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Archive for the ‘AQUIETARSE’ Category

¿A quién me parezco? ¿Con quien puedo compararme?

Creo que con nadie, porque simplemente soy  una individualidad; soy particular, diverso, típico… único. No hay ni existirá física o intelectualmente, nunca nadie exactamente igual como yo, o con idénticos sentimientos a los que yo experimento en cualquier circunstancia de mi vida.

De tal suerte, es  inútil y sin sentido práctico que me compare con alguien más, porque a ciencia cierta y de forma perfecta, no existen parámetros exactos para la comparación, ya que, como no soy exactamente igual a nadie más, siempre habría un desequilibrio, que de alguna manera, inclinaría el fiel de la balanza a favor o en contra.

Físicamente, siempre ha  habido o habrá alguien más alto, bajo, gordo, flaco, liviano, pesado, rápido o lento, fuerte o débil, sano o enfermo que yo. Como consecuencia, siempre ha habido o habrá alguien que me supere, por defecto o por exceso en cualquiera de estos aspectos, por lo cual, desde el punto de vista físico, no puedo considerarme  mejor o peor que otra persona; simplemente, soy diferente.

Intelectualmente, siempre han existido y existirán personas con más altos o bajos niveles de coeficiente mental que  yo; más o menos nobles, valientes, generosos, amorosos, positivos o negativos. Por tanto, no debo sentirme superior, inferior, mejor o peor que ningún otro individuo, precisamente porque soy diverso.

Mi atipicidad es mi escudo frente a esa sensación, que como casi todos los males que aquejan nuestra espiritualidad, son una creación maléfica de nuestra mente, que se traduce en sentirnos disminuidos frente a las cualidades, características, actuaciones o realizaciones personales de otros, conocido como el sentimiento de inferioridad.

Como es cierto soy atípico, diverso e individual en mi conformación física e intelectual, también lo soy en mis actuaciones y en mi forma de ver la vida y las cosas. Con respecto a otros individuos, soy mejor en algunos aspectos y actuaciones, pero peor en otras. Mis cualidades y condiciones corresponden a mi especial y única forma de ser y actuar, y por tanto, de alguna manera, en justicia son incomparables.

Dentro de mi esencia como ente particular, el resultado de cualquier comparación que haga con otro individuo, va a depender de criterios de «normalidad» predeterminados no por mí, sino por una sociedad,  en un momento y espacio determinados.

De la misma manera, no voy a comparar los hechos o actuaciones en sí mismos, sino lo que yo creo, estimo o pienso de ellos, en base a esos patrones sociales aprendidos, cuales considero aplicables en cada caso. En esa posible comparación, en su resultado incidirá especialmente la concepción personal del qué, el porqué y el cómo nos comparamos o medimos.

Estas premisas me llevan a la conclusión de que, definitivamente, nadie es superior ni inferior que yo en todo lo que haga, sino que en algunos asuntos -que no tienen por qué ser los trascendentales- alguien puede ser mejor o peor que yo, pero dentro de los parámetros de lo que, en una sociedad y un momento determinado, esos patrones que la rigen se determinen como «normales».

De hecho, lo que para una persona muy sensible o sentimental sea «normal», pudiera ser que para otra insensible y desentendida no lo sea, no obstante que esa sociedad donde se desenvuelva lo tipifique en uno u otro sentido. En este mismo orden, lo que para una persona resulte importante, trascendente o especial,  pudiera ser que para la mentalidad de otro, no reúna ninguna de esas valoraciones y lo estime desprovisto de toda importancia.

Para un jugador de béisbol, no es determinante para realizar bien su trabajo, tener la capacidad de memorización de diálogos o una especial capacidad gestual; como tampoco requiere fuerza en los brazos o velocidad al correr, una artista dramática para concretar una buena representación teatral.

En el caso citado, el primero funda su éxito en su capacidad física, que le permite superar en velocidad, agilidad y fuerza a sus contrincantes;  pero la segunda radica su éxito en su capacidad intelectual, que le facilita la memorización de los diálogos y la representación de sus personajes, de tal manera que motive a los espectadores. Por eso, la comparación entre ellos, respecto de lo que cada  uno hace, simplemente  no tendría sentido práctico.

Diferente es «qué piensa o estima cualquiera de ellos de lo que hace, o la valoración de lo que realiza la otra persona», porque eso corresponde a su manera muy personal de  ver e interpretar la vida y las cosas.

Todo esto me lleva a concluir que, como individuos, no somos ni «superiores» ni «inferiores» a nadie con respecto a nuestra vida integral. Simplemente somos «nosotros» y no tenemos por que creernos ni mejores ni peores que nadie, porque esas son apreciaciones personales nuestras, que nacen y se desarrollan en nuestro intelecto, por lo tanto no pueden ser generales, sino como nosotros individualmente las estimemos, cual sin duda puede ser bien diferente a la evaluación de otras personas.

Si algo pudiera ser trascendente en nuestra mayor aspiración vivencial, debería serlo el que,  sobre la base de los principios éticos y valores morales que rigen nuestra vida, en todas nuestras actuaciones, en vez de compararnos, imitemos la cosas buenas que observamos en la actuación de otros individuos, que con sus resultados nos demuestren que benefician a nuestros semejantes; lo cual también nos beneficiará como personas, y es completamente diferente a una comparación, que no nos deja nada positivo y casi siempre juega en contra nuestra.

Fuimos hechos por Dios individuales, diferentes y diversos, con el mandato de amarnos y ayudarnos de tal modo que hiciéramos lo más placentera nuestra corta etapa sobre esta madre tierra. Bajo esa consideración, el respeto por la individualidad, la diversidad y la disidencia, son condiciones fundamentales para el logro de la mayor aspiración  como personas y como colectivo: armonía, paz y felicidad.

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Estábamos citados para almorzar a una hora determinada. Llegó un poco retardada y me dijo que no tenía mucho apetito. La noté angustiada, preocupada, como en la frontera de la depresión. Como se trata de una colega de bufete más joven que yo, a quien por cierto aprecio especialmente, le pregunté si tenía algún problema.

 -Muchos, me respondió.

 Tengo tantas cosas que hacer que el tiempo no me alcanza. Me levanto muy temprano y regreso tarde a la casa, pero no obstante, nunca termino de hacer todo lo que me corresponde. Siempre estoy apurada pero siento que eso no me sirve de nada.»

 ¿Apurada por qué? -le pregunté.

  -Porque debo terminar todo lo que tengo que hacer en el día.

  -Pero…¿Lo logras? -inquirí nuevamente.

 -No. Me respondió -aunque trato no lo logro, por más que me apuro siempre algo me queda pendiente. Creo que algo anda mal conmigo.

 -Si, coincido contigo en que algo no lo estás haciendo bien. Se trata de que andas muy apurada y eso no te ayuda en nada, sino que, por el contrario, te perturba y resta energía.

Los antiguos decían que «De la prisa lo único que queda es el cansancio» y pienso que eso es muy cierto. Más allá de que la prisa nos resta capacidad de reflexión y análisis en lo que hacemos, lo cual se refleja en el resultado final, un principio supra natural nos indica que, en verdad, nosotros como humanos sólo proponemos, porque al final es Dios y nadie más quien dispone.

 Yo no tengo ninguna duda de que, como humanos, lo único que podemos hacer es ser diligentes al realizar las actividades que nos corresponden, pero hasta ahí. Si nos convienen o no, o si alcanzamos el final, es algo que no nos está dado conocer; al menos en el tiempo y la oportunidad que nosotros estimamos puedan ser los convenientes.

Nuestra diligencia conlleva reflexión, planificación y coordinación, en el camino de lograr nuestras proposiciones, pero con la convicción de que la decisión final no es nuestra, sino de Dios. Nosotros no hacemos nada más que proponer, acompañándolo de nuestro esfuerzo y diligencia, dentro de los parámetros de lo que consideramos normal.

De tal suerte, si estoy convencido de que mi actividad es sólo una proposición, que realizo  sobre la base de la reflexión, planificación y coordinación apropiadas, pues entonces  no me queda nada más para hacerla óptima que acompañarla con mi mejor diligencia. Reunidos y aplicados estos factores, que se de o no es algo que escapa a mi control.  La decisión es de Dios, lo cual por cierto me da una gran tranquilidad, porque Él sí conoce perfectamente que es lo que me conviene.

Todas nuestras actuaciones están enmarcadas dentro de máximos y mínimos que nos impone la vida; si nos salimos de esos parámetros por exceso o por defecto, el resultado será negativo. Entre otros aspectos, porque la naturaleza es equilibrio y nosotros somos parte de la naturaleza. Por eso en ninguna actividad  se nos exige ningún exceso, porque si nos excedemos desequilibramos la balanza indispensable para lograr buenos resultados.

Siempre recuerdo la experiencia de una familia italiana, quienes al llegar al Aeropuerto se sintieron tristes porque un atascón de tránsito en Nueva York les impidió llegar a tiempo  y perdieron el avión. Media hora después daban gracias a Dios por el incidente, porque ese avión saliendo del Aeropuerto de La Guardia se precipitó en el mar y fallecieron todos sus tripulantes y pasajeros. En este caso, ellos fueron diligentes al comprar, reservar y reconfirmar sus pasajes; asimismo, actuaron diligentemente contratando con suficiente tiempo el taxi, pero condiciones fuera de su control les impidieron llegar a tiempo para abordar. Fue que el resultado final no era de ellos sino de Dios, y por eso salvaron sus vidas.

La venturosa experiencia de esa familia italiana, es una de las muchas demostraciones de que fuerzas supra naturales rigen nuestra vida, a la cual nosotros solo le damos matices conforme a nuestro estado de ánimo.

Por eso todos los días sé cual es mi tarea para esas veinticuatro horas; reflexiono, planifico y coordino lo que debo hacer. Pongo lo mejor de mí en el empeño de lograrlo y trato de disfrutar haciéndolo. De tal manera, no tengo apuro por hacer más de lo que me corresponde, o de ganarle tiempo  a lo que debo hacer mañana, porque hoy pongo lo mejor de mí para lograrlo, pero si algo queda pendiente no me estreso, porque estoy seguro que hice todo lo necesario y con eso cumplí con mi parte. Lo demás, es obra de Dios y no tengo duda que Él sabe hacer las cosas muy bien.

En la mayoría de nuestras actividades, el cómo o cuándo hacemos las cosas son aspectos del proceso; pero el resultado importante es el final: llegar o lograrlo.

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«¿DESARROLLO POR EL HOMBRE O PARA EL HOMBRE?»

El fin verdadero  del desarrollo mundial actual, sus paradigmas, algunas veces, en cuanto se refieren a la máxima aspiración humana, la felicidad personal y colectiva, su sentido real, pareciera que se nos escapa de las manos, o al menos nos hace percibir… desubicados.

¿De qué sirven los aviones a turbina que nos permiten llegar de Caracas a París en una o dos horas menos, o un tren a trescientos cincuenta kilómetros por hora, la nanotecnologìa y la cuántica, si ochocientos cincuenta millones de seres humanos se mueren de hambre, y personalmente esa economía de tiempo no nos aporta mayor alegría, satisfacción, amor o felicidad?

¿Cuál es el beneficio objetivo para una persona de disponer de poder, fama, bienes y riquezas de todo género,  si en el camino para lograrlo dejó lo mejor de sí, pero también por causa de su obsesión en alcanzarlos descuidó sus seres queridos, amigos y cuando logra  sus ambiciones, ya no tiene con quien compartirlos, al menos con aquellos a quienes realmente ama?

Parangonando nuestra existencia con la vigilia y el dormir: ¿No es acaso intrascendente el tamaño o confort de la cama si no se puede conciliar el sueño?

Y lo que es más importante: ¿Puede toda la riqueza, fama, o poder que se acumule suministrar siquiera un día más de vida?

En fin, como ser  humano…¿De qué me sirve un desarrollo orientado a la generación de riqueza, la  fama y poder, si en la vía de su consecución pierdo mi tranquilidad, muchas veces parcialmente mi salud, mi maravilloso mundo de las cosas sencillas y violento mi espiritualidad?

Porque obtener riqueza, fama o poder, requiere una dedicación completa, y a veces excesiva, en esa competencia multitudinaria por ver quien se agota primero, pierde más rápido el pelo, gana más arrugas, baja su líbido, aumenta su estrés o se gana un infarto, a cambio del éxito.

Tal consideración me lleva a reflexionar sobre quién será más feliz: ¿Aquél que se embarca en ese desarrollo agotador y angustiante, para lograr prever, más que satisfacer sus necesidades materiales por encima de las espirituales -que en nada dependen de la riqueza, el poder o la fama- o el que poniendo como fundamento de su vida su tranquilidad espiritual, considera los logros materiales como algo conveniente pero adicional a su satisfacción interna?

Nuestra conformación físico-espiritual nos exige satisfacer esas dos entidades para lograr la plenitud. Si conocemos que esos requerimientos físicos son  limitados y posibles de lograr sin grandes esfuerzos, así como que nuestras  necesidades espirituales, que son las más difíciles de satisfacer, dependen de cómo manejemos nuestro estado e ánimo ¿Porqué dejar parte de la vida en el camino -comúnmente los mejores años- en la búsqueda desesperada de cosas que no son fundamentales para nuestra felicidad integral?

Son la intranquilidad, angustia, insatisfacción y estrés, la mayor fuente de las dolencias físicas y espirituales, que dañan la vida del ser humano.

Entre lo conveniente y lo inconveniente, apropiado o indeseable, mejor o peor, la diferencia puede estar en el equilibrio de nuestras actuaciones cotidianas, que no es posible lograr sin un mínimo de  tranquilidad físico-espiritual, muy difícil de disponer cuando perdemos la perspectiva de nuestra realidad vital, cual es sin duda, la de transcurrir nuestra corta existencia en paz con nosotros mismos y con nuestros hermanos humanos, en función de la mayor utilidad posible; para lo cual el mejor aporte es el de contribuir con la felicidad de las personas, lo que es imposible si nosotros mismos no somos felices.

Cien mil personas murieron hace setenta y dos horas por causa del Ciclón en Birmania, sin que nadie pudiera hacer nada por ellas. ¿Porqué y para qué? No nos está dado saberlo. Mas, de lo que sí estamos seguros es de que la muerte, que no escoge ni pregunta quien es rico, famoso o poderoso, para considerar llevárselo o dejarlo, así  como el nacimiento, tampoco tiene que ver con clases sociales, estatus o entidad.

Desde mi punto de vista, lo más importante para nuestra vida, es vivir intensamente cada uno de los momentos de nuestra existencia. No es trascendente cuanto tiempo vamos a vivir, sino como nos sentimos viviendo y disfrutando esta, la mayor bendición de Dios para sus hijos.

Como igual muere el sabio que el ignorante, el rico que el pobre, el poderoso que el desvalido, la diferencia estaría en cuanto se ha disfrutado, engrandecido a nuestros semejantes y avanzado en el crecimiento espiritual, que trascenderá esta vida física para acercarnos a nuestro destino final. Todas nuestras riquezas, fama o poder, aquí se quedarán, porque nada podremos llevarnos.

Como consecuencia de tales realidades, de aquellos desventurados que murieron por el ciclón, quienes hubieren dedicado sus mejores años a lograr riquezas, poder o fama, sacrificando su tiempo, su crecimiento espiritual, descanso, familia y plenitud, perdieron la vida igual que quienes sí vivieron intensamente cada minuto de su vida, descansaron, engrandecieron, compartieron tiempo y amor con sus seres queridos;  siendo que la diferencia lo fue que los últimos disfrutaron la vida, mientras que los primeros sacrificaron lo seguro por un supuesto futuro incierto, que nunca llegó para ellos.

Quizás sea un buen momento para meditar y reflexionar sobre la enseñanza de Jesús de Nazaret, cuando sentenció: «El que tenga ojos que vea y el que tenga oídos que oiga.

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«SI MANTENEMOS ELEVADO EL ESPIRITU, LO COMPLEJO PUEDE HACERSE SIMPLE.»

Algunas realidades que no se pueden obviar porque son parte de nuestra vida diaria en este mundo globalizado, hacen muy difícil, sino imposible, mantener una vida simple, como sí la disfrutaron nuestros ancestros.

En ese mundo mayormente prosumista, no tenía mucho de complejo pastorear los animales, cuyo alimento lo producía la tierra en abundancia y por el cual no se requería erogar ningún recurso económico. Tampoco debía pagarse ningún salario  a los miembros de una  familia troncal que realizaban las labores del campo, siendo que los restantes alimentos eran igualmente producidos  en  el predio o huerto familiar, de cuyo producto participaban conforme a su propia necesidad.

Desde curar un catarro hasta atender un parto, pasando por entablillar una fractura o sobar una falseadura,  eran actividades que alguien de la familia o algún vecino realizaban de la manera más natural, como algo común, corriente y sin más costo que el agradecimiento y la ratificación de reciprocidad solidaria, o consuetudinario respeto reverencial de ahijado.

El hombre conocía,  pero no consideraba indispensables para subsistir, servicios especiales como energía eléctrica, alumbrado o sistemas de tuberías para suplirse del agua potable. La leña, el carbón, kerosene, carburo o las velas le suministraban lo necesario y el agua de la mejor calidad se encontraba en los manantiales y en los pozos artesianos.

De tal modo, las pocas necesidades para la subsistencia cotidiana que no podía cubrir la producción hogareña o suministrar la naturaleza, normalmente eran logradas y compensadas sobre la base del trueque por productos o trabajo, ayuda de la comunidad, o a precios al alcance de todos que cómodamente podían cubrir las familias, tan bajos que hoy parecerían ridículos.

En las escuelas de niños y párvulos, su única solicitud era la asistencia de los alumnos. Los padres no requerían erogar cantidades dinerarias para la educación básica de sus hijos. Entre otras particularidades, porque por aquellos tiempos no se estilaban las múltiples contribuciones para el cumpleaños de la maestra;  el día de la bandera, del deporte, de la  madre, del padre, del árbol,  de la alimentación, del ambiente, de la tierra, del mundo, de la libertad, del niño, de la mujer, de la mascota y… pare de contar, que convierten tales celebraciones en una fuente de estrés para las familias de pocos recursos, que constituyen la mayoría.

En las Ciudades, las personas se trasladaban a su trabajo en medios de transporte muy simples y económicos, cuando no a pie, porque en esos tiempos la gente gustaba y podía caminar por las calles, sin miedo a ser atropellados por bólidos a alta velocidad, motocicletas que ensordecen,  empujados por los buhoneros que invaden las aceras, o asaltados por los delincuentes que han hecho de las calles su predio privado.

Dada esa vida tan simple, no se requerían celulares, faxes, ni computadores. Como la delincuencia no estaba institucionalizada sino que era excepcional, tampoco eran necesarios vigilantes privados, guarda espaldas o vehículos blindados, salvo aquellos obligatorios para los mandatarios, o uno que otro ricachón que gustara y pudiera pagarse tales aspavientos. Como la televisión era muy incipiente, el consumismo, la violencia indiscriminada,  la vanidad exagerada y la promoción a los anti valores no había encontrado, como hoy, un camino tan expedito y provechoso para su aumento exponencial, en contra del exiguo presupuesto, tranquilidad y solidez familiar.

Pero, todo eso quedó en el pasado. En el mundo nuevo que nos toca vivir, asiento de los mismos seres humanos de todas las épocas, ni mejor ni peor que aquel sino diferente, no queda casi nada que se pueda considerar simple, especialmente la actuación personal. La sobre población que aqueja los conglomerados urbanos, especialmente nutridos por la migración recibida de los sectores rurales, la globalización de las comunicaciones y la competencia a muerte por todo, ha globalizado también los problemas, la corrupción, la insensibilidad y la indiferencia afectiva, haciendo la vida del hombre realmente compleja.

Nada puede ser simple hoy porque todos estamos interconectados en todas y cada una de nuestras actuaciones, inclusive en aquellas que parecieran muy personales o elementales, como cantar, estornudar, reír o…toser. El creciente estrés producido por una competencia sin límites en todos los ámbitos de la vida contemporánea, ha hecho a un creciente número de seres humanos irascibles, inquietos, apurados, angustiados, malhumorados, impacientes, desconfiados, negativos y casi… insoportables.

Aquel que saluda afable, sonríe, tararea  una canción, hace un stop en su camino diario  para observar una flor, disfrutar de una fuente, acariciar un niño, o abre la puerta a una dama o un anciano, es mirado como bicho raro, desactualizado, tonto o… anticuado. Pero algo más grave, se expone a una reprimenda o una demanda por ruidos molestos, intervención del orden público, o intromisión en… la privacidad de las personas.

Y es que todo es tan complejo, que no se puede ser integral y actuar conforme se desea, sin correr el riesgo de afectar a alguien en el vecindario, el autobús, el trabajo o la calle,  sin importar si es  el de adelante, detrás o de los lados. La complejidad lo invade todo. Nada es simple ahora, incluido casarse, curarse  una gripe,  comprar un pasaje de autobús, mudarse a otra ciudad o… morirse.

Frente a esta situación cabe preguntarse:

¿Qué podemos hacer para no afectarnos más de la cuenta por tanta complejidad? ¿Es posible aún en un mundo tan  complejo vivir una vida simple?

Frente a la primera pregunta, ciertamente hay mecanismos que podemos utilizar para adaptarnos de la mejor manera posible a un mundo que ya nunca volverá a ser simple. Con respecto a la segunda, claro que siempre, independiente del nivel de complejidad, sí que es posible vivir una vida simple.

Pienso que en ambos casos es un problema de actitud personal. Así, la solución frente a la complejidad es asumirla como una situación normal de estos tiempos que nos corresponde vivir,  y aprender a convivir con ella. Se trata de entender las realidades cotidianas y ponerlas en función de nuestros intereses, buscando hacer esa complejidad lo más sencilla posible para nuestra vida. Al fin y al cabo, está aquí y no podemos desterrarla. Luchar contra ella es hacerlo contra la corriente y eso no es inteligente ni beneficioso de ninguna manera.

El proceso de actuar de forma simple,  o de simplificar las cosas, va a estar en mucho, en nuestra forma de interpretar el tiempo y el espacio en el entorno donde hacemos nuestra vida diaria. Tenemos que jugar con lo que conocemos y tenemos, que por cierto no son más que personas, cuyas actuaciones se derivan, en su gran mayoría, de nuestra propia actuación personal frente a ellos.

Si estamos claros con lo que queremos hacer de nuestra vida, independiente de la complejidad que involucren los tiempos actuales, la satisfacción de nuestras necesidades fundamentales, físicas y espirituales, es realmente limitado y no muy difícil de alcanzar. Fuimos dotados de suficiente intelecto para hacer de lo complejo, simple, al menos con respecto a nuestras necesidades vivenciales.

Dios, el amor, el respeto, la verdad, la solidaridad, la aceptación, la generosidad y la ternura, fundamentales para una vida feliz, sin excepción aunque trascendentes son muy simples. Nacen, se desarrollan y viven dentro de nosotros mismos. En consecuencia, el nivel de complejidad que le otorguemos, es algo que nosotros mismos y nadie más decide. El mundo externo escasamente nos suministra elementos para sobrevivir físicamente, y al  menos hasta  hoy,  los indispensables se encuentran hasta en el último rincón del planeta.

Por tanto, si somos capaces de manejar los recursos internos que alimentan nuestra espiritualidad, en contacto con Dios y fuente de nuestra intelectualidad, lo demás, como lo enseñara Jesús de Nazaret «… vendrá por añadidura.», e independiente de su complejidad,  no es lo fundamental; y eso, ciertamente, es bastante… simple.

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No voy a escribir sobre algo de lo que con anterioridad no se haya escrito mucho; que esté lejano por llegar o inmediato en el devenir de nuestras vidas; sino sobre situaciones que, para nuestra sorpresa nos afectan a todos en casi todo lo que hacemos, pero que no comprendemos bien, o que, en algunos casos nos cuesta entender.

Se trata de que sentimos que las cosas empiezan a ponerse de cabeza -al menos para nuestra mentalidad, que es producto de la cultura de nuestra época- o que muchos paradigmas y concepciones que por mucho tiempo consideramos apropiadas, empiezan a dejar de surtir los efectos esperados, y que algunas actuaciones antes muy claras, se enturbian sin una explicación inmediata y racional aparentes.

Los valores tradicionales crujen; los principios tenidos como innegociables comienzan a mostrar fisuras. La sociedad en general, y muy especialmente Instituciones fundamentales para nuestro sistema de vida como el matrimonio, la familia, la escuela, la religión, la justicia, la amistad, la política y la asociación empresarial, se ven sacudidas por una oleada de acontecimientos que generan inquietud, observación, análisis, contestación; interrogantes que se quedan sin respuesta clara.

En el concierto mundial, al tiempo que se acepta la realidad del recalentamiento global, el consecuente y preocupante deshielo, sin asumirlo plenamente; el descenso de las religiones tradicionales y el ascenso de otras nuevas, o rezagadas; el crack de la familia tradicional y el ocaso del matrimonio como base de la familia; el descenso y casi desaparición de las ideologías de izquierda y de derecha; el abandono de los pensum de educación tradicionales en las escuelas; el ambiente se carga con aires de cambio en la política, sistema económico y de poder, produciendo desasosiego y desconcierto en los grandes conglomerados humanos, que como en toda época, temen cambios que les enfrenten a lo desconocido.

En los cenáculos del conocimiento académico de las Ciencias Sociales, psicólogos, sociólogos, trabajadores sociales, economistas y estudiosos de la gerencia pública y social, también se hacen preguntas sin respuestas satisfactorias; las recomendaciones, programas, fórmulas, políticas, técnicas y aplicaciones que tradicionalmente surtieron efecto, ahora se hacen demoradas, inoperantes, difíciles e ineficientes.

En el ambiente general, se advierte el nerviosismo natural que precede a los eventos desconocidos… pero indefectibles. De alguna manera, es la misma sensación que se observa en las especies irracionales más primitivas, aún existentes sobre el Globo, previo a los movimientos telúricos o las grandes catástrofes naturales.

Una manifestación progresiva de insatisfacción de las mayorías, que se sienten desasistidas e inermes frente a los grupos económicos y políticos que manejan el poder, son doblegados en su voluntad mediante sofisticados mecanismos publicitarios de toda índole, precipitándolos en una carrera de consumismo histérico, alejado de toda racionalidad que afecta todas las áreas de su vida cotidiana.

Por otra parte, dirigentes frustrados, nostálgicos, descalificados, insensibles y corruptos, en todas las latitudes del mundo disfrutan, sin ningún recato, haciendo uso personal de los recursos previstos para cubrir las necesidades más ingente de los millones de perturbados ciudadanos, que en el paroxismo de su propia desubicación, no atinan a determinar el por qué de su impotencia para impedirlo.

Pero el ciudadano común, presiente o intuye que el problema no es coyuntural, por lo cual requiere una urgente revisión de los modelos económico-sociales en sus fundamentos y estructura, porque igualmente en países pobres como ricos, industrializados o en vías de desarrollo, con diferentes variables, los factores fijos se mantienen en el mismo orden: pobreza, exclusión, falta de oportunidades, violencia creciente, injusta redistribución de la riqueza; y como consecuencia inmediata, frustración colectiva, insensibilidad a todos los niveles, personalismo, cortoplacismo y… terrorismo.

También las clases dominantes -beneficiarios del stablishment– observan preocupados los acontecimientos y comienzan a prever problemas a corto y mediano plazo, pero como en el caso de los oprimidos, tampoco entienden bien de que se trata, no comprenden que está fallando, donde está el fondo del problema y no atinan en preparar una estrategia frente a algo que no conocen bien. Por eso prefieren hacerse los desentendidos y esperar a ver que pasa, pero sin poder evitarlo un frío penetrante recorre su espina dorsal: es el terror a los cambios que pudieran producirse en el sistema, lesionando, disminuyendo o acabando con sus groseros privilegios.

Por su parte, los millones de personas gravemente afectadas y de muchas formas excluidas e ignoradas de siempre por el sistema actual, quienes hasta ahora se habían conformado con los rezagos que dejaran las clases dominantes, por primera vez tienen acceso a medios informáticos como Internet, donde reciben información global actualizada, escrita, gráfica y verbal por menos de un dólar la hora, sienten que es tiempo de hacer algo y comienzan a presionar desde los sindicatos, las asociaciones de desempleados, partidos políticos, asociaciones comunales, de vecinos, de amas de casa, comunidades estudiantiles y profesionales, por cambios que les otorguen mayor participación y protagonismo.

La superposición y amalgamamiento de esos factores de desestabilización son la causa principal del progresivo estrés global, que de Norte a Sur y de Este a Oeste aqueja a los habitantes de nuestro mundo, que los perturba y llena de angustia en su sentido real: temor e impresión ante un peligro desconocido.

No se trata de endilgarle los problemas a movimientos o estrategias políticas de izquierda o de derecha. No, no es así. Todo eso es parte de una historia que tiende a desaparecer. Los pocos vestigios de esas tendencias políticas que aun sobreviven, irremediablemente están llamados a desaparecer. Las corrientes exitosas del pensamiento político actual tienden hacia posiciones centristas, o por lo menos, no radicales de izquierda ni de derecha.

El pensamiento político tradicional y las tendencias fundamentalistas no se compadecen con los nuevos tiempos; tratan de sobrevivir y luchan por ello, pero al final, desaparecerán. El hombre tiene derecho a una vida más justa y más temprano que tarde logrará alcanzarla. La edad de nuestro mundo se mide por milenios. Todavía hay mucho tiempo por delante. El hombre heredó de Dios la inteligencia con la cual ha superado ya muchas catástrofes y está listo para enfrentar nuevas.

Se trata de que se avecinan nuevos tiempos, que de alguna manera ya están aquí. Es posible que ya estemos presenciando la gravidez de una nueva era, y los partos, aunque auguran nueva vida, siempre han sido dolorosos. Pudiera ser que ya no estemos por aquí para la oportunidad del alumbramiento, pero el nacimiento se dará: habrá un nuevo mundo, más justo y bueno para la vida de todos los hombres. Es un problema de tiempo, pero juega a favor de la humanidad.

En todas las épocas, una parte de los seres humanos apoyó el mantenimiento del status quo; se trataba de quienes disfrutaban de los privilegios. Pero otra parte, abundante, adolorida, oprimida y paciente, presionó y esperó por los acontecimientos que derivarían de su actuación y siempre, independiente de en cuanto tiempo, se dieron y se produjeron los cambios.

Esta vez no será diferente. Más tarde o más temprano las cosas cambiarán. Nuevos modelos económicos y sociales refrescarán la vida de los hombres. Se trata más que de una conveniencia, de una necesidad colectiva, porque de no imponerse un nuevo orden, aún desconocido pero más justo, que permita mayor acceso a la riqueza y los recursos a todos y no a unos pocos; que ponga la vida y el bienestar del ser humano como prioridad fundamental, frente a los anti valores como la riqueza mal habida, el consumismo, la competencia imperfecta, la perversa utilización del sexo como mercancía o medio publicitario, el personalismo y cortoplacismo, simplemente el mundo se hará insufrible y sin incentivos para una vida feliz.

En ese proceso de cambios que se avecina, corresponde revisar conceptos, repensar y reinventar nuestra forma de interpretar la vida; inclusive desde el punto de vista filosófico, tendiente a determinar si la concebimos como un fin en si misma, o como un medio de algo más.

Se va a requerir mucha sinceridad y más desprendimiento personal en pro del beneficio colectivo. En esa nueva sociedad lo más importante deberá ser el ser humano en su conjunto, pero respetando la sagrada individualidad. El personalismo exacerbado dará paso a un tipo de colectivismo, donde el individuo al servir a los intereses del grupo, sirve a su propio interés, de tal manera que de la prosperidad del grupo derive su propia prosperidad, y en el cual pueda convivir holgadamente, el respeto por la individualidad de la persona humana con los intereses del grupo social.

Para quienes tenemos más de cincuenta años, todo empieza a hacerse demasiado nuevo y a veces difícil de digerir. Eso es natural, no tiene nada de extraordinario, ni debe atemorizarnos. Siempre fue así. De alguna manera, el devenir de los cambios en nuestro mundo es cíclico, pero en todos los procesos, unos trataron de detener el desarrollo de los acontecimientos, mientras otros lucharon y se aferraron a el como su única esperanza. Al final, dada la edad del mundo, los últimos vencieron a los primeros y los cambios se dieron.

Por eso tenemos que aquietarnos; tomarnos un tiempo para pensar, para meditar. Requerimos de manera individual, pero muy sincera y desprejuiciada, hacernos una composición de lugar; mirar hacia atrás sin hacer caso de los fantasmas del pasado, que sólo existen en nuestra mente, para felicitarnos por haber vivido una vida, que aún en su peor condición, ha sido buena.

Vivir el hoy sin mayores preocupaciones por lo que vendrá mañana, porque esa es la parte de la vida que, de alguna manera, podemos controlar y nos corresponde por entero. Ciertamente, nadie puede hacernos mejor o peor este eterno presente. Siempre será producto de nuestra concepción de la vida y de las cosas, de nuestras actuaciones, del color del cristal con que miremos los acontecimientos que nos afecten y la trascendencia que les otorguemos.

Para quienes crean en la existencia del futuro, se trata de algo absolutamente incierto y que, en casi su totalidad, escapa de nuestro control. Pero, si algo puede hacerse por el es ocuparse -que no preocuparse- de hacer las cosas bien… hoy. Nada más se puede aportar a favor de un tiempo que ni siquiera sabemos si llegará… para nosotros.

Pienso que un análisis serio y desprejuiciado sobre estas especulaciones, fundamentado en la concepción de que somos espíritus viviendo experiencias físicas y no lo contrario; que heredamos de Dios la razón e inmortalidad del alma, debería disminuir o evitar esa angustia colectiva que produce el creciente estrés, que aqueja al ser humano de hoy, convertido en fuente de enfermedades físicas y mentales.

Al menos en mi caso, no solicité que me trajeran a este mundo, ni tampoco establecí condiciones de tiempo y espacio para vivir mi vida. Simplemente, me siento con vocación para una vida confortable, donde el amor a Dios y mis semejantes guíen mis pasos, lo cual por cierto es el mayor reservorio para la felicidad que todos los días disfruto, en esta vida que me he impuesto, no de años, sino de períodos de veinticuatro horas y que me ha dado un extraordinario resultado.

Hemos recibido mucho y mucho debemos dar. También hemos luchado duro para hacernos una vida, conforme a nuestra diligencia, optimismo, confianza y óptica personal. El resultado ha sido conforme al esfuerzo e inteligencia que le hemos puesto, por eso no podemos quejarnos ni considerar que somos especiales. Somos hijos de Dios, imperfectos pero con ambición de perfectibilidad y hacia ella debemos encaminarnos.

Recibamos los acontecimientos sin grandes aprehensiones y como realmente son, producto de una época extraordinaria por su condición de transición de una era a otra. Quienes nacimos antes del año dos mil y aún nos mantenemos con vida, representamos una generación de personas especiales y sumamente privilegiadas, porque conocimos dos siglos y dos milenios, y esa especialísima situación vivencial, únicamente se da cada mil años.

Les invito a pensar, meditar, reflexionar sobre todos y cada uno de los acontecimientos globales y de cómo afecta nuestra individualidad. Pero con tranquilidad, con sinceridad, sin sobresaltos ni permitir malos presagios; con fe en Dios y en nosotros mismos; con esperanza en un mundo mejor, para nosotros y para las nuevas generaciones, al cual podemos contribuir todos los días, en la medida en que seamos capaces de interpretar los acontecimientos y en vez de angustiarnos, ser felices y dar gracias a Dios por haber vivido una época tan especial, cuando prácticamente hemos sido protagonistas en dos mundos bien diferentes.

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 El título de esta entrega corresponde a  una inquietud que me manifestaron, por encontrar  una vía que ayude a incorporar a otras personas al maravilloso mundo de vivir la vida en, con y por Dios. 

Pienso que nuestro Padre Celestial, que es todo amor, tiene sus propios caminos en todo, pero que es legítimo, bien intencionado y cristiano, tratar en lo posible de ayudar a encontrar el camino a esas personas que, habiendo recibido de  Dios el incomparable tesoro de vivir, escasamente sobreviven por su falta de fe, confianza, optimismo  y esperanza, cuales sólo da el amor inmenso y la seguridad en la bondad de Dios.

 Ciertamente, para que un niño camine, una planta se desarrolle o una idea se concrete, requiere de un tiempo en función de  factores,  unos fijos y otros variables, conforme a  la naturaleza del asunto.

 Respecto de esas personas que pareciera que no quieren nada con la vida, porque la  sobrellevan como una dura carga obligatoria, en su gran mayoría, y aunque les sea duro aceptarlo, responden  a una fijación mental de un enemigo implacable, creado por su propia mente y difícil de vencer: el temor a las secuelas del pasado,  lo conocido, lo desconocido y lo que… pudiera suceder.  

 Ese temor, la mayoría de las veces irracional, es producto precisamente de que no tienen una real conciencia de su procedencia, lo que  representan y su potencial personal, frente al universo donde les toca vivir.

 Así, al no disponer del conocimiento de su origen divino, también desconocen el poder que les es inherente como parte de Dios, que ha permitido a los humanos  a través de los siglos y milenios, sobrevivir colectivamente todas las catástrofes; desarrollarse culturalmente transformando el paisaje geográfico; realizar los mayores descubrimientos para vencer las enfermedades y los elementos nocivos de la naturaleza; e individualmente, crear prodigios en las artes y las ciencias, logrando con el desarrollo de sus potencialidades, la felicidad integral.

Por tanto, lo mejor que podemos hacer por esas personas, es acercarnos a ellas con respeto, consideración y amor; no como a enfermos a quienes vamos a curar, sino como a hermanos con quienes queremos compartir, demostrándoles con nuestra actuación feliz, entusiasta y desinteresada, que la logramos y disfrutamos porque hacemos un todo con Dios.

 Es con nuestra actuación diaria de amor, aceptación, respeto, colaboración, sensibilidad y solidaridad humana, la mejor manera de  señalar el camino. Es nuestro ejemplo, en ese cotidiano mundo de las cosas sencillas, honrando a las personas y engrandeciéndolas sin importar su edad, ideología,  género o clase social,  donde podemos demostrar nuestra felicidad, que al materializarse en actos objetivos beneficiosos para los demás, no dejará ninguna duda que estamos y nos sentimos como una parte de Dios.

 Pienso que la herramienta más efectiva para adentrarse en el conocimiento de los beneficios de compartir nuestra vida con Dios, lo es en ese mundo de quietud y paz que representa  la meditación, que se produce en nuestro ser  interno; donde sólo hay espacio para dos: Dios y nosotros.

 Si somos felices con Dios, tratar de que otros también lo disfruten, más que un acto gracioso es… un compromiso,  y así debemos asumirlo.

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490213_maga1.jpgSobre la meditación, sus modalidades y  técnicas para realizarla se ha escrito mucho durante mucho tiempo, habiendo sido utilizada por las religiones como factor de acercamiento a Dios.

Mi exposición es para personas que como yo, sin conocimientos especializado del tema, nos interesa estudiar la utilidad práctica de las cosas, circunscrito  a nuestra naturaleza físico-espiritual. Me aplicaré a testimoniar lo que creo de la meditación y su utilidad en nuestras vidas; no como algo etéreo, simbólico, sacramental, difícil o que requiera condiciones especiales, sino como un instrumento objetivamente beneficioso, también a nuestra vida física.

En mi criterio, más que poner la mente en blanco,  meditar es zambullirse dentro de uno mismo, para mirarse y mirar con el tercer ojo, dialogando con ese Dios que es principio y fin de nuestra existencia, solos como vinimos al mundo y… en silencio.

Cuando meditamos, nos abstraemos de  sonidos, colores e  imágenes, para volar sobre la alfombra de un mundo ideal de luz, quietud, serenidad, paz, y armonía, que nos pone más allá de la sinergia de nuestra vida diaria.

Meditando creamos el ambiente perfecto para, en otra dimensión, revisar las ideas, pensamientos, sentimientos, recuerdos, afectos, emociones conforme van surgiendo; así como creencias, ambiciones y nuestra conciencia, mientras volamos con el pensamiento, como la hoja que con suavidad en las manos del viento, se desprende y  cae lentamente y en silencio, sobre el suave tapete de otras hojas muertas.

Meditar es escapar por un lapso de tiempo de todo lo que se es y se hace, para encontrar maneras de cómo ser y hacer las cosas… mejor.

Es que la dinámica de nuestra cotidianidad, escasamente nos da tiempo para pensar en lo elemental, dejándonos detrás y en segundo lugar, por si queda tiempo, el estudio y análisis de lo trascendente.

 Como seres físico-espirituales, no podemos divorciar una naturaleza de la otra.

Meditar es encontrarnos con Dios y pasear con él tomados de la mano, porque al disociarnos dentro de lo posible de este mundo físico, liberamos el espíritu que regresa a su hogar, donde no requiere nada material,  aunque fuere por corto tiempo.

Cuando meditamos, nuestro cuerpo baja su actividad física al mínimo y el cerebro concentra todo su poder y nos brinda toda su fuerza.

En nuestra cotidianidad, ese proceso de revisión a velocidad cuántica que nos permite la meditación, al aquietarnos posibilita determinar la mejor manera de interpretar las situaciones y responder apropiadamente.

Ninguna utilidad tendría meditar si no tuviera efectos fácticos. Por eso debemos destacar que la meditación, al aquietarnos beneficia nuestra la salud física y mental; pero también, al aumentar la concentración, aporta eficiencia a la ejecución de nuestras actividades, especialmente en el hogar, el trabajo, el estudio y lo que pudiéramos hacer por nuestros semejantes.

La meditación imbuida de pensamientos positivos, nos fortalece frente a los temores y pensamientos negativos, convirtiéndose en el mejor ejercicio para fortalecer el espíritu y restablecer el equilibrio mental, tan necesario para lograr una vida plena y…feliz.

Próxima Entrega: LA IMPORTANCIA DE COMPARTIR.

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«El hombre es una nube de la que el sueño es viento. ¿Quién podrá al pensamiento separarlo del sueño?», escribía Luís Cernuda en «La realidad y el deseo».William Blake, en sus Proverbios del Infierno opinaba que: ‘‘Quien desea pero no actúa, engendra peste»

Sobre la base de mi concepción físico-espiritual del ser humano, a quien diferencio de los animales irracionales, precisamente porque está dotado de una razón que orienta su voluntad; los deseos sin la voluntad nunca llegarían a concretarse o materializarse, independientemente de que se trate de necesidades físicas o espirituales.

Más allá de cualquier especulación filosófica, teórica, religiosa o retórica de lo que representan los deseos y la voluntad para el hombre en su actividad diaria, podemos parangonarlo al funcionamiento del automóvil y su combustible: el uno requiere indispensablemente del otro para lograr ponerse adecuadamente en movimiento.

Tanto en lo físico como en lo espiritual-intelectual, los deseos no pasan de ser proposiciones que nos hacemos, porque sentimos que pudieran beneficiarnos, sernos convenientes o necesarios, cuando no representen la concreción de mecanismos de defensa frente a eventos que consideramos negativos para nuestra existencia, porque en tales casos la voluntad ya no funciona como elemento impulsor, sino por el contrario, como inhibidor del deseo.

Los deseos potencian y proponen la aplicación de nuestra voluntad para concretar, materializar o dejar de realizar alguno de nuestros actos, conforme a la jerarquía o trascendencia que personalmente demos a cada una de las cosas que hacemos.

Sin duda para jerarquizar nuestros deseos requerimos de razón e inteligencia. Por eso la jerarquía de nuestros deseos como adultos, es muy diferente a la de los niños, quienes no han alcanzado el uso de la razón. En ellos, como la razón es incipiente, igualmente lo es la voluntad para orientarse en la vía de la mejor conveniencia, por lo cual su voluntad es moderada y en algunos casos, suplida por la de sus padres.

Nuestra especulación vital es tal, que si no organizáramos y jerarquizáramos nuestros deseos y les diéramos rienda suelta sin el control de la voluntad razonable y razonada, que impone esa jerarquía conveniente, pereceríamos prontamente en un absoluto caos existencial.

Esa voluntad que regulará la conveniencia de materializar, concretar o abstenerse de un deseo, se comporta como un músculo que debe ser constantemente ejercitado, para que resista su peor enemigo: la tentación de violentar la jerarquía de los deseos, que debe responder a los principios y valores que rigen nuestra vida, en función de nuestro comportamiento positivo, personal y colectivo.

Con el análisis tranquilo, ponderado, práctico y objetivo de cada uno de nuestros deseos, es como podemos orientar la aplicación de la fuerza de nuestra voluntad hacia la búsqueda de su mejor logro. Para ello no estamos solos, siempre hemos contado y contaremos con la ayuda de Dios, permanentemente a nuestra disposición.

¿Por qué desperdiciar tan valiosa ayuda? No lo dejemos para después, invoquémosla ahora y hagámosla una realidad.

Próxima Entrega: SI VIVIERA… OTRA VEZ

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En sus reflexiones, Salomón trató de recordarnos que como existe un tiempo para cada cosa, no debemos precipitarnos porque todo viene y va, mientras nosotros seguimos en el mismo sitio, hasta que un día, como llega el tiempo de venir sobreviene el de irse, nuestra alma regresa a su hogar y volvemos a ser… polvo.

Dentro de la bipolaridad que rige nuestra vida: nacer-morir, amor-odio, tristeza-alegría, bondad-maldad, verdad-mentira, felicidad-desdicha, por citar algunas, esa sentencia nos indica que, como todo tiene su tiempo, si actuamos a destiempo el resultado será negativo. Venturosamente, somos nosotros mimos quienes decidimos la oportunidad.

Un tiempo para todo fue, es y seguirá siéndolo siempre. Es una realidad existencial aplicable a todo acto de nuestra vida. La convicción de que podemos utilizarlo a nuestra conveniencia, debería evitarnos preocupaciones, precipitaciones y acumulación de estrés por temor a no disponer del suficiente.

Cada día tiene veinticuatro horas que nos corresponde vivir y que no podemos estirar ni encoger; por lo tanto, corresponde adaptarlo a nuestras necesidades, sin permitir que nos torture o esclavice. O disfrutamos el tiempo o sufrimos por su causa. Tan simple como eso.

Cuando abro mis ojos en la mañana, o me estreso pensando todo lo que tengo que hacer en el día y el poco tiempo de que supuestamente dispongo, o advierto lo maravilloso que significa poder vivir un nuevo día, lleno de cosas satisfactorias como pasear, comer, beber, laborar, estudiar compartir con mi familia, amigos y… hacer el amor.

Es que no tengo otra posibilidad para ser feliz que verlo positivamente. No puedo agregar un segundo a mi vida, ni conocer mi porvenir. Lo único seguro y verdadero es este momento; debo disfrutarlo al máximo para lo cual el apropiado uso del tiempo es fundamental, porque como hay un tiempo para cada cosa, se trata de ordenarlo conforme a mis prioridades.

Dispongo del presente, mi presente que es mi tiempo; como yo lo imagine, diseñe y utilice, puedo aplicarlo en función de mi interés. En vez de estresarme por su extensión o limitación, simplemente lo convierto en un instrumento de mi felicidad y lo disfruto.

Yo creo en Salomón: Hay un tiempo para cada cosa, y un momento para hacerla bajo el cielo. Por eso lo tomo como otra bendición de Dios: abrazo a mis seres queridos, les manifiesto mi amor; vivo mi vida y la parte de ellos que me permiten compartir y… doy gracias.

Amo mi tiempo porque me permite sentirme vivo, activo, motivado, ilusionado por disfrutar lo que conozco y emocionado por lo que conoceré dentro de un segundo. Es mi vida que se renueva en cada instante, que disfruto y vivo intensamente, porque es mi parte en este viaje terrenal y no me puedo dar el lujo de desperdiciarla.

No puedo permitir que una bendición, como es el tiempo, se convierta en algo desagradable.

Les invito a meditar sobre la inutilidad de apresurarse, desesperarse o estresarse por ganarle a un tiempo, que no conoce el significado de… la velocidad.

Próxima Entrega: DESEOS Y VOLUNTAD

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Mucho se habla sobre el «ocio» en sentido negativo y peyorativamente; especialmente lo consideran patrimonio de los «flojos», pero pocas veces alguien comenta la importancia del ocio como derecho humano fundamental, que potencializa la personalidad del individuo.

El ocio bien entendido, en el espacio y tiempo apropiados, facilita el encuentro necesario y permanente consigo mismo y aporta calidad de vida y bienestar.

El derecho al ocio constructivo, es algo de lo cual todos sin excepción deberían disponer, porque beneficia especialmente la relación interpersonal al renovar sentimientos de positividad, optimismo, buen humor, compartir y entusiasmo por la vida.

Dentro de los grandes beneficiados, de los efectos positivos físicos, psicológicos e intelectuales del ocio bien entendido y utilizado, se cuentan: el mismo individuo al disponer de tiempo para descansar, aquietarse, meditar y recrearse. En segundo término el entorno familiar y amistoso, por cuanto refresca y renueva la personalidad; siendo que también es decisivo en los ámbitos del trabajo y los estudios, ya que, al renovar sus energías, aumenta sus potencialidades productivas.

¿No fue acaso el disponer del ocio constructivo, lo que aportó la paz, tranquilidad, espacio para la meditación y la reflexión indispensables para la inspiración y producción de los trascendentales tratados filosóficos que conoce el mundo?

¿Podría alguien argumentar que fue rompiendo piedra en una cantera griega, o con las manos sobre los remos en una galera, donde se inspiraron y escribieron esas obras fundamentales del pensamiento civilizado?

¿No fue acaso cómodamente sentados en sus casas, plazas o sitios bucólicos, donde surgieron y se materializaron tales obras magníficas?

Claro que sí. Fue mediante la disposición del el ocio necesario y constructivo, que permite la observación, reflexión y meditación que alimenta de información el intelecto, hasta que se produce el momento sublime de la inspiración.

¿Qué sería de la salud mental, física y psicológica de los educandos, estudiantes y trabajadores en general, pero especialmente sus niveles de productividad, si el ordenamiento jurídico no hiciera obligatorio el descanso y las vacaciones?

El quid del asunto no está en el fenómeno «ocio» como circunstancia vital civilizada, sino en qué hacemos con el tiempo ocioso. Somos nosotros quienes decidimos darle sentido positivo o negativo y de tal manera servirnos de el en nuestra vida cotidiana.

Así que, recuérdelo y atesórelo: Considere el ocio como signo de bienestar individual y colectivo y no como algo indeseable o negativo.

Estime que para sus hijos, su pareja, los estudiantes, los trabajadores y los discapacitados, en función de su mejor aporte a la sociedad, el ocio se convierte más en un derecho subjetivo y conveniente, que en una concesión graciosa o situación voluntaria negativa o pervertida, que revierta contra la sociedad.

Por cierto… tómese su tiempo para observar, pensar, meditar y encontrarse consigo mismo, de pronto le asalta la inspiración de acordarse de que Dios está sentado con usted, como parte integral de su personalidad y seguramente que esa sensación le ayudará a ser… aún más feliz.

Próxima Entrega: LA VIGA EN EL OJO AJENO

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