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Archive for 2/01/08

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En estos siete años del Siglo XXI, dos factores de manipulación con los peores efectos se agigantan con su carga nociva sobre el mundo. Para quienes dirigen la política mundial y alguno que otro Gobernante aislado de Países en desarrollo, el odio y el terror se han convertido en sus mejores aliados.

El odio, nacido del resentimiento, frustración, incomprensión, desigualdad,  envidia, injusta redistribución de la riqueza y la pobreza mental,  funcionan como combustibles que solo requieren una mínima chispa para  incendiarlo todo, con la característica típica del incendio: fácil de iniciar, pero muy difícil de apagar.

Del odio renacen ancestrales instintos y  se liberan bajas pasiones. El hombre vuelve a ser originario,  convirtiéndose en una…bestia. Cazador solitario sobre las nuevas praderas… de concreto, con sus atávicos mecanismos de defensa y perdido el sentido de civilización… de comunidad. La sensibilidad se transforma en deseo de dañar el grupo social, dando paso a los intereses individuales. La revancha y disfrute del dolor ajeno, sustituyen el amor, la caridad, y la humildad, agigantando  las miserias humanas.

Para fortalecer el odio, los hacedores de  opresión hurgan en el alma hasta encontrar flancos débiles:  frustraciones, temores y  limitaciones, hasta desatar la cadena de odio. Se odia al inmigrante, al extranjero, al negro porque no es blanco y al blanco por que no es negro, a los latinos y los asiáticos, porque no son ni lo uno ni lo otro. Pero también se odia a los enemigos políticos, a los de diferente religión, a los de disímil preferencia sexual,  a los ricos y… pare de contar.

Por su parte, el terror es… paralizante. Afecta la razón y perturba el espíritu, produciendo pánico que desmejora el discernimiento al crear  imágenes,  situaciones y supuestos eventos con sensación de inminencia, aunque su materialización pudiera ser remota. El terror desestabiliza integralmente la personalidad, disminuyendo la fuerza espiritual que lo separa de su herencia animal y libera su… brutalidad.

El odio y el terror hacen un coctel maldito conscientemente producido y administrado con eficiencia, para progresivamente inocularlo a quienes interesa controlar, sin importar el daño mental y sus secuelas individuales y colectivas. Quienes así mantienen el poder son fieles a la desventurada consigna: el fin justifica los medios. No importa si se violentan la libertad o los derechos humanos, porque el objetivo es mantener el poder sin importar el costo social.

Esta tendencia de gobernar, es la negación del espíritu del contrato social establecido en las Constituciones democráticas. Los regímenes que se hacen fuertes sembrando odio y exacerbando el terror con la intención de manipular la opinión y por tanto la voluntad ciudadana, no pueden llamarse más que enemigos y defraudadores de los pueblos.

Qué fácil e irresponsable es aterrorizar y llenar de odio  a las comunidades, pero que difícil reponer la paz y la tranquilidad definitivas, sin secuelas que hagan tanto o más daño que aquel temido, cual pudiera ser que nunca llegara a actualizarse. Pero es que además lo utilizan como herramienta para justificar grotescas restricciones a  las libertades ciudadanas, defraudar la justicia e imponer su voluntad sobre naciones enteras inermes, paralizadas por el terror y llenas de  odio, que les evita determinar quienes son sus reales enemigos.

Los equipos de publicidad y propaganda que utilizan son los mismos que convencen ingerir sustancias que nutren vicios mortales, producen miles de accidentes anuales o aumentan las causas de graves enfermedades. Ellos logran con desfiles, condecoraciones,  propaganda subliminal y promesas que nunca han tenido la intención de cumplir, que las masas intuyan como cuento de hadas lo que pudiera ser una novela de terror. Pero si eso les fallara, entonces apelan a las tradicionales consignas patrioteras, que no patrióticas, con los cuales manipulan el sentimiento de nacionalidad,  patria, familia y la supuesta igualdad para todos.

La última etapa de la manipulación del control mediante odio y terror magnificado, es la promesa de protección eficiente, para lo cual debes fortalecer su organización política con tu trabajo, contribución económica y tu voto. Debes aportar tus hijos para enfrentar esos fantasmas que ellos te han creado, que normalmente sólo existen en sus mentes enfermizas, alienantes y corruptas.

¿Qué hacer frente a esta desgracia?

Fortalecerse espiritualmente. Aferrarse a esos valores tradicionales y principios innegociables que permitieron a nuestros ancestros construir países y comunidades buenas para la vida, acrecentando el amor, la comprensión, la solidaridad,  la caridad, la aceptación de pluralidad de pensamiento,  como parte de la diversidad humana.

Aumentar la fe, la confianza, el optimismo,  el valor y la integridad, para no dejarse manipular. Acercarnos a Dios y buscar su protección, haciendo difícil su logro  a los facinerosos que pretenden acabar nuestra tranquilidad, en función de sus intereses y defender nuestras libertades a como de lugar, porque mientras se luche con convicciones firmes habrá esperanza de que regresaremos a la paz, al amor, a la convivencia mutua respetuosa, cual será el mayor legado que podremos dejar a nuestros hijos.

Próxima Entrega: ¿DE QUIEN ES MI CUERPO?

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Normalmente todo ser vivo teme la muerte, pero si le preguntan porqué responderá: porque no se como es.  Realmente no es por desconocer su naturaleza que teme. En verdad, nadie es muy sincero porque el temor surge por la creencia de que es dolorosa, lo cual es una zona errónea  que lo único que  produce es temor y en algunas personas…pánico.

Considero la muerte como el sueño. Mientras dormimos, nos desconectamos de la realidad del mundo exterior y nos  sumergimos en nuestro mundo interno y… eso es todo; la mente no quiere ni necesita descansar,  sino que continúa trabajando en otra dimensión, pero sigue activa. Desconecta al cuerpo físico y sigue  su interminable camino. No tememos al sueño, porque sabemos que  no duele, no  más allá de la incomodidad de un mal sueño. Por el contrario, el cuerpo descansa  y nos pone a distancia de los problemas que afectan nuestra vida diaria.

 Es paradójico cuando analizamos que el morir es como no haber nacido, y a nadie se le ocurre decir que el no nacer o el mundo de donde venimos antes de nacer era doloroso. Surge entonces la interrogante: ¿Será justo que pasemos toda nuestra corta vida temiendo que algún día vamos a morir, cuando es algo inevitable e impredecible? Definitivamente, no. No es justo, lógico, razonable ni apropiado, porque afecta gravemente nuestra probabilidad de experimentar una vida plena, sin temores injustificados, con vocación definitiva de ser felices.

Temer a la muerte es tan infantil como temer a los fantasmas, quienes solo  tienen vida en los cuentos y las películas de  horror, que tanto daño hacen a la humanidad, sembrando mensajes negativos en las mentes de los niños, que pudieran marcarlos toda su vida.

La muerte es un evento futuro e incierto que llegará, para nuestra tranquilidad no sabremos como ni cuando. Lo que  sí intuimos es que el cuerpo se desconecta del espíritu y éste último pasa a otra dimensión, que para nosotros es también desconocida;  pero como sin el cuerpo no hay posibilidad de experimentar sensaciones, la deducción lógica es que no podemos experimentar dolor si desconectamos lo único que lo percibe: el cuerpo.

La vida es demasiado corta, tiene tantas cosas bellas que admirar, situaciones y sensaciones tan edificantes que experimentar, que es un desperdicio dedicar nuestro valioso espacio, a pensar en algo tan etéreo. Y digo etéreo con toda propiedad, porque  la  muerte como el temor sólo tiene vida en nuestra mente. Fuera de ella no son nada. De hecho tememos a eventualidades que pudieran o no darse, porque cuando algo nos sucede no tenemos tiempo de temerle: simplemente sucede  y ya. Con la muerte es idéntico, tememos a que alguna vez vamos a morir pero no sabemos como ni cuando. Son especulaciones típicas del único ser vivo dotado de razón que habita sobre esta madre tierra, quien disponiendo  de una hermosa vida, con cinco sentidos conocidos que le permiten disfrutarla, en vez de  hacerlo diseña un nuevo sentido en su contra: el temor, porque, al menos  que yo sepa,  no lo percibimos por el olfato, la vista, el oído, el gusto o el tacto.

Tenemos tal tendencia a inventar situaciones negativas, que el  temor cerval a la muerte lo rodeamos de ritos y solemnidades a cual más risibles, a no ser que se trate de aumentar el temor a sufrirla. Cuando alguien muere, se inventan formas de hacer más duradero ese sentimiento de vacío. A tal fin crean ceremonias de recordación, para comer  y tomar a costa del poco caudal que dejó el fallecido, donde lo único que logran es aumentar la imagen de poco listo del muerto al narrar anécdotas tristes de su vida, cuales de haber estado vivo el interfecto, lo menos que se habrían ganado por la infidencia habría sido un sopapo.

No contentos con tal campeonato de espectáculo y comilona, crean monumentos, rezos y lamentos al momento de depositar en la tierra, lo corruptible y pasajero del fallecido como es su cuerpo, que en horas se convierte en algo insoportable; endilgando entre lágrimas bondades al muerto que nunca tuvo, y haciendo la felicidad de los dueños de las casas fúnebres que se quedan con lo poco que dejó a los deudos; desatendiendo la admonición de Jesús, cuando enseñaba: “Deja que los muertos entierren a sus muertos… Mi padre es un Dios de vida, no de muerte.”

Se ignora que somos seres espirituales que nunca morimos, que nuestro cuerpo no es más que la ropa que usamos durante el corto periplo por este mundo; que lo importante, lo trascendente es nuestro espíritu, el cual regresa a donde estaba antes de nacer, y que, pudiera ser que pase a una dimensión de crecimiento superior. Por lo tanto,  temer a la muerte es quizás la condición más gráfica de que realmente, somos  bien… imperfectos.

Próxima Entrega: LA SIEMBRA DE ODIO Y  TERROR

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