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Archive for the ‘SABIDURÌA’ Category


Si el planeta se mueve, todos nos movemos y si el mundo avanza, todos avanzamos; no es nada extraordinario, catastrófico o que deba atemorizarnos.

La sinergia domina el escenario, pero eso tampoco es nuevo; que lo hayamos observado o no es otra cosa, pero siempre fue y será así. No es cierto que antes el mundo anduviera más lento, que la gente fuera más o menos noble, más o menos leal o decente, mejor o peor. Seguimos siendo los mismos seres que habitamos esta madre tierra: las mismas necesidades, ambiciones, sueños y… esperanzas.

Que el planeta aumente o disminuya sus vibraciones con el correr de los milenios –mientras lo mismo sucede en el espacio sideral- es algo de casi aceptación general, y que de alguna manera nos afecte, pareciera lógico. La influencia de esas vibraciones es casi imperceptible, porque vivimos muy poco tiempo, comparado con los lapsos en los cuales se producen esos cambios.

Lo cierto es que antes, después y más allá de cualquier aumento de la vibración universal, seguimos siendo los mismos hijos de Dios, con inusitada capacidad de adaptación al medio y a cualquier nueva situación. Independientemente de cualquier predicción o profecía –positiva o negativa- hoy más que nunca sentimos la necesidad de encontrar esa luz especial que da a nuestra vida una mayor espiritualidad.

Como seres humanos, de forma exclusiva, manejamos el recurso máximo: el amor, que es la fuente de toda generosidad, paz, alegría y felicidad; con el amor como escudo podemos resistir cualquier temor, angustia, depresión o enfermedad, producto de no entender ese nuevo tiempo que atemoriza a unos y excita a otros.

Nuestra razón nos obliga a aceptar los cambios y ponerlos a nuestro favor; es lo que han hecho los hombres y mujeres inteligentes y exitosas a través de los siglos. La bipolaridad de los valores y los hechos tampoco es nuevo, pero el hombre siempre ha sabido manejarlo.

Nada sucede sin una razón ni existe evento casual, porque todo está ordenado en el Universo. Estamos obligados a mirar el lado positivo de las cosas y los sucesos, porque aún la más adversa circunstancia tiene una parte positiva. Nosotros decidimos la óptima que aplicamos. Al fin y al cabo, somos una generación privilegiada: conocimos dos siglos y dos milenios, en los cuales se produjeron cambios trascendentales en los campos de la ciencia y la humanística, y eso sólo sucede cada mil años.

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«ES MEJOR PERRO VIVO QUE LEON MUERTO»

Salomón.

Durante mi niñez, mi padre solía ejemplarizar las cosas que consideraba importantes, mediante metáforas o sencillos versos.  Una de esas enseñanzas que quedó grabada en mi alma y que he repetido cientos de veces, especialmente para audiencia joven,  es aquella que reza: «Aun en la situación más lamentable es la vida del hombre siempre amable.»

Es que, personalmente, no he conocido ninguna persona, independiente de su situación económica, social, etaria o de salud, que me haya manifestado su deseo de morir. Por el contrario, he presenciado accidentes desgraciados, largas y penosas enfermedades, e inclusive en mis brazos he protegido personas gravemente heridas por incendios y explosiones, quienes unos murieron en pocas horas y otros quedaron gravemente lesionados e inútiles por vida.

En todos los casos referidos, esas personas, aun bajo grandes dolores y condiciones muy precarias, pedían ayuda porque querían vivir. No obstante que concibo la muerte como un paso más de nuestra vida y consecuencia del nacimiento, en oportunidades he estado a sus puertas, siempre al igual que esas personas, mi mayor empeño ha sido el de tratar de preservar mi vida, sin considerar mis condiciones de vida futura.

Me atrevo a especular que, si nos estuviera dado consultar a los muertos, en el más alto porcentaje, sino en su totalidad, nos indicarían como su máxima aspiración recuperar su vida, aunque fuese por poco tiempo  e independiente de la condición física del regreso.

Pienso y aseguro que el mayor don,  como herederos de  Dios, es precisamente el poder respirar todos los días, con todo lo que conlleva esa inigualable bendición que es la vida, en su inmensa capacidad de amar, sentir y dar, de que fuimos dotados por Dios.

Ese hecho natural de vivir, conlleva reinar sobre este planeta. A tal fin, como seres espirituales viviendo una experiencia física, disponemos de razón, inteligencia, capacidad, poder, sentidos,  y la posibilidad de actuar con sabiduría. No hay nada sobre esta tierra que no seamos capaces de poner a nuestro favor y disfrute. Desde la radiante luz del día y los mil sonidos de sus habitantes, hasta la oscuridad de la noche con su ruido de silencio, dentro del contexto de una naturaleza espectacular, desencadenante y magnífica, por virtud de su legado divino, el hombre es amo y señor de su vida y destino.

Nosotros decidimos cómo es que vamos a disfrutar de tantas bendiciones que nos fueron dadas. Nadie fuera de nuestra persona, tiene suficiente fuerza para ingresar a ese reino esencial e interno que vive dentro de nosotros y que nos posibilita disfrutar de lo que se desarrolla en el exterior. Es nuestra capacidad de sentir nuestro poderío sobre lo que existe, la medida con la cual hacemos nuestra vida mejor o peor.

Es nuestra capacidad de amar y  aceptar a nuestros hermanos humanos en su maravillosa diversidad, en ese extraordinario mundo de las cosas sencillas, la dimensión dentro de la cual podemos realizarnos material y espiritualmente. Es la sana curiosidad, el deseo de conocer y aprender, la ternura y el amor por lo que existe, lo que determina nuestro disfrute del extraordinario paisaje geográfico, de sus habitantes y sus peculiaridades.

¿De qué servirían los colores inigualables de las bellas flores; de las curiosas e inquietas aves que surcan el cielo y pueblan los bosques; de la voz de los turpiales y las notas de los sinsontes; del sonido particular del agua y la tranquila voz de las olas; de la risa cantarina de los  niños y la voz trémula pero llena de paz de los ancianos y de la palabra amor, si no hubiera un ser humano para disfrutarlo?

Somos la gran audiencia de Dios, que se manifiesta en el universo, en el infinito y en este mundo natural que puso para nuestro disfrute y servicio, para que todos, junto con Él hiciéramos una unidad.

Luego de este análisis cabe reflexionar: ¿Cómo puede alguien despreciar tanta riqueza física y espiritual, y no ser o dejar de ser feliz? ¿No es acaso nuestra vida física, la materia prima para esa obra de plastilina que es nuestro fugaz, pero interesantísimo, paso por esta vida?  ¿Cómo puede alguien hablar de desventura o asegurar que tiene mala suerte, si todo lo que existe lo es a su servicio? ¿Cómo puede alguien renegar de su vida?

Pienso que el asunto reside en la ausencia de reflexión. Por eso  en este maravilloso día, que para mí es  una vida más, sugiero a mis consecuentes lectores, meditar sobre este tema. Al final, lo peor que puede pasar es sentirse más feliz que antes de la reflexión.

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De alguna manera, nuestra vida puede parangonarse a una lluvia constante donde las gotas de agua son sustituidas por los acontecimientos, que se precipitan acelerada y continuamente, produciendo sus efectos en la misma medida en que somos capaces de preverlos, asumirlos, evitarlos o utilizarlos a nuestro favor.

Las herramientas con que vinimos dotados a este mundo, como nuestra razón, inteligencia, libre albedrío y estado de ánimo, hacen un extraordinario y protector paraguas, suficiente para que protegidos en el, sin grandes dificultades podamos disfrutar de una vida plena y feliz.

Sin embargo, precisamente por disponer de razón, dentro de nuestro interminable camino de preguntarnos el por qué y para qué de cada cosa, nos perdemos en un mundo de especulaciones, que logra transformar lo elemental y obvio en difícil y complicado, perdiéndonos disfrutar de la belleza y placidez de lo que nos rodea, que es, esencialmente, natural y sencillo.

Frente a la mayoría de los fenómenos naturales y actuaciones humanas, no requerimos hacer mucho porque funcionan a favor de nuestra supervivencia, como integrante de esa misma naturaleza y como seres vivientes de una misma especie.

La función del paraguas hipotético lo es para precaver los acontecimientos que pudieren perturbarnos o atemorizarnos, en la mayoría de los casos derivados o como consecuencia de nuestras propias especulaciones y actuaciones erradas. Por tanto, lo inteligente es abrirlo antes de que comience la lluvia y no cuando ya ha comenzado y estemos empapados, o luego que pase el aguacero.

El obrar humano es, precisamente, ese incesante realizar actuaciones en pro de hacernos una vida buena. Su mejor instrumento lo es la observación, sobre la cual se dice que es la fuente de la sabiduría, como máximo logro del ser humano.

La observación atenta de los acontecimientos, la naturaleza y las actuaciones de nuestros congéneres y sus circunstancias, nos permiten de manera permanente hacer una composición de lugar, con la intención de atesorar aciertos y evitar errores.

La concepción del tiempo, que como el temor y algunas otras operaciones mentales, pareciera que, quizás inconscientemente, las creamos para aumentar nuestro natural estrés, venturosamente son absolutamente controlables en la misma medida en que las identificamos en su real sentido: concepciones mentales.

No obstante, frente a los acontecimientos y las circunstancias que de alguna manera escapan a nuestro control pero que pueden afectarnos, lo importante es cómo los interpretamos, cómo los asimilamos y cómo prevemos los que pudieran sernos negativos o perjudiciales.

Observar los efectos y las consecuencias de las actuaciones humanas en la vida de sus actores, es la tela con la cual construimos nuestro paraguas. La contabilización y puesta en práctica de sus aciertos y el evitar sus desaciertos, nos dan la soltura suficiente para vadear de la mejor manera, esos baches que para otros fueron difíciles y a veces infranqueables.

Pero, en todos los casos, se trata de prevención, se trata de aprender a tiempo; se trata de observar permanentemente las actuaciones de los demás, en búsqueda del aprendizaje. De alguna manera, es abrir el paraguas antes de que comience el aguacero.

Próxima Entrega: DEL PASO AL ACTO

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