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Archive for 28 agosto 2008

 

COMO HIJOS DE DIOS ESTAMOS CONDENADOS A SER FELICES.”

 

 

Cuando diariamente tropiezo con personas que por sus rostros o actitudes denotan infelicidad, siento que la mayoría de ellos no entienden algunas cosas, que son trascendentales para vivir plenamente este corto paso por esta dimensión que conocemos como la vida terrenal.

Con respecto a los seres humanos, la infelicidad debería ser la excepción y la felicidad la regla; porque fuimos diseñados de tal manera y nos pusieron sobre un planeta, donde todas las condiciones están dadas para que se nos facilite vivir felices. Como consecuencia, es más fácil procurarse felicidad que infelicidad, aunque algunos paradigmas atávicos y producto de mentes atormentadas, hayan desde mucho tiempo atrás, echado sombras sobre nuestra capacidad innata para lograr la realización material y espiritual, cual es una definición acertada de la felicidad.

Es que la infelicidad requiere una capacidad especial para cerrar los ojos ante la belleza; los oídos ante la música y la palabra amor; la boca ante las delicias de los alimentos y… el sabor del beso; el tacto ante la tersura de las flores, la piel; y el olfato frente al aroma familiar, sensual e inconfundible del ser amado.

Para ser infeliz se requiere una vocación especial, para no sentir la necesidad de compartir nuestra vida con los demás dando y recibiendo amor, disfrutando de las mil cosas hermosas que tiene esta tierra como las bellas flores, los pájaros, las tiernas mariposas, la sonrisa de los niños, el ruido de las fuentes y la frase más hermosa pronunciada por un ser humano: te amo.

Aun siendo sordo, ciego y mudo es muy difícil se infeliz, porque hay tantas bendiciones para nosotros sobre esta tierra de Dios, que nuestra capacidad de dar y recibir amor, rompe todas esas barreras, para comunicarse en ese lenguaje especial de los que se aman, que nos transforma en adivinos frente a las necesidades de la persona amada.

En verdad, quien se considere o actúe de tal forma que se produzca infelicidad, no solamente es gravemente desleal consigo mismo, sino con ese Padre Celestial amoroso, que en el máximo de su bondad, nos puso para reinar sobre este maravilloso e incomparable mundo donde todo es posible, en la medida en que seamos capaces de imaginarlo y diligentes en lograrlo.

No tengo idea de como será la infelicidad. Mientras tenga un hálito de vida seré feliz. Nunca he sufrido de ese raro mal que denominan infelicidad. No puedo permitírmelo, porque no me lo perdonaría. Hago tan edificante cada segundo de mi vida, que ciertamente considero compensado por adelantado, cualquier problema o asunto desagradable que pudiere sobrevenirme.

Solamente respirar para mì es una delicia; pero amar a las personas y recibir todos los días alguna muestra de su amor; sentirme saludable física y espiritualmente; estar consciente de que soy útil a otras personas; despertar en las mañanas con el entusiasmo de un día más y acostarme satisfecho de una nueva jornada, no me dan tiempo para pensar en la infelicidad.

Aprendí que todo lo que necesito para vivir puedo producírmelo, sin tener que dejar la vida en el intento. También sé que mientras tengo vida voy ganando. Así que uso la que tengo para disfrutar de las personas y de las cosas porque eso me hace feliz, y no tengo ninguna duda que serlo es condición indispensable para hacer feliz a otros, cual por cierto es mi mayor compromiso.

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“TODO TIENE UN PROPÓSITO DIVINO, NO LO CONOCEMOS

NI TIENE IMPORTANCIA SABERLO.”

¿Por qué y para qué vinimos a este mundo?

Son preguntas que han ocupado la mente del hombre desde que adquirió conciencia racional, y especialmente, cultura.

En mi caso particular, esas interrogantes ni ocupan mi tiempo ni me quitan el sueño; sé que, a diferencia de los animales irracionales, mi vida tiene un propósito que me viene dado desde antes de nacer, del cual la parte fundamental como serían su magnitud y fin no me está dado conocer, seguramente para mi bien.

Respecto de cómo cumplirla, sé y estoy seguro de ello, que independiente de cual sea esa misión que debo cumplir sobre esta tierra, yo puedo matizar su desarrollo. No tengo duda que, independiente de cual fuere mi tiempo aquí, el color y el sabor de mi estadía, de mi paso por esta vida, únicamente a mi me corresponde darlo. No me preocupa el cuánto, sino el cómo. No es trascendente para mì cuanto tiempo voy a vivir, me importa la calidad de vida; y eso, gracias a mi estado de ánimo, que manejo a mi antojo, únicamente yo puedo decidirlo.

Por eso amo a las personas, pero además se los digo y también trato de probarlo con mis actos; porque cuando amo refresco mi alma y le doy el más hermoso color a mi vida. Asimismo, trato de ser útil, porque independiente de cual fuere mi misión, mi utilidad la hace más eficaz.

No me preocupa cuando deba dejar este mundo, porque estoy persuadido de que no será ni un segundo antes o después de cuando termine la misión para la cual fui traído. No se me pidió opinión para traerme, por lo tanto tampoco se me pedirá para el retorno.

Vivo mi vida con toda placidez, dándole color y sabor a todos mis momentos, en ese maravilloso mundo de las cosas sencillas y cotidianas, donde nace, crece y se desarrolla mi felicidad; cual por cierto no corresponde a ninguna facultad especial, fórmula complicada, mágica o conocimiento especial, sino que se reduce a una sucesión de eventos, que nosotros podemos hacer agradables, cuales sin importar su entidad, representen realizaciones materiales y espirituales.

Elementos siempre a mi alcance, como una flor, una nota musical, la sonrisa de un niño, la mirada plácida de un anciano, el canto de los pájaros, el ruido de las fuentes, y la frase te amo pronunciada por mi amada, son parte fundamental de ese matiz de felicidad que doy a mi vida, por lo cual no requiero de nada extraordinario o rebuscado para disfrutar el privilegio de sentirme… felizmente vivo.

Por todo esto, no me es significativo conocer cuál es mi misión ni cuando terminará. Sólo me ocupo de vivir mi vida lo más feliz posible; amando a mis semejantes y edificándolos, lo cual además de serme grato, abona al éxito de cualquier cometido que me haya sido asignado cumplir sobre esta madre tierra.

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“LOS HIJOS SON LAS FLECHAS, LOS PADRES LOS ARCOS, PERO DIOS ES EL ARQUERO; SOLO ÈL SABE A DONDE VAN.”

Khalil Gibrán.

Por solicitud de una de mis consecuentes lectoras, me referiré a un tema poco divulgado pero      de importancia fundamental en los casos de segundas nupcias -tan comunes en estos días- cuando uno de los contrayentes trae consigo descendencia.

Amar es aceptar a la persona como es y con lo que es, recibirla en nuestra alma como nos la manda Dios. Cuando el amor toca nuestra puerta y le abrimos es porque un sentimiento superior se impone al egoísmo y personalismo, dando paso a los más tiernos y solidarios sentimientos. Cuando amamos de verdad o perdonamos con olvido, son las dos oportunidades que más nos parecemos a Dios.

En un segundo experimento de pareja, si se tratare de una persona sin experiencia de este tipo de relación, nos correspondería no sólo amar sino además cierta labor, gustosamente didáctica, transfiriendo nuestras experiencias anteriores de pareja. Si la persona escogida viniere de una relación de pareja anterior pudiere traer descendientes. ¿Cuál debería ser la actitud frente a esta situación?

Personalmente, siento que cuando amamos de verdad lo hacemos integralmente. Por tanto, deberíamos amar a esa persona escogida, como ella es, con todo lo que ella tiene, incluidos sus descendientes y su familia. En todos los casos, los hijos son regalos de Dios. Realmente, parangonándolo con la naturaleza, un hogar sin ellos, aunque puede ser un jardín, le faltarían las flores.

Cuesta levantarlos y como decía el poeta venezolano Andrés Eloy Blanco, desde que nacen, los padres tenemos todo el miedo de la tierra a que algo les pueda suceder. Pero uno los ama tanto que todo esfuerzo es poco y los padres a cambio sólo esperamos recibir… amor.

Cuando la pareja viene con hijos, trae en su equipaje amor, mucho amor. Aporta bendiciones al nuevo hogar. Es un privilegio para la pareja, que se aporte amor y además se obsequie hijos, evitándonos las angustias del embarazo, parto y los primeros años de los niños que son tan riesgosos, cuando ellos casi no pueden valerse en nada por si mismos.

Por otra parte, esos hijos -al ser tratados como propios- dan una gran fuerza a la relación, ya que si se los ama y protege, para quien los aporta es la mayor demostración de amor y solidaridad de su pareja, lo cual adiciona al natural amor conyugal el agradecimiento y la admiración por la grandeza de alma.

Considero que amar a los hijos que nacen de nuestro amor de pareja, es hermoso y edificante pero normal; porque los concebimos, los esperamos ansiosamente y los vemos nacer. En cambio, amar aquellos que son producto de una relación de la persona que amamos con otro, supera el amor normal, para elevarnos por encima de nuestra condición natural. ¿Que pareja no amaría a quien ame como propios a sus hijos?

Siento que todo aquel que contraiga nupcias con alguien que adviene con sus hijos, es simplemente un ser privilegiado. Así debe entenderlo, disfrutarlo y vivirlo. Al fin y al cabo, como dijo Khalil Gibrán, ellos son los hijos de Dios los hijos de la vida, del amor; nosotros sólo somos el medio que Él usa para darles vida y cuidarlos.

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“Nuestro paso por la vida es demasiado bello y temporal para recorrerlo… solos”

Hoy, un radiante rayo de sol se coló por la persiana y me despertó antes de tiempo. A mi lado, Nancy dormía plácidamente. Me regalé unos segundo observándola y di gracias a Dios por ser un hombre realmente privilegiado. A mis 67 años no estoy solo, sino que comparto cada minuto de mi vida con mi insustituible compañera de viaje… largo. Esa que a sus 57 años de edad sigue siendo linda, entusiasta, emprendedora, alegre, tierna, respetuosa, solidaria y…feliz. Su placidez habitual al dormir no deja duda de su tranquilidad espiritual.

Ese, mi primer paisaje edificante, de un hermoso día como todos los de nuestra vida diaria, me produjo reflexión sobre cómo la decisión de hacer pareja puede incidir definitivamente en el resto de  nuestra vida, especialmente cuando, aún manteniendo nuestra capacidad productiva y el espíritu en su más alto nivel, los años indefectiblemente hacen mella en nuestro aspecto físico y la velocidad en el transcurso de los años, que produce cambios en la ideología de vida de las personas, nos alejan los interlocutores válidos, ampliando espacios a veces infranqueables, en la manera de ver la vida y las cosas, nuestras tradiciones, principios y paradigmas que rigen nuestro comportamiento.

Siento que cuando hacemos pareja con la intención determinante de que sea para siempre y la acompañamos con las acciones diarias orientada a edificar a nuestro par, mediante demostraciones de amor verdadero, respeto, ternura, aceptación, reconocimiento, buena comunicación,  solidaridad y fidelidad,  estamos asegurando no sólo la compañía para disfrutar plenamente de los muchos momentos de goce diario, sino esa placidez progresiva que va invadiendo nuestra alma, en la misma medida en que pasan los años y logramos nuestros propósitos, desarrollamos nuestros hogares, sacamos adelante nuestra familia y vemos crecer las nuevas simientes, que evitarán que con nosotros desaparezca nuestro amor sobre esta tierra.

Cuando hacemos parejas bien avenidas, el paso de los años no nos hace daño, sino que, el transcurso del tiempo se convierte en fuente de ese hacer mancomunado, que llega a convertirnos en  una sola persona, con similares intereses,  intenciones y deseos, imbricados en un equipo de trabajo y disfrute; donde ambos somos productivos y necesarios, no sólo para la subsistencia física sino para el goce físico-espiritual, combinación sin la cual no se puede lograr la felicidad integral.

Tengo la bendición de tener muchos amigos, pero al mismo tiempo la tristeza por aquellos que  no identificaron la importancia de entender los derechos, necesidades, ambiciones y justas aspiraciones de sus pares. Hoy, la mayoría de ellos, con arrepentimiento tardío, sienten que su riquezas, fama y poder no pueden compensar ni siquiera un día de amor verdadero, ternura espontánea, solidaridad sin intereses, aceptación sin condiciones; porque esas son necesidades espirituales que no pueden ser  evaluadas por  elementos tangibles ni tradicionales, pero tampoco adquiridas por medios de cambio convencionales como dinero, fama o poder, porque responden a sentimientos elevados, por encima de  nuestra propia naturaleza física.

Alguien acertadamente escribió que para estar triste no se requiere compañía. Sin duda, la mayor tristeza del hombre la produce la soledad; pero no la de ausencia de personas a su alrededor, sino aquella que se siente en el alma, cuando no hay nadie que comparta contigo íntima e integralmente, con solidaridad tus ambiciones, necesidades y realizaciones.

No hay sentimiento de seguridad comparable al que se siente, cuando en las noches de lluvia, después de un día agitado sentimos en nuestros pies el rescoldo de esas dos brasitas, que como en los cuentos de navidad, se convierten los pies de nuestra amada. Es el pago que Dios da a los hombres de buena voluntad que saben amar, respetar, aceptar, reconocer, honrar y edificar, a esa otra persona que nos escogió, en un concierto de millones de seres humanos.

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“ES MEJOR PERRO VIVO QUE LEON MUERTO”

Salomón.

Durante mi niñez, mi padre solía ejemplarizar las cosas que consideraba importantes, mediante metáforas o sencillos versos.  Una de esas enseñanzas que quedó grabada en mi alma y que he repetido cientos de veces, especialmente para audiencia joven,  es aquella que reza: Aun en la situación más lamentable es la vida del hombre siempre amable.”

Es que, personalmente, no he conocido ninguna persona, independiente de su situación económica, social, etaria o de salud, que me haya manifestado su deseo de morir. Por el contrario, he presenciado accidentes desgraciados, largas y penosas enfermedades, e inclusive en mis brazos he protegido personas gravemente heridas por incendios y explosiones, quienes unos murieron en pocas horas y otros quedaron gravemente lesionados e inútiles por vida.

En todos los casos referidos, esas personas, aun bajo grandes dolores y condiciones muy precarias, pedían ayuda porque… querían vivir. No obstante que concibo la muerte como un paso más de nuestra vida y consecuencia del nacimiento, en oportunidades he estado a sus puertas, siempre al igual que esas personas, mi mayor empeño ha sido el de tratar de preservar mi vida, sin considerar mis condiciones de vida futura.

Me atrevo a especular que, si nos estuviera dado consultar a los muertos, en el más alto porcentaje, sino en su totalidad, nos indicarían como su máxima aspiración recuperar su vida, aunque fuese por poco tiempo  e independiente de la condición física del regreso.

Pienso y aseguro que el mayor don,  como herederos de  Dios, es precisamente el poder respirar todos los días, con todo lo que conlleva esa inigualable bendición que es la vida, en su inmensa capacidad de amar, sentir y dar, de que fuimos dotados por Dios.

Ese hecho natural de vivir, conlleva reinar sobre este planeta. A tal fin, como seres espirituales viviendo una experiencia física, disponemos de razón, inteligencia, capacidad, poder, sentidos,  y la posibilidad de actuar con… sabiduría. No hay nada sobre esta tierra que no seamos capaces de poner a nuestro favor y disfrute. Desde la radiante luz del día y los mil sonidos de sus habitantes, hasta la oscuridad de la noche con su ruido de silencio, dentro del contexto de una naturaleza espectacular, desencadenante y magnífica, por virtud de su legado divino, el hombres es amo y señor de su vida y destino.

Nosotros decidimos cómo es que vamos a disfrutar de tantas bendiciones que nos fueron dadas. Nadie fuera de nuestra persona, tiene suficiente fuerza para ingresar a ese reino esencial e interno que vive dentro de nosotros y que nos posibilita disfrutar de lo que se desarrolla en el exterior. Es nuestra capacidad de sentir nuestro poderío sobre lo que existe, la medida con la cual hacemos nuestra vida mejor o peor.

Es nuestra capacidad de amar y  aceptar a nuestros hermanos humanos en su maravillosa diversidad, en ese extraordinario mundo de las cosas sencillas, la dimensión dentro de la cual podemos realizarnos material y espiritualmente. Es la sana curiosidad, el deseo de conocer y aprender, la ternura y el amor por lo que existe, lo que determina nuestro disfrute del extraordinario paisaje geográfico, de sus habitantes y sus peculiaridades.

¿De qué servirían los colores inigualables de las bellas flores; de las curiosas e inquietas aves que surcan el cielo y pueblan los bosques; de la voz de los turpiales y las notas de los sinsontes; del sonido particular del agua y la tranquila voz de las olas; de la risa cantarina de los  niños y la voz trémula pero llena de paz de los ancianos y de la palabra amor, si no hubiera un ser humano para disfrutarlo?

Somos la gran audiencia de Dios, que se manifiesta en el universo, en el infinito y en este mundo natural que puso para nuestro disfrute y servicio, para que todos, junto con Él hiciéramos una unidad.

Luego de este análisis cabe reflexionar: ¿Cómo puede alguien despreciar tanta riqueza física y espiritual, y no ser o dejar de ser feliz? ¿No es acaso nuestra vida física, la materia prima para esa obra de plastilina que es nuestro fugaz, pero interesantísimo, paso por esta vida?  ¿Cómo puede alguien hablar de desventura o asegurar que tiene mala suerte, si todo lo que existe lo es a su servicio? ¿Cómo puede alguien renegar de su vida?

Pienso que el asunto reside en la ausencia de reflexión. Por eso  en este maravilloso día, que para mí es  una vida más, sugiero a mis consecuentes lectores, meditar sobre este tema. Al final, lo peor que puede pasar es sentirse más feliz que antes de la reflexión.

 

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“TODO LO QUE SE PUEDE PENSAR POSITIVAMENTE, ES REALIZABLE.”

Uno de los paradigmas que ha hecho daño al hombre, es aquel que reza que “No todo se puede tener en la vida.”

Considero que es todo lo contrario; para cualquier ser humano normal todo lo que requerimos para nuestra felicidad, sí  que podemos conseguirlo en la vida. Me refiero a lo que dentro de los parámetros apropiados se requiere para ser feliz, sobre la base del concepto de felicidad como “la realización material y espiritual de un ser humano.”

Conforme a tal aspiración, los logros deberán localizarse en   los dos planos que conforman la vida del hombre. Por una parte, el aspecto material donde se incluye todo lo necesario para subsistir físicamente, aprovechando los recursos que existen sobre el planeta, como el aire, el agua, los alimentos  y aquellas cosas que lposibilitan vivir cómodamente y protegerse de la acción de los elementos naturales, tales como una vivienda, el moblaje y el acceso a un medio de transporte.

El hecho cultural, que transformó el paisaje geográfico originario en función de optimizar la calidad de vida , creó necesidades que no podían ser satisfechas por los recursos del medio en su estado natural, sino mediante la transformación en objetos que cumplieran con tales fines.

De tal manera avanzó el hombre en el empeño, que hoy no es indispensable amasar gran fortuna para disponer de una vivienda donde guarecer la familia,  ni se requieren grandes cantidades de dinero para suministrarse los alimentos necesarios o los servicios básicos.

Tampoco hace falta ser rico para proveerse transporte, siendo que la atención a la salud y los estudios básicos, en casi todos los países son suministradas por el Estado, o lo cubren pólizas de seguro a las cuales puede acceder cualquier trabajador, empleado o profesional.

Fue así como se creó la multiplicidad de cosas que nos suministran confort, cuyo acceso es posible sin gran esfuerzo, en la medida en que  se jerarquizan las reales necesidades físicas, dentro de parámetros razonables para obtenerlos; no a unos pocos sino a todos habitantes de este planeta. De tal modo, para  un ser humano civilizado, que desde su minoridad hasta su adultez actúe conforme ha sido planificado en el contexto social, no debe ser muy difícil lograr suministrarse los  medios físicos necesarios para  una vida normal.

Cualquier persona común y corriente, quien haya cumplido desde niño  con su educación básica, de joven con el aprendizaje de un oficio o profesión; o laborar como un empleado con la diligencia necesaria, estará en capacidad de acceder sin mayores sacrificios a lo necesario para desarrollar su vida físicamente, de tal forma cubriendo   la realización material.

La parte restante del concepto, que es la realización espiritual, por depender excluisivamente de nuestro estado de ànimo y autoestima, solamente requiere de nuestra voluntad y deseo de sentirnos bien.

Tenerlo todo representa interiorizar que hemos logrado la satisfacción de nuestras necesidades materiales, al mismo tiempo que alcanzamos nuestra tranquilidad y crecimiento espiritual. Así de claro e igual de fácil.

Lógicamente que, si en vez de una casa  o un apartamento se aspira a tener dos o más; si en vez de un auto para transportarse o utilizar los servicios públicos, se ambiciona disponer de varios; si en vez de los muebles necesarios se intenta tener un almacén repleto, o algunos con materiales exóticos y  características exclusivas; si en vez de los recursos económicos necesarios para adquirir lo que se requiere y complementar las necesidades, se anhela tener cuentas de bancos repletas de dinero; conforme a esa manera de pensar, nunca se podrá “tenerlo todo”.

Pero, si se realiza el trabajo con amor y eficiencia, procurando satisfacer las necesidades conforme a los ingresos devengados; si se prevé contingencias económicas dentro de lo posible y recomendable; se mantiene una alimentación balanceada, evitando ingerir o usar de elementos nocivos o excesivos, lo que revertirá en una buena salud, entonces no hay ninguna duda de que “Sí que es  posible lograr todo lo que se requiere”, al menos desde el punto de vista material.

Como la realización espiritual es intangible y depende de cómo decidamos sentirnos, simplemente podemos ponerlo a nuestro favor cuando nos interese, con lo cual se cierra el círculo físico-espiritual que determina nuestro estado de felicidad personal, lo cual nos permite declarar sin ninguna duda que no hay razòn para que se pueda generalizar el criterio de que “No se puede tener todo en la vida.”

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“SOLO EL RECUERDO DE LAS BUENAS OBRAS PERMANECE DESPUES DE LA PARTIDA”

“Estoy intentando meterme en una botella que un día aparecerá en la playa para mis hijos”, expresó el profesor y científico Randy Pausch en Septiembre de 2007, en la oportunidad de  su última lección (Last Lecture) al dirigirse a unos aproximadamente 400 estudiantes y profesores de la Universidad Carnegie Mellon, en Pittsburg Pennsylvania, cuando con inusitado valor, extraordinaria serenidad y hasta buen humor, les anunció que sufría de  un cáncer de páncreas y que los médicos le daban entre tres y seis meses de vida.

“Aunque estoy en mejor forma que muchos de vosotros… es lo que es y no podemos cambiarlo”, dijo frente a un público estupefacto que confundía sonrisas con lágrimas. Diez meses después de aquella última clase, murió en su casa de Chesapeake VA, al lado de su mujer y sus hijos, a los 47 años de edad; no sin antes haber regalado no una carta dentro de una botella que un día pudiera aparecer en una playa para la lectura de sus hijos, sino al mundo entero, el mensaje de que cuando se vive la vida con amor, buen humor, dedicación y vocación de ser útiles a nuestros semejantes, no es el tiempo de vida sino la pasión que pones en lo que haces, lo que  establece la diferencia en esta corta estadía sobre esta madre tierra, donde el único capital real, capaz de llenar todos tus vacíos, es la fuerza espiritual que mora en tu interior, que te proyecta por encima de tu propia naturaleza en pro del beneficio colectivo y es capaz de superar todo, incluido el miedo a.. la muerte.

Fue eso lo que quiso decirnos cuando escribió:

“Busca la pasión que debe mover tu vida y esa pasión no está ni en cosas materiales ni en el dinero, siempre habrá alguien alrededor tuyo que tendrá más, la verdadera pasión está en las cosas que te llenan desde tu interior y está cimentada en las personas y en las relaciones con las personas, y en como serás recordado cuando ya no estés aquí.”

El legado que nos deja este especial hijo de Dios, es que la vida es  una permanente oportunidad para amar a nuestros semejantes y dar para ellos lo mejor de nosotros; que no es la cantidad de tiempo que se viva, sino cómo se vive el que nos corresponde; que no somos nosotros quienes decidimos cuanto tiempo vamos a estar aquí, pero que sí nos corresponde decidir que vamos a hacer de el; que únicamente disponer de la vida, sin importar cuanto tiempo, es ya la mayor bendición de Dios y que debemos aprovechar cada instante, porque en todo momento podemos ser útiles y nunca sabremos hasta cuando estaremos aquí, por tanto siempre debemos abrazar… un sueño, “…otorgándole a los seres humanos el verdadero valor que tienen, por encima del valor que concedemos a las cosas.”

Creo que también nos demostró con su ejemplo, que no debemos temer a la muerte, porque es consecuencia de haber nacido; que es un evento indefectible e indetenible, que como no tiene solución conocida, debemos aceptarlo como parte de nuestra misma vida, con entereza, con valor, y  a ser posible, con buen humor. Pero que si queremos dejar un buen recuerdo a quienes amamos, debe ser la convicción de que  siempre dimos lo mejor de  nosotros, se disfrutó intensamente de la existencia, bajo la convicción de que un momento de amor verdadero es incuantificable en el tiempo y su huella perdurará… por siempre.

Yo, que no tengo duda de nuestra naturaleza físico-espiritual, de que nuestra alma es eterna, sé que Randy Pausch vivió para cumplir la misión que le fue impuesta por Dios desde antes de nacer. Que disfrutó esta vida física cumpliendo su cometido, porque entendió que si él no podía cambiar su destino, por lo menos podía darle los matices a su misión y lo hizo de forma extraordinaria, demostrando que la felicidad no depende de cuanto tiempo se viva, sino de cómo se viva.

Por eso en este momento, desde el fondo de mi corazón escribo en reconocimiento a su memoria y a su obra como una forma de decir: Paz a sus restos, con un poco de tristeza pero sin dolor, porque estoy seguro que esa alma que abandonó su cuerpo físico es eterna, y ascendió a una escala superior en otra dimensión, en busca de su más elevado destino.

 

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        “HOGARES FELICES HACEN FAMILIAS FELICES Y ESTAS HACEN PAISES FELICES”

En una conferencia en una Universidad Venezolana para alumnos de la Maestría en Ciencias Gerenciales, con asistencia de Ejecutivos de alto nivel tanto de Gerencia Privada como Pública, uno de ellos me inquiría sobre donde estaba la razón de que no obstante las diferentes y muy variadas disciplinas de pregrado y postgrado que se enseñaban, la familia continuaba deteriorándose aceleradamente, sin que nada en el horizonte indicara que se estaba haciendo algo por solucionar este problema.

Como padre y abuelo tengo la misma preocupación. No obstante, que por la formación que en nuestro hogar dimos a nuestros hijos, éstos han desarrollado hogares donde el amor, la democracia y el respeto imperan, produciendo buenas comunicaciones entre cónyuges, padres e hijos, por lo cual personalmente mi esposa y yo somos menos afectados que la mayoría de otros padres y abuelos, me siento obligado a expresar mi criterio sobre cual pudiera ser la raíz del asunto, y, si se quisiera hacer algo, por donde debería comenzarse.

Frente a un mundo donde todo se  hace progresivamente más complejo y el temor es casi endémico, los niños crecen y se forman sin que se les de la suficiente información, sobre cuales deben ser las reales prioridades de su vida, y muy especialmente  el lugar que corresponde a la familia como célula esencial de cualquier comunidad y sociedad organizada.

Observo que la agitada vida urbana, en la cual sí que se puede tener tiempo para todo, con sus muchos factores y elementos angustiantes, imbuye al ciudadano en la idea de que el tiempo no le alcanza para nada; produciendo un alto nivel de estrés, que se va  haciendo parte de la vida de las personas, inclusive convirtiendo a algunos en adictos a este sentimiento negativo, por lo que en todo momento manifiestan su falta de tiempo, prácticamente para todo.

En tal estado de cosas, el condicionamiento mental es de que no se tiene tiempo para descansar suficientemente, para leer, para estudiar, para meditar, para distraerse y para compartir con la familia; y si todo el tiempo se presume ocupado, la consecuencia del cansancio físico y mental es, precisamente,  el estrés que nos desequilibra emocionalmente.

Ese estado angustioso impuesto por una sociedad consumista, atemorizada y falta de fe, crea en la mente de los afectados, la idea aberrada de que no es posible cumplir eficientemente con las obligaciones que corresponden a los roles de cónyuges, padres, profesionales o empleados, al mismo tiempo que se disfruta de entretenimiento, estudio y culturización.

Paradigmas diseñados por una sociedad altamente desarrollista, orientan en la idea de unas prioridades en beneficio del éxito económico y laboral-profesional como generador de ingresos, dejan en segundo plano ese otro pequeño gran mundo constituido por el cónyuge, los hijos y  la comunidad inmediata, cual a la hora de la verdad es esencial en la vida de cualquier ser humano civilizado, por que casi siempre, nace y se mantiene antes y después del éxito, o el fracaso de un individuo.

Pues bien, unos padres afectados por el temor sindrómico a la  dificultad de  la supervivencia física, con su fe en el más bajo nivel y ausencia casi total de fortaleza espiritual, que los convierte en unos cuasi-robots, que funcionan conforme a las instrucciones sublimales que les imparte los medios de comunicación social, a quienes solo les interesa que consuman bienes y servicios, sin importar si fueren necesarios o no, poco pueden hacer que sea positivo para la formación de sus hijos, más allá de cuidar de proveer sus necesidades físicas fundamentales y  la educación académica formal.

Pero, es que la escuela es parte del sistema social del establishment, organizado y orientado a preparar recursos humanos para la producción de bienes, servicios y riqueza;  por tanto, tampoco tienen ninguna preocupación o interés en que los niños desarrollen su capacidad de amar y disfrutar de una vida hermosa, plena de oportunidades para ser felices, en tanto y en cuanto se entienda, en si misma,  como un regalo de Dios de incuantificable valor, que es pasajera y debe disfrutarse en todo momento con intensidad y fruición.

En el fondo, es producto de que los mismos maestros, profesores y orientadores, que fueron formados en la misma idea desarrollista económica, dando prioridad en todo momento a la capacidad de generación de recursos económicos,  al ser su mayor interés devengar su subsistencia económica con el cumplimiento de su obligación de enseñar a sobrevivir, si no se preocupan por vivir plena e intensamente la vida ellos mismos, nadie debe esperar que pueden transmitir a sus educandos lo que ellos mismos desconocen o no le dan trascendencia: vivir intensamente esta maravillosa vida que Dios nos dio.

Si los educadores primigenios, que son los padres, y los impartidores de conocimiento formal, que son los maestros y profesores, entendieran la necesidad y conveniencia de educar para la vida, pero para la vida buena, y no para cubrir una formalidad legal o cumplir con un programa académico, seguramente los hombres seríamos más felices y el mundo mucho mejor.

Aceptando la posibilidad de tal cambio en la mentalidad de los padres y educadores,  lo más importante a desarrollar en los niños en el hogar,  sería su capacidad de amar y aceptar a los seres humanos en su interesante diversidad, en la seguridad de que todos nuestros pensamientos y acciones deben estar orientados al logro del bien común, porque de alguna manera, todos conformamos la gran familia humana y no tenemos capacidad ni vocación para desarrollarnos material y espiritualmente en solitario.

Bajo tal premisa, para los maestros y profesores, desde nuestro primer día de escuela hasta la finalización del último nivel de educación superior, más importante que enseñarnos letras, números y fórmulas, sería el adentrarnos en el conocimiento del privilegio de vivir, de nuestra extraordinaria capacidad para convertir los pensamientos en cosas, de diseñar nuestro propio destino para disfrutar de la mejor manera, los muchos dones que Dios puso sobre esta tierra para nosotros; del amor de nuestros semejantes, especialmente de aquellos que conforman nuestro entorno íntimo, como los padres, los cónyuges, los hermanos y los demás ascendientes y colaterales, quienes en su camino de la vida,  saldrán de nuestro entorno para hacer su propia vida o para dejarla, en bastante menor tiempo de lo que normalmente nos imaginamos.

Nos enseñarían la importancia de nuestra inmediatez con Dios, que en todo momento nos da poder, amor y fortaleza. Nos enseñarían que no hay razón para el temor, porque estamos dotados de todos los elementos necesarios para vencer y superar cualquier situación que pueda presentársenos y en toda instancia y circunstancia contamos con Él. Nos enseñarían a vivir intensamente cada segundo de nuestra vida, porque no existe ninguna posibilidad de volver a repetirlo,  y si lo perdemos, jamás podremos recuperarlo.

Por sus enseñanzas aprenderíamos a no preocuparnos ni por ayer ni por mañana; porque sobre lo que ayer sucedió no podemos hacer nada; y  por mañana, que es incierto e imprevisible,  en vez de preocuparnos debemos ocuparnos en lo único que podemos hacer en su beneficio: hacer las cosas bien…  hoy.

Aprenderíamos que todos somos uno con Dios, y por tanto, cuando hacemos el bien o actuamos indebidamente con nuestros semejantes, de acuerdo a cual sea nuestra actuación, su efecto será a favor o en contra de nosotros mismos y nuestro entorno más querido.

Aprenderíamos a agradecer todos los días el privilegio de vivir, cuando tantos hermanos nuestros ya no pueden hacerlo; a disfrutar de las mañanas, del calor del sol, de los atardeceres, del bullicio del día,  y del mágico ruido del silencio de las noches; del canto de los pájaros, del ruido del agua en las fuentes, la risa de los niños y de la palabra… amor.

Y lo más hermoso y trascendente sería que nos convenceríamos de que nuestra vida,  al mismo tiempo que puede ser tan plena de felicidad es tan elemental, que para sentirnos realizados material y espiritualmente, no requerimos de grandes cosas, ni acumular riquezas, ni obtener poder, ni fama, ni reconocimientos, porque cuando somos capaces de posesionarnos integralmente de nuestro vínculo real con Dios, todo es sencillo, práctico  y… posible.

Es ese estado de tranquilidad espiritual, la única posibilidad de convivir felices en pareja, formar debidamente nuestros  hijos, hacer hogares buenos para la vida, constituyendo familias sólidas, permanentes y felices; para que en las escuelas, los maestros al enseñar el conocimiento formal, lo hagan complementario a esa formación primigenia que los hijos recibieron en el hogar, que no puede ser desvirtuada; en una educación  donde lo prioritario, lo más importante no sea el generar y acumular riqueza, sino el compartir con amor los muchos beneficios que podemos producirnos como miembros afectuosos de esta gran familia humana, donde todos cabemos holgadamente, en un mundo con recursos suficientes para que, al utilizarlos equitativamente,  todos dispongamos de lo que nos haga falta.

Claro que podemos hacer buenos hogares y es urgente que nos convenzamos de ello, porque si formamos y educamos bien a nuestros hijos, construimos familias sólidas y permanentes, ellas conformarán comunidades sanas y buenas para la vida, y éstas a su vez darán a nuestro  mundo la paz, la tranquilidad y la felicidad que tanto necesita.

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