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Archive for the ‘FE’ Category

La tristeza es un sentimiento negativo, que afecta la felicidad. Todos, de alguna manera alguna vez, hemos experimentado ese sentimiento indeseable, que es capaz de quitarle el color y sabor a situaciones y momentos hermosos de nuestra vida.

Sentir ocasionalmente tristeza cuando presenciamos injusticias, nos golpean íntimamente o nos agobia una enfermedad, no es algo que deba preocuparnos; pero permitir que esta se prolongue o invada espacios importantes de nuestra vida, puede ser tan grave que llegue a convertirse en esa horrible patología que es la depresión.

La tristeza se combate con amor, optimismo, fe en nuestra capacidad para superar cualquier situación que nos aqueje, y especialmente con ese tesoro típico de los seres humanos: la esperanza de que todo pasará. Somos tan especiales que no hay evento por doloroso que fuere, que no solucione el olvido.

La tristeza es el triunfo del temor frente al valor; del pesimismo sobre el optimismo; de la frustración frente a la esperanza. Si nos posesionamos de nuestro poder y capacidad espiritual sobre nuestro cuerpo, podemos reducir la tristeza a lo que debe ser: una orden de nuestro cerebro. Por tanto, al depender de nuestra voluntad, podemos manejarla a nuestro antojo.

Así, para no estar triste, si presencio un acto que considero injusto imposibilitado de hacer algo por evitarlo, recordaré que todo tiene una razón, y que, quizás, el resultado posterior final pudiera ser beneficioso, y eso alejará la tristeza. De la misma manera, si golpean mis sentimientos, consideraré mi dolor como un aprendizaje necesario para vivir mejor en el futuro, y eso me hará feliz. Si alguien no me ama o no reconoce mis valores, lo lamentaré por quien desperdicia la oportunidad de disfrutar lo mejor de mí, pero no me entristeceré.

Y cuando sienta por cualquier motivo, que mi alma es atacada por ese sentimiento, miraré a mi alrededor la sonrisa de mis hermanos humanos, el vuelo de las mariposas, el canto de los pájaros y el color de los crepúsculos cuando muere la tarde; aspiraré el perfume de las flores y escucharé el arrullo del agua de las fuentes; y ya no tendré duda de que el mundo es bello y la vida demasiado buena, para perder el tiempo permitiendo que temores o presentimientos injustificados, me distraigan de esa hermosa contemplación que es mi vida, cual  será  por siempre mi mejor oración.

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CON LAS MANOS VACIAS

 

«NADA TRAEMOS A ESTA VIDA NI NADA NOS LLEVAMOS»

Antes de morir Alejandro El Grande, exigió  que sus tesoros se esparcieran por el camino hasta su tumba; y que sus manos quedaran balanceándose en el aire, fuera del ataúd a la vista de todos. Con ello quiso significar que cualquier bien material adquirido en esta vida, aquí se queda y que, venimos con las manos vacías y así partiremos de este mundo.

Manejar estos conceptos puede hacer la diferencia entre una persona feliz, al compartir lo que logra con sus  hermanos humanos, y otra que dedica su vida a atesorar bienes por temor a perderlos, convirtiéndose en avara y, consecuencialmente, infeliz.

Ningún bien material trasciende nuestra existencia física o puede servirnos en la otra. Como los adquirimos en esta tierra, aquí debemos disfrutarlos y aquí se quedarán irremediablemente. Por tanto, la avaricia además de hacer daño a quienes se les niegan, castiga a quien dedica sus mejores años atesorando lo que no podrá utilizar después de su muerte.

Como legado de nuestro Creador, las cosas trascendentes e indispensables para nuestra realización personal, como el amor, el tiempo y la espiritualidad, cuales sí nos llevaremos con nosotros, no las hizo depender de ningún esfuerzo material sino de  nuestra personal voluntad; resguardándolas en nuestro interior, para que nadie, bajo ninguna circunstancia, jamás pudiera privarnos de ellas.

El amor, nos posibilita deleitarnos en el milagro más grande de la naturaleza: nuestros hermanos humanos, permitiéndonos asimismo vivir intensamente las emociones y sentimientos más nobles, venciendo todo obstáculo que disminuya nuestras capacidad de dar.

El tiempo, ese arcano indefinible de  luengas barbas y rostro venerable, cual quisiéramos mantener ilimitadamente, nos es dado sin que podamos conocer cuánto, por qué y hasta cuándo estará con  nosotros, por lo cual, sería inútil ocupar en ello nuestro intelecto.

La espiritualidad deviene de nuestra herencia divina; nos permite entender la temporalidad de la vida física y nos hace intuir otra instancia más elevada, a la cual irremediablemente debemos ascender, al tiempo que, al vincularla a nuestra materialidad, consiente edificarnos y deleitarnos en esta vida, como una preparación para la posterior.

Quizás fue esa la enseñanza que quiso dejarnos Jesús de Nazaret, la cual todos deberíamos seguir,  cuando sentenció: No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan;  sino haceos tesoros en el  cielo donde ladrones no minan ni hurtan…”

 

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A LAS PUERTAS DE LA MUERTE

Hoy fue una jornada dura para quien, como yo, vive por días y por tanto no puede permitirse ni unsegundo de tristeza, porque en mi corta vida de veinticuatro horas, no podría recuperarlo nunca.

En la TV, mostraron imágenes captadas por una cámara de amplio espectro, de los mineros chilenos que quedaron enterrados, en una mina de explotación de oro, bajo millones de toneladas de tierra, a setecientos metros de profundidad. Estaban barbudos, semidesnudos, con hambre, sed y… lágrimas en sus ojos.

Afuera madres, esposas, hijas y hermanos, cambiaban su amargo llanto hasta de hacía pocas horas, por dulces lágrimas de bendición y agradecimiento a Dios por el milagro de mantenerlos vivos.

Había seguido el proceso anterior con extraordinario dolor, compasión e impotencia, al verlos tan desvalidos, tan vulnerables, tan impotentes, tan… solos, que al conocer la noticia de su hallazgo, sentí tanta alegría como cualquiera de sus familiares.

Me sentí especialmente reconfortado cuando observé, que aún en las peores condiciones y gravemente afectados física y psicológicamente, mantenían su unidad, coraje, esperanza, y esa especial hermandad que genera el peligro común; siendo que, desde los resquicios de la muerte, tenían ánimo para gritar aquí estamos y a sus seres queridos: los amamos.

Quienes tenemos hijos o hermanos que amamos, vimos en el rostro en cada uno de estos desventurados, uno de los nuestros; de alguna manera, nos sentimos parte de ellos y si perecieran, moriría un poco de … nosotros mismos.

Esa tristeza y dolor experimentados como todo en la vida tiene una parte positiva, porque el dolor es un buen maestro al recordarnos la maravilla de no sentirlo. Quienes tenemos avanzadas edad, una labor cómoda y honesta que realizar en equipo con esa bella compañera de viaje largo; que tenemos toda mi familia viva y con riesgos infinitamente más pequeños que ellos; sentimos que todos nuestros supuestos problemas, no son más que nimiedades, comparados con esa gran tragedia de la cual algunos, pudiera ser que nunca lleguen a recuperarse totalmente.

Por eso, pido misericordia a Dios por ellos y por nosotros; para que los rescaten salvos, sanos y así todos mantengamos nuestra fe inquebrantable en su poder universal, cual es lo único capaz de darnos fortaleza espiritual frente a nuestra inmensa vulnerabilidad, en un mundo dinámico, imprevisible y donde los hombres por adquirir bienes materiales valiosos, sin considerar los riesgos, todos los días exponen la vida de sus hermanos.

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Independientemente del sabor, nuestra vida se asemeja a un pastel, que Dios nos permite confeccionar durante nuestra existencia física, tomando los ingredientes de nuestras vivencias diarias.

Muchas personas no llegan a entender este detalle existencial y pierden la oportunidad de crear, mezclando los elementos que, separados pudieran ser tóxicos, desagradables al paladar o negativos a nuestra salud espiritual y así construir un rico pastel de vida.

Por ejemplo, las situaciones difíciles y los momentos duros tomados individualmente o aislados, cuales nos preocupan y atemorizan, simplemente se convierten en una desgracia; pero, cuando los mezclamos y dejamos trabajar al tiempo, entendemos que son convenientes porque son ellas las que nos enseñan como evitar males mayores.

Cuando alguien deja de amarnos con la misma intensidad de nuestro amor o nos es infiel, la tristeza y desagrado temporal, visto como hechos aislados, nos frustran y duelen. Sin embargo, cuando mezclamos estos sentimientos con nuestra integridad vivencial, entendemos que son el tamiz mediante el cual aprendemos a separar lo mejor, de lo mediocre o negativo.

Además, existen otras dimensiones que no podemos determinar con nuestra lógica racional, donde se mueve esa organización universal perfecta, que nos permite respirar y bombear sangre a nuestro corazón, sin preocuparnos de la secuencia de tan importantes funciones; que nos permite sentir emoción, amor y temor, sin ubicación exacta de donde se producen estos fenómenos.

De alguna manera, nuestras circunstancias vivenciales se asemejan a los materiales necesarios para producir un pastel. El amor, la amistad, la familia, el sexo, el trabajo, los estudios, la diversión, los tropiezos, los errores, los aciertos y desaciertos, los sentimientos, nuestras visiones de la vida y las cosas, el dolor, la tristeza, la culpa, la caridad, la generosidad y el perdón; todos independientes y por separado, tienen un sentido diferente a cuando los amalgamamos en función de nuestro proyecto de vida.

La textura, presentación y sabor de ese emocionante pastel que es nuestra vida, sólo dependerá de nuestra creatividad, positivismo y fe en las muchas bondades que podemos extraer de las diferentes situaciones y eventos de nuestra vida.

Sólo tenemos dos posibilidades: mezclar los acontecimientos que nos afecten, bajo la premisa de que podemos transformarlos en beneficiosos, y seremos felices; u olvidando el poder que nos otorga nuestro origen divino, permitir que el pesimismo se imponga al optimismo, la resignación a la acción, y entonces con toda seguridad seremos infelices.

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lagrimas.jpgConsiderando que la felicidad como la realización espiritual del individuo, ésta va a depender de la convicción de que es en su interior donde residen los mecanismos que la hacen posible.

No existen elementos físicos, materiales o tangibles, cuales por sí solos puedan hacer la felicidad del individuo, sino que, al satisfacer alguno de sus sentidos, podrían complementarla.

No es el volumen o naturaleza de los bienes materiales lo que determina nuestra plenitud, sólo pueden mejorar la parte física de nuestra existencia. La felicidad,  requiere la sensación de paz con nosotros mismos, derivada de nuestra actuación apropiada.

La felicidad, como los valores y sentimientos trascendentales, viven en nuestro ser interior y son intangibles, lo que nos asegura su control permanente.

Así como elementos externos pudieren afectarnos positiva o negativamente, somos nosotros con nuestra fuerza espiritual y valor personal, quienes determinamos la entidad en que nos perturban.

Habitamos un mundo por su propia naturaleza  traumático. Arribamos mediante un acto físicamente traumático para ambos, madre y bebé: el parto. Pero los sentimientos de amor arraigados en sus almas, les hacen superar en minutos el trauma, al imponerse su espiritualidad.

Luego, durante nuestra vida, por su bipolaridad corren paralelos los valores y antivalores: el amor y el odio, el pesimismo y optimismo, la fe y la incredulidad, dolor y plenitud, tristeza y alegría, bondad y maldad. Todos servidos en la mesa de la vida,  a nuestra disposición y conforme a la actitud que determine nuestro libre albedrío.

Es esa la razón por la cual, aún en las situaciones más inverosímiles, como la muerte y la destrucción, para unos puede resultar doloroso mientras que otros pueden percibirlo como agradable o satisfactorio.

La concepción de la vida como nuestro mayor tesoro, la fe en la inmediatez con Dios, la fuerza de la oración, el optimismo y la esperanza, son sentimientos poderosos que han permitido al  hombre superar las mayores catástrofes, sobre la base del principio de que: «Aún en la situación más lamentable, es la vida del  hombre siempre amable.»

«Las crisis» no son algo nuevo, sino parte de nuestra condición inteligente. El mundo y las sociedades organizadas como los grupos humanos originarios, de alguna manera siempre han enfrentado alguna crisis. 

Durante mis más de sesenta años con uso de razón, estoy consciente de que siempre hemos estado en crisis: Guerras y conflictos mundiales, entre dos Estados o internos; pobreza, exclusión, intolerancia racial, religiosa y la ignorancia, siempre han sido fuente de crisis para los que la sufren.

La complejidad del ser  humano es asombrosa. Nuestra condición natural gregaria nos llevó a crear instrumentos especiales de carácter masivo, que como sociedad e individualidad nos hizo aún más vulnerables, siendo que en muchas de sus iniciativas inicialmente beneficiosas, subyace la posibilidad de su propia «crisis».

Mientras desayunaba escuché con estupor, que en el Mediterráneo y Golfo Pérsico se rompieron especiales cables que han dejado sin el servicio de Internet por varios días, prácticamente a dos continentes con cientos de millones de personas, donde el 60% de las comunicaciones se procesan mediante esos instrumentos, creados por el hombre, supuestamente para su bien, creando una crisis gigantesca a madres de familia, viajeros, empresarios y el Estado que se verán imposibilitados de complementar sus necesidades más apremiantes, en hogares, hospitales, hospicios , refugios, porque los fondos están paralizados, en bancos que dependen exclusivamente del servicio de Internet para la movilizaciòn de los mismos.

¿Cómo actuar ante estos fenómenos? Esa es materia que tocaremos en la entrega de mañana. Como siempre, aquí los espero…

Próxima Entrega: LA FELICIDAD EN TIEMPO DE CRISIS (Cómo Afrontarla)

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wendy-y-michael-abrazados.jpgCuando se decide iniciar el noviazgo, más allá de cualquier otra consideración se lo hace por la atracciòn física que mutuamente se genera. En ese momento su único interés es conocerse, tratarse y compartir, motivándose especialmente para vivir una época bellísima por estar imbuida de amor, respeto, consideración y ternura, pero con la intención subyacente en casi todos los casos, de materializar un proyecto personal que pudiera ser dcisivo en su futuro.

En esa época, las personas y las cosas toman dimensiones especiales; en principio, es la etapa inicial de la futura relación de pareja, por lo cual únicamente se observa la parte rosada de la vida. Ambos, en ese evento tan romántico presentan no sólamente su mejor perfil fìsico, sino que exaltan su generosidad y lo que serían capaces de dar a esa posible relación.

El noviazgo -en el buen sentido del término- es la venta de la imagen propia, en el lenguaje sin palabras pero muy expresivo del amor que nace; donde cada uno, con intención de captar la atracción del otro presenta su mejor perfil, virtudes, potencialidades, sueños y ambiciones; pero normalmente y como mecanismo natural de defensa, se reservan mucho de la cruda realidad de su propia personalidad.

Como consecuencia de esa actitud insincera -aunque explicable y no mal intencionada- en una sociedad desconfiada y mendaz que contaminan cualquier relación humana, el convivir como pareja y enfrentar las circunstancias diarias, se convierte en la hora de la verdad, porque sino existe un profundo amor y decidido propósito de aceptación, al aflorar los reales sentimientos y actitudes individuales, se produce un choque emocional negativo, con respecto de lo que de la relación se esperaba, convirtiendo lo que pudo ser una experiencia edificante y para toda la vida, en una experiencia dolorosa e ingrata y pasajera, de la cual pueden derivar graves consecuencias personales que pudieran marcarles por toda la vida.

Sin embargo, como en mi caso, algunas personas conocimos a esa otra que nos atrajo, nos acercamos, la concebimos como un ser humano normal , imperfecto pero perfectible e iniciamos una relación muy cercana; la fortificamos, luego nos casamos y constituimos el hogar que hoy, luego de treinta y ocho años que no nos pesan, tiene más motivos por los cuales dar gracias a Dios, que en el momento de iniciarlo; porque hay tanto amor, aceptación, reconocimiento, respeto y consideración todos los días, que adicionado a una increíble, renovada y mágica relación sexual, nos llena de momentos hermosos que nos comprometen a escribir estas cosas.

¿Qué cómo lo hicimos o cómo se logra?

Precisamente, la idea es contárselo, porque nosotros damos testimonio de que si estamos dispuestos a dar lo mejor, siempre podremos fabricar y ralizar un sueño, porque eso significa una pareja bien avenida: un maravilloso sueño que se puede vivir despierto, por muchos años.

Constituir una pareja, que es lo que sigue a esa primera etapa del noviazgo, lo es hacer causa común integral: uno a favor del otro y juntos frente al mundo para vivir intensamente, en conjunto y de la mejor manera, cada una de las veinticuatro horas de cada día con fé, confianza, avaricia, con fruición y sed de amar sin importar cuando, como ni por qué. Con la seguridad de que la persona escogida es la mejor: la más bella, respetable, noble, generosa y leal; la más tierna, sensible, romántica y… hace el amor que es una maravilla. Sin esas fijaciones mentales, no es muy fácil mantenerse por muchos años, con entusiasmo renovado, al lado de otro ser humano tan o más imperfecto que nosotros, pero sin ninguna duda, capaz por amor de producir profundos cambios en su personalidad.

Para lograrlo se requiere enseñar a nuestra mente y alma, convertir la fantasía en realidad, descubriendo lo maravilloso que puede convertirse el ser humano cuando se siente amado, aceptado, respetado como es y reconocido en sus valores. Se amerita experimentar el regocijo inigualable de dar amor, con la única intención de ver feliz al ser amado: esa es una bellísima recompensa.

Lograrlo requiere renunciar al egoismo, aceptando que otra persona puede ser mejor que nosotros; conjugando aspiraciones, ambiciones; actuando en equipo; venciendo la competencia y compartiéndolo todo: lo bueno lo malo; los momentos felices, los adversos, el alma y… el cuerpo, sin falsos recatos ni reservas.

Si no somos capaces de mostrarnos como somos y mejorar, nada de eso podemos exigir de esa persona quien compartirá integralmente nuestra vida.

No hay sentimiento ni efectos más decisivos que aquellos que produce el amor. Por amor tenemos Dios nos acompaña, vinimos al mundo y por amor se han construido y destruído imperios. El amor nos hace libres, nos eleva por encima de nuestra propia naturaleza corporal. Por amor somos valientes, heroicos, perdonamos y olvidamos.

¿Cual sería la entidad y efectos del amor, sin en vez del de una persona se acumula el de dos? Eso fue lo que pensamos, insistimos y logramos con mi, nunca suficientemente reconocida esposa Nancy… y aquí estamos para contárselo.

¿Qué les parece si lo prueban? ¿O alguien puede decirme que no es bien lindo?

Próxima Entrega: EL COMPROMISO

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¿Por qué muere el amor?

 ¿Cuál amor?  ¿El que se tiene a Dios, a los padres,  la pareja o los hijos?  Porque todos son amores, pero diferentes.

Para que algo muera debe estar vivo, si es que se trata de algo físico y… ¿Podría alguien señalar dónde está ubicado físicamente el amor? ¿Dónde lo percibe? ¿En la cabeza, en el corazón, en una mano, en el hígado?

 No puede ser ubicado, diferenciado, no existe certeza donde se siente. Tampoco cual de los cinco sentidos conocidos lo percibe, porque se trata de una sensación, de un  sentimiento, pero es intangible… físicamente inubicable.

Entonces, si no puedes ubicarlo en el mundo de los objetos físicos, no puedes saber cómo es ni donde lo sientes; simplemente, por no tener existencia física, tampoco puede morir, porque sólo muere lo corporal. Podrás percibirlo en mayor o menor grado, pero hasta ahí. Como no  existe  físicamente, tampoco puedes perderlo, porque no se puede perder lo que no se tiene; por tanto, no tiene posibilidad de morir.

Lo que sucede es que en presencia de determinadas situaciones físicas y espirituales, por razón de motivaciones, también intangibles, lo percibes, lo sientes en tu alma,  que es inmortal. El amor es inherente a nuestra vida. Es un sentimiento natural, razonado y exclusivo del ser humano, dentro de las especies que pueblan este planeta. El amor es esa parte de Dios que traemos desde antes de nacer y que continuará con nosotros, en nuestra alma, después de la muerte: «Dios es amor.»

Ese maravilloso sentimiento que nos recuerda que somos parte de Dios y que se llama «amor», perceptible pero inubicable, es una parte del  equipaje que traemos a este mundo y que funciona conforme a nuestras particulares motivaciones. No es estático, ni siempre de la misma entidad. Amamos nuestra vida física, nuestros padres, nuestro entorno íntimo personal, e inclusive algunos sentimientos representados en valores como la libertad, la verdad y la patria, por citar algunos.  Pero como no lo percibimos con ningún miembro o sentido del cuerpo, sino que es  un sentimiento que está hibernando en nuestro  interior, la percepción y su entidad lo será conforme a las motivaciones que lo despierten. Así, amo a las personas, pero el nivel del amor lo será  conforme a las motivaciones que lo generen.

Por tanto, se amará más a quienes se perciba que otorgan mayores elementos de los necesarios para generar y mantener el amor, como el respeto, la ternura, la aceptación, la solidaridad, la lealtad y la consideración, entre otros, materializados en actuaciones   positivas.

El amor  puede ser mayor o menor, más o menos emocionante o recíproco, pasajero o permanente; podrá aumentar o disminuir conforme a la interacción con la persona que se ama, o la concepción ideológica cuando se trate de valores. Pero el amor en el ser humano no muere, no puede morir, como no es posible que muera el alma, porque son eternos.

Lo que sucede es que el amor emigra, se muda, cuando las motivaciones que lo despiertan y deben mantenerlo activo, no son suficientes. Al ser dinámico,  como el cuerpo requiere la energía que le suministre la alimentación  y el oxígeno mínimo para mantenerse activo.

Las motivaciones que hacen nacer el amor deben ser permanentemente alimentadas, so pena de que por falta de energía emigre, buscando ese alimento fundamental para mantenerse en actividad, materializado en el respeto, la ternura, la aceptación, la comprensión, la solidaridad, la lealtad, una fluida comunicación, tiernas caricias y la ratificación de los pactos que lo originaron. Cuando no se dan estos factores que le suministran energía, si no pudiere emigrar para cubrir sus necesidades, entonces entra en letargo hasta cuando encuentre otra fuente alterna;  pero no muere.

Es por eso que cuando los padres no producen las motivaciones suficientes, los hijos no dejan de amarlos, el nivel de amor baja. Así, cuando una persona a quien se ama no  responde suficientemente para mantener esas motivaciones que originaron el amor, el nivel del mismo baja y algunas veces llega a desaparecer la orientación de este hacia esa persona específica, pero no muere el amor.  

Una de las motivaciones fundamentales para vivir, es disponer del recurso amor  que nos acompañará toda la vida; cuyo nivel se lo damos nosotros mismos y que cuando no recibe suficiente alimento no muere, sino que se aletarga o emigra a otras personas que sí estén dispuestas a suministrárselo. Esa característica del amor representa  la esperanza de que mientras se tenga vida, nadie tiene suficiente poder para hacernos infelices, porque dependerá de nosotros aceptar y otorgar o no el amor, especialmente en el entorno íntimo. 

No debo finalizar sin hablar del mayor de los amores, que es aquel que se personifica en Dios, por el cual vinimos a este mundo y nos llevará a otro… cuando Él lo estime conveniente. Ese amor nos da seguridad y confianza de que nunca, bajo ninguna circunstancia  estaremos solos, porque siempre Él estará con nosotros. No existe posibilidad de que alguien pueda separarnos, porque integralmente, somos uno con Él.

Próxima Entrega: NOVIAZGO: ANTESALA A LA PAREJA

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El sexo de pareja bien avenida debe ser fantástico, emocionante, renovado, recurrente y reconfortante; donde el conector más importante sea el binomio oportunamente comunicado de sinceridad-creatividad.

En este tipo de relación sexual que sólo responde a la necesidad de dar y recibir amor, sin más interés que la transmisión del sentimiento de compartirlo todo, ni otra limitación que aquella que nace de su propia espontaneidad, no debe haber nada que pueda considerarse como tabú, prohibido o pecaminoso. Precisamente, porque lo que nace del amor, se hace por amor y para el amor, de ninguna manera puede ser indeseable, desagradable o reprochable.

Por otra parte, este acto en pareja cumple otras funciones en el devenir de la vida de los integrantes como las de rebajar la presión y disminuir el estrés, por lo cual es difícil que alguien que tenga buen sexo no disfrute en la misma medida de buen humor y salud.

Para hacer el amor de manera constante pero agradable con la misma persona son decisivos la ternura, la sinceridad y la creatividad. Estos tres elementos reunidos nos permiten una comunicación fluida y de doble vía, así como incorporar nuevos mecanismos de ayuda para lograr un sexo menos rutinario donde entren en juego todas esas técnicas, herramientas y ayudas que como miembros inteligentes de una pareja, estamos obligados a investigar, aprender y practicar.

El siempre recordado Honoré de Balzac nos dejó un mensaje que ratifica la real posibilidad de tener un sexo emocionante y permanente de pareja, parangonando la posibilidad de vivir de forma amena y edificante, juntos un hombre y una mujer por mucho tiempo, cuando escribió: «Es tan absurdo pretender que un hombre no puede amar siempre a la misma mujer, como pretender que un buen violinista no pueda tocar siempre el mismo instrumento.»

El acto sexual, por ser el momento de mayor comunicación integral de los amantes, al hacerse los dos cuerpos uno, también se da la comunión espiritual; de alguna manera, es en sí mismo un evento extraordinario que cumple funciones muy importantes para la estabilidad de la relaciòn, más allá de la satisfacción sensorial del momento.

El hacer el amor con la persona amada, pudiera ser la manera más sublime de decir «Te amo… eres especial para mì.» Es un acto de tanta solidaridad, que cuando lo realizamos nos preocupa más la satisfacción de la otra persona que de la nuestra. Ese maravilloso momento con nuestra pareja nos ratifica que no estamos solos, que alguien comparte integralmente su vida con nosotros; inclusive su más preciado tesoro.

Pero también es un acto que al estabilizarnos emocionalmente, a su vez nos ratifica que como individualidad de un género determinado somos incompletos y que indefectiblemente para lograr el más alto nivel del goce físico-espiritual requerimos de otra persona que comparta con nosotros, no sólo nuestro aspecto físico sensorial, sino nuestra concepción ideológica de que y por qué estamos sobre esta tierra que Dios nos dio por heredad.

Sin embargo, en el mundo de la realidad de la pareja heterosexual el sexo por sí solo no es todo lo que de él se espera, ni tampoco se usa en todos los casos de manera apropiada. Sobre el tema se ha escrito todo tipo de especulaciones, desde aquellas que lo consideran sublime hasta los que lo consideran la peor aberración, no por ser contrario a la moral, sino por… lo aburrido.

Hay tanto mito, tabú y mentiras sobre el sexo en pareja que pareciera que el tema da para todo. En verdad, en muchos casos en el sexo de pareja es más lo que se oculta, finge, simula o miente, que lo que sinceramente se manifiesta al otro integrante. Debido a esa insinceridad en la comunicación respecto de la recurrencia, apetencias, periodicidad y conveniencia de la fantasía sexual, es que la mayoría de las parejas ocasionales o permanentes llegan a convertir un acto, en sus inicios sublime, maravilloso y emocionante, en algo repetitivo a intervalos, incompleto, insatisfactorio y sin ninguna emoción o sensación reconfortante; casi como el cumplimiento de un deber forzado.

Tan frustrante por mendaz llega a resultar en algunos casos la relación sexual de la pareja, que en vez del acto sublime, romántico, apasionado y solidario que debería representar, lo convierten por virtud de la hipocresía, en una competencia de velocidad o resistencia física, cabriolas o actos acrobáticos aliñados con gemidos fingidos, a cual más digno del público más desaprensivo de un autocine, de aquellos que estuvieron en boga por allá por los años setenta.

Es que por falta de formación sexual y elevación espiritual, un acto esencialmente pasional y mágico, puede derivar en algo simplemente rutinario o resignado, carente de la emoción y fantasía de los primeros tiempos, dejando en el alma una sensación traumática progresiva, que en algunos casos pudiera convertirlo de rutinario y aburrido en desagradable y de tal manera aumentar la pesada carga de insatisfacciones personales, haciendo aún más lacerantes los sentimientos de auto compasión, tan dañinos para el progreso espiritual.

A mi manera de ver la relación sexual de la pareja y su papel protagónico en la felicidad común, la rutina y la resignación suelen convertirse en sus mayores enemigos; siendo además ofensivo a la dignidad de ambos integrantes. Si se quiere, la práctica consciente del sexo de pareja en esta situación, bien pudiera considerarse como una especie de violación premeditada a la integridad del ser humano, la cual no tendría mucho que envidiar a la violación típica de los delincuentes sexuales, porque éstos en un alto porcentaje son enfermos mentales: sicópatas o sicóticos, quienes responden a necesidades derivadas de sus propias patologías, lo que los hace menos responsables de sus actos que aquellos que lo hacen a plena conciencia.

Esa actuación sexual falsa tan común en muchas parejas, donde se usa todo tipo de artilugios, contorsiones y gemidos para convencer de que existe una pasión que hace mucho tiempo murió, es un acto donde conviven sin ningún pudor en la actuación física sobre el sexo opuesto, la deslealtad, la mentira, la suciedad y el engaño.

Claro está que no me refiero a las relaciones de sexo mecánico, ancestral, necesario únicamente desde el punto de vista fisiológico que algunas personas suelen practicar, donde estas actuaciones serían parte de un comportamiento originario; sino que me atengo a relaciones que nacen y deben mantenerse en virtud de los sentimientos de amor y solidaridad que vincula el sexo al espíritu, con vocación de permanencia para una vida plena en común; donde es fundamental, a como de lugar, no dejar marchitar esa plantita tan vulnerable que es el amor físico-espiritual, cuyos principales nutrientes son la ternura, el respeto, el buen ánimo, la comunicación sincera, la aceptación, la consideración, la pasión, el entusiasmo, la magia, la creatividad y… la fantasía.

Próxima Entrega: EL SEXO DE PAREJA III

 

 

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