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Archive for marzo 2010

La mayor responsabilidad con nosotros mismos, como seres dotados de raciocinio, es que en su mayor porcentaje nuestro éxito o fracaso únicamente es aplicable a… nuestra propia actuación.

Si somos exitosos, bienaventurados y felices, se deberá a nuestros personales aciertos; igualmente, si fracasamos, somos desventurados o infelices, será producto de nuestros errores o toma de decisiones desacertadas. El conocimiento de esta realidad nos crea la tendencia a la justificación, achacando nuestros errores a la mala suerte o los designios de Dios; no obstante que, la suerte –si existiera- la propondríamos nosotros y fue precisamente Dios quien nos dotó del raciocinio suficiente para tomar decisiones acertadas, que producirían resultados positivos. Esas quejas y lamentos diarios de malos momentos y carencias que nos afectan, sin analizar suficientemente qué los origina, neutralizan nuestras capacidades y desestiman las muchas bendiciones a nuestro alcance.

Es una tendencia enfermiza el pregonar los males y eventos desagradables como algo fatal e ineludible, sin analizar los orígenes de las situaciones que determinaron esos resultados negativos, donde seguramente el factor dominante lo fue nuestra negligencia, negativismo, falta de empeño y ausencia de fe en nuestra capacidad para convertir los pensamientos en cosas.

Cuando escucho lamentaciones y quejas personales, todas comparativamente inferiores al estatus de disfrute de vida, salud, paz y amor, siento que somos especialistas en complicarnos la vida, especialmente nuestra psiquis; así como que somos desagradecidos con esa fuerza universal y maravillosa que organizó todo, obsequiándonos condiciones especiales de razón e inteligencia, que negó a otros seres vivos.

Por ejemplo, nos quejamos si no tenemos manjares en la mesa; perdemos un amor vivido; tenemos que trabajar duramente; por sentirnos viejos; considerarnos menos agraciados o sexys; por disgustos e incompatibilidades familiares; sin considerar aquellos que mueren de hambre, que nunca llegaron a disfrutar un amor, quienes no tienen un trabajo digno, quienes carecen de un miembro, son ciegos, tienen sus rostros desfigurados, o aquellos que no tienen una familia ni un techo en el cual guarecerse.

Debemos aceptar que si desperdiciamos tantos beneficios que Dios nos otorga, si no contamos nuestras bendiciones, si desaprovechamos esa fuente de amor que son nuestros hermanos humanos y por tanto no somos felices, la única culpa es nuestra porque disponemos de libre albedrío y estado de ánimo, los cuales debidamente utilizados darían a nuestra vida el color y sabor deseados. No son Dios ni la suerte los culpables, sino nosotros y… nadie más.

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Somos producto de una época de gran aprensión. Desde niños, quienes debieran protegernos y prepararnos para una vida placentera y buena, quizás por ignorancia, nos inician en ese camino angustioso y desestabilizador, que a veces nos acompaña toda la vida: EL TEMOR.

Sin importar si tenemos suficiente raciocinio para entender de lo que se trata, nos asustan con un bicho, un coco, un fantasma y en ocasiones hasta con Dios, quien supuestamente nos va a castigar.

A medida que crecemos continúan asustándonos con los ladrones, los violadores, los borrachos, los autos que nos pueden atropellar, los policías que nos pueden apresar, los exámenes que podemos aplazar, la novia que nos puede abandonar y el trabajo que podemos perder. Por si eso fuera poco, de vez en cuando, nos asustan hasta con nuestro padre, cuando nos dicen: se lo diré a tu padre para que te castigue. Como resultado objetivo, al tiempo que acumulamos años también almacenamos temor.

¿Qué hacer para vencer ese enemigo silencioso que distorsiona la realidad, magnifica los efectos dañosos de eventos que “pudieran” acontecernos y nos hace la vida miserable?

Frente a esta realidad, debemos meditar sobre nuestra extraordinaria capacidad de adaptación al medio y supervivencia. Se impone reflexionar sobre que el temor es epidémico, contagioso y … paralizante; por lo tanto debemos enfrentarlo con optimismo, seguridad, pensamiento positivo, confianza en Dios y en que somos nosotros y nadie más quienes le damos la característica negativa, positiva, feliz o infeliz a cada una de nuestras circunstancias vivenciales.

No podemos olvidar que nacimos absolutamente indefensos y vulnerables; desnudos y sin ninguna capacidad de acción, pero no obstante el temor no pudo destruirnos: sobrevivimos, crecimos, investigamos, aprendimos, nos culturizamos, amamos, procreamos, somos y podemos ser aún más felices.

Todo lo que tenemos es utilidad. No sabemos cuanto tiempo, pero si que…viviremos; y la calidad de la vida la ponemos nosotros. En vez de desperdiciarnos intuyendo eventos desagradables, disfrutemos del amor, la amistad, la bondad; imaginemos la generosidad de nuestra gente, la paz que somos capaces de dar y recibir del mundo; las buenas intenciones que pueden guiar nuestro camino, el amor y solaz familiar que somos capaces de generar todos los días. Si lo hacemos de esta manera, si nos convencemos de nuestra ventura de ser hijos de Dios y tener siempre su protección, esa será la mejor manera de vencer el temor por hoy y… por siempre.

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Estas reflexiones van orientadas a personas que, consuetudinariamente se quejan de que siempre hacen las cosas mal, quienes por cierto, en los casos que me ha tocado asesorar, resultó que siempre pude probarles que, en todo lo que se consideraban fracasados, siempre otros lo había hecho peor.

Uno de ellos me comentaba con tristeza que se consideraba mal padre, por no haber logrado que ninguno de sus hijos coronara una carrera universitaria, considerándose culpable porque en la época del bachillerato tuvo que divorciarse y no pudo incidir decisivamente en su educación posterior. En principio le probé que si ellos hubiesen tenido la decisión y diligencia necesarias, sólo la muerte hubiera podido evitar su éxito, porque no dependía de él como padre sino de ellos como individuos, haber trabajado para alcanzar esa meta; de hecho, conozco hijos que no llegaron a conocer su padre y sin embargo culminaron sus aspiraciones. En segundo lugar, probé que muchos hombres, engendran hijos por quienes nunca se preocupan del alimento, menos aún si son debidamente educados, en cambio él había hecho lo que estuvo a su alcance por cumplir sus obligaciones. Por tanto, en su papel de padre, él siempre fue mejor que otros.

En otras oportunidades, conversé con quienes se lamentaron de no haber sido esposos, hijos, profesionales o trabajadores ideales; pero en verdad, todos habían cumplido su rol -normal conforme a sus características e idiosincrasia- sin haber llegado ninguno a cometer actos dolosos, crueles, graves o delincuenciales, sino que la queja se debía a su convicción de haber sido ineficientes. También en esos casos argumenté y probé, refiriendo situaciones cercanas, que como esposos, hijos, profesionales o trabajadores, muchos lo hicieron peor que ellos.

Es que como seres humanos somos diversos y, no obstante que en todas las actuaciones de nuestra vida siempre hay alguien que lo hace mejor o puede superarnos, en el mundo de la realidad, si nos recreamos en nuestro entorno, descubriremos que en todo, siempre hay alguien que hace las cosas peor que nosotros, cual es bien importante de considerar, por ser un mensaje de fe y optimismo, que fortalece el criterio que nunca somos peores que nadie más.

Auto victimizarnos o sentirnos culpables por tener unas características, personalidad e identidad especiales, que inciden en nuestras actuaciones cotidianas, no nos aporta nada bueno, ni a nosotros ni a nuestro entorno. Por tanto, lo positivo es aceptar tanto nuestros aciertos como nuestros errores, como algo normal en el desarrollo de nuestra vida.

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Cuando los cambios se producen a gran velocidad, la reacción frente a lo nuevo, extraño o desconocido es el temor, que se convierte en estrés, desasosiego y crispación, incidiendo negativamente en las tomas de decisiones.

La preocupación, desorientación y paroxismo, no aportan nada positivo a una situación que se considere problemática o adversa. Los presentimientos negativos, los comentarios irreflexivos y la exageración de lo que se cree pudiera suceder, sólo produce mayor desestabilización emocional que resta capacidad de acción efectiva.

En estos casos, a lo que más debemos temer es… al temor. Para quienes no tenemos duda de la existencia de Dios -quien ordenó todo lo que existe de manera perfecta- dotándonos de inteligencia, raciocinio y capacidad extraordinaria de adaptación a cualquier situación, sabemos que si Él está con nosotros, a nada ni nadie debemos temer.

Para aquellos que no tienen esa fe, sano sería meditar sobre que sus preocupaciones, augurios negativos y temores sobre lo que “pudiere acontecer” y el daño que “pudiere causar”, deberían ser sustituidas por el optimismo, fe en si mismos, en la generosidad de sus hermanos humanos, y en que lo único que pueden hacer por un futuro incierto e imprevisible, es hacer las cosas bien… hoy.

El hecho cierto de no conocer cuanto tiempo permaneceremos sobre esta madre tierra, nos obliga vivir intensamente ese maravilloso presente, que tantas cosas bellas pone a nuestra disposición, cuales si no las desaprovechamos o no disfrutamos plenamente, jamás se repetirán y las perderemos por siempre.

Debemos vivir intensamente ese maravilloso mundo de las cosas sencillas pero trascendentes, como amar y manifestarlo a nuestros seres queridos; disfrutar la belleza del día y paz de las noches, la fragancia de las flores, la voz cantarina de los niños; los alimentos y el compartir con nuestro entorno. Si a esas vivencias adicionamos actividades útiles a nuestros hermanos humanos, ya no tendremos tiempo para pensar en tragedias, que quizás nunca llegarán pero que nos producen temor, sino que invertiremos nuestro intelecto en ser y hacer felices a nuestros semejantes, cual pudiera ser la razón más importante de nuestra vida terrenal.

No estamos solos ni a la deriva; algo superior -independiente como usted le llame- rige el universo, la naturaleza y nuestras vidas, pero tambièn vela por nosotros. Nuestra preocupación no puede cambiar el proceso universal, pero sí puede hacernos miserable una vida que nos fue dada con el único objeto de vivir felices.

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