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Archive for the ‘DIOS ES PRINCIPIO Y FIN’ Category

sm_10217411-10985706.jpg Los sentimientos más trascendentes de nuestra existencia pueden ser predicados, señalados, significados, divulgados y trasmitidos de cualquier manera, lo cual es bueno, loable y si se quiere, necesario.

Pero, especialmente, cuando se trata de asuntos de tanto arraigo espiritual como el amor, la verdad, los valores y… Dios, para citar algunos de los más importantes, lo indispensable para nuestra plenitud es… sentirlo.

No es suficiente decir te amo, porque aunque es hermoso, satisfactorio y es una ofrenda a quien amamos, para que tenga un real sentido fáctico a nuestro favor, debemos sentirlo porque es la forma como podemos disfrutar al máximo ese sentimiento maravilloso, que es capaz de bloquear nuestros mecanismos naturales de defensa, para entregarlo todo y sin reservas.

Cierto que la verdad nos hace libres, pero para disfrutar tal sensación no sólo debemos hablar de su trascendencia o divulgarla, sino que debemos sentir que ese hecho de aceptar la realidad y acogernos a ella -cual es lo que significa la verdad- es la fuente que le da origen y nos mantiene en ella.

Los valores dentro de su bipolaridad natural, que además es absolutamente racional, requieren la decisión para precisar cuales tomamos, pero no sería suficiente con el ideal de considerarlos positivos y convenientes, sino que aquellos que decidamos regirán nuestra vida debemos hacerlos parte de nuestra existencia cotidiana, para lo cual tenemos que sentirlos.

En el muy especial caso de Dios, sentirlo es la única posibilidad de aceptar su presencia, poder y amor infinito. Hablar sobre su existencia y beneficio incalculable de tenerlo siempre presente, es bueno y conveniente, porque además de orientar a otras personas hacia su conocimiento, nos aporta tranquilidad y seguridad, induciéndonos a actuar en función de la utilidad para nuestros semejantes.

Alguien me preguntaba: y… ¿Cómo hago para sentirlo? -Sintiéndolo, le respondí; de la misma manera como sientes tus manos, tu cabeza, el frío o el calor, la alegría o la tristeza; sólo que, que como es inmaterial, debes percibirlo en tu espíritu de la misma manera como el amor, la ternura, el temor, la solidaridad y la compasión. Porque el concepto de Dios es integral; es una fuerza universal esencial, omnipotente, omnisciente y omnipresente. Nosotros debemos sentirlo, no Él a nosotros.

En las mañanas, cuando abro mis ojos lo siento en la luz del día, en la brisa que acaricia mi cara, en los mil ruidos que percibo, en cada una de las células que integran mi cuerpo; pero especialmente lo siento en mi tranquilidad espiritual, en mi ausencia de temor, en mi salud, en mi amor por mi esposa, mi familia y los demás seres humanos. Siento a Dios caminando conmigo en esta maravillosa experiencia de… vivir.

Soy tan feliz sintiendo a Dios como parte de mí mismo que ya, no se vivir sin Él. Me he acostumbrado tanto a tenerlo conmigo, que no tengo ninguna duda de que en todas partes me acompaña.

No proceso una visión mental de mí mismo solo y sin su guía, por eso doy gracias.

Próxima Entrega: DOS VENTANAS AL CIELO.

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No he tenido la oportunidad de verificar si es cierto que «El que comparte y reparte le queda la mejor parte», pero respecto de que lo importante de compartir, no es la parte que nos quede sino que al ayudar nos ayudamos.

Compartir con nuestros semejantes no sólo las bendiciones y situaciones positivas, sino aquellas que nos afecten negativamente, es un principio cristiano de incuestionable valor.

La regla de oro del cristianismo es integral, porque Jesús no se circunscribió a una cosa, circunstancia o asunto en especial sino que globalizó la regla, al demandar que hiciésemos por los demás lo mismo que esperábamos que los demás hicieran por nosotros.

Si bien es cierto que es loable, apropiado y noble compartir cosas físicas con los demás,  no menos importante es compartir el conocimiento, las buenas noticias, la alegría, el optimismo, la confianza, la fe en Dios y… la esperanza.

Para compartir todo momento y oportunidad son buenos. Nuestra vida, como los valores que la rigen, tiene una condición existencial bipolar. Así,  de forma constante tenemos frente al nacer, el morir; al bien, el mal; a la alegría, la tristeza; al éxito, el fracaso; a la riqueza, la pobreza; al egoísmo la generosidad; a la fe en Dios, el temor.

La condición vivencial de compartir lo bueno nos aporta sentimientos de realización, de plenitud y solidaridad humanas. Cuando compartimos la tristeza, la desesperanza o el dolor, igualmente sentimos que la carga se hace menos pesada, más llevadera y que no estamos solos.

Como producto de mis personales observaciones, en repetidas oportunidades he comprobado que muchos y graves problemas vivenciales de personas que me han consultado, hubieran sido menores, menos agravantes o más rápidamente solucionables, si el afectado los  hubiese compartido con otras personas.

No es acertado pensar que lo positivo del compartir lo es únicamente cuando se trate de algo físico, porque para la mayoría de las personas, es más difícil solicitar ayuda o consejo para sus problemas espirituales, que requerir cosas materiales.

Es que un pedazo de pan no es difícil compartirlo, porque cualquiera puede darlo sin mucho problema; pero para oír con respeto, interés e intención de ayuda, se requiere sentir que la solidaridad no es una opción sino una obligación, porque todos somos… uno.

El pan se come y a las pocas horas nuevamente se tiene hambre. La sensación de que no estamos solos y que alguien comparte nuestras inquietudes y preocupaciones, nos acompaña por mucho tiempo,  y a veces por siempre.

Que la carga se hace menos pesada y el disfrute mayor cuando compartimos es algo que no deberíamos olvidar.

Sin esperar nada por el aporte que hagamos a nuestros hermanos, siempre la vida nos devuelve beneficios; sino a nosotros mismos, a los seres que más amamos.  Como padres, es apropiado recordar al Salmista cuando afirma: «…no he visto hijo de justo mendigando pan.»

Al compartir, independientemente de la naturaleza de lo que se comparte, crecemos espiritualmente y nos hacemos la existencia más agradable.

Si tienes alguna duda o requieres aclaración sobre el tema aquí tratado, el correo del autor está disponible: amauricastillo@gmail.com

 Próxima Entrega: LA ENFERMEDAD MAS GRAVE.

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490213_maga1.jpgSobre la meditación, sus modalidades y  técnicas para realizarla se ha escrito mucho durante mucho tiempo, habiendo sido utilizada por las religiones como factor de acercamiento a Dios.

Mi exposición es para personas que como yo, sin conocimientos especializado del tema, nos interesa estudiar la utilidad práctica de las cosas, circunscrito  a nuestra naturaleza físico-espiritual. Me aplicaré a testimoniar lo que creo de la meditación y su utilidad en nuestras vidas; no como algo etéreo, simbólico, sacramental, difícil o que requiera condiciones especiales, sino como un instrumento objetivamente beneficioso, también a nuestra vida física.

En mi criterio, más que poner la mente en blanco,  meditar es zambullirse dentro de uno mismo, para mirarse y mirar con el tercer ojo, dialogando con ese Dios que es principio y fin de nuestra existencia, solos como vinimos al mundo y… en silencio.

Cuando meditamos, nos abstraemos de  sonidos, colores e  imágenes, para volar sobre la alfombra de un mundo ideal de luz, quietud, serenidad, paz, y armonía, que nos pone más allá de la sinergia de nuestra vida diaria.

Meditando creamos el ambiente perfecto para, en otra dimensión, revisar las ideas, pensamientos, sentimientos, recuerdos, afectos, emociones conforme van surgiendo; así como creencias, ambiciones y nuestra conciencia, mientras volamos con el pensamiento, como la hoja que con suavidad en las manos del viento, se desprende y  cae lentamente y en silencio, sobre el suave tapete de otras hojas muertas.

Meditar es escapar por un lapso de tiempo de todo lo que se es y se hace, para encontrar maneras de cómo ser y hacer las cosas… mejor.

Es que la dinámica de nuestra cotidianidad, escasamente nos da tiempo para pensar en lo elemental, dejándonos detrás y en segundo lugar, por si queda tiempo, el estudio y análisis de lo trascendente.

 Como seres físico-espirituales, no podemos divorciar una naturaleza de la otra.

Meditar es encontrarnos con Dios y pasear con él tomados de la mano, porque al disociarnos dentro de lo posible de este mundo físico, liberamos el espíritu que regresa a su hogar, donde no requiere nada material,  aunque fuere por corto tiempo.

Cuando meditamos, nuestro cuerpo baja su actividad física al mínimo y el cerebro concentra todo su poder y nos brinda toda su fuerza.

En nuestra cotidianidad, ese proceso de revisión a velocidad cuántica que nos permite la meditación, al aquietarnos posibilita determinar la mejor manera de interpretar las situaciones y responder apropiadamente.

Ninguna utilidad tendría meditar si no tuviera efectos fácticos. Por eso debemos destacar que la meditación, al aquietarnos beneficia nuestra la salud física y mental; pero también, al aumentar la concentración, aporta eficiencia a la ejecución de nuestras actividades, especialmente en el hogar, el trabajo, el estudio y lo que pudiéramos hacer por nuestros semejantes.

La meditación imbuida de pensamientos positivos, nos fortalece frente a los temores y pensamientos negativos, convirtiéndose en el mejor ejercicio para fortalecer el espíritu y restablecer el equilibrio mental, tan necesario para lograr una vida plena y…feliz.

Próxima Entrega: LA IMPORTANCIA DE COMPARTIR.

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