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Archive for the ‘AGRADECER A DIOS’ Category


«MIS OJOS FISICOS OBSERVAN EL DIA, MI ALMA NO TIENE DIMENSIÒN DE TIEMPO»

l1010088Mi alma, que es eterna, no envejece ni se hace obsoleta.

Revisé algunas de mis fotografías más queridas, precisamente de la noche que conocí a mi esposa, me llené de gratísima evocación. Abrí los de mi alma, que me ubicaron en ese ambiente especial y mágico, donde se definió la parte más bella y edificante de mi vida.

Esa regresión de cuarenta años refrescó mis más íntimos sentimientos, al pasearme por la imagen imborrable de esas personas; un ambiente que volví a sentir en su detalles, y algunas frases inolvidables que, de alguna manera, fueron premonitorias de ese futuro maravilloso, que ambos constituimos en un presente… permanente.

Como rechazo la nostalgia, di rienda suelta a mi recreación visual interna para vivir otra vez en ese mundo virtual del recuerdo feliz, esas emociones que los años no han podido envejecer y que los ojos físicos, ocupados en la vida diaria, no pueden detectar ni permitirme disfrutar.

Me vi hilvanando con hilos color de fantasía nuestros sueños, que luego, con mucho amor, optimismo, fe, comprensión y aceptación, hicimos realidad.

Sentí en mi cara interior, el frío cálido de una noche de verano; la mano suavemente firme de quien desde entonces tomó la mía para hacer de las dos una sola; las voces inaudibles del futuro que sólo oye nuestro espíritu diciendo… ven; y esa emoción especial e indefinible de atracción-sorpresa, atemorizante pero prometedora, únicamente descifrable por los enamorados.

Esa visión arrobadora, de vida y de tiempo, sólo puedo experimentarla con esos ojos mágicos, invisibles pero presentes de mi alma, que Dios me regaló, precisamente, para que no perdiera nunca la visión interna de mí mismo, que no envejece ni pierde el sentido de eternidad, cual es lo que me hace amar mi vida física, que es temporal pero real, emocionante y que estoy obligado a vivir intensamente, con deleite, con fruición con sentido inmutable de… presente.

Si abriésemos a menudo nuestros ojos del alma, nos amaríamos más; veríamos mejor la perspectiva real de una vida que es mucho mejor de lo que, algunas veces, nosotros mismos nos la hacemos; y especialmente, reconoceríamos todo lo maravilloso que es contar, todos los días, con la compañía de nuestros insustituibles hermanos… humanos.

¡FELIZ AÑO 2009!

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«Unicamente yo, en mi fuero interno, decido el color y el sabor de mis circunstancias.»

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Uno de los mayores inconvenientes para ser felices, es la creencia errada de que vendrá un día especial, con algún evento también especial que decidirá la felicidad.

Craso error, todos los días son iguales: veinticuatro horas; sale el sol, se vuelve a poner y al otro día sale para volverse a poner nuevamente. El viento sopla o está tranquilo y la temperatura varía, sin que podamos controlarlo; nos acostamos, nos levantamos, comemos, trabajamos, estudiamos, reímos, lloramos, cantamos, reñimos o hacemos el amor, agradecemos o ignoramos nuestras bendiciones, continuamos viviendo o morimos. No existen por sí mismos días especiales ni eventos especiales porque la especialidad no viene con ellos, sino que se la asignamos nosotros, de acuerdo a nuestra forma de ver la vida y las cosas, con nuestro sentir, que no es otra cosa que la aplicación de nuestro estado de ánimo.

Nosotros asignamos la trascendencia a los eventos diarios. Por tanto, nosotros decidimos si hacemos unos días diferentes de los otros. Una misma circunstancia vista por dos personas diferentes puede hacer a uno feliz y al otro infeliz, porque depende de su ideología, de su óptica de la vida.

Para quien desea intensamente un hijo, su nacimiento pudiera ser el evento más feliz. En cambio, para quien tiene una familia grande y situación económica deficiente, la llegada de un hijo no planificado ni deseado, puede representar una situación problemática y desagradable.

Una tarde plácida y crepuscular o una hermosa melodía, pueden ser bellas y arrobadoras para uno y hacerlo feliz, pero para otro podría ser nostálgico y evocador de situaciones tristes vividas, haciéndolo infeliz. Es que somos diferentes, particulares e individuales, con identidad muy personal. Una palabra, un gesto, una actitud cualquiera hacia otro ser humano, puede ser recibida o percibida con sentimiento contrario al deseado por quien la genera. Asimismo, nosotros mismos, pudiéramos reaccionar diferente frente al mismo evento, con o las mismas condiciones, pero en diferente tiempo.

Así hemos sido y seguiremos siendo por siempre los humanos: imperfectos pero perfectibles; diversos pero gregarios; con tendencia natural al amor, la bondad, la solidaridad, el confort y la buena vida. Pero esas tendencias tenemos que desarrollarlas. Nos corresponde ponerlas en función del logro de nuestra felicidad personal. Es algo que disponemos nosotros y nadie más, porque corresponde a nuestro libre albedrío. Nosotros decidimos si la tarde o la música es alegre o triste; nosotros decidimos si disfrutamos del color de una rosa, el canto de un pájaro, la sonrisa de un niño, o los ignoramos.

No hay nada más que hacer. Es así de simple: somos nosotros y nadie más, quienes resolvemos hacer los días buenos, mejores, peores o especiales. La vida deja la pelota en nuestro campo, a nosotros nos toca decidir que hacemos con ella.

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«LA HUMANIDAD HA ATRAVESADO MUCHAS CRISIS, PERO EL HOMBRE SIEMPRE LAS HA SUPERADO.»

capetownpanorama_thLos humanos siempre hemos vivido situaciones críticas: la guerra, la pobreza, la injusta redistribución de la riqueza, el fanatismo religioso y el radicalismo político han sido las principales fuentes de las crisis humanas; pero siempre, independiente de su origen, el hombre las ha superado y ha salido adelante. De no haber sido así, habríamos desaparecido como especie de la faz de la tierra.

Hoy tenemos que enfrentar quizás la más imprevista, y por su magnitud, global. Se trata de una inadvertida crisis económica de proporciones impredecibles, que amenaza aumentar la pobreza y el hambre de vastos sectores de la humanidad.

¿Qué sucedió que iniciando el Siglo de mayor desarrollo científico, nadie pudo preverla, advertirla a tiempo, o hacer algo para evitarla o aminorarla?

Creo que pasarán años antes de que tengamos una respuesta apropiada, si es que algún día llegamos a tenerla. Por cierto, por ahora no nos serviría de mucho. El mal está hecho y los efectos a corto y mediano plazo se presumen devastadores. Pero está aquí; en menos de dos meses, como en todas las crisis, unos, los menos ganaron, y otros, los más numerosos perdieron, y… seguirá perdiendo.

¿Quiénes son los responsables de tan terrible escenario? Pienso que los mayores depositarios de poder y conocimiento: las grandes potencias mundiales, a quienes poco importa lo que pase más allá de sus fronteras. No obstante, esta vez el problema también los afecta; al menos en los Estados Unidos ya empezó a generar cambios trascendentales.

El resultado de un modelo económico que no fue diseñado en función de la felicidad de todos los hombres, sino para el beneficio de aquellos pocos que manejan el poder económico y político, no se hará esperar: muchos pobres más vulnerables que nunca y los pocos ricos, aún más fuertes.

Sin embargo, sobreviviremos. Al fin y al cabo, seguimos con vida y mientras tengamos vida tendremos esperanza. Se requiere asumir la realidad de la situación, procesar sus posibles consecuencias y movilizarse de inmediato; cada cual en su esfera personal en pro de enfrentarla de la mejor manera posible.

Quienes tenemos fe en que Dios está con nosotros, no tenemos temor. Pediremos guía y si somos diligentes en lo que hacemos, sin duda Él proveerá. Lo más importante es evitar una crisis espiritual y será suficiente actuar de forma correcta, en función propia y bienestar de los demás para tener el espíritu tranquilo; todo lo demás vendrá por añadidura.

No entraremos en pánico. No estamos aquí por accidente sino por un plan divino. El poder heredado de Dios se impondrá y no pereceremos. Actuaremos conforme a cada circunstancia; seremos del tamaño del problema; nos adaptaremos a las nuevas condiciones; enfrentaremos los asuntos y los resolveremos de la mejor manera posible, porque además de nuestro carácter y valor, Dios, como siempre, estará aquí para ayudarnos y si Él está con nosotros… ¿Quién podría destruirnos?

No hay crisis suficiente para vencer a un hijo de Dios optimista, valiente, diligente y decidido.

PROXIMA ENTREGA:  ¿LA EDAD CONVENIENTE?

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«LA FELICIDAD SE ENCUENTRA EN EL MARAVILLOSO MUNDO DE LAS COSAS SENCILLAS»

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¿Cuál es el secreto o fórmula para ser felices?

En mi concepto, no existe ningún secreto o formula especial. Simplemente, se trata de una actitud frente a la vida, especialmente de las circunstancias que rodean la existencia de todo ser pensante.

Algunos lo entienden de esa manera y orientan su actitud a recibir la vida como el mayor regalo, haciendo de  todos sus momentos una oportunidad de regocijo y goce físico-espiritual, que determina su estado de felicidad.

Quienes no disponen de esa actitud positiva, son presas del temor a las múltiples eventualidades que pudieran afectar su naturaleza humana ­-de por sí muy vulnerable- y ese temor enfermizo no les permite mirar lo bello de la vida.

No existe ningún factor especial  que defina el logro de la felicidad, más allá de la cualidad de ver el lado positivo de las cosas.

Soy de los que piensan que todo lo que nos sucede tiene una razón, y por tanto, algo positivo; no obstante que en algunos casos no nos esté dado determinarlo de inmediato, todo encaja en una ley divina que rige el universo. Por tanto, a  cualquier evento siempre podríamos encontrarle un lado o arista positiva.

Como seres humanos racionales, únicamente disponer de ese bien inconmensurable que es la vida, ya es un privilegio especialísimo. De hecho, no conozco ni tengo noticias ciertas de que alguien, en su sano juicio, haya deseado morir, o por lo menos que no haya hecho todo lo posible por continuar viviendo.

Poder compartir nuestra vida, conscientemente, con otros seres humanos y disfrutar de su amor; tener una pareja; hacer una familia; adquirir conocimiento y realizar una actividad que nos satisfaga, son bendiciones que constituyen la materia prima para ser felices.

Quienes no son felices, por su convicción de que  existe una fórmula desconocida o un secreto para lograrlo,  se les va la vida tratando de encontrarlo y en tal empeño, como andan demasiado apurados en su intento, no se percatan de que a su lado o detrás de ellos, en el maravilloso mundo de las cosas sencillas, la felicidad retoza en los más elementales eventos.

La obsesión por encontrar algo que no existe, no les deja tiempo para disfrutar la caricia del viento en las frescas mañanas, flanqueado por la alfombra de flores en la primavera; ni para observar las bandadas de  pájaros y mariposas compitiendo en colores y belleza; menos aun para oír la voz cantarina de las fuentes, el murmullo del aire desprendiendo las hojas en el otoño, la risa inocente de los niños, el tranquilo paso de los ancianos y el murmullo tierno de las promesas de los enamorados.

Es en el mundo de todos los días, que no requiere de eventos extraordinarios y se nutre de nuestra cotidianidad, donde habita la felicidad, siempre esperando por quienes la identificamos y dispuesta a acompañarnos en este corto, pero emocionante camino de la vida.

No existe un secreto ni fórmula para ser felices. Existimos nosotros, con nuestra actitud producto de nuestro intelecto, de donde deriva nuestro estado de ánimo para cumplir ese mandato divino de habitar esta tierra disfrutando de todas sus incontables bendiciones, porque fuimos creados con el único fin de ser felices. Lo contrario, sería una abominación.

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«No andes solo porque si tropiezas no tendrás quien te levante y si estás triste no tendrás quien te consuele.»espalda-vista-pareja-posicion-medio-camino-bxp197277

Nuestra vida sobre esta maravillosa tierra de Dios, no es más que un avanzar, siempre en busca de algo mejor. De tal manera, desde que entendemos nuestra individualidad, capacidad y poder heredado de Dios,  iniciamos conscientemente la caminata en busca de la realización personal, y ya no pararemos hasta lograrla.

¿Quién nos lo enseña u ordena? Creo que lo traemos en los genes y tiene que ver con la inmutabilidad de nuestro sentido de avanzar y nunca retroceder. De alguna manera, es la concreción de que, ciertamente, somos espíritus utilizando esta experiencia física, para progresar y prepararnos para otro nivel más elevado, que sobrevendrá.

En esa corta pero interesante vida terrenal establecemos prioridades, dentro de las cuales pareciera la más importante agenciarnos compañía para el viaje, que al compartir nuestra ideología, sueños, ambiciones e intereses, camine a nuestro lado hasta que sus pasos se confundan con los nuestros y hagamos… una sola huella.

En cada una de las oportunidades que he logrado neutralizar algunos naturales mecanismos de defensa, que una sociedad compleja crea en los seres humanos frente a su propia especie, he verificado que, independiente de la edad, raza, sexo, nivel cultural, social o económico, todos los seres humanos, salvo muy raras excepciones, orientamos nuestra mayor capacidad, a buscar ese compañero de viaje… largo.

En lo más profundo de nuestro ser, donde no cabe la mendacidad ni la actuación teatral, más allá de cualquier nivel de  altruismo, en verdad, tratamos de lograr conocimiento, cultura, poder, fama  y riqueza, con la  esperanza de que tales factores, privilegien nuestra capacidad para lograr, de la mejor manera posible, el encuentro maravilloso con esa persona especial que compartirá nuestro destino.

Presentimos que en nuestro camino, en sentido contrario pero en la misma vía, de allá para acá siempre viene alguien en busca exactamente lo que tenemos y podemos dar; que comparte nuestra ideología, sueños  y ambiciones. Con ella nos encontraremos, y entonces, sin saber cómo, cuándo ni por qué, se producirá el contacto mágico de sentimientos compartidos; se conectarán las energías positivas; se producirá el circuito que encenderá la llama del amor; nos embargará esa sensación mágica del idilio; la emoción, la ternura y la pasión en un coctel sublime recorrerán nuestra espina dorsal produciendo una sensación nueva; enterraremos nuestro natural egoísmo, compartiremos todo  y ya nunca más desearemos estar… solos.

Pienso que todos los seres humanos, sin excepción de ningún género, tenemos el derecho a compartir nuestra vida con quien nos ame, respete, edifique y esté dispuesto a unir caminos para hacer con nosotros una sola vía. Por eso, soy un convencido de que es la unión de  pareja  el terreno abonado para sembrar nuestra simiente, que no solamente dará frutos buenos, sino que materializará la extensión de nuestros más bellos sentimientos, más allá de nuestra propia… vida.

Nadie debe concebir excepcional el logro de la felicidad. Por el contrario; fuimos diseñados por Dios para ser felices y traídos a esta tierra para lograrlo. Sólo se requiere nuestra diligencia, porque ese Padre Celestial que conoce mejor que nosotros lo que más nos conviene, siempre estará con nosotros en el camino.

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«Hacer el amor es esencialmente entrega. No es concebible sin la vinculaciòn espiritual que se traduce en ternura, pasión, fantasía, magia y un toque de locura.»

En los últimos años, los medios de comunicación social han advertido que el deseo y actividad sexual ha disminuido, especialmente en los hombres.

Independientemente de que estoy de acuerdo en que la salud, edad, e inclusive el género, tienen alguna incidencia en el ritmo de la actividad sexual de la pareja, en su mayor entidad la afectación se debe a factores de carácter psíquico y motivacional.

Especialmente sobre la disfunción eréctil, por ser objeto de la mayor crítica social, ya que respecto de la posible frigidez femenina poco se habla -quizás porque es físicamente más difícil de detectar a simple vista- tengo mis propios criterios, que deseo compartir con mis escuchas visuales de este Blog.

El deseo sexual se produce como respuesta a estímulos procedentes del exterior, por vía de nuestros sentidos, cuales producen reacciones específicas en nuestro interior, donde se generan las hormonas características conforme al género: la testosterona y el estrógeno. Pero esos estímulos deben ser suficientemente motivacionales para que la respuesta sea positivamente efectiva; tanto que produzcan en el órgano femenino lubricación vaginal y en el hombre erección del pene.

Cuando el estímulo psicológico y/o físico no es suficiente, se produce la disfunción, que conforme al Dr. Juan Luís Alvarez-Gayou (Seroterapia Integral), es la «… alteración persistente de una o varias fases de la respuesta sexual que provocan problemas o molestias al individuo y/o la pareja»; lo cual en el lenguaje común, en el hombre significa insuficiente o ninguna erección del pene; y en la mujer, déficit o ausencia de lubricación vaginal.

Pues bien, en el mundo de la praxis diaria de la vida de pareja, e independiente de cualquier origen patológico, el deseo de hacer el amor, responde en su mayor volumen, a la motivación que genere la pareja como resultado de su actuación cotidiana, que no únicamente en el momento de consumar la relación sexual.

Son el trato diario considerado,  la ternura, la aceptación, la buena comunicación, el preludio a ese acto maravilloso de entrega. El conocimiento del mapa erótico corporal y su concepción espiritual del acto mismo, adicionado a la pulcritud personal, el conocimiento de las reacciones eróticas físico-psicológicas de la pareja, algo de técnica sexual y… un toque de locura, lo que incide en el mayor o menor deseo de recurrencia del acto sexual.

En el más alto porcentaje de poca recurrencia, indiferencia o falta de entusiasmo por el acto sexual de pareja, los factores comunes desencadenantes han sido el irrespeto, la desconsideración, la ausencia de ternura, el desconocimiento de las zonas eróticas, deseos y rechazos a formas de realizar el acto sexual, que conllevan inmotivación al acto; el desconocimiento de las diferencias en la sexualidad femenino-masculina y el descuido en el aseo personal, para el momento de la consumación del mismo; siendo que en casi ninguno de estos casos, se ha producido queja sobre las características físicas de los órganos sexuales, posiciones para realizarlo, o cualquier asunto que tenga que ver con la parte exclusivamente física  del acto.

Por cierto, debo insistir en la buena noticia para los hombres, de que la andropausia es prácticamente inexistente, pues está comprobado científicamente que el hombre, independiente de su edad, continúa produciendo testosterona; y para las mujeres, el que la menopausia, gracias a la abundante oferta pública de hormonas femeninas de diferente origen, lejos de convertirse en un problema para la mujer, se ha convertido en una ventaja para la recurrencia del acto sexual de  pareja.

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«Como obra de arte, sólo yo decido si soy estupendo o un… adefesio.»

Como ser humano soy el material ideal sobre el cual recrear  una obra de arte, porque como entidad físico-espiritual cuento en mi propia persona con todos los elementos necesarios. De alguna manera, puedo ser una roca sobre la cual esculpir una estatua; un lienzo sobre el cual plasmar una obra pictórica; pero también tengo en el alma una lira, donde tañen notas, surgen frases y metáforas, suficientes para escribir las más hermosas sonatas y las historias más bellas, sobre un mundo y una vida que también… son míos.

Yo decido mi propia obra y sobre ella trabajo desde que tengo uso de razón; puedo iniciarla, suspenderla, retomarla o, simplemente, quedarme como materia prima, dejando que los acontecimientos hagan de mí lo que les de la gana.

Este mundo es mi casa grande donde puedo vivir a mis anchas, dependiendo de los matices que quiera darle. El medio ambiente, que es mi espacio vital, me regala todo lo necesario para vivir; mi gigantesca familia humana se convierte en mi mayor motivación, y el amor que inunda mi ser abre mi espacio infinito, donde Dios guía permanentemente mis pasos.

Mi naturaleza es bondadosa y mi inclinación vocacional hacia el bien.  Dispongo de la mayor capacidad de adaptación, de acción y reacción frente a cualquier fenómeno o evento, y la fuerza de mi amor no tiene límites. Tengo el poder de transformar el medio geográfico dividiendo los mares, horadando montañas, secando lagos y construyendo islas. Puedo vencer cualquier enfermedad, soportar cualquier tempestad y volar físicamente como los pájaros, y con mi mente traspasar el tiempo y el espacio.

Fabrico la felicidad o la tristeza según mi estado de ánimo. Concibo la belleza o la fealdad, según mis personales parámetros. Los colores conque pinto mi vida, los emotivos olores y las notas musicales que me hacen presentir al ser amado; los sabores más exquisitos y la tersura de la piel, que son el introito al placer sensual, no son más que producto de mis sentidos; yo lo decido, doy la orden y yo mismo la satisfago sin requerir de nadie más que de mí mismo: soy un milagro andante, el milagro de… Dios.

Nada ni nadie puede evitar que sueñe, y lo que es más importante, que transforme mis sueños en realidad; que confíe en mi propio potencial humano, que presienta lo mejor de la vida y que logre mi realización material y espiritual; porque como hechura máxima de Dios, soy yo mismo quien esculpo esa obra de arte sobre mi propio ser.

Así, puedo ser roca o plastilina y en ellas puedo reflejar el amor o el dolor. Puedo ser el hermoso e inigualable paisaje de la vida buena o el borrascoso grabado de la desesperación o la tristeza. Mi obra puede representar la ternura o la ira, el dolor o la alegría, la resignación o el entusiasmo, el fracaso o la esperanza. Puedo diseñar mi  cielo o mi propio infierno. Todo yo lo decido y nadie puede interponerse en mis deseos, que nacen y se desarrollan en lo más recóndito de mi alma, cual mantengo en permanente contacto con mi Padre Celestial.

Si hago de mi vida una obra de arte estupenda o un adefesio, no es algo de lo que pueda responsabilizar a nadie más que a mí mismo. Es una opción abierta hasta el último segundo de mi existencia. Dispongo de todos los materiales, la creatividad y la fuerza para construirla. Pero, por si fuera poco, Dios estará conmigo en el camino de lograrlo.

Manos a la obra, todos los tiempos son buenos para comenzar o… recomenzar.

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«DE NUESTRO ESTADO DE ANIMO DEPENDE NUESTRA FELICIDAD»

Si como lo comentamos en la entrega anterior, los elementos físicos necesarios para subsistir no son difíciles de lograr, y los factores de carácter espiritual necesarios se encuentran disponibles dentro de cada ser humano y dependen de su voluntad, surge una nueva pregunta:

¿Por qué tantas personas dicen que les es difícil o imposible lograr la felicidad?

Creo que se trata de que para ser felices, en principio, es indispensable la disposición a sentir, más que predicar o aconsejar, qué hacer para sentirse feliz. Se requiere experimentar en el cuerpo y en el alma la extraordinaria sensación de vivir. Conviene asumir nuestra temporalidad sobre este planeta y como consecuencia, no desperdiciar ni un segundo para disfrutar de tantas bendiciones que sobre el existen para nuestro deleite; especialmente nuestros hermanos humanos.

Ser feliz no es difícil; amerita una actitud personal positiva frente a todo evento y circunstancia vivencial. Cada instante de nuestra vida es una oportunidad para la bonanza, el solaz, la ternura, el amor y el compartir. Toda circunstancia, por desagradable que pareciere, tiene una parte positiva y/o didáctica que nos prepara para un futuro mejor.

Se trata de nuestra disposición personal para ver la parte bella de la vida, la parte edificante de las situaciones humanas; de aceptar los buenos momentos como regalos de Dios, y los desagradables, como la enseñanza necesaria para lograr una vida plena.

Como producto natural somos un milagro; como la obra de Dios, simplemente magníficos. Tenemos la máxima capacidad de adaptación a cualquier medio y a cualquier situación por grave que fuere. No hay límites para nuestra felicidad, más que aquellos que nosotros mismos nos imponemos. Fuimos diseñados por Dios para ser felices y no serlo es… anatema.

No importa el tiempo o espacio donde nos ubiquemos, porque en cualquier dimensión conocida existen las condiciones para la realización personal. Nuestra inteligencia, sentidos y el poder recibido de Dios, son superiores a cualquier dificultad. Por eso siempre, en todas partes y en todos los tiempos existieron personas felices que entendieron esta realidad y disfrutaron de una vida edificante y plena. Otras que las ignoraron y como consecuencia disminuyeron su capacidad para ser felices.

Nosotros, los cristianos, aprendimos de Jesús que si tenemos a Dios en nuestro corazón, para lo cual debemos tener paz, amor y actuar con justicia, todo lo demás nos será dado por añadidura, y eso hacemos.

Por todo  eso no dudo en asegurar que ser felices no es nada difícil, porque se reduce a una actitud, a una forma de ser; a la utilización positiva de nuestro estado de ánimo.

De alguna manera, la felicidad responde a nuestra seguridad de que no estamos solos en este planeta, sino que Dios está con nosotros, manteniéndonos todas las condiciones para que podamos realizarnos material y espiritualmente.

Es así de simple. Depende de nosotros y de nadie más aceptar estas verdades, hacerlas parte de nuestra vida y vivir intensamente cada segundo de esta bella vida que Dios nos regaló. Por cierto, pudiera ser nuestra más bella oración de agradecimiento a nuestro Creador.

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SI QUIERES GANAR EL CIELO, TOMA TU CRUZ Y SÍGUEME»

Continuamente oímos personas pregonar que son cristianos, vale decir que siguen a Cristo. Ciertamente, es muy fácil decirlo, pero bien difícil actuar como un verdadero cristiano. Más que invocar a Cristo, se requiere sentirlo en nuestro espíritu y hacerlo patente en cada uno de nuestros actos.

Es que no es fácil aceptar la ingratitud e inconsecuencia de algunos congéneres, que todos los días afectan nuestra relación humana.  Pero, como cristianos estamos obligados a soportarlos y ayudarlos, porque sin ninguna duda, su actuación corresponde a su ignorancia de los principios cristianos y de las leyes de compensación que rigen nuestra vida.

Alguien decía que «haz el bien y espera el leñazo; en algunos casos pudiera ser así, pero no en la mayoría. Una condición fundamental del cristianismo es cumplir el mandato de Cristo: «Ama a tu prójimo como a ti mismo.» Cuando se hace el bien no es importante lo que se reciba de regreso, porque cuando se da amor, éste  se convierte en el mejor antídoto ante los grandes males que aquejan al  hombre.

Considero apropiado el aforismo: «El que nada espera lo tiene todo.» Cuando se hace el bien sin esperar recompensa, todo lo que la vida te devuelve es bueno. De hecho, el practicarlo, es ya una recompensa.

¿Qué quien recibe el acto bondadoso lo retribuya? Pudiera ser que sí, pero si no lo fuera, el pago espiritual representado en la satisfacción de hacer el bien, y se recibe en el mismo momento en que se hace el bien.

Especialmente, para quienes somos padres hacer el bien, que es una forma de ser justos, nos asegura un buen futuro para nuestros descendientes. Esa fue la promesa bíblica del salmista cuando  escribió que  «… jamás he visto hijo de justo mendigando pan…»

Ayudar a nuestros semejantes, aún a riesgo del interés propio y la seguridad personal,  siempre, y de alguna manera, sino inmediatamente, con el tiempo, los resultados de ese acto bondadoso, generoso o justo,  produce un resultado positivo. Por eso, el cristiano real no puede ver primero su interés personal, sino la entidad del efecto de  la ayuda para sus hermanos, de tal manera equilibrando la situación; y eso, por experiencia propia, puedo asegurar que  no es tarea fácil, pero sí enaltecedora.

En estos días, cuando el mundo se enfrenta a profundos cambios, cuales en su mayoría se   suceden a velocidad imprevisible, violentando privilegios y enterrando paradigmas, como escribiera en 1970 Alvin Toffler, quien no tenga fortaleza espiritual suficiente para asimilar los cambios y mucho amor en su corazón, simplemente sufrirá, con devastadoras consecuencias,  lo que él llamo «El shock del futuro.» Y ese futuro ya está aquí.

Frente a tales realidades, los cristianos debemos fortalecer nuestra base ideológica, que se fundamenta en el mensaje de Cristo de amor al prójimo, y la actuación cónsona, suficiente para entender a tantas personas que, por desconocer los principios de vida cristianos, andan por el mundo desorientados, llenos de temor,  estrés, impaciencia, incomprensión, frustración, falta de fe, e incluso ira, lo que afecta gravemente su salud fìsica y espiritual.

Es una obligación que tenemos los cristianos de tratar de entender y ayudar a nuestros hermanos, porque fuimos glorificados con este conocimiento, que hemos atesorado, hecho parte de nuestra vida,  y se convierte en escudo frente a  un mundo todos los días más complejo, confuso e insensible, en el cual estamos comprometidos a ser el fiel de la balanza.

Dios nos ayude siempre a cumplir con este cometido.

 

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        «HOGARES FELICES HACEN FAMILIAS FELICES Y ESTAS HACEN PAISES FELICES»

En una conferencia en una Universidad Venezolana para alumnos de la Maestría en Ciencias Gerenciales, con asistencia de Ejecutivos de alto nivel tanto de Gerencia Privada como Pública, uno de ellos me inquiría sobre donde estaba la razón de que no obstante las diferentes y muy variadas disciplinas de pregrado y postgrado que se enseñaban, la familia continuaba deteriorándose aceleradamente, sin que nada en el horizonte indicara que se estaba haciendo algo por solucionar este problema.

Como padre y abuelo tengo la misma preocupación. No obstante, que por la formación que en nuestro hogar dimos a nuestros hijos, éstos han desarrollado hogares donde el amor, la democracia y el respeto imperan, produciendo buenas comunicaciones entre cónyuges, padres e hijos, por lo cual personalmente mi esposa y yo somos menos afectados que la mayoría de otros padres y abuelos, me siento obligado a expresar mi criterio sobre cual pudiera ser la raíz del asunto, y, si se quisiera hacer algo, por donde debería comenzarse.

Frente a un mundo donde todo se  hace progresivamente más complejo y el temor es casi endémico, los niños crecen y se forman sin que se les de la suficiente información, sobre cuales deben ser las reales prioridades de su vida, y muy especialmente  el lugar que corresponde a la familia como célula esencial de cualquier comunidad y sociedad organizada.

Observo que la agitada vida urbana, en la cual sí que se puede tener tiempo para todo, con sus muchos factores y elementos angustiantes, imbuye al ciudadano en la idea de que el tiempo no le alcanza para nada; produciendo un alto nivel de estrés, que se va  haciendo parte de la vida de las personas, inclusive convirtiendo a algunos en adictos a este sentimiento negativo, por lo que en todo momento manifiestan su falta de tiempo, prácticamente para todo.

En tal estado de cosas, el condicionamiento mental es de que no se tiene tiempo para descansar suficientemente, para leer, para estudiar, para meditar, para distraerse y para compartir con la familia; y si todo el tiempo se presume ocupado, la consecuencia del cansancio físico y mental es, precisamente,  el estrés que nos desequilibra emocionalmente.

Ese estado angustioso impuesto por una sociedad consumista, atemorizada y falta de fe, crea en la mente de los afectados, la idea aberrada de que no es posible cumplir eficientemente con las obligaciones que corresponden a los roles de cónyuges, padres, profesionales o empleados, al mismo tiempo que se disfruta de entretenimiento, estudio y culturización.

Paradigmas diseñados por una sociedad altamente desarrollista, orientan en la idea de unas prioridades en beneficio del éxito económico y laboral-profesional como generador de ingresos, dejan en segundo plano ese otro pequeño gran mundo constituido por el cónyuge, los hijos y  la comunidad inmediata, cual a la hora de la verdad es esencial en la vida de cualquier ser humano civilizado, por que casi siempre, nace y se mantiene antes y después del éxito, o el fracaso de un individuo.

Pues bien, unos padres afectados por el temor sindrómico a la  dificultad de  la supervivencia física, con su fe en el más bajo nivel y ausencia casi total de fortaleza espiritual, que los convierte en unos cuasi-robots, que funcionan conforme a las instrucciones sublimales que les imparte los medios de comunicación social, a quienes solo les interesa que consuman bienes y servicios, sin importar si fueren necesarios o no, poco pueden hacer que sea positivo para la formación de sus hijos, más allá de cuidar de proveer sus necesidades físicas fundamentales y  la educación académica formal.

Pero, es que la escuela es parte del sistema social del establishment, organizado y orientado a preparar recursos humanos para la producción de bienes, servicios y riqueza;  por tanto, tampoco tienen ninguna preocupación o interés en que los niños desarrollen su capacidad de amar y disfrutar de una vida hermosa, plena de oportunidades para ser felices, en tanto y en cuanto se entienda, en si misma,  como un regalo de Dios de incuantificable valor, que es pasajera y debe disfrutarse en todo momento con intensidad y fruición.

En el fondo, es producto de que los mismos maestros, profesores y orientadores, que fueron formados en la misma idea desarrollista económica, dando prioridad en todo momento a la capacidad de generación de recursos económicos,  al ser su mayor interés devengar su subsistencia económica con el cumplimiento de su obligación de enseñar a sobrevivir, si no se preocupan por vivir plena e intensamente la vida ellos mismos, nadie debe esperar que pueden transmitir a sus educandos lo que ellos mismos desconocen o no le dan trascendencia: vivir intensamente esta maravillosa vida que Dios nos dio.

Si los educadores primigenios, que son los padres, y los impartidores de conocimiento formal, que son los maestros y profesores, entendieran la necesidad y conveniencia de educar para la vida, pero para la vida buena, y no para cubrir una formalidad legal o cumplir con un programa académico, seguramente los hombres seríamos más felices y el mundo mucho mejor.

Aceptando la posibilidad de tal cambio en la mentalidad de los padres y educadores,  lo más importante a desarrollar en los niños en el hogar,  sería su capacidad de amar y aceptar a los seres humanos en su interesante diversidad, en la seguridad de que todos nuestros pensamientos y acciones deben estar orientados al logro del bien común, porque de alguna manera, todos conformamos la gran familia humana y no tenemos capacidad ni vocación para desarrollarnos material y espiritualmente en solitario.

Bajo tal premisa, para los maestros y profesores, desde nuestro primer día de escuela hasta la finalización del último nivel de educación superior, más importante que enseñarnos letras, números y fórmulas, sería el adentrarnos en el conocimiento del privilegio de vivir, de nuestra extraordinaria capacidad para convertir los pensamientos en cosas, de diseñar nuestro propio destino para disfrutar de la mejor manera, los muchos dones que Dios puso sobre esta tierra para nosotros; del amor de nuestros semejantes, especialmente de aquellos que conforman nuestro entorno íntimo, como los padres, los cónyuges, los hermanos y los demás ascendientes y colaterales, quienes en su camino de la vida,  saldrán de nuestro entorno para hacer su propia vida o para dejarla, en bastante menor tiempo de lo que normalmente nos imaginamos.

Nos enseñarían la importancia de nuestra inmediatez con Dios, que en todo momento nos da poder, amor y fortaleza. Nos enseñarían que no hay razón para el temor, porque estamos dotados de todos los elementos necesarios para vencer y superar cualquier situación que pueda presentársenos y en toda instancia y circunstancia contamos con Él. Nos enseñarían a vivir intensamente cada segundo de nuestra vida, porque no existe ninguna posibilidad de volver a repetirlo,  y si lo perdemos, jamás podremos recuperarlo.

Por sus enseñanzas aprenderíamos a no preocuparnos ni por ayer ni por mañana; porque sobre lo que ayer sucedió no podemos hacer nada; y  por mañana, que es incierto e imprevisible,  en vez de preocuparnos debemos ocuparnos en lo único que podemos hacer en su beneficio: hacer las cosas bien…  hoy.

Aprenderíamos que todos somos uno con Dios, y por tanto, cuando hacemos el bien o actuamos indebidamente con nuestros semejantes, de acuerdo a cual sea nuestra actuación, su efecto será a favor o en contra de nosotros mismos y nuestro entorno más querido.

Aprenderíamos a agradecer todos los días el privilegio de vivir, cuando tantos hermanos nuestros ya no pueden hacerlo; a disfrutar de las mañanas, del calor del sol, de los atardeceres, del bullicio del día,  y del mágico ruido del silencio de las noches; del canto de los pájaros, del ruido del agua en las fuentes, la risa de los niños y de la palabra… amor.

Y lo más hermoso y trascendente sería que nos convenceríamos de que nuestra vida,  al mismo tiempo que puede ser tan plena de felicidad es tan elemental, que para sentirnos realizados material y espiritualmente, no requerimos de grandes cosas, ni acumular riquezas, ni obtener poder, ni fama, ni reconocimientos, porque cuando somos capaces de posesionarnos integralmente de nuestro vínculo real con Dios, todo es sencillo, práctico  y… posible.

Es ese estado de tranquilidad espiritual, la única posibilidad de convivir felices en pareja, formar debidamente nuestros  hijos, hacer hogares buenos para la vida, constituyendo familias sólidas, permanentes y felices; para que en las escuelas, los maestros al enseñar el conocimiento formal, lo hagan complementario a esa formación primigenia que los hijos recibieron en el hogar, que no puede ser desvirtuada; en una educación  donde lo prioritario, lo más importante no sea el generar y acumular riqueza, sino el compartir con amor los muchos beneficios que podemos producirnos como miembros afectuosos de esta gran familia humana, donde todos cabemos holgadamente, en un mundo con recursos suficientes para que, al utilizarlos equitativamente,  todos dispongamos de lo que nos haga falta.

Claro que podemos hacer buenos hogares y es urgente que nos convenzamos de ello, porque si formamos y educamos bien a nuestros hijos, construimos familias sólidas y permanentes, ellas conformarán comunidades sanas y buenas para la vida, y éstas a su vez darán a nuestro  mundo la paz, la tranquilidad y la felicidad que tanto necesita.

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