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Archive for the ‘AQUIETARSE’ Category


He atravesado Venezuela desde La Guaira hasta Cararabo en Apure; he viajado desde Sichipés en la Goajira, hasta Quita Calzón en el Estado Amazonas; los llanos, los Andes, el Centro. En todo el territorio nacional conocí y traté gente sencilla, pero amable; pobre o rica, pero digna; académicos, estudiantes, autodidactos o sin educación formal, pero gentiles. En general, los venezolanos con quienes conviví eran atentos, generosos, amables, amistosos y… bien felices. Bastaba  conocer una persona, para ya considerarla una relación positiva, por no decir… amiga; siempre dispuestos a compartir sin recelos ni temores.

Hoy, en un gran número e independiente de su edad, cultura o posición social, nos hemos hecho irascibles, maliciosos, poco amables, estresados, materialistas, menos felices, y si se quiere… peligrosos.

En las colas de los bancos o del tránsito, todos apurados, nerviosos, mal humorados y hasta furibundos. Las ofensas por cosas nimias, como esperar prudentemente en el semáforo para avanzar, darle paso a un peatón o mantener una velocidad razonable, trátese de un caballero o una dama, nos convierte en acreedores de calificativos irrepetibles.

Cuando una lata de refresco convertida en proyectil sale por la ventana de una lujosa camioneta; un transeúnte en vez de pasar por el rayado para peatones destruye los jardines viales;  delante de mí los conductores de autobús sueltan un pasajero en mitad de la vía, poniendo en riesgo su vida y mi seguridad; un motorizado policial sin ninguna urgencia transita en contravía, exponiendo a conductores y transeúntes, barrunto que algo anda muy mal.

¿Qué nos sucedió?

¿Dónde se quedó nuestra decencia y formación, recibida en el hogar?

¿Dónde el respeto y amor por las personas, especialmente los niños y los ancianos?

No lo sé, pero tampoco lo entiendo. Me niego a aceptar que nos estamos convirtiendo en gente desagradable, desconsiderada, vulgar, malhumorada, grosera, malintencionada, resentida, envidiosa, y consecuencialmente… malos ciudadanos.

Tenemos que aquietarnos, revisarnos, y si es posible repensarnos. Quizás debamos hacer una reingeniería de nuestra vida, para poder disfrutar –aún con todos sus males- de  uno de los últimos refugios del mundo; con hermosos paisajes, clima envidiable y… mil oportunidades.

No es difícil recuperar el amor, la consecuencia, la paciencia, la generosidad y la alegría. Solo hace falta convicción del compromiso con esta bendita tierra que nos ha dado todo, para ser merecedores de llamarnos con verdadera cualidad y orgullo: venezolanos.

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AFRONTANDO ERRORES

Con el correr del tiempo, los seres humanos acumulamos errores y aciertos, que podemos lamentar, celebrar o simplemente… olvidar. Los aciertos, por sí mismos constituyen motivo de regocijo y de auto reconocimiento. Pero, los seres humanos suelen cargar sus hombros con los errores del pasado, acumulando frustración que enturbia su presente, en el cual por cierto nada se puede hacer por remediar el pasado. En otros casos, suelen lamentar dolorosamente tal o cual actuación o decisión –que hoy por sus nuevas experiencias- consideran hubieran podido evitar o tomar de forma más apropiada.

En verdad, no deberíamos lamentar lo que hicimos a conciencia, porque fue producto de nuestro libre albedrío, en una oportunidad determinada y por motivaciones específicas y especiales de ese momento. Es que, si salió mal o fue menos agradable de lo que hoy pensamos que hubiera podido ser, sería una consideración fuera de tiempo, porque lo que hicimos lo fue a conciencia y mejor o peor… lo vivimos de la forma como lo quisimos.

Nuestras actuaciones pasadas, acertadas o erróneas fueron nuestras; en su momento las meditamos, estimamos sus pro y sus contras; medimos el riesgo, decidimos y actuamos; de tal manera que, en su momento aceptamos sus consecuencias como producto de nuestras actuaciones propias y voluntarias. A nadie podríamos culpar de haber actuado como actuamos o haber sido como…fuimos: se trata de lo que fue, pero que ya no existe.

En aquellos tiempos amamos, reímos, lloramos, sufrimos, pero también… fuimos felices. Hoy no podemos calificar ninguno de esos sentimientos, porque, de alguna manera, sin ninguna duda e independiente de su entidad, somos… diferentes y la capacidad de comparación la afecta gravemente… el tiempo.

Afrontar con entereza, sin lamentos, dolor ni tristeza lo que ayer hicimos, independiente de su resultado no es más que reconocer nuestro derecho a actuar conforme a nuestra propia voluntad. Es ser consecuentes con nosotros mismos, con nuestros valores de ayer, de hoy y… de siempre.

Pero al final, si somos sinceros con nosotros mismos, aceptaremos que gracias a esa acumulación de experiencias mejores o peores, dulces o amargas, hoy tenemos mayor capacidad para evaluar situaciones similares o parecidas. De alguna manera, fueron la escuela donde educamos nuestro carácter, donde aprendimos que lo importante no es lo que hicimos o fuimos ayer, sino lo que hacemos o somos hoy; porque es ahora, en este momento cuando podemos experimentar lo bello de sentirnos vivo, felices y satisfechos con nosotros mismos.

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Una lectora me solicitò la repeticiòn de este artìculo publicado en 2008, que espero lo disfruten.

Hoy, cuando los temores abundan porque se teme al terrorismo internacional, asesinos en serie, depredadores infantiles, al VIH, los precios del petróleo, al recalentamiento global y… pare de contar, cualquiera de estas realidades, sin considerar otras muchas como perder los bienes, un amor o un ser querido, se convierten en factores de perturbación, que podrían llevarnos a un estado mental de pseudoparanoia, por decir lo menos.

¿Qué hacer frente a tantos posibles riesgos?

Como habitante de esta aldea global que crece y crece… sobre todo en problemas, no creo exista una fórmula mágica para la tranquilidad que funcione para todos. Pero sí puedo comentarles lo que, siendo menos joven en años y en bienes materiales que muchos, he hecho para evitar que esos agentes negativos afecten mi decidida intención de continuar disfrutando una vida feliz.

Acepto y asumo mi vulnerabilidad personal física; admito que puedo ser objeto de esa violencia indiscriminada e injustificada, que pareciera haber llegado al mundo para quedarse, quien sabe por cuanto tiempo. Pero al asumir y aceptar los riesgos, abro opciones que me permitan vulnerarlos, o por lo menos disminuirlos.

Me convenzo de que se trata de riesgos POSIBLES pero no actualizados. Por tanto, dependerá de como actúe el que esas posibilidades no se conviertan en reales probabilidades, para lo cual debo neutralizar el temor porque distorsiona la realidad y magnifica situaciones que aún no han llegado y quizás… nunca lleguen.

Controlado el temor, desenvaino mi arma más poderosa: mi fuerza espiritual que me asegura que soy un pedacito de Dios, quien es el más poderoso y me transmite parte de su poder y sabiduría, dos elementos contundentes frente al mal.

Para atenuar las posibles contingencias malignas, me escudo en mi amor por la gente y mi sentimiento de aceptación a mis hermanos humanos, quienes, en su mayoría, son buenos y sólo buscan ser aceptados y tomados en cuenta con todas sus virtudes y… defectos.

Pero lo más importante para evitar que me afecten gravemente esas posibles contingencias dañosas, es mi convicción absoluta de que nada, ni una hoja se mueve sin la voluntad de Dios; y que, independiente de cual sea la magnitud del riesgo o peligro, su acaecimiento siempre dependerá de su voluntad.

Así he vivido mis 69 años y aquí me tienen feliz, con salud, con una bella familia. Siempre bajo la protección de Dios, haciendo las cosas que pienso le agradan, cuales no son difíciles, pero además agradables: confiar en su poder y bondad, aceptar y amar a mis hermanos como a mi mismo, compartir con ellos y tratar de serles útil. Confieso que no me ha sido difícil entenderlo, asumirlo y convertirlo en mi arma defensiva más eficaz, quizás porque me ha funcionado… siempre.

Por eso hoy, mi admonición final es: NADA PUEDE AFECTARME SI DIOS NO LO APRUEBA y Él sabe mejor que yo lo que me conviene. Puedo vivir tranquilo: estoy en las mejores manos.

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Que nuestra existencia física sea temporal, aunque no es de nuestro mayor agrado, sí es algo en lo que todos estamos de acuerdo. Por lo tanto, es sano vivir de tal manera que, aunque disfrutemos al máximo de todo lo que tenemos a nuestro alcance, jamás olvidemos que ningún bien o cosa física podremos llevarla con nosotros.

Como consecuencia, el valor de las cosas y nuestras situaciones vivenciales no reside en cuanto puedan durar, sino en la intensidad con que las percibimos y disfrutamos. De allí la necesidad de atesorar los bellos momentos, los hermosos recuerdos, los milagros que día a día se producen en nuestra vida, y esas maravillosas personas que hacen de nuestra existencia una… hermosa aventura.

La importancia del rocío no reside en su frescura, sino en el hecho de que alimenta y mantienen terso el pétalo de la rosa. La relevancia de la música no está en la intensidad de las notas o los acordes, sino en como la recibe nuestra alma.

En una obra de arte no tiene ninguna importancia la firma del artista, sino la sensación que ella despierta en nuestro espíritu. Lo mágico no es el ruido del silencio con que las hojas caen en el otoño, sino la sensación de un ocaso para crear vida, que percibimos cuando las lleva el viento.

Tampoco tendrá importancia cuantos bienes y de cuantas cosas dispusimos en vida, sino de que forma y en que amplitud las compartimos. Lo trascendente no es que hicieron los demás por nosotros, sino que hicimos nosotros por quienes estuvieron a nuestro alcance. Por eso, al final, más importante que cuanto hemos vivido, es cómo lo vivimos.

Ciertamente, nada físico es nuestro; nada podremos llevarnos porque todo lo tenemos prestado y sólo podemos usarlo en esta vida. Lo único que realmente nos pertenece, es la capacidad de disfrutar cada uno de los instantes de nuestra vida, en ese maravilloso mundo de las cosas sencillas, que Dios en su infinita misericordia nos dio por heredad.

Por tanto, si algo podemos dejar luego de nuestra partida, es el amor que hubiésemos prodigado; la solidaridad que hayamos demostrado y el bien obsequiado a nuestros semejantes, que se convertirán en un recuerdo del tamaño y la dimensión de nuestras propias actuaciones. Por cierto, algo de lo cual se sentirán orgullosos y pudiera servir de ejemplo a quienes nos amaron en esta vida.

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«La madurez de un ser humano se refleja en sus actos, no en sus años»

La Sabidurìa, como continente de todas las virtudes humanas, debe estar orientada al bienestar del hombre y por tanto irremediablemente vinculada al amor y la felicidad; como cosecuencia, sus contenidos son trascendentales para el amor y la felicidad. Hoy me ocuparè someramente de uno de ellos, la madurez, cual deriva de la aptitud para establecer control y equilibrio sobre la individualidad.

No es cierto que para adquirir madurez se requiera haber vivido muchos años. En el camino de mi vida he dialogado con personas de avanzada edad, quienes actuaban de forma inmadura.

Asimismo, conocì personas muy jòvenes, quienes reflejaban en sus comportamientos una madurez envidiable para cualquer venerable anciano. Es que, el desarrollo de la madurez tiene que ver como concibamos la vida y las cosas, porque dependiendo de esa ideologìa, a su vez daremos o restaremos trascendencia al resultado de nuestros actos.

Es que la madurez, reune condiciones intrìnsecas del ser humano que, como consecuencia de la aplicaciòn de sus facultades congnitivas y volitivas, decisivas en su vida, tienen que responder a un especial autocontrol y equilibrio, para que al final se reputen positivas.

Se trata de atenuar o endurecer tendencias naturales, sentimientos, carácter, sueños, ambiciones, emociones, temores, arrojo y fantasías, que deben ser debidamente enmarcadas en el sitio que corresponda, en esa tabla de ajedrez que conocemos como el arte de vivir… bien; vale decir, disfrutar de una existencia edificante, en paz y armonia con nuestros semejantes y el medio ambiente.

Sin duda, para adquirir madurez se requiere inversión en paciencia, perseverancia, humildad, compromiso y reconocimiento, cuales son elementos vivenciales que traemos al arribar a esta vida fìsica. Es la madurez lo que nos permite conciliar lo inmediato con lo mediato, en funciòn de una meta especìfica; aceptar las dificultades como enseñanza; tomar y mantener las decisiones, porque han sido producto de la reflexiòn; aceptar los errores y aprender de ellos; sustituir la suerte por la diligencia y el trabajo; mantener la confianza frente a la situaciòn adversa; contabilizar la generosidad como una experiencia maravillosa; aceptar la diversidad como un regalo de Dios; admitir que para amar todo tiempo es bueno y no se debe desaprovechar ningùn espacio, porque no sabemos hasta cuando tendremos la oportunidad de experimentarlo.

No es la madurez algo que la vida nos regala, sino la capacidad que adquirimos para ubicarnos debidamente sobre esta madre tierra.

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Quienes tuvimos la experiencia de presenciar -aunque fuere parcialmente-  dos Milenios y dos Siglos, de alguna manera vivimos dos mundos: ninguno mejor que el otro, pero… diferentes. En este nuevo, se comienza a percibir un profundo cambio de la estructura social, utilizando como ariete el sistema económico, porque hoy más que nunca, la economía es el mecanismo idóneo para profundizar hacia la deseada justicia social global.

En un planeta con capacidad para alimentar a doce mil millones de personas, con una población por debajo de la mitad, el hecho de que más de mil doscientos millones vivan en pobreza crítica, es la mayor demostración de fracaso del modelo económico.

Los cambios a la situación social mundial son urgentes. No se puede continuar con un sistema económico en función del beneficio casi exclusivo de exiguas minorías y en desmedro del derecho natural de las grandes mayorías, a obtener la cuota parte que en justicia les corresponde para cumplir con sus necesidades, en un mundo sobradamente dotado para satisfacerlas.

Debemos asumir la grave crisis económica, política y social por la que atravesamos, pero sin temor; los cambios son incómodos, pero propios de los acomodos del mundo. Nadie tiene una varita mágica para solucionar los problemas, ni es labor de un solo hombre o país. Se trata de una labor que nos corresponde a todos, pero con voluntad, fe y optimismo para producir los cambios necesarios, que provoquen una forma nueva y diferente de ver la razón de vivir, estaríamos comenzando bien.

No es posible cambiar de la noche a la mañana un modelo económico desarrollista e insensible, diseñado en función de la acumulación de riqueza y no de la mayor felicidad del hombre, porque ese escaso 5% de la población mundial que, de forma grotesca disfruta del 70% o más de sus recursos, no va a hacer las cosas fáciles sino que va a pelear con todo por mantener sus groseras prebendas.

Si estamos claros que el camino es largo y difícil pero auspicioso, todo será más fácil y –si lo vemos positivamente- inclusive podríamos disfrutarlo; especialmente, quienes por años hemos soñado con un mundo mejor: más humano, más afectivo y solidario, donde todos como hormigas de la misma cueva, compartamos integralmente nuestro intelecto, conocimientos, recursos y amor, en búsqueda de la realización personal que redundará en la felicidad colectiva.

Es un compromiso global y todos podemos incorporarnos: manos a la obra.

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foto-usuario-113616-5082573508Nunca he podido entender que algo sublime como el amor -en el caso de Dios el máximo- de alguna manera pueda materializarse o manifestarse con el castigo. Quizás porque estoy convencido de haber entendido perfectamente el mensaje de Jesús, hijo predilecto de Dios sobre esta tierra, en cuanto a que “Dios es amor.” De tal suerte, que tampoco comprendo como algunos religiosos presenten a Dios como un padre irascible, terrible y vengador, que sólo está pendiente de ver los errores de sus hijos para caerles encima y zás… castigarlos, olvidándose de su esencia divina, que es “amor”.

¿Cómo puede conciliarse el amor con el castigo? ¿Cómo se entiende que un Dios que es todo amor y sabiduría, pero que además nos diseñó un camino de vida desde antes de nacer, esté presto a castigarnos por actos que él sabía con antelación que podíamos realizar, y que por su poder infinito pudo evitar? En verdad, no lo entiendo.

Pienso que es por amor a Dios y no por temor a Dios que debemos actuar en función de nuestro beneficio y el de nuestros semejantes. No se me ocurriría, bajo ninguna circunstancia, decir a alguien que por temor a Dios debe actuar bien, sino que debe hacerlo por su amor a Dios. No puedo olvidar las noches de desvelo que pasé cuando niño por culpa de religiosos, que no obstante mi corta edad, me atemorizaban con el horrible castigo de Dios porque yo había cometido tal o cual tontería, propia de un pequeño inocente, lleno de curiosidad y deseos de conocer cosas nuevas.

Hoy, gracias a mi conocimiento del pensamiento de Jesús, cuyo mensaje trascendental que escindió la historia en dos, fue precisamente “EL AMOR”, cambié el temor a Dios por el amor a Dios. Eso me da una gran tranquilidad y paz espiritual, porque sé y no tengo duda, que Él no existe para acecharme y estar pendiente de mis errores y desaciertos para castigarme, sino para orientarme, para ayudarme, para darme lucidez en la toma de mis decisiones, para amarme hoy y… siempre.

Ojalá los maestros, religiosos y adultos en general, dejaran de estar asustando a los niños con Dios, diciéndole frases como “Si haces tal o cual cosa Dios te castigará”, “El castigo de Dios es horrible”, “Te irás al Infierno” o sandeces de ese tipo, que sólo logran aterrorizar a quienes se trajo a este mundo para ser amados, protegidos y bendecidos, creándoles y fortaleciéndoles el amor a Dios, a ese padre bueno que está ahí, dentro de cada uno de nosotros, y por tal sentimiento –el de amar y no por el temor- debería ser por lo cual actuásemos con amor, ternura, dulzura y consecuencia con nuestros hermanos humanos, seguros de que no hay error por grande que fuere, que Dios no perdone o implique que deje de amarnos.

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«NO ME DIGAS COMO HACERLO, HAZLO CONMIGO»

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Como habitantes de Venezuela, un país de eterna primavera, con hermosos bosques, montañas, y llanuras; majestuosos ríos, lagos y playas de ensueño; una fauna y flora espectaculares; y sobre todo, con gente noble, generosa y amorosa, hoy, inexplicablemente estamos en riesgo de perder nuestra tranquilidad.

Quiero significar que estamos a tiempo de enderezar senderos porque aún tenemos reservas morales y mucho amor en nuestro corazón. No obstante que un pequeño grupo, de diferente matiz, que no pasa del diez por ciento de la población, nos quiera convertir en Tirios y Troyanos, no somos eso: somos venezolanos y… hermanos. Sin duda, existe diferencia en la forma de pensar entre unos y otros, pero eso no es malo, sino interesante, porque nos orienta a demostrar que unos podemos ser más útiles que otros, y así el país…gana.

Especialmente en época de convulsión mundial, cuando el modelo económico tradicional cruje frente a los cambios que produce la necesidad de un desarrollo para el hombre y no para la riqueza, la paz y tranquilidad son dones que no caen del cielo, sino que nos toca a todos y cada no de quienes habitamos este último refugio del mundo, hacer todo por lograrlo.

Tenemos que repensarnos y reencontrarnos de forma sincera y eficaz. Hoy más que nunca el país nos necesita; la patria nos llama, y no debemos olvidar que, cuando el clarín de la patria llama hasta el llanto de la madre calla. No podemos defraudarla. Somos sus hijos buenos que aman, esperan y son capaces de darlo todo. Los venezolanos siempre hemos sido del tamaño de la circunstancia que se nos presente.

Venezuela no comienza ni termina hoy. Somos y seremos siempre un gran país; refugio de propios y extraños. Todos somos necesarios e importantes. No hay nada simple ni sencillo, todo amerita un esfuerzo. Tenemos que abrir nuestro corazón y sentimientos, darnos la mano para encontrar el mejor camino que asegure a nuestros hijos y ancianos, que tienen y seguirán teniendo un país donde actuamos como hermanos y se puede ser feliz.

No es difícil encontrarnos. La causa es demasiado importante para no obviar diferencias. Requerimos concertar y concertarnos; mirar más allá, haciendo a un lado nuestras miserias humanas, reconociendo lo bueno que se haga y censurando lo malo sin importar su origen. Debemos otear el horizonte cercano, porque de allí avizoramos lo mediato y de largo plazo.

No es trabajo de una sola Institución, grupo o persona; es labor de todos quienes habitamos este país, sin excepciones. Yo, que he recorrido y vivido en  varios países, con propiedad puedo decirles, sin que me quede nada por dentro, que no conozco ninguno como este, donde existen todas las condiciones para vivir felices. Sería un verdadero desperdicio, no aprovecharlo por la ùnica razón de no ser capaces de ponernos de acuerdo.

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«Mi libre albedrío y estado de ánimo, pintan el cuadro de mi vida.»

Positivo o negativo, es una condición que acompaña cada uno de nuestros actos, así como los efectos de las acciones de otros, sobre nuestra propia vida. Pero ¿Es esa realmente su esencia o naturaleza?

Sin entrar en análisis filosóficos de alto vuelo, se me hace que en mucho, es nuestra actitud frente a los sucesos que nos afectan, lo que le da la característica de positivo o negativo, porque lo que pudiera considerarse negativo o positivo, convive holgadamente en el mundo de nuestras circunstancias y depende del juicio que de ellas personalmente hagamos.

Para ejemplarizar con los valores, todos son bipolares: frente al bien, el mal; frente al amor, el odio; frente al perdón, el rencor; frente a la alegría, la tristeza; frente a la risa, el llanto; y así, sucesivamente. Pero ¿Quién le da la característica, sentido o trascendencia al evento? Nosotros, dentro de lo más interno de nuestro ser, donde no hay posibilidad real de que alguien más interfiera.

Si alguien me expresa que el nacimiento o la muerte son buenos o malos, positivos o negativos, me manifiesta su parecer, su forma muy personal de ver el asunto, pero yo tengo una reacción interna que es únicamente mía, y que puede ser diametralmente opuesta a la expuesta. Tampoco importa el criterio que yo manifieste al respecto, pero lo cierto es que en lo más profundo de mi intimidad, yo tengo mi propio concepto.

De tal suerte que el hecho de que un acontecimiento fuere positivo o negativo, en el más alto porcentaje no corresponde a la naturaleza del evento en sí misma, sino a la manera como yo lo asimile, como lo perciba; su trascendencia se la otorgo yo, conforme a mi propia circunstancia vivencial. De hecho, hay quienes sufriendo una penosa y larga enfermedad, solicitan por favor la muerte; pero otras, en idéntica situación, luchan desesperadamente por mantenerse vivos. De igual forma, mujeres hacen hasta lo imposible por concebir un hijo, por considerarlo el máximo de su felicidad; mientras otras que conciben, abortan por considerarlo una situación desastrosa.

Asimismo, personas que ambicionaron y lograron poder y riquezas concibiéndolos positivos, luego, con el correr del tiempo, por razón del efecto en sus vidas, lo consideraron detestable y origen de sus mayores males. El caso más patético fue el de el Rey Salomón, quien habiendo tenido las más grandes riquezas y placeres mundanos, terminó expresando que todo eso era «…vanidad y aflicción de espíritu», expresión superlativa de la negatividad.

Por otra parte, vemos personas sin ningún poder o riquezas quienes aman y disfrutan la vida, son felices y todos los días en ese mundo maravilloso de las cosas sencillas, dan gracias a Dios por esa inigualable bendición de mantenerse vivos; ellos estiman la vida en sí misma y sus circunstancias personales, más allá de cualquier consideración marginal, un hecho permanente de felicidad que recrean en cada momento de su existencia.

No tengo duda entonces de que, es mi libre albedrío, en concordancia con mi estado de ánimo, los que le dan el tinte positivo o negativo a cualquier circunstancia de mi vida; y como estoy anotado en la lista de quienes la felicidad es su color de identidad, pues, simplemente, para mí la mayoría de los eventos que vivo son positivos, pero los que no lo fueran, yo me encargo de conceptuarlos como tales. Al fin y al cabo, como lo expresara Ortega y Gasset: «Yo soy yo, y mi circunstancia.»

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La importancia de mantener una buena imagen física, reside en el hecho de que las personas mientras no nos conocen, la única idea que pudieran hacerse de nosotros estaría motivada por nuestra presencia física.

 Como consecuencia, el mantener una imagen impecable puede ser determinante, tanto para quienes nos observan como para  nuestra propia satisfacción personal. 

Esa misma armonía física que aporta al sentimiento de autoestima, debemos procurarla en nuestro espíritu, cual incide de manera definitiva en la capacidad para ser felices. De tal suerte que, como nuestro cuerpo, requiere ser maquillado cuando fuere necesario. 

Algunas experiencias vividas van dejando una especie de cicatrices en el alma, que si no son atendidas, debida y oportunamente, terminan afectándola y como consecuencia, desmejorando nuestra calidad de la vida. 

La mejor manera de «maquillar el espíritu», es extirpando por siempre los recuerdos desagradables e ingratos; perdonando los agravios y aceptando la imperfección del ser humano, que en muchos casos, lo lleva a actuar más compulsiva que racionalmente.

 La actitud positiva frente a la vida, convenciéndonos de  que las actuaciones de las demás personas, cuando parecieren agresivas o desconsideradas, sólo son el reflejo de su propia personalidad, que es diversa, se constituye en la mejor «crema» para maquillar nuestro espíritu.

Eliminar el temor, sobre la base de la confianza en sí mismos y la protección permanente de Dios, es la mejor «base» para un buen maquillaje del rostro espiritual.

 Recibir con amor y esperar lo mejor de cada día, disfrutándolo intensamente como si fuera el último, pero con vocación para vivir muchos años, es el mejor «reconstituyente»  para mantener lozana la muy delicada  piel del alma.

El amor espiritual vinculado a una actividad sexual plena, con la persona que amamos y hemos escogido para compañera de viaje largo, es «vitamina» que no tiene igual para mantener el espíritu en su óptimo nivel de eficiencia.

 La risa, el buen humor y trato afable, son el mejor «perfume» para el espíritu, porque inunda, refresca y contagia de optimismo el ambiente, impregnándolo de buenos presagios.

No hay mejor «accesorio» para el espíritu que el buen estado de ánimo, porque predispone el compartir y hace más grata la convivencia.

  Nuestra autoimagen interna no requiere de especialistas en cirugía reconstructiva o correctiva para variarla o mejorarla, porque depende de nuestra propia genialidad, actitud y aptitud para sentirnos plenos y satisfechos.

 Por tanto, si en alguna oportunidad baja nuestro biorritmo y sentimos nuestra imagen espiritual desmejorada, debemos echar mano del maquillaje espiritual dándonos un toquecito de amor, de la misma manera como lo hacemos con nuestro cuerpo físico para vernos mejor.

 Al fin y al cabo, no somos solo espirituales ni únicamente corporales; somos una conjunción físico -espiritual, que nos hace únicos y especiales sobre este planeta,  y eso requiere permanente atención, porque además es… inmutable. 

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