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Archive for the ‘AMAR A LAS PERSONAS’ Category

SI QUIERES GANAR EL CIELO, TOMA TU CRUZ Y SÍGUEME»

Continuamente oímos personas pregonar que son cristianos, vale decir que siguen a Cristo. Ciertamente, es muy fácil decirlo, pero bien difícil actuar como un verdadero cristiano. Más que invocar a Cristo, se requiere sentirlo en nuestro espíritu y hacerlo patente en cada uno de nuestros actos.

Es que no es fácil aceptar la ingratitud e inconsecuencia de algunos congéneres, que todos los días afectan nuestra relación humana.  Pero, como cristianos estamos obligados a soportarlos y ayudarlos, porque sin ninguna duda, su actuación corresponde a su ignorancia de los principios cristianos y de las leyes de compensación que rigen nuestra vida.

Alguien decía que «haz el bien y espera el leñazo; en algunos casos pudiera ser así, pero no en la mayoría. Una condición fundamental del cristianismo es cumplir el mandato de Cristo: «Ama a tu prójimo como a ti mismo.» Cuando se hace el bien no es importante lo que se reciba de regreso, porque cuando se da amor, éste  se convierte en el mejor antídoto ante los grandes males que aquejan al  hombre.

Considero apropiado el aforismo: «El que nada espera lo tiene todo.» Cuando se hace el bien sin esperar recompensa, todo lo que la vida te devuelve es bueno. De hecho, el practicarlo, es ya una recompensa.

¿Qué quien recibe el acto bondadoso lo retribuya? Pudiera ser que sí, pero si no lo fuera, el pago espiritual representado en la satisfacción de hacer el bien, y se recibe en el mismo momento en que se hace el bien.

Especialmente, para quienes somos padres hacer el bien, que es una forma de ser justos, nos asegura un buen futuro para nuestros descendientes. Esa fue la promesa bíblica del salmista cuando  escribió que  «… jamás he visto hijo de justo mendigando pan…»

Ayudar a nuestros semejantes, aún a riesgo del interés propio y la seguridad personal,  siempre, y de alguna manera, sino inmediatamente, con el tiempo, los resultados de ese acto bondadoso, generoso o justo,  produce un resultado positivo. Por eso, el cristiano real no puede ver primero su interés personal, sino la entidad del efecto de  la ayuda para sus hermanos, de tal manera equilibrando la situación; y eso, por experiencia propia, puedo asegurar que  no es tarea fácil, pero sí enaltecedora.

En estos días, cuando el mundo se enfrenta a profundos cambios, cuales en su mayoría se   suceden a velocidad imprevisible, violentando privilegios y enterrando paradigmas, como escribiera en 1970 Alvin Toffler, quien no tenga fortaleza espiritual suficiente para asimilar los cambios y mucho amor en su corazón, simplemente sufrirá, con devastadoras consecuencias,  lo que él llamo «El shock del futuro.» Y ese futuro ya está aquí.

Frente a tales realidades, los cristianos debemos fortalecer nuestra base ideológica, que se fundamenta en el mensaje de Cristo de amor al prójimo, y la actuación cónsona, suficiente para entender a tantas personas que, por desconocer los principios de vida cristianos, andan por el mundo desorientados, llenos de temor,  estrés, impaciencia, incomprensión, frustración, falta de fe, e incluso ira, lo que afecta gravemente su salud fìsica y espiritual.

Es una obligación que tenemos los cristianos de tratar de entender y ayudar a nuestros hermanos, porque fuimos glorificados con este conocimiento, que hemos atesorado, hecho parte de nuestra vida,  y se convierte en escudo frente a  un mundo todos los días más complejo, confuso e insensible, en el cual estamos comprometidos a ser el fiel de la balanza.

Dios nos ayude siempre a cumplir con este cometido.

 

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«SOY LA OBRA MAXIMA DE DIOS SOBRE ESTA TIERRA, COMO TAL DEBO ACTUAR»

Para disfrutar de mi vida integral no son decisivamente importantes mis características físicas,  edad o raza, porque soy la obra máxima de Dios sobre este planeta.  Mis condiciones y constitución física integrales son tan particularmente especiales, que como ser humano, soy irrepetible. Fui diseñado por mi Padre Celestial y de Él recibí desde antes de nacer, las condiciones físicas, mentales  y espirituales necesarias para reinar sobre este planeta y más allá de el.

No existe límite a mis aspiraciones que tenga que ver con alguna de mis características individuales; especialmente porque fui dotado de razón e inteligencia, que son intangibles y funcionan independientemente de mis condiciones físicas. Mi inteligencia no tiene que ver con mi color, mi peso, mi condición social o presencia física.  Simplemente es un atributo que me corresponde como ser humano, y únicamente dependerá de mì, el nivel que  le de a su desarrollo.

Mi cerebro es algo tan prodigioso, que me permite recorrer millones de kilómetros en fracciones de segundo; imaginar situaciones conforme a mi deseo y devolverme o anticiparme en el tiempo, e inclusive, visualizar cualquier escenario que considere conveniente.

Mis miles de millones de neuronas cerebrales haciendo sinapsis ininterrumpidamente me permiten crear, idealizar y soñar sin ningún límite, sobre cualquier aspecto que considere conveniente, positivo o necesario, para mi realización material y espiritual, lo cual puedo materializar con mi diligencia.

Mis asombrosos cinco sentidos me permiten, de forma particular e independiente de los demás, sentir la vida de la manera como decida que debo apreciarla. Cualquier sonido, paisaje, sabor, olor o roce de mi piel, mi maravilloso estado de ánimo puede darle el matiz que me apetezca. Nadie puede  condicionar o interrumpir mis decisiones espirituales, porque nacen y se desarrollan en lo interno de mi intelecto, donde únicamente yo tengo el poder.

Aunque por mi naturaleza gregaria para lograr mis realizaciones debo formar parte de un conjunto humano, mi individualidad es sagrada e innegociable. Es la mayor herencia recibida de Dios. No puedo endosarla ni permitir que nadie me la manipule. Entre otras cosas, porque soy responsable de mis actos; mi felicidad y la de mis semejantes dependerá de la conciencia real que tenga de mi capacidad individual, tanto para mi realización personal así como mi carga de aporte al beneficio colectivo.

Por eso es muy importante mi nivel de ética individual, porque sobre ella baso mis principios fundamentales y mis valores humanos, que determinan mi actuación personal y mi capacidad para entender la pluralidad ideológica de mis hermanos humanos, que no tienen porque en todo momento estar de acuerdo con mi forma de ver la vida y las cosas, pero que estoy obligado a admitir su maravillosa diversidad.

Como la obra máxima de Dios sobre esta tierra, mi mayor compromiso individual con la familia humana, es mantener mis principios éticos de sana vida y valores humanos, como el más efectivo aporte a la convivencia pacífica, edificante y feliz de esta sociedad que me legaron mis mayores y que yo dejaré como herencia a mis descendientes.

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«COMO HIJOS DE DIOS ESTAMOS CONDENADOS A SER FELICES.»

Cuando diariamente tropiezo con personas que por sus rostros o actitudes denotan infelicidad, siento que la mayoría de ellos no entienden algunas cosas, que son trascendentales para vivir plenamente este corto paso por esta dimensión que conocemos como la vida terrenal.

Con respecto a los seres humanos, la infelicidad debería ser la excepción y la felicidad la regla; porque fuimos diseñados de tal manera y nos pusieron sobre un planeta, donde todas las condiciones están dadas para que se nos facilite vivir felices. Como consecuencia, es más fácil procurarse felicidad que infelicidad, aunque algunos paradigmas atávicos y producto de mentes atormentadas, hayan desde mucho tiempo atrás, echado sombras sobre nuestra capacidad innata para lograr la realización material y espiritual, cual es una definición acertada de la felicidad.

Es que la infelicidad requiere una capacidad especial para cerrar los ojos ante la belleza; los oídos ante la música y la palabra amor; la boca ante las delicias de los alimentos y… el sabor del beso; el tacto ante la tersura de las flores, la piel; y el olfato frente al aroma familiar, sensual e inconfundible del ser amado.

Para ser infeliz se requiere una vocación especial para no sentir la necesidad de compartir nuestra vida con los demás dando y recibiendo amor, disfrutando de las mil cosas hermosas que tiene esta tierra como las bellas flores, los pájaros, las tiernas mariposas, la sonrisa de los niños, el ruido de las fuentes y la frase más hermosa pronunciada por un ser humano: te amo.

Aun siendo sordo, ciego y mudo es muy difícil se infeliz, porque hay tantas bendiciones para nosotros sobre esta tierra de Dios, que nuestra capacidad de dar y recibir amor, rompe todas esas barreras, para comunicarse en ese lenguaje especial de los que se aman, que nos transforma en adivinos frente a las necesidades de la persona amada.

En verdad, quien se considere o actúe de tal forma que se produzca infelicidad, no solamente es gravemente desleal consigo mismo, sino con ese Padre Celestial amoroso, que en el máximo de su bondad, nos puso para reinar sobre este maravilloso e incomparable mundo donde todo es posible, en la medida en que seamos capaces de imaginarlo y diligentes en lograrlo.

No tengo idea de como será la infelicidad.  Mientras tenga un hálito de vida seré feliz.  Nunca he sufrido de ese raro mal que denominan infelicidad.  No puedo permitírmelo, porque no me lo perdonaría.  Hago tan edificante cada segundo de mi vida, que ciertamente considero compensado por adelantado, cualquier problema o asunto desagradable que pudiere sobrevenirme.

Solamente respirar para mì es una delicia; pero amar a las personas y recibir todos los días alguna muestra de su amor; sentirme saludable física y espiritualmente; estar consciente de que soy útil a otras personas; despertar en las mañanas con el entusiasmo de un día más y acostarme satisfecho de una nueva jornada, no me dan tiempo para pensar en la infelicidad.

Aprendí que todo lo que necesito para vivir puedo producírmelo, sin tener que dejar la vida en el intento. También sé que mientras tengo vida voy ganando.  Así que uso la que tengo para disfrutar de las personas y de las cosas porque eso me hace feliz, y no tengo ninguna duda que serlo es condición indispensable para hacer feliz a otros, cual por cierto es mi mayor compromiso.

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«SOLO EL RECUERDO DE LAS BUENAS OBRAS PERMANECE DESPUES DE LA PARTIDA»

«Estoy intentando meterme en una botella que un día aparecerá en la playa para mis hijos», expresó el profesor y científico Randy Pausch en Septiembre de 2007, en la oportunidad de  su última lección (Last Lecture) al dirigirse a unos aproximadamente 400 estudiantes y profesores de la Universidad Carnegie Mellon, en Pittsburg Pennsylvania, cuando con inusitado valor, extraordinaria serenidad y hasta buen humor, les anunció que sufría de  un cáncer de páncreas y que los médicos le daban entre tres y seis meses de vida.

«Aunque estoy en mejor forma que muchos de vosotros… es lo que es y no podemos cambiarlo», dijo frente a un público estupefacto que confundía sonrisas con lágrimas. Diez meses después de aquella última clase, murió en su casa de Chesapeake VA, al lado de su mujer y sus hijos, a los 47 años de edad; no sin antes haber regalado no una carta dentro de una botella que un día pudiera aparecer en una playa para la lectura de sus hijos, sino al mundo entero, el mensaje de que cuando se vive la vida con amor, buen humor, dedicación y vocación de ser útiles a nuestros semejantes, no es el tiempo de vida sino la pasión que pones en lo que haces, lo que  establece la diferencia en esta corta estadía sobre esta madre tierra, donde el único capital real, capaz de llenar todos tus vacíos, es la fuerza espiritual que mora en tu interior, que te proyecta por encima de tu propia naturaleza en pro del beneficio colectivo y es capaz de superar todo, incluido el miedo a.. la muerte.

Fue eso lo que quiso decirnos cuando escribió:

«Busca la pasión que debe mover tu vida y esa pasión no está ni en cosas materiales ni en el dinero, siempre habrá alguien alrededor tuyo que tendrá más, la verdadera pasión está en las cosas que te llenan desde tu interior y está cimentada en las personas y en las relaciones con las personas, y en como serás recordado cuando ya no estés aquí.»

El legado que nos deja este especial hijo de Dios, es que la vida es  una permanente oportunidad para amar a nuestros semejantes y dar para ellos lo mejor de nosotros; que no es la cantidad de tiempo que se viva, sino cómo se vive el que nos corresponde; que no somos nosotros quienes decidimos cuanto tiempo vamos a estar aquí, pero que sí nos corresponde decidir que vamos a hacer de el; que únicamente disponer de la vida, sin importar cuanto tiempo, es ya la mayor bendición de Dios y que debemos aprovechar cada instante, porque en todo momento podemos ser útiles y nunca sabremos hasta cuando estaremos aquí, por tanto siempre debemos abrazar… un sueño, «…otorgándole a los seres humanos el verdadero valor que tienen, por encima del valor que concedemos a las cosas.»

Creo que también nos demostró con su ejemplo, que no debemos temer a la muerte, porque es consecuencia de haber nacido; que es un evento indefectible e indetenible, que como no tiene solución conocida, debemos aceptarlo como parte de nuestra misma vida, con entereza, con valor, y  a ser posible, con buen humor. Pero que si queremos dejar un buen recuerdo a quienes amamos, debe ser la convicción de que  siempre dimos lo mejor de  nosotros, se disfrutó intensamente de la existencia, bajo la convicción de que un momento de amor verdadero es incuantificable en el tiempo y su huella perdurará… por siempre.

Yo, que no tengo duda de nuestra naturaleza físico-espiritual, de que nuestra alma es eterna, sé que Randy Pausch vivió para cumplir la misión que le fue impuesta por Dios desde antes de nacer. Que disfrutó esta vida física cumpliendo su cometido, porque entendió que si él no podía cambiar su destino, por lo menos podía darle los matices a su misión y lo hizo de forma extraordinaria, demostrando que la felicidad no depende de cuanto tiempo se viva, sino de cómo se viva.

Por eso en este momento, desde el fondo de mi corazón escribo en reconocimiento a su memoria y a su obra como una forma de decir: Paz a sus restos, con un poco de tristeza pero sin dolor, porque estoy seguro que esa alma que abandonó su cuerpo físico es eterna, y ascendió a una escala superior en otra dimensión, en busca de su más elevado destino.

 

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«SOMOS ESPIRITUS VIVIENDO UNA EXPERIENCIA FISICA Y NO CUERPOS FISICOS VIVIENDO UNA EXPERIENCIA ESPIRITUAL»

En un parque, escuché a una madre dialogar con su hijo de ocho años quien pensativo le preguntó ¿Para que vinimos al mundo?

-Para vivir hijo mío
-Y… ¿Para qué vivimos?
-Porque es importante vivir
-Y… ¿Por qué es importante vivir?

-Porque si no vivimos, morimos y… por favor no me preguntes por qué morimos. Y… allí terminó el diálogo.

Este evento me motivó reflexionar sobre cual es realmente el sentido de nuestra pasajera vida terrenal, cuestión que, por cierto, ha ocupado la mente del hombre desde que tuvo conciencia de su racionalidad.

Más allá de cualquier planteamiento de carácter teórico, siento la vida como la mayor bendición de Dios, por lo cual la disfruto intensamente, sin que me preocupen las disquisiciones entre las abundantes tendencias filosóficas y doctrinarias sobre el tema.

Pienso que fui dotado con la razón e inteligencia suficientes, para estar en capacidad de hacerme un buen juicio y en eso me empeño.

Así, respecto de para qué vinimos al mundo, como concibo mi alma eterna, asumo que nuestra única razón para vivir, lo es avanzar espiritualmente, lo cual estará en proporción a nuestra capacidad para entender y actuar en función del bienestar de nuestros semejantes.

La importancia de vivir, la circunscribo a la necesidad de cubrir la etapa que representa nuestro paso por este mundo, en función de ascender en el plano espiritual.

Mí vida física la concibo temporal, pero como un espectacular viaje pleno de momentos interesantes y… bellos. Por eso vivo por días y no por meses ni años. El vivir por lapsos de veinticuatro horas me obliga a no perder ni un segundo sin disfrutar, como noto que lo hacen quienes viven por años.

Me recreo en la gente porque sé que son hijos de Dios, nobles y buenos que, por el temor que les produce ignorar más de lo que conocen, ocultan sus sentimientos, privándose de extraordinarias experiencias humanas que sólo experimentan quienes manifiestan su amor en cada uno de sus actos.

Amo con pasión a mi familia y me deleito en ellos; me han dado tanto amor que nunca podré compensarlos. Especialmente mi esposa, esa compañera de viaje largo quien ha sido una luz en mi sendero por esta vida.

Me embeleso contemplando la naturaleza, que Dios hizo plena de belleza inverosímil y recursos sin límite, con la única intención de que sean disfrutadas por sus hijos.

Por mi indeclinable concepción de que somos espíritus viviendo una experiencia física, no encuentro otro sentido a esta vida que el de mi preparación para una vida mejor, en una instancia superior.

En mi arrobamiento en esta temporal experiencia de vivir, asumo el fenómeno de la muerte sin ninguna tristeza. La interpreto como algo indefectible, futuro e incierto, que representa el final de un viaje fantástico, que da inicio al regreso al hogar, y todos los regresos son emocionantes; especialmente si nos espera un padre amoroso y… con los brazos abiertos.

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«EN TODA OPORTUNIDAD BUSCA AYUDA, PERO SI TIENES LA DE DIOS… ES LA MEJOR»

Hoy, cuando los temores abundan porque se teme al terrorismo internacional, asesinos en serie,  depredadores infantiles, al VIH,  los precios del petróleo,  al recalentamiento global y… pare de contar, cualquiera de estas realidades, sin considerar otras muchas como perder los bienes, un amor o un ser querido, se convierten en factores de perturbación, que podrían llevarnos a un estado mental de pseudoparanoia, por decir lo menos.

¿Qué hacer frente a tantos posibles riesgos?

Como habitante de esta aldea global que crece y crece… sobre todo en problemas, no creo exista una fórmula mágica para la tranquilidad que funcione para todos. Pero sí puedo comentarles lo que, siendo menos joven en años y en bienes materiales que muchos, he hecho para evitar que esos agentes negativos afecten mi decidida intención de continuar  disfrutando una vida feliz.

Acepto y asumo mi vulnerabilidad personal física; admito que puedo ser objeto de esa violencia indiscriminada e injustificada, que pareciera haber llegado al mundo para quedarse, quien sabe por cuanto tiempo. Pero al asumir y aceptar los riesgos, abro opciones que me permitan vulnerarlos, o por lo menos disminuirlos.

Me convenzo de que se trata de riesgos POSIBLES pero no actualizados. Por tanto, dependerá de como actúe el que esas posibilidades no se conviertan en reales probabilidades, para lo cual debo neutralizar  el temor porque distorsiona la realidad y magnifica situaciones que aún no han llegado y quizás… nunca lleguen.

Controlado el temor, desenvaino mi arma más poderosa: mi fuerza espiritual que me asegura que soy un pedacito de Dios, quien es el más poderoso y me transmite parte de su poder y sabiduría, dos elementos contundentes frente al mal.

Para atenuar las posibles contingencias malignas, me escudo en mi amor por la gente y mi sentimiento de aceptación a mis hermanos humanos, quienes, en su mayoría, son buenos y sólo buscan  ser aceptados y  tomados en cuenta con todas sus virtudes y… defectos.

Pero lo más importante para evitar que me afecten gravemente esas posibles contingencias dañosas, es mi convicción absoluta de que nada, ni una hoja se mueve sin la voluntad de Dios;  y que, independiente de cual sea la magnitud del riesgo o peligro, su acaecimiento siempre dependerá de su voluntad.

Así he vivido mis 67 años y aquí me tienen, feliz, con salud, con una bella familia. Siempre bajo la protección de Dios; haciendo las cosas que pienso le agradan, cuales no son difíciles, pero además agradables: confiar en su poder y bondad, aceptar y amar a mis hermanos como a mi mismo, compartir con ellos y tratar de serles útil. Confieso que no me ha sido difícil entenderlo, asumirlo y convertirlo en mi arma defensiva más eficaz, quizás porque me ha funcionado… siempre.

Por eso hoy, mi admonición final es: NADA PUEDE AFECTARME SI DIOS NO LO APRUEBA y Él sabe mejor que  yo lo que me conviene. Puedo vivir tranquilo, estoy en  las mejores manos.

 

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«Dame tu mano y seremos dos para vivir, luchar y… vencer.»

En 1969 era muy joven para entender lo importante de la comunicación para los seres humanos, pero en esa oportunidad viví lo doloroso de ese tipo de ignorancia. Estaba en proceso de divorcio, lo cual para quien considera a la familia como base de la sociedad organizada, era lamentable.

 Una tarde asistí a un café con la esperanza de encontrar alguien con quien conversar y hacer menos ingrata mi soledad. Cuando me proponía degustarlo, entró una dama como de mi edad con cara de preocupación, se sentó en la barra a unos tres asientos de donde me encontraba y pidió su café.

Como ambos estábamos solos y se notaba desolada,  intuí que podíamos hablar y de alguna manera, hacer menos dura nuestra carga emocional. Me senté a su lado y la saludé cariñosa, pero respetuosamente. Ella no me contestó sino que me miró con rabia, como ofendida, tomó su café y se retiró unos cuantos asientos.

Mi sorpresa ante esa reacción se convirtió en frustración e incomprensión del hecho, porque yo no estaba sugiriendo nada incorrecto, solamente quería hablar; necesitaba que otro de mis hermanos humanos me oyera, porque siempre he creído que es lo menos que nos debemos como individuos de la misma especie.

De ese incidente aprendí lo importante que, en algunas oportunidades, puede resultar para un ser humano conversar, ser escuchado.

Reflexionado sobre ese incidente deduzco que si la dama, quien como yo tenía graves problemas existenciales, socializaba conmigo, seguramente habríamos comentado nuestros problemas y descargado nuestras almas, con el mínimo resultado de hacernos amigos.

Es que mucha gente desestima lo importante que es para un ser humano ser tomado en cuenta, pero especialmente, ser escuchado.

Hay tanta gente sola, aislada de sus hermanos humanos por barreras físicamente inexistentes, quienes en silencio piden a gritos que alguien, no  importa quien sea, por favor los oiga; grandes dolores, tragedias personales y colectivas se habrían evitado si alguien hubiese oído con mínima atención, respeto y consideración, a personas en estado de desesperación.                                   

Vivimos con aprensiones, sospechas y reservas… injustificadas. Nacemos buenos y en nuestra alma continuamos siéndolo; la sociedad nos crea mecanismos de defensa que nos distancian, pero debemos luchar contra ellos. Fortalecernos recordando a Jesús: «Ama a tu prójimo como a ti mismo»

 Escuchar a quienes tienen problemas, tristeza, depresión, o simplemente confunsión, es el acto más caritativo; porque regalar bienes físicos sólo lo hacen quienes disponen de ellos, sin requerir de una sensibilidad especial. Pero, para escuchar con respeto e interés los problemas o circunstancias de otras personas, se requiere de ese sentimiento maravilloso que mueve al mundo: Amor, que en estos casos deja de ser una conveniencia para convertirse en una obligación. 

Así que, por favor, preste atención a las personas,  independiente de si son propias o extrañas; a sus problemas, porque pudiera ser que ese momento de atención, que esos minutos de su tiempo, puedan evitar un dolor, aclarar una confusión, sembrar una esperanza  o evitar una desgracia. 

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«No me des lo que poseo, dame lo que no puedo procurarme.»

No creo en las etiquetas y algunos patrones que una sociedad deficitaria de amor, acostumbra establecer para algunas actuaciones humanas. Una muy errada es aquella que establece que las suegras y los suegros son cansones, entrometidos, y que los yernos, a diferencia de las nueras, nunca llegan a integrarse como reales miembros de la familia.

En ambos casos se trata de meras consejas y por tanto equivocadas, porque esas buenas personas que hacen pareja con nuestros descendientes, definitivamente traen amor y solidaridad a la familia.

Hoy me desperté muy temprano y me levanté con el mayor sigilo para no despertar la familia, quienes los Sábados duermen hasta tarde.
A pocos minutos de levantarme apareció ese hijo que Dios me regaló, cuando contrajo nupcias con mi hija mayor, quien por voluntad propia se ha convertido no sólo en mi mejor amigo sino en mi hijo mayor. Traía en sus manos un humeante café con galletas hechos por él mismo, aderezados con unos buenos días, de esos que expresan no sólo como nos sentimos, sino como deseamos que se sientan los demás, que entendí como un mensaje de bienvenida y solidaridad humana, dentro del espectro más significativo: EL COMPARTIR.

Este acto sencillo me produjo reflexión sobre lo fácil que es vivir una vida edificante. No se requieren grandes cosas ni especiales presentes para demostrar el amor, la estimación o el reconocimiento.

Especialmente cuando se tiene avanzada edad, que en sí misma establece naturales limitaciones, es tan reconfortante sentir mediante los actos espontáneos y cotidianos de nuestros allegados, que somos bienvenidos y que contribuimos a hacer mejor el ambiente familiar.

Narro esta anécdota para quienes tienen el privilegio de tener sus padres vivos y pueden disfrutar de sus últimos años, con oportunidad para decir: te amo. El lenguaje del amor es ilimitado, pero es tan corto el tiempo e imprevisible el viaje al más allá, que todo hijo debería aprovechar cualquier ocasión para compartir con sus padres, cuando todavía tiene… tiempo.

Cuando las personas ya han partido de nada sirven flores, lágrimas o inútiles «…si yo hubiera…» La muerte es el regreso a esa dimensión de la cual un día vinimos. Cuando mueren los seres queridos, la única satisfacción para el que se queda, es lo que en vida hizo por el que ya no está, porque integrará la calidad del recuerdo.

No olvide que las cosas trascendentes están imbuidas dentro del maravilloso mundo de las cosas sencillas. Son detalles que por obvios suelen representar por ellos mismos un mensaje… imborrable.

Así que, no pierda tiempo. Si aún los tiene vivos, vaya, abrace a sus viejos, su esposa, sus hijos y amigos. Si no viven con usted, llámelos… ahora mismo. Dígales que los ama que eso a nadie disgusta. Hágalo de una vez, sin pérdida de tiempo. No sea que luego fuere demasiado tarde, porque todos sabemos cómo y cuándo llegamos, pero ninguno cómo y cuándo nos vamos.

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«PARA AMAR TODO TIEMPO ES BUENO»

¿Qué aspecto de mi vida es realmente extraordinario en mi existencia? Más allá de la vida misma como tal, creo que lo único realmente extraordinario -cual nos hace diferentes a todas las demás especies- es EL AMOR.

Nacemos, permanecemos aquí por algunos años, y luego físicamente desaparecemos de la misma manera como lo hacen las demás especies. Realizamos todos los actos necesarios para mantenernos vivos; nos reproducimos, nos hacemos viejos y… morimos.

La diferencia profunda es la conciencia de que disponemos de un espíritu, razón e inteligencia. Nuestro espíritu como nuestro cuerpo físico, requieren un alimento especial: EL AMOR, sin el cual la vida, cual los seres inferiores, se reduciría, exclusivamente, a los aspectos biológico y fisiológico de mantenimiento vital físico hasta… morir.

Somos creados, nos reproducimos y vivimos por amor. Mientras nuestro binomio cuerpo-espíritu es debidamente alimentado por amor, funcionamos a las mil maravillas. Se ha demostrado científicamente que todas las funciones para mantenernos con vida, se desempeñan mejor cuando estamos alegres, entusiastas y satisfechos; y todo eso reunido, únicamente lo sentimos cuando AMAMOS, porque en tal estado físico-espiritual, simplemente estamos enamorados de la vida.

Desde mi óptica masculina -que es muy similar a la femenina- y a título de ejemplo, pregunto: ¿Es usted como yo, que amo comer, beber, dormir, compartir, y de vez en cuando consentirme quedándome el día en pijamas? Pues todas esas cosas encuentran su mayor plenitud de disfrute cuando lo hacemos con las personas que nos inspiran amor; especialmente aquella que amamos pasionalmente y que comparte su vida con nosotros: nuestra pareja, que si es la indicada también es nuestra novia, amante, amiga, compañera y a veces… madre.

¿Qué porqué las personas usan drogas heroicas, alcohol, tabaco, se aíslan y algunas inclusive se suicidan? Más allá de las que vienen con taras mentales congénitas -que son muy pocas- lo hacen por FALTA DE AMOR. Quienes se hacen adictos a las drogas o alcohol, no lo hacen porque aman esos productos nocivos, sino que se inician buscando llenar vacíos vivenciales, que se producen por falta de ese elemento irremplazable que es EL AMOR.

El suicidio, más allá de los pocos casos realmente psicóticos, se produce por la falta de fe, confianza en sí mismo, en la gente y en la protección permanente de Dios, que son estados mentales opuestos al amor, de los cuales no sufren las personas que aman. Al menos yo, en más de seis décadas con uso de razón, no tengo noticia de alguien que se haya suicidado porque sentirse feliz o amado.

Es que si disponemos de la vida y conocemos que lo único que no puede sernos inoculado, vendido o trasladado de ninguna forma es el amor y también lo tenemos, todo lo demás -como lo decía Jesús¬ vendrá por añadidura.

Si estamos conscientes de que sólo Dios sabe qué es lo que más nos conviene, con fe ponemos nuestro destino en sus manos y disponemos de amor para las personas, lo que producirá de ellos hacia nosotros la misma actitud…¿A quien se le ocurriría pensar en dejar esta vida?

La buena noticia es que el amor está ahí, a su lado, esperando por usted en el corazón de la persona que se encuentra cercana, o en la acera de enfrente, o la que llegará un poco después. A usted le toca abrirle las puertas de su alma y sin reservas; el la identificará, abrirá la puerta, entrará, se sentirá como en casa y se quedará… para siempre.

Asi que, como no tengo duda que a su alrededore existen personas que le aman, aunque algunas no se lo digan… todos los dìas, piense en lo horrible y solitaria que serìa su vida sin ellos. Pero lo más importante es que todos, sin excepciòn, lo ùnico que esperan de usted es algo que no sòlamente es fàcil sino agradable de dar: AMOR; por favor, no se los niegue porque serìa negarse usted mismo lomàs bello que nos regala la vida.

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         Señor, dame lucidez para tomar acertadas decisiones… es todo lo que pido.»

En lo más recóndito de nuestra interioridad, especialmente en esa parte del cerebro donde nuestra memoria acumula los recuerdos, hacen su hogar nuestros fantasmas, hibernando por largos períodos en un tiempo desconocido, pero como los anfibios, requieren salir a la superficie para tomar… aliento.

 La diferencia entre recuerdo y fantasma la determina su trascendencia, ya que, no obstante que se mantienen archivadas en ese infinitesimal banco de datos de nuestras neuronas cerebrales, los efímeros e intrascendentes escapan a esa categoría. Sólo se convierten en fantasmas aquellos que, para bien o para mal, hacen  vibrar ese instrumento escondido en el centro del alma, con notas celestiales o sonidos horrendos hasta sacudir nuestro espíritu, dejando huellas físicamente imperceptibles, pero permanentes en nuestro  recuerdo.

 Los  fantasmas son «buenos» y fantasmas «malos» conforme a la naturaleza de los recuerdos. Los de Cinderella o  El príncipe Valiente, en algunas personas desde niñas hasta su último día, crean fantasmas «buenos» que, por muy dolorosa o desastrosa que  llegare a ser su vida, constituyen escapes que les evitan derrumbarse.

 Por el contrario, los crueles recuerdos de  un padre desalmado, madre inconsecuente, maestro injusto, amigo infiel, o el primer amor desastroso, crean fantasmas «malos» que en su espaciado salir a tomar aire, afectan la vida de las personas, promoviendo desconfianzas automáticas, rechazos injustificados desmejorando la capacidad de aceptación a la diversidad de las personas de su entorno íntimo.

 He vivido siempre con mis fantasmas. Siento que están ahí, sembrados en el fondo de mis recuerdos, prestos a aprovechar la más mínima oportunidad para recordarme que no han muerto, que nunca me abandonarán. Creo que son los únicos que vivirán y morirán… conmigo. Yo los traje a este mundo, les di vida; por razones que desconozco, puede ser que los haya mantenido con tanta fuerza, que ya no pueda disponer de ellos.

 En mi dinámica existencia, sembrados como injerto de los siglos XX y XXI, los fantasmas, en  sueño muy frágil, hibernan en lo más profundo de mi alma. Conozco de lo que son capaces, por eso  desde hace bastante tiempo aprendí a controlarlos.

 En mi juventud, mis fantasmas «malos» llegaron a  perturbarme de tal manera, que en ocasiones -venturosamente las menos- tomé decisiones, más motivado por su aguijón que por las circunstancias reales del momento. El resultado nefasto me enseñó como tratarlos. Así, de los «malos» aprendí  el valor de los «buenos», y supe que fortalecidos e inteligentemente manejados, los segundos  se convierten en mis mejores aliados frente a los primeros.

 Hoy, cuando en las noches las estrellas con sus guiños de luz y  distancia me recuerdan lo bello pero insignificante de mi vida, abrazo mis fantasmas «buenos» y juntos, sonriendo con cierta picardía, aceptamos que «los malos»  existen, que cumplen su función y tratamos de no perturbarlos en su largo sueño. Creo que los dos sabemos que los únicos que existen, sólo nosotros decidimos su naturaleza.

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