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Archive for the ‘BUEN ESTADO DE ANIMO’ Category

Releyendo a Vinicius de Morais, especialmente su comentario de que la gente no hace amigos sino que los reconoce, me surgió la interrogante de, si podemos hacer los amigos o si, realmente simplemente los reconocemos.

Durante toda nuestra vida nos intercomunicamos con personas que nos simpatizan, otros que nos son indiferentes y algunos que rechazamos; pero la amistad que surge de nuestro espíritu no hace categorías. Los amigos, como dice de Morais, los reconocemos y tal evento no tiene que ver con su figura, género, cultura, posición social o económica; es un sentimiento que surge de muy dentro, sin mucha lógica pero profundamente humano y  edificante.

El sentimiento de amistad es una manera sublime de amar, porque es espontáneo pero además, desinteresado. Uno ama a su familia troncal, porque lleva su sangre. A su pareja, porque comparte con ella ambiciones, esperanzas, sueños, buenas y malas situaciones y hasta el sexo, todo lo cual de alguna manera conlleva intereses. Pero a los amigos los amamos, sin más requerimiento que la espectativa de su reciprocidad.

Los amigos no requieren ese afectio diario, natural en la relación consanguínea y necesario en la   de pareja. A los amigos no requerimos decirles que los amamos, como sì es indispensable con la pareja y por demás conveniente con la familia; sin embargo, cuan hermoso y grande es el espacio que abarcan en nuestra alma.

Cuando perdemos un amigo, perdemos un pedazo de espacio de nuestra propia vida; ellos no son sustituibles, porque son especiales, individuales y típicos. Es una relación esencialmente volitiva, que no mira conveniencias ni fines más allá del disfrute del sentimiento de compartir la ideología fundamental de la vida. De alguna forma, la amistad es la materialización del principio cristiano de que todos somos… hermanos.

Con los amigos vencemos sentimientos muy arraigados, como el egoísmo, individualismo y temor, que pudieran ser mecanismos de defensa, frente a un mundo que no siempre es como hubiésemos querido que fuera.

Pudiera ser que el amigo no esté físicamente presente, pero está ahí, sembrado en lo profundo de nuestro afecto; no importa cuantos años dejamos de verlo; si nos ha sido útil o no, ni como lo consideren los demás. Simplemente es nuestro amigo, que en el concierto del universo, se hace un pedazo de nosotros mismos, la mayoría de las veces sin conocer a ciencia cierta, cuanto y porqué le queremos de forma tan especial.

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Una lectora me solicita que escriba sobre la felicidad en tiempos de crisis política. Evito tocar temas que tengan que ver con opiniones políticas por razón de mi multiplicidad de lectores, pero somos animales políticos y sería hipócrita obviar lo que nos hace diferentes a los demás seres vivos.

Es que nuestra condición inteligente y esencialmente especulativos, nos sumerge dentro de una constante especie  de perturbación, más que crisis vivencial.

Personalmente, siempre he visto al mundo y mi país en crisis. Nací en plena segunda guerra mundial, cual sumió al mundo en una crisis gigantesca. Soy hijo de un refugiado político, quien nunca superó el ostracismo y parcialmente me involucró en su propia crisis personal.

Nuestra memoria es frágil y casi siempre olvidamos crisis anteriores. Hasta los 17 años viví la Dictadura de Pérez Jiménez, que por sí misma representaba una crisis para buena parte del País.

Durante la Democracia, en cada uno de los períodos quinquenales, de una u otra forma nos sentimos en crisis: atentados, guerrillas, persecuciones, huelgas, controles de cambio, quiebra de bancos; y… cambio generacional, difícil de procesar por quienes no entienden la sinergia de esta máquina del tiempo, que es nuestro mundo.

Entonces, no es extraño que hoy, viviendo un nuevo experimento político nacional, que pretende no un cambio de gobierno sino de sistema, como en anteriores oportunidades, un segmento de la población se sienta en crisis.

No obstante, la felicidad es algo que nace, crece y vive en nuestro interior, por encima de cualquier crisis; sólo nosotros podemos producirla, detectarla y mantenerla. Así, como las crisis son producidas por y desde el exterior de nuestro ser, si somos espiritualmente fuertes, la felicidad no debería afectarse gravemente por elementos externos.

Las personas felices viven el momento; de el toman lo bueno, sano y edificante, que disfrutan intensamente. Lo desagradable, perturbador o dañoso, simplemente lo desechan; no le dan trascendencia tal que pueda sumirlos en crisis, porque si no es lo deseado, simplemente le aplican la regla de oro:   ESTO TAMBIEN PASARÁ.

¿Podría alguien asegurarme que en crisis es imposible amar, compartir, dar, ser útil, crecer y fortalecerse cultural, espiritualmente y encontrarse con Dios? No, porque todo momento es bueno para disfrutar esos tesoros que nos fueron dados, la esperanza y la felicidad. Como lo escribiera Oswald: “… la felicidad debe ser considerada como el objeto de la civilización.” Y, venturosamente, eso sólo depende de nosotros.

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Cuando hemos caminado un trecho largo de la vida, sintiendo que los malos momentos, las tristezas y los dolores del pasado son casi imperceptibles en el recuerdo, mientras que los bellos instantes, eventos agradables, experiencias edificantes y alegrías, permanecen frescos en nuestra mente como cuando los experimentamos, notamos que se debe a ese algo especial, maravilloso, mágico, divino e insustituible que produce ese milagro: EL AMOR.

Realmente, es el amor lo que le da sentido a la vida. Sin el amor, nuestra diferencia con los seres irracionales sería imperceptible; igual que ellos nacemos, crecemos, nos reproducimos y… morimos. En el devenir de la vida, de igual manera comemos, dormimos, nos enfermamos, nos curamos y deambulamos sin rumbo conocido, hasta llegar al sitio. Es la magia del amor lo que nos hace diferentes y únicos.

Por amor fuimos concebidos y crecimos en el vientre materno; nos protegieron, alimentaron, asistieron y educaron hasta llegar a nuestra mayoridad. Pero también por amor ensanchamos nuestra alma, aceptamos a nuestros semejantes, crecemos en sensibilidad, solidaridad humana y generosidad para con nuestros hermanos humanos.

Sin el amor, nuestras virtudes se convertirían en aberraciones: la inteligencia y el conocimiento, que pueden dar tanto beneficio al mundo, sería utilizados para el mal; la riqueza y el poder, que pueden ayudar a tantos, se convertiría en fuente de avaricia, codicia, envidia y tiranía; la fe que nos fortalece y enaltece, se transformaría en irracional vivero de absurdo y fanatismo; la justicia y la equidad, fundamentales para la paz social, se convertirían en instrumentos de bajos instintos, bastardos intereses y acciones deleznables; el sexo, que debe ser sagrado entre quienes se aman, porque prolonga con la descendencia su amor en el tiempo, se convertiría en solo concupiscente, temporal, insatisfactorio y fuente de manipulación.

Sin amor la libertad personal -que es un derecho natural por legado divino- sería coartada y quizás eliminada en beneficio de quienes no amando, se dejarían arrastrar por sus intereses personales, dando paso al egoísmo, la crueldad, la insensibilidad, la ausencia de solidaridad humana y… la esclavitud.

El amor debemos promoverlo, cultivarlo, excitarlo y alimentarlo, porque es lo único permanente y verdadero antes, durante y después de nuestra vida física. Si amamos seremos felices y buenos para la humanidad, porque es ese sentimiento maravilloso de dar –esencial del amor- lo que nos permite vivir una vida buena y nos hace merecedores de llamarnos… hijos de Dios.

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La mayor responsabilidad con nosotros mismos, como seres dotados de raciocinio, es que en su mayor porcentaje nuestro éxito o fracaso únicamente es aplicable a… nuestra propia actuación.

Si somos exitosos, bienaventurados y felices, se deberá a nuestros personales aciertos; igualmente, si fracasamos, somos desventurados o infelices, será producto de nuestros errores o toma de decisiones desacertadas. El conocimiento de esta realidad nos crea la tendencia a la justificación, achacando nuestros errores a la mala suerte o los designios de Dios; no obstante que, la suerte –si existiera- la propondríamos nosotros y fue precisamente Dios quien nos dotó del raciocinio suficiente para tomar decisiones acertadas, que producirían resultados positivos. Esas quejas y lamentos diarios de malos momentos y carencias que nos afectan, sin analizar suficientemente qué los origina, neutralizan nuestras capacidades y desestiman las muchas bendiciones a nuestro alcance.

Es una tendencia enfermiza el pregonar los males y eventos desagradables como algo fatal e ineludible, sin analizar los orígenes de las situaciones que determinaron esos resultados negativos, donde seguramente el factor dominante lo fue nuestra negligencia, negativismo, falta de empeño y ausencia de fe en nuestra capacidad para convertir los pensamientos en cosas.

Cuando escucho lamentaciones y quejas personales, todas comparativamente inferiores al estatus de disfrute de vida, salud, paz y amor, siento que somos especialistas en complicarnos la vida, especialmente nuestra psiquis; así como que somos desagradecidos con esa fuerza universal y maravillosa que organizó todo, obsequiándonos condiciones especiales de razón e inteligencia, que negó a otros seres vivos.

Por ejemplo, nos quejamos si no tenemos manjares en la mesa; perdemos un amor vivido; tenemos que trabajar duramente; por sentirnos viejos; considerarnos menos agraciados o sexys; por disgustos e incompatibilidades familiares; sin considerar aquellos que mueren de hambre, que nunca llegaron a disfrutar un amor, quienes no tienen un trabajo digno, quienes carecen de un miembro, son ciegos, tienen sus rostros desfigurados, o aquellos que no tienen una familia ni un techo en el cual guarecerse.

Debemos aceptar que si desperdiciamos tantos beneficios que Dios nos otorga, si no contamos nuestras bendiciones, si desaprovechamos esa fuente de amor que son nuestros hermanos humanos y por tanto no somos felices, la única culpa es nuestra porque disponemos de libre albedrío y estado de ánimo, los cuales debidamente utilizados darían a nuestra vida el color y sabor deseados. No son Dios ni la suerte los culpables, sino nosotros y… nadie más.

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Amor, comprensión y aceptación son fundamentales durante la etapa del crecimiento, pero desventuradamente, en la vida diaria los niños y jóvenes son enfrentados por el no.

No te sientes así, no grites, no digas eso, no hables tan alto, no brinques, no te toques eso, no comas de esa manera, no molestes, dije que no, no y no; sin que nadie explique suficientemente a los pupilos por qué todo tiene que ser no. Simplemente, se les impone el no y ellos no saben como reclamar una respuesta razonada.

Ese incomprensible mundo del no les genera temor, inseguridad y desconfianza en… casi todo. Su efecto inmediato de desconcierto baja su autoestima, golpeando su curiosidad natural, que es fuente de su aprendizaje. En tal estado emocional cabe preguntarse: ¿Cómo queda la necesaria motivación para estudiar y ser mejores, en un mundo donde todo es negativo? ¿Qué incentivo para aprender puede generar un padre o maestro severo, estricto y gruñón, a quien más que la felicidad importa el cumplimiento normativo del hijo o pupilo? Se requiere reflexión sobre el asunto. Los adultos con funciones rectoras y didácticas, deberían reflexionar seriamente al respecto, considerando que ellos están obligados a entender a los niños y jóvenes, pero no lo contrario. A quien tiene mayor experiencia y conocimiento de la vida corresponde orientar, más que imponer el aprendizaje.

La sinergia del desarrollo y su objetivo último de producir paz y felicidad, hace necesaria la transmisión de conocimientos más efectivos y aplicables a la cotidianidad. Mucho de la rebeldía de algunos menores, es la respuesta al acorralamiento frente a su curiosidad natural, que les lleva a experimentar para conocer, frente a adultos que mantienen atávicos mecanismos de defensa como la falta de amor, comprensión y compasión, con quienes sólo exigen lo que les corresponde: formación para la vida. Siento que el proceso formativo tradicional, desvió el camino al dar mayor importancia a la formalidad, olvidando que la formación integral no es para las aulas, sino para una vida que se desarrollará fuera de estas. La educación positiva, representada en el diálogo respetuoso pero afable de doble vía, la libertad de inquirir y recibir oportuna respuesta sin ningún temor, como orientación fundamental para vidas felices.

La educación positiva podría hacer la diferencia entre quienes logran la felicidad -que son los menos- y quienes nunca llegan a alcanzarla plenamente, de los cuales, a nuestro pesar, está lleno este mundo.

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«Deja que los muertos entierren a sus muertos.»

Jesus de Nazareth

Paradójicamente, el factor constante de perturbación de las parejas no lo representa las situaciones fácticas actuales, sino el efecto de eventos que se sucedieron en el pasado, pero que continúan atormentándoles, precisamente porque no han sabido cerrar la puerta al pasado.

El pasado es un muerto y los muertos deben permanecer en el cementerio. Todo lo que sucedió hace un segundo ya es pasado y nada se puede hacer por cambiarlo; representa un tiempo que ya no existe.

Del pasado solo vale la pena recordar los bellos momentos. Por tanto, no tiene lógica permitir que los recuerdos de algo negativo que pasó y que ya no puede cambiarse nos preocupe; pero menos aún, permitir que nos haga daño.

La vida tiene tantas cosas bellas que disfrutar, sin que sepamos por cuanto tiempo, que es un desperdicio dedicarle nuestro valioso hoy a un tiempo que se fue, pudiendo consagrarlo a vivir intensamente todas las muchas bendiciones de que disponemos para nuestra satisfacción y deleite.

Si perdimos un amor, si no nos comprendieron, ofendieron, engañaron o agraviaron, nada nos beneficia recordarlo, sino por el contrario, debemos olvidarlo. No importa cuanto tiempo pudimos amar, lo importante fue que amamos, y amar siempre ha sido un privilegio; es lo bello del amor lo que debemos recordar. El amor no hay como medirlo ni tiene precio, sólo se vive, se disfruta y esa maravillosa sensación es algo que ya jamás nadie podrá quitarnos.

Si no cerramos la puerta del pasado a los recuerdos negativos, no podremos mantener el alma limpia y preparada para el nuevo amor que vendrá, que por regla general es más emocionante y pleno, porque la nostalgia, que es la hermana gemela del pasado, se encargará de desvirtuar la realidad.

Conocemos nuestro peso específico; sabemos de todo el amor y la ternura que somos capaces de dar; si alguien no nos ama, pues se lo pierde. Tan claro como eso. Es con optimismo, con fe y confianza en nuestras realizaciones como viviremos nuestro hoy y construiremos nuestro futuro. Todos los días avanzamos en el crecimiento espiritual y eso nos convierte en una buena opción para quien quiera compartir felicidad.

Además, en este camino de la vida, alguien viene en sentido contrario buscando lo mismo que nosotros; más temprano que tarde nos encontraremos y el amor que nunca muere, renacerá; seremos felices en nuestro hoy, y en el mañana, si es que llega. Entonces… ¿Qué razón tendría recordar lo malo del ayer?

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Cuando dos personas diferentes llegan a hacer de sus vidas un solo cuerpo y una sola alma, es un evento especial que sólo puede producirlo… el amor. La principal motivación para unir nuestra vida a la de otro, casi siempre extraño hasta poco antes de conocerlo, es confundirse en uno solo con esa otra persona.

El amor surge espontáneo, pasional y… urgente. Su espontaneidad le genera riesgo, pasión y peligro. Su urgencia es la de lograr unir el cuerpo y el alma con quien amamos, sin importar el riesgo. Cuando amamos, jugamos a ganar o a perder; simplemente, lo arriesgamos todo sin reservarnos nada. Nuestros mecanismos de defensa se minimizan y sólo queda espacio para la emoción, la pasión, el entusiasmo, la ilusión y… la esperanza. Todo inmerso en esa bruma rosada que nos hace ver la vida como debería serlo: muy bella.

El resultado de esa hermosa aventura que significa hacer pareja, dependerá de que los dos tengan la capacidad de confundirse en un solo corazón y una sola alma; lo cual por cierto no es tan difícil, pero sí requiere de nobleza, generosidad, deseos de dar, reconocer y aceptar a quien amamos, en sus propias y originales dimensiones humanas.

No es posible encontrar un “prototipo” conforme nuestros deseos, pero si tenemos la capacidad de fundirnos con el otro, al confundirnos nos hacemos una parte de su cuerpo y su alma. Así, al integrarnos en uno solo, vencemos las diferencias, caminamos por el mismo sendero con los mismos intereses, ambiciones y sueños; eso es posible, lo he vivido y disfrutado por más de treinta y nueve hermosos años. No ha sido fácil, pero si emocionante y engrandecedor.

Es como una meta que establecemos, en beneficio de la cual todos los días hacemos algo positivo, beneficioso y… agradable. Tiene que ver mucho con el color que uno asigna a las situaciones y eventos de la vida diaria. Somos nosotros y nadie más los responsables de lograr el premio; viviendo de la mejor manera posible, manteniendo vivo el afecto y el respeto, haciendo del hogar un nido de amor donde se funde y progrese una familia; y eso sólo puede lograrse cuando dos personas que se aman y hacen pareja, tienen el valor y sinceridad de mostrarse como son, de actuar para fundirse y confundirse en un solo cuerpo y una sola alma.

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Para satisfacer la inquietud de un consecuente lector, trataré sobre las posesiones materiales e intelectuales y su trascendencia en la vida terrenal. ¿Qué tengo en esta vida exclusivamente mío o pudiera llevarme al más allá? Nada, al menos nada físico o intelectual que pudiera permanecer por siempre; todo, incluida mi persona, es esencialmente… temporal.

La vida no me pertenece porque es de Dios, quien decide hasta cuando puedo mantenérmela. Mi esposa y mis hijos a quienes amo tanto, tampoco son míos porque también son de Dios; y siendo que nos une el amor y el cariño, que no son físicos, no necesito llevármelos porque son parte de mi espiritualidad.

¿Y el fruto de mi trabajo, de mi dedicación y mis desvelos… tampoco son míos? Pienso que sólo podemos disfrutarlos; los tenemos prestados mientras vivimos, porque donde vamos… no los necesitaremos. Los bienes, el poder y la fama, complementarios a la felicidad, al ser eventuales nadie puede asegurar su permanencia. Los bienes así como nuestros cuerpos -por ser físicos- volverán a la tierra donde pertenecen; el poder y la fama no existen físicamente, sino que representan operaciones mentales, ya que no pueden ser cuantificadas, físicamente determinadas, trasportadas o transferidas. ¿Y mis conocimientos y sabiduría adquiridos? Esos valores corresponden a nuestra individualidad y únicamente podemos aprovecharlos en nuestra condición físico-espiritual y al morir, por carecer de uno de esos elementos, ya no nos servirán para nada.

Pero… ¿Qué tengo entonces? ¿Qué es realmente mío? Mi capacidad de amar, de disfrutar, de compartir, de ser útil; mi hoy -que es inmutable e     impredecible- pero que puedo manejar a mi antojo. Mi gran tesoro es este maravilloso presente, donde puedo aplicar todas mis capacidades para ser feliz, porque depende de mi estado de ánimo y libre albedrío para sacarle el mejor provecho a esas muchísimas bendiciones que Dios me da… todos los días.

Es que, para evitarnos preocupaciones por atesorar o cuidar bienes materiales, fama o poder, Él los hizo temporales en esta vida e innecesarios en el más allá. Fue por ese acto de amor que no trajimos nada físico a este mundo; precisamente para que nunca olvidásemos que como llegamos, así nos iremos: desnudos de cuerpo y alma, porque lo que es muy importante, lo trascendente, lo que no muere, como mi alma y mi amor, como vinieron se irán y de ellos no quedará recuerdo perdurable en esta tierra.

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El sol sale y el sol se pone y… nada nuevo hay bajo el sol. Estas sentencias bíblicas, aunque fueron escritas mucho después del advenimiento del hombre, rigen su vida sobre este planeta. El día… la noche, la vida y… la muerte, representan la bipolaridad de nuestra esencia humana. De cómo lo entendamos y asimilemos depende en mucho nuestra estabilidad emocional y nuestra felicidad. Concepción, nacimiento, desarrollo y muerte; cuatro instancias de nuestra permanencia física sobre este planeta. Al nacer, con el primer llanto saludamos al mundo y desde ese momento procuramos disfrutar de sus múltiples beneficios y facetas. La inocente y bella niñez, precede la confusa pero inolvidable adolescencia, para dar paso a la adultez que nos presenta las diferentes opciones sobre esa tabla de ajedrez que es nuestra vida consciente; sus resultados dependerán de nuestra forma de jugar. Si logramos la felicidad, merecemos felicitación, pero si somos infelices a nadie podemos endosar la culpa. Por siempre, independiente de la entidad, somos nosotros y nadie más quienes ponemos color a nuestra vida. Podemos ver salir el sol con entusiasmo y optimismo asumiendo que será el mejor día, y ese será su resultado; o presentir que no será bueno, que tendremos problemas, y el temor que desvirtúa la realidad se encargará de hacer gris lo que pudo ser brillante. Asimismo, podemos presentir una noche borrascosa, de ruidos ensordecedores y excesivamente fríos, y de tal manera desperdiciar su dulce olor a tierra mojada y ruidos silenciosos de caídas de hojas, que dan reposo al alma. Pero, si esperamos la noche como amiga mágica de nuestro romance con el mundo, que nos ofrece alfombra para el descanso, bajo un manto de azules estrellas que nos guiñan sus ojos cómplice y felices de acompañarnos en esa emocionante aventura nocturna, de amar a esas personas de nuestro entorno íntimo, que son la razón y el acicate para ser mejores, en vez de fría y borrascosa será una bendición. Es que Dios, que vela por cada uno de sus hijos, hace el día y la noche, con sus bellos colores, sonidos y silencios para nuestro disfrute y felicidad, pero no para el desaliento ni la tristeza. Por eso nacen los cervatillos y florecen los árboles en Primavera, sembrando de colores y optimismo al mundo; caen las hojas en el otoño para nutrir la tierra y abrir camino de vida a nuevos retoños; viene la nieve a pintar de blanco la planta del mundo, mientras hiberna el oso y las aves vacacionan en el Sur; y finalmente, nuevamente el brillante calor del verano, que cierra el ciclo de una vida que en toda estación y oportunidad nos brinda la posibilidad de disfrutarla. Es un ramillete de opciones disponible para todos; podemos tomar la que nos plazca. Depende de cómo utilicemos el mayor tesoro que vino y se irá con nosotros: nuestro estado de ánimo.

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Hoy, como padre más que como consejero familiar, me he sentido triste al leer un comentario de una de mis lectoras muy jóvenes, quien se quejaba de su supuesta enfermedad de depresión permanente –para lo cual está siendo medicada- al punto de confesarme que lo único que la apegaba a la vida, era el dolor que sabía produciría a su familia en caso de perderla. Tal injustificada situación me hizo reflexionar sobre el hecho de que, en la mayoría de los casos, los humanos producimos muchas de nuestras enfermedades físicas y creamos las condiciones para desestabilizar nuestra psique. Opino que la raíz de esa desacertada circunstancia vivencial, reside en el hecho de que pensamos y nos preocupamos más de lo que carecemos y/o pudiéramos llegar a tener, que de lo que realmente disponemos a nuestro alcance. En este mismo sentido, nos preocupamos más por el objetivo final de nuestras metas, que por vivir el camino que recorremos para lograrlas. En el primer caso, descuidamos contar las múltiples bendiciones que recibimos de Dios todos los días, como el mantenernos vivos, cuando tantas personas menores, de igual o mayor edad, mueren todos los días de diferentes maneras. Unicamente el disponer de juventud –como el caso de la joven que refiero- que es el mayor tesoro de un ser humano racional, es sin duda, una de las más ricas bendiciones. Igualmente, poseer todo nuestro cuerpo, cuando hay tantas personas que carecen de uno o más miembros; poder utilizar nuestros sentidos, que nos permiten disfrutar de la belleza; oír la música y la palabra amor; degustar los múltiples manjares de nuestra dieta diaria; oler el maravilloso perfume de las flores; y sentir el toque mágico en la piel del ser amado, no podemos llamarlo más que bendiciones. Pero, en un mundo donde cada quince segundos muere un niño de hambre; y un mil trescientos millones de personas viven bajo pobreza crítica, lo cual implica no tener trabajo, ni casa, ni educación, ni bienes de ningún género, y escasamente el alimento mínimo para no morir de inanición, tales datos que no nos afectan personalmente, no pueden más que hacernos sentir privilegiados. Entre otras cosas, porque nosotros tenemos –al menos en la medida conveniente- casi todas las cosas de que ellos carecen, especialmente alimentos, cuales algunas veces rechazamos por el temor a engordar, en las mismas cantidades con las que ellos, si los tuviesen, sobrevivirían. Pues bien, todas esas bendiciones son las que debemos contar todos los días, porque en la medida en que lo procesemos, estaremos en capacidad de disfrutar mejor de nuestra vida cotidiana; pero también porque ese sentimiento de satisfacción inmediata, hace disminuir la importancia de las pocas cosas de las cuales carecemos, ubicándolas en su justo sitio. En el segundo caso, si en vez de dedicar todo nuestro esfuerzo, intelecto, dedicación y a veces hasta el sacrificio del afecto de quienes amamos, por lograr el objetivo final de nuestras metas, disfrutáramos del camino de lograrlo viviendo cada paso y cada estación; amando lo que hacemos y edificando a quienes con nosotros colaboran y nos hacen compañía; regocijándonos en cada momento y evento como si fuera el último, pero con la esperanza de que tendremos muchos mejores; dejando sobre el camino nuestra huella de diligencia, afecto, reconocimiento, gratitud, solidaridad y plenitud, seguramente al llegar a la meta estaríamos mucho más frescos, pletóricos de optimismo y llenos de vida, para disfrutar plenamente de esos ambicionados logros. Es que si descuidamos disfrutar el recorrido del camino, que es largo, lleno de actividad y oportunidad de dar y recibir, lo perderíamos; y, pudiera ser que luego, cuando lleguemos al final, si el resultado fuere como lo ambicionáramos, el tiempo para regocijarse pudiere resultar muy corto… y eso nunca nos lo perdonaríamos.

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