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«EL EMBARAZO ES MARAVILLOSO PARA LA VIDA SEXUAL…»

No obstante que a mis sesenta y siete años de edad mis arrestos masculinos siguen incólumes, ese símbolo que emulsiona inocencia y sexo, con tanta fuerza y significación que encarna Angelina Jolie, despierta en mí otros sentimientos bien diferentes. Quizás tenga que ver con mi condición de padre de tres también muy bellas e inteligentes mujeres, y permanente enamorado de la -para mí- más linda y genial de todas las que conozco: mi esposa Nancy.

Aunque no la conozco personalmente, admito que esta mujer extraordinaria no solamente es sexy, elegante, liberal, genial y desprejuiciada, sino que también es noble, caritativa y generosa. De alguna manera pienso que tiene mucho de inocencia, en la acepción de «carencia de maldad.»

Creo que su alma es sana y su espíritu fuerte. Desde 1982, con su debut en el cine, hasta hoy su vida ha sido muy activa, más allá de los honores, justificados premios mundiales recibidos, pero, también sus varios fracasos matrimoniales, nunca ha perdido la fe en su capacidad para producir felicidad propia y para los demás.

Por sus actuaciones notamos que ella considera que se debe al mundo. Especialmente ha trabajado por los refugiados. Escribió un libro donde refirió su participación activa en actos humanitarios de diferente género (Notes from my travels), que no dejó duda de lo importante de su vocación y acción a favor de los más desposeídos.

El acto de reconocimiento y efectividad de su designación como Embajadora de Buena Voluntad del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), sólo ha venido a soportar su compromiso voluntario de ayudar a los más débiles. Porque ya antes, adoptando niños y dedicando millones de dólares de su propio peculio a estas causas, había demostrado su compromiso autoimpuesto.

Hoy, verificado su embarazo de sus gemelas con Brad Pitt, Angelina regala a las mujeres, algo ejemplar de su sinceridad y genialidad, que analizado y visto con interés, pudiera ayudar a muchas mujeres que, imbuidas de una vanidad sin sentido, ven la gravidez como negativa para sus relaciones sexuales.

Angelina declaró en una entrevista para la revista Entertainment Weekly, que el embarazo «es maravilloso para la vida sexual. Te hace más creativo. Así que te diviertes, y como mujer estás redonda y a tope». Felicitaciones. Personalmente, como padre de cinco hijos, puedo certificarlo. En el embarazo se produce un caudal de Feromonas, endorfinas y quien sabe cuantas secreciones endocrinas más que invaden su cuerpo, haciéndola especialmente tierna, bella, sexy, más… mujer, y deben satisfacerse.

Así que, señoras cojan dato. Sáquense de la cabeza esos prejuicios de que la gravidez es inconveniente para las relaciones sexuales. No lo dije yo, que soy un fan de las mujeres embarazadas, sino que lo dijo Angelina que es experta en eso de disfrutar la intimidad; lo que hace falta es deseo y creatividad, lo demás es… divertirse. Esas fueron sus acertadas palabras.

Hoy, en el día de los padres, quiero recordar con reconocimiento, amor y honor a un padre: Tim Russert.  Con su muerte apenas a los cincuenta y ocho años de edad, no solamente nos dejó un periodista, abogado, escritor, presentador, animador y analista político, sino que  se fue un… papá, y eso para su familia, es irreparable. Que descanse en paz y… buen viaje.

 Venturosamente, para quienes estamos convencidos de que la muerte es el regreso al hogar originario, debemos celebrar que ese papá responsable, bonachón y amoroso se despidió de su paso por esta tierra, como había vivido: feliz, haciendo lo que le gustaba, de  regreso de sus merecidas vacaciones y habiendo cubierto otra importante etapa de su vida: graduar a su hijo.

 ¿Por qué murió tan joven? Nadie lo sabe, pero tampoco debe importarnos o  importunarnos.  No obstante que Dios nos trae a este mundo sin establecer condiciones ni señalarnos nuestra misión, al cumplirla simplemente nos vamos.

 También es cierto que, de alguna manera, nosotros le damos matices a la temporal existencia terrenal. Tim Russert, como todo ser humano racional, tuvo un abanico de opciones que, en su caso, por su genialidad e inteligencia, debió ser muy extenso.

 Ese chico de Buffalo,  NY, pudo dedicarse exclusivamente a ejercer el derecho, hacer política, el comercio, la industria,  engrosar la burocracia oficial o enseñar en una Universidad; pero escogió un camino duro, problemático, riesgoso y hasta… peligroso, como es el de decir siempre la verdad. En ese trabajo,  sólo la seguridad en sí mismo,  el valor, el dominio de la verdad y el conocimiento de las reacciones de los seres humanos, pueden permitir llegar incólume al puesto que, con toda justicia, tuvo hasta el último momento de su vida: una voz oída, respetada y querida universalmente, considerado una de las cien personas más influyentes del mundo. 

Tim Russert fue como un roble, siempre de pie. Era  un guerrero y así murió: con las botas puestas, haciendo lo que amaba, trabajando en lo que creía: informar y comentar sobre la verdad, sin temor a quien afectara o  las consecuencias, para fortalecer el mayor bien de la humanidad, y especialmente de los Estados Unidos de Norteamérica: la libertad y la democracia.

 Sin temor a equivocarme, puedo decir que murió un soldado de la verdad, del derecho a ser informados verazmente y a… disentir. Venturosamente, alguien recogerá ese estandarte, que son nuestras propias banderas. Siempre ha sido así. Es la historia del mundo que gira y gira sobre su propio eje y no se detiene… nunca.

 Desde aquí, desde mi humilde atalaya, como ciudadano del mundo, como abogado, escritor,  padre, y de alguna manera, también comunicador social, no quiero decir a Tim Russert adiós, porque se que el recuerdo de su bonomía, de su amor a la verdad, a su familia, a los Estados Unidos y al mundo, permanecerá en el recuerdo de millones de personas que creían en él, porque en su voz y análisis encontraban el grito callado de su propia insatisfacción.

 Paz a sus restos.

Tengo un querido amigo quien es CEO de una naciente corporación -con destino incierto como todo proyecto ambicioso y audaz- pero de un gran potencial prospectivo en el bussines world de hoy.

Hablando con su esposa -quien es su mejor aliada, admiradora y amiga- sobre lo interesante de saberse haciendo lo que nos realiza,  jugándole un todo o nada a una vida que como característica principal tiene, precisamente, nuestra gran fragilidad personal, tanto por la dependencia de los elementos naturales que escapan a nuestro control,  como por la imposibilidad de conocer por adelantado, qué sería lo más conveniente de cada cosa que proponemos. 

Poco podemos hacer por el porvenir. Especialmente, en  cualquier proyecto económico se depende de factores que escapan a nuestro control, como el tiempo, el financiamiento, los recursos humanos, la economía de mercado, la política; y por si fuera poco, también de aspectos humanos como salud, disposición, empuje, fe, confianza, perseverancia y  temperamento de quienes dirigen el proyecto. 

Sin embargo, los elementos necesarios coadyuvantes al logro del éxito, con diligencia, constancia y trabajo pueden localizarse y aplicarse; pero no la previsión del resultado, inmerso en ese limbo que, más allá de fórmulas matemáticas, se traduce en especulaciones y se conoce como la ley de probabilidades. 

Frente a esa incertidumbre, el emprendedor tiene una opción que bien interpretada y aplicada, puede reducir al mínimo su estrés frente a los posibles resultados: en vez de preocuparse, ocuparse de hacer las cosas bien… hoy. Como nada ulterior puede predecir, nada puede hacer por un mañana incierto e imprevisible.  Entre otras circunstancias, porque ni siquiera sabe si llegará para él. 

Pero si se hacen las cosas con amor, dedicación, en beneficio colectivo, se obtendrá el pago por adelantado: la satisfacción del deber cumplido; máxime cuando es voluntario y no impuesto por una obligación determinada externa. 

En  el juego de la vida sólo quien arriesga siempre tienen la posibilidad de ganar. La vida difícilmente regala algo más allá de su propia existencia. Hay demasiadas personas detrás de… todo. Por eso se tiene que hacer algo más que desear; se debe luchar, convencido de que se logrará el objetivo. 

En un mundo repleto de gente inconforme, preocupada, hastiada, estresada  y aburrida, crear proyectos, establecerse y procurarse metas enriquece, le da sentido y utilidad a la vida;  y eso es vivir intensamente y no sobrevivir.

 Todos los días son buenos para comenzar un proyecto. No importa su naturaleza, característica, volumen o supuesta dificultad. Somos la hechura máxima de Dios; disponemos de una parte de su poder y a través de los tiempos Él ha demostrado que  siempre ayuda a los que se ayudan. 

¿No tiene un Proyecto? No se preocupe, no es un problema, es un asunto por resolver y usted puede solucionarlo.  Adelante… piense en uno, no importa de qué se trate, ni el tamaño. Recuerde, Dios está ahí; Él no se muda, cree en usted y es muy buen Socio.  ¿Por qué no aprovecharlo? Siempre está… disponible.

Sin ánimo de entrar en especulaciones filosóficas de alto vuelo, sino centrando el tema en el mundo de lo cotidiano,  en el que los humanos podemos encontrar o perder la oportunidad de vivir una vida feliz, toma especial relevancia la pregunta del título de esta entrega.

Respecto de ese tema que ha ocupado al hombre desde que tuvo conciencia de su racionalidad, como es la posibilidad de ser feliz, por mi  experiencia, considero que lo importante es sentirse feliz, como presupuesto indispensable para lograr la felicidad.

En la mayoría de las circunstancias que envuelven nuestra vida, es la actitud frente a  ellas lo determinante en cuanto a su su nivel de afectación. Quiero decir que, no son las situaciones en si mismas, por su propia naturaleza,  las que nos harán sentirnos felices o infelices, sino cómo personalmente las percibimos, recibimos, asumimos y procesamos.

De nada sirve que se disponga de compañía, fama, bienes, poder, o riqueza de cualquier género, si no se dispone de la capacidad o la decisión para asumir tales dones como especialmente beneficiosos, al punto de sentir que  nos hacen felices. Por ejemplo, no sirve de nada tener una pareja, hijos, hogar o trabajo, si no sentimos que nos hacen felices; porque cada uno de estos elementos, por si solos o en conjunto, no tienen la capacidad de producirnos felicidad. Siempre dependerá de que nos sintamos felices.

Una esposa podrá dar amor, compañía, ternura, sexo, solidaridad e hijos,  pero nada de eso obligatoriamente tiene que hacer la felicidad de un hombre. De hecho, diariamente miles de personas renuncian a esas bendiciones en busca de una felicidad que consideran no estàn viviendo, lo cual prueba mi aseveración.

Riqueza, una bella y cómoda casa, confortables muebles, un lujoso auto y remunerativo empleo, no aseguran la felicidad, porque si eso fuera así las personas muy ricas serían más felices que las que no lo son;  basta con asistir a los balnearios, parques o sitios de diversión los fines de semana, para observar las recepcionistas, secretarias o empleados de la limpieza de las grandes corporaciones, disfrutando con su familia despreocupados y felices, mientras los potentados  y propietarios no pueden darse el lujo de regalarse esas horas con sus hijos y esposa, por la permanente preocupación y compromisos, necesarios para mantener  y aumentar su riqueza.

Es que la felicidad, como el amor, la solidaridad, la libertad y los demás valores trascendentes, son intangibles; no son susceptibles de ser adquiridos y almacenados para prever los malos tiempos; no pueden venderse ni comprarse, sino que sólo pueden sentirse, pero únicamente mientras se mantenga esa especial actitud de apreciación personal e individual; por eso es que no son permanentes y deben vivirse… intensamente.

No basta con decir: soy muy feliz, hace falta sentirlo, porque si se siente, se vive, se disfruta. De alguna manera es desarrollar la aptitud de tener la actitud de ser felices.

En verdad la riqueza es deseable, y bien utilizada es muy beneficiosa, pero lsólo puede darnos comodidad, porque hasta ahí llega su valor real. Siendo que lo importante es cómo nos sentimos, cuando disponemos de riqueza lo máximo que podemos experimentar es la sensación de  poseerla, lo cual es bien diferente a sentirnos felices. Salomón, de quien se dice que disfrutó de las mayores riquezas y privilegios de su tiempo, al final de su desgraciada vida, convencido de estas verdades, con gran tristeza plasmó esta realidad, escribiendo: «Es mejor la comida de legumbres con amor que el becerro cebado con odio.»

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         Señor, dame lucidez para tomar acertadas decisiones… es todo lo que pido.»

En lo más recóndito de nuestra interioridad, especialmente en esa parte del cerebro donde nuestra memoria acumula los recuerdos, hacen su hogar nuestros fantasmas, hibernando por largos períodos en un tiempo desconocido, pero como los anfibios, requieren salir a la superficie para tomar… aliento.

 La diferencia entre recuerdo y fantasma la determina su trascendencia, ya que, no obstante que se mantienen archivadas en ese infinitesimal banco de datos de nuestras neuronas cerebrales, los efímeros e intrascendentes escapan a esa categoría. Sólo se convierten en fantasmas aquellos que, para bien o para mal, hacen  vibrar ese instrumento escondido en el centro del alma, con notas celestiales o sonidos horrendos hasta sacudir nuestro espíritu, dejando huellas físicamente imperceptibles, pero permanentes en nuestro  recuerdo.

 Los  fantasmas son «buenos» y fantasmas «malos» conforme a la naturaleza de los recuerdos. Los de Cinderella o  El príncipe Valiente, en algunas personas desde niñas hasta su último día, crean fantasmas «buenos» que, por muy dolorosa o desastrosa que  llegare a ser su vida, constituyen escapes que les evitan derrumbarse.

 Por el contrario, los crueles recuerdos de  un padre desalmado, madre inconsecuente, maestro injusto, amigo infiel, o el primer amor desastroso, crean fantasmas «malos» que en su espaciado salir a tomar aire, afectan la vida de las personas, promoviendo desconfianzas automáticas, rechazos injustificados desmejorando la capacidad de aceptación a la diversidad de las personas de su entorno íntimo.

 He vivido siempre con mis fantasmas. Siento que están ahí, sembrados en el fondo de mis recuerdos, prestos a aprovechar la más mínima oportunidad para recordarme que no han muerto, que nunca me abandonarán. Creo que son los únicos que vivirán y morirán… conmigo. Yo los traje a este mundo, les di vida; por razones que desconozco, puede ser que los haya mantenido con tanta fuerza, que ya no pueda disponer de ellos.

 En mi dinámica existencia, sembrados como injerto de los siglos XX y XXI, los fantasmas, en  sueño muy frágil, hibernan en lo más profundo de mi alma. Conozco de lo que son capaces, por eso  desde hace bastante tiempo aprendí a controlarlos.

 En mi juventud, mis fantasmas «malos» llegaron a  perturbarme de tal manera, que en ocasiones -venturosamente las menos- tomé decisiones, más motivado por su aguijón que por las circunstancias reales del momento. El resultado nefasto me enseñó como tratarlos. Así, de los «malos» aprendí  el valor de los «buenos», y supe que fortalecidos e inteligentemente manejados, los segundos  se convierten en mis mejores aliados frente a los primeros.

 Hoy, cuando en las noches las estrellas con sus guiños de luz y  distancia me recuerdan lo bello pero insignificante de mi vida, abrazo mis fantasmas «buenos» y juntos, sonriendo con cierta picardía, aceptamos que «los malos»  existen, que cumplen su función y tratamos de no perturbarlos en su largo sueño. Creo que los dos sabemos que los únicos que existen, sólo nosotros decidimos su naturaleza.

¿Qué origina el temor que tanto daño hace a los seres humanos? 

Pienso que se trata de una reacción frente a  la impotencia del vasto desconocimiento de las circunstancias que pudieren afectar negativamente nuestra vida; especialmente aquellas que tienen que ver con el porvenir.

 Los dos, temor y futuro, son una especie de jugarreta  de nuestra mente al presentarnos proposiciones que retan nuestro potencial de raciocinio, para determinar si algo es positivo o negativo, conveniente o inconveniente, actual o remoto.

 Porque… ¿Qué es el temor sino una sensación de desamparo frente a supuestos males que pudieran acontecernos, pero que desconocemos cómo, cuándo y dónde podrían actualizarse?

 Y el futuro…¿No es acaso una ficción de nuestra mente sobre un tiempo que podría  sobrevenir, pero que realmente nadie podría asegurarnos con certeza si lo veremos o viviremos?

 Nadie puede certificar que nos acontecerán los males que tememos, o que llegará para nosotros el tiempo futuro. Simplemente, se trata de operaciones mentales, de proposiciones racionales de lo que pudiera o no materializarse, pero que ocupan nuestra mente, a veces obsesivamente, afectando nuestra vida cotidiana, desmejorando nuestra capacidad de disfrutar de las muchas y variadas bendiciones de que disponemos.

 La combinación temor-futuro se convierte en un cóctel nocivo, que produce el sentimiento patológico conocido como miedo, cuando el afectado se angustia, no  por el mal de ese preciso momento, sino por la posibilidad de su acaecimiento posterior -que es incierto e indeterminable-  ya fuere inmediato, mediato o lejano.

 Ese temor a lo que podría sucedernos si tales o cuales condiciones se dieran, ocupa un buen espacio de nuestro intelecto y capacidad creativa, que bien podríamos utilizar para procurarnos mayor felicidad, disfrutando de todas las cosas bellas que encierra nuestro  maravilloso  hoy.

 En  múltiples ocasiones y con respecto a temores que me ocuparon, sucedió que  «El miedo al suceso fue mayor que el suceso mismo.» Esto me enseñó que no debo anticiparme a los acontecimientos, especialmente cuando afectan mi felicidad, porque corresponden al mundo de lo posible; esto es que pudiera ser que nunca lleguen a actualizarse.

 No permito que me afecte negativamente nada que corresponda a la  concepción de «Lo que podría ser o suceder mañana o después de mañana», porque aprendí la única fórmula efectiva para prevenirlo, si es que alguna vez llegare a producirse: hacer las cosas bien… hoy. Nada más que eso puedo hacer y trato de realizarlo con diligencia y eficiencia.

 Para fortalecerme  frente a temores e incertidumbre del futuro, que como humano muchas veces me acechan, echo mano de un recurso que nunca me falla. Acepto que soy uno con Dios, que poseo parte de su luz, su poder y su fuerza. Entonces me repito hasta convencerme: ¿No hizo Dios los cielos, la tierra y es todo poderoso? Entonces, «Si Dios está  conmigo… ¿A quien temeré?

 Esa poderosa admonición me ayuda a disfrutar mi hoy, sin temores ni preocupaciones por un futuro, que ni siquiera sé si llegará para mí.  

El Senador Obama -un hombre de la raza negra- se constituyó en el primer candidato de color en ganar una nominación a la presidencia de los Estados Unidos, con la señora Clinton -una mujer- pisándole los talones.

 Sin considerar ninguna valoración personal, estos acontecimientos son parte del inicio de una nueva era en el mundo y no tienen por qué sorprendernos

 La oferta que produjo el apoyo de esos sectores de la población, quienes por primera vez concurrieron a este tipo de contienda, fue precisamente  «change»  (el cambio); no de un partido por otro, sino de una forma de interpretar la vida y las cosas, dentro de un contexto globalizado; donde asuntos urgentes más allá de un liderazgo mundial mal entendido, belicista, anticuado y con una diplomacia deficiente, exigen de la primera potencia del mundo, dentro y fuera de sus fronteras, actuaciones acordes con estos nuevos tiempos.

Un sistema de salud universal que incluya sectores hoy desprotegidos; un viraje a la política económica actual, que produjo una grave crisis hipotecaria y desempleo desconocido desde la década de los  treinta; y la promesa de atención a los problemas ambientales mundiales, representa nuevos paradigmas y reales proposiciones de cambio.

Estos eventos materializan un eslabón de esa cadena de acontecimientos, que presagian nuevos tiempos, no solamente en USA sino que también se hacen sentir en América Latina,  Europa y Asia.

Obama y Hillary Clinton  no son un accidente aislado en la política de la potencia más importante del mundo actual; son la avanzada de un nuevo tiempo, que se desplaza a gran velocidad; donde, como siempre, las ideas producen cambios en paradigmas fundamentales a seguir,  en un futuro que ya está aquí… ahora.

Que dirigentes políticos trasnochados, nostálgicos  y retrógrada eviten reconocerlo como parte de una  nueva era,  que avanza para enfrentar un sistema de privilegios groseros, injusta distribución de la riqueza y exclusión de grandes sectores populares a las oportunidades, es una realidad que tampoco debería extrañarnos: ha sido y será una constante en la historia del mundo.

Con este nuevo tiempo, inexorablemente, tendremos  que lidiar todos. Es algo que nos atañe sin excepción y de su comprensión podría depender gran parte de nuestra felicidad personal.

 Quienes entendemos la sinergia mundial y recibimos los acontecimientos como una oportunidad para  mayor armonía, paz social y felicidad colectiva, no tenemos ningún problema.

 Aquellos que temen una mayor justicia redistributiva mundial y local, desde siempre han enfrentado los cambios que pudieran poner en riesgo sus privilegios; pero el desarrollo les pasa por encima e imponen sus nuevas reglas.

Estos acontecimientos no me sorprenden ni atemorizan, me reconfortan. Me siento privilegiado de haber vivido para presenciar el  inicio de estos cambios hacia un mundo más justo; donde la mayor preocupación sea mejorar el  nivel de vida de muchos y no lo que de éstos se pueda extraer, para beneficiar a muy pocos.

Bienvenidos los cambios, bienvenidos los nuevos tiempos. Amor por  nuestros semejantes, especialmente los más necesitados, confianza, fe y optimismo en el porvenir, fortalecerán nuestra… esperanza.

La importancia de mantener una buena imagen física, reside en el hecho de que las personas mientras no nos conocen, la única idea que pudieran hacerse de nosotros estaría motivada por nuestra presencia física.

 Como consecuencia, el mantener una imagen impecable puede ser determinante, tanto para quienes nos observan como para  nuestra propia satisfacción personal. 

Esa misma armonía física que aporta al sentimiento de autoestima, debemos procurarla en nuestro espíritu, cual incide de manera definitiva en la capacidad para ser felices. De tal suerte que, como nuestro cuerpo, requiere ser maquillado cuando fuere necesario. 

Algunas experiencias vividas van dejando una especie de cicatrices en el alma, que si no son atendidas, debida y oportunamente, terminan afectándola y como consecuencia, desmejorando nuestra calidad de la vida. 

La mejor manera de «maquillar el espíritu», es extirpando por siempre los recuerdos desagradables e ingratos; perdonando los agravios y aceptando la imperfección del ser humano, que en muchos casos, lo lleva a actuar más compulsiva que racionalmente.

 La actitud positiva frente a la vida, convenciéndonos de  que las actuaciones de las demás personas, cuando parecieren agresivas o desconsideradas, sólo son el reflejo de su propia personalidad, que es diversa, se constituye en la mejor «crema» para maquillar nuestro espíritu.

Eliminar el temor, sobre la base de la confianza en sí mismos y la protección permanente de Dios, es la mejor «base» para un buen maquillaje del rostro espiritual.

 Recibir con amor y esperar lo mejor de cada día, disfrutándolo intensamente como si fuera el último, pero con vocación para vivir muchos años, es el mejor «reconstituyente»  para mantener lozana la muy delicada  piel del alma.

El amor espiritual vinculado a una actividad sexual plena, con la persona que amamos y hemos escogido para compañera de viaje largo, es «vitamina» que no tiene igual para mantener el espíritu en su óptimo nivel de eficiencia.

 La risa, el buen humor y trato afable, son el mejor «perfume» para el espíritu, porque inunda, refresca y contagia de optimismo el ambiente, impregnándolo de buenos presagios.

No hay mejor «accesorio» para el espíritu que el buen estado de ánimo, porque predispone el compartir y hace más grata la convivencia.

  Nuestra autoimagen interna no requiere de especialistas en cirugía reconstructiva o correctiva para variarla o mejorarla, porque depende de nuestra propia genialidad, actitud y aptitud para sentirnos plenos y satisfechos.

 Por tanto, si en alguna oportunidad baja nuestro biorritmo y sentimos nuestra imagen espiritual desmejorada, debemos echar mano del maquillaje espiritual dándonos un toquecito de amor, de la misma manera como lo hacemos con nuestro cuerpo físico para vernos mejor.

 Al fin y al cabo, no somos solo espirituales ni únicamente corporales; somos una conjunción físico -espiritual, que nos hace únicos y especiales sobre este planeta,  y eso requiere permanente atención, porque además es… inmutable. 

¿A quién me parezco? ¿Con quien puedo compararme?

Creo que con nadie, porque simplemente soy  una individualidad; soy particular, diverso, típico… único. No hay ni existirá física o intelectualmente, nunca nadie exactamente igual como yo, o con idénticos sentimientos a los que yo experimento en cualquier circunstancia de mi vida.

De tal suerte, es  inútil y sin sentido práctico que me compare con alguien más, porque a ciencia cierta y de forma perfecta, no existen parámetros exactos para la comparación, ya que, como no soy exactamente igual a nadie más, siempre habría un desequilibrio, que de alguna manera, inclinaría el fiel de la balanza a favor o en contra.

Físicamente, siempre ha  habido o habrá alguien más alto, bajo, gordo, flaco, liviano, pesado, rápido o lento, fuerte o débil, sano o enfermo que yo. Como consecuencia, siempre ha habido o habrá alguien que me supere, por defecto o por exceso en cualquiera de estos aspectos, por lo cual, desde el punto de vista físico, no puedo considerarme  mejor o peor que otra persona; simplemente, soy diferente.

Intelectualmente, siempre han existido y existirán personas con más altos o bajos niveles de coeficiente mental que  yo; más o menos nobles, valientes, generosos, amorosos, positivos o negativos. Por tanto, no debo sentirme superior, inferior, mejor o peor que ningún otro individuo, precisamente porque soy diverso.

Mi atipicidad es mi escudo frente a esa sensación, que como casi todos los males que aquejan nuestra espiritualidad, son una creación maléfica de nuestra mente, que se traduce en sentirnos disminuidos frente a las cualidades, características, actuaciones o realizaciones personales de otros, conocido como el sentimiento de inferioridad.

Como es cierto soy atípico, diverso e individual en mi conformación física e intelectual, también lo soy en mis actuaciones y en mi forma de ver la vida y las cosas. Con respecto a otros individuos, soy mejor en algunos aspectos y actuaciones, pero peor en otras. Mis cualidades y condiciones corresponden a mi especial y única forma de ser y actuar, y por tanto, de alguna manera, en justicia son incomparables.

Dentro de mi esencia como ente particular, el resultado de cualquier comparación que haga con otro individuo, va a depender de criterios de «normalidad» predeterminados no por mí, sino por una sociedad,  en un momento y espacio determinados.

De la misma manera, no voy a comparar los hechos o actuaciones en sí mismos, sino lo que yo creo, estimo o pienso de ellos, en base a esos patrones sociales aprendidos, cuales considero aplicables en cada caso. En esa posible comparación, en su resultado incidirá especialmente la concepción personal del qué, el porqué y el cómo nos comparamos o medimos.

Estas premisas me llevan a la conclusión de que, definitivamente, nadie es superior ni inferior que yo en todo lo que haga, sino que en algunos asuntos -que no tienen por qué ser los trascendentales- alguien puede ser mejor o peor que yo, pero dentro de los parámetros de lo que, en una sociedad y un momento determinado, esos patrones que la rigen se determinen como «normales».

De hecho, lo que para una persona muy sensible o sentimental sea «normal», pudiera ser que para otra insensible y desentendida no lo sea, no obstante que esa sociedad donde se desenvuelva lo tipifique en uno u otro sentido. En este mismo orden, lo que para una persona resulte importante, trascendente o especial,  pudiera ser que para la mentalidad de otro, no reúna ninguna de esas valoraciones y lo estime desprovisto de toda importancia.

Para un jugador de béisbol, no es determinante para realizar bien su trabajo, tener la capacidad de memorización de diálogos o una especial capacidad gestual; como tampoco requiere fuerza en los brazos o velocidad al correr, una artista dramática para concretar una buena representación teatral.

En el caso citado, el primero funda su éxito en su capacidad física, que le permite superar en velocidad, agilidad y fuerza a sus contrincantes;  pero la segunda radica su éxito en su capacidad intelectual, que le facilita la memorización de los diálogos y la representación de sus personajes, de tal manera que motive a los espectadores. Por eso, la comparación entre ellos, respecto de lo que cada  uno hace, simplemente  no tendría sentido práctico.

Diferente es «qué piensa o estima cualquiera de ellos de lo que hace, o la valoración de lo que realiza la otra persona», porque eso corresponde a su manera muy personal de  ver e interpretar la vida y las cosas.

Todo esto me lleva a concluir que, como individuos, no somos ni «superiores» ni «inferiores» a nadie con respecto a nuestra vida integral. Simplemente somos «nosotros» y no tenemos por que creernos ni mejores ni peores que nadie, porque esas son apreciaciones personales nuestras, que nacen y se desarrollan en nuestro intelecto, por lo tanto no pueden ser generales, sino como nosotros individualmente las estimemos, cual sin duda puede ser bien diferente a la evaluación de otras personas.

Si algo pudiera ser trascendente en nuestra mayor aspiración vivencial, debería serlo el que,  sobre la base de los principios éticos y valores morales que rigen nuestra vida, en todas nuestras actuaciones, en vez de compararnos, imitemos la cosas buenas que observamos en la actuación de otros individuos, que con sus resultados nos demuestren que benefician a nuestros semejantes; lo cual también nos beneficiará como personas, y es completamente diferente a una comparación, que no nos deja nada positivo y casi siempre juega en contra nuestra.

Fuimos hechos por Dios individuales, diferentes y diversos, con el mandato de amarnos y ayudarnos de tal modo que hiciéramos lo más placentera nuestra corta etapa sobre esta madre tierra. Bajo esa consideración, el respeto por la individualidad, la diversidad y la disidencia, son condiciones fundamentales para el logro de la mayor aspiración  como personas y como colectivo: armonía, paz y felicidad.

Estábamos citados para almorzar a una hora determinada. Llegó un poco retardada y me dijo que no tenía mucho apetito. La noté angustiada, preocupada, como en la frontera de la depresión. Como se trata de una colega de bufete más joven que yo, a quien por cierto aprecio especialmente, le pregunté si tenía algún problema.

 -Muchos, me respondió.

 Tengo tantas cosas que hacer que el tiempo no me alcanza. Me levanto muy temprano y regreso tarde a la casa, pero no obstante, nunca termino de hacer todo lo que me corresponde. Siempre estoy apurada pero siento que eso no me sirve de nada.»

 ¿Apurada por qué? -le pregunté.

  -Porque debo terminar todo lo que tengo que hacer en el día.

  -Pero…¿Lo logras? -inquirí nuevamente.

 -No. Me respondió -aunque trato no lo logro, por más que me apuro siempre algo me queda pendiente. Creo que algo anda mal conmigo.

 -Si, coincido contigo en que algo no lo estás haciendo bien. Se trata de que andas muy apurada y eso no te ayuda en nada, sino que, por el contrario, te perturba y resta energía.

Los antiguos decían que «De la prisa lo único que queda es el cansancio» y pienso que eso es muy cierto. Más allá de que la prisa nos resta capacidad de reflexión y análisis en lo que hacemos, lo cual se refleja en el resultado final, un principio supra natural nos indica que, en verdad, nosotros como humanos sólo proponemos, porque al final es Dios y nadie más quien dispone.

 Yo no tengo ninguna duda de que, como humanos, lo único que podemos hacer es ser diligentes al realizar las actividades que nos corresponden, pero hasta ahí. Si nos convienen o no, o si alcanzamos el final, es algo que no nos está dado conocer; al menos en el tiempo y la oportunidad que nosotros estimamos puedan ser los convenientes.

Nuestra diligencia conlleva reflexión, planificación y coordinación, en el camino de lograr nuestras proposiciones, pero con la convicción de que la decisión final no es nuestra, sino de Dios. Nosotros no hacemos nada más que proponer, acompañándolo de nuestro esfuerzo y diligencia, dentro de los parámetros de lo que consideramos normal.

De tal suerte, si estoy convencido de que mi actividad es sólo una proposición, que realizo  sobre la base de la reflexión, planificación y coordinación apropiadas, pues entonces  no me queda nada más para hacerla óptima que acompañarla con mi mejor diligencia. Reunidos y aplicados estos factores, que se de o no es algo que escapa a mi control.  La decisión es de Dios, lo cual por cierto me da una gran tranquilidad, porque Él sí conoce perfectamente que es lo que me conviene.

Todas nuestras actuaciones están enmarcadas dentro de máximos y mínimos que nos impone la vida; si nos salimos de esos parámetros por exceso o por defecto, el resultado será negativo. Entre otros aspectos, porque la naturaleza es equilibrio y nosotros somos parte de la naturaleza. Por eso en ninguna actividad  se nos exige ningún exceso, porque si nos excedemos desequilibramos la balanza indispensable para lograr buenos resultados.

Siempre recuerdo la experiencia de una familia italiana, quienes al llegar al Aeropuerto se sintieron tristes porque un atascón de tránsito en Nueva York les impidió llegar a tiempo  y perdieron el avión. Media hora después daban gracias a Dios por el incidente, porque ese avión saliendo del Aeropuerto de La Guardia se precipitó en el mar y fallecieron todos sus tripulantes y pasajeros. En este caso, ellos fueron diligentes al comprar, reservar y reconfirmar sus pasajes; asimismo, actuaron diligentemente contratando con suficiente tiempo el taxi, pero condiciones fuera de su control les impidieron llegar a tiempo para abordar. Fue que el resultado final no era de ellos sino de Dios, y por eso salvaron sus vidas.

La venturosa experiencia de esa familia italiana, es una de las muchas demostraciones de que fuerzas supra naturales rigen nuestra vida, a la cual nosotros solo le damos matices conforme a nuestro estado de ánimo.

Por eso todos los días sé cual es mi tarea para esas veinticuatro horas; reflexiono, planifico y coordino lo que debo hacer. Pongo lo mejor de mí en el empeño de lograrlo y trato de disfrutar haciéndolo. De tal manera, no tengo apuro por hacer más de lo que me corresponde, o de ganarle tiempo  a lo que debo hacer mañana, porque hoy pongo lo mejor de mí para lograrlo, pero si algo queda pendiente no me estreso, porque estoy seguro que hice todo lo necesario y con eso cumplí con mi parte. Lo demás, es obra de Dios y no tengo duda que Él sabe hacer las cosas muy bien.

En la mayoría de nuestras actividades, el cómo o cuándo hacemos las cosas son aspectos del proceso; pero el resultado importante es el final: llegar o lograrlo.