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Archive for the ‘AMABILIDAD’ Category

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El momento del país es tan delicado, que debemos “Tener la valentía de parecer cobardes”, como lo escribiera José María Escrivá de Balaguer; porque habiendo quedado el país dividido en dos toletes, no se debe permitir bajo ninguna circunstancia la violencia.

No somos guapos de barrio ni jaquetones, sino gente amable, decente, culta, amante del diálogo, porque es esa la forma como se deciden los problemas en la familia y somos una gran familia que tiene nombre y apellido: Venezuela.  Todos somos miembros de ella y las familias no dirimen sus diferencias violentamente, sino poniendo por delante el diálogo y el amor que les une.

De parte y parte representamos diferencias que deben debatirse y aclararse en un clima de paz y entendimiento, paras que no se conviertan en motivo para enfrentamientos personales, que abran un peligroso camino del cual pudiera ser que no tengamos regreso; al menos, sin dejar  en el camino mucho dolor, rencor   y… sangre.

Para quienes, aunque no lo presenciamos personalmente, pero sí lo leímos de fuentes históricas muy serias, las últimas pocas guerras civiles en el Siglo pasado fueron horribles, quizás más terribles que las guerras convencionales entre países extraños.

No podemos permitir que se fomenten las condiciones para algo tan horrible como eventos donde se hieran o maten hermanos contra hermanos. Debemos considerar que, aunque de alguna manera seríamos todos responsables, los principales actores lo serían los dirigentes políticos del país, independiente de cual fuere su ideología política o posición, porque es a ellos a quienes siguen las masas.

Los dirigentes políticos, las autoridades y especialmente las policías y militares,  tienen que hacer un gran esfuerzo para medir las consecuencias de un evento desgraciado y desgarrador que pudiere derivarse de la intolerancia. Tenemos que evitar el uso de las armas, porque tenemos elementos de diálogo mediante los cuales ponernos de acuerdo. No se trata de un problema de no dar el brazo a torcer o aferrarse a ningún tipo de legalismo. Se trata de una situación fáctica peligrosa, más que de un problema jurídico,  porque las calles se están calentando y cualquier pequeño evento puede prender la chispa. El problema es fáctico y  deben aplicarse soluciones fácticas, porque en beneficio del orden público y la paz social, bien puede atenuarse la aplicación de algunas normas jurídicas, porque lo sería a favor del pueblo y es éste el que otorga la legitimidad.

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El ABURRIMIENTO EN LA PAREJA

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El aburrimiento o  hastío, no surge del no hacer nada ni tampoco del resultado de no tener como distraerse;  serios estudios han determinado que es uno de los factores que incide en  un alto porcentaje en la separación de  parejas, que hoy pareciera pandémico.

                    El hastío en la pareja surge porque los consortes, poco  a poco, dejan extinguir la magia de los primeros tiempos, que hacía de cualquier momento sencillo algo reconfortante; y la solidaridad que se juraron por siempre, cual asimismo tiene mil maneras de expresarse, igualmente  se convierte en tan sólo un recuerdo que abona el terreno para el aburrimiento.

La vida de pareja puede ser la aventura más emocionante y variada que un ser humano pueda experimentar o convertirse en el recorrido de un largo camino lleno de malos momentos, como privaciones, incomprensiones, discusiones innecesarias, deslealtades e inconsecuencias por parte de uno de  los integrantes, que hará nacer la frustración de la otra parte, transformando lo que pudo ser bello y edificante en algo realmente aburrido y a veces… aberrante.

                   Miembros de pareja, especialmente mujeres, me han comentado que no obstante el interés y amor que ponen en la atención de cualquier detalle de su esposo, éste ni siquiera lo nota. Asimismo, que sin importar todo el esfuerzo que dediquen a mantenerse bellas y agradables para su marido, él sólo tiene palabras de alabanza para la imagen de su secretaria, compañeras de trabajo o vecinas.

                    Estas buenas señoras, cuando salen a la calle o asisten a reuniones, otros hombres y amigos se desviven por halagarlas y les dicen todas esas cosas reconfortantes sobre su belleza y vestuario, que ellas quisieran lo hiciera su consorte, y eso incrementa su descontento y sentimiento de desconsideración recibidos de su pareja; máxime cuando su mayor interés para ponerse bellas fue precisamente el agradar a sus maridos.

                    El dejar de tener las atenciones y agradable rutina de los tiempos de novios o recién unidos, donde un caramelo convertía un día normal en uno especial, y una flor una noche cualquiera en una inolvidable, golpean la ternura y lesionan el erotismo tan importante en la actividad sexual de la pareja, que la hace permanente, constante y renovada.

                   El aburrimiento es el producto de las desavenencias, que conforman un panorama sombrío golpeando la emoción y la autoestima, tan necesarias para la vida en pareja; condiciones indispensables para pensar que fuimos acertados en la escogencia.

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«Nada ni nadie podría evitar que  cumpla con  mi  misión sobre esta tierra de Dios»

¿CUAL SERÁ MI MISIÓN EN ESTA VIDA? Como cualquier ser humano común, con más de siete décadas en mi haber, repetidamente me hecho esta misma pregunta, cual más allá de planteamientos filosóficos de alto vuelo, he digerido más o menos de la siguiente forma:

No vinimos a este mundo a contar horas, días, meses o años; competir por acumular dinero, bienes,  riqueza, poder, figuración o fama, sin importar el daño que hagamos a las demás personas o el  medio ambiente; porque al final, nada es nuestro y por tanto nada podremos llevarnos de este mundo.

Tampoco se nos dio la vida como un castigo o condenación a soportar una pesada carga, sino por el contrario, vinimos a crecer en espíritu, fortaleciéndonos en amor, generosidad y sensibilidad frente a nuestros semejantes.

Se nos dio la vida para disfrutar de todas las maravillosas e invalorables sensaciones que se generan cada segundo en nuestro mundo y que podemos percibir por nuestros sentidos, si no estamos ocupados en procurarnos bienes materiales que son absolutamente temporales, porque nada podrán beneficiarnos luego de esta vida.

Vinimos porque tenemos una misión que cumplir, que no conocemos pero sabemos que nos corresponde y vamos a cumplirla. Es por lo cual vivimos con entusiasmo, fe y confianza en nosotros mismos, nuestra actividad, sus resultados y la gente que nos rodea.

Es por esa sensación interna de tener una misión que se han vivido los más sublimes amores, los actos más heroicos, las obras de arte inmortales,  los mayores inventos. Asimismo, es la motivación para amar, construir una familia, estudiar, trabajar y ser útiles a nuestros hermanos humanos.

Es el acicate para enfrentar los fracasos y tropiezos, como meros retos que nos preparan para seguir adelante y ser mejores, especialmente para proteger a nuestros hermanos más desvalidos.

Es el presentimiento de que no estamos aquí por accidente, sino para cumplir un cometido, lo que nos aleja la tentación de desviar nuestro camino de la realidad de ser armoniosos, moderados, parcos y útiles, siempre en función de quien nos necesite y no caer en la vanidad, que tiene colores y sonidos engañosos y vuela con alas doradas.

Fue ese sentimiento lo que alimentó el carácter, resistencia y constancia de los hombres y mujeres, que con su obra magnífica de diferente índole, dejaron profunda huella en la humanidad: su concepción de que nada ni nadie podría evitarles cumplir con su misión sobre esta tierra de Dios.

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CADA DÍA ES UNA NUEVA VIDA

Un programa en CNN,  mostraba al Dr. Virgilio Beato, quien a los 95 años contrajo matrimonio hace apenas 3; sigue ejerciendo como médico y cuando le preguntaron si aún tenía actividad sexual, sinceramente contestó: “ayudadito”; lo cual no deja ninguna duda que vive integralmente profesión y vida de pareja.

Asimismo, leí que Tiziano pintó obras a los 98 años, pero además tengo una amiga de 93 años, quien por cierto no tiene dentro de sus planes, morirse pronto.

Estos antecedentes sustentan mi criterio de que, algunas personas que sienten la edad como una pesada carga, en verdad  les pesa mucho más los años que no han sabido vivir que los que realmente tienen.

Observar al Dr. Beato, leer sobre quienes en su  avanzada edad hicieron maravillosos aportes a la sociedad, y la actitud de mi optimista amiga de 93 años, me hacen resentir de tanta gente negativa, asustadiza y tonta, que concibe la juventud solo hasta los 35 años, considerándose después de los 50,  la cuota inicial de un cadáver insepulto.

Soy fan de la gente joven; con ellos estoy en contacto para animarlos a disfrutar intensamente cada minuto de la vida, pero con la certeza  de que vivirán muchos años. Sin embargo,  casi todos se muestran sorprendidos de que a mis más de 70 años me sienta como en mis mejores tiempos, porque los formaron en la creencia de que un hombre a mi edad, debería ser descuidado, neurasténico, negativo, anecdótico, quejoso, cansado, triste, sexo cero y pendiente de su última hora.

Qué gran equivocación. Quienes hemos superado el medio siglo, aprendimos que el amor es la vida,  la amistad un tesoro y la familia un pedazo de nosotros mismos, por lo cual lo disfrutamos con fruición; que el trabajo es una bendición, la salud la consecuencia de nuestra estabilidad espiritual, y el mundo, el espacio ideal para movernos a nuestras anchas.

Por todo eso, tenemos mucho por lo cual ser felices y disfrutar de todo en cada momento. Hemos vivido como hemos querido; hemos amado y seguimos haciéndolo; trabajamos diariamente en lo que nos gusta y… cómo lo disfrutamos, que es como decir: aprendimos a vivir… viviendo.

La vejez no es no es algo indeseable sino muy deseable. Se trata de un privilegio que debe disfrutarse y compartirse. Al menos en mi caso particular, cada amanecer es una nueva aventura.

 Entonces… ¿Qué más puedo pedirle a la vida?

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He atravesado Venezuela desde La Guaira hasta Cararabo en Apure; he viajado desde Sichipés en la Goajira, hasta Quita Calzón en el Estado Amazonas; los llanos, los Andes, el Centro. En todo el territorio nacional conocí y traté gente sencilla, pero amable; pobre o rica, pero digna; académicos, estudiantes, autodidactos o sin educación formal, pero gentiles. En general, los venezolanos con quienes conviví eran atentos, generosos, amables, amistosos y… bien felices. Bastaba  conocer una persona, para ya considerarla una relación positiva, por no decir… amiga; siempre dispuestos a compartir sin recelos ni temores.

Hoy, en un gran número e independiente de su edad, cultura o posición social, nos hemos hecho irascibles, maliciosos, poco amables, estresados, materialistas, menos felices, y si se quiere… peligrosos.

En las colas de los bancos o del tránsito, todos apurados, nerviosos, mal humorados y hasta furibundos. Las ofensas por cosas nimias, como esperar prudentemente en el semáforo para avanzar, darle paso a un peatón o mantener una velocidad razonable, trátese de un caballero o una dama, nos convierte en acreedores de calificativos irrepetibles.

Cuando una lata de refresco convertida en proyectil sale por la ventana de una lujosa camioneta; un transeúnte en vez de pasar por el rayado para peatones destruye los jardines viales;  delante de mí los conductores de autobús sueltan un pasajero en mitad de la vía, poniendo en riesgo su vida y mi seguridad; un motorizado policial sin ninguna urgencia transita en contravía, exponiendo a conductores y transeúntes, barrunto que algo anda muy mal.

¿Qué nos sucedió?

¿Dónde se quedó nuestra decencia y formación, recibida en el hogar?

¿Dónde el respeto y amor por las personas, especialmente los niños y los ancianos?

No lo sé, pero tampoco lo entiendo. Me niego a aceptar que nos estamos convirtiendo en gente desagradable, desconsiderada, vulgar, malhumorada, grosera, malintencionada, resentida, envidiosa, y consecuencialmente… malos ciudadanos.

Tenemos que aquietarnos, revisarnos, y si es posible repensarnos. Quizás debamos hacer una reingeniería de nuestra vida, para poder disfrutar –aún con todos sus males- de  uno de los últimos refugios del mundo; con hermosos paisajes, clima envidiable y… mil oportunidades.

No es difícil recuperar el amor, la consecuencia, la paciencia, la generosidad y la alegría. Solo hace falta convicción del compromiso con esta bendita tierra que nos ha dado todo, para ser merecedores de llamarnos con verdadera cualidad y orgullo: venezolanos.

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