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Archive for the ‘ADMINISTRACIÒN DEL TIEMPO’ Category

“La sociedad refleja la salud de las grandes instituciones, las cuales reflejan la salud de las familias, las cuales a su vez reflejan la salud de las personas.” (Dr. Roy Jenson)

                 Sin que de ninguna manera podamos señalar que el tiempo pasado fue mejor, sí que tenemos que aceptar que hoy nuestro mundo está afectado en sus valores éticos. Principios fundamentales sobre los cuales nuestros predecesores concibieron y construyeron la sociedad contemporánea, se encuentran erosionados.  Dolorosamente, se advierte a simple vista que hemos  perdido mucho de nuestro sentido de unidad, y eso nos hace como individuos moralmente débiles y como conjunto social… vulnerables.

Colectivamente integramos países, organizaciones y comunidades, pero como  individuos hemos ido distanciándonos y perdiendo esa unión que nos hacía mejores padres, respetuosos hijos, amorosos esposos, solidarios vecinos,  y… buenos ciudadanos.

El bombardeo constante de consumismo, vanidad desbordada, violencia sin límites, sexo tarifado y… grotesco, han producido sus resultados: pragmatismo, cortoplacismo, irresponsabilidad, indiferencia afectiva y religiosa; han hecho demodé el romanticismo, disminuido el idilio y vapuleado a la familia; pero también  han disminuido nuestra firmeza, de paso sembrado en nuestras almas profundos vacíos, difíciles de superar.

Frente a esas realidades, no queda otro remedio que fortalecer las instituciones que todavía quedan en pie. Porque como lo escribiera El Dr. Ron Jenson, en su libro Viva no Sobreviva: “La sociedad refleja la salud de las grandes instituciones, las cuales reflejan la salud de las familias, las cuales a su vez reflejan la salud de las personas.”

Se siente en el ambiente la pérdida del mínimo sentido de pertenencia, típico de los seres racionales civilizados. Las personas se notan  afectadas en su identidad, cual por su condición gregaria, el individuo define y fortalece con la interacción del grupo familiar, laboral, estudiantil  y en la  comunidad o sociedad donde hace su vida cotidiana.

El sentido de pertenencia significa arraigo a algo que se considera importante; como las personas, cosas, grupos, organizaciones o instituciones, que contribuye a alejar o atenuar la soledad, que hoy afecta a los grandes conglomerados humanos, promoviendo insensibilidad, egoísmo, desconfianza, y un sentimiento progresivo  de inseguridad y… desamparo.

El  priorizar el logro de cosas materiales frente a lo intangible como amor y la sensibilidad humana, al crecimiento espiritual y el compartir las muchas bendiciones recibidas de Dios, violenta el sentido de pertenencia al lugar que nos vio nacer, al  hogar, al sitio de trabajo, a la escuela o universidad donde nos formamos, al grupo de amigos  y a la comunidad en general, aislándonos de las cosas que nos generaban ese importante elemento vivencial, que nos producía seguridad y nos hacía sentirnos como parte de algo… importante.

Si no tenemos arraigo, por sentir que no pertenecemos a nada ni a ninguna parte, todo se hace ajeno y, progresivamente, se pierde el interés en lo que no nos afecta directamente; y eso es contrario al sentimiento cristiano del amor y la caridad que debemos a nuestros semejantes, cual reflejó Jesús en su admonición: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”.

Quienes aspiramos a una vida feliz tenemos que luchar por  conservar nuestro sentido de pertenencia, que nos ayuda a mantener la cohesión humana, iniciando nuestro trabajo en ese sentido en la familia, haciéndola más unida, comunicativa y participativa, sobre la base del amor,  la consideración, la aceptación, la buena comunicación  y el respeto.

No basta traer al mundo, alimentar y educar los hijos; se requiere amarlos y enseñarles a amar; sembrarles en su alma el sentimiento de solidaridad humana y la obligación de asistencia a los semejantes, en los momentos de desventura, dolor o adversidad. Esa es una manera de desarrollarles el sentido de pertenencia a su grupo familiar y su comunidad,  que con el devenir del tiempo progresará y fructificará en sus propios hogares.

No es suficiente hacer pareja; se requiere hacer conjunción de intereses, sentimientos, sueños, solidaridad, confianza y lealtad con esa otra persona que nos escogió dentro del conglomerado social para hacernos objeto de su amor, dedicación y compañeros de siempre. Ello afianza un sano sentido de pertenencia a esa persona, haciéndonos ser mejores para no afectarla, frente a la sensación recíproca de que también ella nos pertenece, en el camino de hacernos una vida feliz.

No vale la pena trabajar o estudiar como una obligación para subsistir o prever el futuro; sería desperdiciar la oportunidad de vivir extraordinarias y edificantes experiencias, que nos da el disfrutar de lo que realizamos. Se requiere amar lo que hacemos, porque además de ser una bendición, es un privilegio tener una labor que ejecutar o estudiar, cuando millones de personas no encuentran empleo y otras tantas no tienen la oportunidad de estudiar. Si amamos lo que hacemos, especialmente trabajar y estudiar, desarrollamos un especial sentido de pertenencia a esas Organizaciones en las cuales hacemos vida.

Participar en las actividades y organizaciones comunales, religiosas, estudiantiles, de voluntariado, culturales o recreacionales de nuestro entorno, es una manera de fortalecer ese importantísimo sentido de pertenencia, como generador de cohesión intragrupal que, al mismo tiempo que afianza nuestra identidad personal, nos permite ser más útiles a nuestros semejantes, cual debería ser la máxima aspiración de todo ser humano.

El sentido de pertenencia fortalece el convencimiento  de que todos somos uno,  cual es como decir que al pertenecer a este mundo que Dios nos dio por heredad, todos nos pertenecemos mutuamente y por tanto debemos amarnos y socorrernos en todo momento.

Si tienes alguna duda o requieres aclaración sobre el tema aquí tratado, el correo del autor está disponible: amauricastillo@gmail.com

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Como todos los nuevos años, escribo sobre ellos no antes de que se inicien ni sobre la base de lo que viví en el que se quedó en el tiempo o viviré en adelante, sino en el cómo vivo.

Ciertamente, para mí todos los años son iguales: simplemente, maravillosos. Observo nacer, avanzar y morir los días, las plantas y… los hombres; pero, en todo ello encuentro una parte positiva en la cual se refleja la mano de Dios; es el ciclo vital: nacer, desarrollarse y morir, pero siempre, no importa cuánto tiempo, hay un espacio para la vida; esa es la parte interesante, ya que, los años, como nuestra existencia, serán del color que sepamos darle.

Aquellos de mentalidad negativa,  comentan con tristeza que el año pasado fue gris, porque afectó en defecto su interés personal, temiendo que el próximo pudiera ser peor, sin considerar cómo pudo ser para los demás. Otros, de pensamiento positivo, comentan que aunque en  este año no les fue tan bien, y se sucedieron asuntos problemáticos o delicados, confían que en  el próximo les irá mucho mejor. Somos cada uno de nosotros, quienes hacemos buenos, mejores, malos o peores los años que transcurren.

En los últimos seis meses de este año vi morir mis dos hermanos mayores, y no por eso este año fue malo para mí. Es que cada uno de ellos vivió su vida por más de setenta años, y a su antojo.  Vinieron a esta vida a vivir y eso hicieron. ¿Qué cómo vivieron? Como lo decidieron; porque fue para tener esa capacidad que Dios les dotó de razón, intelecto y libre albedrío, con lo cual conformaron su estado de ánimo, cual es lo que determina el color y sabor de la vida.

Yo sé -porque lo he vivido-  que un espacio pequeño de felicidad integral, bien podría  valer una vida; porque más que el tiempo o el espacio donde permanezcamos, lo importante, lo trascendente, es lo que sentimos y cómo nos sentimos.

Mientras tengamos capacidad para amar y ser generosos para compartir nuestro amor con nuestros semejantes; podamos sentir el aire fresco de la noche, oír el canto de los pájaros; el arrullo que es la voz de nuestros seres amados y nos sintamos uno con Dios y con cada uno de nuestros semejantes, todos los años serán… ESPECIALMENTE BUENOS.

No tengo duda que 2011 será un bellísimo año; festejémoslo juntos.

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Cuando escucho el ulular del viento en mi ventana y miro el vuelo raudo de los pájaros en ese cielo hermoso, con nubes de mil formas caprichosas, bajo el cual los hombres deambulamos en busca de algo mejor todos los días, pienso que Dios, vida, amor y amistad, conforman el sendero maravilloso y especialísimo, donde los seres racionales podemos lograr nuestra realización material y espiritual, comúnmente conocida como… LA FELICIDAD.

Dios, como gran hacedor en esta vida de proposiciones diversas, y única posibilidad de trascender a un plano superior, nos asegura un viaje hermoso, divertido, emocionante y edificante por este mundo físico, en la misma medida de nuestra capacidad de entender y asimilar como utilizar las grandes dotes, cualidades y bendiciones con que fuimos diseñados.

La vida física, que es el mayor tesoro de que disponemos, no es más que la alfombra sobre la cual podemos hacer de nuestra existencia, una experiencia mágica o un paso borrascoso.

La amistad, que como relación requiere permanente alimentación, dedicación y cuidado, cuando se hace fuerte y sincera,  pudiera ser uno de los más apreciados condimentos para darle sabor a nuestra vida, porque nos obsequia placer, compañía y… seguridad.

Somos seres únicos y tan especiales, que podemos con nuestros sueños crear nuestro propio mundo de fantasía, pero con increíble capacidad para convertirlos en realidad. Tal es la fuerza vivificante y sustantiva de los sueños, que cuando por alguna razón agotamos la capacidad de soñar, ciertamente comenzamos a morir… en vida.

Toda nuestra existencia racional funda su sentido de supervivencia sobre ese otro factor extraordinario y también único de nuestra especie, sin el cual nuestra vida, excepcionalmente vulnerable, se hace terrorífica: la esperanza. De tal suerte que, quien en un momento dado siente perderla, camina por la vida, como lo escribiera Walt Whitman: “…amortajado hacia su propia destrucción”.

Si consideramos con la seriedad y responsabilidad la importancia debida de esos factores vivenciales, haciendo de Dios  uno con nosotros, al adicionarles el amor, la amistad, los sueños, la generosidad y la esperanza, podremos experimentar y contagiar a nuestros semejantes, de una existencia exquisita; donde cada segundo represente un tiempo sin tiempo, tan especial, que en sí mismo encarne… toda una vida.

Y lo más importante de esta última consideración vivencial es que, por depender exclusivamente de nuestra voluntad y ser interno, nadie, bajo ninguna circunstancia, puede evitar o  limitarnos la posibilidad de lograrlo.

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CON LAS MANOS VACIAS

 

«NADA TRAEMOS A ESTA VIDA NI NADA NOS LLEVAMOS»

Antes de morir Alejandro El Grande, exigió  que sus tesoros se esparcieran por el camino hasta su tumba; y que sus manos quedaran balanceándose en el aire, fuera del ataúd a la vista de todos. Con ello quiso significar que cualquier bien material adquirido en esta vida, aquí se queda y que, venimos con las manos vacías y así partiremos de este mundo.

Manejar estos conceptos puede hacer la diferencia entre una persona feliz, al compartir lo que logra con sus  hermanos humanos, y otra que dedica su vida a atesorar bienes por temor a perderlos, convirtiéndose en avara y, consecuencialmente, infeliz.

Ningún bien material trasciende nuestra existencia física o puede servirnos en la otra. Como los adquirimos en esta tierra, aquí debemos disfrutarlos y aquí se quedarán irremediablemente. Por tanto, la avaricia además de hacer daño a quienes se les niegan, castiga a quien dedica sus mejores años atesorando lo que no podrá utilizar después de su muerte.

Como legado de nuestro Creador, las cosas trascendentes e indispensables para nuestra realización personal, como el amor, el tiempo y la espiritualidad, cuales sí nos llevaremos con nosotros, no las hizo depender de ningún esfuerzo material sino de  nuestra personal voluntad; resguardándolas en nuestro interior, para que nadie, bajo ninguna circunstancia, jamás pudiera privarnos de ellas.

El amor, nos posibilita deleitarnos en el milagro más grande de la naturaleza: nuestros hermanos humanos, permitiéndonos asimismo vivir intensamente las emociones y sentimientos más nobles, venciendo todo obstáculo que disminuya nuestras capacidad de dar.

El tiempo, ese arcano indefinible de  luengas barbas y rostro venerable, cual quisiéramos mantener ilimitadamente, nos es dado sin que podamos conocer cuánto, por qué y hasta cuándo estará con  nosotros, por lo cual, sería inútil ocupar en ello nuestro intelecto.

La espiritualidad deviene de nuestra herencia divina; nos permite entender la temporalidad de la vida física y nos hace intuir otra instancia más elevada, a la cual irremediablemente debemos ascender, al tiempo que, al vincularla a nuestra materialidad, consiente edificarnos y deleitarnos en esta vida, como una preparación para la posterior.

Quizás fue esa la enseñanza que quiso dejarnos Jesús de Nazaret, la cual todos deberíamos seguir,  cuando sentenció: No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan;  sino haceos tesoros en el  cielo donde ladrones no minan ni hurtan…”

 

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Todos tenemos en esta vida una pared personal, detrás de la cual escondemos, unos más que otros, sentimientos, inhibiciones, frustraciones, tristezas, dolores, ambiciones, sueños y… alegrías.

Yo también tengo mi pared; sólo que he separado mis sentimientos de la mejor manera posible, de tal forma que únicamente tengan trascendencia aquellos que sean positivos y me edifiquen,  a cualquiera de los seres que amo o a quienes me relaciono de cualquier manera.

No se trata de una pared física, porque tiene que ver con mi alma y mis sentimientos que son etéreos, y al no tener conformación material es un poco más difícil contener algunos de ellos, que a veces escapan e intentan crearme problemas; pero al final, yo los controlo.

Detrás de mi pared he aprendido a vivir tan feliz como cuando tengo que traspasar sus linderos; para lo cual, simplemente me regalo de forma permanente y continua la posibilidad de equivocarme y cometer errores; de tratar de entender a mis hermanos humanos, aceptarlos como son, reconocer sus bondades sin escudriñar sus debilidades o defectos, y festejar su diversidad. De alguna manera, esto es parte del obrar humano que todos tenemos que experimentar en procura de una vida mejor; y es, precisamente disfrutando en el camino de lograrlo, como aprovecho esas múltiples experiencias que me enriquecen, inmersas en el maravilloso mundo de las cosas sencillas.

Por mucho tiempo sólo me sentía a salvo detrás de mi pared, hasta que descubrí que por tratarse de algo espiritual y no físico, no tenía límites de tiempo ni espacio. Con esa precisión ubiqué los cerrojos en mi ser interior, donde convivo con Dios y sólo Él y yo tenemos acceso, para dejar que sean mis sentimientos quienes decidan donde se quedan: delante, donde el sol brilla y las noches son estrelladas, o detrás, donde todo es oscuro. Así, atesoro aquellos que son positivos para mi o alguien más, haciéndolos parte de mi luminosa vida diaria. Por el contrario, los que considero negativos, deprimentes o dolorosos, los dejo detrás, en la parte oscura de mi pared, para no recordarlos nunca.

Hoy alguien, inesperadamente, traspasó mi pared adornándola con colores de oro, música de alas de mariposas y perfume de azahares: Wendy interrumpió mi trabajo, se sentó en mis piernas y jugueteo con mi pelo como antaño, mientras su mami la miraba con ternura; ella tiene treinta años, dos bellas niñas y es… la última de mis hijas.

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Soy experto en eso de cumplir años; de hecho he cumplido sesenta y nueve, cual es una cifra que a nadie disgusta. Estoy satisfecho y disfruto mi edad, tanto que disiento de mis colegas de juventud prolongada, quienes con la edad,  progresivamente, descuidan la atención a su figura.

Siento que es un compromiso conmigo mismo mantenerme lo mejor posible, pero especialmente con mi pareja, porque es una forma expresivamente sentida de decirle: me importa como me veas porque… te amo.

El paso firme,  pelo bien arreglado, vestimenta apropiada, perfume agradable, buen humor y… una amplia sonrisa,  pueden hacer la diferencia entre una imagen de “viejo desgarbado” y una persona de “edad interesante”.

No es que los anos sean un estigma, pero buen tinte en el pelo, elegantes lentes de sol, ademanes gentiles y una cara de buenos días, además de elevar la autoestima, son capaces de presentarnos con cinco o diez anos menos de los que realmente tenemos, lo cual a nadie hace dano y nos hacen sentir de maravilla.

Conservarse activo; regalarse con el ser amado o los amigos un cafecito en un sitio público (que no en el Club de los Viejitos); un paseo diario, cuando un bailecito y… hacer el amor cuando se pueda, traducen la mejor medicina contra el estrés y el hastío, cuales son nuestros peores enemigos.

Desterrar conversaciones sobre médicos, achaques o enfermedades y comentar que nos sentimos “mejor que nunca” cuando nos preguntan por nuestra salud, logra que las personas apetezcan compartir con nosotros y se interesen por conocer como logramos ese buen estado de ánimo.

Una dama de ochenta anos, elegantemente vestida y un pelo gris que no canoso bellísimo,  quien igual que yo pidió un whiskey en las rocas, me contó que conduce al hospital donde trabaja,  y todos los anos en vacaciones, viaja a Europa o Medio Oriente… completamente sola. Al despedirnos, cuando le manifesté mi admiración por su talante de mujer joven, me dijo con una bella sonrisa:

-El cuerpo es importante y debemos cuidarlo, pero lo es más el espíritu  y ese, definitivamente, no envejece.” Ella es un ejemplo de que trabajo, optimismo y confianza alargan la vida; y eso deberíamos aprenderlo.

Alguien escribió: la vida no es una fiesta pero debemos bailarla. Suscribo integralmente este apotegma. Nuestra existencia es una aventura emocionante, pero aunque no lo fuera tanto, seguramente vale la pena bailarla.

 

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“Si amas dilo, repítelo, no te canses de hacerlo; porque el amor en silencio es medio amor”

Millones de personas a las puertas de la muerte, darían lo que fuere sólo por unos minutos más de vida; en ese momento, quizás por primera vez, ellos, un poco tarde, logran entender el valor de un minuto de existencia, que en esa especialísima ocasión equivaldría a una vida… más.

Asimismo, si pudiésemos consultar quienes yacen bajo la tierra, seguramente nos manifestarían su frustración por no poder corregir su mayor error mientras vivieron físicamente: haber desperdiciado minutos de felicidad. Quizás fue esto lo que nos quiso recordar Borges, cuando al final de su vida sentenció: “He cometido el mayor pecado de la vida: no he sido feliz”.

Hoy al despertar, cuando abrí mis ojos frente a una mañana radiante y al abrir mi ventana el aire, que no sabe de donde viene ni hacia donde va, en su raudo vuelo con mil sonidos y aromas diversas acarició mi cara, sentí en toda su plenitud el privilegio de poder recibir esas maravillosas sensaciones, que me prueban que aún estoy aquí, en este extraordinario mundo que Dios me dio por heredad.

Entonces sentí la necesidad de orar, de decirle a mi Padre Celestial cuanto le amo; cuanto le agradezco el haberme permitido conocer y disfrutar de la bella e incuantificable naturaleza, y muy especialmente, por haberme regalado mis hermanos humanos, que con sus altos y bajos, me han hecho protagonista de una vida, que es una hermosa aventura, la cual, si pudiera repetir, lo haría exactamente como la he vivido.

Es que sólo respirar ya es una experiencia indefinible; pero amar, tener una familia, amigos, educación, trabajo, sueños, esperanzas, y la posibilidad de ser útil aunque fuere a una sola persona, son experiencias que no se pueden dejar de disfrutar con fruición.

Hay tanta gente sola, enferma física y espiritualmente, pero que tampoco tuvieron acceso a la cultura ni al conocimiento; quienes no disponen de un techo donde guarecerse, alimentación básica ni seguridad de ningún género, que estamos obligados a protegerlos y orar por ellos.

Por eso, no podemos desperdiciar ni un segundo, porque como el agua bajo los puentes pasará y no podremos recuperar ningún instante perdido.

Pero… aun hay tiempo; vaya, ponga contra su pecho a sus seres queridos, béselos, dígales y repita hasta el cansancio cuanto les ama y necesita; póngalos al rescoldo de su ternura, siémbrelos en el fondo de su alma, porque sólo allí lo acompañarán… siempre.

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Mucha oportunidad de disfrutar y disfrutarnos, se desperdicia en preocupaciones por cuanto debe o puede ser nuestro peso ideal; paradójicamente, corresponde más a nuestra preocupación por como nos ven, que por como nos apreciamos nosotros mismos.

La sociedad, más por intereses mercantiles que estéticos, ha diseñado modelos y etiquetas, con los cuales manejarnos a su antojo, sin ninguna preocupación por nuestra sagrada individualidad y… diversidad.

De niños, con la intención de que crezcamos “Sanos y fuertes”, se nos induce a consumir productos energéticos con alto contenido de carbohidratos, y consecuentemente, a favor del aumento de peso. A determinada edad, se invierte la presión y entonces se nos aplica todo tipo de expresiones peyorativas a nuestra humanidad, para que dejemos de comer.

Así, por causa de nuestra apariencia física, más pensando en los modelos creados para controlarnos que en nuestra propia satisfacción, terminamos descontentos con nosotros mismos.

A todas estas nadie se ha preguntado, con relación al peso, cuál es aquel que, como individuos, sentimos que es bueno para nuestra vida.

Más allá del factor salud, en el caso de personas con patologías como la obesidad o anorexia… ¿Puede alguien determinar que sea el peso lo que decida la felicidad? No, de ninguna manera.

Que un peso apropiado pudiera ser conveniente para una mejor salud, eso parece bastante lógico. Pero que una persona para ser feliz dependa de su peso, realmente me parece un contrasentido.

El peso ideal es aquel que uno escoge y se procura; porque el primer admirador del cuerpo debe ser uno mismo y no hay nada más reconfortante que sentirse bien.

Conozco mujeres llenitas que a todos atraen, cuales nadie podría negar su hermosura y sensualidad. Igualmente conozco otras flacas o delgadas, que inspiran más ganas de regalarles un caramelo que de saborearlas como tal.

Lo importante no es como me ven o me perciben los demás, sino como me siento yo mismo, porque tengo que vivir con mi cuerpo veinticuatro horas y sería horrible hacerlo insatisfecho.

La belleza es una apreciación absolutamente subjetiva; por tanto, para quienes me aman soy la imagen física que ellos ven, o quizás como me quieren ver, diferente a la que pudieran percibir los demás. Para ellos no es trascendental mi peso corporal, porque aprecian mis valores humanos individuales y mi capacidad de expresar y concretar mi amor, y eso es lo único que debe importarme.

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OTEANDO EL HORIZONTE

Desde la atalaya de la edad transcurrida, con sus días y noches suavemente desgajadas sobre el césped siempre fresco del amor, cuando el radiante día lucha con el ocaso para continuar diciendo… brilla, brilla sol porque aún hay tiempo, para que no sea noche definitiva, es momento oportuno para mirar hacia atrás y preguntarse:

Cómo he vivido?

Es como la hora de la verdad, porque no puedes engañarte o mentirte a tí mismo. Si comprendiste a tiempo que el color y sabor de tu existencia no vino determinado al nacer, sino que correspondería a tu creatividad y capacidad de disfrute, habrás vivido más momentos felices que infelices.

Si asimilaste que lo normal debe ser la felicidad, el amor, la generosidad y la alegría, pero no la tristeza, el odio, el egoísmo o la envidia; que nacimos para crear y transformar las cosas buenas en mejores, pero no para destruir o temer emprender proyectos ambiciosos de transformaciones positivas; que aunque no tenemos mucha fuerza física, sí disponemos de razón e inteligencia, mucho más importantes para una existencia edificante; que somos la obra más acabada de Dios, y por tanto, todo podemos resistir y a nada debemos temer; que debemos olvidar los agravios y hacer eternos los agradecimientos; que aunque nuestro tiempo sobre esta tierra es breve, es suficiente para vivirlo intensamente, el ayer debió ser bueno y el mañana promisorio.

Es bien sencillo: se trata de la bipolaridad que afecta las circunstancias de nuestra vida, y especialmente, los valores sobre los cuales fundamentamos nuestras actuaciones. Todo evento o circunstancia, tiene un altísimo contenido psíquico conforme a nuestra óptica de la vida; por lo cual, su resultado final no va a derivarse del suceso mismo, sino de la trascendencia que le demos. Así, cualquier error o tropiezo, puede ser formativo o beneficioso a otra área o sector de nuestra vida, como cualquier acierto pudiera afectar negativamente alguna otra actividad.

El secreto para ser felices no es conocerlo todo, es aprender lo necesario. Si hacemos del amor nuestra línea básica de acción, nunca ocasionaremos ni nos haremos daño; si contamos y disfrutamos de tantas bendiciones que existen a nuestro alcance, jamás le daremos trascendencia a nuestras carencias; si vivimos intensamente cada minuto de nuestra existencia, no necesitaremos más del que Dios ha dispuesto para realizarnos física y espiritualmente. Estaremos satisfechos y en paz con nosotros mismos, daremos gracias y eso es… haber vivido.

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Si el planeta se mueve, todos nos movemos y si el mundo avanza, todos avanzamos; no es nada extraordinario, catastrófico o que deba atemorizarnos.

La sinergia domina el escenario, pero eso tampoco es nuevo; que lo hayamos observado o no es otra cosa, pero siempre fue y será así. No es cierto que antes el mundo anduviera más lento, que la gente fuera más o menos noble, más o menos leal o decente, mejor o peor. Seguimos siendo los mismos seres que habitamos esta madre tierra: las mismas necesidades, ambiciones, sueños y… esperanzas.

Que el planeta aumente o disminuya sus vibraciones con el correr de los milenios –mientras lo mismo sucede en el espacio sideral- es algo de casi aceptación general, y que de alguna manera nos afecte, pareciera lógico. La influencia de esas vibraciones es casi imperceptible, porque vivimos muy poco tiempo, comparado con los lapsos en los cuales se producen esos cambios.

Lo cierto es que antes, después y más allá de cualquier aumento de la vibración universal, seguimos siendo los mismos hijos de Dios, con inusitada capacidad de adaptación al medio y a cualquier nueva situación. Independientemente de cualquier predicción o profecía –positiva o negativa- hoy más que nunca sentimos la necesidad de encontrar esa luz especial que da a nuestra vida una mayor espiritualidad.

Como seres humanos, de forma exclusiva, manejamos el recurso máximo: el amor, que es la fuente de toda generosidad, paz, alegría y felicidad; con el amor como escudo podemos resistir cualquier temor, angustia, depresión o enfermedad, producto de no entender ese nuevo tiempo que atemoriza a unos y excita a otros.

Nuestra razón nos obliga a aceptar los cambios y ponerlos a nuestro favor; es lo que han hecho los hombres y mujeres inteligentes y exitosas a través de los siglos. La bipolaridad de los valores y los hechos tampoco es nuevo, pero el hombre siempre ha sabido manejarlo.

Nada sucede sin una razón ni existe evento casual, porque todo está ordenado en el Universo. Estamos obligados a mirar el lado positivo de las cosas y los sucesos, porque aún la más adversa circunstancia tiene una parte positiva. Nosotros decidimos la óptima que aplicamos. Al fin y al cabo, somos una generación privilegiada: conocimos dos siglos y dos milenios, en los cuales se produjeron cambios trascendentales en los campos de la ciencia y la humanística, y eso sólo sucede cada mil años.

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