan sus hogares con hijos, olvidando su sagrado compromiso de solidaridad y lealtad, por efecto de las más bajas y ancestrales pasiones.

Cuando se descuida la ética, aparece la corrupción oficial que no es solamente un delito común: es un crimen colectivo, de lesa humanidad, porque atenta contra los recursos que la sociedad destina a los niños, viejos, enfermos y menesterosos, quienes en su mayoría, dependen de esos dineros para mantener una vida mejor o… continuar viviendo.

La ética no debemos verla sólo como una voluntad, como algo etéreo, sino como un compromiso de vida que se materializa en todos en los actos de nuestra vida diaria; aplicable a la familia, los vecinos, el Estado, la comunidad, los animales y los recursos como el agua, la agricultura y los demás elementos que conforman el medio amb iente natural  y paisaje geográfico-biológico.

Si mantenemos un comportamiento ético, haremos un mundo mejor para nosotros y para quienes nos seguirán. Actuar con ética es responder a nuestro origen divino. Esa debería ser la regla, no la excepciòn. De alguna manera, fue eso lo que quiso decir Jesús cuando nos impuso su mandamiento: «Ama a tu prójimo tomo a tI mismo.»

Próxima Entrega: EL POR QUÉ DEL PARA QUÉ.

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Compromiso es un vocablo que nos acompaña durante toda la vida y que, en nuestra relación con Dios y nuestros hermanos humanos, tiene un significado trascendente. Nacemos sobre la base de un  compromiso: Amar al prójimo como a sí mismo…»

Jesús, que fue esencialmente un reformador, nos ofreció la recompensa, complementando el compromiso: «Busca el reino de Dios y su justicia y todo lo demás te será dado por añadidura.» A través del tiempo, quienes interpretan la importancia de ese compromiso y lo cumplen,  logran la plenitud de su vida físico-espiritual: su felicidad.

Toda nuestra vida es un compromiso. El de amar, con el cual nacemos, nos obliga a amarnos  como hijos de Dios; amar a nuestros semejantes y no a una parte o categoría de ellos, porque Jesús no estableció jerarquías sino que  incluyó a todos en el compromiso de amar;  y para evitar cualquier disquisición, sentenció:«Ama a quienes os odian y os maldicen.»

Si cumplimos el compromiso de amar de la forma como Jesús lo enseñó, nos hacemos acreedores a la recompensa: «Todo lo demás nos será dado por añadidura.»

Mucho de la infelicidad humana se origina en la equivocada jerarquización de la materialización del compromiso de amar. Tal certeza me lleva a compartir las siguientes reflexiones:

¿No es normal que nos amen quienes nos trajeron al mundo  y nuestros hermanos consanguíneos, quienes nos vieron nacer, crecimos a su lado y compartimos todas sus vivencias?

Pero…¿No es acaso extraordinario que nos amen quienes sin mantener vínculos consanguíneos, comparten diariamente nuestra vida, como nuestra pareja  y/o algunos leales amigos?

Pienso que las personas del segundo grupo, por amarnos espontáneamente y sin ninguna  vinculación natural, si se pudiera categorizar el amor, serían los merecedores del de mayor entidad.

Si cumplimos el compromiso,  amamos a las personas y les procuramos felicidad. Pero como no todos están orientados a aceptarlo, parte del compromiso es ayudarles a encontrar el camino.

La forma más efectiva de orientar es mediante el amor. Si amas a tus hermanos en Dios y  no solamente a tu pareja, hijos y amigos, entonces estás dando cumplimiento al principio del compromiso.

El compromiso tiene una entidad muy amplia: amar conlleva lealtad, aceptación, reconocimiento, caridad y comprensión; sentimientos que van de la mano del respeto y el perdón  con  olvido. El canal por el cual se expresan estos elevados conceptos, lo es una buena comunicación, para lo cual es fundamental la humildad, la sencillez y la preocupación permanente por los asuntos de los demás.

Estamos comprometidos con quienes amamos, no sólo a darle amor físico sino a solidarizarnos integralmente su vida, sentimientos, preocupaciones, temores y momentos de bajo impacto emocional.

En mi caso, con mi esposa  mi compromiso no es sólamente recostarla contra mi pecho, sino fhacer parte del latido de su corazón; no es servirla, es servirnos mutuamente; no es apoyarla únicamente sino apoyarnos mutuamente; no es realizar el acto sexual, es hacer el amor fusionando cuerpo y espíritu; no es hablarle de fantasía y magia, es vivirlas con ella.

Para mí, que vivo pleno de felicidad, que bendigo todos los días el tesoro de mi vida y la extraordinaria experiencia de convivir con otros seres humanos, ese compromiso lo he extendido espontáneamente, a contarles lo importante de meditar sobre estos temas que, aunque parecieran obvios, no lo son tanto, por lo cual ameritan de reflexión y análisis, como este que aquí planteo para su sana discusión.

Si todos los seres humanos tuviésemos plena conciencia del compromiso de amor, vivirìamos como una sola comunidad, con el pensamiento unitario de que somos un todo con Dios.  Al desterrar algunos sentimientos como el odio, egoísmo, envidia, deslealtad, insensibilidad, individualidad e indiferencia afectiva, evitaríamos los conflictos que han convertido, unos seres que vinimos al mundo para amar y ser felices, en desventurados errabundos, hollando desesperadamente en busca de situaciones extraordinarias que nos produzcan, de lo que disponemos porque nació y convive con nosotros: la felicidad.

Próxima Entrega: LA DIETA IDEAL

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Escuché en un medio de comunicación algo que me ratificó que como seres humanos, estamos perdiendo el sentido del por qué y para qué vinimos como habitantes de este bellísimo e infinitesimal pedacito del universo.

Informaban que según documentados estudios, el efecto de los hijos en un significativo número de parejas jóvenes es devastador, rebajando su vigencia al promedio de dieciocho meses desde su nacimiento, para que se produjera la disolución de la relación.

La raíz del problema sería el advenimiento de los hijos, por causa de las necesidades de atención especial, lo cual aportaría exagerado estrés a la pareja, quienes concibieron la unión para disfrutarlo pero no para sacrificar o aportar nada que pudiera ser incómodo, como el cambiar su modo de vida en función del interés prioritario de sus vástagos.

No obstante que he visto y oído muchas cosas inverosímiles, esta información que se dice documentada, más por los padres que por los hijos, me genera una profunda tristeza. Lo asimilo a alguien que deseara intensamente buena salud, una bellísima casa y un bello auto, pero al obtenerlos dijera: «No soy feliz porque tengo estas cosas.» Simplemente, es absurdo.

Como hombre -que no macho- esposo, padre y abuelo, soy defensor acérrimo de la monogamia, el matrimonio y los hijos, por lo cual estoy obligado a tratar el tema.

La urgencia natural genética, como especie que debe mantenerse sobre el planeta, lo es copular un hombre con una mujer; por lo cual esa interacción de los dos géneros justifica la pareja.

Por nuestra naturaleza gregaria no sabemos realizarnos material y espiritualmente en solitario; para lograrlo, requerimos de por lo menos otro ser de nuestra especie, sin desestimar que para sobrevivir con cierto confort, por causa de los efectos de nuestras adiccciones y el impacto del desarrollo sobre el ambiente, ahora requerimos casi de forma indispensable, convivir en grupo.

La característica fundamental de nuestro componente espiritual, lo es el amor, cuyo fin determinante es el compartirlo. Nuestra esencia divina deviene del amor de nuestro Padre Celestial, que siempre nos acompañará; por amor fuimos concebidos y el amor establece la diferencia con los seres irracionales que nos acompañarán en nuestra estadía en este mundo.

De tal manera, cuando dos personas con esas necesidades físicas y espirituales identifican y vinculan con otra de diferente sexo sus sentimientos de amor, dos son sus principales motivaciones para hacer pareja: la primera de carácter natural: unir sus cuerpos para mantener la especie mediante los hijos; la segunda de corte espiritual: amar intensamente fundiendo sus dos almas en una sola.

Pues bien, no existe mecanismo más eficiente para lograr los dos objetivos señalados, que el advenimiento de los hijos; no sólo porque concretan esos dos postulados, sino que adicionalmente aportan al hogar alegría, ternura y amor, constituyéndose en mecanismo para incentivar a los padres procurarse mayores logros, así como mejorar el hogar en todos los sentidos.

Se comenta que «…un hogar sin hijos es como un jardín sin flores.» Yo lo suscribo. Desde antes de casarme amé a mi esposa, pero no fue sino hasta que la observé grávida cuando sentí esa ternura especial, que produce saber que es ser que está creciendo en el vientre es la materialización de nuestro amor y que gracias a esa vida en proceso, mediante un hijo se mantendrá por siempre sobre esta tierra. Cuando tenemos un hijo, nuestro amor ya nunca desaparecerá y se mantendrá más allá del tiempo, inclusive de nuestra propia vida.

Sin compartir de ninguna manera el criterio de la información mencionada, por causa del desarrollo de la genética humana, podría entender que alguien termine una relación de pareja porque su par no puede procrear. Pero que se justifique el rompimiento de la relación sentimental porque la mujer procree hijos, es algo que queda fuera de mi limitado entendimiento, por no decir que me parece, por lo menos, anormal y aberrado.

Cuando las parejas se disuelven con la justificación del estrés que producen los hijos, lo real es la mendacidad de quien quiere acabar la relación, porque más allá del estrés natural que conlleva el nacimiento de un niño, yo me pregunto:

¿Estrés porque te reciben con los ojos abiertos y una sonrisita que ilumina la casa y que ya nunca podrás olvidar?

¿Estrés porque te dicen, papi te amo?

¿Estrés porque ratifican tu hombría?

¿Estrés porque tienes otro motivo por el cual luchar?

¿Estrés porque adicionas un elemento más de fortalece para tu relación?

He vivido, visto y oído demasiado durante mi vida para aceptar justificaciones absurdas. Si alguien no se siente con suficiente capacidad y amor para ser madre o padre, pues simplemente no haga pareja. Pero si lo hace, tenga el mínimo de dignidad para aceptar su ignorancia, errada visión del sentido de la vida y su irresponsabilidad, pero no venga a endilgarle sus zonas erróneas, sus temores y sus anormalidades, a quienes lo único que hacen en la pareja es hacerla más hermosa, tierna y permanente.

Próxima Entrega: LO HERMOSO DE TENER HIJOS

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Pienso que todo lo que venga de Dios debería ser perfecto; no obstante, en algunos casos como el del ser  humano, quien no sólo deviene de Dios sino que es hecho a su imagen y semejanza, parece que no se da esa aspiración respecto de su perfección. Al menos yo, no  he podido conocer a ningún hombre perfecto… todavía. Ahora bien, por cuanto en la entrega anterior acepté que «…el tiempo de Dios es perfecto», aclaro que me referí expresamente al TIEMPO DE DIOS y no al tiempo humano.

El tiempo de Dios no es comparable con el del hombre porque Dios es infinito, es una fuerza, una esencia  inconmensurable, por lo tanto al ser finita la dimensión del tiempo que conocemos los  humanos, carecemos de entidad de comparación. No tenemos posibilidad de conocerlo, ni de entenderlo a cabalidad; pero eso no debe afectarnos, porque desde el punto de vista de nuestra vida terrenal, si lo conociéramos de nada nos serviría.

Los humanos en nuestro tránsito por esta vida, estimamos el tiempo en unidades de medidas finitas como los segundos, minutos, horas, días meses, años, centurias y milenios, pero el tiempo de Dios es otra cosa completamente diferente; se trata de tiempo de esencia y en esencia, incomprensible para nosotros. Ese tiempo de Dios sólo puede ser captado por nuestro espíritu, que como Dios es intangible.

Creo sin ninguna duda en la perfección de ese tiempo de Dios; en el viví antes de nacer y de ese tiempo infinito fue que vine a este mundo a disfrutar una vida terrenal transitoria, a cumplir una misión de carácter finito para luego regresar a mi mundo infinito,  en ese tiempo perfecto que es de Dios y…mío. Por eso no temo a la muerte, porque para mí es un paso más en mi camino de ascensión a la perfección espiritual. Mi muerte física cuando llegue, será el regreso a… mi hogar, que me permitirá, como lo comentara  un famoso pastor evangélico antes de morir, «… ver la cara de mi Padre.»

Mientras me voy en mi viaje de regreso, utilizo el tiempo finito de esta vida finita. Disfruto los días y las noches con todas esas cosas materiales, pero sin olvidar mi origen y mi esencia espiritual; lo hago sin más prisa de la conveniente pero con avaricia, con fruición, con deleite, consciente de que pudiera ser la última y quizás nunca podría repetirlas, ni en esta vida ni en otra.

En esta dimensión física amo tiernamente a mi esposa, a mis hijos, a mis nietos y se los digo todos los días; los abrazo, los beso, porque sé que como mi vida física es finita, pudiera ser que no tenga otra oportunidad de repetirlo. A mis amigos y a todas las personas que conozco y me permiten ofrecerles mi amor, trato de persuadirles, de todas las formas posibles, de que es un privilegio ser su congénere, que soy feliz compartiendo con ellos, que me interesan como seres humanos, que su dolor es mi dolor y su alegría la mía. Cuando me aceptan, me oyen, me tratan, me sonríen y me señalan mis múltiples imperfecciones, me siento el hombre más feliz del mundo y… doy gracias.

Además de mi dedicación a mis hermanos humanos como lo he dejado expuesto, considerando  que ese «tiempo» que vivimos todos los días, es un espacio que transcurre entre el amanecer y el volver a amanecer y así hasta el final de nuestros días, considero  mi deber supremo como especie única, hecha a imagen y semejanza de Dios,  cuidar y proteger la diversidad inigualable del medio ambiente que conforma nuestra gran patria terrestre, utilizando sus recursos con divina prudencia, cuidándolos y protegiéndolos con la conciencia de que son perecederos, y que también corresponden a los que vienen después de nosotros para mantener nuestra simiente sobre esta madre tierra.

Lo que como humanos llamamos tiempo y espacio, que responde a parámetros y medidas finitas, cuales no sabemos que serán para Dios, Él con todo su poder los adapta a su forma esencial, para dentro de la entidad terrenal velar de la forma más amorosa y cuidadosa  todos los días de la vida por cada uno de sus hijos, sin distinción de ningún género. Su esencia infinitamente justa es tan amplia que tiene suficiente espacio para todos;  inclusive para aquéllos que en este mundo parecieran no creer en su poder y omnipotencia. 

Les comento que con tristeza observo el desperdicio injustificado de ese recurso realmente no renovable, en ese espectáculo diario de prisa en las calles, los centros de trabajo, de estudio, de transporte y hasta… en los parques. Todo el mundo anda apurado. ¿Por qué? Vaya usted a saberlo. Las personas andan apuradas porque están apuradas; sin tomarse el tiempo mínimo necesario para preguntarse por qué están apuradas,  y si no existirán opciones para andar con menos prisa, y de tal manera disfrutar un poco más de las muchas cosas bellas que la vida nos regala, pero que si estamos tan apurados, posiblemente no podemos observarlas en su verdadera dimensión.

Próxima Entrega: EFECTOS DE LOS HIJOS EN EL MATRIMONIO

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