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Archive for the ‘CONFIANZA’ Category

Independientemente del sabor, nuestra vida se asemeja a un pastel, que Dios nos permite confeccionar durante nuestra existencia física, tomando los ingredientes de nuestras vivencias diarias.

Muchas personas no llegan a entender este detalle existencial y pierden la oportunidad de crear, mezclando los elementos que, separados pudieran ser tóxicos, desagradables al paladar o negativos a nuestra salud espiritual y así construir un rico pastel de vida.

Por ejemplo, las situaciones difíciles y los momentos duros tomados individualmente o aislados, cuales nos preocupan y atemorizan, simplemente se convierten en una desgracia; pero, cuando los mezclamos y dejamos trabajar al tiempo, entendemos que son convenientes porque son ellas las que nos enseñan como evitar males mayores.

Cuando alguien deja de amarnos con la misma intensidad de nuestro amor o nos es infiel, la tristeza y desagrado temporal, visto como hechos aislados, nos frustran y duelen. Sin embargo, cuando mezclamos estos sentimientos con nuestra integridad vivencial, entendemos que son el tamiz mediante el cual aprendemos a separar lo mejor, de lo mediocre o negativo.

Además, existen otras dimensiones que no podemos determinar con nuestra lógica racional, donde se mueve esa organización universal perfecta, que nos permite respirar y bombear sangre a nuestro corazón, sin preocuparnos de la secuencia de tan importantes funciones; que nos permite sentir emoción, amor y temor, sin ubicación exacta de donde se producen estos fenómenos.

De alguna manera, nuestras circunstancias vivenciales se asemejan a los materiales necesarios para producir un pastel. El amor, la amistad, la familia, el sexo, el trabajo, los estudios, la diversión, los tropiezos, los errores, los aciertos y desaciertos, los sentimientos, nuestras visiones de la vida y las cosas, el dolor, la tristeza, la culpa, la caridad, la generosidad y el perdón; todos independientes y por separado, tienen un sentido diferente a cuando los amalgamamos en función de nuestro proyecto de vida.

La textura, presentación y sabor de ese emocionante pastel que es nuestra vida, sólo dependerá de nuestra creatividad, positivismo y fe en las muchas bondades que podemos extraer de las diferentes situaciones y eventos de nuestra vida.

Sólo tenemos dos posibilidades: mezclar los acontecimientos que nos afecten, bajo la premisa de que podemos transformarlos en beneficiosos, y seremos felices; u olvidando el poder que nos otorga nuestro origen divino, permitir que el pesimismo se imponga al optimismo, la resignación a la acción, y entonces con toda seguridad seremos infelices.

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Releyendo a Vinicius de Morais, especialmente su comentario de que la gente no hace amigos sino que los reconoce, me surgió la interrogante de, si podemos hacer los amigos o si, realmente simplemente los reconocemos.

Durante toda nuestra vida nos intercomunicamos con personas que nos simpatizan, otros que nos son indiferentes y algunos que rechazamos; pero la amistad que surge de nuestro espíritu no hace categorías. Los amigos, como dice de Morais, los reconocemos y tal evento no tiene que ver con su figura, género, cultura, posición social o económica; es un sentimiento que surge de muy dentro, sin mucha lógica pero profundamente humano y  edificante.

El sentimiento de amistad es una manera sublime de amar, porque es espontáneo pero además, desinteresado. Uno ama a su familia troncal, porque lleva su sangre. A su pareja, porque comparte con ella ambiciones, esperanzas, sueños, buenas y malas situaciones y hasta el sexo, todo lo cual de alguna manera conlleva intereses. Pero a los amigos los amamos, sin más requerimiento que la espectativa de su reciprocidad.

Los amigos no requieren ese afectio diario, natural en la relación consanguínea y necesario en la   de pareja. A los amigos no requerimos decirles que los amamos, como sì es indispensable con la pareja y por demás conveniente con la familia; sin embargo, cuan hermoso y grande es el espacio que abarcan en nuestra alma.

Cuando perdemos un amigo, perdemos un pedazo de espacio de nuestra propia vida; ellos no son sustituibles, porque son especiales, individuales y típicos. Es una relación esencialmente volitiva, que no mira conveniencias ni fines más allá del disfrute del sentimiento de compartir la ideología fundamental de la vida. De alguna forma, la amistad es la materialización del principio cristiano de que todos somos… hermanos.

Con los amigos vencemos sentimientos muy arraigados, como el egoísmo, individualismo y temor, que pudieran ser mecanismos de defensa, frente a un mundo que no siempre es como hubiésemos querido que fuera.

Pudiera ser que el amigo no esté físicamente presente, pero está ahí, sembrado en lo profundo de nuestro afecto; no importa cuantos años dejamos de verlo; si nos ha sido útil o no, ni como lo consideren los demás. Simplemente es nuestro amigo, que en el concierto del universo, se hace un pedazo de nosotros mismos, la mayoría de las veces sin conocer a ciencia cierta, cuanto y porqué le queremos de forma tan especial.

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Una lectora me solicita que escriba sobre la felicidad en tiempos de crisis política. Evito tocar temas que tengan que ver con opiniones políticas por razón de mi multiplicidad de lectores, pero somos animales políticos y sería hipócrita obviar lo que nos hace diferentes a los demás seres vivos.

Es que nuestra condición inteligente y esencialmente especulativos, nos sumerge dentro de una constante especie  de perturbación, más que crisis vivencial.

Personalmente, siempre he visto al mundo y mi país en crisis. Nací en plena segunda guerra mundial, cual sumió al mundo en una crisis gigantesca. Soy hijo de un refugiado político, quien nunca superó el ostracismo y parcialmente me involucró en su propia crisis personal.

Nuestra memoria es frágil y casi siempre olvidamos crisis anteriores. Hasta los 17 años viví la Dictadura de Pérez Jiménez, que por sí misma representaba una crisis para buena parte del País.

Durante la Democracia, en cada uno de los períodos quinquenales, de una u otra forma nos sentimos en crisis: atentados, guerrillas, persecuciones, huelgas, controles de cambio, quiebra de bancos; y… cambio generacional, difícil de procesar por quienes no entienden la sinergia de esta máquina del tiempo, que es nuestro mundo.

Entonces, no es extraño que hoy, viviendo un nuevo experimento político nacional, que pretende no un cambio de gobierno sino de sistema, como en anteriores oportunidades, un segmento de la población se sienta en crisis.

No obstante, la felicidad es algo que nace, crece y vive en nuestro interior, por encima de cualquier crisis; sólo nosotros podemos producirla, detectarla y mantenerla. Así, como las crisis son producidas por y desde el exterior de nuestro ser, si somos espiritualmente fuertes, la felicidad no debería afectarse gravemente por elementos externos.

Las personas felices viven el momento; de el toman lo bueno, sano y edificante, que disfrutan intensamente. Lo desagradable, perturbador o dañoso, simplemente lo desechan; no le dan trascendencia tal que pueda sumirlos en crisis, porque si no es lo deseado, simplemente le aplican la regla de oro:   ESTO TAMBIEN PASARÁ.

¿Podría alguien asegurarme que en crisis es imposible amar, compartir, dar, ser útil, crecer y fortalecerse cultural, espiritualmente y encontrarse con Dios? No, porque todo momento es bueno para disfrutar esos tesoros que nos fueron dados, la esperanza y la felicidad. Como lo escribiera Oswald: “… la felicidad debe ser considerada como el objeto de la civilización.” Y, venturosamente, eso sólo depende de nosotros.

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0Como seres humanos, no requerimos ser boxeadores para que la vida, de vez en cuando, nos ponga contra las cuerdas, en alguno o varios de los muchos asuntos que conforman nuestra permanente lucha por una vida mejor.

Todos, salvo raras excepciones, creamos, abrazamos y acumulamos sueños; deseamos cosas y acumulamos sentimientos de diferente índole, que nos son muy caros; pero, casi en todos los casos, materializarlos, especialmente los más sentidos, ameritan decisión, dedicación, diligencia, esfuerzo –y a veces- sudor y… lágrimas.

Como no nos contentamos con una vida tediosa, resignada y monótona, desde que nos concientizamos de nuestro poder personal heredado de Dios, nos vemos impelidos a luchar a brazo partido por lograr nuestras metas; y sin escatimar esfuerzos, todos los días comprobamos nuestra inmensa capacidad de adaptación a las nuevas circunstancias, que nos permite ser mejores, más útiles, aceptando a nuestros semejantes con sus virtudes y defectos, para ayudarlos y de tal manera crecer espiritualmente, haciéndonos todos los días… más hombres.

Que importa que la vida, algunas veces, nos ponga contra las cuerdas, si somos del tamaño de la circunstancia que se presente. Somos conscientes de nuestro poder, decisión, fe, seguridad, confianza, y positivismo. Eso nos hace recibir los sucesos indeseables, complicados y difíciles, como asuntos por resolver más que problemas, lo que de alguna nos aportarán conocimiento y experiencia en la vida.

Esas valientes personas, bien golpeadas por la vida, por quienes, cuando estuvieron en problemas, nadie daba medio por su futuro, quienes no se amilanaron ni permitieron que las circunstancias adversas o el temor invadieran su alma, simplemente aceptaron que la vida tiene sus baches y sus momentos difíciles; que todo tiene su tiempo y su resultado, pero que como la noche y el día, siempre son pasajeros. Ellos superaron las dificultades, y luego, disfrutaron aún más de una vida producto de su esfuerzo, fe y confianza en su diligencia y la fe en un Dios, que siempre consideraron presto a ayudarlos.

De esos triunfadoras aprendí, que no existe problema sin solución; porque nada, ni una hoja se mueve sin la voluntad de Dios, y por tanto, todo suceso tiene una razón; no importa si nunca la conocemos, porque lo que importa es el resultado, que al final, si aunamos a nuestra fe, dedicación y esfuerzo, terminamos aceptando de buen gusto, que fue conveniente lo sucedido.

Bienvenidas las dificultades, porque son importantes para probarnos de que somos capaces, cuando se requiere sacar lo mejor que tenemos por dentro.

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“TODOS SOMOS UNO EN SIMBIOSIS CON DIOS”

Playa-Ferrara-En-Torrox-Costa-Provincia-de-Malaga_7555Nuestra naturaleza gregaria nos hace conectarnos con la idea de compartir vivencias, experiencias y… ayuda mutua, como condición para lograr una vida plena, cual no es posible obtener aislados o en solitario. Por tanto, requerimos desarrollar la actitud de sentir a las personas e interesarnos por sus particulares situaciones.

Conectarnos con el alma del prójimo es imbuirnos de su situación, compartiendo sus penas y problemas; dando apoyo moral y físico, a fin de hacer menos pesada su carga, porque cualquier situación siempre es más llevadera entre dos o más. Somos un todo con Dios y con el resto de los demás seres humanos, por lo cual las experiencias de mi hermano, de alguna manera tocan mi bienestar.

Funcionamos como órganos de un mismo cuerpo; si alguno se afecta, influye en su integralidad funcional y resultado. Cuando disfrutamos el éxito de nuestros hermanos o nos solidarizamos con su dolor y abriendo el corazón ofrecemos la mano solidaria, estamos contribuyendo con nuestro propio bienestar. Es que es difícil ser felices en soledad y todos necesitamos de… todos.

Compartir es condición indispensable para lograr nuestra realización material y espiritual. Nuestros hermanos humanos son el mayor regalo de Dios, ya que sin ellos nuestra vida no tendría significado.

Por eso tenemos que amarlos, aceptarlos, entenderlos, edificarlos y convertirlos en parte de nuestra propia preocupación. Fue eso lo que quiso significar Jesús cuando enseñaba: “Ama a tu prójimo como a ti mismo.” En esa sencilla expresión nos legó un compendio de amor, fe y esperanza en nuestros congéneres; pero también, por nuestra diversidad natural, nos dejó un compromiso: aceptar a nuestros semejantes como Dios los creó, porque al diseñarnos a su imagen y semejanza, nos hizo únicos y especiales.

Dios es amor, esencia, energía y poder juntos, más allá del tiempo y el espacio. Si reflexionamos sinceramente, entenderemos todo lo hermoso, amoroso, sensible y solidario que existe dentro de cada ser humano, siempre esperando que alguien toque la puerta y lo despierte, para saciar su sed de dar.

Tenemos necesidad de sentir que somos parte de un todo que es sinérgico, universal y poderoso; que no estamos aislados sino conectados, y que nuestros asuntos y los de las demás personas son de interés universal; que Dios nos puso sobre esta tierra para acompañarnos, amarnos, ayudarnos y jamás nos dejará solos. No asimilarlo y aprovecharse de ello, sería un desperdicio y una torpeza… imperdonables.

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ISAB ELITA H IJA DE GINASomos físicamente tan vulnerables, que nada, en ningún momento, puede asegurar nuestra existencia física.  No se requiere una locomotora que atropelle, o un edificio que se derrumbe, para perder la vida; suficiente es un microgramo de colesterol adicional en una arteria, una bacteria sólo detectable por un microscopio o un tropezón con una acera para abandonar este bello mundo.

¿Cuál elemento nos permite vivir sin preocupación aún con esa gigantesca vulnerabilidad física?

Se trata del factor confianza, cual nos indica esperar siempre lo mejor, porque su sustento es la seguridad de que Dios siempre está presente velando por sus hijos.

La confianza nos permite creer en las personas, en su amor, amistad, y en general en todo tipo de relaciones. No podría concretarse ningún matrimonio, negocio, convenio profesional o contrato de ningún género, sin un mínimo de confianza en el cumplimiento de lo pactado.

Las relaciones conyugales y familiares de cualquier género serían un desastre, sin ese margen mínimo de confianza en los demás. En los países con graves problemas sociales, su mayor problema radica en que los ciudadanos carecen de un margen mínimo razonable de confianza entre ellos y en sus relaciones con el Estado.

Nuestra vida sería desastrosa si permitiéramos la permanente desconfianza sobre nuestra seguridad personal, económica y jurídica; de nuestros allegados, vecinos y extraños; de nuestra salud y posibilidades de éxito en nuestros proyectos.

El margen mínimo de confianza es fundamental. Es lo que nos permite planificar, invertir, establecer proyectos familiares, de estudio y de negocios.

En estos tiempos de cambio, frente al desasosiego, temor y crispación, más que nunca se requiere echar mano del sentimiento de confianza, sobre la base de la convicción de que no estamos en este mundo por accidente, sino con un plan individual y determinado que, aunque no conocemos, nos blinda contra cualquier desastre mientras no se haya cumplido nuestra misión.

Es esa mi recomendación de hoy: no permitir que se agote ese margen mínimo de confianza en nuestros hermanos humanos; en su reserva de generosidad, que a veces, aunque no la veamos a flor de piel, sí que se encuentra inmersa en lo más profundo de su ser, porque todos, sin excepción, tenemos en nuestra alma, esa herencia divina que nos hace merecedores de ser llamados hijos de Dios.

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«ESTA TIERRA ES  MI PATRIMONIO, YO DECIDO QUE PARTE TOMO»

Un buen punto de reflexión para cualquier ser humano normal  podría ser: si como es cierto, fuimos creados inteligentes para reinar sobre esta tierra ¿Debemos conformarnos con menos de lo que deseamos o nos satisface?

Personalmente opino que no. Independientemente de los factores de  tiempo y espacio, a través de la historia siempre han existido los medios necesarios al alcance del hombre para lograr sus fines. Por eso, en todos los tiempos encontraremos personas ricas y pobres; poderosos y esclavos (inclusive de sus propios errores); sabios e ignorantes; negativos y positivos; alegres y tristes;  felices e infelices.

Son el mismo mundo y la misma vida. Nada ha cambiado. El hombre sigue reinando o siendo súbdito, conforme a su propia concepción de la vida, su poder, su fuerza, su fe; y especialmente, su exclusiva capacidad de adaptación a las condiciones del medio ambiente.

El rico Epulón y el pobre Lázaro; el sabio Salomón y el más ignorante de sus ciervos; Jesús y Herodes; La Madre Teresa de Calcula y Madona; cada cual haciendo de su vida y tomando de ella conforme a sus convicciones, aplicación de su poder e inteligencia heredados de Dios, con el resultado proporcional a la confianza en sí mismos, diligencia, perseverancia, el trabajo y la fe en el logro de las metas impuestas.

¿Cuál de ellos fue o es  más feliz?

¿Es fundamental o definitivo en su capacidad para ser felices, alguno de los factores riqueza, pobreza, sabiduría, poder, humildad, genialidad, belleza, fama, caridad o crueldad?

En general, pareciera que no. Por citar dos ejemplos, si estudiamos la vida de Salomón, quien se reputó como uno de los hombres más sabios y ricos de su tiempo, su final no fue precisamente feliz; de hecho, terminó lamentando que todo era «vanidad y aflicción de espíritu». En cambio, quien hizo de la pobreza y humildad una forma de vida como fue la Madre Teresa de Calcuta, nadie duda que vivió con una gran  paz espiritual, amor, felicidad y recibió del mundo los más grandes honores.

¿Qué hizo entonces la diferencia? Opino que se trata de  la convicción personal de que la vida les daría, y de hecho así ha sido, lo mismo que exigieron de ella. Es entender la vida como una oportunidad única y temporal de hacer por los demás  lo mismo que  se desea hagan por nosotros, y de tal manera  aprender a experimentar el amor en su doble condición: el de dar y el de recibir.

La vida me da lo que yo sea capaz de tomar de ella. Si hay límites, son aquellos que yo mismo me imponga. Como escribiera el filósofo contemporáneo Ortega y Gasset: «…yo soy yo y mi circunstancia». Son esa suma de circunstancias muy personales y particulares, el lienzo donde pinto mi vida. De ellas depende lo que creo, veo, deseo, espero y soy capaz de realizar.

El mundo exterior no tiene capacidad para limitarme. Mi intelecto, inspiración, decisión y estado de ánimo viven en mi interior y allí únicamente yo decido como se hacen las cosas.

¿Qué el limite es el cielo? No lo creo, porque ese cielo azul que todos vemos, ni es cielo… ni es azul.

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«EL PASADO ES UN MUERTO Y DEBE PERMANECER BAJO LA TUMBA»

Dentro de las muchas consultas que debo atender todos los días en este blog sobre problemas de pareja, paradójicamente, el factor constante de perturbación no lo representa las situaciones que sufren estas personas en la actualidad, sino aquellos eventos que se sucedieron en el pasado, sobre los cuales no es posible remediar nada, pero que continúan atormentándoles, precisamente porque no han sabido cerrar la puerta al pasado.

El pasado es un muerto y los muertos deben permanecer en el cementerio.  El pasado no corresponde a un tiempo específico, sino que se trata del que no es actual; vale decir, todo lo que sucedió hace un segundo, ya es pasado y nada se puede hacer por cambiarlo. Lo que sucedió corresponde a un tiempo que pasó, que ya no existe.

Lo más que debemos hacer por el pasado es recordar los bellos momentos, pero hasta ahí. Por tanto, no tiene ninguna lógica permitir que los recuerdos de algo negativo que pasó y que ya no puedo cambiar me preocupen; o lo más grave, permitir que me haga daño.

La vida tiene tantas cosas bellas que disfrutar, sin que sepamos por cuanto tiempo, que es realmente un desperdicio dedicarle parte de nuestro valioso hoy a un tiempo que se fue, pudiendo consagrarlo a vivir intensamente todas las muchas bendiciones que Dios puso en este mundo para nuestra satisfacción y deleite.

Por tanto, si perdimos un amor, si no nos comprendieron, si nos ofendieron, engañaron o agraviaron de cualquier manera, nada nos beneficia recordar esos malos momentos, sino por el contrario, debemos olvidarlos. No importa cuanto tiempo pudimos amar, lo importante fue que amamos, y amar siempre ha sido un privilegio. Es lo bello del amor lo que debemos recordar. El amor no hay como medirlo, no tiene precio. Simplemente se vive, se disfruta intensamente y con fruición, y esa maravillosa sensación es algo que ya jamás nadie podrá quitarnos.

Si no cerramos la puerta del pasado a los recuerdos negativos, no podremos mantener el alma limpia y preparada para el nuevo amor que vendrá, que por regla general será más emocionante y pleno. De hecho la hermana gemela del pasado es la nostalgia, cual desvirtúa los eventos sucedidos, con riesgo a hacernos perder la perspectiva de la realidad.

Nosotros conocemos nuestro peso específico; sabemos de todo el amor y la ternura que somos capaces de dar. Si alguien no nos quiere, pues se lo pierde. Tan claro como eso. Es con optimismo, con fe y confianza en nuestras realizaciones como viviremos nuestro hoy y construiremos nuestro futuro. Sabemos que todos los días avanzamos en el crecimiento espiritual. Por tanto somos una buena opción para alguien que quiera compartir felicidad.

Además, en este camino de la vida, alguien viene en sentido contrario buscando lo mismo que nosotros; más temprano que tarde nos encontraremos y el amor que nunca muere, renacerá; seremos felices en nuestro hoy, y en el mañana, si es que llega. Entonces… ¿Qué razón tendría recordar lo malo del ayer?

 

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» LO QUE TU DES A TU HIJO, ESO DEVOLVERÀ A LA SOCIEDAD»

Sin una explicación racional, más allá de falta de fe en nuestra condición de seres inteligentes, hemos desarrollado una progresiva cultura del «NO»

¿Por qué entonces la sorpresa por los rostros taciturnos, preocupados, desmejorados, y, si se quiere… angustiados, si desde que el niño empieza a comprendernos, en vez de aceptación amorosa y paciente explicación a su natural curiosidad e inquietud, casi siempre recibe negación?

¿No es la familia del niño lo más inmediato, de quienes se espera la obligación de informarle?

Pareciera que el «NO» se hubiese tomado como solución cómoda para no explicar, informar y orientar a quienes lo requieren, constituyéndola en fuente prolija de ese monstruo de mil facetas desde que nace hasta que morimos: el temor.

Desde su más tierna edad los niños son enfrentados por el «NO», sin suficiente explicación del porqué no deben hacerse las cosas de tal o cual manera.
No llores, no grites, no te chupes el dedo, no toques eso, no te rasques ahí, no digas eso, no hables duro, no silbes, no salgas, no brinques, no comas así, no camines así, no molestes; te dije que NO…NO…NO, hasta que dejes de respirar.

Nadie les explica porque todo tiene que ser «NO». Simplemente se les impone y ellos, como no saben como reclamar una respuesta razonada, insisten en hacer las cosas como se los ordena su instinto, para recibir un nuevo y contundente «NO», acompañado con gestos o acciones cargadas de incomprensión, falta de amor y caridad, indicativas del «NO» definitivo: «CÁLLATE».

Ese imperio del «NO» en sus primeros años, les genera temor, inseguridad y desconfianza en… todo. Su efecto inmediato baja su autoestima, golpeando su curiosidad natural como fuente de su aprendizaje. En tal estado emocional cabe preguntarse:

¿Cómo queda la necesaria motivación para investigar, estudiar, aprender a ser mejores y felices, en un mundo donde todo es negativo? ¿Qué incentivos para obtener conocimiento y sabiduría pueden recibir de quienes más que la felicidad importa el cumplimiento normativo de una sociedad saturada de vanidad, preocupación, angustia y… temor?

Se requiere reflexionar sobre este asunto, son los padres y educadores quienes están obligados a entender a los niños, porque tienen mayor experiencia de la vida y por tanto les corresponde orientar y canalizar, más que imponer el aprendizaje; máxime cuando los primeros los trajeron al mundo sin su permiso, y los segundos reciben una paga para enseñarlos. La sinergia del desarrollo y su objetivo último de producir paz y felicidad, hace necesaria la revisión.

Un cambio de actitud facilitaría entender la rebeldía de los adolescentes; pero también la obligación de los padres de compensar a sus hijos por lo que a su vez ellos recibieron de los suyos, y que en derecho corresponde a sus vástagos: formación para una vida plena.

Siento que hemos desviado el camino hacia la realización material-espiritual del ser humano, dando mayor importancia a paradigmas tradicionales, formalidad y solemnidad, que a la necesidad de una formación para una vida feliz; olvidando que el aprendizaje no se obtiene únicamente para el hogar y/o las aulas, sino para una vida que deberá hacerse fuera de ellos.

Debemos desterrar el muy cómodo «NO» como excusa para evadir nuestra obligación de explicar, sustituyéndolo por el placer de aprovechar la muy temporal oportunidad de orientar a nuestros hijos y pupilos, hacia una vida donde el «NO» deba ser la excepción y el «SI» la regla, porque la felicidad se fundamenta en decir «SI» al amor, a la verdad, a la aceptación, a la comprensión, a la generosidad y… a DIOS.

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«EN TODA OPORTUNIDAD BUSCA AYUDA, PERO SI TIENES LA DE DIOS… ES LA MEJOR»

Hoy, cuando los temores abundan porque se teme al terrorismo internacional, asesinos en serie,  depredadores infantiles, al VIH,  los precios del petróleo,  al recalentamiento global y… pare de contar, cualquiera de estas realidades, sin considerar otras muchas como perder los bienes, un amor o un ser querido, se convierten en factores de perturbación, que podrían llevarnos a un estado mental de pseudoparanoia, por decir lo menos.

¿Qué hacer frente a tantos posibles riesgos?

Como habitante de esta aldea global que crece y crece… sobre todo en problemas, no creo exista una fórmula mágica para la tranquilidad que funcione para todos. Pero sí puedo comentarles lo que, siendo menos joven en años y en bienes materiales que muchos, he hecho para evitar que esos agentes negativos afecten mi decidida intención de continuar  disfrutando una vida feliz.

Acepto y asumo mi vulnerabilidad personal física; admito que puedo ser objeto de esa violencia indiscriminada e injustificada, que pareciera haber llegado al mundo para quedarse, quien sabe por cuanto tiempo. Pero al asumir y aceptar los riesgos, abro opciones que me permitan vulnerarlos, o por lo menos disminuirlos.

Me convenzo de que se trata de riesgos POSIBLES pero no actualizados. Por tanto, dependerá de como actúe el que esas posibilidades no se conviertan en reales probabilidades, para lo cual debo neutralizar  el temor porque distorsiona la realidad y magnifica situaciones que aún no han llegado y quizás… nunca lleguen.

Controlado el temor, desenvaino mi arma más poderosa: mi fuerza espiritual que me asegura que soy un pedacito de Dios, quien es el más poderoso y me transmite parte de su poder y sabiduría, dos elementos contundentes frente al mal.

Para atenuar las posibles contingencias malignas, me escudo en mi amor por la gente y mi sentimiento de aceptación a mis hermanos humanos, quienes, en su mayoría, son buenos y sólo buscan  ser aceptados y  tomados en cuenta con todas sus virtudes y… defectos.

Pero lo más importante para evitar que me afecten gravemente esas posibles contingencias dañosas, es mi convicción absoluta de que nada, ni una hoja se mueve sin la voluntad de Dios;  y que, independiente de cual sea la magnitud del riesgo o peligro, su acaecimiento siempre dependerá de su voluntad.

Así he vivido mis 67 años y aquí me tienen, feliz, con salud, con una bella familia. Siempre bajo la protección de Dios; haciendo las cosas que pienso le agradan, cuales no son difíciles, pero además agradables: confiar en su poder y bondad, aceptar y amar a mis hermanos como a mi mismo, compartir con ellos y tratar de serles útil. Confieso que no me ha sido difícil entenderlo, asumirlo y convertirlo en mi arma defensiva más eficaz, quizás porque me ha funcionado… siempre.

Por eso hoy, mi admonición final es: NADA PUEDE AFECTARME SI DIOS NO LO APRUEBA y Él sabe mejor que  yo lo que me conviene. Puedo vivir tranquilo, estoy en  las mejores manos.

 

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